Capítulo 3
CON PIERNAS aún temblorosas, Anthony atravesó la habitación y se miró al espejo que había en cima del lavabo buscando en la imagen algo que le resultara familiar. Nada.
Se pasó una mano por el cabello y examinó sus fac ciones. Nariz recta, ojos azules, barbilla. Abrió la boca y vio unos dientes blancos y, al parecer, sin em pastes. Necesitaba afeitarse.
Retrocedió un paso y se miró la cara en conjunto. Lo extraño era que, a pesar del vendaje en la mejilla izquierda y su apariencia general de desaliño, sabía que su aspecto debía ser así. El problema era que no conseguía identificarse con un nombre... ni con un pasado.
— Anthony. Anthony Todd Andley. Anthony Andley —dijo en voz alta.
Había oído ese nombre numerosas veces durante las últimas horas. Sus padres le habían llamado Anthony, y también la hermosa mujer que había visto sentada al lado de la cama. El nombre empezaba a resultarle familiar.
—Me llamo Anthony.
Pero... ¿quién era? No sabía qué comida le gustaba, ni qué música, ni si tenía perro o peces. Tampoco sabía exactamente dónde estaba, solo que el cielo estaba en capotado y que todo el mundo hablaba en inglés. En ese caso, ¿cómo se explicaba que sabía que estaba en Estados Unidos, que era verano, a juzgar por el verdor de las plantas, y que estaba cerca de la costa, cosa que le indicaban las gaviotas, pero no podía reconocerse a sí mismo ni a sus seres queridos?
Evidentemente, había llegado el momento de hacer preguntas y exigir respuestas.
Al pensar en la gente que había visto hasta el momento, decidió que la persona a interrogar era Candy. Sus padres, y el hecho de no poderlos reconocer le tenía perplejo, parecían demasiado frágiles; por el contrario, a Candy se la veía una mujer fuerte, incluso desafiante. Su actitud con él era vacilante, pero indudablemente era fuerte.
Sintió curiosidad respecto a aquella mujer. ¿Qué relación tenía con él? ¿Eran amantes? La idea le hizo sonreír. Fervientemente, esperaba que lo hubieran sido y que volvieran a serlo. Le resultaba difícil apartar los ojos de ella, y también la había sorprendido observándole a él. Había algo entre los dos, algo que estaba deseando explorar.
Anthony se volvió cuando la puerta se abrió. Un hombre de gran tamaño y con el pelo corto y cano entró en la habitación.
—Ah, veo que está despierto —dijo el hombre.
—¿Lo conozco? —preguntó Anthony sintiéndose desnudo con aquel camisón de hospital abierto por la espalda.
—No, no nos conocíamos —respondió el hombre, que se abrió la chaqueta para enseñar una placa de policía—. Soy el detective Hill y he venido a hacerle unas preguntas.
Anthony sacudió la cabeza y, despacio, volvió a la cama.
—Le advierto que estoy a oscuras respecto a casi todo.
—Sí, ya he oído que dice sufrir amnesia –contestó Hill. Anthony frunció el ceño mientras se tapaba con las ropas de cama. Aún le dolía la cabeza; pero, en general, se sentía bastante bien.
—¿Por qué parece dudarlo? El detective sonrió.
—Porque es un momento muy oportuno para sufrir amnesia. Tengo entendido que no recuerda nada sobre el accidente.
—Exacto —dijo Anthony sintiendo una repentina cólera—. ¿Qué es lo que debería recordar, detective Hill?
—Bueno, para empezar, a su hermano.
—Me han dicho que tengo un hermano que se llama Terrence. Según tengo entendido, acababa de marcharse de viaje de luna de miel cuando ocurrió el accidente. Ha vuelto a marcharse durante mi coma, por lo que aún no lo he visto; sin embargo, no comprendo qué tiene el que ver con esto.
—Me refería a su otro hermano —dijo Hill—, a su hermano gemelo. El que murió en el accidente cuando se cayeron por el terraplén.
