Muchas gracias a los 6 reviews .
Me contento con poco pero eso significa que mi historia va gustando xP
Una vez más quiero seguir agradeciendoos que sigais mi fic
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IV Conociéndote
Itachi condujo a Ayame hasta la cocina y la hizo sentarse sobre un pequeño taburete de madera. Se quedó contemplándola durante algunos segundos. La joven kunoichi parecía haber perdido toda esperanza de libertad. Su rostro ensombrecido por la tristeza, sus apagados ojos castaños, sus delicados puños apretados contra las rodillas…
El frío corazón del asesino no pudo evitar sentir algo parecido a la compasión por aquella pequeña que parecía estar esperando el despertar de su pesadilla.
Y pensar que aquella joven era la misma que había osado retarle… Que se había hecho pasar por una persona fuerte cuando su corazón es más sensible que nada…
Pero de ninguna manera podía dejarla ir.
Con un suspiro, le dio la espalda y se dirigió al frigorífico.
Ella levantó la cabeza pesadamente y fijó su mirada en la espalda de Itachi, quien había sacado algo de la nevera y ahora estaba en frente de los fogones, preparando algo.
Aquello no podía estar ocurriendo. Tenía que ser una pesadilla…
Una oscura pesadilla de la que nunca saldría…
Se mordió el labio inferior en un intento de que las lágrimas no afloraran. No debía mostrarse débil ante Itachi, pero sin embargo…
Él se había adueñado de su vida. La había apartado de su hogar sin ninguna consideración. Su vida había quedado reducida a aquel asesino, del cual no sabía ni siquiera qué planes tenía para ella. Pero en esos momentos no quería pensar en ello.
Tan solo quería recuperar su libertad, volver a ver a sus amigos de nuevo.
Naruto…
Sasuke…
Una traviesa lágrima escapó de los intentos de la joven por reprimirlas y se deslizó por su mejilla delicadamente. Ella ni siquiera se dio cuenta.
Agachó la cabeza y cerró los ojos.
No notó la presencia del joven de ojos negros que se había acuclillado junto a ella con una taza caliente entre las manos y que la miraba con un leve deje de tristeza.
-Ayame –susurró. Ella lo había escuchado a la perfección pero se limitó a levantar la cabeza levemente-. Tómate esto –añadió refiriéndose a la taza que llevaba entre las manos.
La joven negó con la cabeza a modo de respuesta.
-Te devolverá las fuerzas –siguió hablando él, con suavidad-. No me hagas hacértelo beber a la fuerza.
Ayame notó cómo Itachi le acercaba la taza a los labios sutilmente pero ella no se apartó. Dejó que él la diera de beber como si fuera una pequeña muñeca en manos de un tierno niño.
Apenas notó que Itachi le limpiaba las lágrimas que afloraban de sus ojos con la yema de su dedo.
Simplemente, se dejó cuidar.
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Naruto se colgó la mochila al hombro y caminó hacia la puerta con paso decidido. Le daba igual lo que dijera la vieja de Tsunade, él buscaría a Ayame con su consentimiento o sin él.
Sin embargo no esperaba encontrarse con Shikamaru nada más abrir la puerta, quien tenía un brazo levantado como si hubiera estado a punto de llamar.
-Vaya, ya eres capaz de oírme a distancia, enhorabuena –dijo con una media sonrisa, a modo de sarcasmo.
-¿Qué es lo que quieres ahora? –gruñó él. Tenía demasiada prisa como para irse andando por las ramas.
Shikamaru frunció el ceño.
-Sé lo que estás pensando pero no puedes irte.
-¿Quién dice eso? –contestó él, pasando por un lado de Shikamaru.
Sin embargo este lo detuvo agarrándolo del brazo.
-Tsunade. Nos ha encargado una misión.
Naruto se revolvió furioso contra él.
-¿Es que una misión es más importante que la vida de Ayame?
Shikamaru desvió la mirada, incómodo. Cuando su amigo se ponía así era mucho más que intimidante.
-Tsunade nos manda en busca de Sasuke. Se ha marchado de la aldea.
Naruto no volvió a hablar. Se había quedado de piedra.
Era lo último que podía haberle pasado en un momento así.
Lo último.
¿Debía ir tras Sasuke para evitar que hiciera una locura y que muriera en el intento?
¿Debía ir tras Ayame para salvar su vida?
Soltó un suspiro con cansancio.
-Está bien… -murmuró-. Vamos tras Sasuke. Pero nada más traerlo iré tras Ayame –añadió, dirigiendo una mirada furibunda a Shikamaru.
Este levantó las manos a modo de rendición.
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Ayame cerró los ojos casi inconscientemente y se acurrucó entre las mullidas sábanas que cubrían la cama sobre la que ahora yacía.
