Capítulo 3
Mucha gente dice que tienes que seguir tu primer impulso, ya que es lo que quieres de verdad. En los exámenes, te dicen que no cambies la respuesta que has dado al principio ya que seguramente sea la acertada. Déjate guiar por tu instinto, dice mucha gente. Pero no es tanta la que sigue el consejo, y es que dejarse llevar es más complicado de lo que pueda parecer a primera vista. Siempre hay factores a tomar en cuenta, consecuencias que hay que afrontar tras seguir a tu corazón, personas que se pueden ver afectadas. A veces, es bueno pensar en vez de sentir.
Rachel lo sabía bien, le había ocurrido más de una vez el hacer algo sin pensar y luego ver que no era lo más acertado. No porque fuera malo para ella o una equivocación, sino porque había herido a otros. Quizá para siempre. Ver a su antigua mejor amiga desaparecer tras aquellas puertas metálicas le trajo recuerdos de hace 8 años. Recuerdos que siempre estaban en su mente aunque no fuera en el frente, siempre molestándola cuando menos lo deseaba o esperaba. Recordando lo que hizo en los momentos más inoportunos. No importaba que fueran recuerdos felices, la pérdida que acarreaban consigo era suficiente para entristecer a la morena. Tanto que, por un segundo, se olvidó de que tenía a su hija en brazos y pensó en bajar las escaleras corriendo para poder recuperar a la que había sido una parte importante de su vida. Pero no podía seguir sus impulsos, tenía más gente en la que pensar. Tenía una hija en la que pensar. Emma.
Miró a la niña con una sonrisa triste y llamó de nuevo al ascensor, esta vez para bajar y encontrarse con Kurt. No sabía si contarle de su encuentro o no. ¿Qué pensaría Kurt de aquello? Él había sido testigo de la mayor parte de lo ocurrido y seguramente podría darle algún consejo al respecto, pero parte de Rachel quería que Quinn fuera solo suya. Como un secreto. Además, sabía que Kurt no aprobaría su decisión de tratar de recuperar lo que perdió hace tantos años. Aún le guardaba rencor a la rubia por dejar de hablarles, aunque Rachel le hubiera dicho que probablemente ella era más culpable de lo ocurrido que nadie más. Y lo era. Simplemente nunca le había contado la historia completa al chico por si también la abandonaba.
El movimiento de puertas abriéndose ante ella hizo que alzara la vista una vez más y, por un segundo, su corazón se paró esperando ver de nuevo a Quinn Fabray en todo su esplendor. Pero no ocurrió. En el ascensor solamente había una joven con un cochecito de bebé. Una vez la chica se hubo bajado, Rachel se montó en el ascensor y pulsó el botón para bajar. En apenas dos minutos se encontraba saliendo del edificio. Ni siquiera trató de evitar echarle un último vistazo. Era parte de su naturaleza dramática.
- Por fin, creía que te habías quedado atrapada en el cuarto de baño – exclamó su mejor amigo con una mueca de disgusto, probablemente ante la posibilidad de quedarse atrapado en un lugar así. – Ahogándote en el retrete o resbalándote con un charco de dudoso origen. Deberías tener en consideración mi alocada imaginación cuando me dejas esperando tanto tiempo.
- Solamente había mucha gente y tuve que esperar. Deberían considerar el poner más de una de esas mesitas para cambiar a los bebés, es la planta de maternidad y es obvio que son necesarias. – comentó tratando de apaciguar el humor de Kurt.
- ¿Solamente había una? Seguramente se gastaron todo su dinero en el entretenimiento de los que esperan y por eso son tan poco prácticos.
- Puede ser. Tendría sentido. Además no solamente se hacen cargo de niños, así que supongo que habrá ese tipo de cosas en todas las demás plantas también. Tiene que haber sido caro.
- Sí… - miró su reloj y luego alzó la vista de nuevo – He quedado con Adam para comer en media hora, ¿te vienes? Podemos ir dando un paseo – ofreció con una sonrisa.
- No quiero interrumpir vuestro momento de pareja, sé que es el único que tenéis sin niños – comentó Rachel, siendo ese su única razón para no ir.
