Capitulo 3

Cuando Naruto llegó corriendo al pie de la escalera que conducía a su apartamento había eliminado gracias al ejercicio la mayor parte de las consecuencias físicas de la media botella de whisky que había bebido. Una de las razones por las que había elegido aquel lugar era el gimnasio situado a la vuelta de la esquina. Esa mañana, pasó noventa minutos muy satisfactorios levantando pesas, descargando toxinas contra el pesado saco de boxeo, y quemando la inevitable resaca del día siguiente en el baño de vapor.

Ahora, al sentirse casi humano, anhelaba tomar una taza de café y calentar en el microondas uno de los desayunos que había guardado en la nevera. Sacó la llave del bolsillo de su sudadera y entró en el vestíbulo. Oyó de inmediato la música.

Afortunadamente no eran villancicos de Navidad, sino de una música suave de jazz que relajaba el ambiente.

Bueno, se dijo, al menos no le irritaría el gusto musical de su casera. Se habría dirigido sin más a su apartamento de no haber notado que la puerta de ella permanecía abierta.

Sintiéndose obligado, hundió las manos en los bolsillos y caminó hacia allí. Sabía que había sido desagradable la noche anterior, aunque no veía ninguna razón para disculparse. Sin embargo, supuso que sería inteligente sellar una especie de paz preventiva con la propietaria del edificio.

Empujó con suavidad la puerta para abrirla un poco más y miró al interior.

El apartamento era tan espacioso como el suyo, de techos altos e inundados por la luz que entraba a raudales por las tres ventanas del frente. Allí terminaba toda semejanza.

A pesar de haber crecido en una casa llena de adornos, se quedó atónito. Nunca antes había visto tantos objetos reunidos en un solo lugar. Una de las paredes estaba cubierta con anaqueles de vidrio atestados de frascos antiguos, latas, estatuillas, cajas pintadas y diversas chucherías que él no lograba reconocer. Había numerosas mesas y, encima de cada una de ellas, más cristalería y porcelana. Sobre un sofá tapizado había un montón de almohadones de colores, que levantaban los tonos pálidos de una enorme alfombra que cubría toda la superficie. Se trataba de una Multan, reconoció.

Desde tiempos inmemoriales hubo una alfombra similar en el salón de su hogar familiar.

A tono con la temporada, cerca de la ventana se destacaba un árbol de Navidad, de cada una de cuyas ramas colgaban bolas y luces de colores; un trineo de madera colmado de piñas, y un sonriente muñeco de nieve de cerámica con un sombrero de copa.

En opinión de Naruto, el conjunto debía considerarse un amontonamiento abigarrado de objetos y, con seguridad, desordenado. Sin embargo, en cierto modo no era ni una cosa ni la otra. En lugar de ello, tuvo la impresión de haber abierto el cofre de algún tesoro encantado.

En el centro de todo se encontraba su casera. Vestía un suéter de algodón amarillo con unos pantalones blancos ajustados. Mientras le daba la espalda, apretó los labios y se preguntó de qué humor habría estado la noche anterior para no reparar en ese cuerpo esbelto y seductor.

Por debajo de los ricos tonos de la música, oyó a Sakura refunfuñar entre dientes. Naruto se apoyó en el marco de la puerta cuando ella apoyó en el sofá el cuadro que sostenía en sus manos y se volvió. Le sorprendió agradablemente la manera en que se las ingenió para reprimir un grito agudo al advertir su presencia.

"Su puerta estaba abierta" se apresuró a excusarse el Uzumaki.

"Sí". Como no correspondía a su naturaleza ser monosilábica como su inquilino, Sakura se encogió de hombros y añadió: "Esta mañana he estado guardando algunos artículos, llevando abajo los que tenía aquí y viceversa". Se apartó un mechón de pelo que le caía sobre la frente e inquirió: "¿Algún problema, señor Uzumaki? ¿Gotea alguna cañería? ¿Hay ratones?"

"No que yo sepa".

"Bien".

Sakura cruzó la habitación y desapareció de su vista. Naruto decidió entrar. La encontró junto a una mesa de comedor suplementaria, sirviendo algo que olía a espléndido café en una delicada taza, del mismo juego que la cafetera de porcelana. Sakura posó la cafetera sobre la mesa y arqueó una ceja. Sus labios serios eran de un rosa tan vivo.

"¿Necesita algo?"

"No me vendría mal un poco de eso" contestó, señalando la cafetera.

"Así que ahora quiere ser sociable", pensó Sakura, que en silencio se dirigió hacia una vitrina y sacó otra taza con su correspondiente platillo.

"¿Crema? ¿Azúcar?"

"No".

Como él no se decidía a avanzar en la habitación, le llevó el café. Percibió su agradable perfume a jabón. Sin embargo, su padre tenía razón con respecto a sus ojos.

Eran duros e inescrutables.

"Gracias".

Vació de dos tragos el contenido de la delicada taza y se la devolvió. Recordó que su madre había tenido la misma porcelana, y que su estúpido padrastro rompió varias piezas al arrojárselas a la servidumbre.

