Notas de la autora:
A ver por donde empiezo... xD Bueno, primero que nada y si no conocías este fic antes, tal vez no te resultará interesante estas notas, por lo que te invito a continuar adelante directamente.
Con respecto a quienes debo aclaraciones, tengo que confesar que he visto peligrado muchas veces el futuro de este fic. Esta historia nació pocos días después de la entrada del 2009, y pocos meses después quedó "pausado" por circunstancias ligadas a mí y por otras no tan agradables que llegaron a mis oídos y de las que ni siquiera quiero mencionar nada (por no dar a ciertos agentes el gusto xD), pero bueno... Después de meditarlo mucho (¡y lo que me ha costado decidirme!) he optado por continuarlo y prestarle la atención que se merece. No me gusta dejar las cosas a medias, así que espero dar mi mejor esfuerzo en todo momento ^^
Gracias siempre a mi amiga Yadi por animarme en las etapas en las que lo necesité (algún día voy a crearle un club de fans y no podrá negarse xDDD).
Notas del fic:
Bueno, consecuentemente al apartado anterior, este fic va a sufrir una serie de cambios en lo que se suponía, era mi esquema previo al desarrollo. Si no les digo nada, ustedes nunca lo sabrían, pero yo así me quedo más tranquila y me siento más honesta conmigo misma xD
El detalle importante y pese a que como siempre, advierto de spoilers de la historia original de Kishimoto, este fic será... Hum, no sé si decirlo... Bueno, dejémoslo en "otra serie de catastróficas desdichas" xD
Por cierto, me vine dando cuenta de que, aunque no soy muy dada a los préstamos innecesarios, sí que utilizo ciertos términos sin traducir (jinchuriki, las termianciones -san; -sama; etc). Si hay alguna duda con algo, por favor, me avisan xD
Gracias a todos por leer y ojalá les guste ^^
Por cierto, necesito hacer mención a Yuuki-chan, Kichi-Satou, Chelsea272, Chiharu No Natsumi, xItachi-lover18 y como no, Suiseki, quienes me comentaron y por las circunstancias me quedaban por citar. ¡Muchas gracias!
Ahora sí, el capítulo...
Disclaimer: Todos los personajes que aparecen en este fic son propiedad de Masashi Kishimoto, exceptuando a Hiromi y Aya, uno totalmente ficticio y otro al que estraje de mi realidad (sí, ya hay alguien que se da por aludida xD).
El valor del silencio
por Shizenai
Capítulo IV – El laberinto
Cuando la vida se veía a través de los enormes ventanales del despacho de la Hokage, la sensación de paz era tan enorme, que incluso para una mujer que había tenido la oportunidad de recorrer tanto mundo como ella, no había otro lugar más apacible que acudiera a su cabeza.
Sin embargo, aquel pedacito de tierra se alejaba en una proporción enorme a las cuestiones que se trataban dentro, sobre su mesa, donde día a día se esparcían decenas de folletos relatando batallas que provenían de cualquier parte del mundo, listas de papeles inundados de nombres de ninjas que, lamentablemente, nunca estarían de vuelta en su aldea. Pero por encima de todo, aquella mujer sabía que todo aquel sacrificio era necesario para que la armonía siguiese existiendo entre sus habitantes, la mayoría de las veces, ignorantes de la otra oscura e irremediable realidad.
La cadena de pensamientos se detuvo cuando aquella voz tan conocida sonó en sus oídos tan cálida y preocupante como siempre.
—Tsunade-sama...
No volvió el rostro del paisaje. Había usado una parte de su vida tan amplia en vivir experiencias tan diversas con Shizune, que en ocasiones, sus palabras resultaban demasiado predecibles. Aun así, jamás la detenía. Sabía que era exactamente lo que necesitaba escuchar en ese momento, aunque muy a su pesar, la culpabilidad no le dejase estar de acuerdo con ella.
—No debería preocuparse más por ese tema. No tiene caso seguir dándole vueltas a lo mismo. Al menos, no hasta que exista alguna evidencia. Algo a lo que podamos atenernos.
