¡Hola otra vez! Gracias por seguir la historia, y por las reviews. Llegamos al Acto 3, con el que concluye el segundo episodio de la historia. Es un acto principalmente de acción, que sentará la base para el resto de la trama, y a partir de este momento, temedme, porque empezará a morir gente de manera indiscriminada. Cada vez que veáis a vuestro personaje favorito en peligro… no esperéis a un héroe con mucha fe. Puede que nunca llegue.
Sé que preferís los amorcitos a la acción, pero este episodio era inevitable. Ya en los próximos meteré un poquito más de amorcito y drama ^^ De todos modos, os he metido unas cuantas hints al final, como recompensa xD
Ah, y se describe la extraña relación entre Francis y Arthur. No es necesariamente FrUk, podéis verlos como amigos o como algo más, según vuestros gustos.
Siento haber tardado tanto en escribir esta parte, pero la uni me tenía cogida por el cuello, buff. Sin exagerar, puedo afirmar que el 80% de este acto lo he escrito entre las 1 y las 2 de la mañana durante este periodo X_x
¡A leer se ha dicho!
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GUÍA DE PERSONAJES – Personajes que salen en este he organizado en bandas y por rango. Si no queréis spoilers, consultad la lista SÓLO SI ES NECESARIO.
(Nombre y apodo, edad, rango y país en Hetalia)
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BANDA DE LOS VARGAS
Lovino "Romano" Vargas, 22, Don Sur de Italia/Sicilia
Francis "Asso di Cuore"/"Ace" Bonnefoy, 32, Consigliere Francia
Arthur "Sly" Kirkland, 26, Caporégime Inglaterra
Bella "Gatta Bianca", 27, Soldado Bélgica
Antonio Fernández Carriedo, 25, Soldado en pruebas. España
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BANDA DE IL RUSSO
"Il Russo", Don Rusia
Sadik "Il Turco" Adnan, 34, Caporégime Turquía
Berwald "Scarface" Oxenstierna, 39, Soldado Suecia
Gilbert "Red Eye" Beilschmidt, 26, Soldado Prusia
Matthew "Il Spettro" Williams, ¿?, Soldado Canadá
Alfred F. Jones, 20, Asociado América
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PERSONAJES NEUTROS
Elizabeta Héderváry, 27 Hungría
Roderich Edelstein, 31 Austria
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Capítulo 2.
ACTO 3 . Gritos y Plomo.
Lovino observaba por la ventanilla de su coche cómo las masas se dirigían a la Plaza Mayor. El ambiente estaba cargado de tensión e incertidumbre. Todos sabían que el discurso del gobernador iba a ser decisivo, pero nadie podía adivinar qué ocurriría entre los muros de los edificios que encerraban la plaza. El italiano pudo distinguir a varios integrantes de las mafias de la ciudad moverse entre los ciudadanos; todos querían sacar tajada cuando el caos estallara. Pero los Vargas estaban allí para impedir que eso pasara.
A su lado, un expectante español tamborileaba los dedos sobre el salpicadero, atento a lo que ocurría fuera. Lovino le miró de reojo, algo nervioso. Lo último que quería era tener al español a su lado. Pero no había otro remedio; quería tenerlo vigilado. Antonio se giró hacia él.
"¡Vamos, Romano! Déjeme llevar un arma. ¡Así no puedo ayudar!"
Lovino suspiró, cansado ya de su insistencia.
"No. No vamos a participar, así que no es necesario que lleves armas. Además, no me fío de ti, bastardo. Un movimiento en falso y te juro que te vuelo la tapa de los sesos."
"Guau, anoche eras mucho más simpático." A Lovino se le revolvió el estómago.
"Te lo advierto, cierra la jodida bocaza."
"Vale, vale."
Antonio se recostó en el asiento, y le miró con una sonrisa encantadora. Lovino bufó y desvió la mirada. Maldita sea. Esa sonrisa estúpida y sin sentido le perturbaba más de lo que debiera. Se entretuvo ajustando el retrovisor. A través de él veía la boca del callejón donde habían aparcado. Giró un poco más el espejo y divisó a la gente que se dirigía a la plaza por la calle principal. En ese momento el aforo se completaba, y dos policías se encargaban de cerrar las grandes verjas de hierro que constituían el único acceso. La gente que quedaba fuera se dispersaba poco a poco, o se quedaba en los alrededores con la esperanza de oír algo del discurso.
Volvió a girar el espejo, y su propio reflejo le devolvió la mirada. Y pudo ver cómo, tras él, unos ojos verdes le observaban de arriba abajo, detenidamente. Lovino se tensó, inquieto. ¿Le estaba… echando un vistazo, así, tan descaradamente? Notó como la sangre le hervía, en una extraña mezcla de furia y azoramiento. Deja de mirarme así. Deja de hacer eso, maldita sea. La mirada de Antonio se detuvo en su cuello, y Lovino pudo ver cómo sus ojos se abrían con sorpresa.
"Ese chupetón… ¿es mío?"
Lovino se ruborizó violentamente. En su cuello se veía perfectamente la marca amoratada en el lugar donde los labios del español habían besado y succionado su piel la noche anterior, para el placer y sufrimiento del italiano. Antes de darse cuenta de lo que pasaba, los dedos de Antonio se habían posado en el cuello de Lovino, acariciando levemente la dañada piel. El contacto indeseado activó las defensas del italiano, y en menos de un segundo, Antonio se encontraba presionado contra el salpicadero con el brazo retorcido dolorosamente tras su espalda, sujeto firmemente por el colérico italiano. El frío cañón de una pistola le helaba la nuca.
"NO ME TOQUES. NADIE ME TOCA. NADIE, ¿ENTENDIDO?"
La voz de Lovino, aunque furiosa, tenía un deje aterrado que Antonio no pudo pasar por alto. El italiano retorció aún más el brazo, y hundió aun más la pistola en su piel. "¡RESPONDE, JODER!"
"¡Sí, sí! ¡Entendido!"
Lovino se calmó un poco y soltó a su víctima, volviendo a su asiento con mirada dura. Antonio se sentó derecho y movió el dolorido brazo, comprobando que no le había dislocado nada. ¡Por el amor de…! Si quería acercarse a él, lo mejor sería pillarle con las defensas bajas.
No volvieron a mirarse ni a dirigirse la palabra.
Por alguna razón, Lovino se empezó a sentir culpable. Vale, quizás había perdido un poco el control aquella vez. Pero se lo tenía merecido. Enfundó la pistola.
Estúpido bastardo.
Más le valía aprender pronto que quien se metía con él salía escaldado.
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Gilbert se abrió paso entre la multitud hasta el lugar acordado. Desde allí podía ver perfectamente la tarima de madera que hacía de escenario y a su superior, Il Turco, que vigilaba la operación desde uno de los balcones de los edificios que delimitaban la plaza. Il Turco, cuyo origen le ponía apodo, era astuto, eficaz y despiadado en todo lo que hacía. Esas cualidades le habían ganado el rango de caporegime de la mafia de Il Russo en la ciudad de Porto Speranza, y era temido por todos. Un antifaz hacía imposible ver sus ojos, añadiendo algo inhumano a su expresión. Incluso Gilbert sentía algo de respeto ante el enmascarado; se decía que había torturado hasta la muerte a sus propios amigos bajo las órdenes de Il Russo para probar su fidelidad. Y quien se atrevía a desobedecerle se arriesgaba a sufrir el mismo destino.
Entre los ciudadanos se esparcían los miembros de muchas otras bandas de inferior importancia de la ciudad y los alrededores. Unos a favor de la ley de comercio de armas, otros contra ella; unos que simplemente querían aprovechar la ocasión para dañar a Il Russo y hacerse con el control, y otros que buscaban el favor de su banda luchando a su lado. Y que estallara el conflicto dependía de que la banda de Il Russo siguiera protegiendo al gobernador o no. De que éste viviera o muriera. De su decisión final.