- No digas tonterías, Rach. Sabes que no nos molestas, o espero que lo sepas.
- Lo sé, tranquilo. Ha pasado mucho tiempo desde el instituto.
- En tal caso… Vayámonos a comer con mi marido, señoritas – tomó a Emma de los brazos de Rachel sin dejar que dijera nada más y la colocó en el carrito. Momentos después cogió la mano de Rachel y la colocó en el hueco de su codo para que se agarrara a él mientras empujaba el carricoche.
- Van a pensar que somos una familia feliz – sonrió Rachel, casi de manera triste al pensar que no tenía aquello y que parecía destinada a no tenerlo nunca.
- Una familia feliz, preciosa y con gusto, espero. Me cuesta demasiado peinarme como para que lo ignoren.
La carcajada que soltó su amiga mereció la pena, incluso aunque fuera a costa de sí mismo.
·
El camino al restaurante y el incesante parloteo de Kurt a su lado fueron perfectos para idear un plan infalible. Un plan perfecto para ponerse en contacto con Quinn, lo quisiera la rubia o no. Pero antes de todo, necesitaba el número de Noah Puckerman y sabía que solamente había una forma de lograrlo. Y no, no era Facebook.
- Ya estamos aquí – la voz de su acompañante la sacó de su mente y se volvió hacia él.
- Oh, qué rápido.
- Es lo que tiene que no me hagas caso mientras te hablo de mi nueva línea de ropa, en la que por cierto está incluido tu vestido para los Tony. Sí, sé que aún queda mucho, pero ya lo tengo todo pensado.
- Lo siento, es solo que necesito ir al cuarto de baño y estaba concentrada en eso. Te prometo que según vuelva puedes contármelo todo de nuevo y te escucharé – mostró su mejor sonrisa antes de ponerse de puntillas para darle un beso en la mejilla. – Vuelvo ahora mismo, ya sabes qué pedir si viene el camarero – añadió al tiempo que se agachaba para acariciar el cabello de su bebé.
Con una última sonrisa se despidió de ambos y se dirigió al cuarto de baño. En realidad no tenía nada que hacer allí, pero la soledad le daba la oportunidad que necesitaba para poner en marcha lo que tenía pensado. Tenía que ir poco a poco y cuanto antes empezara antes conseguiría lo que deseaba.
Se encerró en uno de los pequeños cubículos y sacó su teléfono móvil, buscando enseguida el número de casa de sus padres. Tras dos tonos, la voz de Hiram la saludó.
- Casa de los Berry
- Papi – saludó Rachel, enseguida saltando a lo que quería pedirle – Tengo una pregunta. ¿Tienes el número de Edith Puckerman? – en aquellos momentos agradecía el conocer a los Puckerman desde siempre.
La madre de Noah y sus padres eran amigos desde que el padre del muchacho los había dejado. Fueron pocas las personas que se decidieron a ayudar a la recién rota familia, los Berry decidieron hacerlo en vez de quedarse mirando. Ayudaban a cuidar a Noah, de la edad de su Rachel, y a la pequeña Sarah, que apenas era un bebé, además de ir juntos al parque y a demás eventos del templo. El plus fue conseguirle un amigo a su pequeña Rachel, aunque esa amistad murió repentinamente cuando comenzó el instituto y Noah se convirtió en Puck. Rachel lamentaba la pérdida de aquella amistad, siendo Noah su único amigo, y se prometió recuperarla de alguna forma. Pero eso tendría que esperar.
- Eh, sí… Está por aquí – podía oír a su padre buscando su libreta de teléfonos de fondo - ¿Acaso es su cumpleaños y se nos ha olvidado? Creía que no era hasta octubre… ¡Aquí está! – dijo triunfal.
- No es eso, papi. Solamente quiero pedirle el número de Noah para… preguntarle por la reunión de antiguos alumnos – inventó recordando la invitación.
- ¡Ah! Diez años… Qué rápido has crecido… ahora eres madre y eres adulta – podía ver que su padre iba a comenzar a llorar, o por lo menos a ponerse melancólico, y decidió cortar por lo sano.
