De cosas diminutas y otras maldiciones
Por Roquel
Agradecimientos: Muchísimas gracias a las personitas que se han tomado la molestia de dejarme un mensajito.
Kasandra Potter. Sarahi. Alexis. Navleu. Guest.
Me alegra el día el saber que siguen la historia y que tienen dudas. Aquí respondemos a la gran mayoría, aún falta otro pedazo de historia, pero poco a poco.
….
Maldición IV
De Verdades y Mentiras
Cuando Draco llega a cuarto año la noticia del torneo de los tres magos lo mantiene ocupado. Saber que además los invitados se hospedaran en su sala común le genera una sensación de triunfo y gloria que hace mucho no sentía. Todo es perfecto hasta que lo conoce.
Draco se ha pasado toda la noche intentando conseguir un autógrafo de Victor Krum en vano, así que regresa a su sala común de mal humor, y no se toma a bien chocar contra uno de los invitados de Beauxbatons que parece no saber por dónde va. El rubio mira mal al muchacho pero su enfado se disuelve en cuanto lo oye hablar. Su voz es una delicia viva, dulce y sedosa, capaz de provocar un estallido de calor en la boca del estómago.
Tiene problemas con el inglés así que Draco lo saluda en francés; la respuesta del muchacho es una sonrisa brillante y majestuosa que provoca en el estómago del rubio una serie de acrobacias mortales. La sensación es indescriptible y deliciosa, tan agradable que Draco destierra recelos y dudas. Le trata con exquisita cortesía, con el carisma que reserva para su familia, le devuelve la sonrisa y le promete ayuda desinteresada.
Charlan durante un buen rato y Draco se entera de su nombre, su equipo favorito de quidditch, y su peculiar gusto por ciertos jugadores. Después de lo que parece una eternidad Marcus se despide de él después de preguntarle por el camino hacia el comedor, y en agradecimiento por su ayuda le regala una sonrisa deslumbrante, le pone la mano en el brazo y deposita un casto beso de despedida en su mejilla antes de despedirse con su sedosa voz.
En cuanto se queda solo Draco huye. La electricidad está de vuelta, el mundo gira con colores brillantes y su cuerpo vibra con vida propia.
[...]
Se aparecen en el claro junto a la cabaña abandonada. El muchacho alto y guapo sostiene del codo a la muchacha más pequeña. Él carga una expresión de terror y pánico difícil de describir, ella, en cambio, tiene la mandíbula tensa y los bellísimos ojos azules refulgentes de ira.
—¿En dónde está?
—Ya te dije que no lo sé.
—Debemos encontrarlo.
—¡Quiero irme a casa!
—Entonces ayúdame a buscarlo.
Ella se suelta de un tirón y lo enfrenta con ira desmedida.
—¡No!, ¡no quiero verlo!
—Pues eso debiste pensar antes de maldecirlo.
—¡No pensaba maldecir a nadie!
—¡Por Merlin, Carlee!, ¡no me mientas! Kipky me lo dijo todo después de verlo aplastarse las orejas: Me dijo que lo obligaste a traerte, me dijo que tomaste el frasco rosa del despacho de nuestro padre, me dijo lo que hiciste con esa cosa, ¿por qué hiciste eso?
—¡Vine porque quise conocerlo!... Te oí ordenarle a Kipky que se encontrara con él, ¡entonces no sabía quién era él! Mandaste al elfo con un mensaje, eso lo escuche, ibas a decirle de tu compromiso ¿o no?... Quería asegurarme que entendía que todo había terminado y que era mejor dejarte en paz.
—Lo has entendido todo mal, Carlee. Y en tu empeño has hecho un daño terrible.
—¿Entender mal? ¿Vas a decirme que tus encuentros con él son inocentes?
—¡Lo son!
—Y por eso te escabulles sin que nadie lo sepa. Por eso no le dices a nadie a dónde vas, por eso no me dijiste su nombre cuando te pregunte con quien te veías.
