Hola de nuevo. He podido subir capítulos de manera seguida porque por el momento cuento con algo de tiempo libre. Eso no va a durar mucho, así que pronto los capítulos nuevos estarán más separados entre sí.
Agradezco a liloook por haberse tomado el tiempo de dejar un review, y me alegra que le esté gustando lo poco que lleva la historia. Espero seguir mejorando y no bajar la calidad.
Gracias a todos los que han leído, espero que les esté gustando también.
Y ya sin más, el capi!
Capítulo 3.
Cuando Harry había pensado que nada podría superar su primer día de clases de aquel año, resultó que el segundo había sido peor aún, comenzando incluso durante la hora de la cena del día en que fue castigado por la profesora White. La noticia de su enfrentamiento a gritos con Umbridge se había esparcido excepcionalmente rápido, lo que inevitablemente se tradujo en centenares de murmullos que podía oír claramente mientras se hallaba sentado, entre Ron y Hermione, cenando. Y lo peor había sido que ninguno de los chismosos parecía haber tenido la menor intención de que Harry no escuchara los cuchicheos; como si esperaran que se enfadase y comenzara a gritar nuevamente. Su enojo creció más, y casi entabla una discusión con Hermione debido a su carácter explosivo. Al final, debido a que Hermione no había querido quedarse con ellos para hacer algunas tareas, él y Ron se habían ido a dormir sin avanzar con ninguno de los trabajos que ya tenían asignados.
El día siguiente amaneció nublado y lluvioso, con Hagrid sin aparecer en la mesa de profesores. Durante el desayuno, uno de los desatinos de Ron provocó que Hermione se enojara con él otra vez, y estuvieron toda la mañana sin hablarse. Harry, como siempre, tuvo que aguantar la pesada atmósfera entre ellos mientras escuchaba como el profesor Flitwick les hablaba sobre la importancia de los TIMOs. Y luego habían pasado más de una hora repasando los encantamientos invocadores, que según el profesor serían una parte segura de los TIMOs. Para el final de la clase, les mandó la tarea más larga que hubieran tenido para Encantamientos.
Y Transformaciones fue incluso peor. La profesora McGonagall volvió a insistir en la importancia de los exámenes que tendrían al final de aquel año, y que para aprobar necesitarían trabajar más duro que nunca. Y entonces comenzaron con los hechizos desvanecedores, que se encontraban entre la magia más complicada que sería examinada en los TIMOs. Y Harry estuvo de acuerdo con la profesora; encontró los hechizos desvanecedores horriblemente difíciles. Para cuando la clase acabó, ni él ni Ron habían conseguido desvanecer los caracoles con los que practicaban, al igual que la mayoría de los demás. Solo Hermione había logrado desvanecer el suyo, lo que le hizo merecedora de diez puntos para Gryffindor y una eximición de la tarea que McGonagall le mandó a los demás; practicar el hechizo esa noche para seguir intentando en la clase de la tarde siguiente.
Bastante abrumados con la cantidad de deberes que tenían ya, Harry y Ron pasaron la hora de almuerzo en la biblioteca (Hermione no los acompañó porque seguía enojada con Ron), indagando en las propiedades del Feldespato para la preparación de pociones. Para cuando fue la hora de Cuidado de Criaturas Mágicas, Harry tenía un espantoso dolor de cabeza.
En la clase de la profesora Grubbly-Plank, conocieron a los Bowtruckles, unas criaturas con aspecto de duendes de madera que habitaban en los árboles que poseían la madera adecuada para hacer varitas. La actividad de la clase consistía en dibujar al Bowtruckle y señalar cada una de sus partes. Y mientras había estado en eso, casi entrando en una nueva discusión con Hermione (ésta vez porque estaba seguro de que la chica consideraba que Grubbly-Plank era mejor profesora que Hagrid), Draco Malfoy había hecho acto de presencia, intentando hacerlo enfadar con comentarios despectivos contra el semi-gigante. Por suerte había logrado mantener la calma lo suficiente para no demostrar que estaba alterado.
El sermón de la profesora Sprout, a la hora siguiente, sobre la importancia de los TIMOs no fue una sorpresa. Harry estaba más que ansioso ya por la cantidad de tarea que debía hacer, y deseaba que los profesores dejaran de presionarlos con eso. Y para colmo, la profesora Sprout les dio otro ensayo al final de la clase. Cansado y cubierto de estiércol de dragón, regresó al castillo con el resto de los Gryffindor, sin hablar. Estaba hambriento y tendría su castigo con la profesora White, así que se fue directamente al Gran Comedor para comer algo para así enfrentar lo que la profesora tuviera destinado para él.
Apenas si había alcanzado la puerta del comedor cuando Angelina Johnson, la capitana del equipo de Quidditch de Gryffindor, lo alcanzó y, a gritos, le pidió que mantuviera su actitud a raya y no se ganara otro castigo que pudiera mantenerlo fuera de las prácticas con el equipo.
