Advertencia: rating cambiado a T por, bueno, os imagináis por qué. Pero todo muy light, ¿eh?, que nadie se asuste.


4

La cena de los idiotas

Hermione y Ron se preparaban para ir a cenar con los Wilkins. Mientras la joven se retocaba un poco, Ron no acertaba con las camisas. Finalmente, minutos después, salían de su casa con dirección a la de los Wilkins. Ron llevaba una botella de vino, porque Hermione le había dicho que, cuando a alguien le invitaban a una cena, lo mínimo que podía hacer era llevar una botella de vino.

Llamaron al timbre. Los Wilkins aparecieron en la puerta, vestidos para salir. Monica llevaba un vestido negro largo, mientras que Wendell se había puesto una camisa y una americana encima. Informales pero elegantes.

—Buenas noches, chicos. Ya sé que os dijimos que cenaríamos en casa, pero no me ha dado tiempo a preparar algo decente, de modo que saldremos a cenar fuera, hay un restaurante que nos gustaría que conocieseis —dijo Monica.

Ron y Hermione se miraron un momento, pero no pusieron pegas. Para Ron era perfecto, porque eso implicaba que los postres tendrían azúcar. A Hermione, sin embargo, le había encantado volver a probar la comida de su madre. Sin embargo, fueron junto con los Wilkins hasta un coche, alargado y de color granate, que había aparcado frente a la casa.

—Iremos en coche —anunció Wendell —, ya que el restaurante se encuentra en la ciudad. Así podréis ver cómo conducen en Australia.

Los cuatro subieron, Wendell y Ron delante y Monica y Hermione detrás. Ron pensó que no estaba mal esto de ir en coche, pues total ya había viajado en el Ford Anglia de su padre, incluso conducido. Hermione, por su parte, se alegró de volver a ver conducir a su padre, ya que, cuando estaban en Inglaterra, su padre era un conductor ejemplar.

Wendell metió el contacto, puso la primera con la palanca de cambios y, al instante, pegó un acelerón. Ron y Hermione quedaron pegados al asiento, mientras Wendell y Monica reían a carcajadas, convertidos en dos personas totalmente distintas, llevadas por la euforia de la velocidad y la carretera.

En menos de cinco segundos llegaron al final de la calle Wood. Wendell dio un volantazo y giró a la derecha. Minutos después ya había tomado la autopista. De vez en cuando pitaba a los otros conductores y gritaba cosas como Quita de en medio, payaso o ¿Estás ciego o qué? ¡Largo de la carretera! Ron y Hermione tenían miedo de decir o hacer algo por temor a encolerizar aún más a Wendell, mientras que Monica reía y parecía una colegiala que estuviese loca por un conductor macarra.

Para cuando quisieron darse cuenta, Wendell había pegado un frenazo y ya se encontraban en la ciudad.

—Ha estado bien, ¿eh? —preguntó Wendell a Ron y Hermione — ¿Os habéis asustado?

—No, qué va —dijeron ambos al unísono, totalmente blancos.

El restaurante al que iban a cenar se llamaba Bayswater Brasserie. Wendell les había dicho que era un restaurante donde preparaban típica cocina australiana y que les iba a encantar. Los jóvenes sólo pensaban en cómo iban a decirles que volverían a casa por su cuenta, para no echar toda la cena en el coche.

Tras recibirles, los sentaron en una mesa circular, rodeada en parte por un sillón. La mesa estaba finamente decorada, con una vela en una botella en el medio y con platos, copas, cubiertos y servilletas perfectamente dispuestos.

—¿Saben ya qué van a tomar? —preguntó el camarero.

—Yo una cerveza —pidió Wendell.

—Para mí otra —dijo Monica.

El camarero miró a Ron, quien era observado por Hermione. ¿Qué iba a pedir? ¿Whisky de fuego? ¿Cerveza de mantequilla? ¿Hidromiel? Eran, así a bote pronto, las bebidas que más conocía. No quería cerveza, pues no le había gustado nada. Hermione, por su parte, temía otro numerito como el de las grageas Bertie Bott en el avión.

