Autora: 29 de Diciembre de 2014. Probé modificando y puliendo ciertas personalidades, que considero, estaban en una dimensión demasiado inferior a lo que podrían representar realmente. Dejé de forzar comedia con los Vargas y en ese momento noté que se acoplaron de maravillas a la historia. Sencillamente, aquí no podían estar como un acompañamiento bizarro.

Amando con toda mi alma a Pandasick, por editar este y todos los demás capítulos.

Advertencia: Violencia, malas palabras, vamos, lo de siempre.

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Capítulo 4: "ESFUERZO INEXPLICABLE"

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— Deja de gruñir, es sólo una bolsa de hielo— Sin demasiado amor colocó la abultada bolsita helada en la mejilla del americano.

— Sólo cállate — Refunfuñó sin ganas, Alfred. Por la respuesta, Arthur le apretó con más fuerza la bolsa con hielo ignorando con cruel indiferencia los grititos de dolor (y la sarta de creativas groserías) que proliferaba el chico.

— ¿Cállate? ¿Quién te crees para responderme así? ¡Cállate tú, idiota! —Desde la puerta de la cocina, Matthew observaba el espectáculo que mostraban esos dos.

Suspiró buscando paciencia y con los ojos sombríos miró la marca en el rostro que tenía Alfred. Tras esperar por más de media hora en la salida a su hermano, decidió irse al departamento. Cuarenta y cinco minutos después, resignado a que el idiota de Alfred no aparecería hasta la noche, mientras hacía un trabajo de historia universal, sintió unos golpeteos en la puerta y salió a abrir quedándose estupefacto al encontrar a Alfred y al chico recién conocido, Arthur, parados frente a él.

El rubio más bajo traía el labio partido, emanando un pequeño río de sangre fresca y el más alto daba a conocer al mundo un moratón de color azul en su pómulo izquierdo y el uniforme manchado de sangre.

Maldecía el don inexplicable de Alfred para buscarse pelea a cada momento. Más aún cuando ese don arrastraba a otros de por medio.

Estaban en la sala de estar de aquel pequeño departamento.

— ¿Alguien me puede explicar ahora que es lo que ha sucedido? — Su voz sonó grave, era una preocupación ciega y una mortal angustia por su hermano y por Arthur.

Los aludidos lo miraron en silencio unos segundos, siendo el menor quien se decidió a romperlo.

— Estaba caminando cuando un imbécil me plantó cara por un empujón y el soberano cobarde con su manga de idiotas me atacó— Corto y preciso. Siempre yendo a dirección que le conviniera. Matthew ya sabía el tipo de sus respuestas de memoria. — Maldito cobarde, eran cinco.

— Lárgale toda la historia— Arthur lo miró enfadado. Sabía toda la historia, el chico de ojos morados lo notaba. Esperó el suspiro cansado del adolescente antes de proseguir— Aquel era un pandillero con el cual tenías una deuda. Tras el empujón y viéndote solo, te exigió que le pagaras lo que Dios sabe le habrás pedido. Tú como siempre no pudiste callarte y le empezaste a gritar que se fuera a la mierda.

— ¿Y tú como sabes todo eso, imbécil? — Cerró los ojos desconfiado Alfred. El que supiera tantas cosas le ponía los pelos de punta.

—El rector me mandó a que te trajera de vuelta así que te seguí, intento de reo fugitivo.

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Caminó por las ajetreadas calles de la ciudad en busca de la zona periférica, donde seguramente estaría el mocoso. Los parques y plazas eran lugares muy obvios y no parecía que ese imbécil tenía alma de querer sentarse algún día en una plaza a escuchar los pájaros, así que lo descartó. Trotó con rapidez sobre la vereda esquivando a los transeúntes.

Saint John's estaba a unos veinte minutos en bus de los bares más cercanos, pero él se sabía un atajo. Dobló hacia la derecha y luego a dos cuadras más adelante hacia la izquierda. Un doble pálpito. De nuevo una corazonada como cuando lo encontró en la sala de música.

Dobló de nuevo a la derecha.

Las veredas comenzaban a enangostarse. Los edificios y casas comenzaban a ser más y más grises y desaliñadas. Los carteles de night clubs aumentaban. A su izquierda había una cancha de tierra y tras ella un bar que rezaba "El Pirata Oscuro".

Los recuerdos le atacaron la cabeza.

Recuerdos buenos y la mayoría malos.

