Creí que había decidido meterse en su coche y marcharse después de todo –murmuró Terry cuando Candy finalmente regresó a la cocina con una caja de comida.

Dejó la caja sobre la mesa de la cocina antes de responderle.

–Me he parado a admirar lo bonita que estaba la casa en la distancia, con el sol poniéndose detrás.

–¿Mulberry Hall? Ella asintió.

–¿Es un hotel, o algo?

–O algo –respondió Terry. Se había sentado a la mesa mientras esperaba a que regresara, y estiró la pierna frente a él mientras observaba a Candy sacar la carne, las patatas, los espárragos y la lechuga de la caja con unas manos largas y delicadas de uñas cortas. Sin duda preparadas para las palizas que les daba a sus pacientes.

–O es un hotel o no lo es –razonó ella con el ceño fruncido.

–No lo es –contestó él. Al ver la comida fresca sobre la mesa, se acordó de lo mucho que hacía desde la última vez que había comido. El día anterior en algún momento. Quizá. Aparte de eso, no tenía ninguna intención de hablar de Mulberry Hall con una mujer que se marcharía de allí en pocas horas.

–Su hermano William dijo que esta finca era propiedad de la Corporación Grandchester Andrew.

–¿Eso le dijo? –preguntó Terry.

–Si no quiere hablar de ello, dígalo y ya está.

Él se encogió de hombros.

–No quiero hablar de ello.

–Sólo intentaba sacar un tema de conversación –dijo ella.

Terry la miró con frialdad.

–He accedido a que me prepare la cena, no a hablar.

Candy se guardó la respuesta que quería darle y siguió sacando las cosas de la caja. Tal vez se mostrara un poco más simpático después de comer algo. O tal vez no. El informe médico decía que los huesos rotos del brazo y de las costillas se habían soldado correctamente, pero la tensión junto a la boca y los ojos evidenciaba el dolor que seguía sufriendo en la cadera y en la pierna, que habían quedado fracturadas y obviamente no se habían curado igual de bien. Candy ansiaba explorar con los dedos las lesiones, comprobar por sí misma lo que podía hacer para devolverle a aquel hombre toda la movilidad. O tal vez ansiase simplemente tocar los ciento noventa centímetros del cuerpo de Terry Baker. Su hermana se había mostrado incrédula al principio, después sorprendida cuando Candy le había explicado su dilema, y le había quitado importancia a sus dudas sobre tener al actor como paciente. Annie también había tranquilizado a Candy con respecto a su preocupación por su implicación involuntaria en el divorcio de los Leagan-Marlow. Su hermana abogada había aconsejado a Candy que siguiera haciendo lo que mejor se le daba, y que dejase que ella se encargase del tema de los Leagan-Marlow.

–¿Puede poner la mesa mientras cocino? –preguntó de pronto.

Terry apretó la mandíbula.

–No soy un completo inválido, maldita sea –apretó los dientes mientras se ponía en pie antes de agarrar el bastón para mantener el equilibrio.

–Estaba pidiéndole que la pusiera, no preguntándole si era capaz de hacerlo – respondió ella.

–Por supuesto –dijo él sarcásticamente.

Candy lo observó mientras cojeaba por la cocina para abrir el cajón de los cubiertos. Los músculos de su pierna estaban debilitados por los meses en desuso, pero eso no explicaba el dolor que parecía estar sufriendo. Podría ser buena idea que alguien más lo examinara…

–¿Qué diablos está mirando?

Candy levantó la mirada y vio que Jordan estaba mirándola con el ceño fruncido.

–Estaba preguntándome si deberían hacerle una radiografía de la pierna y de la cadera.

–Olvídelo –lanzó los cubiertos de nuevo al cajón antes de cerrarlo de golpe–. ¡Y guárdese su comida y lárguese de aquí! –caminó con dificultad hacia la puerta que conducía al pasillo.

Candy frunció el ceño y se dio cuenta de su intención de marcharse.

–¿Y qué pasa con la cena?

Aquellos ojos de color zafiro brillaban con furia cuando se dio la vuelta para mirarla.

–Acabo de perder el apetito.

