Summary: ¿Qué pasaba por la cabeza de Mimi antes de su visita sorpresa a Koushiro?
Dulce castigo
IV
Mimi tenía veintidós años y ninguna idea de cómo habían pasado cuatro años de golpe. Algunas veces se tumbaba sobre la cama y hacía cuentas mirando al techo. ¿Qué había hecho hace dos veranos? ¿Y antes de eso? Recordaba haberle dicho a su madre que quería cambiar el color de las paredes. El malva estaba bien a los quince pero ya no le gustaba tres años después. Sin embargo, nunca las había cambiado. Algún día se acordaba de comentarlo, después de mirar las paredes aburrida, caía en la cuenta de que todavía tenía eso pendiente.
―Este fin de semana me puedo acercar a preguntar los precios.
―Me parece muy bien, mi niña ―contestaba su madre.
Seguía siendo su niña. Seguía siendo la niña de todos. Renovaba el armario cada temporada y era el único modo que tenía para distinguir su edad en las fotografías. Su memoria era impresionante cuando se trataba de moda.
Cogió su reproductor de música. Llevaba mucho tiempo sin hacerlo, se había olvidado de la letra de las canciones. Rebuscó alguna interesante hasta que se dio cuenta: había dejado de utilizar ese aparato porque las canciones ya no la convencían lo suficiente. Debería renovarlas, pero nunca encontraba el momento.
―De este fin de semana no pasa. Este fin de semana lo haré ―se dijo a sí misma. Pero se había precipitado al hacer esa promesa, porque no las cambiaría nunca.
Volvió a preguntárselo: ¿qué había hecho en esos años? No era capaz de acordarse de algo que hubiese significado un cambio, algo sobre lo que aprender. Seguía siendo igual. Tan igual que se agobiaba solo de pensarlo.
Pero tenía que haber hecho muchas cosas, de otro modo no se explicaba por qué nunca tenía tiempo de cambiar las canciones o el color de sus paredes. Sí, debía de haber estado ocupadísima.
Se entretuvo pasando las fotografías en la pantalla de su móvil. Sus vestidos de invierno, sus vestidos de verano. Sus chicos de invierno, sus chicos de verano. No era capaz de recordar sus nombres. Quién sabe, la mayoría tenían nombres feos. Pensó que nadie podía culparla por no recordar nombres vulgares.
Con algunos se había besado, sí, pero no sabía qué pensar respecto a eso. Simplemente lo había hecho porque el momento la incitó, la había hecho creer que sentía algo, pero más tarde se daba cuenta del engaño. Rápido cometía el mismo error, pero ¿cómo podía estar segura de que la siguiente vez iba a ser lo mismo? Tenía que intentarlo. El amor existía y siempre empezaba con un beso.
Además, no podía arrepentirse de nada. Lo había pasado muy bien, y lo seguía pasando bien recordándolo, siempre que su orgullo no se hubiese visto dañado después.
Algunos viernes quedaba a comer con una de sus amigas. Compartían las últimas novedades, a veces parecía necesario hacer cosas solo para tener algo de lo que hablar.
―Y cuando bajé las escaleras me cogió de la mano y me besó. Estuvimos besándonos durante algo así como una hora hasta que me aburrí y le dije que debía irme a casa. Insistió en acompañarme pero a mí no me gusta eso. Ayer me estuvo mandando mensajes, pero no le contesté. Te los enseñaría pero me quedé sin espacio y borré todo. En fin, espero no encontrármelo hoy. Vamos, ya deben haber abierto las tiendas. Estaba pensando en comprar unos zapatos rojos y ponérmelos con el vestido nude, ¿te lo imaginas?
Sí, así habían pasado esos años. El color malva caía sobre ella, estaba en la misma cama, en la misma postura que el primer día que lo vio. Solo que odiaba ese color y todos los momentos que había pasado mirándolo.
Sus amigas ya no estaban. Las menores que ella estudiaban, las mayores tenían sus trabajos. A Mimi ya no le gustaba hablar con ellas, porque continuamente hablaban de sus clases y sus jefes, como si trataran de convencerla de que era demasiado mayor para no preocuparse por su futuro. El futuro iba a llegar, antes de lo que creía, por mucho que se resistiese a cambiar el color de unas paredes.
Había veces en las que comenzaba a llorar nerviosa por ese desfase de tiempo. Cogía un espejo y se tocaba la cara confirmando la elasticidad de su piel. Su madre intentaba animarla.
―¿Por qué no estudias algo? Creía que querías estudiar psicología, ¿te acuerdas?
Mimi negó con la cabeza, la simple idea de saber que al terminar la carrera tendría cuatro años más la espantaba.
―Quería, pero un chico me dijo que esa carrera solo la estudia gente con problemas. Y yo no quiero tener problemas.
