Capítulo 4
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Nueva York 22 de mayo de 2016
Los años pasaron. Las niñas crecieron y el negocio prosperó hasta convertirse en uno de los bufetes con más fama de Nueva York. Y David consiguió lo que siempre había querido: una gran familia. Su suegra vivía con ellos, y también Emma, su cuñada, que fue invitada por David tras su divorcio.
Emma dudó, pero llegó a la conclusión de que viviendo con ellos siempre habría comida en la nevera y su ropa estaría limpia. Con el tiempo se convirtió en una famosa fotógrafa que viajaba muchísimo y en una mujer de carácter, que siempre estaba rodeada de mequetrefes que manejaba a su antojo. Pero si algo hacía bien Emma era vivir la vida. Tras su fracaso matrimonial decidió dedicarse a ser feliz y a no pensar en el mañana. Y eso le funcionaba de maravilla.
Por su parte, Regina, con los años, se aburguesó demasiado. Siempre iba impecablemente vestida con trajes de Armani, Gucci o Versace, pues no permitía que en su ropero entrara nada que no tuviera firma. Se había convertido en una implacable y temida abogada de la que todo el mundo destacaba su dureza, eficiencia y audacia en los juicios. Ese era ahora su estilo de vida. Y le gustaba. Pero fue precisamente audacia lo que le faltó en su vida personal al cometer un terrible error que David logró perdonarle...
—Abuela, abuela, ¿puedes venir? —llamó Catherine, la hija mayor a la que llamaban Cat.
—Un momento —contestó Cora—. Ya voy.
—¡Tía Emma! —Gritó Olivia, la pequeña a la que llamaban Ollie— ¡Sube tú también!
Ambas subieron a la habitación donde les esperaban dos ansiosas muchachas que cerraron la puerta en cuanto entraron.
—¿A qué se debe tanto secreto? —preguntó Emma sentándose en la cama.
—Es para enseñarles el regalo que tenemos para papá y mamá por su aniversario ¿qué les parece?
Con gesto de orgullo, les enseñaron dos relojes, uno de caballero y otro de señora, de plata con la esfera en blanco.
—Mis niñas... ¡son preciosos! —exclamó Cora mirándolas con dulzura.
—Tienen una dedicatoria por detrás —comentó Olivia feliz.
—Les van a encantar —aplaudió Emma—. Estoy completamente segura.
—Llevamos ahorrando un año en secreto para poder comprarlos, pero ha merecido la pena—comentó contenta Cat.
Cat era igual que su madre, solo que alta y ojos azules, aunque tan temperamental como su tía Emma. Por el contrario, Olivia era rubia como su padre y tenía un carácter dulce y conciliador. Una mezcla perfecta de sus padres.
—¡¿Dónde están mis niñas?! —Gritó Ruby que apareció con sus dos mellizos que ya eran unos hombres.
—¡Tía Ruby! —gritaron las niñas que corrieron a abrazarla.
—Dios mío, ¿cómo han podido crecer tanto?
—Pero tía Ruby, si nos viste anteayer —sonrió Ollie.
—Da igual, cariño, cren por momentos —tras saludar a Emma y Cora, prosiguió—. Menuda fiesta se va a organizar en el aniversario de sus padres.
—Va a ser divertidísimo —respondió Cat —. Ven, tenemos que enseñarte algo.
Y Ruby las siguió divertida al verlas tan contentas. Emma volviéndose hacia los mellizos, Anthony y Jefferson, sonrió y dijo:
—Chicos, que mayores están, ¿pero cuántos años tienen?
—Dieciocho —respondió Jefferson, mientras Emma se percataba de cómo Anthony miraba a Cat, que subía las escaleras hacia su habitación en compañía de Ruby y Ollie.
—Ay Dios… parece que fue ayer cuando les cambiaba los pañales —comentó con una sonrisa.
—Tía Emma… —protestó Jefferson al escucharla.
Cora, emocionada y feliz por tener aquel día a todos los que quería a su lado, cogió a Anthony del brazo y mientras salían al jardín añadió:
—Mis cuatro nietos son divinos. Los más guapos.
Cuando los chicos vieron entrar a David y a Killian, rápidamente se fueron hacia ellos. Les adoraban. En ese momento Cora mirando a su alocada hija Emma preguntó:
—Y tú, cariño ¿algún novio de esos tan guapos que te buscas en el horizonte?
—Ni se me ocurre —cuchicheó dándole un repaso a Killian—. Por cierto, ¿te he dicho que me voy a España el mes que viene?
—Oh... España qué maravilla, ¿con quién vas?
