† Kyūketsuki †
By: ANAIVIV y Mussainu
Disclaimer: Inuyasha sigue perteneciendo a Rumiko Takahashi pero la historia es de nuestra autoría.
—aaa— diálogos
—aaa— pensamientos
IV. Yoi Yume o
Esa noche había sido una de las peores que pudo haber sucedido en su vida. Ver a la mujer que daba su vida por protegerle estaba llorando por su causa y le dolía, le destrozaba ser una vez más la causa de sus penas, saberse responsable de las lágrimas derramadas que rodaban sin misericordia. La lluvia había caído sin tregua como lo hacía esa noche hacía 5 años ya.
Sintió una mano posarse en su hombro pero son de esas sensaciones que sabes a quien pertenece ese miembro que no necesitas voltear para corroborar que tenías razón —¿No puedes dormir? Deberías de descansar, mañana será un día muy extenuante porque tenemos que investigar que es lo que pasó con la señorita Kagome y además encontrar el fragmento de la Shikon no tama—
Negó lentamente con la cabeza esperando que las nauseas se disiparan. Siempre que recordaba como estaba ella en ese preciso momento con el corazón en la mano le hacía un revuelo el estómago como cada vez que se sentía en extremo triste. Ya habían 5 años y aún sentía esa punzada en el pecho abriendo la herida una vez más.
—¿Aún tienes esa pesadilla?— en los pocos días en los que había permanecido junto a ellos antes de partir con Kikyo había despertado sudoroso respirando agitadamente susurrando casi sin fuerzas el nombre que le quemaba los labios.
—Aún puedo verla, empapada de pies a cabeza, llamándome y aún el dolor persiste como un tatuaje— dijo mientras repasaba sus cabellos de luna apartándolos de su macilento rostro —Hay veces en que quisiera dejar de existir solo para evitarle más dolores por mi culpa—
—Estoy seguro de que a la señorita Kagome le dolería más que murieras y eso la entristecería más—
—Supongo que siempre seré una causa de llanto estando con ella o no—
—¿Cómo es que sigues de la herida? Desde que te marchaste no te hemos visto y realmente dudo que lleves los cuidados necesarios para con la gravedad de tu herida— se colocó detrás de él, dándole la espalda al ojo vigilante del firmamento, levantándole la parte superior de su vestimenta de la rata de fuego esperando ver una fea cicatriz cruzando su espalda pero ya solo había una casi imperceptible marca más clara que el tono de su piel.
—Kikyo me curó— respondió a la pregunta nunca pronunciada —Después de que fuera con ella—
—Ya veo— asintió con la cabeza dejando que la prenda cayera nuevamente cubriendo esa blanca espalda —Sé que está bien— respondió sabiendo que él nunca se atrevería a decir en voz alta su preocupación por Kagome.
—Eso espero porque si algo le sucede no me lo podría perdonar—
—Ya te has castigado suficiente Inuyasha, no lo hagas más— dijo mientras que reposaba su mano en el hombro que tembló ligeramente al contacto —Será mejor que regresemos— dijo mientras se encaminaba a la casa que antes había sido el hogar de Kagome.
No quería quedarse en un lugar que apestaba a sangre y menos a sabiendas de a quien pertenecía. Prefirió subir hasta la copa del árbol desde el cual observaba ciertas veces como es que ella dormitaba sin percatarse de su presencia, se acomodó en la rama que le servía de escondite en esos tiempos y cerró los ojos esperando que hubiera una vez, solo una vez, en que no soñara con esa terrible noche.
—Imbécil— gritó con furia Naraku mientras que una de sus extensiones asfixiaba al hanyou apretando con sus asquerosos tentáculos presionando dolorosamente su cuello —No puedo creer que creas que puedes terminar con mi vida. No cabe la menor duda de que sigues siendo el mismo imbécil que conocí—
Por más que trataba de hacer llegar aire a sus calcinantes pulmones no podía lograrlo. Las cosas habían sucedido demasiado deprisa. En un minuto estaban caminando de una misión fallida para recuperar un pedazo de la perla y en el otro se encontraban rodeados por demonios bajo el mando de ese asqueroso ser que era Naraku —Mal…di…to— soltó con ácido.
Miroku se encontraba a pocos metros de él pero se veía imposibilitado de ayudarlo ya que estaba rodeado de demonios de baja calaña pero demasiados y para terminar de empeorarle las cosas no podía usar su Kazaana porque como una sucia maniobra, Naraku había llamado a sus insectos venenosos y con lo único que podía defenderse era con su báculo —Eres un cobarde Naraku— gritó mientras que blandiendo su sagrada arma golpeaba el cráneo de un demonio tricorne.
Sango y Shippo se encontraban en la misma situación, los demonios y youkais que ahí se reunieron los superaban en número y ni siquiera con el Hiraikotsu podían aminorar sus llegadas. Kirara luchaba con los feroces dientes destrozando a sus enemigos pero siempre teniendo cuidado de las serpientes venosas que con su mordida envenenaban a cualquiera que no tuviera precaución.