—A-agua —musitó Ron.

—Para mí también —dijo Hermione.

El camarero lo apuntó todo y se marchó. Los cuatro comensales, por su parte, miraron la carta para ver qué quería tomar. Al rato, llegó el camarero con las bebidas.

—Voy un momento al baño —anunció Ron.

Por desgracia, no vio llegar al camarero, de modo que, accidentalmente, puso un pie en el lugar menos indicado, haciendo que el camarero tropezase. La bandeja con las bebidas salió volando, estrellándose contra el suelo y haciendo que vasos y botellas se hiciesen añicos. El camarero, por su parte, acabó igualmente por los suelos.

—Oh, vaya, cuánto lo siento —se disculpó Ron, rojo de vergüenza.

Hermione se preguntó con resignación por qué tenía un novio tan patoso, mientras a Wendell y Monica querían que se los tragase la tierra, ya que todo el restaurante se los había quedado mirando.

—No se preocupe, caballero, son cosas que pasan. Les volveré a traer las bebidas —dijo el camarero.

Al rato, después de haberse limpiado el estropicio, el camarero llegó con las bebidas y tomó nota de lo que iban a querer.

—Bueno, así que un mes saliendo juntos y ya hacéis viajes a Australia. ¿Qué será cuando os caséis? ¿Viajar a la Luna? —preguntó Wendell mientras se reía de su chiste malo.

Ron y Hermione se miraron. Los magos aún no habían hallado la forma de viajar hasta allí, ¿no?

—En realidad estamos aquí porque buscamos a unas personas —confesó Hermione. Ron la miró extrañado, pues no pensaba que fuese a decir tal cosa.

—¿Ah, sí? ¿Y a quién buscáis en un lugar tan alejado de Inglaterra, querida? —preguntó Monica.

—A mis padres. Se fueron hace un año y no han vuelto todavía. Me gustaría saber qué les ha pasado. Perdí contacto con ellos hace unos meses y estoy muy preocupada. Habría venido antes pero… Hubo asuntos en Inglaterra que me mantuvieron atada.

—Eso es muy triste, querida, ¿y por qué se fueron? —quiso saber Monica.

—Pues se jubilaron y quisieron irse a vivir aquí, pero desde hace unos meses no sé nada de ellos. Espero que estén bien.

—Seguro que sí, querida. La verdad es que aquí uno puede llegar a perder el norte. No te preocupes, seguro que tus padres están de viaje en alguna parte, visitando cosas y han perdido la noción del tiempo. Seguro que están bien —aseguró Wendell.

Hermione sonrió. Aquello había sido como las veces que su padre, cuando ella tenía un problema, generalmente relacionado con los exámenes, la consolaba y aseguraba que no había nada de preocuparse.

—¿Tenéis pensado visitar algo de Australia? —quiso saber Monica.

—Pues… No lo habíamos pensado, pero sí que nos gustaría. Por aprovechar y eso, aunque, teniendo que buscar a los padres de Hermione —comentó Ron.

—Oye, si queréis, podemos ir los cuatro de viaje. Conocemos los mejores sitios de Australia —dijo Wendell.

—¿En serio? —preguntó Hermione.

—Sí, sería fantástico, ¿no creéis? Podríamos viajar en carretera, sería muy emocionante —comentó Monica.

Ron palideció, imaginando un viaje en coche con Wendell al volante.

—La verdad es que sería genial. Tardaríamos menos y tendríamos más tiempo para encontrar a mis padres. De todos modos, ya hemos decidido que nos quedaremos más tiempo.

—¿Ah, sí? —preguntó Ron.

—Sí, cariño —dijo Hermione, con una sonrisa forzada.

Al rato, llegaron los platos. Por suerte, el camarero tuvo cuidado al llegar, para que no se repitiese el accidente de las bebidas.

Durante la cena, las anécdotas estaban a la orden del día.

—Y entonces apareció por la puerta… ¡Y no tenía ninguna quemadura! —dijo Wendell, refiriéndose a Ron y a su misteriosa recuperación.