Recuerdos todos amargos y que no debían salir a la superficie de su conciencia.

Giró a la derecha y se metió por entre unos callejones hasta dar a otra calle llena de letreros luminosos aun cuando estaban de día. Buscó con la mirada a ese idiota y ahí lo vio, parado en la vereda frente a un pub.

Estaba discutiendo acaloradamente con un chico alto, de musculatura monstruosa y un peinado particular que Arthur se preguntaba qué cosa tenía en la cabeza. Sus mechones disparatados iban hacia arriba, como si hubiera gastado kilos de gel en ese peinado. ¿Bajo qué moda se regía ese esperpento?

Agudizó los ojos mientras veía escondido tras una muralla de ladrillo gastado, parado de forma natural, sin que nadie sospechase. Aunque claro en ese barrio de mala muerte no es como si a alguien le importase que él estuviese escondido disimuladamente.

Notó a su sorpresa que el peinado no tenía ninguna sustancia. Mientras le gritaba a los cuatro ojos, el pelo subía y bajaba con total soltura.

Vaya especímenes de hoy.

Detrás de él y sin ningún gesto específico estaba un chico quizá dos o tres centímetros más alto que el otro, quizá rozando los dos metros de altura con rostro aterrador. Los ojos gélidos como un demonio de invierno. A Arthur le dio un escalofrío. Tenía a piel pálida y con ojeras y el pelo tan rubio como todos los que estaban ahí metidos.

Parecía casi un rasgo esencial como para estar en ese grupo. Momento. Había un albino.

Miró al hombre monstruoso. Calculó con detenimiento el tamaño de sus músculos y cuánta sería la fuerza de uno de sus puñetazos. Tras la chaqueta negra se reforzaban los bíceps demostrando que no era precisamente un contendiente fácil.

— ¡Dame mi dinero, hijo de puta!

— Vete a la mierda. —Respondió socarronamente Alfred, que tenía que mirar para arriba por unos diez centímetros. Arthur lo maldijo por ser tan idiota y no buscarse un contendiente más acorde a su tamaño, o por lo menos un enemigo y no cinco. Ahora sí que no importaba lo que sucediera, no lo salvaba.

Oscuramente se llenó de satisfacción pensando que no tendría una tarea extra pues ese idiota estaría en el hospital un buen tiempo.

Pero luego la borró de su mente sin entender por qué.

— ¿Qué dijiste? —Alterado se irguió y apretó los puños directo a atacar al chico con uniforme, lo tomó del cuello y lo tiró contra una muralla, empujando a dos mujeres de mala vida que estaban apoyadas y salieron chillando.

— Lo que escuchaste —Le empujó de una patada y le asestó un puñetazo en la nariz. Comenzaron a revolcarse en el piso como dos perros de peleas mientras los otros cuatro seguían de pie sin alterarse en lo más mínimo.

Arthur se preguntó por qué no se metían o la detenían. Se extrañó más cuando uno miraba nervioso de un lado a otro tras la espalda del chico aterrador. No parecía de este bajo mundo. Su rostro y sus gestos eran ajenos a los de este lugar. Parecía querer acercarse y detener la pelea pero sabiendo que no recibiría más que golpes de respuesta tironeaba la manga del chico demonio mientras señalaba a las dos bestias que seguían peleándose.

De un momento a otro, el hombre demonio lo abrazó torpemente. ¡Lo abrazó!

¡Eso de ahí abrazaba al chico con cara de niño!

Arthur miraba aterrorizado al ver que el hombrón grande era gay y tenía pareja. No es que fuera homofóbico pero ver a ese tipo aterrador que parecía asesino sujetando y protegiendo de alguna forma a un ser vivo le causaba escalofríos.

A la derecha del chico estaba el albino con gesto de aburrimiento y tras él, un muchacho rubio que miraba con frialdad la pelea a sus pies. Sus ojos violáceos llamaban la atención, totalmente apagados y sin vida.

Cuando vio la sangre llenando el cemento Arthur decidió interrumpir antes de que esto se fuera de las manos.

Al diablo con no interrumpir, esto se volvería dentro de poco un asesinato.

Corrió y apartó con puño de hierro a los dos que buscaban matarse a golpes. Lo zarandeaban de un lado a otro buscando soltarse. Al ver que le era casi imposible gritó a uno.

— ¡Eh tú!— Llamó al chico albino que alzó una ceja. Empujó al de pelo raro contra él — ¡Sujétalo ahora!