—¿Estás bien Kagome?— gritó la taijiya blandiendo su wakizashi contra el pecho de un cien pies que se acercaba peligrosamente a su lugar.
Flecha tras flecha y pareciera que por cada ave del paraíso que destruía aparecían 2 más para reemplazar a las fallecidas —Solo un poco cansada— respondió apuntando contra una parvada que volaban kamikazes delante del sol haciendo casi imposible vislumbrarlos y mucho más difícil poder tener un blanco seguro al cual disparar. La flecha silbó cortando el aire con fiereza antes de impactar con una de las aves y con el destello desprendido acabó con las demás.
El graznido de dolor hizo eco en las rocas del cañón en el que se habían posicionada haciendo que tuviera que cubrirse los oídos con las manos para evitar que ese espantoso sonido penetrara más. Aprovechando su descuido, una quimera se escurrió detrás de ella y con fuerte y certero zarpazo desgarro la tierna carne que protegía su costillar ganando como recompensa un adolorido chillido de parte de esa mujer que ahora se sostenía el lugar afectado con agonía en el rostro.
Al escuchar el grito de dolor de parte de su compañera y amiga, todos voltearon a donde estaba ella sosteniendo la herida mientras que con su propio poder trataba de curarla lo más rápido posible y de la misma manera evitar que los enemigos se acercaran a atacar. Miroku se deshizo de los youkais que le impedían el paso pero justo cuando estaba a escasos metros de su objetivo una nueva horda de espectros aparecieron entorpeciendo su marcha.
—Suél…ta…me— jadeaba tratando de liberarse de ese agarre que se afianzaba aún más fuerte a su garganta con cada esfuerzo —Kagome— destrozó el tentáculo con sus garras y cayendo al suelo rendido tosió. No podía llegar tarde a ayudarle, debía hacer algo para ayudarle.
—Debe de ser doloroso ver como muere, no es así Inuyasha?— se mofó mientras que más y más extensiones salían de la piel blanca que cubría su cuerpo —Y pensar que morirá una mujer más y todo por tu culpa—
—VETE A LA MIERDA NARAKU— gritó mientras que corría con la poco fuerza que le proporcionaban sus cansadas piernas —Solo aguanta un poco más Kagome, solo un poco más— podía oler la sangre que manaba de las heridas infligidas contra ese delicado cuerpo que en las noches buscaba su calor y se acurrucaba su lado cuando ella creía que él dormía.
—Kagome— chilló Shippo mientras que se escurría entre las piernas de los demonios que estaban demasiado ocupados tratando de terminar con la vida de la exterminadora como para ocuparse de un pequeño y débil kitsune que se defendía con fiereza con su Kitsunebi.
Levantó el rostro y le sonrió —Daijoubu Shippo–chan, daijoubu— pero el intenso halo de luz dorada que antes habían mantenido a las aves del paraíso alejada de ella se desvanecía poco a poco y la parvada hambrienta solo esperaba que ella se descuidara un poco —Regresa con Sango, es demasiado peligroso para ti—
—Demo…— quería correr a ayudarla pero ella se empeñaba en alejarlo —Estás herida—
—¿Acaso me crees lo suficientemente débil como para dejarme vencer por un simple rasguño cuando he sufrido heridas peores?—
Era verdad. Ella había estado presente en las peleas más agrias y duras que soportaron y siempre la había visto con una entereza envidiable y sabía que ella no dejaría que sus fuerzas menguaran por una simple herida que desde donde él estaba no parecía tan grave. Y desgraciadamente le creyó cuando vio como la luz dorada se intensificaba de manera casi sorprendente calcinando a su paso a unas cuantas aves que embravecidas se habían acercado —Hai— respondió mientras que regresaba por donde sus patitas le habían llevado.
De la misma forma en que su poder había incrementado había desaparecido dejando solo el fantasma de un fulgor porque para alejar a Shippo había usado su última reserva de fuerza espiritual teniendo que usar su arco y flecha de la manera tradicional, apuntando uno por uno a cada monstruo que surcaba por su espacio aéreo y cuando las flechas se le acabaran, que no faltaba demasiado, tendría que encontrar una manera diferente de defenderse si es que no quería tener el mismo destino que los compañeros de Kouga.
—Vamos Kagome, sabes muy bien que no eres para nada débil y debemos de demostrarle a Inuyasha de que estás hecha y que no tiene porque preocuparse por ti a cada momento— se apremió mientras que con manos temblorosas enderezaba y tensaba la cuerda apuntando a dos pájaros que, por la gracia de Kami, se encontraban una detrás de la otra. Tensó la cuerda hasta que sintió que sus dedos no soportaban más a tensión y la soltó dejando que la flecha silbara con agudeza antes de penetrar el pecho de ambas aves —Hablando de matar dos pájaros de un tiro—
Viendo que ella aún podía manejarse excelentemente no dudó en defenderse y contraatacar cuando una de las extensiones de Naraku venía por detrás amenazando con sus garras manchadas con algo viscoso de color verduzco intentando por todos los medios de hacer contacto con su piel —Cobarde— gruñó antes de destrozar en miles de pedazos esa extremidad con Colmillo de Acero.
