Día 04: Dos bailes

Prompt: "Pasiones" Patinaje

Es fácil entender la fuerza de atracción que posee Víctor, el pentacampeón era la absoluta definición de showman, entregando cada aspecto de su vida al público; si lograbas mezclarte con él seguro lograrías atraer los ojos de una gran fanbase pues jamás se equivocaba en montar un gran espectáculo. Por eso a Yuri no le sorprendió la buena cantidad de patinadores reunidos a participar en el Onsen on Ice de ese año, Christophe Giacometti, los hermanos Crispino, Emil Nekola, Mila, Otabek, la ganadora mundial de oro, plata y un patinador tailandés; no se metió con la lista de músicos pues el cerdo se veía exageradamente feliz con ellos.

Hablando del katsudon, le miró rápido en el vestidor tratando de zafarse de las hábiles manos del patinador suizo, pidiéndole dejarle en paz para poder ir a practicar, hicieron contacto visual un segundo y decidió no querer estar en la misma habitación que él un segundo más, terminando de atar sus patines salió camino a la pista dónde Víctor se desplazaba dando vueltas sin más sobre el hielo.

—Creo que la pista se encuentra bastante bien, entra Yurio, patina conmigo para calentar —dijo con los ojos clavados en las marcas que dejaban las cuchillas de sus patines.

Yuri miró atrás, quería esperar a Otabek salir de los vestidores para poder hablar con él, existen temas complicados de explicar por teléfono como "besé a Yuuri hace un mes, desde entonces no me mira a los ojos ni a mí ni a Víctor, debe tener la bizarra lógica de por corresponderme le fue infiel o una basura así" y necesitaba urgentemente un consejo. Aún así no se negó, entrando a la pista a dar vueltas con su compatriota ruso.

Contaba con la torpeza de Víctor para afirmar que no notaría la insoportablemente tensa situación entre el cerdo y él, no había preguntado nada hasta ese momento.

—Yurio, últimamente Yuuri y tú han estado muy extraños.

Obviamente, estaban actuando de una manera tan anormal que hasta el señor no-sé-leer-el-ambiente-Nikiforov pudo verlo, maldición, trató de alejarse lo más posible de él pero Víctor fue más rápido acercándose a tomarle con la mano izquierda la cintura y sujetando su mano derecha en una clásica postura de Vals.

—Suéltame, Víctor.

—Debe ser una pregunta un poco tonta, les vi besarse hace semanas a final de cuentas, esa tarde olvidé la tarjeta de crédito en Yutopia, por eso iba regresando, dejaste muy mal a Yuuri.

El rubio se quedó rígido como una piedra con la cual Víctor continuó girando esbozando su clásica sonrisa de corazón.

—Para tu suerte él no es tan tradicionalista, no te pidió tomar responsabilidad por un beso tan apasionado.

—Espera, ¿Por qué estás tan tranquilo? ¡Besé al cerdo frente a ti!

—¿Eh…?

El pentacampeón le miró sin entender, deteniendo su improvisado baile.

—Besé a tu futuro esposo, deberías estarme marcando un límite —explicó gruñendo.

—Oh, ya veo dónde estas equivocado —comentó Víctor reanudando sus movimientos circulares, pintando una sonrisa triste—. Entre Yuuri y yo no hay nada.

—¡Eso es mentira! ¡Siempre andan presumiendo ese par de anillos y no pueden pasar tres minutos sin coquetear entre ustedes!

—Yurio, vivimos juntos, cómo han pasado muchas cosas tampoco ha ocurrido nada que yo quisiera.

Yuri tardó unos segundos en entender el verdadero significado de esa frase, enrojeciendo al instante hasta los oídos.

—Él no me ama de esa manera —dijo con la voz hecha un hilo, bajando la mirada derrotado.

Por primera vez sintió verdadera empatía hacia el siempre grandioso e inalcanzable Víctor Nikiforov, podía tener a cualquier persona a sus pies menos a ese japonés cuyo atractivo inocente era capaz de arrasar con todas las barreras impuestas a lo largo de su vida. De ambos, joder, si cualquier persona le hubiese predicho que un simplón cerdito les rompería el corazón lo patearía hasta el cansancio por decir tonterías.

—Esto es una mierda.

—Cuida tu vocabulario, aún eres muy joven.

—¿Qué debería hacer ahora?

—No me preguntes eso a mí, ya he fallado.

Le soltó alejándose de él.

—¡Yuuri! ¡Vamos a practicar ese grandioso hydroblading de tu programa corto! —llamó tan pronto este salió de los vestidores, haciendo gala de ese extraño sexto sentido para detectar al japonés.

Pasaron un rato calentando sobre el hielo, con varios patinadores uniéndose gradualmente, dándole tiempo a Yuri de pensar bien su situación actual. Si el cerdo correspondió a ese beso quería decir que él no le desagradaba del todo, seguramente la distancia tomada fue por algún bobo prejuicio, a final de cuentas no dejaba de ser una persona extremadamente tímida sin contar con la irremediable diferencia de edad.

Aprovechando que Víctor pasó a hacer el tonto siendo levantado por el patinador suizo entre risas Yuuri se alejó a practicar simples secuencias de pasos parecidos al zapateo de algún tango. Amaba verlo así, concentrado en seguir su instinto, improvisando al ritmo de su música interna con una expresión tan segura de sí mismo en el rostro, demonios, se había vuelto todo un fanático.

Lo acorraló contra el borde de la pista para evitar pudiera escapar como lo ha estado haciendo todo ese mes, sin decir una sola palabra le tomó entre sus brazos elevándolo al aire mientras clavaba firmemente la mirada en sus ojos.

—¿Yurio?

—Me gustas… Yuuri —soltó apenado, dejándole en el hielo.

El japonés parpadeó sorprendido un par de veces antes de deslizarse hacia atrás, conteniendo la risa gracias a los nervios.

—Te has confesado como todo un adolescente, incluso me has llamado por mi nombre —dijo sonriendo tímidamente.

—No me trates igual a un niño —gruñó con los hombros en alto.

—Entonces seré sincero, no puedo responder a tu confesión ahora.

—¿Por la diferencia de edades?

—Son muchas razones, se paciente, no esperaba que tú por sobre todas las personas del mundo desarrollara sentimientos por mí.

—Lo sé, eres sólo un cerdo.

Esbozando una sonrisa confiada rodeó el cuello de Yurio con ambos brazos, pegando ambas frentes moviéndose a su propio ritmo.

—Algo en ti debe estar muy mal para enamorarte de un cerdo.

—¡Cierra la boca! —regañó afianzando su cintura.

Dejándose llevar por los encantadores pasos de su rival, sumidos en la mirada ajena e inundados de una felicidad desconocida para él hasta ese momento se dio cuenta de lo estúpido que debió ser sufriendo por un amor al cual todavía estaba a tiempo de cosechar.

Continuará…