—No podía decírtelo.
—¡¿Y por qué no?!
—¡No puedo decírtelo! Pero te puedo prometer que no es lo que estás pensando.
—¡No te creo Cyril! ¿Niegas verte a escondidas con Draco, mi prometido, y que planeabas deshacerte de él porque vas a casarte?
—¡No es así Carlee!
—Pues si quieres que te crea me dirás la verdad. O voy a ir directo con Narcissa a decirle que has estado molestando a su hijo.
—¡No te atrevas a decirle nada a ella!
—¿No? Pues entonces habla.
—No puedo, no es mi secreto.
—¿Pero si el de Draco?
—Olvida lo que dije.
—No voy a olvidarlo.
—¡Por favor Carlee! Dejemos esta discusión para después. Tenemos que buscarlo, puede estar en peligro.
—La poción no es permanente y no le hará daño. Si tiene su varita puede deshacer el hechizo con un finite, de lo contrario se quedará así un par de horas.
—¿Por qué la trajiste?
—Una precaución, en caso de que tú amigo decidiera no hacer las cosas fáciles.
—Pero la usaste.
—Porque cuando llegue y lo vi a él… yo solo… no pude… ¡¿Cómo pudiste, Cyril?! Se supone que eres mi hermano.
Hay lágrimas bordeando sus bellos ojos y la imagen es tan desgarradora que su hermano se ablanda.
—No es…
—¡Ahórrate las mentiras para nuestros padres! ¡A mí no me mientes!... ¿Por qué tenía que ser él?
—Carlee… —extiende los brazos hacia ella pero la muchacha retrocede—No es así…
—¿Se terminó?
—No hay nada que terminar.
—Le dije que te ibas a casar.
—... está bien; él ya lo sabía, no importa.
—¿Por qué estabas aquí?
—Porque Draco es mi amigo; a veces hablamos. Nos reunimos de vez en cuando y charlamos.
—Sobre qué.
—Sobre lo difícil que es ser hijo único. Lo difícil que es cumplir las expectativas.
—¿Hace cuánto que lo ves?
—No lo hagas sonar así, Carlee, no es así. Somos amigos.
—¿Desde cuándo?
—Comenzamos a escribirnos cuando él estaba en tercero. Durante el campeonato de quidditch me encontró justo después de que Edmond rompiera conmigo. Me escucho sin juzgarme. Fue mi amigo cuando me sentía solo.
—¿Tu amigo?— esta vez no suena sarcástica ni herida, simplemente desdichada.—¿Por qué no lo dijiste entonces?
—Porque nuestros padres, tanto los nuestros como los de él, habrían armado un alboroto. De la misma forma que tú lo hiciste.
—Entiendo por qué no decírselo a nuestros padres, ¿pero y yo? ¿Qué había de malo en decírmelo?... ¿y por qué si ibas a verte hoy con él no me dijiste la verdad cuando te la pregunte?
—Porque no quería que vinieras.
—¿Por qué?
Cyril suspira.
—Porque no era conmigo con quien se suponía que él iba a verse.
[…]
La primera vez que Draco besa a Carlee tiene nueve años y siente una sana curiosidad. Ella acepta presionar sus labios con los de él durante cinco segundos, después le sonríe con la dulzura de los niños y lo olvida. Muchos besos vienen después de ese. Todos inocentes, todos llenos de curiosidad. Besos en la mejilla, besos castos en la boca, todos siempre suaves y dulces; y Draco aprende a disfrutar de su comodidad.
Cuando Marcus le besa la mejilla, en un gesto de simple agradecimiento, el mundo del rubio se sacude de pies a cabeza. El contacto es breve, sorpresivo, apenas un simple roce que provoca en Draco un estremecimiento. Le tiembla el estómago y se atraganta. Esa noche no duerme porque no puede dejar de pensar en la sensación, puede rememorarla con vívida claridad.