—Has mejorado, debo admitirlo Inuyasha pero eso no significa que puedas pensarte alguien digno de combatir con alguien como yo. Ahora solo lo que estoy haciendo es jugar un poco contigo—
—Temee— esquivó los ataques que sin tregua venían contra su frágil cuerpo. Maldecía no poder ayudarla cuando más lo necesitaba —Solo un poco más Kagome, solo aguanta un poco más y estaré a tu lado— le apremiaba en silencio esperando que sus pensamientos fueran lo suficientemente fuertes como para que pudieran llegar hasta ella pero antes de que siquiera pudiera caminar un metro más, una de las extensiones de Naraku desgarró al tierna carne de su espalda en un ataque desprevenido —Cobarde— gruñó antes de regresar sobre sus pasos y tratar de vengarse.
—Nunca deberías de darle la espalda a un enemigo Inuyasha—
—Eres un maldito cobarde Naraku—
Los juegos habían acabado y Naraku peleaba cuerpo a cuerpo. Un estocada de Colmillo de Acero podía lastimarlo de gravedad y es por eso que siempre se mantenía ligeramente alejado del filo o demasiado cerca del mango para que no fuera ningún movimiento posible mientras que aprovechaba la cercanía para asestarle certeros golpes a ese hanyou testarudo que no se cansado de perseguirlo para cobrar una venganza que ya hacía demasiado tiempo había dejado de tener el mismo peso sobre su conciencia.
Un golpe a su estomago había sido suficiente para mantenerlo arrodillado unos buenos segundos mientras que luchaba por recuperar el aire expulsado, apoyado con el mango de su katana esperando el golpe final que parecía nunca llegar, alzó el rostro y ahí estaba una mueca sardónica adornando los labios de su némesis —No puedo creer que no hayas mejorado Inuyasha, en verdad me decepcionas— dijo socarronamente mientras que con una fuerte y segura patada lo mandaba de otro lado de la arena en donde estaban debatiendo su liderazgo.
Ya no había más flechas con las cuales defenderse, ya no había más poder del cual sacar una última esperanza, ya no había más segundas oportunidades en las que ella saldría vencedora con un golpe de suerte, ya solo quedaba la esperanza de que su muerte fuera rápida e indolora pero por la forma en que las aves del paraíso –irónico nombre– la miraban podía asegurarse de que sus plegarias no serían escuchadas. Suspiró por última vez esperando escuchar el graznido complacido de la parvada suspendida sobre su cabeza —okaa–san, Souta, oji–san, Sango–chan, Shippo–chan, Miroku–sama, Kaede–sama, Inuyasha. Minna–san, Saiyonara— cerró los ojos escuchando que el aletear estaba acercándose lentamente, de seguro aún estaban siendo cautelosos al no saber si es que era una trampa que la miko les estaba tendiendo.
Algunos envalentonados por no ver ningún tipo de movimiento extraño por parte de la humana decidieron aventurarse un poco más cerca dejando que sus patas tocaran tierra caminando con paso inseguro. Podía escuchar el restregar de las plumas contra su pelaje y apretó más fuerte los ojos, ya estaban lo suficientemente cerca para que el olor a sangre que les rodeara llegara hasta sus fosas. Un graznido a su izquierda y uno a su derecha le indicaron que estaban ya a su lado y que en cualquier minuto ya no vería más el sol que ahora se escondía a su espalda.
Estaba demasiado ocupado esquivando los golpes, patadas y ataques diversos provenientes de Naraku, que nunca se dio cuenta del peligro en el que en realidad se encontraba Kagome hasta que ya fue muy tarde para poder salvarla.
Sintió una ráfaga de aire golpear su rostro, después vinieron varios graznidos adoloridos y después un sepulcral silencio. Abrió los ojos dubitativa viendo que en el aire flotaban plumas azules, miles de plumas bailando y unos cuantos metros lejos de ella estaban Ginta y Hakkaku respirando pesadamente. Ellos la habían salvado.
—¿Ginta? ¿Hakkaku? ¿Qué ha pasado?— podía ver las manchas de sangre ensuciar sus rostros y piel.
—Kagome–sama, no sabe lo contentos que estamos de ver que está bien— alegaron ambos acercándose rápidamente hasta ella con las claras intenciones de asfixiarla en un abrazo consolador.
—¿Y a dónde exactamente creen que van ustedes dos?— el ookami recién llegado les impedía el paso interponiéndose entre ellos y Kagome —¿Quién les ha dado permiso de acercarse a mi mujer?— dijo sobreprotectoramente —¿Estás bien?— su rostro tenía una pequeña mancha de sangre en la mejilla.