–¿Sólo porque he hablado de su pierna?

–Sólo porque ha hablado, punto –le dijo Terry de manera insultante–. Los hombres se callan y lo afrontan, mientras que las mujeres, según he aprendido, sienten la necesidad de diseccionarlo todo.

–Si con eso quiere decir que los hombres prefieren guardarse sus ansiedades en vez de…

–¡La única ansiedad que tengo en este momento es usted! –exclamó él con rabia–. Una situación que se resolverá en cuanto salga por la puerta.

Candy se dio cuenta de que aquel hombre era en efecto muy testarudo. ¡Pero a eso podían jugar dos!

–No voy a ninguna parte –le dijo.

Aquellos ojos brillantes se volvieron fríos mientras Terry la miraba de los pies a la cabeza.

–¿No?

–No. Y dudo mucho que sea capaz de echarme.

–No se anda con miramientos, ¿verdad? –dijo él con una sonrisa siniestra.

Candy suspiró.

–No es mi intención molestarle, señor Baker…

–¡Entonces lárguese de mi casa! –se dio la vuelta y abandonó la habitación sin mirar atrás, con el pelo largo y revuelto sobre los hombros y la espalda rígida por la furia que no se molestaba en disimular.

Candy se sentó agotada en la silla que Terry acababa de dejar vacía. Estaba acostumbrada a tener pacientes difíciles; de hecho disfrutaba del desafío de trabajar con ellos. Pero tratar con Terry Baker iba a ser mucho más duro de lo que podría haber imaginado una semana antes, cuando sin saberlo había aceptado ayudar al hermano de William Grandchester…

–¿Ha cambiado de opinión? –preguntó ella esperanzada una hora más tarde, al oír los pasos de Terry por el pasillo.

–No –respondió él.

No podía decir que no hubiera estado tentado por los deliciosos olores que llegaban desde la cocina hasta el estudio, donde había estado sentado mientras aquella mujer testaruda se preparaba la cena para ella. Tampoco podía negar que se le hubiera hecho la boca agua al pensar en hincarle el diente a un bistec poco hecho y a una patata asada con mantequilla. Había estado tentado, sí, pero de ninguna manera le daría a Candice White la satisfacción de unirse a ella–. Creí haberle dicho que se marchara –el orden prístino de la cocina indicaba que había terminado de limpiar antes de comenzar a cocinar.

Ella permaneció cómodamente sentada a la mesa de la cocina, donde obviamente acababa de terminar la cena, acompañada de una copa de vino tinto bastante bueno, a juzgar por la etiqueta de la botella abierta sobre la mesa.

–Su hermano quiere que me quede.

Terry apretó la mandíbula.

–¿Ha hablado con él?

–No desde la semana pasada.

–Bueno, puede que no se haya dado cuenta, pero William no está aquí ahora mismo.

–No me cabe duda de que estaría aquí en cuestión de horas si yo decidiera llamarlo – respondió ella.

Conociendo a su arrogante hermano como lo conocía, a Jordan tampoco le cabía duda de que William fuese capaz de subirse a su helicóptero privado y volar hasta allí si sentía que era necesario. Si William pensaba que él estaba siendo difícil. Y desde luego lo estaba siendo.

Terry cojeó para sacar una copa de uno de los armarios. Después se sirvió de la botella de vino y bebió antes de responder a aquella mujer.

–Si eso era una amenaza, no me impresiona.

–No lo era, y tampoco quería impresionarle. ¿Y debería beber vino mientras toma medicación para el dolor?

–Ésta es mi medicación para el dolor –una cosa que Mulberry Hall sí tenía era una bodega decente, y Terry se había servido generosamente de su contenido durante el último mes.

Candy lo miró con el ceño fruncido.

–El alcohol provoca depresión….

–¡Yo no estoy deprimido, maldita sea! –la copa aterrizó con fuerza sobre la mesa y parte del contenido le cayó sobre la mano y en la superficie de madera.

–De acuerdo. Pero está enfadado. Frustrado. Malhumorado.

–¿Y cómo sabe que no era todas esas cosas antes del accidente? –preguntó Terry.