Y al día siguiente esa emoción devastadora vuelve cuando se encuentra con Marcus de camino a desayunar. El muchacho es dos años mayor que él y encantador, y se asegura de corresponder a su generosa ayuda con atención y carisma. Se pasan el resto del torneo charlando, riendo y apostando. Draco se alimenta de su sonrisa, se emociona cuando lo escucha.
Y cuando se despidan le regalará el que será su primer beso lleno de fuegos artificiales.
Sucede en la tarde de la última prueba. Ambos se escabullen para tener un poco de privacidad. Draco se está riendo y burlando de sus compañeros, especialmente de Potter, hasta que Marcus se sienta a su lado y lo besa.
El primer instinto de Draco es echarse para atrás y desaparecer. Se entiesa en su lugar y retrocede. Marcus no se aparta pero tampoco avanza, se queda ahí acariciando su mejilla como lo haría con una avecilla herida.
Draco respira entrecortadamente, no deja de mirar a los ojos del muchacho pero siente como si todo su cuerpo estuviera temblando. Cuando Marcus se inclina de nuevo y lo besa suave, Draco cierra los ojos y se inclina porque aunque quisiera huir siente que su cuerpo vibra con vida propia.
[…]
—¿Entonces con quién?
—Le corresponde a Draco decírtelo.
—Pero él no está aquí ahora.
—Carlee…
—Me lo dirás, tengo derecho a saberlo. Soy su prometida.
—…se supone que iba a encontrarse con Marcus.
—¿Quién es Marcus?
—Marcus Chamoun. Iba conmigo en el colegio, dos años por debajo pero ambos éramos parte del club de ajedrez y teníamos los mismos gustos; en el colegio él no solía charlar conmigo porque mantenía un perfil bajo, a diferencia de mí, pero acostumbrábamos hablar sobre lo que nos gustaba ver en un chico. Marcus conoció a Draco durante la visita que Beaxbutons hizo a Hogwarts durante el torneo de los tres magos y él le dijo que me conocía. Se escriben regularmente, pero a veces también lo visita. Hoy iba a verlo a él, pero Marcus me pidió que viniera en su lugar. No es la primera vez que me pide el favor, pero en esta ocasión era diferente. Los padres de Marcus lo mandan al extranjero para que siente cabeza. Marcus ha decidido marcharse, está muy contento con la idea, sus padres le prometen una sustanciosa pensión mensual y un departamento ahora que ha terminado la escuela pero siempre y cuando se consiga una prometida. Así que él me pidió que viniera en su lugar, me dijo que le había enviado una nota a Draco disculpándose pero quería asegurarse de que todo terminaba bien. Así que me tocaba venir y apoyarlo, pero los preparativos de mi boda se adelantaron para hoy y no podía faltar. Así que envíe al elfo para que le dijera que Marcus no iba a venir. Esperaba poder hablar con él después, pero ahora… puedo imaginarme la sorpresa y el miedo que debió sentir cuando te vio aparecer.
—¿Miedo?
—Miedo de que hubieses descubierto la verdad.
—¿Ver…dad?... ¿de qué hablas?... Draco no es… Draco no está…
—Draco es como yo; como Marcus. Y durante mucho tiempo lo negó y se mintió. Tiene miedo de decírselo a sus padres. Tiene miedo de decírtelo a ti. Por eso guarde el secreto. Porque el merece un amigo, alguien que puede escucharlo, que lo apoye; alguien que no vaya a juzgarlo.
Antes de que Carlee pueda decir nada es el elfo domestico el que aparece de vuelta. Les informa que la prometida de Cyril ha llegado y que sus padres exigen su presencia para recibirlos. El muchacho no parece particularmente feliz, pero su hermana se prende del elfo sin mirarlo.
—Vámonos.