—Hai— asintió silenciosamente. Se vio abrazada por unos fuertes brazos que la protegían —¿Kouga–kun?—
Respiró profundamente el aroma que despedía su cabello mientras que enterraba más su nariz en la cuenca que hacía su cuello y su cabeza —No lo hagas Kagome— dijo sin levantar el rostro. Viendo que no recibía ninguna respuesta o movimiento de que ella había comprendido que es lo que había querido decir continuó —No me hagas que me preocupe por ti Kagome, no soportaría perderte—
—Gomen nasai Kouga–kun— dijo mientras que descansaba su cabeza en el amplio hombro que se le ofrecía y sollozó. No había sido suficientemente fuerte, no había sido capaz, no había sido Kikyo.
—Kuso— ninguno de sus ataques parecía ser lo suficientemente efectivo para acabar de una vez por todas con ese asqueroso ser que se mofaba de él —¿Por qué no te mueres de una maldita vez?—
—¿Por qué no te rindes? Ambos sabemos que no puedes contra mi y que nunca me vencerás— se mantenía suspendido en el aire riéndose con saña ante los fútiles esfuerzos que ese hanyou realizaba —Ya la basura que te acompañaba está cansada y no resistirán más mis ataques y morirán si es que así lo deseo. Te propongo un trato Inuyasha, perdonaré la vida de esas criaturas insignificantes si me entregas tu vida. Me parece un buen trato, que opinas?—
No creía lo que le decía ese vil ser, no era posible que sus amigos se vieran exhaustos de solo luchar con youkais de baja calaña pero debía de recordar que ya llevaban varias horas enfrascados en esa interminable batalla y que la estamina no duraría para siempre. Miró a ambos lados y lo que vio no le agrado. Sango respiraba agitadamente apoyándose en su Hiraikotsu mientras que Shippo permanecía sobre sus dos piernas pero se veía el cansancio en su joven rostro; Miroku blandía con menos fuerza su báculo y sus movimientos ya no eran fluidos sino torpes; Kagome, ella estaba siendo abrazada por el maldito ookami que había llegado de no sabía donde y la herida de su costado no presentaba un buen aspecto tampoco —kuso, kuso, kuso, kuso, maldito Naraku—
—Veo con cierto grado de complacencia que has visto que tengo la razón y solo te queda la rendición—
—Zettaini nai— no era el momento de acobardarse, no cuando la vida de las personas que más importaban, de las primeras personas que no le temieron, de las primeras personas que le quisieron por como era y no por miedo de morir, corrían el peligro de perecer —Zettaini nai—
—Obstinado como siempre, ne Inuyasha?—
—Un bastardo como siempre, ne Naraku?—
Arremetieron nuevamente haciendo que acero golpeara escamas duras como el diamante sacando chispas con cada certero golpe. La sangre escurriendo sin prisas por el templado acero hasta caer en el suelo con pequeñas gotas carmesíes empañando la casi azulada grama a sus pies.
—Temee— sus golpes por más precisos que fueran no penetraban la armadura que él poseía haciendo que solo su cuerpo se extenuara aún más de lo que ya estaba. Se veía imposibilitado a hacer el Kongōsōha, era pedir demasiado pedir para su cansado cuerpo ¿Pero cuándo es que había hecho caso a los alaridos de dolor que su cuerpo expresaba?
El brillo azulado empezaba a tragarlo por completo haciendo resplandecer su figura en la noche que ya había caído sobre ellos. Pero antes de que siquiera pudiera estar listo para el ataque, sintió una mano en su hombro deteniéndolo.
—Baka, no ves que eso es lo que quiere? Quiere cansarte para después tomar tu cuerpo. No tienes fuerza para poder hacer un disparo lo suficientemente fuerte como para hacerlo valer y aún si lo tuvieras quedaría la posibilidad de que herraras y desperdiciaras esa energía dejándole carta blanca para que tomara cartas en el asunto. Baka—
—Kuso Kouga— gruñó mientras que el aura azulada desaparecía de su alrededor. La oportunidad había estado ahí y él la había dejado escapar. Bueno, técnicamente Kouga la había ahuyentado pero esos eran pequeños detalles que serían llevados a discusión después de que tuviera una "conversación" con el ookami.
—Baka ¿Es que solo piensas en ti? ¿No te importan tus compañeros? En mi clan llamamos traidores a gente como tú—
—Lo único que sé es que has impedido que acabe con el maldito de Naraku— gruñó colérico al ver que el susodicho había desaparecido debido a que la pelea con el hanyou ya había dejado de ser interesante.
—Baka, baka, baka, baka—
—Deja de repetir lo mismo una y otra vez—
—Solo lo hago porque lo mereces, eso y más. Mira como están tus compañeros y a ti sin importarte nada más que esa estúpida pelea—
—No mientas Kouga, que tú también estás interesado en ver a ese bastardo muerto—
—Pero claro que me gustaría verlo pero primero es la salud de mis camaradas antes de cualquier asunto pendiente. Vengaré a mis compañeros caídos; sí, pero no lo haré sacrificando a los que me acompañan—
—Déjate de habladurías sin sentido y lárgate de una buena vez de mi vista antes de que te acabe haciendo lo que planeaba hacer con Naraku— escupió con odio ese nombre que le envenenaba el alma.