- Lo sé, papi, es terrible. Dentro de poco tendré arrugas y todo – bromeó. – Pero, aún no. ¿Puedes darme el número? No quiero interrumpir su siesta – explicó.
- Claro, cielo. Espera un momento… Aquí – comenzó a dictarle el número y Rachel lo anotó en una libreta que siempre llevaba en el bolso. Para que luego dijeran que era estúpido ir preparada para firmar autógrafos a fans que no llevaban papel y boli encima…
- Muchísimas gracias, papi. Eres el mejor, pero no se lo digas a papá que ya sabes que se pone celoso – añadió en tono conspiratorio.
- Lo sé, cariño. – suponía que también sabía que les decía lo mismo a ambos pero ambos hombres preferían ignorarlo – Dale un beso muy grande a Emma de nuestra parte, vale? Y cuídate. No queremos que te salgan ojeras. – advirtió antes de colgar.
Rachel suspiró y salió del cubículo solamente para asegurarse de que no, no tenía ojeras. De hecho estaba perfecta, más que nada porque Emma era una santa que dormía bastantes horas seguidas. Sí, tenía que levantarse cada poco para alimentarla, era un bebé. Pero no daba mucha guerra y se dormía enseguida. Era un angelito.
Decidiendo que no hacía falta volver al cubículo, se apoyó en la encimera y comenzó a marcar el número de los Puckerman. Sabía que no le sería difícil conseguir el número de Noah porque su madre la adoraba. Más de una vez se había quejado de que hubieran roto, si es que se podía llamar romper a dejar de besarse tras una semana haciéndolo a todas horas, y le rogaba a Noah para que la conquistara y le dieran nietos. En otra vida Rachel estaba segura de que hubiera ocurrido, siempre se habían llevado bien y no hacían mala pareja. Además, sus hijos hubieran sido adorables.
Sacando aquellos pensamientos de su mente, solía perderse en universos paralelos en los que ella era la protagonista, pulsó el botón de llamada y esperó a que contestaran.
- ¿SÍ? – fue la respuesta que obtuvo, y enseguida supo que no era la Sra. Puckerman.
- ¿Sarah? – preguntó recibiendo una afirmación – Soy Rachel Berry, amiga de tu hermano, ¿me recuerdas? – esperaba que así fuera. La había cuidado varias veces cuando era pequeña y se lo habían pasado bien cantando al son de la película Disney de la noche.
- Rachel, sí. Hm, Noah no está… - contestó dudosa.
- Lo sé, lo sé. California, o eso fue lo último que escuché.
- En realidad ahora vive en Providence – corrigió la otra chica.
- ¿En serio? Pero eso está a menos de dos horas…
- ¿De Nueva York? Sí, lo sé. Va allí todo el rato, tiene una amiga o algo así. – El tono de voz era completamente desinteresado, algo que Rachel no notó porque estaba ocupada pensando en quién era aquella amiga.
- ¿No será su amiga Quinn Fabray? – preguntó tratando de no parecer ansiosa por conocer la respuesta.
- Sí, esa. A la que dejó embarazada. No sé ni cómo le sigue hablando después de eso, yo lo hubiera apartado de mi vida para siempre. – comentó como si no fuera su hermano mayor del que hablaban. Sarah siempre se quejaba de lo irresponsable y holgazán que era su hermano, pero Rachel sabía que lo adoraba.
- Bueno, hay gente que es capaz de perdonarlo todo. ¿Así que son amigos? ¿O han vuelto juntos? ¿Alguna vez estuvieron juntos? – preguntó en voz alta, sin quererlo. El estatus de aquellos dos siempre la había confundido y su curiosidad respecto a la rubia no tenía límites.
- Ni idea, si están juntos no lo ha dicho. Aunque tampoco me importa demasiado. Y lo otro no lo sé. En fin, - se notaba que quería finalizar aquella conversación y Rachel se preguntó si había interrumpido algo, quizá estuviera con su novio aprovechando que su madre estaba fuera. - ¿Qué querías, Rachel?