"El viejo…, su padre" puntualizó de inmediato. "expresó su conformidad para que yo instalara mi equipo con el apartamento. Pero dado que él no es el encargado, pensé que debía consultarlo con usted".

Sakura dejó la taza vacía sobre la mesa y tomó la suya.

"¿Equipo?" preguntó.

"Un aparato de gimnasia, algunas pesas".

Instintivamente, Sakura dirigió la mirada hacia sus brazos y su pecho.

"Bueno, no creo que haya ningún problema… a menos que haga mucho ruido cuando la tienda esté abierta".

"Tendré cuidado de no hacerlo".

Naruto volvió a mirar el cuadro para estudiarlo. "Audaz", pensó, como su dueña, como el perfume penetrante que usa.

"Está al revés, ¿sabe?"

Una sonrisa espontánea iluminó el rostro de Sakura. En efecto, lo había dejado encima del sofá tal como se hallaba expuesto en la sala de subastas.

"Estoy de acuerdo. Voy a colgarlo de la otra manera".

Sakura se acercó al cuadro y le dio la vuelta.

"Así está bien" comentó él. "Sigue siendo feo, pero se halla en la posición correcta".

"La apreciación del arte es tan personal como el arte mismo".

"Si usted lo dice… Gracias por el café".

"No hay de qué. ¡Ah, Uzumaki…!"

Se detuvo y la miró por encima de los hombros. El débil destello de impaciencia en los ojos de Naruto la intrigó más que cualquier sonrisa amistosa.

"Si proyecta redecorar su nueva vivienda, baje a la tienda. =Antigüedades de Sakura=, tiene algo para todos los gustos".

"No necesito nada. Gracias por el café de nuevo".

Sakura todavía sonreía cuando oyó que él cerraba la puerta.

"Es una equivocación, Uzumaki" murmuró. "Todo el mundo necesita algo".


Enfriarse los pies en una oficina polvorienta y cantar villancicos de Navidad, no era lo que Kabuto Yakushi se había imaginado para pasar aquella mañana. Él quería respuestas, y las quería de inmediato.

En realidad, era Sasuke quien quería respuestas, y las quería para ayer. Kabuto se ajustó sus lentes y acomodo su corbata. Todavía no tenía respuestas, pero era cuestión de tiempo.

La llamada del día anterior desde Osaka había sido sencilla: «Encuentra la mercancía en el término de veinticuatro horas o atente a las consecuencias». Kabuto no tenía la menor intención de averiguar cuáles serían esas consecuencias.

Alzó la mirada hacia el enorme reloj de fondo blanco y vio que el minutero en aquel momento saltaba de las 9:04 a las 9:05. Le quedaban menos de quince minutos.

Tenía la palma de las manos empapadas de sudor.

A través del amplio panel de vidrio, en el que habían dibujado una Santa Claus y a sus diligentes enanos, distinguió una docena de empleados, atareados en poner sellos y acarrear bultos.

Kabuto hizo un gesto despectivo cuando el obeso supervisor de embarques, con su horrible peluquín, se acercó a la puerta.

"Señor Yakushi, lamento haberlo hecho esperar" se disculpó el jefe Hirobumi con una sonrisa de cansancio en su cebado rostro. "Como puede suponer, tenemos mucho trabajo estos días. Aunque no puedo quejarme. No, señor, no puedo quejarme. Él negocio va muy bien".

"He esperado quince minutos, señor Hirobumi" precisó Kabuto sin disimular su ira. "No tengo tanto tiempo para perder".

"¿Quién lo tiene en esta época del año?"

Con una inconmovible afabilidad, Hirobumi rodeó el escritorio con su cuerpo amorfo y fue hasta la máquina de café.

"Tome asiento, por favor. ¿Puedo servirle un poco de café? Le hace crecer a uno pelos en el pecho".

"No. Ha habido un error, señor Hirobumi. Un error que debe ser enmendado de inmediato".

"Bueno, veremos qué se puede hacer al respecto. ¿Podría darme los detalles?"

"La mercancía que despaché a nombre de Suigetsu Hozuki, en Osaka, no era la que llegó allí. ¿Es suficiente este detalle para usted?"

Hirobumi tiró de su grueso labio inferior y dijo:

"Es un verdadero enigma. ¿Tiene la copia de, la factura de embarque?"

"Por supuesto".

Kabuto sacó del bolsillo interior de su chaqueta una hoja de papel doblada.

"A ver, echémosle un vistazo" dijo Hirobumi.

Sus dedos se movieron con torpeza cuando encendió el ordenador y pulsó algunas teclas.

"Veamos… Esto debía ser despachado el diecisiete de diciembre… ¡Sí, sí, aquí está! Salió a tiempo. Debería haber llegado ayer, a más tardar hoy".

Kabuto se mesó su ondulado cabello grisáceo y pensó que se encontraba rodeado de idiotas.

"El cargamento llegó, pero era incorrecto".

"¿Insinúa que la carga que aterrizó en Osaka iba dirigida a otro sitio?"

"No. Estoy diciendo que su contenido era incorrecto".

"Esto es muy extraño" comentó Hirobumi, mientras sorbía un poco de café.