La veterana esbozó un enorme suspiro desde lo más profundo de su pecho. Aquello pareció respuesta más que suficiente para ensombrecer la mirada de su ayudante.
—Estoy segura de que ha tomado la mejor decisión. No tiene sentido esa expresión de culpabilidad en su rostro.
Tsunade clavó el dorado ámbar de sus ojos sobre su compañera.
—Acabo de dar a mis hombres la orden de seguir con lo que habíamos planeado en un comienzo. ¿Sabes lo que eso significa?
Shizune no mostró intención de querer intervenir. Sólo el tictac de algún reloj interrumpió la espera.
—Voy a salvar, probablemente, la vida de uno de mis mejores ninjas, y por otro lado, voy a tentar a la suerte de otro de ellos. ¿Puedes imaginarte sólo por un momento los sentimientos de estas personas? —su mirada recorrió toda la sala antes de poder continuar nuevamente—. A su propio equipo, no... A gente que es como de su propia familia les he ordenado que abandonen a su compañera porque, sencillamente, el objetivo de su misión es un asunto más importante. Más importante incluso que mi propia alumna —la voz ruda y fuerte de la Hokage parecía, sin embargo, capaz de quebrarse en cualquier momento.
—Tsunade-sama... —añadió mientras observaba la furia contenida en los puños de su maestra—. Con esa acción... tal vez haya salvado más vidas de las que piensa. De otro modo, las consecuencias podrían haber sido peores, pero usted no ha dudado a la hora de tomar su decisión, a pesar de la relación que la une a Sakura. Al menos, si ha llegado a conocerla tanto como yo, debería saber que ella también estaría de acuerdo con esta acción.
La Hokage suspiró sonoramente al otro lado de la habitación.
—Además... —añadió mientras fruncía el ceño—, es un poco pronto para ponernos en lo peor.
Shizune gruñó, se distanció de su tribuna dirigiendo el paso a los enormes ventanales, junto a su maestra, y le regaló una de sus más amplias sonrisas.
—En cualquier caso, debe confiar en ella. Después de todo, es usted quien la ha entrenado, ¿no cree?
—Tienes razón —musitó esbozando una media sonrisa con la misma afabilidad—. Podemos confiar en que podrá resistir por su cuenta un poco más. Tan sólo un poco. Yo sólo espero que se encuentre bien en donde sea que esté...
Miró a través de las ventanas una vez más, y así, repleta de esa energía viva que podía percibir de aquel paisaje, regresó al duro trabajo de aquella habitación.
:::x:::x:::x:::
—¡Ya basta! ¡Suéltame! ¡Suéltame ahora mismo te digo!
—Como quieras...
Cuando Sakura fue a darse de bruces contra el suelo, pensó que desde donde estaba hace un par de segundos, la caída no parecía tan alta, ni tan dolorosa.
Sus maniatados brazos trataron de hacer impulso suficiente para elevar su cuerpo del suelo, pero antes de que lograse siquiera intentarlo, aquel mastodonte de pelo azulado había tirado con fuerza del cordel de chakra que la mantenía unida a él, obligándola a arrastrarse sobre el pedregoso terreno más de unos quince metros en adelante, justo hasta alcanzar al otro Akatsuki al final del oscuro y siniestro laberinto. El individuo se suavizó...
A diferencia del resto del camino, el alboroto procedente de cierta pelirrosa parecía haber dejado de afectar su concentración desde poco después de la entrada a aquel laberinto. Kisame le observó unos instantes, y sonrió soberbio.
—Ya te lo había dicho. Teníamos tiempo de sobra para llegar aquí. Es más... —continuó redirigiendo su mirada al horizonte, orgulloso de haberse adelantado a los pensamientos del Uchiha—, habríamos llegado antes si me hubieses escuchado desde un principio.
—Ha sido demasiado arriesgado. Si hubiésemos cometido un sólo error... —concluyó a duras penas.
—Pero no lo hemos hecho. Estamos aquí, ¿no? No tenemos tiempo que perder temiendo lo que pudo haber sido.
Kisame finalizó ampliando una media sonrisa perversa y sólo entonces ladeó la cabeza en busca de aquel pequeño lastre que llevaba cargando durante todo el camino.