- Oh, sí. El número de tu hermano. Me ha llegado la invitación para la fiesta de antiguos alumnos y quería preguntarle algunas cosas… - usó la excusa de nuevo.
- Vale, apunta – sin más preámbulos, comenzó a dictarle el número y se despidió tras asegurarse de que Rachel lo había apuntado.
- Adolescentes – masculló la morena mirando su teléfono. Aunque, estaba segura, de que Sarah tendría ya al menos 20 años. De todas maneras, había esperado una reacción diferente de la otra chica, habían seguido viéndose y hablando aun cuando Noah dejó de ser su amigo. La indiferencia de Sarah le sabía mal y la había dejado algo desconcertada.
Miró el número que había apuntado fijamente antes de decidirse a marcarlo. Hacía años que no hablaba con Noah y le parecía mal llamarle solo para saber más de Quinn, pero sabía que era la única manera. No estaba por la labor de llamar a Santana. Estaba casi segura de que la morena la odiaba más que Quinn por lo ocurrido y la latina no perdonaba con facilidad, Rachel no esperaba que se hubiera olvidado de ello. Noah en cambio siempre había tenido cierta debilidad por ella, y Rachel lo sabía. Siempre lo había sabido y era por ello que se había aprovechado en varias ocasiones en el instituto. Aún no podía creer que hubiera ido a una perrera a buscarle aquellos cachorros en la etapa de diva de Mercedes.
Con un último suspiro y con una charla interna de ánimo, desbloqueó su teléfono y marcó aquellos nueve números que podrían llevarla a sus respuestas. Esperó. Un tono, dos, tres, cuatro, cinco y entonces lo escuchó "¿Qué pasa? Soy Puck. Noah Puckerman si es para algo serio. Ya sabes qué hacer después de la señal". Estuvo a punto de dar una patada en el suelo de pura frustración, pero se compuso con facilidad, como la gran actriz que era.
- Hola, Noah. Soy Rachel. Rachel Berry. De Lima, Ohio – sintió la necesidad de aclarar, solo por si acaso. Le costó más no añadir que era actriz en Broadway, cantante y que era ganadora de un Tony – ¿Qué tal te va todo? ¿Aún trabajas limpiando piscinas? Sé que llevamos mucho tiempo sin hablar pero… Bueno, es que el otro día vi a Quinn. O creo que la vi, porque lo último que supe es que pretendía ser actriz y a la que yo vi era médico. Solamente quería saber si cabría la posibilidad de que fuera ella, o si me estoy volviendo loca y tengo alucinaciones. En cualquier caso, solamente quería saber esto y, bueno, también si pudieras decirme, si es que es ella, en qué está especializada para darle una visita sería perfecto. Hm, creo que esto está a punto de parar de grabar, así que espero que estés bien y ya nos veremos en la reunión de alumnos. Oh, casi lo olvido, mi nuevo número es éste – terminó con toda la elocuencia que pudo.
Resignada a tener que esperar para saber más de su antigua amiga, Rachel guardó la libreta y el móvil en su bolso y salió del cuarto de baño. Divisó a sus amigos y a su hija enseguida, Emma estaba dormida y ambos hombres estaban hablando animadamente. Con una suave sonrisa en el rostro ante la imagen de lo que ella consideraba su familia, más Max que en aquellos momentos estaba en el colegio, se acercó a ellos.
- ¿Habéis pedido ya? – preguntó acercándose a Adam y saludándolo con un beso en la mejilla – Estoy que me caigo del hambre – añadió con exageración y sentándose en su silla. – Espero que no te moleste la intrusión, Adam. Ya sabes que no es fácil negarle nada a tu marido.
- Ya sabes que no me molesta, Rach. Eres parte de nuestra familia – dijo dándole unas palmadas en la mano más cercana a él.