Y en ese momento, el hombre que lo decidiría todo subía al escenario entre aplausos, con porte distinguido e impecable imagen, y se aproximaba al atril. Gilbert había supuesto que Roderich sentiría un mínimo de terror, ya que era consciente de que su vida pendía de un hilo. Pero cuando la mirada del austríaco barrió la multitud hasta unirse con la suya, el prusiano no detectó nada que indicara nerviosismo en él. Al contrario; mantuvo la mirada con calma, e incluso asintió, saludándole cortésmente. Gilbert tenía que admitir que el pomposo austriaco tenía agallas.
Tras el gobernador subieron sus azafatas, ocupando su puesto a los lados del atril, y tras ellas, para el espanto del prusiano, apareció Elizabeta, que se situó al lado de Roderich. Pero, ¿qué estaba haciendo ella allí? ¿Es que Roderich no sabía que ella podía correr peligro? Roderich se giró, sorprendido, y le susurró algo a Elizabeta. Ella negó obstinadamente. Él volvió a mirar a la multitud, y entonces Gilbert pudo ver por primera vez el miedo reflejado en su rostro.
Gilbert lo compendió de inmediato. Él no quería que Elizabeta estuviera allí, pero ella le había seguido de todos modos. Sí, así era su Lizzy. Siempre hacía lo que quería. El prusiano se sorprendió al encontrar la mirada de Roderich clavada en él de nuevo. Pero esta vez era una mirada suplicante, temerosa. Gilbert asintió, y ambos firmaron así un pacto silencioso.
Pasase lo que pasase, ella debía salir ilesa de allí.
Roderich, más tranquilo, se irguió con orgullo y comenzó con su discurso.
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La mira amplificaba las fachadas de los edificios, recorriendo cuidadosamente cada ventana en busca de su objetivo.
"¿Hay suerte, Arthur?"
Arthur separó la mirada de su rifle de francotirador, molesto, y la clavó en el francés que, de pie junto a él, separaba las bandas de la cortina que había a su lado, escrudiñando el exterior con unos prismáticos. Estaban en uno de los edificios que rodeaban la plaza, intentando localizar el lugar en el que se había apostado Il Spettro.
Según el nuevo miembro, el misterioso francotirador atacaría desde uno de los edificios cercanos al escenario si el gobernador se negaba a aprobar la ley de comercio de armas que beneficiaba a Il Russo. Y, vista la cantidad de mafiosos armados que guardaban las entradas de esos edificios, lo más probable es que estuviera en lo cierto. Por ese motivo habían elegido esa posición: desde el piso en el que estaban podían escudriñar todos los balcones y azoteas de los edificios sospechosos en busca de su objetivo.
"No, y no uses mi nombre durante las misiones, Ace."
El francés apartó los ojos de los prismáticos y miró al malhumorado inglés que yacía en el suelo a su lado, sujetando el rifle de francotirador a través de la ventana rota. A la gente a la que les habían alquilado el estudio para la operación no les iba a gustar que hubieran roto el cristal. En fin.
"Oh, vamos. Estamos aquí, en esta habitación oscura, los dos solitos~"
"NO sigas por ahí." El francés se rió, lo que enfadó aún más a Arthur. "Además, ¿quién sabe si hay alguien oyéndonos?"
"Arthur. Arthur, Arthur, Arthur." El susodicho gruñó exasperado al oír su nombre de nuevo. "Hemos alquilado este estudio. Aquí no hay nadie más que nosotros. Y no deberías preocuparte mientras yo esté aquí de guardaespaldas."
El inglés soltó una risilla sarcástica. "Que tú seas guardaespaldas es una contradicción. Mi retaguardia nunca había corrido tanto peligro."
"Ese sentido del humor, ¿es tuyo, o todos los ingleses lo traéis de serie?"
"Ja, ja, ja, Francis."
"¿Ves? Ya has dicho mi nombre. ¿Tan difícil era?"
Arthur puso los ojos en blanco, desesperado, y volvió a su tarea. Ese francés, siempre igual. Examinó detenidamente las ventanas que había sobre el escenario, aumentando ligeramente el zoom. Nada, todo normal en la primera planta. Pasó a la segunda. El gobernador Roderich ya había comenzado a hablar, pero aún les quedaba tiempo antes de que la ronda de preguntas empezara, así que no había prisa. Además, Arthur sólo estaba autorizado a disparar si el gobernador corría peligro. La voz del francés no le distrajo de su tarea.
"¿Sabes? Aun queda un rato, y el dormitorio tiene buena pinta…"
Ni se dignó en contestar a semejante propuesta. Pasó a la tercera planta en silencio.
"Era una broma, Arthur. No te pongas nervioso."
"No estoy nervioso."
"Lo sé. Lo he dicho para que me hablaras."
Arthur bufó. Le sacaba de sus casillas, maldita sea. Pero tenía que admitir que Francis era el mejor compañero de misión que podía tener. Experimentado y fiel, el francés hacía lo que fuera por proteger a sus compañeros, hasta llegar a extremos temerarios. Más de una vez había arriesgado su vida innecesariamente por Romano, por Gatta Bianca o por él mismo. Y siempre le estaría agradecido por ello. Aunque no apoyara su postura. En ese mundo de muerte y desconfianza, lo mejor era cuidar de uno mismo y olvidar a los demás. La supervivencia del más fuerte; esa era la ley que lo regía todo. Los sacrificios por el bien común no tenían sentido.
"¡Arthur! ¡El edificio de los balcones dorados! ¡En la azotea! ¡He visto brillar algo!"
El inglés buscó rápidamente el edificio y barrió la azotea detenidamente.
Nada. Lo único que había en esa azotea era una plancha de metal rota apoyada contra la valla de ladrillo que la delimitaba.
"Imaginaciones tuyas."
"Pero, ¡te juro que he visto un destello…!"
"Te digo que no hay nada en esa azotea, Francis."
El francés suspiró, resignado. "Vale, perdón. Me he entusiasmado demasiado pronto."
Arthur volvió a retomar la búsqueda por donde lo había dejado. Ese tal Spettro era bueno. Muy bueno. Desde luego, el mote era perfecto: parecía ser invisible, como un fantasma. Con la vista un poco irritada, el inglés se separó de la mirilla y se frotó los ojos para descansarla un poco. Sólo un par de minutos.
"¿Estás bien, Arthur?"
"¿Quieres dejar de hablar ya y hacer tu trabajo?"
"Lo hago. Me aseguro de que estás bien."
"Es un esfuerzo vano."
Francis le miró de reojo, y luego volvió a mirar por la ventana.
"¿Por qué dices eso?"
"Porque en cualquier momento pueden meterme una bala entre ceja y ceja, y tú no podrás evitarlo."
El francés suspiró y apartó los prismáticos de su cara. Apoyó la espalda en la listada pared y se dejó caer, hasta acabar sentado al lado de Arthur. El inglés le observaba, curioso.
"Arthur. ¿Recuerdas lo que te dije cuando te uniste a la banda?"
El inglés frunció el ceño. Otra vez con eso. "Déjalo ya, Fr—"
"Te dije," interrumpió el francés, "que mientras estuvieras a mi lado, estarías a salvo. Que haría todo lo que fuera posible para salvarte la vida, pasara lo que pasara."
La mirada del francotirador era despectiva. "Ya, ya. Muy noble por tu parte." Volvió a concentrarse en la mira del rifle. "Pero sabes de sobra que yo no haré lo mismo por ti."
Francis soltó una risilla. "Lo sé."
"Y aun así, ¿seguirás arriesgando tu vida por mí?"