—¿Qué estás mirando? —exclamó antes de tirar de los cordeles y halando a la muchacha—. Si vuelves a entorpecerme voy a llevarte a rastras...
Hoshigaki siguió los pasos de su compañero hacia la cima de la enorme ladera que se avecinaba a la salida de aquella cueva subterránea, hundida en la base de aquel arbolado valle. Pero los ojos de Sakura no pudieron apartarse tan fácilmente de aquella oscura y húmeda boca negra que los había conducido de un punto a otro a través de kilómetros y kilómetros de eterna tortura y tristeza.
Su afán por recordar senderos, pueblos, cualquier cosa que pudiese hacerle localizar el punto exacto hacia donde se dirigía Akatsuki, había quedado tajantemente truncado a la entrada de aquella aparentemente inofensiva cueva.
En sus entrañas ocultaba todo un laberinto a prueba de la más audaz de las mentes, donde cada paso en falso o movimiento precipitado podía desencadenar una decena de trampas y sucios engaños que podían llevar a la muerte. El olor a putrefacción que desprendía cada rincón hizo el aire casi irrespirable, los musgos atrapaban casi vorazmente los pies en el suelo y las paredes parecían emanar todo un repertorio de gritos de agonías que a Sakura le resultaron demasiado audibles, demasiado dolorosos.
Aquella cueva no era un mero pasadizo, sino toda una tumba.
Afortunadamente, la vaga luz que desprendía la antorcha que los había guiado apenas hizo visibles los restos que la kunoichi supo advertir como humanos... Vidas que habían buscado la salida de aquel infierno desesperadamente y que ahora apenas habían quedado reducidas a despojos. La sola idea de tanta angustia había hecho a la pelirrosa rendirse a la petición de varias arcadas.
Semejante escenario la perseguiría en sus sueños de ahora en adelante, sin saber ésta sin embargo, el último y mejor truco de aquel misterioso subterráneo.
Aún quedaba un largo trayecto por recorrer, pero dejó de preocuparse del por qué y del dónde, de cada una de las conversaciones entre aquel par de criminales y de la inquietud en ambos por apartarse de aquel lugar a toda prisa mientras una vez y otra, miraban confusamente el grisáceo tono del cielo. Suponía que ni siquiera para dos asesinos sin escrúpulos como aquellos, el paseo debía de haber resultado agradable.
Suspiró desganadamente. Desde el primer momento había imaginado lo duro que sería su camino durante el resto de su vida que, prácticamente, tenía asumido que no sería ni mas ni menos que el tiempo que pasaría al lado de tan peculiares acompañantes mientras su existencia les fuese útil. Aquello, no obstante, no salvaba el hecho de lo muy poco preparada que estaba para tan impactantes acontecimientos. Sólo le quedaba rezar por un final inmediato. Poco lo importaba lo muy doloroso o no que fuese éste mientras llegara con la mayor rapidez posible.
Mientras el amanecer comenzaba a hacer de las suyas, el paisaje parecía vislumbrar al fin el anhelado refugio.
Apenas emergía el enorme edificio del horizonte cuando Sakura ya podía figurarse el frío en su piel ante el contacto de cualquiera de las paredes hediondas y frías de alguna de las mazmorras que estarían esperando allí dentro por ella. Un poco más adelante, casi ignoró los rugidos de su estómago cuando curioseó en los alrededores, en cada entrada que se dispersaba en aquel refugió de roca por el que sorprendentemente iban y venían una multitud incontable de ninjas procedentes, según sus bandas rasgadas, de cualquier región del mundo. Todos diferentes, todos poderosos, y claramente, todos sirviendo a una misma causa: Akatsuki.
Si no hubiese sido testigo directo de aquel hecho, Sakura no habría creído jamás en la complejidad que abarcaba aquel emblema de nubes, en toda la lealtad depositada en aquella organización a la que solamente habían tratado como una panda de criminales y que resultaba ser mucho más desconocida y peligrosa de lo que nadie habría imaginado antes. Nada bueno podía esperarle en aquel gigantesco nido de ratas.