Se sentía tan cansada…
Pero la idea de que tendría que quedarse en aquella tétrica cabaña hasta que Itachi decidiera qué hacer con ella persistía en su cabeza, impidiéndole conciliar el sueño.
Suspiró…
Había sido una ignorante al hacer aquella apuesta. ¿Cómo demonios se le había ocurrido la idea de poder vencer al legendario asesino del clan Uchiha?
La sensación de que el colchón se hundía ligeramente bajo el peso de alguien la sacó bruscamente de sus pensamientos. Se incorporó bruscamente y dirigió una mirada iracunda al hombre que se acababa de acostar junto a ella.
Itachi la miró de reojo pero no hizo ningún comentario. Cerró los ojos.
La gota que colmó el vaso.
Con un alarido de rabia, Ayame se abalanzó sobre Itachi con intención de golpearle. Sabía de sobra que él era un hombre hecho y derecho, de anchos hombros y pronunciados músculos mientras que ella solo era una pequeña adolescente guiada por la ira.
Sabía que no tenía nada que hacer contra él, que solo era como una pequeña mosca atrapada en la red de una araña, pero sólo le importaba el hecho de hacerle daño. El hacerle saber el sufrimiento que le estaba llevando aquella cárcel.
Y estaba en lo cierto.
Nunca llegó a rozarlo siquiera.
Con un diestro movimiento, Itachi se había dado la vuelta y la agarró firmemente por las muñecas a la vez que la empujaba bruscamente hacia atrás, quedando él encima de la joven.
Sus rostros quedaron a escasos centímetros.
Los oscuros ojos del asesino escudriñaron los empañados ojos de la joven que se hallaba debajo de él y que se mordía el labio inferior con desesperación. Podía ver la ira en ellos. La rabia. La tristeza…
Pero sobre todo la soledad.
El peor sentimiento que puede experimentar una persona. El sentirse rechazado por el resto de la humanidad y el miedo a estar solo, sin saber lo que el destino ha preparado para ti.
Completamente solo.
Cómo él había estado siempre.
Itachi apoyó su frente sobre la de ella.
-No te voy a hacer nada –susurró-. Tranquilízate.
Nada más decir aquello, se separó de ella y volvió a su posición original.
-Sólo hay una cama en toda la cabaña –añadió al cabo de unos segundos-. Si no quieres dormir en la misma cama que yo tienes el suelo, pero es bastante incómodo.
Ayame se limitó a gruñir interiormente y se dio la vuelta para quedarse de costado, dando la espalda a su captor. Desde esa posición se podía ver la ventana.
Era un paisaje sobrecogedor el que se podía vislumbrar, con la luna llena espiándolos desde lo alto y las estrellas dedicándoles delicados guiños.
Con un nuevo suspiro, cerró los ojos para entregarse a Morfeo.
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Ayame despertó, al día siguiente, cuando un travieso rayo de Sol la arrancó del mundo de los sueños y la devolvió a la cruel realidad.
Giró la cabeza levemente para mirar por detrás de ella, pero Itachi no estaba allí.
Perezosamente y aún frotándose los ojos con sueño, se levantó de la cama y se dirigió hacia el salón.
Sin embargo no había nadie allí.
La joven, extrañada, alzó una ceja y prosiguió su búsqueda por el resto de la casa.
Pero estaba totalmente vacía.
¿Quería decir eso que la había dejado sola?
Un rayo de esperanza atravesó su pecho como una flecha.
Atravesó los delgados pasillos con increíble agilidad, no parecía ser consciente de los muebles que iba sorteando. Simplemente tenía una idea en la cabeza.
Escapar de allí.
Al fin encontró la puerta principal pero, entonces, se detuvo confusa.
Ella había hecho una promesa…
Había dado su palabra de quedarse con el joven asesino en caso de que perdiera la pelea…
Y ese había sido el resultado final.
Se mordió el labio inferior.
¿Qué debería hacer?
¿Debía escapar de allí…?
¿Debía quedarse y afrontar su destino?
Ella nunca había faltado a sus promesas pero este caso era diferente.
Elegir entre su vida y su palabra.
De pronto, antes de que Ayame hubiera podido decidir qué hacer, la puerta se abrió soltando un leve chirrido e Itachi entró por ella.
La joven retrocedió temerosa pero el joven, que iba desnudo de cintura para arriba y con una toalla negra colgada del hombro, pasó por su lado indiferentemente.
Ella miró de reojo la puerta, indecisa.
¿Se atrevería a escapar delante de sus narices?
-Ayame –dijo de pronto él, logrando que la joven se sobresaltara-. Tienes el desayuno en la cocina.
La aludida no contestó. Se limitó a dirigirse a la cocina silenciosamente.