—Vaya, ¿cómo lo hiciste? Recuerdo la primera vez que Wendell se quemó la piel. Estuvo días quejándose de que le dolía.

—Pues no sé… cosa de magia —dijo Ron mientras reía.

—Y eso no es todo. El primer día en la playa, le pillé en una situación bastante comprometedora.

—Sí, mejor que no hablemos de eso.

Wendell reía y reía, quizás llevado por todas las cervezas que se había tomado ya, las cuales habían sido unas cuantas. Sin embargo, de repente, se quedó mudo y en su rostro se dibujó una sonrisa un tanto estúpida.

—Cariño, ¿qué te ocurre?

—¿A mí? Nada, cielo, nada. Estoy perfectamente —dijo mientras sonreía y se llevaba un trozo del solomillo que estaba degustando a la boca.

Monica lo miró extrañada, pero prefirió no decir nada. Hermione intuía lo que estaba pasando, pues miró a Ron de reojo, el cual se había llevado la mano al bolsillo de su pantalón tan sólo hacía un momento.

—Ron, cariño, ¿me acompañas un momento al baño? No me encuentro muy bien.

—Por supuesto, Hermione. Vamos.

Los dos se levantaron y caminaron hasta el pasillo de acceso a los lavabos.

—¿Te encuentras bien?

—¿Yo? Perfectamente. Tan sólo no quería preguntarte delante de mis padres si habías hechizado a alguien de repente.

Ron palideció, como si de nuevo se encontrase en el coche conducido por Wendell.

—No sé de qué me hablas.

—Ron, que nos conocemos. Y he visto a más de una persona ser hechizada. Algo le has hecho a mi padre.

Ron desistió. Cuando se trataba de un enfrentamiento contra Hermione, ella era siempre la que ganaba. De repente le vinieron a la mente los entrenamientos del ED.

—Está bien… Le he lanzado una maldición Imperius.

—¿Que has hecho qué? ¿Te has vuelto loco? Aquí son muy restrictivos con esos temas, podrían llevarte a la cárcel.

—Pero no lo van a hacer, ¿vale? De todos modos, ¿qué querías que hiciera? ¿Que se fuera de la lengua? Y por si no te has dado cuenta, ya está borracho. ¿Quieres que coja el coche y nos matemos por su culpa? Admítelo, creo que he hecho bien.

—Está bien, creo que no está en sus plenas facultades, pero hay otras maneras. Y de todos modos, ¿qué era eso que iba a decir?

—Esto… Vaya, mejor que volvamos a la mesa o empezarán a sospechar.

Volvieron con los Wilkins, los cuales ya estaban terminando de cenar.

—¿Estás bien, querida? —preguntó Monica, preocupada.

—Sí, tranquila, todo perfecto. Sólo era un mareo, pero ya se me ha pasado.

Terminaron de cenar y después pidieron los postres, pero desde luego la cena ya había decaído bastante, pues había sido Wendell quien la había mantenido animada. Sin embargo, ahora que estaba bajo la maldición imperius de Ron, estaba callado, sonriendo tontamente.

Tras acabar, salieron fuera.

—Bueno, se ha hecho tarde y deberíamos volver ya a casa. Mañana mismo podemos irnos, no os tenéis que preocupar de nada, sólo estar listos. El viaje corre de nuestra cuenta —dijo Monica —Ron, ¿sabes conducir? Wendell no está en condiciones.

—Esto… Sí, claro. No hay problema.

Mientras Monica ayudaba a Wendell a sentarse en la parte de atrás, Ron jugueteaba con las llaves del coche. Hermione estaba muy cerca de él, pero ambos lo suficientemente apartados del coche como para que no les oyesen.

—Supongo que sabrás lo que haces, ¿no?

—Por supuesto que sí, Hermione. Ya conduje el coche de mi padre una vez.

—Ya, lo sé, pero eso no es un coche volador —confesó mientras señalaba el coche de su padre —. Y aparte, acabaste estrellándote contra el Sauce Boxeador. Mucha idea no debías tener.