No pudieron seguir hablando porque el camarero se acercó a ellos con su comida. Solamente al ver su plato de calabacín con crema de queso se dio cuenta de lo hambrienta que estaba. Había llegado a Nueva York como vegana, pero había tenido que dejar atrás su dieta por el vegetarianismo al ver lo difícil y caro que era llevar de llevar a cabo. Tenía un presupuesto ajustado, y mientras que era sencillo encontrar maneras baratas de ser vegetariana, no lo era tanto ser vegana. Una vez que Kurt se mudó a la ciudad un año más tarde, habiendo sido aceptado en el Instituto de la Moda, el cambio les vino bien para hacer la compra de manera conjunta. Su amigo aún tomaba carne, pero no tanta como para que no pudieran compartir la mayoría de las comidas que tomaban.
La charla durante la comida fue banal, con Kurt hablando sin pausa sobre sus nuevos diseños y el exclusivo vestido que tenía ya pensado para Rachel. Tanto habló, que tanto Adam como Rachel se preguntaban cuándo tuvo tiempo de comer. Tras la comida se despidieron con besos y abrazos, ambos hombres encaminándose a sus respectivos trabajos y Rachel yendo a su hogar para descansar. Con suerte, Noah respondería su llamada pronto y podría empezar a reconectar con Quinn.
·
El sonido de Barbra Streisand cantando Don't Rain on my Parade fue lo primero que Rachel escuchó, y supuso que era la razón por la que se había despertado. La canción estaba ya algo avanzada, por lo que estaba claro que llevaba un rato sonando. Era extraño que no se hubiera despertado antes, con Emma su oído se había afinado mientras dormía y se levantaba al más mínimo ruido. Echando un rápido vistazo a su hija en el monitor vio que aún dormía y salió corriendo a la sala de estar, donde había dejado su móvil.
- Rachel Berry al habla – saludó a quien quiera que llamase, no había tenido tiempo de mirar el nombre con las prisas.
- No me puedo creer que sigas contestando al teléfono de esa manera, suenas terriblemente profesional – fue lo que escuchó al otro lado de la línea.
- Noah, hola – contestó con entusiasmo, tratando de no bostezar. Miró su reloj de muñeca y vio que llevaba dormida casi dos horas, se sorprendió de que su hija no la hubiera despertado. Era un milagro. – ¿Qué tal todo? Sarah me ha contado que ahora vives en Providence – continuó tratando de que la conversación fuese más rápida. Cuanto antes hablaran de sus vidas, antes podían pasar a la de Quinn.
- ¿Has hablado con Sarah? – su voz daba a entender su confusión y Rachel se preguntó si habría metido la pata.
- Sí, bueno, es que no tenía tu número y he tenido que llamar a tu casa para pedirlo – explicó utilizando sus dotes de actriz para mantenerse en calma.
- Ah, sí que debes estar interesada en saber si es Q o no... Y sí, vivo en Providence desde hace ya un año y medio. La verdad es que me gusta más que Los Ángeles, aunque parezca mentira. – respondió con sinceridad – Te preguntaría qué tal, pero hace unas semanas vi unas fotos tuyas con tu bebé. Diría que te va muy bien, aunque nunca he visto al baby daddy así que tendrás que presentármelo para que pueda juzgar.
- Sí, es… Emma es perfecta. – susurró con una pequeña sonrisa. – Y, hm, no hay nadie más. He decidido tenerla sola. Por inseminación artificial.
- Vaya, eso no lo esperaba. Pensaba que tendrías un maridito esperando en casa con la cena y todo ese rollo – dijo el chico, el hombre ahora que eran ya adultos – Entonces… ¿querías preguntarse sobre Quinn? – fue directo al grano, algo que descolocó un poco a la morena.
- Eh, sí, eso es. Creí verla en la clínica cuando fui a la revisión mensual de Emma, pero debí de confundirme porque Quinn nunca planeó ser médico – relató de manera que no se notaba que lo había ensayado.
Agradecía que la conversación no fuera en persona, porque le resultaría más difícil mentir. Y más a alguien que la conocía relativamente bien, seguramente podría ver que mentía.