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Toda la semana transcurrió de la misma manera.
Itachi salía todas las mañanas para entrenar y Ayame, que había desistido de intentar escaparse, se dedicaba a contemplar la naturaleza a través de la ventana de su habitación.
Muchas veces se le había pasado por la cabeza el romperla para poder escapar por ella ya que no tenía pomo para abrirla, pero dedujo que el ruido alertaría a Itachi y eso le enfurecería aún más, además de que seguía pensando en su promesa.
A veces llegaba a aburrirse. No tenía con quien hablar, ni siquiera con Itachi ya que se ignoraban mutuamente, como si no existieran. Se limitaban a pasar por el lado del otro sin ni siquiera mirarse e intercambiando alguna palabra sólo si era necesario.
Y ella seguía pensando en su anterior vida. Preguntándose cómo les iría a sus amigos en la villa y por qué no habían ido a por ella después de una semana transcurrida desde su secuestro.
¿Se habrían olvidado de ella?
Sacudió la cabeza para desechar aquellas descabelladas ideas. No podía dudar de sus amigos… Seguramente tendrían mucho trabajo… Ese era el único pensamiento consolador que podía dedicarse.
Sin embargo…
En uno de esos días, Itachi se detuvo delante de la puerta de la habitación y observó cautelosamente a Ayame, quien estaba de espaldas a él y no había sentido su presencia. Notó cómo sus hombros se convulsionaban en un sollozo silencioso.
Frunció el entrecejo y carraspeó.
Ella se apresuró en limpiarse las lágrimas con el dorso de la mano y lo miró de forma reprobadora.
-¿Qué quieres? –replicó con un hilo de voz.
-Me voy a entrenar.
Ayame entrecerró los ojos, con sorpresa. ¿Desde cuando Itachi la avisaba de que se iba?
De repente alguien llamó a la puerta con cuatro golpes secos.
-No te muevas de aquí –advirtió Itachi lanzando a la joven una última mirada antes de desaparecer por el pasillo.
Ella resopló y volvió a mirar por la ventana.
Sin embargo, y pese a que no quería hacerlo, no pudo evitar escuchar la conversación que mantuvo Itachi con el recién llegado.
-¿Qué es lo que quieres? –replicó la voz de Itachi nada más abrir la puerta.
-Vaya forma más cortés de recibirme, Itachi –dijo una voz más grave, con ironía.
-Déjate de bromas y ve al grano –advirtió.
El recién llegado resopló, con disgusto.
-Sabes perfectamente lo que quiero. El jefe se está impacientando. Será mejor que no te demores demasiado.
Un escalofrío recorrió el cuerpo de Ayame. ¿Qué se estaban proponiendo¿Tenía algo que ver con ella? Seguramente estarían hablando de su liquidación… Pronto sería aniquilada.
-No eres quien para darme ese tipo de órdenes, Kisame… -prosiguió Itachi, impasible-. Tengo asuntos propios que atender.
Después solo se oyó el ruido de la puerta al cerrarse, al que siguió el silencio.
Ayame se levantó y se asomó por la puerta de la habitación.
Itachi se había ido.
Entrecerró los ojos con tristeza. Así que querían matarla. Para eso la tenían allí.
Maldito Junori… Siempre le había traído problemas. Desde que era pequeña…
Suspiró y siguió avanzando por el pasillo con una mano apoyada en la pared. De pronto sentía las piernas como si fueran de mantequilla.
Entró en el cuarto de baño comenzó a desvestirse. Necesitaba un baño. Por lo menos eso no se lo habían prohibido.
Por suerte la cabaña disponía de una pequeña caldera que estaba en el sótano y por la cual se podía obtener agua caliente.
Como un autómata, Ayame se metió en la bañera y cerró los ojos al sentir el contacto del agua con su delgado cuerpo.
De pronto sintió como si todos sus problemas se hubiesen apagado como la llama de una vela al ser sacudida por una ráfaga de viento.
Sin embargo eso no duraría demasiado.
No habían pasado ni cinco minutos cuando alguien llamó a la puerta del baño.
No pudo evitar sobresaltarse.
¿Itachi¿Ya había vuelto? Normalmente, solía tardar más de una hora en volver y ahora…
-Enseguida salgo –gritó para hacerse oír a la vez que se apresuraba en salir de la bañera para secarse y vestirse.
Sin embargo, cuando abrió la puerta, no pudo evitar soltar un pequeño grito de terror.
Y es que, pese a que llevaba la misma túnica negra con nubes rojas, no era Itachi el que se alzaba ante ella, sino un hombre de considerable altura, de piel con un ligero y asombroso tono azul y ojos salvajes. Su boca estaba abierta en una macabra sonrisa, lo que dejaba a la vista sus afilados dientes de tiburón. En su mano llevaba una enorme espada cubierta con vendas.