Arthur se veía más bajo y más débil que las bestias que sujetaba pero era sorprendentemente fuerte. Empujó al otro de más de ochenta kilos como si no pesara más que cincuenta. El rubio de al fondo alzó un ceja sin decir nada. El albino a duras penas sostuvo a esa máquina para matar. El de rostro aterrador lo tuvo que ayudar y casi se pelean entre ellos.

— ¿Qué mierda haces aquí? — Soltó Alfred frente a todo saludo mientras seguía luchando por liberarse del agarre del británico— ¡Suéltame, hijo de puta!

Arthur lo sujetó con odio y lo tiró contra la muralla

— Un segundo— Soltó con cansancio, no dejando al otro moverse hacia delante. Acercó su rostro al contrario— ¡Un segundo y tengo que venir a salvarte!

— ¡Nadie te pidió ayuda! — Los ojos azules brillaban en fieros. Sudaba y la sangre corría por una de sus cejas. Arthur lo miró un segundó enojado y volteó a ver al grupo delante de él que lo miraba desconfiado.

— Hey tú, el del pelo raro— Se dirigió al rubio que seguía tratando de soltarse. — ¿Cuánto te debe?

— Y a ti que te importa— Soltó Alfred dentro de abrazo forzado. Arthur lo siguió ignorando, esperando la respuesta de aquel toro que estaba a unos metros delante de él.

— Cincuenta y cinco dólares —Escupió el otro con rasposa voz. Como pudo sacó de su bolsillo un billete de cincuenta y otro de diez. Los tiró al piso, frente al quinteto.

— Cincuenta y cinco de la deuda y cinco de regalo. Listo— Se dio media vuelta y tironeó a Alfred enojado. — Vamos.

Lo demás pasó rápido.

En menos de un segundo sueltan al de pelo excéntrico y sin dejarle reaccionar, Arthur es tumbado de un golpe en las costillas.

Luego recibe otro puñetazo en la boca, abriéndole la herida creada por Alfred, apenas cerrada y una patada más en las costillas que crujieron. El hombrón lo comienza a atacar sin darle tiempo a moverse hasta que alguien lo saca de encima, Alfred.

Alfred, lo había golpeado por la espalda, tirándole lejos de un puñetazo.

Arthur se sentó secándose con rapidez la sangre que corría por el mentón. Miró asustado como el chico de ojos apagados señala al demonio y luego a ellos, el otro asiente y se tira contra los dos que de nuevo están matándose.

Mierda. De nuevo metido en problemas.

La imagen de Julio Cesar cruzó su mente por un instante y luego se dirigió a tenebrosos recuerdos.

Miró a Alfred.

Rompería la promesa para cumplir la orden que le dieron. Irónico. Peor aún, por alguien que ni siquiera conocía o se llevaba bien.

De nuevo metiéndose a este viejo mundo aun cuando había logrado escapar y cumplir una vida medianamente normal.

Aunque tampoco podía dejar a Alfred solo, esperando a que esos monstruos lo mataran. Algo le decía que no lo podía dejar solo. No entendía qué. Quizá era una misericordia divina que se posó sobre él, infundiéndole aquel sentimiento tan santo. O tal vez, no quiere ser partícipe de un homicidio.

Sonrió con amargura y se abalanzó contra las costillas del hombre aterrador, en un tacleo perfecto.

Bienvenido bajo mundo.

Sonrió con pesar.

Antes de que el hombre grande reaccionara le dio un puñetazo en el mentón, mareándolo. Dio dos puñetazos más, aprovechando los segundos que se le eran regalados y dejó inconsciente al hombre que ni se dio cuenta de lo sucedido.

Que viejos y malditos recuerdos cuando peleaba con gente más grande que él.

Cuando le ganó al holandés a los quince años.

Al final de la pelea, riendo con la boca llena de sangre pisoteando el cuerpo del vencido.

Un recuerdo que prefería de más olvidar.

Miró con cansancio a los dos Doberman que seguían atacándose. Antes de reaccionar siquiera, una voz lo interrumpió.

—Soren, detente— Grave y monótona. Sin ninguna emoción mezclada en aquel conjunto de palabras. Giró a ver quién lo salvó de tener que separarlos de nuevo. Era el rubio del fondo. El con cara de nada.

El otro como un perro que obedece a su amo, se detuvo y dejo de masacrar el cuerpo del americano, que estaba exhausto y lleno de golpes y sangre al igual que él.

