El descubrimiento
Capítulo 3: Deudas.
Las palabras de la mujer provocaron un silencio casi inmediato en toda la sala. Solamente se escuchaba el crepitar del fuego en la chimenea, cosa que, por otro lado, tranquilizaba a los dos hombres, que se habían quedado mirando a la chica, estupefactos. En especial Watson, que no daba crédito a lo que estaba viendo.
Cuando Holmes había dicho "fuente fiable", nunca hubiera dicho que se refería a aquella chiquilla que los miraba fíjamente, aún con los brazos extendidos. Sí que era cierto, y se notaba, que era la dirigente de aquella cadena de hoteles y pequeña mafia heredada de su familia, ya que tanto su aspecto como su presencia imponían un extraño respeto muy difícil de asimilar para el médico. Pero estaba ahí, eso lo tenía bastante claro. Aquella sala, aquellos artefactos... Incluso teniendo toda la ropa manchada de grasa y una llave inglesa en una mano, daba la impresión de ser una mujer con poder y contactos.
Concretamente, la persona más rica de todo Dublín.
El detective carraspeó para romper el silencio, haciendo una leve inclinación de cabeza hacia la joven, que dirigió hacia él sus azules ojos en un mudo interrogante, posiblemente debido a la ropa que este llevaba.
-Bueno, señorita Holmes... - musitó, poniendo énfasis en la palabra -. ¿Puedo saber qué le ha traído a mi humilde morada?
"Me pregunto si esto puede ser llamado "humilde" incluso por una persona como ella..." pensó Watson, pasando una mirada circular por la estancia que pretendía abarcar su increíble grandeza.
-¡Oh, querida, qué malos modales! - replicó Holmes, poniendo voz de pito a propósito -. Sabes perfectamente por qué hemos acabado en Dublín, Bones. En realidad, tú debías saber incluso antes que yo que acabaríamos llegando aquí.
-Ciertamente - concedió la chica, ladeando la cabeza -, os estaba esperando. Incluso antes de que me enviaras la carta, Holmes. Lo que no entiendo es por qué piensas que os voy a facilitar esa valiosa información que tan desesperadamente necesitáis.
La respuesta de ella pilló desprevenido a Holmes, que abrió mucho los ojos y se puso una mano en el mentón, pensativo. Aquella mujer y él nunca habían coincidido en nada, su forma de analizar y deducir era muy diferente, y su relación era meramente cordial con disimulados piques internos. ¿Qué podía decir para convencerla de colaborar?
-¿Quizás que tanto usted como mi compañero quieren evitar, nuevamente, una guerra a escala mundial? - intervino Watson, alzando una ceja.
Una alegre carcajada acogió aquel comentario, de forma un tanto brusca, pero que no pretendía sonar maleducada. Bones miró un rato a Watson hasta asegurarse de que lo decía en serio.
-Bueno, no es mala idea. Usted debe ser el famoso doctor Watson, del cuál Holmes es incapaz de separarse como si de una lapa adherida a una roca se tratase - respondió, chasqueando la lengua -. Debo felicitarlos por haber detenido momentáneamente el plan de Moriarty. Pero me temo que es, precisamente, un aplazamiento de lo inevitable. ¿O creen que no hablaba en serio cuando dijo que el mundo en su totalidad acabará provocando esa guerra por sí mismo?
-Lo que queremos es salvar vidas, incluso si la guerra es inevitable. Si algo tan importante no deja de aplazarse, tal vez terminen por olvidar la posibilidad de que se produzca - replicó Watson, frunciendo el ceño.
-Usted mismo lo ha dicho. Tal vez - Bones se encogió de hombros, como si la conversación no le resultara interesante.
Aquella contestación tajante sumado al carácter de la mujer comenzó a exasperar al doctor, que se pasó una mano por la frente, pensativo. El detective, por contra, permanecía meditativo, sin saber qué decir o qué hacer para llevar a Bones a una afirmativa. Probablemente ella, que tantos contactos tenía, sabría quién estaba llevando los hilos de aquella maraña de sucesos. Sucesos que, ahora que se paraba a recordar, aún no le había comentado a su compañero, cosa que le hizo sentirse repentinamente culpable.
Watson siempre se quejaba de las veces que no le contaba sus planes o le ocultaba deliberadamente información. Pensó, por primera vez en su vida que, ya que lo había metido en aquel embrollo, lo mínimo era hacerse responsable de lo que llegaba a sus oídos y lo que no, o para ser más claros, de contarle lo que estaba pasando, exactamente.