—¿Habladurías sin sentido, dices? ¿Has mirado la salud en la que se encuentran tus compañeros? ¿Has acaso visto lo cansados que se encuentran? ¿Siquiera te importa?—
—Pero claro que me importan— gritó siendo presa de la desesperación ante necias preguntas contra su persona.
—Entonces míralos, mírales de verdad. No solo veas su exterior—
—¿Cuánta basura sentimentalista llevas contigo hoy Kouga?— contestó enfurecido. Era verdad que había estado enfrascado en la pelea contra ese despreciable demonio y que a pesar de que podía escuchar los gemidos de dolor que venían de las cansadas gargantas de sus amigos él simplemente se negaba a dejarse llevar. Bien podía haberse librado de Naraku durante unos cuantos segundos cuando aún se encontraba en completo uso de su fuerza para poder ayudar a Kagome cuando estaba batallando contra las aves del paraíso pero no lo hizo, y se maldijo por eso.
Presionó el puente de su nariz con desesperación pensando en como es que Kagome prefería quedarse con un idiota que ir con él a cuidar de su clan y convertirla en la ama y señora de los ookami —¿Anta Baka?—
—Temee—
—No te preocupes Inuyasha, estamos bien, cansados pero bien, ne koishii?—
—Hai, Ecchi–san— retiró la mano que antes había estado en su espalda y que poco a poco se fue deslizando hasta sus glúteos.
—Kagome— gritó el pequeño Kitsune corriendo hacia donde estaba escondida la luna detrás de las nubes.
—Estoy bien Shippo–chan, solo estoy un poco cansada— estaba caminando lentamente siendo custodiada por Ginta y Hakkaku que se mantenía unos cuantos pasos alejados —¿Cómo estás tú?—
—Yo he terminado con 10 onis solo— comentó mientras que alzaba el pecho con orgullo plasmado en su pequeña y aún infantil carita —Ne, Sango–chan?— volteó a ver a la taijiya esperando su asentimiento.
—Hai. Te has portado muy valiente y solo has intentado escapar una vez—
—Mou,Sango—
—Kagome–sama, Kagome–sama— exclamaron en unísono los dos ookami ganándose las miradas atónitas de los demás esperando recibir una respuesta pero ésta no tardó en llegar cuando vieron a la joven miko tendida en los brazos de Kouga que usando la rapidez de sus miembros inferiores había llegado en el momento en que ella caía al suelo casi perdiendo el conocimiento.
—¿Kagome?— le llamó moviendo con literalmente poca fuerza esperando que ella despertara.
—¿Kouga–kun?— llamó entre sueños mientras que el sueño se relegaba lentamente.
—¿Daijoubu ka?—
—Hai— se trató de levantar separándose un poco de su fornido pecho consiguiendo que solo un mareo ascendiera sin misericordia —Solo un poco mareada—
—Debe de ser por la sangre que has perdido, no es mucha pero junto con el cansancio han logrado formar una mezcla no muy fácil de sobrellevar— pasó una mano por debajo de sus piernas capturando la extraña prenda que cubría escasamente sus muslos y la otra mano la pasó por su espalda logrando cargar su peso equitativamente.
—No te molestes Kouga–kun, puedo caminar— dijo excusándose mientras que un sonrojo coloreaba sus mofletes.
—No es ninguna molestia y además no puedo permitir que mi mujer camine estando enferma cuando estoy yo para ayudarla—
—Bájala en este preciso instante— llamó desde no muy lejos la potente voz de Inuyasha que miraba con los ojos encendidos con celos la escena que esos dos presentaban —Yo puedo llevarla—
—No quiero— respondió escuetamente mientras que pasaba por su lado sin siquiera dignarle una mirada. Ese estúpido hanyou no merecía ni sus palabras y menos por la forma en que negligentemente cuidaba de la que era su mujer —Además, ya has hecho suficiente—
Gruñó con fastidio como única respuesta viendo como se alejaban entre la maleza rumbo al improvisado campamento que habían realizado apenas ese día antes de que la presencia de Naraku les alertara del peligro inminente.
La luna brilló a sus espaldas iluminando envidiosa los cabellos que rivalizaban con su blancura dejando que la fresca brisa los moviera a su caprichoso antojo —Keh— gritó al viento mientras que se encaminaba hacia donde había desaparecido los demás unos cuantos minutos atrás.
Se acercó dudoso al claro en el que se encontraban las dos mujeres a sabiendas de que no sería reprendido por estar en un lugar en donde no deberían de haber hombres ya que Sango se encontraba curando la herida de Kagome dejando su pecho al descubierto —¿Cómo sigue?—
—La herida no era muy profunda pero aunado con el cansancio han logrado dejarla fuera de combate— Sango respondía mientras que limpiaba las gotas de sangre —Solo debe de descansar un poco—
—¿Has terminado?— llamó desde un parte alejada de donde estaba el improvisado lugar para las curaciones.