Se levantó sin quitarle los ojos de encima al más bajo que respiraba a bocanadas irregulares y viendo que el otro no se abalanzaba se acercó al rubio que lo llamó sin mirar atrás.

Arthur aprovechó y se dirigió hasta donde Alfred. Lo ayuda a levantarse mirando con desconfianza cualquier movimiento brusco.

— Tu nombre— Tras tener a su lado a la bestia, el chico sin expresión se dirigió a él. Mientras ayudaba a levantar al apestoso y desgraciado chico que conoció hoy día, respondió con seriedad.

— Arthur. El tuyo— Mirándose fijo. Como jefe que habla con otro jefe. El tipo misterioso contestó.

— Alexander.

Alexander. Alexander y Soren. Ya con esos nombres averiguaría quienes eran este grupito. Se dio media vuelta sin despedirse y se fue, sujetando la espalda de Alfred que cojeaba un poco.

Siguieron caminando. Apoyados el uno en el otro. La gente los esquivaba al caminar como si fueran dos leprosos.

Sin percatarse los dos sonrieron de medio al notar el rechazo, aunque ninguno fue consciente de que el contrario hizo lo mismo.

Arthur los llevó hasta un local de comida rápida. Mientras se preguntaba como un McDonalds® podía seguir de pie en este barrio, tiró a Alfred a una silla sin mucho amor y tras pedir dos bebidas, se fue al baño.

— ¿A dónde vas? — El de ojos azules lo miró con cierta curiosidad mientras tomaba de su Coca-Cola® y frente a cualquier otra pregunta le cortó.

— Sólo quédate aquí— Fue hasta el baño, horrorosamente sucio pero con lo que le importaba al chico: Papel higiénico. Sacó largos trozos del dispensador y tras enrollarlos, mojó unos pocos en el lavamanos. Con uno de ellos se limpió la sangre seca de su cara y brazos y con un trozo sin mojar se secó. Con los papeles sin usar salió y se dirigió a la mesa donde estaba el niño idiota comiendo un combo. Se fastidió— Tienes dinero para esto y no para pagar una deuda.

Recibió de respuesta el dedo del medio. Suspiró y se sentó robándole una papa frita.

— ¡Hey! Cómprate tus papas fritas— Rezongó el chico.

— Te compré una bebida, merezco robarte— Y para sacarle de quicio le robó otra masticándola lentamente. El mocoso lo miró con odio mientras seguía comiendo, cuidando de no ser víctima de un robo hormiga nuevamente.

Tras comer, le pasó los paños y aunque el norteamericano rechazó el papel mojado, Arthur se los aventó encima y lo limpió con brusquedad.

— ¡No eres mi padre! ¡Suéltame! — Se removió esquivándolo. Arthur le sujetó del hombro con fuerza.

— ¡Deja de quejarte y quédate tranquilo! — Seguía sobre él tratando de limpiarle la cara y un poco de la camisa. No podía estar por las calles así.

— ¡Qué me sueltes! — Gritó abochornado. No acostumbraba a sentir alguien tan próximo a él y menos en son de ayudarle.

Alfred no lo comprendía ¿Por qué se esforzaba tanto en darle de su ayuda?

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Estaba de descanso, en el patio del instituto con uno de los chicos de su curso llamado Feliciano. Un chico algo excéntrico pero de gran corazón y Elizabeta, una muchacha de una personalidad escalofriantemente fuerte.

Le habían acompañado desde el primer día luego de que entró al salón con ese empujón brutal de su hermano.

Eran gente simpática. Matthew se sintió a gusto junto a ellos. Mientras bebía una soda pensó que tal vez podría convivir con tranquilidad y por fin podría llegar a tener amigos.

El viento soplaba algo frío pero el sol era cálido. Sentados en el pasto recién cortado aprovechaban de los últimos días de verano. Elizabeta hablaba sobre un chico que no recordaba su nombre con otro también de nombre extraño que según sus suposiciones, tramaban algo homosexualmente interesante.

Feliciano se largó a reír antes las ideas de su amiga y Matthew sonrió.

Las risas le relajaban, hace tiempo que no escuchaba tantas carcajadas de felicidad, sin ningún atisbo de dolor o risas forzadas. Alfred estaría feliz si lo supiese.