A Anthony le dio la impresión de que el corazón le había dejado de latir. ¿Un hermano gemelo? Sacudió la cabeza, convencido de que aquel hombre estaba mintiendo. Nadie había mencionado a un hermano gemelo muerto en el accidente.
Pero Hill lo miró con gesto desafiante. No, el policía no mentía.
Anthony volvió a sentir como si se le parara el corazón. Un hermano gemelo. Había perdido a un hermano y ni siquiera se acordaba. Se sintió asqueado, triste y furioso. Se sintió vulnerable. ¿Por qué no le había dicho nadie nada?
Sintió la mirada hostil de Hill. Que mirase. Anthony no tenía nada que ocultar, lo único que tenía que hacer era descubrirse a sí mismo.
—¿Qué es lo que pretende? —dijo Anthony por fin.
—O es usted un gran actor, o está diciendo la verdad. ¿En serio no recuerda nada?
—Quizá sea un gran actor que, al mismo tiempo, no recuerda nada —contestó Anthony—. Sabe usted tanto como yo sobre mí mismo, sobre quién o qué soy.
La puerta se abrió y la doctora O´Brien entró en la habitación con una tablilla en la mano. Nada más ver a Hill, dijo:
—Recuerdo perfectamente haberle dicho que esperase unos días hasta que el joven recupere la memoria. ¿Va a obligarme a poner vigilantes en la puerta?
El detective alzó las manos.
—Pasaba por aquí y decidí hacer una visita...
—Le he dicho que sufre amnesia.
—Quería verlo con mis propios ojos —respondió Hill mirando a Anthony—. A veces, a los médicos se les escapan cosas que jamás se le escaparían a un policía.
—Salga de aquí inmediatamente —dijo la doctora secamente.
—Volveré, señor Andley. Cuente con ello —dijo el policía antes de salir.
Candy, que al parecer estaba en el pasillo, entró in mediatamente, cerró la puerta tras de sí y luego se apoyó en ella. Su postura hizo que la falda se le ciñese al vientre y, de repente, Anthony se fijó en lo abultado de su abdomen. ¿Estaba embarazada? De ser así, eso añadía una nueva dimensión a su relación.
—¿Qué te ha dicho ese hombre? —preguntó Candy. Anthony miró a Candy, luego a la doctora y una vez más a Candy.
—Me ha dicho que tenía un hermano gemelo que murió en el accidente.
Las dos mujeres se miraron.
—Entonces, es verdad, ¿no? —añadió Anthony.
La doctora O'Brien asintió.
—¿Y a nadie se le ha ocurrido decírmelo? Tengo que saber lo que ha pasado.
—Fue un accidente de coche. Tú sobreviviste, pero Albert no —contestó Candy.
—Albert —dijo Anthony, deseando con todo su corazón que aquel nombre significara algo para él—. ¿Eramos idénticos?
—Sí —respondió Candy con voz suave.
Mirando a la doctora, Anthony dijo:
—¿Cómo es posible que fuéramos gemelos y que ni siquiera lo recuerde?
La doctora O'Brien le tocó el brazo.
—Date tiempo. Quizá debieras alegrarte de que, de momento, no tengas que enfrentarte al dolor que eso te producirá.
—Alegrarme —murmuró Anthony.
¿Acaso sabía alguien lo aterrador que era aquel vacío en la memoria?
La doctora le dio un pequeño vaso de papel que contenía tres pastillas. Mientras le servía agua en un vaso, añadió:
—Ya has tenido excitación suficiente por hoy, ahora duérmete. Quizá, cuando te despiertes, habrás recuperado la memoria.
—Eso es lo que el doctor Martin me ha dicho —con testó Anthony—, solo que con palabras más complicadas.
—El doctor Martin es psicólogo y los psicólogos utilizan palabras complicadas para todo —comentó la doctora O'Brien con una sonrisa.