—Hai— le indicó con un asentimiento que podía acercarse. Vio la sombra salir de detrás de los arbustos hasta acercarse hasta ellos.
—Deberíamos de dejar que regrese a su época unos cuantos días en cuanto se recupere ya que por lo que nos ha dicho Inuyasha, ahí tienen efectivos remedios para cualquier tipo de situación—
—Solo será cuestión de unas cuantas horas de descanso y una comida consistente ¿Cómo está Inuyasha? Por lo que vi su cuerpo no está en muy buen estado, talvez deberíamos de tratarlo hasta que Kaede–sama pueda ayudarlo, ya que mis conocimientos no son lo suficientes—
—Está adolorido pero ya lo conoces, se niega a aceptar ayuda alegando como siempre que sus heridas sanan rápido. Por más que le insisto en que debe de curar por lo menos las heridas más profundas, se niega a escucharme— dijo encogiéndose de hombros en el momento en que se sentaba en la azulada grama —¿Y tú, Sango–chan?—
—Solo un poco cansada, es todo—
Caminaba de un lado al otro sin importarle que sus recién cerradas heridas se abrieran y mancharan su vestimenta tiñéndola de un color aún más rojizo —Kuso— maldecía una y otra vez por haber perdido contra Naraku, por haber dejado que lastimaran a Kagome, por ser detenido por Kouga, por que sabía que había sido una lucha egoísta y que había sacrificado la vida de las personas que estimaba por una venganza.
—¿Puedes detenerte de una vez?— gruñó Kouga mirando los rayos blancuzcos que se colaban de entre las ramas.
—Oblígame— seguía yendo de un lado al otro sin impórtale las quejas del ookami.
—Hoy en verdad la has hecho Inuyasha, has dejado que lastimen a Kagome— arrancó el tallo de una flor silvestre desgarrándolo en pequeñas líneas.
—Ella se puede defender—
—Eso lo sé, pero también sé que ella no es como tú ni como yo. Ella no tiene la misma fuerza o habilidad, no puede defenderse con garras como lo haríamos nosotros y no tiene los sentidos tan agudos para percibir al enemigo a pesar de sus poderes de sacerdotisa—
—No tienes porque recordármelo— dijo fastidiado sentándose recargado en un viejo tronco.
—No, sí debo de recordártelo porque hoy lo has olvidado. Te enfrascaste tanto en la pelea contra Naraku que no te ha importado que ella se encontrara rodeada por las malditas aves del paraíso y que careciera de flechas para defenderse— su vista seguía fija en las finas tiras verdes de lo que antes fuera un tallo —¿Sabes que hubiera pasado si no hubiera llegado en ese momento? Ella estaría muerta— levantó el rostro y lo encaró mostrándole su más fiera mirada.
—Tú hubieras hecho lo mismo que yo— se excusó desviando el rostro de esa intensa mirada.
—No Inuyasha, no si significara poner la vida de mis demás camaradas en peligro. Sabes muy bien que mi odio por el asqueroso de Naraku es igual a tuyo pero no me ves dejando que degüellen a mis acompañantes solo para que mi ego no sufriera un resquebrajamiento—
—Keh— se levantó de su lugar y caminó hasta donde sabía que se encontraba ella pero mientras se acercaba hasta el pequeño claro escuchó las voces de sus compañeros diciendo que ella debería de pasar unos cuantos días en el futuro. Pero unos días no eran suficientes, no cuando su vida corría peligro y él era tan egoísta como para poner sus intereses antes que ellos.
—Oh Inuyasha, no te había escuchado— respondió la taijiya zanjando su conversación con el joven monje a su derecha —¿Quieres que cure tus heridas? No soy una profesional pero al menos puedo evitar que se infecten—
—No gracias— contestó sin despegar su mirada de el hombre sentado a pocos pies lejos de él —Miroku, necesito charlar contigo. A solas—
Retirándose las hierbas pegadas a su hábito se encaminó detrás de Inuyasha hasta llegar a un lugar intermedio entre el campamento y el improvisado lugar de reposo de Kagome —¿Qué sucede Inuyasha?—
—¿Crees que Kagome está segura con nosotros?— preguntó mientras que dejaba que su espalda descansara contra el tronco que podía compararse con antigüedad con el mismo árbol sagrado en el que había sido sellado.
—Kagome–sama es una mujer fuerte, lo sabes—
—Eso lo sé pero Kouga tiene razón, ella no es como él ni como yo—
—Podrías repetirme la última parte— dijo divertido de ver que por primera vez desde que el ookami se había presentado, le había dado un punto a su favor.
—Urusei— giró el rostro indignado girando el rostro evitando encararlo.