El francés suspiró y se pasó la mano por el pelo, apartándolo de su cara, mirando al infinito.
"Sí, claro. Lo arriesgaría todo por las personas a las que amo."
Arthur apartó la mirada del rifle para dirigirla a su compañero, sorprendido.
"Pero, ¿de qué estás hablando ahora, franchute?"
Francis volvió a reírse. "Tranquilo, no te emociones."
"¡No me emociono!" Arthur trató de calmar el enfado. El francés le estaba tomando el pelo, como siempre. Maldita sea. Volvió a su trabajo. "Supongo que te referirás al tipo de amor que se siente por la familia."
"Ah, ¿es que hay tipos de amor?"
"Ugh. ¿Estás diciendo que amas por igual a tus sobrinos, a tus amigos y a tu pareja?"
"Sí."
Arthur se revolvió, algo incómodo. Nunca podría entender a ese hombre. "Eso es algo… algo espeluznante."
"No tanto. Verás, por una parte está el amor." Francis levantó una mano, como si sujetara en ella la esencia del amor mismo. "El amor es universal, y aplicable a todo el mundo. A algunas personas las amas más que a otras, pero siempre de la misma manera. Es lo que hace difícil elegir entre salvar a tu hermano o a tu padre cuando los quieres por igual. El amor no conoce géneros, edades o parentescos. Por otro lado," el francés levantó la otra mano de igual manera, "está el deseo. El deseo es puramente sexual, y mide las ganas que tienes de acostarte con una persona, por decirlo delicadamente. El equilibrio entre esas dos entidades es lo que indica el tipo de relación amorosa." Francis hizo como si sopesara el contenido de sus manos. "Si hay mucho amor y deseo, nos encontramos ante un amor apasionado; si hay un gran amor pero ningún deseo, hablamos de un amor fraternal, paternal o una amistad íntima, o incluso el tipo de relación que tiene una pareja casada cuando pasa el tiempo. Si apenas hay amor pero hay mucho deseo, esa persona se convierte en un amor de una noche. Si no hay ni amor ni deseo… bueno, ya te lo puedes imaginar." Bajó las manos con un suspiro. "Lo malo es que el amor y el deseo no responden a la razón, y además, la mayoría de las veces, los límites no están claros. Por eso es tan difícil encontrar lo que llamamos "el verdadero amor"."
"Interesante punto de vista. Muy poético." Arthur fijó la mira en el último edificio. Maldita sea; si Il Spettro no estaba allí, no estaba en ningún sitio. "Pero totalmente estúpido."
"Oh, ¿en serio?" Francis le lanzó una mirada curiosa. "¿Y qué opinas tú sobre el amor?"
"¡Por el amor de Dios, estamos intentando detener un asesinato! ¿Quieres concentrarte?"
"¡No hay ningún francotirador, Arthur! ¿Es que no lo ves? El nuevo obtuvo la información de dos Soldados borrachos. Las fuentes no son fiables. Lo más seguro es que la información sea errónea."
Exasperado, Arthur se apartó del rifle y se sentó. Era cierto; no había señal de Il Spettro por ningún lado. Habían malgastado su tiempo. Tiró de la persiana para poder ver al gobernador, dejando que la luz se filtrara en la oscura habitación. En ese momento hablaba sobre la situación económica de la ciudad con respecto a las poblaciones vecinas. Parloteo innecesario. Puede que un intento desesperado por alargar el fatal discurso. El inglés no le culpaba; cualquiera querría retrasar el momento de su muerte.
"¿Y bien?"
"Y bien, ¿qué?"
"Tu postura sobre el amor. Dime."
Arthur se masajeó el entrecejo con los dedos, irritado. El francés no pararía hasta que consiguiera su objetivo, cualquiera que aquél fuese. Lo mejor era seguirle la corriente.
"Mi postura sobre el amor. Bien, te la diré." Miró distraído a la multitud. "El amor es la excusa que ponen los que temen morir solos para aferrarse a alguien y no soltarlo. La que ponen las parejas aburridas para intentar justificar el por qué siguen aguantando ver la misma cara todos los días cuando se levantan. El amor es la invención de los centros comerciales para ganar dinero en San Valentín, y la cruel trama de esas novelas que te llenan de vana esperanza, para acabar con el corazón roto cuando la cruda realidad te abofetea."
Francis dejó escapar un silbido. "Guau. Entonces, para ti, el amor no existe. Ni siquiera el amor por la familia."
"En efecto. Lo único que mantiene unida a la familia es la necesidad, de protección para unos y de dejar descendencia para otros. Pero cuando los hijos se van de casa, eso acaba. Como mucho puede haber un instinto protector hacia los hijos que no se desvanece del todo, o quedar en éstos un profundo agradecimiento hacia aquellos que les han cuidado. Pero no hay amor."
Se produjo un silencio, en el que notó cómo el francés le examinaba con detenimiento.
"Odias a tus padres, ¿verdad?"
Arthur sintió cómo su interior se encendía de ira.
"Padres… ¡Padres! ¡Yo no tengo padres! Esos imbéciles que se hacían llamar padres sólo me usaban en sus planes como les venía en gana; sólo me entrenaban en el arte del robo y del sigilo para poder utilizarme como una herramienta más. Luego se iban a celebrarlo y yo me quedaba solo en el agujero oscuro al que llamaban hogar durante horas, hasta que volvían, borrachos, y follaban como perros en celo, sin acordarse siquiera de que su hijo estaba allí, oyendo toda su mierda." Apretó los puños inconscientemente. "Ni siquiera se les ocurrió que quizás, sólo quizás, yo no quería hacer daño a nadie, no quería dedicarme al saqueo o al asesinato. Que quería estudiar como los otros niños, tener amigos, vivir una vida normal. Y mírame ahora." Miró al francés amargamente. "Me escapé todo lo lejos que pude de ellos para empezar de nuevo, y aquí estoy, solo, de nuevo ejerciendo de asesino. Es lo único que sé hacer. No puedo escapar del destino que ellos eligieron para mí."
Francis le devolvió la mirada, y Arthur pudo notar un tinte de cariño en sus ojos azules que le desconcertó y le hizo sentirse incómodo. Podría haber esperado encontrar lástima o incluso burla. Pero no cariño.
"Arthur. No estás solo. Ahora formas parte de nuestra familia. Haré todo lo posible para que seas feliz."
Arthur puso los ojos en blanco y miró el exterior, algo agitado. "Ya, bueno. Siento no corresponderte."
La cálida risa del francés volvió a resonar. "Bueno. El amor se da sin esperar que sea correspondido."
El inglés le iba a mandar a callar, pero un resplandor le cegó. ¿Pero qué…? ¿De dónde…? Un nuevo resplandor volvió a reflejarse, y Arthur pudo determinar la fuente: la plancha de metal que descansaba sobre la azotea que habían visto antes. "¡Francis! ¡En la azotea—!"
"¡Ya, ya lo veo! ¡Te dije que había visto algo!" El francés también miraba por la ventana, intrigado. El resplandor era rítmico. Un brillo. Dos segundos. Otro brillo. Dos segundos. Un tercero. Era demasiado rítmico para ser algo fortuito. Pero, ¿qué podía ocasionar ese brillo? ¿En qué se reflejaba el sol para que la plancha emitiera destellos? Debía ser algo metálico. Algo…
Arthur y Francis se miraron al mismo tiempo, con los ojos muy abiertos.
Luego cogieron sus armas y se echaron a correr lo más rápido posible.