Puestas las piezas en su mente, cerró los ojos para aclararlas punto por punto. ¿Qué tenía, exactamente? El temor de que algún subordinado del profesor fuera a por el médico o su mujer. Incluso su hermano, y más ahora que sabía que continuaba con vida.
Dato del que disponía muy poca gente, de hecho.
Abriendo los ojos de nuevo, y esbozando una taimada sonrisa maliciosa, Holmes se dirigió de nuevo hacia la joven, que, de pronto, lo taladró con la mirada como si se temiese que fuera a hacer algo.
-Recapitulemos los hechos hasta ahora, ¿de acuerdo? - propuso el detective, sacando su pipa del bolsillo de Watson y encendiéndola. Bones puso una mueca de desagrado al verlo, pero no hizo ningún comentario -. Caí con Moriarty al fondo de esas aguas, en Suiza, hace aproximadamente un mes. Salí con vida gracias a un rematado golpe de suerte combinado con mi inigualable astucia - murmuró, con egocentrismo -, y ahora nos encontramos ante una serie de acontecimientos - sacó de su propio bolsillo una serie de recortes de periódico minuciosamente recolectadas que hablaban de diversos asesinatos y secuestros de varias personas importantes -, que nos dan a entender que alguien está siguiendo los pasos de nuestro estimado profesor.
-La situación es esta: actualmente, solo tres personas saben que Sherlock Holmes sigue con vida. Una es usted, Watson, discúlpeme la obviedad. Otra es mi hermano, Mycroft. Y otra, usted, Bones.
La aludida pareció comprender por dónde iba el hilo argumental de él, porque abrió los ojos con asombro y frunció levemente el ceño. Continuó sin hacer comentario alguno, aunque parecía contrariada. No le gustaba nada el matiz que estaba tomando la conversación, sin duda alguna. Watson contemplaba a uno y otro sin intervenir tampoco.
El de pelo negro prosiguió, comenzando un pequeño paseo por la estancia.
-Bien, supongo que entiende a dónde quiero llegar - asintió el detective, aspirando el humo de la pipa -. Estás en un callejón sin salida, querida. Saber que sigo con vida es atarte la soga al cuello, prácticamente. A menos, claro está, que decidas facilitarme esa información y, por supuesto, acompañarnos al doctor y a mí.
-Já - replicó ella, simplemente, cruzándose de brazos y mirándolo amenazadoramente -. ¿Atarme la soga al cuello? ¿Yo? - ladeó la cabeza, permitiendo que una nueva risa proveniente de ella misma volviese a inundar la estancia. Una risa irónica -. Tu primer error, Sherly, es pensar que Moriarty sería tan idiota como para dejar que uno de sus esbirros hiciera el trabajo por él. ¿No conoces el dicho de "si quieres algo bien hecho, hazlo tú mismo"?
-Tu segundo error es dar por hecho que conocer la noticia de tu vuelta al mundo de los vivos me pone en un aprieto a mí - volvió a reír, pero esta vez más bajo -. No, no. Es a ti a quien pone en un aprieto. Y creo que no me equivoco cuando digo que, ahora mismo, estás en deuda conmigo por no difundir la noticia. ¿Sabes cuánto me pagarían los medios por hacer conocer esto...? Oh, no, probablemente no.
Un fallo. El médico se quedó atónito durante unos momentos sin poder creer que una chiquilla le estuviera tomando el pelo de esa manera a su amigo. Se giró hacia él, que permanecía de espaldas a los dos, impasible.
En realidad, no había dicho fallo en su plan. Todo estaba saliendo tal como lo había pensado. Sabía perfectamente que Bones no caería en una trampa tan simple, pero también sabía que ella no se daría cuenta de que estaba utilizando su 'debilidad' a favor, el hecho de que la noticia de su falsa muerte aún no era conocido en el mundo. No pudo contener una sonrisa de superioridad, dirigida a sí mismo, cuando ella mencionó la palabra "deuda". Aquello le traía muchos recuerdos, y no todos agradables, ni mucho menos. Pero esperaba que la joven sacase el tema antes de hacerlo él. Ese tipo de juegos, la clase de engaños que daba a entender a un rival que te tenía derrotado cuando la realidad distaba mucho de ser así era una de las estrategias favoritas de Holmes; tal vez de ese modo escarmentaría y se decidiese a ayudarlos.