—Como digas— respondió encogiéndose de hombros no dándole mucha importancia a la discusión a sabiendas de que nunca lograría que Inuyasha aceptara sus palabras —No lo creo—
Recibió una confusa mirada dorada —¿A que te refieres?—
—No creo que Kagome–sama se encuentre segura, no mientras que su defensa y ataque consista en el uso de las flechas; ya que como hemos podido presenciar este día, cuando las flechas se terminan ella queda a merced del enemigo— le dolía aceptar las cosas pero apreciaba demasiado a Kagome como para dejar que ella pereciera a la corta edad de 16 años —Ella debería de regresar a su época y no regresar, por lo menos hasta que sus poderes sean comparables con Kikyo—
Las palabras pronunciadas eran solo al verdad y por más doloroso que le pareciese, debía de aceptarlas —Gracias— contestó alejándose de ese lugar para adentrarse al claro en el que anteriormente habían estado.
—Inuyasha— dijo con voz cansada y soñolienta —¿Cómo te encuentras?— suprimió un bostezo tratando de evitar que sus ojos se velaran para que de esa manera pudiera verlo directamente sin tener que tallarlos a cada rato para evitar que el cansancio se apoderara de su cuerpo.
—Baka— dijo mientras que se sentaba en el suelo a su lado dejando que sus piernas quedaran al nivel de los ojos de la miko —No debiste de excederte—
—Já, habla el que se niega a ser atendido y que sin importar sus heridas sigue luchando— dijo un poco más despierta. Si era para defenderse contra el hanyou plateado pues necesitaba estar en todos sus sentidos.
—Keh, solo eres una humana débil— replicó cruzando los brazos por encima de su pecho cubriendo solo a la mitad una viscosa mancha de sangre a medio secar.
—Inu no baka— contestó sentándose en el césped dejando que sus expuestas piernas rozaran con la prenda hecha de la piel de las ratas de fuego —Todos nos sentimos cansados alguna vez—
—Yo no— respondió altivo alzando el pecho con orgullo como minutos antes Shippo lo había hecho —No soy como ustedes los humanos que solo con unos cuantos golpes ya se encuentran en el suelo—
Casi podía sentir la rabia burbujear en sus adentros al escucharlo hablar con ese tono despectivo y esa estúpida sonrisa en el rostro —Inuyasha— le llamó con una dulzura extrema que hizo erizar los cabellos blanquecinos de su nuca —Osuwari— respiró más calmada después de escuchar el seco sonido que hacía el rostro del hanyou en la tierra.
—Ka...go…me…— bufó mientras que se reincorporaba limpiando sus ropas de las motas de polvo.
—¿Inuyasha?— preguntó el joven monje sorbiendo un poco del té que apenas habían terminado de hacer, dejando que su cuerpo se calentara un poco en esa noche estival que presagiaba lluvia.
—Si— asintió Sango sirviendo una taza a Ginta que le sonreía ampliamente antes de tomarla entre las manos tratando de evitar que el caliente líquido quemara sus palmas.
—Baka— agregó Kouga recibiendo calmados asentimientos por las 5 personas sentadas a su alrededor sin contar un maullido de Kirara.
—¿Suficiente?— dijo respirando rápidamente después de repetir la misma acción un par de veces más solo para que Inuyasha dejara de repetir cosas como: "Temee" "Maldita mujer" "Me las vas a pagar", y demás necedades que solo conseguían que una y otra vez su rostro se estrellara contra el suelo.
—Kagome— tosió tratando de que su voz no sonara rota. Sintió como una gota fría caía en sus mejillas. La amenazante tormenta había cumplido su promesa dejando caer sus infinitas gotas de lluvia mojándolos.
Sin prestarle atención extendió la mano dejando que unas cuantas gotas cayeran en la palma de su mano mojándola ligeramente —Tenemos que cubrirnos— dijo completamente despierta debido a la intensa discusión que había mantenido con Inuyasha —Ike— le apremió tendiéndole la mano para darle un soporte cuando se levantara.
—Kagome, necesito hablar contigo— dijo fríamente sin importarle que sus ropajes poco a poco se fueran humedeciéndose —Es importante—
—¿Doushita no?—
La apremió para que lo siguiera hasta alejarse más y más del improvisado campamento en que los demás se encontraban. Caminaron durante varios minutos en un incómodo silencio dejando que el golpeteo constante de las gotas contra el suelo llenaran el vacío.
—¿Inuyasha?— se habían detenido a unos cuantos kilómetros de donde ella sabía que se encontraba la vieja aldea de Kaede que residía desde tiempos inmemorables.
—Vete— dijo dándole la espalada. Supo que estaba detrás de él sorprendida mucho antes de sentirla a su espalda ligeramente agarrada de su túnica —¿Qué no has oído?— gruñó desesperado sintiendo como poco a poco el agarre se hacía más y más fuerte.
—No…No entiendo que es lo que quieres decir— dijo confusa. Minutos antes habían estado inmersos en una de sus cotidianas discusiones y ahora él la rechazaba sin darle ninguna explicación.
—¿Qué es lo que no entiendes, mujer tonta?— se hacía cada vez más desesperado el agarre en su espalda y pocos segundos después sintió como ella descansaba su rostro entre sus omóplatos y como su traje se empañaba un poco más y estaba seguro de que la lluvia no era la responsable de esa nueva humedad —No me toques y lárgate de una buena vez— gritó moviéndose bruscamente para quitársela de encima.