[…]
El beso existe en sus recuerdos y pese a sentirse eufórico cada vez que lo evoca, Draco también siente culpa. Es fácil lidiar con la culpa cuando se está en la escuela, es fácil perderse en la sensación y sonreír como un idiota. Draco se pasa el resto de ese año escolar sintiéndose dividido entre el terror de enfrentar a sus padres, como si su desliz estuviera impreso en su rostro, o la euforia de cerrar los ojos y rememorar ese primer beso que altero su cuerpo como nada nunca lo ha hecho. Ni siquiera la perspectiva de tener el regreso del señor tenebroso lo afecta, pues según sus padres no es algo de lo que él deba preocuparse.
De lo que si se preocupa es que al volver a casa recibe la noticia de que sus padres han decidido visitar a la familia de Carlee. Draco debe soportar la decisión y preparar las maletas.
Los Blake los reciben con una fiesta fastuosa y enorme, Draco descubre en ese momento que en realidad se trata de su fiesta de compromiso. Tiene quince años y es natural que sus padres estén listos para presentar a la que será su futura nuera. Carlee se pasea entre los invitados saludando a cada uno de ellos por nombre y posición, Draco la sigue ofreciendo saludos corteses y sonrisas, pero eventualmente se harta de la farsa y se escabulle para tomar aire y alejarse de todas las miradas
Se encuentra a Cyril en el patio trasero, fumando. Un hábito que el muchacho ha desarrollado desde su ruptura con Edmond.
—Estaba preguntándome cuánto tardarías en hartarte del ruido—murmura Cyril cuando Draco se sienta junto a él.
—Quería hablarte de algo.
—Pues empieza, porque Carlee no tardará en buscarte.
—No sé cómo empezar.
—Solo dilo. Bien sabes que yo no voy a juzgarte y que no tengo intenciones de delatarte.
—Creo que hice algo inapropiado…
—¿Crees? Pues si no estás seguro es porque seguramente no es malo, pero tus arraigados prejuicios te obligan a pensar que has hecho algo mal.
—Besé a un chico.
Cyril se ríe.
—Oh, sí, oí sobre eso. Marcus me ha dicho que besas de fábula.
El terror en el rostro de Draco es violento. Su tez palidece, sus labios se tornan blanquecinos, y sus ojos se abren desmesuradamente. No salta y no se aleja porque su cuerpo no le responde.
—¿Te lo dijo?—balbucea el rubio con la voz aterrorizada.
Su miedo se manifiesta de tal forma que Cyril abandona su cigarro y lo mira con empatía.
—Me lo dijo porque nos conocemos, porque sabe que no corre peligro en decírmelo a mí y porque le dijiste que me conoces. No tengas miedo. No se lo dirá a nadie más.
Draco respira profundamente intentando calmar el miedo paralizante que anida en su interior.
—¿Qué hago ahora?
—¿Hacer? ¿a qué te refieres?
—Marcus quiere que le escriba, también quiere que nos veamos.
—Pues no debería importarte lo que él quiera. La pregunta debería ser si tú quieres escribirle.
—…
—¿Lo quieres?
—…sí.
—Pues entonces hazlo.
—Pero…
—¿Pero qué…?
—Tú hermana…
—Carlee no tiene nada que ver con esto. Si quieres escribirle a Marcus hazlo y si no quieres no lo hagas. Marcus es un amigo y te casaras con mi hermana, ¿cuál es el problema?
—…
—¿Quieres besarlo de nuevo?
Draco enrojece de forma fulminante, Cyril suspira y toma otro cigarro de su paquete. Tiene la expresión de alguien que ya no guarda ilusión alguna.
—Mira Draco, tienes tres opciones: Una: Fingir que el beso no ocurrió y que no te provocó interés, te olvidas de Marcus y de los que son como nosotros, te casas con Carlee como desean tus padres, y la haces feliz porque ella no tiene la culpa de que no puedas quererla de la forma que se merece. Dos: Te olvidas de Carlee, rompes el compromiso y lo intentas con Marcus, obviamente ni tus padres, ni los míos, ni nadie en nuestro círculo social volverá a tratarte con el mismo respeto.