Faltando cinco minutos para las siete, Harry se despidió de Ron y Hermione y se encaminó hacia el despacho de la profesora que lo había castigado, que estaba en el tercer piso. Cuando llamó a la puerta, la profesora respondió "Adelante" con voz tranquila. Harry entró con cautela, mirando alrededor.
Había conocido ese despacho con sus tres previos ocupantes.
En los días en que Gilderoy Lockhart residía en él, estuvo cubierto de radiantes retratos de si mismo. Cuando Lupin lo ocupó, era probable ver alguna criatura oscura y fascinante en una jaula o un tanque si uno pasaba por ahí. En los tiempos del impostor Moody lo atestaban varios instrumentos y artefactos para la detección del peligro.
Ahora, las paredes se encontraban vacías salvo por un cuadro colgado detrás del escritorio frente al cual la profesora White se encontraba sentada. En la fotografía, que no se movía, se mostraba a tres personas. Una de ellas era la profesora White, y Harry supuso que los otros dos, un hombre y una mujer, eran sus padres.
- Buenas noches, señor Potter. – saludó la profesora, con suavidad.
- Buenas noches, profesora White. – respondió Harry, notando las gafas para leer de marco delgado que la profesora llevaba puestas.
Harry cerró la puerta detrás de él y se acercó al escritorio. Estaba lleno de carpetas, papeles y pergaminos, y una taza de café a medio bebe que aún estaba caliente, como delataba el vapor que emanaba de ella. La profesora no llevaba la túnica puesta, dejando ver su blusa blanca con las mangas arremangadas hasta los codos.
- ¿Qué tal ha estado su día? – preguntó ella, amable, señalando la silla vacía frente a su escritorio.
Harry se vio tentado en decirle que bien, pero sabía que no sería capaz de mentir de aquella manera.
- Pésimo. – terminó diciendo, antes de sentarse. La profesora lo miró con algo de lástima.
- Imagino que ya debe tener el doble de deberes que ayer, ¿no? – comentó la profesora. Harry asintió. – Bueno, ¿qué le parece si aprovecha esta instancia para avanzar con alguno de ellos?
Harry asintió, sintiéndose extrañamente agradecido.
- Pero antes de que comience quiero conversar un poco con usted sobre dos cosas. – miró a Harry a los ojos, quitándose las gafas. – Quiero que entienda porqué tuve que castigarlo, señor Potter.
- Porque… le grité a Madame Umbridge… - probó Harry.
- Bueno, técnicamente sí. – concedió la profesora. – Pero fue más que nada porque debo verme firme frente a ella. Verá, señor Potter, Dumbledore me confió la tarea de enseñarles Defensa Contra las Artes Oscuras como es debido a todos los estudiantes del colegio. Y solo puedo hacer eso si logro mantener mi lugar en el puesto de profesora…
Harry lo entendió perfectamente, y asintió.
- Señor Potter, debe entender que ella está aquí por órdenes del Ministro, quien desea a toda costa interferir en el colegio. No puede ir gritando lo que le gritó a la Subsecretaria del Ministro a diestra y siniestra
- Pero es la verdad… – saltó Harry, algo más brusco de lo esperado. – Profesora.
- Lo sé, señor Potter. – confesó la profesora. – Yo sé que es verdad, les creo a usted y a Dumbledore. Pero debe ser inteligente y agachar la cabeza frente a Dolores Umbridge, y no caer frente a sus provocaciones, ni las de nadie más.
- Suena mucho más fácil de lo que es realmente.
- Imagino, señor Potter. Pero por su propio bien, haga su mejor esfuerzo por mantener la calma. – asintió la profesora, y luego ladeó la cabeza. – El profesor Dumbledore me dijo que ustedes seguramente no saben que soy un miembro del mismo grupo en que están él, el profesor Snape, la profesora McGonagall, los padres del señor Weasley y… bueno, creo que ya sabe a lo que me refiero.
Harry quedó completamente mudo al escuchar eso; no se hubiera imaginado que la profesora White fuera parte de la Orden del Fénix.
- No vamos a conversar más sobre eso aquí, eso sí. – agregó, mirando hacia la puerta. – Las puertas de este lugar escuchan. Ahora… le tengo una mala noticia.
A Harry no le gustó mucho aquello.
- Luego de que usted y sus compañeros se retiraran de la clase ayer, tuve una charla con Madame Umbridge. Ella me insistió en que una noche de castigo no era suficiente, y le recordé que los castigos eran al criterio de cada profesor. – le contó ella. – Esta mañana me ha pedido que le entregue esto.
Sacó un pergamino rosado, atado con una cinta rosa.