—Vamos ocho, mi amiga Lana, Ariadna, Ashley, John, Alfred, Anna, Andrew y yo. Visitaremos Sevilla, que nos han dicho que es preciosa.
Cora no pudo evitar esbozar una tierna sonrisa. Emma era vivaz, alegre y maravillosa, aunque demasiado alocada en ocasiones, y señalándola con el dedo murmuró.
—Me parece muy bien lo de tu viaje, pero hija, ten cuidado con lo que haces, no vayas a regresar de nuevo casada.
—¡Mamá! —rio Emma besándola.
—¿Se reparten besos? —preguntó David acercándose con cara de pillo.
Sin esperar un segundo, Emma se tiró a los brazos de su cuñado. Era el mejor.
—Hola, Killian, quediro— saludó Cora sonriendo, mientras observaba a Emma y David bromear, porque este quería morderla en el cuello.
—Hola Cora—respondió Killian, mientras se moría por ser él quien estuviera mordiendo el cuello de aquella loca.
Entre Emma y él siempre había existido algo especial. Una tensión sexual no resuelta que solo se permitían demostrarse cuando sonaba una canción muy especial. En apenas unos segundos, mientras la bailaban, sin palabras y con solo mirarse a los ojos se hablaban con pasión. Pero cuando terminaba la melodía volvían a la vida real y cerraban con candado cualquier posibilidad de una relación.
—¡Quita… pesado! —gritó Emma sonriendo mientras observaba a Killian por el rabillo del ojo, y reparaba en lo guapo que estaba con su traje de Armani.
—¿Cómo está mi cuñadita preferida? —comentó David haciéndole cosquillas.
De pronto se escuchó un golpe.
—Pues ahora bien —dijo Emma quien acaba de tirar al suelo a David, con un movimiento de karate, mientras Anthony, Jefferson y Killian se partían de risa.
—¡Emma! —Gritó Cora al ver a David todo lo largo que era en el suelo—. Hijo por Dios levanta, ¿estás bien?
—Bravo —aplaudió Killian—. Hermano, te han dado lo que te mereces.
Levantándose del suelo teatralmente David comenzó a cojear.
—Vaya… vaya cuñadita veo que vas prosperando con tus clases.
—Pues sí. Y, como habrás podido comprobar, he aprendido un buen método para quitarme a los moscones de encima.
Luego acercándose a él dijo tendiéndole la mano:
—Deja de hacer teatrillo que te conozco. ¿Pero es que no vas a cambiar nunca?
David fue a contestar pero de pronto sonó la voz de Regina que salía al jardín impecablemente vestida con su vestido beige y su pelo recogido en un moño alto.
—Espero que no.
Todos la miraron y sonrieron. Regina, parecía una diosa inalcanzable; guapísima y elegante. Tras acercarse rápidamente a su marido y besarle se dirigió al morenazo que estaba a su lado.
—Hola Killian. Mmmm… que bien te sienta ese Armani. ¿Cómo va todo?
—Gracias, guapa. Me alegra que mi traje te guste. —Y mirando a Emma murmuró—. Pero aquí ando acojonado con tu hermana, y perdón por la palabra, pero cualquiera se acerca a ella.
Emma puso los ojos en blanco, mientras Regina se dirigía a los hijos de Ruby y les daba un abrazo.
—Hola tesoros, me alegro de que hayan venido.
Segundos después se les unieron Ruby y las niñas que, emocionadas, se abrazaron a su padre y a su tío Killian. Los hombres de sus vidas.
Aquella fue una noche llena de sentimientos. Cenaron todos juntos en el jardín y no pudieron evitar emocionarse al ver cómo las niñas entregaban el regalo que, con tanta ilusión, habían comprado para sus padres. Estos no pudieron contener las lágrimas al leer la inscripción:
«Que vuestro amor sea eterno»
Regina, al mirar a su alrededor y verse rodeada de toda su familia, se sintió la mujer más feliz del mundo. Sabía, sin embargo, que todo aquello no existiría sin David, el muchacho del que se enamoró mientras le contemplaba surfear con las olas y el hombre fuerte que supo darle una oportunidad cuando ella le había fallado. Desde aquel percance, sus vidas no habían vuelto a ser tan idílicas como antaño. Pero si algo tenían claro los dos era que se querían y deseaban seguir luchando por su familia.
Regina, conmovida al ver a todos tan felices, no pudo evitar sonreír. Tenía una madre estupenda, una hermana envidiable, unos amigos, Killian y Ruby, que eran como hermanos, unos sobrinos encantadores, unas hijas que eran dos tesoros y un maravilloso marido, bueno y paciente al que ella consideraba un auténtico príncipe azul.