—Todo saldrá bien, Hermione, no te preocupes. Y ahora, venga, arriba. Quiero llegar a casa cuanto antes.

Se subieron al coche. Ron metió la llave en el contacto y puso la primera en la palanca de cambios. Cuando parecía que el coche iba a avanzar, dio un fuerte golpe hacia delante. Se había olvidado de quitar el freno de mano. Tras quitarlo, arrancó finalmente. Al principio iba dando pequeños frenazos, asustado, pero pronto se hizo a él. Tanto que, al final comenzó a pisar el acelerador.

—Ron, vas demasiado deprisa —avisó Hermione.

—Lo sé, pero… no sé. Es una sensación extraña. Como si fuese el rey de la carretera.

Hermione miró a su novio, asustada, mientras este mantenía la vista fija en la carretera y adoptaba una expresión chulesca.

—Sé a lo que te refieres. No sé por qué, pero en este país nos encanta conducir —dijo Monica.

Y vaya si les encantaba conducir. Tanto como a los policías australianos parar a los conductores. Y es que, efectivamente, un policía había parado a Ron.

—Oh, no, ¿y si nos descubre algo raro?

—Ron, no llevamos sustancias ilegales en el coche. ¿No las llevas, verdad? —preguntó Hermione, asustada.

—Claro que no. ¿Por quién me tomas? ¡Hola, agente!

—¿Carnet de conducir? Y también los papeles del coche.

—Carnet… ¿de conducir? —preguntó Ron, sin entender.

Ron miró a Hermione, que cayó muy tarde en la cuenta. Ron no tenía carnet.

—Esto… Verá, agente… —explicó Ron.

—No hace falta que sigas, chaval. Sígueme, vamos a hacer una visita a la comisaría —de repente, Wendell vomitó en el asiento de atrás —. Y parece que su amigo no se encuentra bien del todo. Andando pues.

Ron no pudo argumentar nada. Habría sacado su varita, pero Monica estaba atenta a todo y tampoco quería borrarle la memoria, no vaya a ser que fuese peor. Arrancó de nuevo y siguió al policía, que iba motorizado. Minutos después estaban ya en la comisaría.

—De Inglaterra. ¿Y su pasaporte? Oiga, amigo, creo que va a tener que pasar la noche aquí —dijo el policía —. Ustedes pueden irse —dijo a Hermione y los Wilkins.

Un policía de la comisaría llevó a Ron al calabozo. El resto fue invitado a marcharse ya, después de haber tomado toda la información necesaria.

—Vaya, menudo palo. No te preocupes, querida, lo soltarán mañana por la mañana. Es lo típico —aseguró Monica.

—Estoy convencida de ello. ¿Volvéis al coche? Tengo que hacer una llamada.

Los Wilkins volvieron al coche mientras Hermione entraba en la comisaría. De buena gana habría dejado a Ron allí, pero también era cierto que no podían permitirse ningún retraso.

—Señorita, ya tenemos todo lo que necesitamos, no hace falta que esté aquí —dijo el policía.

—Oh, no, yo creo que nos hemos olvidado de algo —sacó su varita y apuntó al policía, que miraba sin entender nada —. Imperio —el policía quedó en trance —. Y ahora vas a sacar a mi novio del calabozo.

El policía obedeció. Tras hacer caso omiso de su compañero, que se preguntaba por qué sacaba al detenido, trajo de vuelta a Ron, que igualmente no entendía nada de lo que ocurría.

—Perfecto. Ahora vuelve y quédate dentro. Pero antes… Obliviate.

Tras el borrado de memoria, el policía volvió dentro. Antes de marcharse, Hermione apuntó a un lugar que había en la pequeña oficina y, de repente, una cinta de vídeo voló hasta ella, la cinta con la grabación de lo que ocurría en la comisaría. Se la guardó en el bolso.

—Gracias —dijo Ron.

—Para el futuro, dime que te sacarás el carnet de conducir.

Volvieron a casa y dejaron a los Wilkins, quienes les dijeron de quedar a la mañana siguiente a primera hora para salir. Ron había deshecho la maldición imperius y Wendell volvía a ser el mismo de siempre.