Anthony se tomó las pastillas. La verdad era que es taba cansado de que la gente se lo quedara mirando, esperando que recordara quiénes eran, que recordara cualquier cosa. Además, admitió para sí mismo que la visita de Hill le había preocupado.
Entró una enfermera y le tomó la temperatura y la tensión. Por fin, la doctora O'Brien le dio unas palmadas en las piernas y salió de la habitación en compañía de la le ahuecó las almohadas y, entre tanto, Anthony tuvo la impresión de que ella estaba evitando mirarlo.
Le agarró el brazo mientras se recostaba en las almohadas. La piel de Candy era tan suave como el saté se preguntó cuántas veces la había tocado en el pasado, y qué clase de emociones despertaba en ella ahora. ¿La excitaba tanto como ella lo excitaba a él? A juzgar por la forma como Candy clavó los ojos en sus manos, la respuesta era un no rotundo.
—Me gustaría hacerte algunas preguntas —dijo Anthony.
—¿Como qué?
—Para empezar, ¿dónde estamos? Quiero decir, en concreto.
—En Lakewood, Chicago. En la habitación trescientos cinco del hospital el Buen Samaritano.
—¿Cómo me gano la vida?
—Eres abogado de la empresa de abogados Goodman, Todd y Randers.
—¿Que soy abogado? —dijo él con voz incrédula.
—Según Bill Goodman, eres un abogado extraordinario. Sueles trabajar como abogado defensor en los juicios. Nos conocimos cuando acudí a ti para que me ayudaras a arreglar los asuntos de mi padre cuando murió.
Anthony trató de imaginarse a sí mismo en un juicio. Trató de imaginarse a sí mismo defendiendo a un asesino, habiéndole a un jurado, acercándose a un juez. Sabía que los abogados hacían esas cosas... pero no se veía a sí mismo en aquel papel.
—¿No te hace recordar nada? —preguntó ella. Anthony sacudió la cabeza despacio.
—No, nada.
—El ramo de rosas lo ha mandado Miles Flanders. Ha dicho que no te preocupes por el caso Dalton, que ya tiene a otros trabajando en él.
Anthony se dio cuenta de que Candy estaba esperando que aquello evocara algún recuerdo en su memoria. Fue inútil.
—¿Quién eres tú exactamente? —preguntó Anthony mirándola con intensidad.
—Candy...
—Ya sé que tu nombre es Candy, pero ¿quién eres? ¿Qué eres para mí?
Ella se encogió de hombros.
—Somos amigos.
Anthony se llevó la mano de Candy a la boca y le besó los dedos. Olía a flores silvestres y a sol, no a hospital. Deseó estrecharla en sus brazos y saborear sus labios, pero la expresión de ella le hizo contenerse. Candy lo miraba como si estuviese loco.
—¿Amigos? ¿Eso es todo? —preguntó Anthony.
—Pregúntame otras cosas —dijo ella con firmeza, retirando la mano—. O no, mejor será que te duermas, como ha dicho la doctora.
Anthony decidió no seguirla presionándola... de momento.
—¿Tengo más hermanos?
—No. Tenías dos hermanos, ahora solo tienes uno, Terry.
—¿Estaba... muy unido a Albert?
Ella respiró profundamente y titubeó.
—Vamos, Candy. Me encuentro en una situación de desventaja respecto a todos los demás. Dime la verdad, ¿estaba unido a mi hermano?
Candy se tocó los húmedos ojos, se pasó una mano por el pelo y dijo:
—No especialmente.
—¿Por qué?
—No estoy segura.
—No me estás hablando con franqueza —le espetó él.
Candy sacudió la cabeza y, por primera vez, Anthony pensó que se la veía agotada, tanto física como psíquicamente.
—Estás embarazada, ¿verdad?
Ella vaciló un instante antes de asentir.
Adormilado, Anthony se pasó una mano por la frente y cerró los ojos unos segundos. ¡Maldición, las pastillas estaban empezando a hacerle efecto! Justo ahora que la conversación se ponía interesante.