"¿El paquete fue embalado aquí? ¡Oh, espere, espere! Ahora recuerdo…"

Interrumpió la inminente respuesta de Kabuto. "Nosotros suministramos el cajón de madera y el embalaje, y usted lo supervisó. Entonces, ¿cómo es posible que haya sido cambiada la mercancía?"

"¡Eso mismo me pregunto!" vociferó Kabuto, dando un puñetazo sobre el escritorio.

"Bueno, bueno… mantengamos la calma" dijo Hirobumi, que pulsó otras teclas y agregó: "Ese embarque salió de la sección tres. Veamos quién estaba en la cinta transportadora ese día. ¡Ah, aquí está! Parece haber sido Sasame". Se volvió en el asiento para mirar con satisfacción a Kabuto. "Buena trabajadora esta Sasame, y una dama encantadora. Pasó algunos momentos difíciles en los últimos tiempos…"

"No estoy interesado en su vida privada, maldita sea. Quiero hablar con ella".

Hirobumi se inclinó hacia adelante y pulsó la tecla de un conmutador sobre su escritorio.

"Sasame Fūma, por favor, preséntese en la oficina del señor Hirobumi".

Soltó la tecla y se tocó el peluquín para asegurarse de que seguía en su sitio.

"¿Seguro que no quiere un café? ¿Quizá un buñuelo?" ofreció al levantar la tapa de una caja de cartón. "Hoy he recibido unos muy buenos, rellenos con jalea de frambuesa. También algunas rosquillas".

Kabuto exhaló un hondo suspiro y se volvió. Encogiéndose de hombros, Hirobumi se sirvió un buñuelo.

Kabuto cerró los puños cuando una mujer alta, de piel clara, cruzó a toda prisa el almacén de embarque. Vestía un pantalón vaquero ajustado y un holgado suéter verde brillante, con un bolso colgado de la cadera. Llevaba el pelo de color naranja recogido en una coleta. Alrededor de su ojo izquierdo se veían las manchas amarillentas de unos golpes recientes.

Abrió la puerta y asomó la cabeza. El lugar se llenó de inmediato con el ruido de las cintas transportadoras y las voces nerviosas de los trabajadores.

"¿Me ha llamado, señor Hirobumi?"

"Sí, Sasame. Entre un momento, ¿le apetece un café?"

"Oh, sí, gracias".

Mientras cerraba la puerta, Sasame miró de reojo a Kabuto para tratar de adivinar de qué se trataba.

Pensó que iban a despedirla, porque la semana pasada había bajado su cupo después de que Keigo la golpeara. Sin duda aquel hombre era uno de los dueños y había venido a decírselo. Sacó un cigarrillo del bolso y lo encendió con manos temblorosas.

"Tenemos un pequeño problema, Sasame".

"¿Sí, señor?" balbució, notando un nudo en la garganta.

"Este es el señor Yakushi. Tenía un embarque para despachar la semana pasada. En su sección". Una oleada de temor hizo que a Sasame se le atragantara el humo.

"Despachamos muchos embarques la semana pasada, señor Hirobumi".

"Sí, pero cuando el embarque llegó, la mercancía no era la correcta" precisó Hirobumi con un suspiro.

Horrorizada, Sasame bajó la mirada.

"¿Lo envié a un lugar equivocado?"

"No, llegó al lugar correcto, pero lo que estaba equivocado era la carga. Como el señor Yakushi supervisó personalmente el embalaje, nos hallamos desconcertados. Creí que usted podría recordar algo".

Sintió un intenso ardor en las entrañas. La pesadilla que la había atormentado durante casi una semana se hacía realidad.

"Lo siento, señor Hirobumi" trató de excusarse. "Es difícil acordarse de cada embarque. Todo lo que recuerdo de la semana pasada es que trabajé doble turno y llegué todas las noches a mi casa para poner los pies en remojo".

"Estaba mintiendo", se dijo Kabuto. Lo adivinaba en sus ojos, en la postura de su cuerpo… Decidió esperar su oportunidad.

"Bueno, valió la pena intentarlo" comentó Hirobumi con un amplio ademán. "Si recuerda alguna otra cosa, hágamelo saber. ¿De acuerdo?"

"Sí señor, lo haré".

Apagó el cigarrillo en el cenicero de metal del escritorio de Hirobumi y se apresuró a volver a su puesto de trabajo.

"Seguiremos el rastro a este asunto, señor Yakushi. La compañía Premium se enorgullece de satisfacer a sus clientes. De nuestras manos a las suyas, con una sonrisa" concluyó citando el lema de la empresa.

"De acuerdo" aceptó Kabuto.

Ya no estaba interesado en Hirobumi, si bien habría sentido gran satisfacción de haber podido hundir los puños en la panza prominente de aquel hombre.

"Si desea seguir contando con el auspicio de nuestra empresa usted encontrará las respuestas" añadió a modo de despedida.

Kabuto circundó la sala de embarque y se dirigió a la sección de Sasame. Con ojos inquietos, ella lo vio avanzar. Cuando se detuvo a su lado, el corazón le palpitaba con fuerza contra las costillas.

"¿A qué hora descansa para almorzar?"