- Esta mañana el Ministerio le ha concedido las facultades de imponer castigos, dar y quitar puntos y enviar deberes si así lo desea. – adelantó la profesora White. – Y ella ha extendido su castigo hasta el final de la semana.
- ¿Qué? – preguntó Harry, alarmado, rompiendo la cinta y desenrollando el pergamino a toda prisa. Lo que le acababan de decir era verdad, y el debería cumplir un castigo con Umbridge a partir de la tarde siguiente, a las cinco en punto. – Pero, profesora, ¿usted no podría…?
- Lo siento, señor Potter. No hay nada que pueda hacer. – negó la profesora. – Ahora tiene el control de la disciplina al igual que los maestros y prefectos.
Harry se echó hacia atrás y suspiró.
- La capitana del equipo de Quidditch va a matarme. – dijo. – Las pruebas para elegir al nuevo Guardián son este viernes.
La profesora White lo miró con lástima.
- No es por desanimarlo, pero si fuera usted, ni siquiera trataría de negociar un posible cambio de fechas con Madame Umbridge. – le dijo la profesora. – Ya hemos visto como es, pedirle que cambie su castigo para que usted pueda ir a practicar algo que le gusta sería contraproducente desde el punto de vista del castigo.
Aquello sonaba como algo que argumentaría Umbridge, pensó Harry.
- Bueno, ahora a lo que nos reúne aquí. – cambió de tema la joven profesora. - ¿Cuál de todos los deberes que tiene piensa adelantar esta noche?
Harry repasó todo lo que debía hacer para entregar en los próximos días, claro que no contaba con todo lo que necesitaba para elegir entre todas. En su mochila solo llevaba los libros y los pergaminos que había utilizado aquel día, y su varita, claro.
- La profesora McGonagall nos ordenó practicar con los hechizos desvanecedores. – dijo Harry. - ¿Cree que podría…?
Claire sonrió, y señaló con su mano un segundo escritorio que se hallaba contra la pared, bajo la ventana.
- En el salón anexo hay frascos con varias babosas y otras criaturas para que utilice para practicar. – le indicó la profesora, volviendo a ponerse los lentes para leer. – Vaya y escoja lo que desee.
- Gracias, profesora. – dijo Harry, poniéndose de pie mientras la profesora volvía a su lectura. Harry alcanzó a ver que se trataba de un artículo científico, a juzgar por las imágenes de representaciones químicas de moléculas. Recordaba algo sobre eso del colegio muggle.
Harry salió del despacho, que convenientemente se hallaba sobre el salón de clases, y se dirigió hacia el salón anexo. Guiándose gracias a la luz de su varita, encontró el estante con los numerosos frascos, de distintos tamaños. Encontró aquel que tenía babosas de tamaño de tarántulas y decidió que usaría una de esas, porque supuso que serían similares a los caracoles.
Llevó el frasco completo con él cuando regresó al despacho, que tenía la puerta entreabierta. Cerró detrás de él y, viendo que la profesora se encontraba completamente enfrascada en su lectura, se dirigió en silencio hacia el otro escritorio y se sentó en la silla frente a él. Dejó el frasco con la tapa abierta sobre la superficie de la mesa y sacó una babosa, la que dejó frente a él.
Pensó unos momentos en las instrucciones que le había dado la profesora McGonagall; visualizar en la mente como el caracol se desvanecía, o en este caso, la babosa.
- Evanesco. – dijo, claramente, tocando la babosa con la punta de la varita.
Y nada pasó.
Pero Harry lo volvió a intentar.
- Evanesco. – repitió, más decidido que antes. Y al igual que antes, y que en clase, la babosa no tuvo ningún cambio.
Y Harry se quedó mirando al molusco, que se arrastraba lentamente sobre el escritorio, dejando un rastro de baba detrás de él. Levantó la varita y se concentró, imaginando como la babosa desaparecía, haciéndose transparente frente a él, y la tocó con la punta de la varita.
- Evanesco. – dijo con firmeza. Pero nada.
- ¿Tiene dificultades? – preguntó una voz detrás de él.
Harry se volteó y vio a la profesora de pie, detrás de la silla que él ocupaba, mirando lo que estaba haciendo.
- Más o menos. Este hechizo es complicado, profesora. – respondió Harry. – Lo siendo, ¿la estoy molestando con el ruido? Podría hacer otro de mis deberes.
La profesora White negó.
- No se preocupe, ya he terminado de leer. – dijo ella. Ya no llevaba los lentes puestos. – ¿Me permite darle un consejo para ayudarlo, señor Potter?
- Por favor.
- Cuando vaya a hacer el hechizo, mantenga la varita un poco alejada de lo que desea desvanecer. – le dijo la profesora. – Verá, como la mayoría de los hechizos en los que la magia requiere abarcar un cuerpo completo, darle una mayor distancia para que la magia pueda "expandirse" antes de alcanzar su objetivo mejora su eficacia.