Porque sí, ciertamente, la que aún seguía en apuros era ella. Incluso si aún no era consciente de ello.
-Esto me recuerda... - añadió Holmes, reanudando su paseo, sin variar un ápice su expresión -. Ya que hablamos de deudas, ¿necesitas que te recuerde que casi estás obligada a cooperar?
Con esa simple frase, el detective consiguió la reacción esperada. El rostro de Bones se crispó en una mueca de rabia, a la par que resignación. Tiempo atrás, cuando ella todavía era muy joven, Holmes le prestó una ayuda que jamás le pudo devolver de ninguna forma. Aún a día de hoy, se sentía en gratitud con él, de modo que, en verdad, sí que estaba obligada en cierto modo a cooperar. Ella en el fondo no era el tipo de persona que vendería el secreto del detective a la prensa para sacar dinero, que además, no le hacía ninguna falta. Caminó lentamente hacia una de las butacas que se encontraba en la habitación, dejando caer todo su peso sobre ella con una expresión algo cansada. No le apetecía nada colaborar, pero no por no querer ayudar, sino porque no quería tener nada, absolutamente nada que ver con Moriarty ni sus perversos planes de guerras mundiales.
Además tenía siempre la mala suerte de enterarse de todo lo que ocurría. Y, aunque podría utilizar cierta información para beneficiarse, utilizarla para manipular a los que la rodeaban a su antojo, o ser intocable, tal como lo era allí, en Dublín, era algo que no empatizaba con su carácter. Su familia no llegó tan alto valiéndose de trucos sucios y poco fiables como esos. Ganándote enemigos, pudiendo ganarte amigos, al final, ¿qué ganas?
Entrelazó sus manos, apoyando la cabeza en estas y los codos sobre sus muslos, algo pensativa. No se le ocurría qué responder para salir de ese lío. Ni tampoco qué datos proporcionarles a los hombres que pudieran ser de utilidad en sus investigaciones.
Pero, al final, como siempre, fue el mismo Holmes el que se acercó a ella, colocándole una mano en el hombro. Ella lo miró, sorprendida por el gesto e inusitadamente interesada en lo que fuera a decir a continuación.
-Aunque no lo creas - dijo, encogiéndose de hombros -, ya nos has dado información de sobra. Puedo trabajar con esto.
-Pero... - comenzó ella, contrariada por sus palabras.
-¡Watson, nos marchamos! - sentenció el detective, dándose la vuelta hacia el médico, que se quedó clavado en el sitio, incrédulo.
-¿Qué? - se indignó, frunciendo visiblemente el ceño -. ¿Solo hemos venido hasta aquí para esto?
El moreno no respondió. Se limitó a dar media vuelta con sus cómicos y falsos andares femeninos, cogiendo al doctor del brazo y disponiéndose a salir por la puerta de nuevo hacia la red de túneles. No obstante, la voz de la muchacha les hizo detenerse en seco en el umbral.
Cuando lo escuchó, el detective, pipa en mano, sonrió ampliamente.
-¡Está bien, Holmes! - bufó la joven, cruzada de brazos -. Usted gana. Los ayudaré en lo que esté en mis manos.
-No esperaba otra cosa de usted - respondió el nombrado, volviéndose hacia ella y haciendo una exagerada reverencia como si se tratase de una damisela -. La estaremos esperando en el hotel Gold Palace. Sea muy puntual, ¿sí?
Como toda respuesta obtuvieron un gruñido de asentimiento por parte de ella, pero eso fue suficiente para ambos. Ahora sí, regresaron a los túneles, donde los esperaba el hombre corpulento de antes, que los guió de vuelta a la recepción de su propio hotel. Una vez allí -tras múltiples nuevos tropiezos por parte del detective-, se despidieron y se encaminaron a las calles de Dublín, en las que había comenzado a caer una lluvia torrencial. Watson sacó un paraguas para cubrir a ambos mientras avanzaban, sin dejar de preguntarse, interiormente, cómo habría convencido su amigo a la chica para que, finalmente, se decidiese a ayudarlos. Supuso que de cada cosa se enteraría a su tiempo, aunque, como siempre, no podía evitar sentirse algo excluído de la información total de la que disponían, cosa a la que, por otro lado, comenzaba a acostumbrarse, pero no por ello le dejaba de resultar molesto. Sabía que Holmes confiaba en él, hasta cierto punto, pero suficiente como para llevarlo consigo.