Sorprendida, estuvo a punto de volcar una caja de utensilios de cocina.

"A las once y media".

"La espero fuera, en la entrada principal".

"Yo como en la cafetería".

"Hoy no" indicó Kabuto con tono suave. "No, si quiere conservar este empleo. A las once y media". Sin decir más, se alejó de allí.


Tenía miedo de ignorarlo, pero también de complacerlo. A las once y media Sasame se echó por los hombros su chaqueta verde oliva y se encaminó hacia la salida de empleados. Solo esperaba que, al salir del edificio, hubiera recuperado el control de sí misma.

Le hubiera gustado saltarse el almuerzo. Todavía sentía en la boca los huevos revueltos que había comido esa mañana.

No admitas nada, se repetía mientras caminaba. Ellos no pueden probar que has cometido un error si no lo admites. Si perdía el empleo, tendría que acudir una vez más a la asistencia social. Aunque su orgullo pudiera soportarlo, no estaba segura de que sus hijos hicieran lo mismo.

Sasame vio a Kabuto, apoyado contra la capota de un Porsche rojo. El coche era deslumbrante, pero el hombre, alto, de piel clara, bien parecido y envuelto en un abrigo de cachemir gris pálido, le hizo pensar en las estrellas de cine. Aterrada, dolorida e intimidada, caminó hacia él con la cabeza baja.

Kabuto no dijo nada, solo abrió la puerta del acompañante del conductor. Apretó los labios cuando captó el suspiro instintivo de ella al sentarse en el asiento de cuero. Kabuto se sentó al volante y giró la llave.

"Señor Yakushi, le aseguro que desearía poder ayudarle con respecto a ese embarque. Yo…"

"Usted va a ayudarme" la interrumpió tajante.

Puso la palanca de cambios en primera y el coche se alejó de Premium a toda velocidad. Ya había decidido cómo afrontar la situación y concedió dos minutos a Sasame para que se relajara. Cuando ella fue la primera en hablar, se esforzó por reprimir una sonrisa de satisfacción.

"¿Adónde vamos?" preguntó la mujer.

"A ninguna parte en particular".

A pesar de la emoción que le causaba viajar en un coche como aquel, se humedeció los labios resecos.

"Tengo que volver dentro de media hora".

En silencio, él siguió conduciendo a toda velocidad.

"¿De qué va todo esto?" inquirió ella al cabo de un rato.

"Bueno, se lo explicaré, Sasame. Pensé que podríamos entendernos mejor lejos de la atmósfera del trabajo. Supongo que los acontecimientos se han precipitado para usted en las últimas semanas…"

"Supongo que sí" convino Sasame. "Los apuros de Navidad…"

"Y supongo que usted sabe bien qué ocurrió con mi embarque".

Sasame sintió un temblor en el estómago.

"Mire, señor, ya le dije que no sé qué pasó. Solo hago mi trabajo lo mejor que puedo". Kabuto giró en seco en una curva muy cerrada. Sasame abrió los ojos desorbitadamente.

"Los dos sabemos que no fue un invento mío. Podemos hacer esto difícil o fácil. Depende de ti".

"Yo… yo no sé de qué está hablando".

"¡Oh, sí!" Su voz tenía el mismo zumbido peligroso que el motor del Porsche. "Tú sabes de qué estoy hablando. ¿Qué pasó, Sasame? ¿Te gustó lo que había en el cajón y decidiste quedártelo? ¿Algo así como un lote anticipado de Navidad?"

La mujer se puso rígida y parte de su temor se convirtió en furia.

"¡No soy ninguna ladrona! Nunca en mi vida he robado, ni siquiera un lápiz. Ahora dé la vuelta, señor sabelotodo".

Eran esa clase de insolencias como le gustaba señalar a Keigo las responsables de sus magulladuras y huesos rotos. Al recordarlo, se apoyó contra la portezuela en actitud evasiva.

"Tal vez no hayas robado nada" aceptó Kabuto cuando ella se echó a temblar otra vez. "Sentiría mucho tener que levantar cargos en tu contra".

Sasame sintió un nudo en la garganta.

"¿Cargos? ¿Qué quiere decir con cargos?"

"La mercancía, que mi jefe considera valiosa, ha desaparecido. La policía se mostrará interesada en saber qué sucedió con ese embarque después de pasar por tus manos. Aunque seas inocente, dejará muchos interrogantes en tu expediente".

El pánico le golpeaba como un yunque en la base del cráneo.

"Ni siquiera sé qué había dentro de ese cajón. Lo único que hice fue despacharlo. Es todo lo que hice".

"Los dos sabemos que eso es mentira".

Kabuto entró en el aparcamiento de un supermercado. Veía sus ojos llenos de lágrimas, mientras que con dedos nerviosos no cesaba de retorcer la correa de su cartera. "Ya casi la tengo", pensó, y se volvió en su asiento para lanzarle una mirada fría, implacable.

"Deseas conservar tu empleo, ¿verdad, Sasame? No quieres ser despedida… y arrestada, ¿verdad?"

"Tengo hijos…" farfulló, incapaz de contener las primeras lágrimas. "Tengo hijos, señor Yakushi".