— ¡Idiota! — Las tres cabezas voltearon a ver de dónde provino el grito. Era un muchacho igual a Feliciano, pero de pelo más oscuro y los ojos de color oliva a diferencia de los color miel de Feliciano. Traía un curioso delantal de cocina y un paquete sobre sus manos. Un rulo se movía agitado mientras él corría.

El mismo rulo que tenía Feliciano.

Matthew abrió los ojos con sorpresa.

— ¡Se te olvidó tu almuerzo, tarado! — Tras darle el recipiente le largó una colleja que dejó al otro sollozando. Puso las manos en jarra y lo señaló acusador— Ésta es la última vez que te hago el favor. Tuve que dejar el negocio con Marco.

Matthew, a un lado del chico regañado escuchaba cada vez más extrañado la conversación. ¿Negocio?

— ¡Perdón! ¡Perdón! ¡Perdón! ¡Hermano no lo vuelvo a hacer pero por favor no te enojes conmigo! — Sujetado como un koala de sus piernas, el de pelo cobrizo lloriqueaba como un niño pequeño. El otro lo miró molesto y trató de soltarse.

― Suéltame, cargante. Debo volver ahora— Feliciano se soltó y lo dejó ir.

— Sí, disculpa — No se dio por aludido y siguió trotando de media vuelta hasta que desapareció doblando la esquina.

Los tres quedaron un momento en silencio.

— ¿Tenías un gemelo? ¡Por qué no nos dijiste! — Elizabeta le dio un remezón y el chico se rio levemente.

— Pues porque no me lo preguntaron.

Feliciano era la simpleza misma. No tenía una mente compleja y hasta era algo torpe.

— ¿Por qué no está en el instituto? ¡Cuenta, cuenta! — Como una cotilla la chica morena se acercó más. Feliciano le respondió con una sonrisa serena.

— Porque Lovino tiene que ser fuerte por los dos.

Pero escondía dentro un profundo pesar y hacía a veces sentir que aquella torpeza característica era solo una pequeña máscara de su personalidad completa.

El americano lo miró asombrado.

"— ¡Porque tengo que ser fuerte por mí y por mi hermano! ¡Por eso hago lo que hago!"

"— Oh cállate, anciana miserable. Tú no has hecho nada para ayudar a Matthew. No me mientas. Eres débil, no aprendiste nunca a ser fuerte.

"— ¿Rebelde? Si rebelde te refieres a lo que soy por todo lo que he hecho por Matt pues tómame como un rebelde, la oveja negra y si quieres desherédame, me importa una mierda. Estoy bien como soy."

Su hermano…

Miró el cielo pálido. Todos los cambios y todos los golpes y caídas. Su hermano no era feliz como era pero…

La imagen de Arthur con la bolsa de hielo sobre el rostro de Alfred se le vino a la mente.

…Quizá hubiera cierta persona que podría cambiarlo. Díganle que era una esperanza, una locura o una corazonada. Pero sentía que el tutor de su hermano iba a ser una persona de vital importancia dentro de su vida. De la de él y la suya.

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Lovino seguía corriendo hacia su Vespa. Maldijo al ver la hora en su reloj.

Estúpido Feliciano que se le ocurría no traer su almuerzo y tampoco está en un lugar cerca de la entrada, haciéndolo pasar las de Caín para hallarlo. Hijo de puta.

Claro, con respeto a mamá.

Había dejado el restaurante solo y sabía que Marco era una inútil en la cocina. Quemaría el lugar en un santiamén, si es que ya no lo ha hecho.

Un empujón.

— ¡Lo lamento! — Su trasero le dolía, cayó de golpe al piso al chocar con un mastodonte sin cerebro.

¡Claro que debía lamentarlo! Abrió los ojos tras sobarse su pobre trasero y observó dos ojos brillantes que lo miraban expectantes. No pudo ver bien la cara porque estaba a contraluz pero luego de levantarse, sin la ayuda de ese imbécil, claro, pudo verlo mejor. Un típico tonto

— Soy Anto…

— Si, si lo que sea. Muévete estoy apurado, torpe— Sin mirarlo dos veces siguió de largo, dejar a Marco a cargo era peligroso. ¿Y si se llenó y se las dio por cocinar? Abrió los ojos asustado y comenzó a correr.

¡Anciano de mierda, que no tocara la cocina!

Tan apurado estaba que no notó como los ojos verdes seguía mirando su espalda fijamente.

—…nio. Hola, soy Antonio— Susurró.