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Alfred F. Jones suspiró, escuchando a medias el interminable discurso, y se asomó por la barandilla de la azotea lo justo para ver al gobernador. Palabras, palabras, idioteces, aburrido, aburrido, blablablá. No podía esperar hasta la ronda de preguntas. ¡Oh, sí! ¡Ahí empezaba lo bueno! Acción, ¡eso era lo que necesitaba el cargante discurso! Un asesinato, los mafiosos repartiendo balazos, gritos de terror y persecuciones… ¡qué emocionante! ¡Y él lo podría apreciar todo a salvo en su privilegiado e improvisado palco, aquella azotea alejada del escenario, desde donde se divisaba toda la plaza!
Exaltado, rebuscó en su bolsillo hasta encontrar un paquete de tabaco. Se apoyó en la pared de un pequeño cuartillo que había a su lado, sacó un cigarrillo y lo sujetó con los labios mientras volvía a rebuscar en sus bolsillos. ¿Dónde lo había metido…? Al fin encontró el objeto en el bolsillo trasero de su pantalón. Extrajo un mechero metálico de un tamaño considerable, que brilló al sol cuando prendió el extremo del cigarrillo. El brillo cegó al americano durante unos instantes, y una maldición escapó de su boca.
En seguida un chisteo enfadado proveniente del cuartillo le recriminó.
Alfred se disculpó en un susurro. ¡Agh, no podía gritar de esa manera! Nadie podía saber que estaban allí, o su misión estaría en peligro. Y no quería decepcionar al que se ocultaba en el cuartillo a sus espaldas: ni más ni menos que el mismísimo Spettro, el mejor francotirador de toda Italia. La persona a quien le debía la vida. Su eterno protegido, Matthew Williams.
En ese momento, Matthew se preguntaba cómo un francotirador tan sigiloso como para ganarse el mote de "Il Spettro" podía tener como guardaespaldas a alguien tan ruidoso como Alfred. Debería haberse quedado en el coche, como le había dicho. Pero cuando al americano se le metía algo en la cabeza, no había manera de pararlo hasta que conseguía su propósito.
Aunque Matthew no podía quejarse de su compañero. Alfred era su única compañía. Siempre lo había sido, desde que llegó a aquel orfanato americano con su arrogante sonrisa y su contagioso optimismo.
Matthew ajustó el rifle de francotirador con un milimétrico movimiento de sus manos, que bien podría haber pasado desapercibido para el ojo del espectador poco experimentado. La exactitud de sus minúsculos movimientos, la firmeza de sus manos y la quietud de su cuerpo, que apenas movía para respirar, hacían que el canadiense se fundiera con la oscuridad reinante, pudiendo pasar desapercibido como parte del mobiliario del cuartillo de aquella azotea. Era un cuartillo pequeño que se usaba para guardar herramientas, y la única luz se filtraba por la rendija de la puerta metálica que lo separaba del resto de la azotea, y la que conseguía derramarse por el hueco de los ladrillos que había extraído de la pared algunas horas atrás, y por donde ahora asomaba el cañón de su rifle amenazadoramente. El centro de la mira apuntaba un milímetro más a la izquierda del centro de la frente del gobernador. El cañón del arma se desviaba un poco a la derecha, para gran disgusto de Matthew. Pero era el arma más exacta que había en el mercado, así que no se podía quejar. Quizás cuando eliminara al gobernador, Il Russo le proporcionaría un arma mejor.
En el exterior, Alfred jugueteaba con su mechero, abriéndolo y cerrándolo con movimientos secos, aburriéndose como nunca antes lo había hecho. No le gustaba cómo Il Russo hacía las cosas: todo estaba perfectamente planeado al milímetro, hasta el detalle más pequeño. ¿Qué diversión había en eso? Incluso había difundido el rumor de que Matthew atacaría desde un lugar cercano al escenario, y había dispuesto una gran seguridad alrededor de aquellos edificios, como si de verdad quisiera proteger a su francotirador estrella, mientras que en realidad éste se encontraba en el edificio más alejado, con él como única protección – y porque él había insistido en acompañarle. Después de todo, le debía la vida a Matthew. Y no iba a dejar que Matthew fuera el héroe, ¡oh, no! ¡El único héroe que había por allí era él, el gran Alfred F. Jones, protector del débil e impartidor de justicia!
Sus grandilocuentes pensamientos se interrumpieron cuando se dio cuenta de un curioso detalle. Al parecer, la última vez que había abierto el mechero, el sol se había reflejado en él y el rayo de luz había rebotado hasta alcanzar una plancha de metal que había en otra azotea, y que había destellado a su vez. Alfred había encontrado al fin una distracción en su aburrida tarea. Cerró el mechero y lo volvió a abrir, intentando hacerlo de nuevo, pero no lo consiguió. Así que lo hizo de nuevo. Y de nuevo, y de nuevo. Y al fin consiguió su objetivo: la plancha de metal volvió a brillar. Con una gran sonrisa victoriosa, el americano abrió y cerró el mechero varias veces, haciendo destellar el sol sobre el metal. ¡Ja! ¡Nada se le resistía a Alfred F. Jones!
Una horda de aplausos sonó desde el patio, indicando el final del discurso. Alfred guardó el mechero en el bolsillo y volvió a asomarse con cuidado, su sangre hirviendo de emoción.
Al fin iba a empezar lo bueno.
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Gilbert aplaudió, muy atento. Sobre el escenario, Elizabeta parecía aliviada. Sin duda creía que todo había terminado y podían volver a la mansión en paz. Qué equivocada estaba.
Tras los aplausos, Roderich, sereno, se irguió y levantó la voz firmemente.
"Ahora es el momento de plantear las dudas que no han sido resueltas en el discurso."
El aire pareció desaparecer, cediendo su lugar a la tensión más densa y fría. De repente, Gilbert era consciente de cada movimiento a su alrededor. De las miradas ansiosas, impacientes. De la sonrisa maliciosa – sí, maliciosa – que se extendió en los labios de Il Turco. De sus propias manos nerviosas, apretadas en sendos puños fuertemente.
De la mano de uno de los reporteros, que se levantaba entre la multitud, tan inocente como la de un niño, tan mortífera como la del César al elegir el destino de los gladiadores.
"Señor gobernador, ¿qué decisión ha tomado con respecto a la ley de tráfico de armas?"
Gilbert observó cómo las mejillas de Roderich perdían su color, aunque el austríaco mantuviera su pose orgullosa.
La sentencia de muerte había sido pronunciada.
Una negativa de Roderich, y sería ejecutada.
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Matthew mantuvo la mira sobre la frente de su víctima, listo para disparar. Su dedo se deslizaba por el gatillo, paciente, presionándolo ligeramente en espera de las palabras del gobernador.
Concentración.
En el mundo no existían más que su víctima y él, y el frío acero del rifle entre sus dedos. El único sonido era el de su corazón, retumbando fuertemente en sus oídos y su pecho. Sentía cada minúsculo movimiento de sus músculos en tensión, controlando firmemente sus temblores. Los labios del gobernador se movían casi en cámara lenta, y su voz sonaba ligeramente distorsionada en sus oídos.
"Como sabréis, mi política nunca ha estado en contra de las… organizaciones al margen legal de esta ciudad. Pero tampoco me manifiesto a favor de tales organizaciones ni quiero de ningún modo beneficiarlas de un modo tan parcial. Me temo, pues, que mi decisión con respecto a esa ley es una rotunda negac—"
Un disparo cortó el aire.
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Roderich creía que morir iba a ser doloroso, asfixiante.
Creía que las fuerzas le abandonarían, que caería al suelo y que la oscuridad lo envolvería todo.
Pero en su lugar, su corazón latía más fuerte que nunca, y con la cabeza embotellada, se aferraba al atril con todas sus fuerzas, completamente petrificado, empapado en un sudor frío.
Unos confusos segundos más tarde, varios disparos resonaron de nuevo en la plaza, y el grito histérico de una mujer rompió el expectante silencio de la multitud.