"Entonces es mejor que pienses en ellos, en lo que puede pasarles si su madre se mete en esta clase de problemas. Mi jefe es un hombre duro" añadió, mientras observaba las magulladuras de su cara. "Tú sabes algo de hombres duros, ¿no es así?"

Instintivamente ella se llevó una mano a la mejilla.

"Yo… yo me caí…"

"Claro, claro. Tropezaste con el puño de alguien, ¿correcto?"

Al no recibir respuesta, siguió presionándola, ahora con más calma.

"Si mi jefe no recupera lo que le pertenece, no se enfadará solo conmigo. A través de Premium, encontrará el camino para llegar hasta ti".

Presa de pánico, pensó que ellos lo averiguarían. Ellos siempre lo descubrían todo.

"No robé su mercancía. No lo hice. Yo solo…"

"¿Solo qué?"

Kabuto aguardó paciente a que terminara la frase y tuvo que hacer un esfuerzo para no agarrarla del cuello y obligarla a hablar por la fuerza.

"Llevo tres años en Premium" continuó, mientras buscaba un pañuelo en el bolso para secarse las lágrimas. "En un año podría ser supervisora de…"

Kabuto reprimió el impulso de golpearla y se esforzó por mantener la calma.

"Escúchame, sé lo mucho que cuesta subir esos peldaños. Tú ayúdame en esto y yo haré algo por ti. No veo ninguna razón para que lo que me digas salga de aquí. Por eso no quise hablar contigo en la oficina de Hirobumi".

Sasame buscó a tientas un cigarrillo. De inmediato, Kabuto abrió una rendija en la ventanilla.

"¿Usted no va a volver a la oficina del señor Hirobumi?"

"No, si juegas limpio conmigo. De lo contrario…"

Para intimidarla, deslizó los dedos por su cuello con un gesto significativo, mientras volvía la cara hacia ella.

"Lo siento" dijo Sasame. "Le aseguro que lamento mucho lo que pasó. Después pensé que hice lo correcto, pero no estaba segura. Tenía miedo. El mes pasado tuve que perder un par de días porque mi hijo menor cayó enfermo, y la semana pasada llegué tarde un día, cuando me caí y… y me sentía tan confusa que confundí las facturas." Volvió la cabeza hacia un lado para respirar. "Se me cayeron. Estaba mareada y se me cayeron al suelo. Creí que había vuelto a ponerlo todo en orden, pero no estaba segura. Pero ayer revisé un montón de entregas y estaban bien. Así que pensé que todo estaba aclarado y nadie tenía por qué saberlo".

"Mezcló las facturas" repitió él. "Un empleado idiota tiene un mareo, confunde los documentos y pone mi cabeza en la soga".

"Lo siento" sollozó.

Quizá no fuera a golpearla, pero se lo haría pagar. Sasame conocía a alguien que siempre se lo hacía pagar.

"De verdad, lo siento mucho" repitió.

"Lo sentirás mucho más si no averiguas dónde fue a parar ese embarque".

"Ayer revisé toda la documentación. Solo había otro cajón tan grande como ese y que salió aquella misma mañana. Anoté la dirección, señor Yakushi".

Todavía entre sollozos, buscó otra vez dentro del bolso. Sacó un pedazo de papel que él se apresuró a arrancarle de la mano.

"Hachirō Yamaoka, Casa de Subastas de Yamaoka, Kioto" leyó.

"Por favor, señor Yakushi, tengo hijos…" rogó, mientras se secaba los ojos.

"Sé que cometí un error, pero hasta ahora he realizado un buen trabajo en Premium. No puedo permitirme el lujo de que me despidan".

Él guardó el papel en el bolsillo y dijo: "Comprobaré esto. Después ya veremos".

Con el peso de la esperanza, Sasame bajó la cabeza e inquirió: "¿Entonces no se lo dirá al señor Hirobumi?"

"He dicho que ya veremos".

Kabuto arrancó el motor mientras planeaba los próximos pasos. Si las cosas salían mal, volvería por Sasame y no sería solo su cara lo que quedaría magullado.


En el mostrador principal del establecimiento Sakura puso el toque final de una enorme cinta roja sobre un paquete envuelto para regalo. Satisfecha con la venta, dio unos golpecitos en la caja envuelta con esplendor que contenía los saleros de cobalto.

"Ella se sentirá encantada, señor Yūki. Va a ser una sorpresa aún mayor, porque no los ha visto en la tienda".

"Bueno, le agradezco que me llamara, señorita Haruno. No entiendo qué ve mi esposa en estas cosas, pero no hay duda de que se muere por ellas".

"Va a ser su héroe" comentó Sakura, mientras él se ponía el paquete bajo el brazo. "Tendré mucho gusto en reservarle el otro juego para su aniversario, en febrero".

"Es muy amable de su parte. ¿Seguro que no quiere que le deje un depósito?"

"No es necesario. Feliz Navidad, señor Yūki".

"Igualmente para usted y su familia".

"Ahí va un cliente que se marcha satisfecho", pensó Sakura.