–No lo era –respondió Candy–. La prensa se habría encargado de recalcarlo si el famoso Terry Baker fuese conocido por ser alguna de esas cosas.

En vez de eso, los medios de comunicación siempre habían dicho maravillas sobre el guapo actor cada vez que llevaba a rubias de piernas interminables a los estrenos o a cenar a cualquier restaurante exclusivo de Los Ángeles. Normalmente ataviado con un esmoquin negro, o con ropa informal hecha a medida, con el pelo largo, pero con un peinado que realzaba sus pómulos y su mandíbula, y una sonrisa sexy. Por no mencionar, claro, aquellos fascinantes ojos de color zafiro.

Un contraste absoluto con aquel hombre mordaz vestido con camiseta arrugada y vaqueros gastados, con la cara cubierta de barba y el pelo revuelto y demasiado largo.

–¿Cuándo fue la última vez que fue a la peluquería o se afeitó? –preguntó Candy.

Terry levantó de nuevo la copa y bebió. –No es asunto suyo –gruñó.

–Refugiarse en su aspecto desaliñado…

–No va a cambiar el hecho de que mi pierna me duela.

–Tenemos que averiguar por qué es –insistió ella.

–No, Candice, olvida el plural. Tú eres la que tienes que averiguar por qué es si quieres mantener un trabajo que, sin duda, estará muy bien pagado –señaló Terry–. Pero, como no tengo intención de dejar que te acerques a mí o a mi pierna, eso va a resultar muy difícil, ¿no te parece?

Iba a resultar más bien imposible, admitió Candy para sí misma. Poder evaluar el problema de un paciente era más de la mitad del proceso. Y además afectaba al tratamiento. Un tratamiento que aquel hombre aseguraba que no iba a permitirle hacer. Se puso en pie para recoger sus platos sucios y los llevó a la pila para empezar a meterlos en el lavavajillas.

–¿Quiere que le prepare el bistec ahora?

–Dime una cosa, Candy, ¿qué parte de «lárgate de mi casa» no has entendido antes? – preguntó Terry.

Candy tomó aliento.

–Como no soy estúpida ni estoy sorda, lo he entendido todo. También prefiero que mis pacientes me llamen «Candice» o «señorita White» –dijo con sequedad. Sólo su familia y amigos cercanos podían usar el diminutivo de su hombre. Además, la formalidad de su nombre completo sonaba más profesional. Y tenía que admitir que cada vez le costaba más trabajo mantener su relación con Terry Baker en el terreno profesional.

Teniendo en cuenta el posible escándalo del asunto de los Leagan, Candy tenía que mantener su relación con aquel hombre, y con todos sus pacientes, en el terreno estrictamente profesional. Si las acusaciones de Susana Marlowe con respecto a su marido y a Candice hubieran sido ciertas, sabía que se merecería la virulencia de la otra mujer. Sin embargo, Neil Leagan le parecía uno de los pacientes más repulsivos que había tenido. Al contrario que Terry Baker, a pesar de su temperamento desagradecido… Terry la miró de manera irónica mientras se rellenaba la copa de vino.

–¿Por qué no aceptas que estás perdiendo el tiempo conmigo, Candice? Acepta que no te deseo ni te necesito aquí.

Ella arqueó una ceja.

–Estoy de acuerdo con la primera parte de la segunda frase.

Terry apretó la mandíbula al ver el desafío en sus ojos verdes. Era consciente una vez más de que, aunque su boca y su cerebro querían alejarla de allí, al mismo tiempo su cuerpo deseaba estrecharla entre sus brazos y besarla sin parar. No había sentido una pizca de interés por una mujer en los últimos seis meses, y en sus momentos más bajos se había preguntado si tal vez el accidente le habría robado también la capacidad de sentir deseo. El ardor que sentía al mirar a aquella mujer al menos le había dejado tranquilo en ese aspecto.

Terry se preguntó qué haría la profesional Candice White si él hiciera caso a su instinto y la besara. Probablemente saldría corriendo y gritando en mitad de la noche y no volvería a acercarse a su puerta.