—¿Eso fue lo que hiciste tú?
Cyril sonríe pero no le responde. —Corres el riesgo de que Marcus no vaya en serio contigo, una probabilidad bastante alta porque has de recordar que él, aunque no es el primogénito, si es el varón de mayor edad en su familia y tiene un papel que cumplir. O Tres: Mantienes tu compromiso con Carlee, te casas con ella, la haces feliz, pero aprovechas el tiempo que te queda antes de terminar en el altar para disfrutar de lo que sea que Marcus te haga sentir.
—No me gustaría engañar a Carlee.
—Lo que sea que elijas, Draco, debe ser decisión tuya. Carlee es mi hermana y la adoro, pero estuve en tu lugar, tampoco quise lastimar a mi prometida. Era una buena chica y no se merecía más que un buen novio; así que termine el compromiso, y mira a donde me condujo.
—¿Tu padre sigue sin hablarte?
—Oh, sí, me hablo justo ayer por la noche. Me dijo que si no me comprometo pronto hará el ritual de progenie en Carlee. Me lo dijo justo antes de decirme que ni se me ocurriera aparecerme en la fiesta de compromiso de mi hermana.
—¿Y habla en serio?... ¿me refiero al ritual?
—Conoces a mi padre, Draco, por supuesto que habla en serio.
—¿Qué piensas hacer?
—Aún tengo tiempo.
—Pero…
—Déjalo ser, Draco, y será mejor que te vayas yendo. Si alguien te encuentra aquí pueden llegar a pensar que corres el riesgo de adquirir mis malos gustos.
Y Draco se marcha; está decidido a olvidarse del asunto, pero se topa con Marcus ese mismo verano. Es verlo y sentir que su sangre se calienta. Es ver su sonrisa y sentir que la misma crece dentro de él ahogándole. Es escuchar su voz y sentirse caramelo.
Esa misma tarde, y lejos de miradas indiscretas, Draco se deja besar y responde con el ímpetu de su juventud. Se deja besar con la candidez y la emoción que se asocia con la adolescencia. Y durante todo su quinto año, mientras el mundo entero se oscurece, él siente que es la primera vez que el sol brilla alto y claro.
[…]
—¿Malfoy?
Escucha su voz preocupada, escucha el tono amable, tan distinto del que usualmente le dirige, que algo dentro de Draco se astilla, nota que los bordes irregulares pinchan su interior provocándole malestar.
Y nunca ha sido bueno lidiando con el dolor.
—No digas nada.
—Pero…
—¡Callate!
Levanta la cara y lo mira, pero el ver su expresión de compasión solo empeora las cosas.
—¡Largate! ¡Vete!... ¡¿por qué diablos sigues aquí?!
Pero Potter se limita a mirarlo con sus ojos de borrego y Draco se ahoga.
—¿Crees que me importa lo que tú digas?… ¡No me interesa lo que un flacucho y miope tiene para decirme!
Pero Potter en lugar de enfadarse y gritarle se queda mirándolo con esa cara compasiva que aviva su ira. Y no importa lo que Draco le grite, no importa lo ofensivo que sea, la expresión de Potter no cambia, no deja de mirarlo como si sintiera pena por él.
¡Por él!
Draco quiere reírse… pero no puede. Siente que ha olvidado como hacerlo. Y la angustia está ahí, lo asfixia, lo invade, tiene ganas de meterse en un cajón y olvidarse del mundo.
Finalmente estalla.
—¡No me mires así!
Y entonces Potter hace algo que seguramente nunca haría bajo circunstancias normales.
Lo abraza.
La ira de Draco se dispara, lucha por soltarse pero el maldito Potter se niega a dejarlo ir.