Había otra media docena de personas en el local, dos de ellas atendidas por Ayame, la ayudante de Sakura. La perspectiva de otro día fructífero antes de las vacaciones, levantó el ánimo de la dueña. Caminó por detrás del mostrador y luego recorrió el salón principal del establecimiento, consciente de que la estrategia consistía en mostrarse servicial pero nunca inoportuna.

"Por favor, hágame saber si tiene alguna pregunta".

"¿Señorita?"

Sakura se volvió, sonriente. Advirtió algo vagamente familiar en aquella delgada señora, de brillantes cabellos negros.

"Sí, señora. ¿Puedo ayudarla en algo?"

"Espero que sí" contestó la mujer, señalando con cierta curiosidad una de las mesas de exposición. "¿Estos son topes de puerta?"

"Sí, así es. Por supuesto, pueden ser utilizados para lo que usted guste, pero esa es su función original".

Instintivamente, Sakura miró de reojo cuando sonaron las campanillas de la entrada.

Apenas arqueó una ceja cuando vio entrar a Naruto y siguió hablando con su cliente.

"Algunos de ellos son de la época victoriana. El material más común era el hierro fundido" explicó, mostrando uno con forma de frutero. "Es probable que este haya sido usado en un comedor. Tenemos un ejemplar bastante bonito de madreperla".

En aquel momento se encontraba arriba, en su dormitorio, pero podría traerlo en un minuto.

La mujer examinó un caracol de bronce bruñido.

"Mi nieta y su esposo acaban de mudarse a su primera casa de propiedad. Compré regalos de Navidad para los dos, pero también me gustaría regalarles algo para el hogar. Shizune, mi nieta, suele comprar aquí".

"¿Colecciona algo en particular?"

"No, pero le gusta lo antiguo y lo raro".

"Igual que a mí. ¿Hay alguna razón para que usted pensara en un tope de puerta?"

"Sí, en realidad sí. Mi nieta suele coser. Arregló una de las habitaciones con muy buen gusto, ¿sabe? Es una casa vieja que ellos han restaurado. La puerta de su cuarto de costura no se queda abierta y dado que hay un bebé en camino, sé que ella desearía tener la posibilidad de atender a cualquier ruido de fuera, y esta sería una manera graciosa de hacerlo" explicó, aunque con titubeos. "Hace unos meses le compré aquí a Shizune una taza de noche antigua, para su cumpleaños. Le gustó mucho".

Eso refrescó la memoria de Sakura, que comentó: "El Sunderland, con la rana pintada en el fondo interior".

Los ojos de la mujer se iluminaron.

"Cierto, sí. ¡Qué buena memoria tiene!"

"Estaba muy encariñada con esa pieza, señora…"

"Señora Katō. Suzuki Katō".

"Sí, señora Katō, me alegro de que aquella pieza haya encontrado un buen hogar".

Sakura hizo una breve pausa, y se puso un dedo sobre los labios mientras pensaba. Luego comentó tras elegir la figura de bronce de un elefante: "Si le gustó eso, tal vez le gustaría algo de esta línea. Es Jumbo. ¿Del circo de las Maravillas?"

"Sí" confirmo la mujer mientras tendía la mano, y rio entre dientes cuando Sakura le entregó a Jumbo. "¡Vaya, cómo pesa!"

"Es uno de mis favoritos".

"Creo que es perfecto" añadió tras mirar con disimulo la etiqueta que colgaba de la pata delantera de Jumbo. "Sí, lo he decidido".

"¿Lo quiere envuelto para regalo?"

"Sí, gracias. Y…"

En ese momento vio al perro dormido que Sakura había comprado en la subasta el día anterior, y lo tomó en sus manos.

"¿Cree que quedará bien en la habitación del bebé?"

"Pienso que es encantador. Un simpático y agradable perro guardián".

"También me lo llevaré… Un regalo de bienvenida anticipada para mi nueva bisnieta, o bisnieto. ¿Acepta tarjeta de crédito?"

"Por supuesto. Será cuestión de un par de minutos. ¿Por qué no se sirve un café mientras espera?"

Antes de llevar al mostrador los dos topes de puerta, Sakura le indicó la mesa, siempre preparada con teteras, cafeteras y bandejas llenas de apetitosos bizcochos.

"¿Compras de Navidad, Uzumaki?" le preguntó al pasar a su lado.

"Necesito un… ¿cómo se llama? Algo para una anfitriona".

"Curiosee todo lo que quiera. Enseguida estaré con usted".

Naruto no estaba seguro de lo que buscaba. El apartamento atestado de objetos de su casera era apenas una pequeña muestra de la sorprendente colección exhibida en su Tienda de Antigüedades.

Había delicadas estatuillas que lo hacían sentirse grande y torpe, recordándole tiempos pasados en el salón de su madre. Sin embargo, aquí no había nada de formal o intocable. Frascos y botellas de tamaños y colores varios capturaban el resplandor de la luz del sol e invitaban a cogerlos. Se veían letreros que anunciaban de todo, desde píldoras para el estómago hasta betún para calzado; soldados de estaño dispuestos en línea de batalla junto a posters de la última guerra.