Se abrió paso frente a la entrada para los dos únicos portadores de la capa estampada tras los cuales avanzaba cautelosamente la kunoichi de ojos jade. Visto desde cerca, aquel edificio parecía incluso más alto que hace unos instantes, cuando ya por entonces parecía que el torreón más elevado traspasaba el cielo.
En el interior, sin apenas decoración aunque inundado de una luminosidad que contrastaba con la intensidad de la lúgubre vestimenta de los criminales, estos apenas se prestaron a intercambiar un par de frases breves con alguno de los shinobis guardianes antes de continuar adentrándose por lo largo y ancho de aquellos enormes pasillos. Finalmente, la pareja detuvo su paso ante una de las abruptas y metalizadas puertas del corredor.
La brusquedad había sido tal que la pelirrosa no pudo evitar tropezarse con la corpulenta espalda del más alto. Fue éste precisamente quien se deshizo de las ataduras que anexionaban sus articulaciones. Para entonces, el hormigueo en sus brazos era tan intenso que apenas notó el dolor de las marcas ceñidas alrededor de sus brazos amoratados.
—Creo que estaba mejor como antes —murmuró Kisame arrojando los cordeles de chakra al suelo. Estos se disolvieron instantáneamente.
—Como sea, acabemos con esto cuanto antes.
El Uchiha emprendió el camino a través del pasillo sin intención de volver la vista atrás. Sólo hasta entonces, Sakura estuvo plenamente segura de lo cerca que estaba su muerte. Mientras esperaba impaciente a que el otro Akatsuki abriera la puerta a su lado, podía hacerse a la idea de las mil y una torturas que aguardaban por ella al otro lado, aunque francamente, agradecía que fuese Kisame el que estuviera presente. De los dos, le parecía el menos sanguinario. Suponía que sería él, después de todo, el verdugo de la triste historia de su vida.
Intentó buscar con la mirada a aquel que se había alejado, pero sorprendentemente, ya no había nada ni nadie que permaneciera a lo largo de aquel gigantesco pasadizo. Antes de que pudiera prestar mayor atención al asunto, sintió como el brusco agarre en unos de sus hombros, la introducían violentamente al interior de aquella detestable sala.
Kisame captó su mirada sujetando con más fuerza de la necesario su cabeza.
—Como hagas la mínima cosa, te mato —gruñó dando autenticidad a la amenaza—. Ni ruidos, ni quejas, ni lloriqueos de nenitas y ni mucho menos te atrevas a dar espectáculos en plan heroína. Si pudiera, te retorcería el cuello ahora mismo con esta mano, así que no me des más motivos para hacerlo.
Ni siquiera tuvo tiempo de contestar antes de que el Akatsuk desapareciera, dejando tras de sí el ruido de aquel cerrojo en la metalizada puerta. Abrió ampliamente los párpados y quedó inmóvil frente a la misma.
¿Qué era todo eso?
Según sus cálculos, ahora debía estar muerta. De hecho, debía haberlo estado hace mucho. Por un momento, tuvo el fugaz y tonto pensamiento de estar siendo atesorada para alguna especie de rito, igual que el pobre desafortunado que acaba siendo el postre en alguna tribu indígena. Se abofeteo a sí misma, aunque dando un mayor lapsus de tiempo a su pensamiento, no le pareció como si la cosa más descabellada resultara imposible de creer entre semejante banda de criminales.
Pasaron largos minutos desde entonces y la kunoichi continuaba abrazada a sus propios brazos, como si en el fondo quisiese tomar al pie de la letra las palabras de Kisame. La verdad, es que le aterrorizaba voltear, más concretamente, encontrar lo que podía estar alojado allí. Aún tenía las imágenes del laberinto muy recientes en su cabeza, no deseaba por nada del mundo presenciar cualquier cosa parecida, y como era obvio, la estampa de aquella puerta resultaba mucho más agradable que cadáveres torturados en ruedas giratorias, articulaciones amputadas en frascos de laboratorio, o visiones similares.