—¿Quién es el padre?
Ella se lo quedó mirando.
Por fin, contestó:
—No quiero hablar de eso.
—Pero...
—Por favor, no vuelvas a preguntármelo.
Anthony quería sacarle la verdad, pero los párpados le pesaban una tonelada. Mientras el mundo se apagaba a su alrededor, buscó algo a lo que aferrarse. Lo único que encontró fue un par de ojos Verdes.
—Ya han pasado casi dos semanas —dijo la doctora O'Brien.
Sentado a su lado estaba el doctor Martin, un hombre de cincuenta años, de cabello negro y elegante bigote. El doctor Martin fijó la mirada en el inflado archivo de A. Andley.
—Lo que nos lleva a suponer que esta amnesia va a durar más de lo que había supuesto en un principio —añadió la doctora O'Brien.
Candy miró a Will y a Pauna, que estaba sentados a su lado alrededor de la mesa de reuniones. Ambos parecían a punto de derrumbarse; cosa que, por diferentes razones, le ocurría a ella también. Desde que recuperó la consciencia, Anthony se había apoyado en ella; pero el esfuerzo por mantenerse amistosa, a la vez que distante, la estaba agotando.
—Físicamente, se está recuperando muy bien —dijo la doctora O'Brien.
—En mi opinión, la amnesia puede ser el resultado del trauma producido por el accidente y la muerte de su hermano —dijo el doctor Martin—. En otras palabras, el sentimiento de culpa del superviviente.
—Pero hemos tenido mucho cuidado en no decir nada —interpuso Pauna.
—Creo que ni siquiera sabe que conducía él —añadió Will.
—Me ha estado haciendo preguntas muy difíciles de contestar —dijo Candy—. Yo he hecho todo lo posible por responder en la forma más positiva posible, tal y como usted sugirió.
El doctor Martin se inclinó hacia delante.
—Sin embargo, en el subconsciente, lo sabe. La amnesia puede ser un mecanismo para protegerse de la verdad. Pero no quiero que, de momento, nadie hable con él sobre este asunto del sentimiento de culpa.
—He hablado con el fiscal del distrito —anunció la doctora O'Brien—. Le he explicado el estado en el que Anthony se encuentra y ha accedido a no presentar ninguna denuncia hasta que Anthony recuerde quién es y lo que ocurrió aquella noche. Además, tengo que confesar que me enteré de que los análisis de sangre que les hicieron a Albert y a Anthony en la clínica no puedan ser utilizados. Una enfermera les sacó sangre, pero algo pasó luego y fue un verdadero desastre que dejó inservibles los análisis.
—No es la primera vez que tenemos problemas con esa clínica —dijo el doctor Martin.
—Es una clínica pequeña, apartada, y les falta personal. En fin, no creo que el fiscal tenga mucho en lo que basarse. Además, con los contactos de Anthony, no tendrá ningún problema legal.
—Ya hemos hablando con el señor Flanders —dijo Pauna—. Nos ha dicho algo muy parecido a lo que usted acaba de decir. También ha dicho que todos los del despacho están enterados de que tienen que ser discretos respecto a los detalles de lo que pasó.
—Bien —dijo el doctor Martin—. Ahora, lo que quiero es que lo lleven a casa. A su casa, señor y señora Andley, a la habitación donde dormía cuando era niño.
Pauna lanzó un gemido.
—Vendimos la casa hace un par de meses y nos hemos trasladado a una urbanización —explicó Will—. No podía seguir manteniéndola...
—Jamás se nos ocurrió que algo así pudiera pasar —interrumpió Pauna.
—Exacto —dijo Will con ojos sumamente tristes, frotándose la barbilla—. Albert se marchó hace años. Estudió Derecho en California y, después de licenciarse, abrió un despacho de abogados allí. Tenía una casa en San Francisco. Anthony estudió Derecho en Chicago, pero se marchó de casa hace cinco años. Hace un año se mudó a una casa nueva. La verdad es que no le veíamos mucho.