Pasó a través de una arcada y descubrió que la sala contigua también se hallaba atestada. Ositos de peluche y teteras; relojes de pared y sacacorchos. "Pura chatarra" pensó. La gente podía ponerle un nombre fantasioso, como «tienda de curiosidades», pero todo lo que contenía no era más que pura chatarra.

Cogió con indiferencia una pequeña caja esmaltada con rosas pintadas. Sin duda sería del agrado de Temari Nara, pensó.

"Bueno, señor Uzumaki, debo reconocer que me sorprende" expresó Sakura, sonriendo desde la puerta y señalando la caja que sostenía en sus manos. "Tiene un gusto excelente. Es una hermosa pieza".

"Es posible que en ella se puedan guardar horquillas para el pelo o anillos. ¿Estoy en lo cierto?"

"Sí, pero en su tiempo fue utilizada para guardar parches. Los ricachones del siglo XVIII los usaban al principio para tapar cicatrices de viruela, después por pura moda. Esa en particular, es una Staffordshire de 1770". Alzó la mirada y añadió: "Vale veinticinco mil quinientos Ryo".

"¿Esto?" ironizó Naruto, al notar que ni siquiera le llenaba la palma de la mano.

"Bueno, es una legítima pieza Jorge III".

"Oh, sí, claro". Volvió a dejarla sobre la mesa con el mismo cuidado que si hubiera tenido en sus manos un artefacto explosivo. El hecho de que pudiera pagar por ella no la hacía menos intimidatoria. "No es exactamente lo que tenía en mente".

"No hay problema. Tenemos algo para la mente de cada uno. ¿Un regalo para una anfitriona? ¿Eso dijo?"

Asintió con un gruñido y echó una ojeada a la sala. Tenía miedo de tocar cualquier cosa. Una vez más se sentía de regreso a su infancia, con dolor, en el salón principal de la residencia Uzumaki-Namikaze. «No toques, muchacho. Eres muy idiota. No sabes dar valor a nada».

Desterró el recuerdo de su padrastro junto con la correspondiente ilusión sensorial de las fragancias de sus lociones, pero sin dejar de fruncir el entrecejo.

"Tal vez debería llevar solo unas flores".

"Eso también es agradable, pero no duran". Sakura estaba gozando de aquella expresión de estricta incomodidad masculina. "También es aceptable una botella de vino. No muy original, pero aceptable. ¿Por qué no me habla un poco sobre su anfitriona?"

"¿Por qué?"

La sonrisa de Sakura se hizo más amplia ante la desconfianza expresada en su voz.

"Para que pueda tener una imagen de ella y ayudarlo a elegir correctamente. ¿Es atlética y atractiva, o más bien una hogareña tranquila que amasa su propio pan?

"Quizá ella no trata de hacer que me sienta estúpido", pensó Naruto, pero estaba consiguiéndolo.

"Verá, ella es la mujer de mi socio. Trabaja de enfermera de traumatología. Tiene un par de hijos y le gusta leer libros".

"¿Qué clase de libros?"

"No lo sé".

"¿Por qué diablos no fui directamente a una floristería?", se reprochó.

"Bien, ya sabemos algo más" comentó Sakura y, mientras se compadecía, le palmeó el brazo. "Yo diría que tenemos a una mujer ocupada y cuidadosa, compasiva y romántica a la vez. Un regalo para la anfitriona…" murmuró, al tiempo que se tocaba los labios con un dedo, "no debería ser demasiado personal. Algo para la casa…"

Ladeando ligeramente la cabeza, se volvió y fue hasta un rincón del local decorado como si fuera una despensa antigua.

"Creo que esto estaría muy bien" propuso Sakura.

Cogió de la estancia una vasija de madera, con patas y bordes de bronce. Naruto arrugó el entrecejo.

"¿Qué es eso…? ¿Es un recipiente para bizcochos?"

"¡Qué inteligente es usted!" exclamó Sakura. "Ha dado en el blanco. Es un recipiente de la época victoriana. De roble, de 1870. Un regalo práctico y decorativo. Y por cuatrocientos Ryo, no le costará más que una docena de rosas de tallo largo o una botella de buen vino francés".

"De acuerdo. Creo que a ella le gustará".

"¿Lo ve? No ha sido tan difícil. ¿Puedo ayudarle en alguna otra cosa? ¿Quizá un regalo navideño de último momento?"

"No, eso es todo".

Ambos volvieron a la sala principal. El lugar olía a manzanas, pensó Naruto, complacido. Se escuchaba música de fondo. Reconoció un movimiento del Cascanueces y se sorprendió al sentirse súbitamente relajado.

"¿Dónde consigue todas estas cosas?"

"Bueno, aquí o allá… En subastas, mercados, salas particulares. En realidad se gana bien la vida con ello".

Satisfecha, sacó una caja plegada de detrás del mostrador y la desdobló.

"La gente colecciona, Uzumaki. A menudo ni siquiera se dan cuenta de ello". "¿De niño nunca guardó canicas, cómics o cromos?"

"Claro".

Había tenido que esconderlas, pero las guardaba.

Con manos rápidas y hábiles, Sakura forro la caja con papel de seda.

