.
Sherlock Holmes:
Sinfonía
IV
Recluso
Opening: I Hate Everyone de Get Set Go
Dedicado con mucho cariño a Marpesa Fane-Li y Naoky,
que siempre me inspiran a seguir escribiendo…
Colocar la cabeza en el capó de tu coche
Me llevaría demasiado lejos
"Bloodbuzz Ohio" The National
Lay my head on the hood of your car
I take it too far
"Bloodbuzz Ohio" The National
Fue un manjar apetitoso, y le pareció una delicia. Miró al plato, y cuando se encontró con el vapor del estofado aún emanando de las verduras sintió un extraño remordimiento por estar disfrutando de ese platillo, incluso cuando tantas cosas habían ocurrido.
Amargado con esa perspectiva, John Watson se volvió incapaz de disfrutar el resto de su comida. Pero se la comió a regañadientes.
Había encontrado el restaurante unas cuadras más adelante, después de haber despedido con dos peniques al muchacho que le llevó el telegrama.
Ahora acababa de terminar con su platillo, y se detuvo en seco sobre el respaldo de la silla, tratando de encontrar una nueva perspectiva a su problema, a aquel asunto que ahora colmaba de sinsentidos sus pensamientos.
—¿Doctor Watson? —Una dulce camarera se había acercado a él, y lo miraba ahora con pesar; absortos en sus pensamientos, Watson tardó un momento en voltear a ver a la mujer—. ¿Está usted bien? ¡Oh, pero qué desconsiderada de mi parte! ¡Discúlpeme, doctor! Yo no quería… es que verlo a usted tan cabizbajo me provocó… Oh, doctor, usted no se merece lo que le ha sucedido a su esposa. Ya verá que todo se resolverá y la señora Mary regresará.
El arranque de la camarera distrajo a John de sus pensamientos. Tuvo un sincero ataque de sonrisas ante la inocencia y preocupación de la camarera.
—Tranquilícese usted, señorita. Agradezco profundamente sus inquietudes, y sus preocupaciones —dijo.
—Lo lamento mucho, doctor, no quise ser inoportuna —se volvió a disculpar—. Es que… hace unos meses usted atendió a mi bebé cuando le dio catarro en invierno… aún creo que sin usted mi bebé no lo hubiera logrado… Y luego, esta mañana estaban corriendo los rumores acerca de lo que le sucedió a su esposa y yo me preocupé bastante. Quería… necesitaba saber que usted está bien.
—Muchas gracias por sus preocupaciones, señorita.
Después de un momento John tomó su bastón y salió del pequeño restaurante, y se dirigió a la estación policiaca. Necesitaba saber si tenían alguna respuesta o una solución acerca del crimen. Subió la colina nevada, hundiéndose sus pies con cada paso.
Cuando llegó notó la mirada acusadora del recepcionista, que después lo mandó a una pequeña oficina; no la de David, la de algún otro oficial.
Tocó la puerta, y una voz profunda adentro lo hizo pasar.
—Buenos días —saludó John.
—¡Oh, doctor! Muy buenos días tenga usted. Pase, pase —John se sentó en una silla frente al escritorio del hombre; tenía las facciones duras, y era ligeramente obeso—. Soy el oficial Sean, me asignaron su caso esta mañana después de que anoche peleara por él. El oficial David, ese que lo atendió, ¿sabe?, él… no tiene un gran aprecio por usted precisamente. No me gustó la forma en que lo trató el día de ayer y decidí que yo era la persona indicada para llevar su caso. Siempre con respeto por supuesto.
—Mucho gusto, oficial Sean —Se estrecharon las manos—. Agradezco profundamente su juicio. Ciertamente me pareció absurda la actitud de su compañero, sin ofender a nadie, claro.
Sean rió socarronamente.
—Somos duros algunos oficiales, demasiado diría yo. Sucede que la profesión nos ha hecho así, ¿sabe? No es fácil, no, no, no. Nada fácil. Y la gente espera de nosotros siempre, no lo mejor, sino lo que le sigue. Quiere quedar conforme con todo, y es imposible complacerlos a todos, ¿sabe?
John sonrió. No estaba seguro de entender lo que el oficial le decía, pero creyó amable sonreír con él.
—Y bueno…¿Tiene algunas noticias? —preguntó finalmente. Tuvo que aferrarse a su batón con fuerza para soportar hacer la pregunta.
—Veo que le duele la pierna —dijo el oficial, mirando con fijeza el bastón sobre el que John se sostenía—. ¿Es eso normal, doctor?