Harry juntó las cejas, concentrándose y recordando cómo había sido la demostración de la profesora McGonagall y en como lo había hecho Hermione. Hermione si había dejado una distancia de unos dos o tres centímetros entre la punta de su varita y su caracol al hacer el hechizo. La profesora, sin embargo, había tocado al suyo.
- Trate de imaginárselo como una manguera con aspersor. – dio como ejemplo la mujer. – Mientras más cerca la coloque de una pared, por ejemplo, el agua golpea en un punto más reducido. En cambio, si rocía el agua desde más distancia, esta abarca un área mucho mayor al llegar a la pared.
Harry asintió.
- Pero la profesora McGonagall si tocó al caracol con la varita cuando demostró el hechizo.
La profesora White sonrió y sacó su varita. Tocó a la babosa con la punta de ésta y, frente a ellos, la babosa se desvaneció.
- Hacer que la magia recorra la materia sólida es más complicado con algunos hechizos, como en este caso. – explicó la profesora. – Pero no es imposible. Solo requiere más práctica. Para un estudiante de por sí ya es un hechizo complicado, así que para comenzar es mejor dejar que se expanda por el aire primero. ¿Por qué no lo intenta de nuevo?
Harry sacó otra babosa y se concentró mientras acercaba su varita hacia ella, dejando algunos centímetros de distancia antes de hacer el hechizo.
- Evanesco.
Y como no había pasado hasta ese momento, la babosa sufrió un cambio. De un color pardo, con manchas cafés, pasó a adoptar un color blancuzco con manchas grises. Harry miró a la profesora, esperando un veredicto. La profesora sonrió y asintió.
- Es un gran avance, siga practicando.
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Pasadas las diez de la noche, Harry había logrado desvanecer a cuatro babosas. La primera (la que había quedado de colores blancuzco y gris), había terminado desvaneciéndose al sexto intento, tras pasar por varios tonos de gris, cada vez más claros, hasta desaparecer por completo. La segunda, que era originalmente de color negro, se había tornado de un color dorado opaco tras el primer intento, pasando luego al amarillo, luego a uno más chillón y luego al blanco antes de desvanecerse. Sin darse cuenta se había cansado mucho, y la profesora le había permitido descansar un poco, cerca de las nueve de la noche.
- ¿Puedo preguntarle algo, profesora?
- Claro. – respondió la mujer, ofreciéndole unas galletas de Honey Dukes. Harry tomó una para comenzar.
- ¿De dónde es usted? – preguntó Harry. – Lo pregunto porque su acento no parece ser inglés.
La profesora rió suavemente.
- Pues es cierto. Nací en Londres, mi mamá es inglesa y conoció a mi papá cuando él se encontraba ahí haciendo algunas investigaciones en la Universidad de Londres. – explicó ella. – Después de que nací, los tres nos fuimos a Estados Unidos, que es de donde es mi papá. He vivido allá la mayor parte de mi vida. Aunque estudié en Hogwarts, eso sí.
Harry disfrutaba de su galleta y asentía. Era la primera persona que conocía como extranjera estudiando en el castillo.
- ¿Y a qué casa fue seleccionada?
- Gryffindor, como usted.
Harry tomó otra galleta.
- A mi amiga Hermione Granger le causa curiosidad que sea Doctora, profesora.
- Oh, no soy de las doctoras que vez en los hospitales y las clínicas tratando enfermos y haciendo cirugías. Tengo un Ph.D. – la profesora también cogió una galleta. – Cuando terminé con los estudios en Hogwarts, regresé a Estados Unidos y rendí exámenes libres muggles, e ingresé al programa de pregrado de Bioquímica en la Universidad de Maryland. Y después hice mi doctorado en inmunología en Virginia Tech, otra universidad.
Conversaron un poco más, mayormente acerca de las clases en Hogwarts, y haciendo comparaciones entre como las recordaba ella y como las estaba viviendo Harry. Después, la profesora le dijo que practicara un par de veces más antes de irse. Harry, con algo de azúcar en la sangre, pudo desvanecer la tercera babosa al tercer intento. Y el cuarto pudo desaparecerlo en solo dos intentos.
- Muy bien, señor Potter. Ha mejorado mucho en estas horas. Recuerde seguir practicando, mientras más complejo sea el animal que se quiere desvanecer, más difícil es hacerlo. – le dijo la profesora, y miró su reloj de pulsera. – Ya son pasadas las diez. Creo que ha estado bien por hoy, señor Potter. Vaya directo a su sala común, ¿de acuerdo?
- Si, profesora. – dijo Harry, recogiendo su mochila.
- Buenas noches.
- Buenas noches. Y gracias.
La profesora le sonrió y asintió, despidiéndolo con una mano mientras salía del despacho.