―¡Qué tontería! ¿Quién te dijo eso?
―Un chico, la persona más inteligente que conozco. Tiene razón, mamá, tú no lo sabes pero tiene razón.
Algunas de esas amigas que ya no veía vivían con sus parejas. Durante un tiempo ella trató de hacer lo mismo. Ocurrió de casualidad. Se aburría, nunca tenía nada que hacer y se pasaba el día agarrando el teléfono esperando una llamada que no llegaba. Trataba de alargar el tiempo que pasaba en su casa, porque no estaba segura de cuándo podría verle otra vez. Al principio pasó algunas noches allí, luego se quedó hasta la hora de la comida. Más tarde, fines de semana enteros. Pero seguía sin tener nada que hacer entre semana, y poco a poco sus cosas invadieron el apartamento. Aún así negaba a todo el mundo que viviesen juntos, tan solo lo decía cuando se encontraba con alguna chica que presumiera de haber dado ese paso con su novio. Mimi no iba a ser menos.
Pero él ya no estaba. No tenía novio ni amigas con las que compararse.
La mayoría se habían cansado de ir de tiendas y de fiesta en fiesta. Ya no eran capaces de verlo interesante. Y cuando las escuchaba exagerando su felicidad, era consciente de lo que le intentaban decir. Crece, crece, asiéntate en un trabajo, ten pareja, deja de jugar, crece, crece.
A Mimi le parecía terriblemente injusto. Primero había abandonado sus muñecas por tratar de ser mayor, y cuando por fin conseguía acostumbrarse a la adolescencia, era tarde para eso.
Insistieron tanto para que empezase a quedar con chicos...
―¿Y qué hay de Koushiro? ―le habían preguntado.
―¿Estás loca? No podría salir con él, no podría en la vida.
―¿Por qué? Parece que os lleváis muy bien. Siempre os veo hablando en clase.
―Sí, pero entiende esto: no me gusta, me gusta estar con él, eso es todo. En serio, deja ya de buscarme novio. Me da igual, yo ya estuve con chicos en América y ahora no me apetece ―mintió. Nunca había estado con nadie.
Reservaba su primer beso como si encerrase el verdadero amor. A su alrededor veía a chicos y chicas no darse cuenta de lo importante que era eso. Pero ella lo sabía, las princesas se despertaban así. Creía que algo iba a cambiar cuando eso pasase, pero no lo hizo.
―¿No sientes nada por nadie?
―No sé, Mimi. Conocí a una chica hace tiempo, Taichi opina que debería invitarla a salir. Ha dicho que es guapa, pero de mi estilo.
―Taichi siempre dice que son guapas. Hasta lo dice de su prima.
―Es verdad. Pero creo que eso es poco importante, es algo superficial. ―Mimi estuvo de acuerdo, de algún modo se enamoró de esas palabras, aunque le dolían demasiado―. Prefiero tener gustos afines o alguien con quien me sienta a gusto cuando hablo. Tal vez deberíamos intentarlo.
Como si con esa frase se hubiese referido a ellos dos, Mimi le besó. Si no lo hacía, si lo dejaba marchar, pronto otra chica lo besaría y su amor sería para ella. No podía permitirlo. Era el mejor chico que conocía.
Pero no había funcionado, porque la sensación que acababa de impulsar a besarle desapareció en el mismo momento que lo hizo, se había convertido en nerviosismo. Respiraba aire caliente y eso solo conseguía que se sintiese torpe y nada a gusto, como se había convencido de que debía ser.
―Olvida esto, por favor, prométeme que lo olvidarás y que nunca me vas a mencionar que ha pasado. Si lo haces, no podremos ser amigos, ¿está bien?
Koushiro le dijo que sí, pero nunca fue cierto.
Mimi había hecho todo lo posible por olvidar ese momento, se contó una historia a sí misma sobre su primer beso, «ocurrió en América, jugando en un estúpido cumpleaños». Lo dijo tantas veces que hasta dudaba de cómo había pasado.
Pero a quién podía importarle su mentira.
A quién…
Se incorporó de la cama con brusquedad. Se limpió la cara, ocultó sus ojeras, se arregló el cabello y se puso su falda granate, la única que marcaba su cadera.
En este capítulo explico por qué Mimi no le había dicho a Koushiro que vivía con su novio, ya que no se lo decía a nadie salvo cuando se sentía insegura respecto a otras chicas. También se vuelve a mencionar el primer beso, ya es la tercera vez. Koushiro lo había calificado de poco inocente, aunque no fuese así del todo.
En fin, os aseguro que me gusta escribir este fic pero me cuesta horrores.
Por si no se entendió: este capítulo es predecesor al primero, puede verse en el final, cuando Mimi comienza a pensar en su primer beso y acaba saliendo de casa con su falda granate (la que se describe en las primeras líneas del fic).