Entonces todo se volvió aun más rápido y confuso. Una de las azafatas – pelirroja y pecosa – le empujó bruscamente tras ella, levantó su falda y sacó de ella un subfusil con el que comenzó a agujerear el aire. La audiencia al fin reaccionó; algunos ciudadanos gritaban, otros huían, otros aprovechaban la confusión para atacar a los mafiosos esparcidos entre ellos; por su parte, las bandas de mafiosos se tiroteaban entre sí, unos defendiéndole, otros intentando llegar a él para matarle. Las balas silbaban aquí y allá, y el cuerpo en shock de Roderich se resistía a reaccionar aun cuando su querida Elizabeta se arrodilló junto a él y le sacudió, gritando palabras incomprensibles al oído del aturdido austríaco. ¿Estaba muerto? No, no podía estarlo. No tenía sangre en el pecho. La bala no le había alcanzado.
"¡Gilbert!"
Roderich reaccionó finalmente ante el familiar nombre. El prusiano había conseguido abrirse paso entre la multitud, y ahora le apuntaba con el cañón de su Beretta. Sus ojos rojizos se clavaban en él, fríos como un puñal, y su mano empuñaba el arma firmemente.
Bueno. Le había llegado la hora al fin.
Elizabeta se dirigió a Gilbert con tono suplicante.
"¡Gilbert, no! ¡Por favor! ¡Me prometiste que me darías hasta mañana para elegir!"
La decisión del prusiano pareció tambalearse antes las súplicas de Elizabeta. Pero Roderich sabía que Gilbert no tenía otra opción. Pertenecía a la banda de Il Russo, y su misión era matarle. Ya se lo había dejado bien claro esa mañana en el despacho.
Sin embargo, para sorpresa del austríaco, Gilbert bajó el arma, le agarró por el brazo y tiró de él, ayudándole a incorporarse.
"Seguidme."
Roderich sujetó la mano de Elizabeta firmemente y se echó a correr tras el prusiano. Se abrieron paso entre el caos y la confusión a base de balazos y de golpes de culata. Al alcanzar uno de los edificios, Gilbert abrió la puerta de madera de una patada. Roderich y Elizabeta se detuvieron a sus espaldas. El prusiano rebuscó en su bolsillo y arrojó algo a Roderich. Las llaves de un coche.
"Id a la segunda planta. Hay una ventana rota. Saltad a la calle; bajo ella está mi coche."
Elizabeta agarró el brazo de Gilbert con su otra mano.
"¡Gilbert! ¿Qué pasará contigo?"
Unas balas silbaron sobre sus cabezas.
"¡RED EYE! ¡TRAIDOR!"
Un enmascarado corría hacia ellos. Roderich se estremeció cuando le reconoció: Il Turco, el caporegime de la banda de Il Russo, guardaba su pistola descargada y se abría paso entre la multitud para alcanzarlos, acompañado de dos matones. Gilbert liberó su brazo y encaró al atacante. "¡IROS!"
Roderich tiró de Elizabeta hacia el interior del edificio. No había tiempo para dudar. Sabía que Gilbert le había dejado vivir para que él pudiera poner a la húngara a salvo. Que había traicionado a la banda por ella. Su sacrificio no iba a ser en vano.
Mientras subían las escaleras de dos en dos oyeron golpes y gritos desde la entrada. Elizabeta intentó forcejear para soltarse. "¡Roderich! ¡Tenemos que ayudarle!" Él sólo tiró con más fuerza, y ella cedió, comprendiendo que no había nada que hacer. Roderich saltó por la ventana, aterrizando ruidosamente sobre el techo del coche. Antes de poder girarse para ayudar a Eliza, la húngara ya había saltado a su lado. Bajaron rápido y se montaron en el coche.
Mantuvo su mente en blanco mientras introducía las llaves, las giraba, metía la marcha y pisaba el acelerador. Sus manos se aferraban al volante, intentando parar el temblor. Había sobrevivido, pero aun no estaba a salvo. Un zumbido insistente en sus oídos cubría los gritos de la multitud que huía y los disparos de las metralletas. Conforme se alejaban de la escena, la realidad volvía poco a poco a formarse a su alrededor, su corazón iba calmándose, él, recuperando su compostura. A su lado, Elizabeta permanecía en un total silencio. El austriaco no apartó la mirada de la carretera hasta haber alcanzado el límite de la ciudad. Entonces paró en un desolado descampado y respiró profundamente, con los ojos cerrados. Ahora tenía que pensar cuidadosamente cuál sería su próximo movimiento. No ayudaba que la cabeza le diera vueltas.
Un sollozo ahogado le hizo abrir los ojos. A su lado, Eliza miraba al vacío con la cara contorsionada por el dolor. Pálidas lágrimas regaban sus mejillas.
Roderich la rodeó con los brazos, estrechándola tranquilizadoramente.
Gilbert.
Ese prusiano insolente había resultado ser un verdadero héroe, y Roderich le respetaba por ello. Ahora debía cumplir su voluntad y sacar a Elizabeta de allí sana y salva.
La húngara dio rienda suelta a la desesperación, hundiéndose en el pecho del gobernador.
.
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Un disparo cortó el aire.
Sólo que el disparo no provenía del rifle de Matthew.
El canadiense levantó la mirada de la mira, perdiendo la concentración. Poco a poco el mundo volvió a formarse a su alrededor.
Oyó los gritos aterrados del público. Oyó pisadas justo al otro lado de la puerta. Oyó disparos chocar contra el ladrillo. Oyó la voz de Alfred, gritándole agitadamente.
"¡SPETTRO! ¡RETIRADA!"
¿Retirada…? Matthew buscó al gobernador con la mira. En el escenario, una azafata se arrancaba la peluca pelirroja para dejar libre su pelo rubio. El gobernador corría hacia la salida acompañado de una mujer. Calculó rápidamente la posible trayectoria y se dispuso a dar un tiro de fe.
Su maniobra fue interrumpida repentinamente cuando la puerta del cuartillo se abrió de par en par. Un rubio con pinta de inglés entró en la sala con un arma. Matthew, tirado aun en el suelo, actuó rápido: aprovechando el instante en el que los ojos del intruso aun se ajustaban a la oscuridad, aprovechó su camaleónica habilidad para escabullirse rápida y sigilosamente justo por su lado, como una sombra. El inglés no se dio cuenta de lo que había pasado hasta que oyó las pisadas del canadiense alejarse de él.
Matthew corrió un par de metros, maldiciendo el no haber cogido su rifle, hasta que, al pasar por el lado de una amplia chimenea de hormigón, alguien le agarró del brazo y lo escondió. Justo en ese momento tres balas pasaron silbando justo donde había estado un par de milésimas de segundo antes, rasgando la manga de su chaqueta. Alfred soltó su brazo, mirándole con una amplia sonrisa.
"Como diríamos en nuestra tierra, it's show time!"
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"¡Sly! ¡Estoy aquí!"
Arthur se reunió tras el muro de ladrillo con Francis. Se asomó un segundo para vigilar a sus contrincantes, pero tuvo que esconderse rápidamente. Las balas del americano silbaron a su lado.
"¡Mierda! ¡¿Cómo no se nos ocurrió mirar aquí?"
Francis se asomó y dio un par de disparos, pero dieron en el cemento de la chimenea.
"Parecía el sitio menos probable, con tan poca vigilancia."
"Ha sido un fallo de principiante. ¡Todo por tu culpa, que me distraes!"
"¡Ah, ahora es culpa mía!"
"¡Claro que es culp—!"
"¡SLY! ¡SE ESCAPAN!"