Lo que es peor aún, Draco nota que dentro de él crece la peor clase de veneno que pueda existir. Lo nota acumulándose en su garganta, nota los músculos del cuello tensos y no puede pasar saliva sin sentir dolor. Intenta tragárselo, pero esa maldita cosa crece dentro de él como un virus. Se expande y lo engulle, puede sentirlo bajando por su esófago. Lo siente en el estómago. En los brazos. En el corazón.
Finalmente sale.
En forma de lágrimas, en forma gritos. Es completamente aberrante.
[…]
—Voy a casarme,
Es el verano después de terminar el quinto año; Draco visita la mansión de los Blake una vez más. Se encuentra con Cyril en el sitio usual, y éste le suelta la novedad a bocajarro.
—¿Con quién?—es lo primero que sale después de recuperarse de la sorpresa.
—¿Importa? Baste decir que es una bruja joven, y de buena familia.
—Pero no la quieres.
—¿Y eso que importa?
—¿Tu padre te convenció?
—Mis padres me dieron un ultimátum, o me caso y me encargo de los negocios familiares o realizaran el ritual de progenie con Carlee cuando ella cumpla dieciséis, que será dentro de un par de meses.
—Creí que esperarían hasta que ella saliera de la escuela.
—Pues ya no.
—Si Carlee se convierte en la cabeza de familia, estoy seguro de que no se negará a ayudarte.
—Aunque ella no lo haga mi padre me ha dicho que una de las cláusulas que pretende imponer es que ni un solo galeón llegue a mis manos. Y no tengo que recordarte en que consiste el ritual, ¿verdad?
—No.
—Así que. Si no me caso me veré en la calle.
—¿Algún amigo que pueda ayudarte?
—Ninguno lo suficientemente valiente para enfrentarse a la reprobación de mi padre.
—Podrías trabajar.
—Ninguna de las empresas que conocen a mi padre me emplearían. Tendría que irme al extranjero.
—¿Y por qué no lo haces?
Cyril se ríe, no hay alegría en el sonido.—Porque ya no tengo razón para ello... Cuando tenía a Edmond supe que sería difícil, pero estaba listo para enfrentarlo. Por él. Hice planes para irnos al extranjero, decidí que mientras estuviéramos juntos no importaría lo arduo que fuera; pero ya no está. Y ahora tengo que enfrentarme a la reprobación de mi padre y no tengo razón para ello. Es más fácil casarme que luchar contra él.
—Pero no serás feliz.
—Tampoco lo soy ahora; ¿qué diferencia hay?
Draco no tiene respuesta, siente tristeza por la expresión derrotista en el rostro de Cyril, pero en su mente acepta que no hay forma de luchar contra los caminos trazados de antemano.
Él, al igual que Cyril, al igual que Edmond, tiene un destino. Y es imposible luchar contra él. Lo tiene asumido. Su vida tiene una meta y un sentido. Tiene su final ya escrito.
Pero a veces… a veces sueña con enamorarse y dejar que el mundo se entere. Es un deseo infantil, un deseo irracional y lo sabe. Lo sabe. LO SABE. Se lo repite cuando Marcus le sonríe, se lo repite cuando le escribe a Marcus y se siente culpable; a veces se promete a si mismo que cuando se case hará un doble esfuerzo por hacer que Carlee sea feliz.
Está consciente de que Carlee nunca lo hará sentir como se siente ahora, pero lo tiene asumido y digerido. Absolutamente. Sabe que su vida con Carlee será placida, tranquila, y dulce. Lo sabe.
Y lo tiene tan claro que le resulta chocante y aberrante el dolor que siente cuando escucha que el propio Marcus también lo piensa así.
¿Por qué duele? ¿Y por qué con tanta intensidad?
¿Por qué no puedo dejar de llorar?
¿Por qué?
Pero no hay respuestas para Draco, solo llanto, dolor y miseria. Se siente humillado, siente vergüenza, siente ira y siente desdicha.
Siente que le han roto el corazón.
[…]
Pobre Draco...