—Sobre todo, desde que rompisteis —añadió Pauna mirando a Candy.
—Sí, así es —añadió Will—. Después de aquello, casi no le hemos visto.
—Decía que estaba muy ocupado —comentó Pauna en tono de ligero reproche.
A Candy le dieron ganas de gritar: «¡Vuestro querido hijo me dejó, no al contrario! ¡Y no os iba a ver porque estaba demasiado ocupado acostándose con
cualquier mujer que se encontraba, así que no me echéis la culpa a mí!».
—En ese caso, ahí es donde tiene que volver —declaró el doctor Martin—. Quizá eso lo ayude a recuperar la memoria. Y usted, señora Andley, será mejor que pase con él un tiempo.
A Candy le sorprendió ver a Pauna bajar la cabeza con los ojos llenos de lágrimas.
—No puedo —contestó Pauna por fin.
—Vamos, cariño —dijo Will.
—No —repitió Pauna mirando a su marido. Después, miró a los médicos—. Tenemos que ir a San Francisco a arreglar los asuntos de Albert, cosa que hemos estado retrasando demasiado. Ya hemos hecho los preparativos para marcharnos mañana.—Puedo ir yo solo —dijo WIll—. Tú quédate aquí con Anthony.
Pauna sacudió la cabeza y luego miró a Candy.
—Sé que es pedirte demasiado, Candy, pero... ¿no podrías quedarte con Anthony durante un par de semanas? Si hay alguien que puede ayudar a mi hijo a recuperar la memoria, ese alguien eres tú —entonces, Pauna se volvió a los médicos—. ¿No es verdad? ¿No sería lo mejor que la mujer de la que mi hijo está enamorado sea quien se quede con él?
—Oh, Pauna, no tienes idea de lo que me estás pidiendo —dijo Candy.
—Sí, lo sé perfectamente —respondió Pauna con firmeza.
Candy comprendió lo que Pauna estaba tratando de decir: si su marido iba solo a San Francisco a enfrentarse con la triste tarea de arreglar las cosas de su difunto hijo, temía que aquello fuera demasiado para su débil corazón. Pauna se enfrentaba ante un imposible dilema, elegir entre su marido o su hijo, y le estaba diciendo a Candy a quién había elegido. Le estaba rogando a Candy que ocupara su puesto mientras ella estaba ausente.
Candy se encontró atrapada entre la imagen falsa que había presentado de Anthony delante de sus padres y el verdadero Anthony, que solo unas semanas antes la había despreciado. El corazón se le encogió al pensar en volver con Anthony a su piso. No había vuelto desde la noche que hicieron el amor, desde la noche que engendraron a su hijo.
Por fin, Candy contestó:
—Está bien, me quedaré con él durante un par de se manas.
—¡Estupendo! —exclamó el doctor Martin—. Pensándolo bien, usted es la persona perfecta. Quiero que le ayude a recuperar el pasado. Enséñele fotos, llévelo a sus sitios favoritos, háblele de cómo se enamoraron. No sabemos qué es lo que puede hacerle recuperar la memoria; por lo tanto, ábrale el mayor número de puertas posibles, excepto los detalles del accidente en el que su hermano murió. Preferiría que eso lo recordara él solo.
—¿Y qué debo decirle respecto al bebé?
—Dígale la verdad —contestó el doctor Martin.
Will sonrió esperanzado y Pauna se secó las lágrimas con un pañuelo. Solo la doctora O'Brian miró a Candy como si comprendiera lo arduo de aquella tarea.
—Está bien, haré lo que pueda —respondió Candy.
Para sí misma, añadió: «Dos semanas. Podré aguantarlo durante dos semanas. Después, me marcharé»
CONTINUARÁ ...
UN ABRAZO EN LA DISTANCIA
LIZVET