Con prontitud comenzó a arrepentirse un poco de haber ido, ni mucho menos porque no le apasionasen sus viajes con el detective, pero sí porque, cada vez que se emprendían en uno, sentía que estaban constantemente amenazados, y últimamente más que nunca. Suspiró de forma prolongada cuando llegaron al lugar que habían reservado, abochornado por tener que volver a lidiar con el rol de esposo en plena luna de miel nada más que con su amigo.
Amigo que, hablando de todo un poco, al contrario que él parecía estar disfrutando enormemente con todo aquello, sin llegar a perder el matiz serio y analítico que lo caracterizaba.
Durante un instante, mientras pedía las llaves de su habitación, a pesar de lo que usualmente pudiera pensar al respecto, a Watson se le antojó emocionante aquella aventura.
Una vez en su habitación, por fin Holmes pudo deshacerse de aquel horrible atuendo de mujer. Simplemente se lo quitó y lo dejó hecho un gurruño en una de las esquinas de la estancia, ganándose la reprobación molesta de su compañero. Él se acomodó desinteresadamente en una silla.
Tal vez en otras circunstancias, mínimamente le habría escuchado. Mas, en ese momento, el detective se mantenía en un estado meditativo; mediante diversos trucos (en los que podemos incluir la psicología inversa, gracias a la cuál ahora tenían una valiosa aliada en su campaña), la obtención de ciertos datos había sido satisfactoria y extrañamente reveladora. Una frase de Bones no dejaba de repetirse con persistencia en los recovecos de su cabeza, provocándole una sensación de desasosiego y temor que rara vez algo conseguía hacerle experimentar. Tener en sí la duda de que aquel hombre pudiese continuar con vida... No, simplemente era inconcebible. Aunque, por otro lado, perfectamente posible. Si él había sobrevivido a la caída, aunque el otro no llevase nada para administrarle oxígeno, ¿por qué no? La posibilidad estaba tan vigente que incluso le dolía.
Le dolía no haberse dado cuenta antes de algo tan básico. Tan obvio. Se apretó la frente con los dedos índice y pulgar, entrecerrando los ojos y frunciendo el ceño con preocupación. Ahora comprendía la minuciosidad, la experiencia criminal con la que se estaban llevando los últimos asesinatos. Esas misteriosas desapariciones que la policía de Scotland Yard atribuía torpemente a otros, dejando al descubierto una vez más lo incompetentes que podían llegar a ser. Pero, efectivamente, eso era lo que más le inquietaba, haberse rebajado a cometer un error tan de principiante como aquellos que se hacían llamar "policías".
Odiaba esa sensación. No, la detestaba. De pronto se sintió inútil y furioso consigo mismo, dos cosas que jamás le sucedieron en el pasado. Y, además, debió notársele en la expresión, ya que Watson se sentó frente a él con el entrecejo arrugado y una expresión entre aturdida, preocupada y sorprendida. Porque no, no era normal verlo así, precisamente a él. Lo notaba más raro que de costumbre desde que iniciaron el viaje, pero comenzaba a temer de verdad por el estado del detective.
-Holmes... - murmuró, provocando nuevamente que él se sobresaltase. Otra cosa extraña -. ¿Está seguro de que quiere seguir con esto?
-Completamente - respondió él, cruzándose de brazos, para seguido incorporarse y ponerse a rebuscar algo entre la ropa tirada. Sacó de las arrugas una serie de recortes, los mismos que le enseñó momentos antes a Bones -. Mire esto, Watson. ¿Cree que lo podemos dejar como está?
El hombre cogió los papeles, tomándose su debido tiempo para revisarlos. A medida que lo leía, su cara iba cambiando. Era evidente que con el tiempo, también él se había vuelto más analítico, y estaba claro que, tal como Holmes, era capaz de detectar las conexiones entre los asesinatos y las desapariciones, todos los susodichos artículos remarcados con un rotulador de color rojo.
-Esto es... esto es una locura - dijo por lo bajo, con la cara pálida. Le devolvió los recortes a su compañero, con mano temblorosa -. Secuestros y extorsiones de altos cargos políticos, asesinatos atribuídos a miembros de otros gobiernos, suicidios...
-Y claramente la policía no se ha dado cuenta aún - añadió Holmes, guardando cuidadosamente los papeles - que están planeados de tal forma que, en efecto, parezca que los cometieron otras personas. Que los suicidios se provocaron porque la información se "filtró" por casualidad a la prensa - puso énfasis en esas palabras, visiblemente molesto -. Dios, sabía que eran unos incompetentes, pero nunca imaginé que lo serían tanto.