—¡Buenas noches, Ron! ¡Suerte esta noche! ¡Verás como lo consigues!

Hermione miraba a Ron si comprender nada, mientras este la arrastraba hasta su casa, deseando terminar la noche de una vez por todas. Una vez en su habitación, Hermione tenía ganas de saber cosas.

—¿A qué ha venido eso?

—No te entiendo. ¿El qué?

—Lo que ha dicho mi padre. Y también lo que iba a decir durante la cena. Ron, ¿te pasa algo?

Ron miró a su novia. Por un momento no iba a decir nada, dejar claro que todo iba bien y que eran muy felices. Pero también estaba harto, maldita sea.

—Hermione… Tu padre me pilló el otro día en la playa a punto de… masturbarme. Lo siento.

La joven reprimió una carcajada. Se imaginó que aquello debió ser bastante cómico.

—¿Y a qué vino eso?

—¿No te das cuenta? Hermione, yo te quiero. Y te respeto. Si quieres esperar a que sea el momento oportuno, entonces yo seré capaz de esperar… Pero soy un hombre, por Merlín. No te extrañe que haga… esas cosas.

Ron estaba rojo de vergüenza, mientras Hermione comprendía perfectamente a lo que se refería. Lentamente, posó una mano sobre su pierna y empezó a acariciarla.

—¿Qué haces? —preguntó Ron, sin entender nada.

Pero no obtuvo respuesta, pues Hermione le besó en los labios. Al principio fue un beso corto, pero luego pasaron a uno más largo. Fue entonces cuando las manos de Ron comenzaron a explorar el cuerpo de Hermione y a desnudarla lentamente, haciendo ella lo mismo. Para cuando se quisieron dar cuenta, estaban completamente desnudos y envueltos por las sábanas de la cama, sonriendo y besándose, abrazados.

Al rato, Ron estaba tirado sobre la cama, con los brazos extendidos y tapando su desnudez con una sábana. Hermione se había ido a preparar algo de beber.

—Merlín, gracias —dijo Ron mientras tenía los ojos cerrados.

Hermione volvió con unos cócteles que había preparado. Los dos brindaron.

—Está bueno, ¿qué es?

—Margaritas, mi madre los hizo el otro día.

Siguieron bebiendo mientas, a veces, se daban pequeños besos.

—¿A qué ha venido lo de decirles a tus padres que, en realidad, estás buscando a tus desaparecidos padres? Creí que estábamos de vacaciones.

—Ya lo sé, pero tienen razón, es muy raro que llevemos un mes saliendo juntos y, de repente, nos vayamos a Australia. Así es mejor.

—Mañana nos vamos con ellos. ¿Vas a querer que tu padre conduzca? —preguntó él, sarcástico.

—Pues no me apetece mucho, pero tú tampoco puedes conducir, no tienes carnet. Y tampoco me apetece que te detengan de nuevo y yo tener que volver a sacarte las castañas del fuego.

—Bueno, puedo lanzarle otra maldición imperius y que conduzca como la gente normal.

—Ya veremos, Ron, ya veremos.

Apuraron sus copas y se abrazaron, envolviéndose de nuevo con las sábanas hasta quedarse completamente dormidos. El día siguiente iba a ser bastante duro, así que era mejor descansar lo máximo posible.


Nota del autor: La cena de los idiotas (Le Dîner de cons, 1993) es una obra de teatro dirigida por el dramaturgo francés Francis Veber. La obra ha sido adaptada a la gran pantalla bajo el mismo título. El argumento versa acerca de un grupo de amigos que mantiene la extraña costumbre de organizar una cena en la que cada uno tiene que traer a un invitado idiota. Pero Pierre Brochant (Thierry Lhermitte) no ha encontrado a nadie, hasta que conoce a François Pignon (Jacques Villeret) un hombre especialmente gafe.

En mi afán por que todo sea lo más realista posible, el restaurante "Baywater Brasserie" existe de verdad y está en Sidney. Por supuesto, es un restaurante especializado en comida australiana.