En efecto, Il Spettro y su guardaespaldas habían aprovechado el momento para echar a correr. Arthur y Francis se lanzaron a perseguirles, zigzagueando entre cuerdas de tender cargadas de ropa. Apartaban las pesadas sábanas mojadas como podían, intentando no perder de vista a sus enemigos, lo que resultaba casi imposible. Arthur observó que Il Spettro reducía un poco la velocidad, quedándose por detrás, y su compañero intentaba tirar de él, preocupado. Francis también lo notó, y una sonrisa victoriosa cruzó su rostro. Estupendo. Si los cogían vivos, Romano dispondría de una fuente a la que sonsacar información, y quizás de un cebo para Il Russo.
La fila de azoteas se acababa, y ya no había salida. Ya casi estaban en el borde… tenían que pararse y rendirse. No les quedaba otra opción. Qué iban a hacer, ¿saltar al vacío?
En efecto, saltaron al vacío.
Confusos, Francis y Arthur aminoraron un poco el paso, deteniéndose en el borde sin dar crédito a lo que acababa de pasar. Cuando se asomaron, vieron cómo Il Spettro y su acompañante salían de un contenedor de basura convenientemente situado… y lleno de colchones. ¡Maldita sea! ¡Tenían planeada la ruta de escape desde el principio!
No debían huir. Si no podían atraparlos vivos, lo mejor era matarles. Arthur elevó su arma, pero antes de que pudiera disparar, el sonido de unos disparos hizo que se agacharan para buscar refugio tras el pequeño muro que delimitaba la azotea. Venían de una de las ventanas del edificio de enfrente. Arthur maldijo en inglés. Si saltaban, les tendrían a tiro. Y para colmo, empezaban a oírse pasos y voces provenientes de donde habían venido. Al parecer estaban rodeados. Arthur suspiró.
"Bueno, Ace. ¿Prefieres morir de un balazo en una azotea o en un contenedor?"
Abajo se oyó el ruido de un coche que se daba a la fuga, y luego un gran estrépito. Arthur se asomó un poco, lo justo para ver el contenedor volcado y los colchones esparcidos por el suelo. Soltó una risa amarga.
"Corrijo: ¿o tirarte desde tres pisos de altura y partirte el cráneo?"
Las voces se oían más cercanas y agitadas. Seguramente estarían buscándolos entre la ropa tendida. Pronto llegarían hasta ellos.
Francis se rió. A Arthur le entraron ganas de empujarle al vacío.
"¡No seas tan negativo, aun tenemos otra opción!"
"Ilumíname."
Francis se levantó y dio un par de disparos, acertando al mafioso del otro edificio. Su pistola tenía silenciador, por lo que no llamó la atención de sus perseguidores.
"Fácil. No hay tanta distancia desde esta azotea a la del frente. Podemos saltar."
Arthur se asomó y calculó la distancia. Unos cinco metros, puede que un poco más.
"¡¿Estás loco? ¡Es imposible!" Al francés se le había ido la olla. Intentar saltar esa distancia era, para ellos, un suicidio.
Francis le sonrió, confiado. "Vamos, Arthur. Seguro que lo conseguiremos. Confía en mí."
Arthur dudó un poco, pero al final asintió. No tenía otra opción. E iba a morir de todos modos si no lo intentaba. Ambos retrocedieron unos cuantos metros, cogiendo carrerilla.
Francis se concentró en su objetivo, intentando recordar aquella época en el club de atletismo de su universidad – al que se había apuntado para ver a las chicas entrenar más de cerca, pero al cual se había aficionado tras descubrir que tenía talento. Esperaba estar aun en forma después de tanto tiempo.
Miró a Arthur de reojo. Una mueca de concentración absoluta se reflejaba en la cara del inglés.
"¿Preparado?" Arthur asintió. "A la de tres. Una…"
"¡AHÍ ESTÁN! ¡COGEDLOS!"
"… ¡TRES!"
Francis echó a correr lo más rápido posible, con la mirada fija en su meta. Alcanzó la velocidad punta justo a tiempo, cogió impulso y saltó.
Surcó el aire ágilmente, cruzando el callejón y aterrizando a duras penas en el suelo de la azotea.
Perdiendo el equilibrio, rodó por el suelo un par de metros, hasta golpearse dolorosamente la espalda con una de las chimeneas. No le dio tiempo a quejarse, ya que el sonido de un disparo hizo que se incorporara instintivamente y buscara refugio tras el hormigón de la chimenea.
Con el corazón latiéndole a mil por hora y la adrenalina ardiendo en su cuerpo, Francis se tomó unos segundos para tomar aire. Jadeando, levantó la voz.
"¡Lo hemos conseguido, Sly!"
No obtuvo respuesta.
"¿Sly?"
Francis miró alrededor. Luego se asomó tras la chimenea para buscar a su amigo.
Pero no lo halló.
"¿A… Arthur?"
No. No lo había conseguido.
Con un grito de desesperación y rabia, Francis salió de su escondite y descargó su arma contra los desconcertados atacantes.
.
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Un disparo cortó el aire.
Lovino salió de su ensimismamiento y se puso alerta. Los sonidos de las metralletas, los fusiles y los revólveres pronto inundaron el aire. La puerta de madera crujía bajo la fuerza de los ciudadanos que intentaban escapar de la masacre, desgarrándose la garganta entre gritos de terror.
¿Había fracasado su misión? ¿Había muerto el gobernador? Incluso aunque Gatta Bianca estuviera infiltrada entre las azafatas como guardaespaldas, si Il Spettro había actuado lo más probable era que el gobernador estuviera yaciendo sobre un charco de su propia sangre en ese mismo instante.
Un contenedor de basura situado a unos metros de ellos, en medio de la carretera, resonó ruidosamente cuando algo pesado cayó en su interior. De él salía ahora un joven rubio… no, dos.
"¡Don! ¡Arriba!"
Romano siguió la indicación de su subordinado y miró a la azotea, justo a tiempo para distinguir a Sly y a Asso antes de que éstos se escondieran para protegerse de las balas del enemigo.
Su cerebro lo conectó todo en milésimas de segundo, y arrancó el coche rápidamente. Unos metros más adelante, los que habían salido del contenedor hacían lo mismo con su propio coche. Antonio miraba la escena, confuso.
"Romano, ¿qu—¡WAAAAAAAAAAH!"
Lovino había pisado a fondo el acelerador, saliendo a la persecución del coche enemigo, y volcando el contenedor en el proceso. Un colchón golpeó el parabrisas, y Antonio ahogó un grito sorprendido, agarrándose al salpicadero.
"¡¿Q-QUÉ…?"
"Il Spettro" dijo Lovino tranquilamente, sin apartar la mirada del coche gris. "Está en el coche. Hay que atraparle. Vivo, a ser posible."
Parecía que Il Spettro se había dado cuenta de que le seguían, porque pisó el acelerador a fondo para salir del callejón hacia la calle principal. Lovino no se quedó atrás, y aprovechó la ventaja que llevaba para acercarse todo lo que pudo. Antonio miraba atentamente el coche enemigo, con cierto entusiasmo en su expresión.
"Prepárate, bastardo."
Lovino retorció el volante, y ambos coches derraparon al salir del angosto callejón. Un coche se salió de la carretera para evitar el choque, haciendo sonar la bocina en señal de protesta. El malhumorado italiano asomó un dedo levantado por la ventanilla, y Antonio soltó una carcajada. Lo estaba disfrutando, el cabrón.
El coche objetivo giró de repente a la izquierda, internándose en una de las calles largas y estrechas de la ciudad. "¡Agárrate!" Con un volantazo brusco, el coche de Lovino le siguió dibujando un amplio arco y arañando con un agudo chirrido la carrocería contra una de las farolas de la esquina. Aceleraron por la irregular calle, que se ensanchaba y se estrechaba a capricho. Lovino sonrió confiado. Se notaba que eran extranjeros: esa calle no tenía apenas salidas laterales amplias que se pudieran coger a esa velocidad. Iba a ser fácil alcanzarles cuando tuvieran que frenar para hacer un giro brusco.