-¿Por eso volvió? - inquirió el médico, mirándolo a los ojos con fijeza.
-Por eso volví - concedió él, cruzando las manos por detrás de la espalda, con aire serio -, no solamente por eso, pero fue una de las razones, sí.
-Y cree que es Moriarty en persona el responsable de todo esto - añadió Watson -, ¿me equivoco?
-Muy perspicaz... - comentó Holmes, sin poder reprimir una sonrisa al verificar que el doctor también se había percatado de la sutil información en forma de pulla que Bones les había transmitido.
"Tu primer error es pensar que Moriarty sería tan idiota como para dejar que uno de sus esbirros hiciera el trabajo por él". Ahora que lo veía tan claro, estaba plenamente de acuerdo con ello. De hecho, si él mismo fuera un criminal, no se limitaría a dejar que otros cometieran errores que podría ahorrarse perfectamente haciéndolo él en persona.
¿Cómo había sobrevivido el profesor, pues? Ni lo sabía, ni le importaba realmente. No era un detalle relevante. Lo único que les concernía era evitar un desastre a escala mundial, incluso si tenían que operar desde las sombras. Por ello, y no por otra razón en sí, requerían la ayuda de alguien que conociese bien los bajos fondos, cómo movilizarse sin ser descubiertos. En otros tiempos habría requerido la ayuda de otra persona, pero... Ya no era posible, claro. Anne Bones era su única esperanza en esos momentos. Y probablemente ella era consciente de ese hecho, pero Holmes la conocía muy bien; bastaba decirle que su ayuda era prescindible para que ella, tozuda como nadie, decidiese justo lo contrario.
-¿Sabe una cosa? - añadió Watson de pronto, poniéndose en pie -. Hay algo que no me gusta de todo esto. Como si algo...
-Como si algo no encajase - asintió el detective, algo ausente en sus cavilaciones -. Como si algo se nos escapase, sí. Yo también he tenido esa sensación.
El médico clavó en él una mirada fija y penetrante, como si pudiera ver a través de él. Aquello hizo sentir incómodo a Holmes, que apartó bruscamente la vista de él. Pareció examinarlo durante unos instantes inconvenientemente tensos.
-... Creo que debería descansar - dijo al fin, exhalando un profundo suspiro -. Parece usted agotado. Debería tomarse un respiro de vez en cuando.
Él inhaló un suspiro también, encogiéndose de hombros. "Me siento agotado, pero no por el caso...", se dijo, dándole la espalda a su compañero, que se dirigió al cuarto de baño para asearse y cambiarse de ropa. Miró a la calle, por la ventana, en silencio. Muchas cosas inquietaban al moreno desde que comenzaron el viaje, desde aquel extraño sueño que tuvo en el tren. Aún se preguntaba qué podría significar. Quizá, y solo quizá, había echado algo de menos al doctor, pero jamás se había sentido así con nadie. Cada vez que cruzaba una mirada con él, sentía una tensión inexplicable, una especie de conexión. Distaba mucho de desagradarle, y eso era, probablemente, lo que más le irritaba, lo que más lo desconcertaba.
Dejó que el cansancio pudiera con él entonces. Se tumbó en la cama, sin ni siquiera quitarse la ropa o los zapatos. Un pesado sueño comenzó a nublar su visión, y él se dejó caer en los brazos de Morfeo como no recordaba haberlo hecho nunca. El cúmulo de emociones que en apenas dos días le habían invadido y azotado como una mortal tempestad le había arrebatado más fuerza que pasarse tres días sin pegar ojo.
Justo cuando escuchó la puerta del baño abrirse y cerrarse, lo que indicaba que Watson había terminado, sus ojos se cerraron por completo y quedó profundamente dormido.
El día que les esperaría a la mañana siguiente iba a ser realmente duro.
¡Por fin! Jaja, no he tardado tanto como os hice creer. x'D Pero tal como prometí, sí que es más largo que los anteriores, y puede que se haya hecho algo más aburrido -tiene como 74758730096 menos toques cómicos que los capítulos que precedieron a este, de hecho probablemente vaya a ser uno de los más serios de la historia-.
Pero se va poniendo interesante, ¿cierto?
¡Espero que os esté gustando, muchísimas gracias por leer! uvu