—Oh, bueno. Yo serví en Afganistán hace unos años, y esta es una herida de guerra. Hace tiempo que sanó, por supuesto. Es sólo que el frío me hace doler el hueso —explicó John con naturalidad.
El oficial lo miró especulativamente, y al cabo de un rato sacó un folder de su escritorio.
—Este es el archivo del caso de su esposa —le dijo a John—. Ayer por la noche y aun hoy por la mañana varios oficiales han estado realizando investigaciones. ¿Rache? ¿Tiene usted alguna idea de lo que significa?
John dudó un momento.
—En alemán significa Venganza —explicó—. Y… bueno, ayer escuché a otros oficiales hablando de la desaparición de una señorita Rachel. No sé si tengan algo que ver pero yo considero conveniente tomarlo en consideración.
El oficial lo volvió a mirar y después torció la boca.
—Interesante —masculló.
—¿Perdón?
—Que haya encontrado esos significados para la palabra… sólo digo que es interesante. Nosotros ni de chiste hubiéramos considerado el alemán —rió—. ¿Sabe?, doctor, puede que alguna de sus interpretaciones nos sea de utilidad, pero hay un problema.
—¿Un problema?
—Sí, doctor. Verá: no ha desaparecido ninguna Rachel.
Watson tardó en procesar lo que había escuchado, al cabo de un momento habló:
—Pero… ayer escuché hablando de ello a algunos de sus policías. Dijeron también que se trataba de una institutriz, que eso podía ser alguna pista para resolver el misterio… que quizá se trataba de un raptor de institutrices o algo así.
El oficial lo miró con seriedad.
—Rachel McAdams, institutriz de tiempo completo. Cada verano y en vacaciones de otoño-invierno viene al campo a pasar la temporada; no está casada ni tiene hijos, obviamente, pero tiene a su jardinera, quien se encarga de cuidar su casa de campo; sí, es su ama de llaves. El día de ayer ella vino aquí a dejar unos pastelillos: tiene muy buenas atenciones para con los oficiales. Es una buena dama. Dígame, doctor, ¿qué cree que impulsaría a un raptor a llevársela?
John arrugó el ceño.
—Yo… no tengo idea. El crimen es extraño.
—¿Podría usted identificar a los policías a los que escuchó hablar del reporte de desaparición, doctor?
—Por supuesto.
—Entonces acompáñeme.
Ambos salieron de la oficina, y el oficial acompañó a John a través de una caminata a lo largo de todo el edificio. Era una construcción pequeña, apenas formada por tres cuartos en cada uno de los dos niveles que tenía. Por más que John buscó entre ellos a aquellos dos oficiales, no pudo encontrarlos; resignados con el resultado, ambos volvieron a la oficina.
—Quizá faltaron hoy.
—Imposible, doctor. Hoy vinieron todos los que conformamos el cuerpo policiaco de la ciudad.
—Doctor, no hay ningún sospechoso ni nadie aquí con intenciones para haber raptado a su esposa; sin embargo, como es el procedimiento normal, debe considerarse hasta la última persona como sospechoso, hasta que se hayan descartado todas las posibilidades claro.
—¿Está diciéndome que me considera sospechoso?
—Por supuesto. Pero desde la postura más natural, claro.
—¿Y por qué si yo fuera el criminal denunciaría mi propia fechoría?
El oficial lo miró con recelo, y después de un momento contestó, con la más absoluta naturalidad:
—El crimen es extraño, doctor.
Fue un golpe directo a la cara, devolverle sus propias palabras. John se levantó con la intención de salir de la oficina.
—Con permiso —dijo.
—Más le vale no salir del pueblo, doctor —le gritó, antes de que John saliera. Pero aun antes de que John pudiera tomar el pomo de la puerta, ésta se abrió de golpe y un policía entró a la oficina, muy agitado.
—¡La señorita Rachel ha desaparecido! —gritó.
John se quedó estupefacto, volteó a ver al oficial y descubrió que éste lo miraba con ira desmedida.
—Por favor, conduzca al doctor a una de nuestras celdas —dijo con tranquilidad.
—¡No puede hacer eso!
—¿Usted me anticipó quién era su siguiente víctima, doctor?
—¡Por supuesto que no! Yo estaba aquí con usted.
—Existen los cómplices, doctor. Y bueno, no lo estoy culpando, así que no se resista. Yo sólo estoy siguiendo el procedimiento.
—¡Al carajo con sus procedimientos! —gritó John lleno de furia—. ¡Usted debe encontrar a mi esposa y dejarse de disparates! ¡Qué sucede con esta estación! ¡¿Qué demonios?! Porque parece que todos están confabulando en contra mía en lugar de cumplir con su deber.