Para el horror de Lovino, uno de los ocupantes del coche enemigo se asomó por la ventanilla terminando de recargar su pistola, y se puso a descargarla sobre su preciado coche. Las balas dirigidas a ellos se estrellaban sin mucha puntería contra la carrocería del coche o silbaban a su lado. La furia se apoderó del ya rabioso italiano, que forzó el motor al máximo, haciéndolo rugir lastimeramente y ganando terreno poco a poco.
"¡MI COCHE, JODER! ¡MALDITOS CABRONES HIJOS DE PUTA!"
Antonio volvió a reírse. Menuda boquita que tenía el Don. El atacante gritó algo con acento americano (¿"Take that, assholes"?) y volvió al interior del coche a recargar su arma. Antonio observó que era un revólver, como los que usaban en las series del Oeste, por lo que las balas estaban limitadas a seis hasta la siguiente recarga.
"Lo quieren al estilo americano, ¿no? Bien." Antonio abrió la guantera, buscó dentro y luego se giró al conductor, algo fastidiado. "¡¿Qué tipo de mafioso no lleva un arma en la guantera?"
El italiano le gritó con voz irritada mientras giraba una pronunciada curva a la derecha. "¡¿Pero qué te has creído, que esto es una película? ¡Te dije que no había arma para ti!"
"¡Pues la necesito! ¡Dame un arma, YA!"
Lovino se giró hacia él con la intención de pegarle un puñetazo que le dejara en el sitio, pero se topó con una mirada peligrosa que le heló la sangre.
Los ojos esmeralda se clavaban en él fríamente.
Parecía un maníaco.
El italiano, sorprendido, volvió a concentrarse en la persecución.
"Coge la mía. Está colgada del cinturón."
El español cogió el arma sin dudar (una Colt, para su deleite; le gustaban las pistolas semiautomáticas), y bajó la ventanilla del coche. Acto seguido, se puso en cuclillas en el asiento y empezó a sacar el torso por ella. Lovino echó una ojeada rápida, alarmado. "Pero, ¡¿qué haces, bastardo?" Antonio, sin echar cuenta, se sentó al borde de la ventanilla y comenzó a disparar contra el otro coche.
¡Maldita sea, jodido loco, mierda, mierda, mierda! ¡Se iba a caer, joder! Bueno, ¡¿y a él qué coño le importaba? ¡A la mierda aquel bastardo! Se concentró en la carretera. Su coche era más potente y él era más habilidoso al volante que su contrincante, así que si seguía insistiendo acabaría alcanzándole. Ya a cuatro metros de ellos, el que tenía pinta de americano volvió a asomarse por la ventanilla y empezó a intercambiar balas con Antonio. Debido a las irregularidades de la carretera, el coche cimbreaba violentamente y apuntar era casi imposible, por lo que las balas no llegaban a impactar en el blanco. Un par de balas hicieron añicos el parabrisas, y Lovino tuvo que arrancar los pedazos de cristal que le dificultaban la visión.
Ya se acercaban al final de la carretera, y tendrían que aminorar la velocidad para girar a la estrecha calle transversal; el italiano aprovecharía ese momento para embestirles.
Pero el plan no salió como esperaba.
Unos gritos aterrados sonaron más adelante. El coche enemigo, en vez de girar y seguir por la carretera, había seguido recto y atravesado la valla que la separaba de la zona peatonal, y ahora embestía las mesas de la terraza de un café. Los peatones que podían se apartaban, pero Lovino juró ver un par de cuerpos volando por los aires. ¡Cabrones! ¡¿Por qué no habían seguido la carretera? Al menos, las víctimas colaterales habían frenado un poco el coche enemigo, por lo que se situaron a pocos centímetros de su parachoques.
Llegaron a una sección más ancha de la acera, y Lovino pudo maniobrar para poner a los coches en paralelo; eso dejaba a Antonio en la posición perfecta para disparar al conductor del otro coche fácilmente. Levantó la pistola, apuntando al interior del coche enemigo, intentando fijar el cañón sobre un miembro no letal… cuando un ruido metálico y sordo llamó su atención.
El americano había salido por la ventanilla y se había puesto de pie sobre el techo de su coche. De una patada, la Colt voló por los aires. La calle se estrechaba paulatinamente, y los barrotes de las ventanas bajas empezaban a rayar la carrocería de los coches, que avanzaban igualados por la larga calleja peatonal. Lovino pensaba seguir así hasta que los coches se quedaran atascados y no pudieran continuar, y entonces atraparlos. Antonio se metió de nuevo en el coche justo cuando el enemigo les embistió de repente. Una voz con acento americano se elevó por encima de los motores y los chirridos.
"¡PASE LO QUE PASE, SIGUE CONDUCIENDO!"
Acto seguido, el americano saltó al capó de su coche, haciendo resonar el metal y sobresaltando a los dos ocupantes, y agarró el volante. Lovino perdió el control del coche unos instantes, embistiendo el coche enemigo y perdiendo velocidad a la vez que forcejeaba por recuperar el dominio del volante. El americano se esforzaba en retorcerlo hacia la pared, y la carrocería producía chispas al rozarse con los muros de los edificios.
Antonio salió por el parabrisas y agarró al americano, apartándolo del volante. Ambos comenzaron a forcejear sobre el capó, impidiendo la visión del italiano.
Todo fue muy confuso.
Primero un estruendo metálico que hizo temblar el coche; luego la sensación de volar brevemente; dolor intenso; oscuridad.
"…—mano! ¡Romano!"
Lovino escuchaba su voz, pero no podía responderle. Dios… le dolía todo el cuerpo, y su boca sabía a sangre. Intentó abrir los ojos, pero sus párpados parecían no responder. ¿Qué había pasado…? La persecución… el estruendo… Hizo un esfuerzo por moverse, pero un dolor agudo se extendió desde su brazo al resto de su cuerpo, dejándole sin aliento. Un gemido ahogado escapó de entre sus labios.
"¡Romano! ¡Tranquilo! Coge aire poco a poco."
Lovino, desorientado, decidió obedecer a la familiar voz, y comenzó a respirar pausadamente. Olía a neumático quemado y a sangre. La mente de Lovino se iba aclarando por momentos, y podía sentir cómo recuperaba el control de sus entumecidos miembros poco a poco.
"Así está mejor. ¿Puedes abrir los ojos?"
Pesadamente, los párpados del italiano se separaron.
¿Tela roja?
Parpadeó extrañado y giró un poco la cabeza.
Ojos verdes.
Estaba entre los brazos de Antonio, que le dirigía una sonrisa aliviada.
"¡Menos mal que estás bien!"
Romano se separó rápidamente de él, sentándose delante en el suelo. El movimiento brusco volvió a hacer que le ardiera el brazo, el cual se sujetó con un siseo de dolor.
"¡Te… Te dije que no me tocaras, bastardo!"
Estaba ligeramente mareado, no sabía si por el accidente o porque toda la sangre había decidido subírsele a la cabeza de golpe. Miró alrededor, algo desorientado. No había nadie en la calle, ni siquiera curiosos. Lovino supuso que estarían en la plaza Mayor, o que preferían no meterse en los asuntos de la mafia. A sus espaldas estaba su coche – su querido coche, ¡joder! – con la carrocería machacada, rayada y agujereada; el parabrisas roto; el capó manchado de sangre. Unos metros más allá estaba la causa del accidente: un macizo y enorme macetero de piedra que yacía ahora volcado en el suelo, y del que Lovino no se había percatado. El italiano supuso que había salido disparado a través del parabrisas con el golpe, y que no se había matado porque el roce con las paredes había frenado al coche, suavizando el choque. No había rastro del coche enemigo.
