Suerte que no encendiste la luz
Candy y Susana eran dos estudiantes de actuación de la Universidad de Nueva York. Ambas compartían habitación, aunque la relación entre ellas no era la mejor desde que Candy comenzara a salir con Terry, el chico con el que Susana había soñado desde el momento que lo conoció.
Susana era conocida en la universidad por ser una joven promiscua que solía mantener relaciones con cualquier chico, estudiante, profesor o director que se le insinuara.
Las prácticas sexuales de Susana siempre se caracterizaban por ser excéntricas, fuera de lo normal, y más de una vez, Candy había entrado a su habitación y se había encontrado con un desagradable espectáculo pornográfico teniendo como protagonista a su compañera de cuarto.
Una noche como cualquier otra, Candy, después de haber tenido su propia sesión de sexo con su novio, entra en la habitación tratando de no hacer ruido para no despertar a Susana, tampoco enciende la luz para no molestarla por lo que tiene que avanzar a oscuras empleando solo la luz de tu teléfono móvil para no golpearse con los muebles.
Se quita la ropa y se mete en la cama vestida únicamente con su ropa interior. No habían pasado ni siquiera dos minutos cuando empieza a oír unos quejidos ahogados, y Candy se quedó en silencio para escuchar mejor. El sonido es como pequeños grititos ahogados o quejidos sin fuerza. Se imaginó que su compañera se habría traído a su novio de turno al cuarto y estarán teniendo una noche apasionada, le sorprendió que no colgara una prenda de ropa en la puerta como acostumbraba a hacer desde que habían tenido una fuerte pelea a causa de ello. Ya hablaría al día siguiente con ella para poner los puntos en claro, pero por el momento, estaba demasiado cansada para levantarse y buscar otro sitio donde dormir. Sin darse cuenta cayó en un profundo sueño entre lamentos y quejidos.
A la mañana siguiente Candy se despertó sintiendo una humedad en su cama, aún medio dormida llevó su mano al líquido que empapa la manta y pegó un salto tras comprobar que se trataba sangre. Sobre su colcha estaba la cabeza cortada de Susana con un pañuelo en la boca que había servido de mordaza la noche pasada.
La habitación parecía un matadero, todo estaba ensangrentado y en la pared, escrito con la sangre de Susana se podía leer:
"Suerte que no encendiste la luz"
Al llegar el forense dictaminó que la chica llevaba pocas horas muerta, al parecer el asesino la había estado torturando toda la noche a escasos metros de la cama donde descansaba. Los quejidos eran gritos de dolor que quedaban ahogados por la mordaza mientras el psicópata despellejaba y mutilaba viva a la víctima. Sin saberlo la chica había salvado su vida al no encender la luz y sorprender al asesino en mitad del crimen.
Hoy dejo un relato muy cortito por falta de tiempo.
Probablemente sea una de las leyendas urbanas más conocidas…
Espero que les haya gustado!
Besossssssssss