-Con que tú eres Ayame –dijo él, con una voz inusualmente grave que a Ayame le resultaba extrañamente familiar.
Ella no respondió. Estaba aterrada.
El hombre avanzó unos pasos hacia ella y apoyó la espada sobre su hombro. Ayame retrocedió temerosa.
-¿Qué es lo que quieres? –murmuró.
-A ti –respondió, sin dejar de sonreír-. Te vas a venir conmigo, a Akatsuki.
Ella frunció el ceño.
-¿De veras crees que voy a ir contigo?
El hombre tiburón se pasó la lengua por los labios, en un tono mordaz que a Ayame no le dio buena espina.
De pronto alzó la espada.
-¡Si te corto una pierna no podrás negarte! –gritó a la vez que la descargaba contra ella con una fuerza sobrehumana.
Apenas tuvo tiempo de apartarse. Retrocedió apresuradamente y cayó de espaldas al tropezar con un charco de agua.
La espada no consiguió rozarla por unos milímetros.
-Buenos reflejos –comentó él-. Veamos ahora –añadió mientras volvía a alzar la espada y la dejaba caer de nuevo sobre una aterrorizada Ayame que veía próximo su final.
Ella cerró los ojos y se cubrió con los brazos en un vano intento de protección.
Sin embargo, alguien se cruzó en el último momento y abrazó a Ayame contra su pecho para evitar que fuera herida.
Un alarido de dolor retumbó en los oídos de la joven, que seguía con los ojos fuertemente cerrados.
Ayame podía notar cómo su salvador temblaba y gemía interiormente. Las lágrimas acudieron a sus ojos.
Sobrevino un tenso silencio.
-No me lo puedo creer –murmuró el hombre tiburón-. Itachi… ¿Qué estás haciendo?
Ayame abrió los ojos con sorpresa. Sin embargo sólo podía ver la oscura túnica, manchada por la sangre.
-Largo de aquí, Kisame… -gruñó Itachi, su tono de voz había cambiado peligrosamente.
¿Kisame¿El mismo Kisame que había estado hablando con Itachi había intentado llevársela por la fuerza? Aquello no tenía sentido… ¿Y por qué Itachi la había protegido?
El joven asesino soltó a Ayame y resbaló hasta el suelo. Ella se acercó a Itachi dubitativa. Kisame ya se había marchado.
Parecía que le costaba trabajo respirar y la larga herida que le recorría la espalda, desde el hombro derecho hasta la cadera, sangraba considerablemente.
Por unos momentos, Ayame dudó.
Esta era su oportunidad de escapar, de obtener su ansiada libertad, de volver a ver su villa, a su gente, a sus amigos, su familia…
Pero dejar atrás a Itachi, desangrándose el suelo del cuarto de baño…
Sin mencionar que él acababa de salvarle la vida.
Cerró los ojos con fuerza. El tiempo iba en su contra. Cuanto más tardara, menos posibilidades tenía él de salvarse.
Apenas pudo reprimir un sollozo.
Tomó aire y volvió a abrir los ojos mientras deslizaba sus manos hasta la túnica sangrante. Entonces comenzó a emitir el chakra curativo hacia el malherido cuerpo de Itachi, que la miraba con los ojos abiertos de par en par por la sorpresa.
Una lágrima se deslizó por la mejilla de Ayame y cayó sobre el rostro del asesino.
La herida se fue cerrando poco a poco, gastando a su paso las energías de la joven, que se negaba a abandonar a su suerte a su captor.
Después de unos minutos, la herida se cerró por completo, dejando una delgada cicatriz que marcaría aquel momento de por vida. Ayame dejó caer la cabeza y se abrazó los hombros mientras lloraba desconsoladamente.
Itachi no pudo soportar aquello más. Se incorporó con torpeza y se acercó a la joven, quien no se apartó como solía hacer. Él tomo a Ayame por los hombros y la estrechó con fuerza contra él, como había hecho minutos antes. Ella hundió la cabeza en su hombro, agradecida, y siguió llorando en él.
Pasaron varios minutos. Ayame se fue calmando poco a poco e Itachi seguía abrazándola con fuerza, pacientemente. Sin embargo una duda le corroía por dentro.
-¿Por qué lo has hecho? –Susurró él en su oído-. Podrías haber escapado.
Ayame no respondió enseguida.
-Te lo debía…
Mentira. No era esa la verdadera razón que le había impulsado a salvar a Itachi. Simplemente, no podía dejarle morir.
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Sinceramente... Me deprimi escribiendo este capítulo ooU
Lo sé soy muy sensible xD
No so quejareis este es mas largo que el anterior :P
Como recompensa espero reviews OO