"Mierda, los hemos perdido." Masculló el italiano entre dientes, observando con tristeza su malherido coche.
"No del todo."
Lovino se volvió. El español señalaba hacia unos cubos de basura volcados cerca de ellos. Sobre los cubos yacía el americano, inerte.
"¿Está vivo?"
"Sí, supongo. Al menos la última vez que lo comprobé." Respondió Antonio, con indiferencia. "¿Es ese Il Spettro?"
"No. Demasiado ruidoso. Es sólo su guardaespaldas… pero nos puede servir para llegar hasta él. Hay que llevárselo y… agh…" Lovino no pudo evitar sisear de nuevo, sujetando su brazo firmemente. Excepto un fuerte dolor agudo, no sentía nada de brazo para abajo, ni podía moverlo.
Antes de darse cuenta, Antonio estaba a su lado con una mueca preocupada. Puto ninja español. "Déjame verte el brazo, Romano."
"Trátame de usted."
"Bien, bien" Antonio se inclinó hacia él, adelantando las manos para tocar su brazo, "ahora déjeme v—"
"¡NO ME TOQ—AAGH!"
Lovino había retrocedido violentamente en un ataque de pánico, dañando su brazo en el proceso. Su corazón latía rápidamente, mientras imágenes del pasado pasaban por su mente a toda velocidad. Imágenes que prefería no recordar.
Antonio le miraba sorprendido. Cuando se recompuso, Lovino se puso de un color rojo intenso. Maldita sea, perder los papeles ante el novato bastardo… ¡joder!
El español entrecerró los ojos unos segundos, escudriñándole atentamente. Luego le sujetó el brazo firmemente, manteniendo una mirada autoritaria clavada en él. "Déjeme ver." Lovino ahogó un grito y masculló un par de insultos en italiano, pero le dejó hacer. Antonio le examinó el brazo brevemente. Con rapidez, agarró la parte superior del hombro con la otra mano y luego colocó el hombro en su sitio con un movimiento enérgico. Un sonoro crujido le indicó que el hueso había vuelto a su posición original.
Luego le miró con una sonrisa afectuosa. "¿Ves? No era para tanto."
Lovino se resistió con todas sus fuerzas para no romperle la nariz de un puñetazo.
Se frotó el brazo dolorido unos instantes. Maldito bastardo asqueroso, él no necesitaba su ayuda. Llevaba mucho tiempo en el negocio, sabía apañárselas sólo. ¿Quién se creía que era?
Aunque bueno, al menos había tenido el gesto de preocuparse por él. Lovino le miró de reojo. La camisa blanca del español estaba desgarrada y manchada de sangre (la tela roja que había observado al principio, supuso), tenía el labio partido y uno de sus ojos empezaba a amoratarse, seguramente por la pelea con el americano. Seguramente también tendría el cuerpo machacado, como él.
Volvió a sentirse culpable. El español se había preocupado por él, y él ni siquiera se había interesado en comprobar su estado. Ugh. Malditos remordimientos. Desvió la mirada, algo azorado. Esas cosas le hacían sentir incómodo.
"Uhm… ¿estás bien… um, bastardo?"
Lovino podría haber jurado que la cara de Antonio se iluminaba por unos instantes.
"Sí. Estoy bien, gracias. Todo lo bien que se puede estar tras salir disparado del capó de un coche." A continuación soltó una risa alegre que puso nervioso al italiano.
Esas ganas de darle un puñetazo aumentaban por momentos, al mismo ritmo que su azoramiento. Era como si su cuerpo se negase a mirarle o le rechazase de alguna manera. Temía que si le miraba fijamente, volverían las imágenes de su pasado.
Eran sus ojos verdes. Esos ojos verdes que le habían hipnotizado la primera vez que los vio.
Esos malditos ojos verdes del pasado que le torturaban.
Lovino se estremeció, y un silencio tenso se hizo.
Antonio lo rompió.
"Bueno… um… ¿qué hacemos ahora?"
Lovino se incorporó y se sacudió los pantalones.
"Metamos a ese en el coche y volvamos a la guarida."
"Sí. Déjeme a mí, Don."
Antonio echó al americano sobre su hombro y volvió con su jefe, que intentaba arrancar el maltrecho coche. Dejó la carga en el asiento de atrás y luego se sentó al lado del italiano.
"Bueno… ¿lo he conseguido?"
Lovino no le miró. "Conseguido, ¿qué?"
"Pasar la prueba. ¿Soy ya oficialmente de la banda, con derecho a pistola y todo?"
"Has perdido mi Colt, bastardo."
Antonio se amedrentó un poco. "Uh… yo…"
"Y te has comportado como un lunático."
"… Um…"
Lovino le miró de reojo, divertido ante la cara de arrepentimiento de su subordinado.
"Pero has capturado a un rehén importante. Por mí, estás dentro."
El español hizo un gesto de victoria. "¡SÍ!"
El coche arrancó al fin con un pequeño estallido del motor, y se dirigieron calle abajo. Lovino no podía dejar de preocuparse por el estado de su tío Francis mientras salían a la avenida principal.
A su lado, un feliz español silbaba una tonadilla alegre.
De fondo, gritos desgarradores y estallidos de plomo ardiente.
.
Fin del episodio 2
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¡Arthur! D: ¡¿Gilbert? DDDDD:
Sí, podría haber hecho que Francis hubiera agarrado su mano en el último momento y hubiera sido el héroe del día… pero esas cosas no ocurren en la vida real, queridos lectores.
Creo que el próximo episodio es un buen momento para hablar del pasado de Lovino, y de por qué reacciona de manera tan violenta ante el contacto con los hombres. Y por qué le turban la mente los ojos de Antonio.
Ah, ya sé que queréis Gerita, pero me temo que no saldrán de nuevo hasta el episodio 3. Siento las molestias. Pero no os preocupéis, tendréis fluff de ellos para rato, como os prometí~
Por cierto, estoy trabajando en un pequeño blog en español relacionado con Hetalia. Con mis tiras cómicas y tal. ¿Queréis verlo? - .com
Ah, y en twitter pongo información sobre mi fanfic a veces. Lo marco como #BallandoConIlDiavolo. Mi twitter es SoniaLoram, por si queréis hablar conmigo fuera de
¡Nos vemos!
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RESPUESTAS A REVIEWS "ANÓNIMAS":
(A Nayo: Oficialmente, eres adorable ajajaja~ ¡Gracias por comentar!)
(A Ale89: Jaja, bueno, en realidad es indiferente a quién elija porque…. NO TE LO CUENTO, EAH.
El pasado de los personajes es muy importante en esta historia ;D
Me alegro de que te haya gustado la parte AleIta~ Me encanta describir escenas Fluff ;w;
Y no te creas que no quería que Antonio soltara una guarrada, pero lo consideré improcedente en esa situación, ajajaj~
Lo de Mathew te lo contesta este episodio. Lo de Tino ya lo verás. Y lo demás no lo puedo desvelar, ¡lo siento! Gracias por el comentario~)
(A Anaki-Chan: Nunca había conocido a una persona tan amorosa xD ¡Gracias por leer, me alegro de que te haya gustado!)
(A Professor Layton: ADORO TU NOMBRE. ASDFASDFASDF. LAYTON UNF. Y jajaja, el profesor Layton es amante del Gerita, nunca me lo habría imaginado~ ¡Gracias por leer!)
(A anaokun: Aws, me alegro de que te haya gustado el Gerita. ¡Gracias por leer!)
(A anakasuita: DDDDDDDD: *se esconde por motivos obvios* ;A; ME VAN A JALAR LAS PATAS, SNIF. ¡Gracias por el comentario, jaja!)