Se concentró tanto en aquel pensamiento, que fue difícil al principio convencerse de que aquel aroma que llegaba a su nariz no tenía mucho en común con el empalagoso y espeluznante olor de la sangre. Es más, aquel olor parecía en cierta medida agradable. No estaba muy segura del todo, pero se armó de valor para dar media vuelta y presenciar verdaderamente el lugar en donde se encontraba.
Aquello era por descontado, mucho más impactante que todo lo que había pensado hasta el momento.
Frotó con insistencia sus ojos sin que nada cambiase en absoluto, hasta llegar a la conclusión de que estaba sufriendo los efectos de alguna droga inyectada durante su periodo de letargo. Sin embargo, la hipótesis parecía perder credibilidad teniendo en cuenta el tiempo que había transcurrido desde entonces.
Ni paredes frías ni hediondas, ninguna rueda giratoria ni aparatos de tortura parecidos, ni siquiera un triste feto enfrascado en una estantería sucia y oxidada... Sakura tenía la sensación de haber salido de su peor pesadilla para entrar automáticamente en un cuento de hadas.
Aquella enorme sala no tenía absolutamente nada que ver con sus pensamientos ni con el aspecto frío y desolado que presentaban los pasillos del edificio. En su lugar, la mazmorra, que sólo en funciones hacía honor al concepto, estaba provista de todo cuanto un dormitorio de la realeza pudiera necesitar: una cama recubierta de telas de seda y perfectamente ordenada, muebles de madera barnizada, un par de sillones, algunos espejos sobre las paredes teñidas de tonos pasteles y un sinfín de lamparillas con hermosos acabados que iluminaban, aunque de forma tenue, la espaciosa habitación. Aquel lugar tenía tantos detalles, que no era capaz de controlar el rumbo que tomaban sus orbes verdes.
Optó por acercarse a la ventana más cercana, y no es que precisamente la suculenta tela de encajes hubiese llamado más que cualquier otra cosa su atención, si no más bien, aquella parecía claramente una vía de escape. Apartó con cierta cautela las cortinas y un segundo después, suspiró decepcionada. Como era de esperarse, aquellas cortinas sólo tenían un valor decorativo. Debió haber imaginado que tras ellas no se ocultaba ningún ventanal y que en su lugar, se hallaba la misma pared que rodeaba el resto del cuarto.
Se retiró unos pasos y cayó rendida sobre la cama. Después de permanecer con los ojos pensativos durante unos instante, se percató de lo muy cómoda y mullida que era. La acarició enérgicamente una y otra vez y a punto estuvo de recostarse completamente para reponerse de todo cansancio, no sin que antes, el chasquido de la puerta la persuadiera de todo planteamiento.
La pelirrosa apretó los puños y frunció el ceño mientras observaba cuidadosamente como la puerta se abría casi a cámara lenta. No es que a esas alturas esperara nada que pudiera sorprenderla, pero ver a aquel par de muchachas no mucho menores que ella, entrar con total normalidad y absoluto silencio en la recámara, no era algo que pudiera pasar por alto realmente.
La más alta depositó sobre la mesa una bandeja con lo que suponía, sería su cena. Y la menor, por el contrario, acercó hasta los pies de su cama una caja de dimensiones considerables y que por la expresión de su cara, parecía ser bastante más pesada de lo que parecía.
—Déjame... ayudarte —meditó antes de acercarse descuidadamente.
Sakura iba a acabar volviéndose loca, aunque no se equivocaba al afirmar que aquella muchacha acababa de regalarle una agradable sonrisa.
—¿Estás herida? —continuó la joven al tiempo que intentaba abrir la enorme caja.
—No es... —trató de decir aún perpleja—. Quiero decir, no es algo como para preocuparme a pesar de este aspecto lamentable.
—Me alegro —volvió a sonreír de nuevo—. ¿Y tienes hambre? Aya te ha dejado sobre la mesa la cena.
Sakura volteó en dirección a la muchacha. Sin ninguna duda, ésta, de un aspecto no tan inofensivo como el de su compañera, no parecía tan dada a dialogar como ella.
—No te preocupas, ninguna de las dos estamos aquí para hacerte daño.
«Genial», pensó la pelirrosa, «dejarán eso para los verdaderos profesionales».