- Pensaba que todos sabíais que era médico – murmuró casi para sí mismo – Cambió de carrera en su segundo curso, cuando se cayó y su espalda empeoró de nuevo. Ya sabes cómo es, volvió a salir adelante y decidió ayudar a la gente en vez de ser actriz o escritora o lo que fuera que pretendía hacer antes. Aunque creo que tiene una doble carrera, es un pequeño genio. – explicó sin pizca de malicia y, al parecer, sin saber que Quinn había bloqueado tanto a Rachel como a Kurt de su Facebook y su vida hacía ya años. – Se mudó a Nueva York cuando la aceptaron en no sé qué hospital para hacer sus prácticas o como se llame. No sé, debió de gustarle porque lleva viviendo allí mucho tiempo. Y, bueno, conoció a una chica en la carrera y junto con otros amigos crearon una clínica así que seguro que era ella.
- Oh, vaya. – fue lo único que acertó a decir, sorprendida por lo que había oído. Nunca había oído hablar tanto a Noah Puckerman, y lo que acababa de descubrir sobre Quinn no ayudaba a su elocuencia. – No… No tenía ni idea. ¿Sabes cómo puedo verla? Es solo que hace mucho que no hablamos y… quería ver si podríamos tomar un café o algo – improvisó.
- Hm, no pasa mucho tiempo en casa así que sería mejor que la fueras a ver a su despacho. – comentó pensativo. - ¿Sabes lo que sería genial? Podrías pedir una cita con un nombre falso y darle una sorpresa. Los famosos hacéis eso, no? ¿Registrarse en hoteles e ir a hospitales con nombres inventados? Puedes llamarte algo que sea obvio que eres tú… No sé, algo que te llamaran…
- Noah, no voy a llamar y decir que soy Rupaul Manhands – protestó rodando los ojos – Pero es una buena idea, estoy segura de que podré encontrar el nombre perfecto – dijo con confianza.
- Guay, te mando el teléfono de su consulta. Recuerda que es quiropráctica o algo parecido. De estos que te ayudan con los dolores de espalda. A mi una vez me dio un masaje porque tenía una contractura y me dejó nuevo. – relató con voz animada - Y ahora, ¿cuándo vamos a quedar para vernos? Porque quiero tomarme unas copas o algo con mi Rachel. Ya sé que tienes un bebé y eso, pero podemos tomar un café si lo prefieres y así conozco a la nueva generación de Berry. No sé. ¿La próxima vez que vaya a la ciudad? – sugirió.
- Eh – eso la había pillado por sorpresa, no esperaba que Noah reaccionara así. De hecho daba gracias a que no se mostrara hostil y se preguntaba si acaso Quinn no le había contado nada. No sería sorprendente. La única presente para todo había sido Santana y Quinn no era de las que compartían información así como así. Cabía la posibilidad de que solamente su mejor amiga supiera de lo ocurrido. – Claro, podemos vernos cuando vengas. Ahora ya tenemos el número del otro, así que solamente llámame y nos veremos sin problema. – respondió, una sonrisa adornando su rostro.
- ¡Genial! Oye, ha sido bueno hablar contigo, pero tengo que volver al trabajo. Así que ya hablamos – dijo el chico antes de colgar.
Rachel aún no sabía en qué trabajaba Noah, pero tenía tiempo de averiguarlo. Ahora solamente tenía que llamar a la consulta de Quinn y concertar una cita. Lo que tenía que pensar era qué nombre daría al hacerlo, porque sabía que no sería recibida como Rachel Berry.
·
Había pretendido llamar nada más terminó con Noah, tras decidir usar su segundo nombre y el apellido de soltero de su padre, pero Emma se había despertado y había tenido que posponerlo. Para cuando tuvo tiempo libre ya era demasiado tarde, lo que quería decir que tendría que esperar otro día más. No le hacía mucha gracia, pero al menos podía dejar a Emma con Adam ahora que había terminado en la consulta de Quinn un día más tarde. Era mejor que llevársela a ver a la doctora.
Una vez más, se vio entrando en el edificio y leyendo revistas de unas semanas atrás mientras esperaba. Solamente cambiaban los carteles y la gente de la sala de espera, esta vez todo estaba centrado en problemas de espalda. Parecía que Quinn tenía éxito, ya que el lugar no estaba falto de pacientes.