El policía al que habían ordenado detener a John hizo todo lo posible por contenerlo. John se resistió; no con intenciones de huir ni nada por el estilo, sino porque tenía que desahogar sus pesares, tenía que gritarle a ese hombre que su trabajo era rescatar a Mary en lugar de insinuar tontamente que él tenía que ver. ¡Qué demonios estaba ocurriendo! ¡Por qué el mundo estaba convirtiéndose de pronto en esa masa incontenible de sorpresas, de acusaciones, de tonterías!
No lo vio venir, pero en ese momento el policía que lo detenía soltó un golpe de lleno en el estómago de John. El doctor lo sintió y tuvo apenas un instante, el instante ideal para contraatacar, para defenderse y derribar al policía, pero se resistió. Logró contenerse a tiempo para no hacer nada: de haberlo hecho hubiera tenido serios problemas.
Dos golpes más.
—¡Llévese a este hombre a la celda! —rugió el oficial. Y cuando a John lo arrastraban hacia la celda escuchó el siguiente grito—. ¡Por Dios! Entiendo que el hombre esté preocupado por su esposa pero no es la forma de reaccionar…
¿Qué clase de hombre era ese oficial Sean?, se preguntó John. Primero recibiéndolo de tan buena forma y después mandándolo a encerrar. Pero había muchas cosas que no eran consistentes: Rachel, por ejemplo.
Se preguntó si la señorita Rachel le proporcionaría alguna pista más concluyente que su propia desaparición. ¿Dónde estaba? ¿Estaría con Mary? ¿Por qué los policías que habían hablado de Rachel y su desaparición no estaban? Porque… sí había escuchado a los policías hablar de Rachel… ¿o no?
Pensó, con el miedo absurdo pero real que sintió la noche anterior, que quizás él hubiera imaginado todo. Y después se golpeó contra la pared tres veces. No, no, no. No lo había imaginado todo. No había forma de eso. Él había levantado la denuncia de la desaparición de su esposa, de Mary… y luego escuchó a los policías. ¡Los escuchó!
Se llevó las manos a los bolsillos de su saco, y algo dentro le llamó la atención: el telegrama de Sherlock Holmes. Lo sacó. Deshizo la bola de papel en que se había convertido y lo leyó de nuevo, cinco veces hasta que logró calmarse. ¿Dónde estás, Sherlock?, se preguntó.
John reconoció que no estaba en condiciones de luchar. Después de un rato se calmó y simplemente se recostó en el catre. Hacía frío, pero no podía hacer más que encogerse y buscar el calor de sus propias piernas.
Sabía que si continuaba perdiendo los estribos no le iría muy bien, así que se resignó a permanecer recostado, hasta que finalmente se quedó dormido.
Lo despertó la voz de alguien llamándolo, y por un instante tuvo la ligera esperanza de que se trataba de Sherlock; pero no era así. Cuando abrió los ojos se encontró de frente con un policía, que le estaba dando algunas instrucciones que él no entendió.
—Puede irse, doctor —le dijo—. No ha habido avances en el caso, pero el oficial Sean opina que sus reacciones son naturales para cualquier hombre al que le hubieran secuestrado a su esposa: incluso nos hizo preguntarnos qué haríamos nosotros en su situación… y todos nos sentimos algo culpables por su situación.
»Tome —le dijo acercándose y dándole un vaso de cartón con café caliente—. Hace mucho frío afuera y creo que no ha comido nada, doctor.
John se frotó los ojos con los puños y después aceptó el café.
—Muchas gracias.
El policía lo condujo hasta afuera de la estación, y lo despidió hasta que lo vio perderse en el delgado sendero que partía desde la cima de la colina hasta la calle principal del pueblo. John caminó lentamente, tratando de esquivar cualquier pensamiento que tuviera que ver con el asunto. El frío era intenso y la pierna continuaba doliéndole, pero no aligeró el paso, y al cabo de unos minutos estuvo de nuevo en el hostal.
Pidió las llaves la mujer que atendía en la recepción, y después subió con tranquilidad hacia su cuarto. No bebió café, no le apetecía absolutamente nada.
Abrió la puerta con calma y cuando lo hizo se llevó una sorpresa al ver hacia el interior. El café se le resbaló de las manos y cayó al suelo; el líquido se esparció por el suelo y John se quedó estático: frente a él, en la silla, estaba sentado, aunque dormido, Sherlock.
Ending: Bloodbuzz Ohio de The National