—¿Cuál es tu nombre? El mío es Hiromi —la chica volvió a su tarea y prosiguió a pesar de la ausencia de respuesta—. Aún estás muy conmocionada, te entiendo. Sé que no debería alegrarme por esto pero, estoy contenta de tener alguien más que pueda comprenderme en este lugar.
—¿Que... te comprenda? ¿Qué quieres decir?
La recién llegada logró aventurar por fin su trabajo y extrajo de la caja un par de indumentarias que colocando sobre el cuerpo de la pelirrosa, llegó a la conclusión de que serían adecuados para ella. Su intención parecía ser la de seguir con su labor, pero rápidamente, Sakura le sujetó con firmeza las muñecas.
—¡Oye...! Por favor...
Hiromi la miró con sus enormes ojos oscuros y posó una de sus manos sobre las sucias y frías de la kunoichi. Luego, alargó sus labios de nuevo.
—No estás sola aquí —su voz parecía, en esta ocasión, mucho más recia a pesar de su desconcertante sonrisa—. No todas las personas que trabajamos en este lugar lo hacemos voluntariamente. Muchos de los gobiernos de nuestros países han sido fácilmente comprados por lujos, falsas promesas o en el peor de los casos, un terror tan insoportable como sólo Akatsuki puede producir. Cada persona tiene su propia historia aquí. En mi caso, mi Villa ya llevaba años sometida a la organización, pero este es mi sexto mes como prisionera aquí, y Aya... —dudó antes de continuar—. Ella ya era prisionera antes de la construcción de este refugio...
—¿De este refugio? —exclamó antes de que la joven pudiera evitar su sobresalto—. ¿Hay otros?
—Claro que los hay.
Hiromi esbozó un gesto de tristeza cuando vio en aquellas orbes jade la misma confusión y pánico que había visto en cada uno de los prisioneros a los que había atendido hasta entonces.
—Realmente estamos en un lugar peligroso pero, si te sirve de consuelo, tú no pareces ser una más como nosotras. Nuestro trabajo aquí es limitado. Nuestra vida también lo es, pero Akatsuki no encarcela en recámaras como ésta a simples enemigos. Podría decirse que ellos mueren en el acto y que si tú estás aquí es porque en verdad tu existencia les es útil por un tiempo. Tienes que procurar que sea así si quieres tener alguna oportunidad.
—Me lo imaginaba... Aunque siento que no voy a poder darles el gusto.
—Intenta no pensar demasiado en eso. Lo más probable es que...
Los sonidos procedentes del pasillo obligaron a la muchacha a permanecer en silencio. Se apresuró en proveer a Sakura de lo indispensable por el momento y se preparó para la retirada acudiendo justo al lado de su compañera.
—Ahora no tenemos mucho tiempo. Cena, báñate y duerme tranquilamente —susurró—. Tenemos que irnos.
—¡Espera, espera! ¡Tenéis que ayudarme a salir de aquí! Al menos, necesito que me digáis todo lo que sepáis de este lugar.
—No te preocupes —respondió Hiromi deseando que sus exclamaciones no las delataran—. Trata de no armar escándalo ni llamar la atención. Nosotras regresaremos luego, cuando nadie nos vigile.
Sakura suspiró desganadamente antes de volver a sentarse sobre la cama, incorporándose instantáneamente de un salto.
—¡Hiromi! ¡Aya! —exclamó adelantando unos pasos—. Muchas gracias. Mi nombre... Me llamo Sakura.
La muchacha de cabellos y ojos café volvió a sorprenderla con una más de sus sonrisas, que en esta ocasión, logró contagiar a sus propios labios.
Fue una ilusa al pensar que su plan le había dado resultado...
CONTINUARÁ...
Hey, ¡qué de tiempo sin vernos! :P
Bueno, fin del capi 4, que bien podría haber sido la primera parte de lo que será el chap siguiente. Está como dividido realmente.
Como siempre, cualquier review es bienrecibido, ya sea de lo que les gustó o lo que no, de cualquier duda que les quede o de esa fumada que quieran comentar. Como sea... ¡Nos leemos pronto!
Un fuerte abrazo.
Shizenai