Levantó la mirada al escuchar su nombre, esperaba que Barbra Bell no fuera muy obvio, y tomó una bocanada de aire antes de levantarse. Necesitaría ser muy elocuente si no quería terminar fuera de aquella consulta cinco segundos después de entrar. Debía mantenerse firme y no dejarse intimidar, algo en lo que había perdido práctica con Quinn. Se levantó con decisión y siguió a la que, suponía, era la enfermera.
- Doctora Fabray, la señorita Bell está aquí – anunció la mujer antes de cerrar la puerta tras ella.
Quinn se encontraba sentada tras una mesa que parecía contener varios historiales, si las series de médicos que veía Rachel decían la verdad, y un ordenador de última generación. Estaba todo en un orden impecable, algo característico de la dueña, y estaba escribiendo algo en un papel. Su cabello estaba recogido con varias pinzas para mantenerlo fuera de sus ojos y llevaba gafas, igual que el otro día. Rachel se preguntó si había renunciado a las lentillas que siempre había utilizado en su adolescencia, solamente para determinar que le quedaban muy bien y entendía por qué lo habría hecho. Le daban un aire sofisticado, aunque estaba segura de que la bata blanca ayudaba. Parecía salida de Anatomía de Grey, siendo que siempre había tenido una cara para la pequeña o gran pantalla.
- Siéntese, por favor, señorita Bell – dijo alzando la vista al fin. Su expresión serena y amistosa cambió por completo al ver de quién se trataba.
- Quinn, puedo explicarlo. Solamente dame una oportunidad. – rogó Rachel antes de que la otra mujer pudiera decir nada.
- No. Tuviste tu oportunidad hace 9 años – contestó la rubia sin alzar la voz y sin ninguna emoción en ella. – Te pido que dejes mi consulta, tengo trabajo que hacer y pacientes que atender. Cierra la puerta cuando te vayas. – terminó con decisión.
- Quinn…
- He dicho que no, Berry. Respeta mi decisión como yo respeté la tuya – cortó bajando la vista y comenzando a escribir de nuevo.
- Solamente quiero decir que lo siento, Quinn. De verdad. Fui estúpida y sé que no lo merezco pero… quiero que seamos amigas. Otra vez. Por favor. – no le gustaba suplicar, pero había echado de menos a Quinn durante todos aquellos años y estaba dispuesta a rebajarse un poco si eso significaba recuperar la amistad de la rubia.
Con una mueca de disgusto casi perceptible, Quinn pulsó un botón en su teléfono. Por un momento Rachel se preguntó si terminaría siendo sacada del lugar por dos gorilas gigantes pertenecientes al cuerpo de seguridad del lugar.
- Carla, la señorita… Bell – dijo rodando los ojos ante el absurdo – ya ha terminado. ¿Puedes venir a por ella? – preguntó con voz amable.
Por un momento Rachel pensó en resistirse, pero no deseaba terminar en las revistas por ser detenida. Se resignó a su destino y decidió intentarlo otro día. Ahora ya sabía cómo encontrar a Quinn y podía volver.
- Voy a seguir intentándolo, Quinn. Quiero recuperar lo que teníamos. Sé que fue todo culpa mía, pero estoy dispuesta a arreglarlo. Te prometo que será distinto, soy… soy mejor persona ahora. – dijo antes de que llegara la enfermera.
Quinn no respondió, ignorando las palabras de la morena, y siguió escribiendo hasta que Carla llegó y se llevó a Rachel fuera.
A/N: Lo primero es pedir perdón por el retraso. Pretendía publicar este capítulo antes de que empezaran las fiestas de mi ciudad y me fuera de vacaciones, pero no lo tenía terminado. Así que me he retrasado más de la cuenta porque no tenía WiFi e.e
Como siempre, gracias a todos por los reviews, favoritos y los follows. Son lo que me hacen escribir más rápido y los adoro. A los que no contesto, es porque estáis en invitado y no puedo, pero los agradezco igual