Que por otra parte era justo lo que Terry deseaba que hiciera…

Apoyó su bastón contra la mesa de la cocina antes de recorrer la corta distancia que los separaba, hasta quedar a pocos centímetros de Candice White, que, recelosa, retrocedió contra el armario de la cocina mientras lo miraba con ojos aprensivos.

–¿Ya no te sientes tan segura, Candice? –preguntó acercándose más.

Candy sintió pánico. Podía sentir el calor del cuerpo de Terry, de pie a pocos centímetros de ella. Respondió instantáneamente a ese calor; sus pechos parecieron hincharse y sus pezones se endurecieron bajo el fino tejido de la camiseta.

Afeitado o no, a pesar de su pelo descuidado, seguía siendo el mismo actor atractivo y fascinante en aquellos momentos.

Candy se humedeció los labios con la punta de la lengua y se dio cuenta de su error al ver que sus ojos seguían el movimiento.

–Esto no es divertido, Terry…

–No tiene que serlo –cubrió la distancia que los separaba hasta que sus muslos se rozaron y el calor se convirtió en una llama incontrolable–. ¿Es natural? –preguntó mientras levantaba la mano para acariciar el pelo rubio de su sien.

Candy frunció el ceño.

–¿No creerás que una mujer se teñiría el pelo de este color deliberadamente? –preguntó en un intento por disipar la incomodidad que sentía con la cercanía.

–Es precioso –murmuró él mientras acariciaba los mechones con la punta de los dedos– . Poco común.

Candy sabía bien lo que Terry estaba haciendo. Ya se había dado cuenta de que estaba jugando con ella en un intento por lograr que se marchara. Pero saberlo no cambiaba el modo en que su cuerpo estaba reaccionando a su cercanía. Apenas podía respirar, no se atrevía, cuando sus pechos ya estaban rozando el torso duro de Terry.

–No es más que un rubio simplón.

–No –respondió él–. Nunca antes había visto un pelo de este color. Es arena y sol, con reflejos dorados.

El color de pelo de Candice había sido su cruz durante la infancia, y desde luego no era algo digno de mención si Terry iba en serio con su intento de seducción. Cosa que no era cierta.

–Es rubio –insistió ella.

Terry deslizó la mirada hasta sus pechos y se fijó en sus pezones erectos antes de seguir bajando hasta sus muslos.

–¿Y es del mismo color en…?

–¡No vayas por ahí! –exclamó Candice–. Apártate de mí, Terry.

–¿O si no…?

Candy lo miró a los ojos con actitud desafiante.

–O si no, me temo que tendré que obligarte –Candy había tomado lecciones de Jiu-Jitsu en defensa personal hacía varios años. No le cabía duda de que podría hacer que parase, pero no disfrutaría haciéndoselo a aquel hombre en particular.

Poner nerviosa a Candice White para que se sintiera incómoda y quisiera marcharse había comenzado como un juego para Terry. Pero ya no le parecía un juego, viendo la respuesta física de ella a su intento de seducción, sintiendo su erección palpitante mientras se imaginaba arrancándole los pantalones, bajándole las braguitas por las piernas antes de empotrarla contra uno de los armarios de la cocina y penetrarla.

Terry deseaba hacer todas esas cosas, deseaba oír a Candy gritar de placer, y sentía el sudor en su frente mientras luchaba por no ceder a ese impulso.

Aquella respuesta física a ella, la segunda en una hora, tenía que deberse a que llevaba demasiado tiempo sin una mujer en su cama. Con esa melena larga y rubia, con aquel cuerpo esbelto y curvilíneo, no era en absoluto su tipo.

–Podría haber sido divertido que te quedaras después de todo, Candy.

Ella arqueó las cejas.

–¿Podría haber sido?

–Sí –se apartó de ella y cojeó hasta su bastón–. A pesar de tus pechos turgentes y de tu trasero respingón, sigo queriendo que te vayas de aquí.

Candy lo miró frustrada. Aunque tenía que admitir que se sentía aliviada de que Terry ya no estuviera pegado a ella. Tocándola. Haciendo que fuera consciente de su erección.

–Sigo dispuesta a hacerte ese bistec si aún tienes hambre –dijo ella mientras se secaba las palmas de las manos en los vaqueros.