"¿Nunca intercambió sus cromos?" preguntó, y lo sorprendió observando el movimiento de sus manos. De pronto sus miradas se encontraron y Naruto sintió un súbito temblor en el estómago.

"Claro que lo hice" murmuró. "De la misma manera que usted jugaba con muñecas".

Apenas pudo contener una sonrisa. Por un instante, pareció que él creía haberle tendido una pequeña trampa.

"En realidad no fue así" negó. "Nunca me gustaron mucho. Yo prefería compañeros de juego imaginarios, porque uno puede convertirlos en el personaje que desea en cada momento".

Con más cuidado del necesario, fijó la pestaña de la caja con la etiqueta dorada de su tienda.

"Lo que conseguía con eso es lo que la mayoría de los chicos coleccionan e intercambian. Algunas personas nunca pierden la costumbre. ¿Se lo envuelvo para regalo?"

"Sí, por favor".

Naruto se volvió y echó a caminar junto al mostrador. No es que estuviera interesado en lo que allí se exhibía, pero quería darse un respiro. El impulso sexual que había sentido no era nuevo, pero por primera vez se debía a las manos bonitas de una mujer. Y a sus grandes ojos verdes, agregó para sí, y también su sonrisa. Ella siempre parecía reírse de alguna broma secreta. Era obvio que había permanecido soltero demasiado tiempo, si ahora se sentía atraído por una mujer que se reía de él.

Para pasar el tiempo, cogió una especie de pelota de béisbol con un agujero en un extremo. En un costado se leían las palabras «rocío de la montaña». Con curiosidad, Naruto la giró en su mano. No creía que fuera un vaso extravagante para beber gaseosa.

Sakura se acercó y le entregó el paquete cuidadosamente envuelto.

"Interesante, ¿verdad?"

"Me preguntaba qué es".

"Una fosforera".

Puso las manos sobre las de él y le llevó el dedo pulgar hacia el borde áspero.

"Pone los fósforos arriba y los enciende al costado. «Rocío de la montaña» era un whisky del siglo pasado. ¿Le gusta?" preguntó al ver en su cara el esbozo de una sonrisa.

"Es algo diferente. Me gusta mucho lo diferente".

Por unos segundos, Sakura mantuvo las manos sobre las de Naruto.

"Lléveselo" ofreció. "Considérelo un regalo para el estreno de su apartamento".

De pronto el encanto inexplicable que el objeto había ejercido sobre él disminuyó.

"No creo que…"

"No tiene ningún valor, me refiero en el sentido económico. Es un gesto de buena voluntad, señor Uzumaki. No sea terco".

"Bueno, si usted es tan amable…"

Ella rio y le dio un rápido apretón de manos.

"Espero que a su amiga le guste el regalo".

Entonces se alejó para atender a otro cliente, pero miró de reojo a Naruto cuando este salió del local.

Un hombre fuera de lo común, meditó. Por supuesto, lo inusual y fuera de lo común era su especialidad.


Kabuto conducía a toda velocidad por la carretera en dirección al aeropuerto, mientras sostenía el teléfono con una mano y conducía con la otra.

"Yakushi" se anunció, tras conectar el micrófono. "Póngame con el señor Uchiha".

Con los nervios crispados, comprobó la hora. Lo lograría, se dijo para infundirse confianza. Tenía que lograrlo.

"Señor Yakushi". La voz de Sasuke resonó en el interior del vehículo. "Tiene buenas noticias, supongo".

"Seguí todo el rastro, señor Uchiha" explicó Kabuto, esforzándose por dar un tono sereno y formal a su voz. "Averigüé qué pasó con exactitud. Un empleado idiota de Premium cambió los embarques. Envió el nuestro a Kioto. Lo solucionaré en un abrir y cerrar de ojos".

"Ya veo…"

Se hizo un silencio prolongado. Kabuto sintió que se le helaba la sangre.

"¿Cuál es su definición de «un abrir y cerrar de ojos»?"

"Señor Uchiha, en este preciso momento me dirijo al aeropuerto, donde conseguí una reserva de vuelo. Allí me espera un coche alquilado. Estaré en Kioto antes de las cinco, hora del Este. Tengo el nombre y la dirección adonde fue enviado por error el embarque" puntualizó y, con un tono de voz algo más débil, agregó: "Me hago cargo de todos los gastos, señor Uchiha".

"Muy acertado de su parte, señor Yakushi, ya que no quiero que, por su error, esto me cueste más de lo que ya me costó".

"No, señor. Tiene mi palabra de que este error será enmendado como corresponde".

"Muy bien. Esperaré a que se ponga en contacto conmigo cuando llegue a su destino. Por supuesto, quiero que elimine a ese imbécil".

"Por supuesto".

"Además, señor Yakushi, usted conoce lo importante que esta mercancía es para mí, ¿verdad? Usará todos los medios que sean necesarios para recuperarla. Cualquier medio…"

"Entendido, señor".

Cuando se cortó la comunicación, Kabuto esbozaba una sonrisa siniestra. Por la manera en que aquel asunto arruinaba sus vacaciones, se hallaba dispuesto a utilizar cualquier medio, fuera cual fuera.


Espero que les guste. Actualizare pronto.