—¿Por qué me tratas así Inuyasha?— dijo casi llegando a la desesperanza —Maldita sea, merezco una explicación por la cual me alejas de tu lado cuando lo único que he hecho es estar contigo en todo momento—
Giró sobre sus talones y la enfrentó con la mirada más dura que se había permitido para con ella desde que la conocía —¿Quieres una explicación? ¿Qué te parece esta? Eres débil, eres solo un estorbo que entorpece mis peleas, me distraes porque siempre tengo que protegerte, me fastidias con tus continuos llamados— le rompía el corazón verla en ese estado tan lastimero pero sabía demasiado bien lo obstinada que era y si le decía que quería que se alejara de él porque temía que la lastimaran, ella permanecería ahí diciendo que entrenaría para ser más fuerte —No puedes defenderte y tienes que acudir a los demás para que te auxilien, eres torpe, siempre eres la primera en caer en manos del enemigo por tu falta de fuerza— venía la estocada final y se odiaría toda la vida por lo que le diría pero se odiaría más profundamente si es que ella moría por su culpa —Y no eres Kikyo— casi pudo escuchar el lastimero sollozo que provenían de esos labios.
—¿Lo dices enserio?—
—Pero claro que lo digo enserio. Todo lo que he dicho es la verdad que he estado guardando desde hace un año cuando destruiste la perla—
—Entonces me iré y no volverás a verme— agregó furiosa mientras que se enjugaba las lágrimas con el dorso de la mano con fuerza lastimándose el delicado rostro.
—¿Qué no es eso lo que te he pedido en un principio?— no esperó ninguna respuesta y se alejó de ella caminando por el mismo rumbo por el que habían llegado mientras que en su mente se repetían una y otra vez la escena en la que ella lo veía partir nombrándolo con casi un susurro mientras que las gotas se encargaban de mezclarse con sus amargas lágrimas.
—Adiós— y sin más dilaciones recorrió el camino que la separaba del pozo devorador de huesos que la transportaría de nuevo a su época.
Llevó el tenedor hasta sus rojizos labios comiendo con delicadeza lo que consistía su cena —Te vez agitada ¿Sucede algo Kagome? No has sido la misma desde esta mañana— dejó el plateado utensilio en la mesa con delicadeza, alzó la copa llena de vino tinto que contrastaba con sus labios.
—Iie— respondió dejando sus cubiertos sin tocar su comida. Era verdad que no había estado en su propio estado de humor desde esa mañana cuando despertó respirando agitadamente recordando esa fatídica noche hacía ya 5 años —Me retiro Hakushaku–sama— extraño apelativo para alguien que parecía ser solo unos 5 años mayor que ella.
—Yoi yume o, Kagome–chan— dijo alzando su copa despidiéndola.
Siempre tan encantador con su elegante acento ingles y sus exquisitamente refinados modales, su cabello negro azabache encarnando una delicada pintura contrastando con la blancura de su rostro adornado por dos amatistas como ojos, su largo y delicado cuello, sus fuertes y anchos hombros cubiertos por una delicada pieza de seda y sus angostas caderas resguardadas por finos pantalones. Todo en él era encantador y perfecto sino fuera por esa maldad visible en sus ojos y voz haciendo notable la maldad dentro de ese frágil recipiente que era su cuerpo.
Dicen que los ojos son la ventana del alma, pero que decir de un hombre que había perdido la suya hacía ya tantos años?
—Yoi yume o, Kagome— respiró una vez más el fresco olor del aire y se dejó llevar por el sueño esperando que llegara sin pesadillas pero las cosas no son siempre como él deseaba, eso lo podía constatar.
Momento cultural:
Hanyou: Mitad demonio
Wakizashi: Katana corta
Kitsunebi: Literalmente "fuego de zorro", es el aliento inflamado de un zorro.
Daijoubu: Estoy bien
Demo: Pero…
Hai: Si
Temee: Bastardo
Oka–san: Madre
Oji–san: Abuelo
Minna–san: Significa todos pero en una manera respetable
Saiyonara: Adiós
Miko: Sacerdotisa
Ookami: Lobo
Kuso: Mierda
Zettaini nai: Nunca
Kongōsōha: Técnica que usa Inuyasha que lanza diamantes.
¿Anta baka?: ¿Eres idiota?
Koishii: Amada
Ecchi: Pervertido. Sango utiliza ese adjetivo como si fuera el nombre de Miroku
Oni: Ogro o demonio
Mou: Exclamación de frustración XD
¿Daijoubu ka?: ¿Estás bien?
Urusei: Cállate dicho en forma ruda por un hombre
Ike: Vamos
¿Doushita no?: ¿Qué sucede? ¿Qué pasa?
Hakushaku: Conde
Yoi yume o: Dulces sueños
Muchas gracias por leer y esperamos sus reviews.