–Eso sería saciar el apetito equivocado, Candy –respondió él.

–Tu hermano me paga para encargarme de tu pierna, no para irme a la cama contigo.

–Es una pena, porque he decidido que ahora mismo necesito una mujer en mi cama más que una fisioterapeuta –Terry sabía que no había necesitado nunca desahogo sexual tanto como lo necesitaba en aquel momento.

–¿No tienes una novia a la que puedas llamar? –preguntó Candy.

–Ya no.

Candy lo miró inquisitiva. Debido al divorcio de sus padres cuando era pequeño, Terry Baker nunca había ocultado su aversión hacia el matrimonio. Pero eso no le había impedido tener un sinfín de mujeres en su vida. Mujeres hermosas. Mujeres sofisticadas. Mujeres completamente diferentes a ella. Y por esa razón Candy sabía que su interés por ella no era auténtico.

–¿Por qué no? Debe de haber muchas a las que podrías llamar y vendrían corriendo.

Él le dirigió una amarga sonrisa.

–Mírame, Candy –dijo–. Mírame de verdad.

Candy ya lo había mirado. ¡Muchas veces! Y sí, obviamente estaba más delgado y más demacrado que hacía seis meses, pero en lo que a ella respectaba, seguía siendo un hombre increíblemente guapo.

–¿Y qué tengo que buscar?

Terry resopló con impaciencia.

–¿Qué es lo que me llamaste antes? Un tullido, ¿verdad?

–No. Lo que dije fue que te consideras a ti mismo un tullido –respondió ella con firmeza.

–Tal vez porque eso es lo que soy. No quiero que ninguna mujer esté conmigo sólo porque sienta pena por mí.

–Eso es ridículo.

–Y lo dice la mujer que acaba de rechazarme.

Candy puso los ojos en blanco.

–Ambos sabemos que no hablabas en serio.

–¿Ah, no?

–No –insistió ella–. Sólo estabas intentando hacer que me marchara.

–¿Y ha funcionado?

–No –le dijo Candy, decidida a ignorar las respuestas traicioneras de su propio cuerpo; sentía los pechos hinchados y un intenso calor entre los muslos…

Saber que aquel hombre estaba jugando con ella para lograr que se marchara no cambiaba el hecho de que su cuerpo respondiera ante él.

–¿Cómo crees que reaccionará William si tengo que llamarlo y decirle que tengo que marcharme porque me has acosado sexualmente? –preguntó con actitud desafiante.

Terry le dirigió una sonrisa feroz.

–Probablemente se sentiría aliviado de saber que al fin algo ha despertado mi interés. Desde luego, una parte de mi anatomía sí ha despertado –dijo él, y disfrutó viendo el rubor de sus mejillas.

Candice White era una mujer muy guapa, con una cara adorable y un cuerpo muy femenino. Sus dedos ansiaban poder deshacerle la trenza y soltarle el pelo. Podía imaginarse su melena suelta en contraste con su desnudez mientras él se saciaba con aquellos pechos turgentes antes de seguir bajando…

Esa noche tampoco iba a poder dormir si seguía dándole rienda suelta a su imaginación. De hecho una ducha fría le parecía una buena idea.

–Buenas noches, Candy –le dirigió otra sonrisa perezosa antes de darse la vuelta y salir de la cocina. Directo a darse esa ducha fría.

Continuará...

Notas

Gracias a todas por sus reviews, me da mucho gusto saber que les está gustando la historia. Cuando la leí inmediatamente pensé en Candy y Terry. Mil disculpas si se me va algún nombre en la adaptación prometo poner mas atención y hacer mi mejor esfuerzo para que ustedes también se enamoren de esta historia. Les pedi que usaran su imaginación porque el hermano gemelo (o mellizo como Terry lo explicó) será Archie (les prometo que tiene un porque esta decisión y es porque en el momento de leer la historia me pareció que tenia cosas en común con el personaje. Así que imaginemos a Archie con el cabello oscuro y ojos azules ok.). Estare actualizando martes y jueves, si me es posible también lo haré en sábado.

Nos leemos pronto.