Definitivamente, era una estúpida.

Ahora Percy creería que seguía sintiendo algo por Jasón. Él se marchó a su cabaña luego de despedirse, camino con paso decidido y sin mirar atrás, entro a su cabaña, sumido en sus pensamientos.

Me quise pegar en la frente, pero en vez de eso entre lo más sigilosamente en mi cabaña, cerrando las cortinas de mi litera tratando de conciliar el sueño.

Casi me había echado a llorar cuando Percy me propuso intentar algo serio. Recordé mi promesa a mí misma y me tragó las lágrimas. Yo no necesitaba a un príncipe azul perfecto cuando tenía a Percy a mi lado.

¿Ahora? Yo misma había tirado todo eso por la borda, pensé que, cuando amaneciera, saldría a hablar con Percy por la estupidez que había dicho yo misma.

No me di cuenta que había amanecido ya, hasta que sentí el calor de los rayos del sol a través de las cortinas de mi litera.

Me vestí silenciosamente, con unos pantaloncillos de mezclilla con cadenas doradas en los costados, la camiseta del campamento, unos conversen negros y coloque a Katoptris en mi cinturón.

Salí lo más sigilosamente posible de la cabaña, intentando no despertar a mis hermanos.

Deduje que debían ser las seis de la mañana, solo unos pocos campistas estaban levantados ya.

Me dirigí al pabellón de comida cuando sonó el cuerno que indicaba la hora del desayuno. No habían muchos campistas desayunando, solo unos cuantos chicos de Apolo, unos de Hefesto, Atenea y claro, yo era la única en la mesa de Afrodita. Claro, como conocía perfectamente a Percy, sabía que se despertaría como a las ocho o nueve de la mañana, él podía ser bastante dormilón a veces, o más bien, siempre.

No probé mi desayuno luego de dar mi ofrenda. Recordé que hacía tiempo que no veía en la hoja de su daga, pero me negué a desenvainarla para eso. Ver en ese cuchillo maldito le traía solo malas noticias.

Luego de comer toda mi ensalada de frutas frescas, me encamine en la salida del pabellón. Me dirigí a la arena de entrenamiento, pensando en Katoptris. La arena estaba vacía a excepción de unos chicos de Ares y una rubia muy peculiar observándome fijamente. Me dirigí hacia Annabeth y le dedique una sonrisa amable.

-Hola, Piper. ¿Te apetece un duelo amistoso?

Sonreí desafiante.

-Por supuesto.

Desenvainamos nuestras dagas y comenzamos la lucha. Annabeth era rápida y calculadora, por lo que siempre terminaba venciéndome. Esta no fue la excepción.

Recogí mi daga del suelo y la acompañe por una botella de agua. Luego nos sentamos bajo la sombra de un árbol.

-Siento lo de Jasón y tu- dijo Annabeth, observando como luchaban los hijos de Ares-. Pero Percy y tú harían buena pareja.

Abrí la boca sorprendida.

-¿Cómo lo...?

-Los vi, en la madrugada- respondió sonriendo humildemente-. Y no, no me molesta.

Casi me olvide que Annabeth siempre lo sabía todo con solo una mirada. Así era ella, mi mejor amiga. Ahora sabia porque Percy se había fijado en ella anteriormente, si había alguien que podía controlar al problemático de Percy, esa era Annabeth. Por razones como esa, sentía mucho más celos de Annabeth. Sacudí la cabeza alejando esos pensamientos y seguí charlando con Annabeth sobre cosas triviales.

Luego de charlar un rato con Annabeth, me dirigí al lago de las canoas a pasear por la orilla, cuando distinguí una silueta acostada en la orilla. Hubiera parecido un náufrago para los que no lo conocían, y si no estuviera con los brazos tranquilamente posados tras su cabeza.

Me acerque a él, pensando que no había sentido mi presencia y me arrodille junto a él. Me equivoque cuando vi que abrió los ojos mirándome como si me estuviera esperando desde hace rato. Amaba esos ojos verde mar que causaba que mi corazón palpitara con más fuerza. Amaba su sonrisa problemática y divertida que siempre se hacía presente. Literalmente, amaba todo de él.

-Podría oler tu fragancia a flores desde kilómetros, Pipes- dijo con una sonrisa.

Sonreí con ternura y agache la cabeza para darle un dulce beso.

-Pensé que te habías enojado por... lo de ya sabes- dije con nerviosismo jugando con una pluma de una de mis trenzas.

-Sabes que no me podría enojarme contigo- gruño pero se sentó y me abrazo por los hombros. Reí un poco- Si sigues sintiendo algo por Jasón...

Lo iba a interrumpir cuando hizo un ademan de que lo dejara hablar.

-... te ayudare a olvidarlo, y hare que te enamores locamente de mí, Piper McLean- dijo con una sonrisa deslumbrante y un brillo en los ojos.

Realmente, ahora saben lo que me encanta de este chico. Generalmente, quería romper las reglas siempre con Jasón, hacer algo rebelde y loco, pero él era muy recto, entrenado para ser siempre un líder. Ahora, con Percy lo podría hacer siempre. Su actitud despistada siempre le había hecho ver tierno.

-No, Percy- su cara demostró la decepción por un momento-. Tú ya me has enamorado locamente.

-¿Ósea que ahora sales con Percy?

-Sí, Leo-le respondí rodando los ojos divertida.

-No me hagas esos gestos con los ojos, niña- dijo Leo imitando la voz del entrenador Hedge.

Sonreí y Calipso se rio un poco.

-¿Calipso, como va tu jardín?- le pregunte interesada.

Ella sonrió e hizo un ademan que la siguiera. Detrás del Bunker 9, en un invernadero de vidrios, había un pequeño espacio de tierra con varias plantas mágicas plantadas en la tierra o en masetas que colgaban del invernadero. Había desde Lazos de lunas hasta Lazos de sol. Eran clases de jazmines mágicas. El lazo de luna -según lo que me había dicho Calipso- era una planta de noche, que la luna hacia que sus pétalos brillaran a la luz de la luna. Los lazos de sol era lo mismo que el lazo de luna, solo que este brillaba a la luz del sol. Para aclarar, había muchas plantas más, pero estas eran mis favoritas.

Había otra flor que llamaba más mi atención. Le pregunte a Calipso su nombre y me dijo que se llamaba Clavel del Mar. Tenía la forma de un jazmín, sus pétalos eran azules como el lago y brillaban como si tuvieran pequeños diamantes incrustadas en ella. Cada vez que Calipso lo regaba con agua -no con néctar-, sus pétalos se volvían aún más azules. Esa flor le hacía recordar a cierto aficionado del azul.

-¿Te gusta?- pregunto Calipso al ver que miraba la flor un poco -muy- embobada.

-Sí, mucho.

La mire apenada cuando ella arranco la flor de la maceta y me la tendió.

-No, Calipso. No lo podría aceptar- me negué frenéticamente.

-Por favor, Piper. Considéralo un regalo, me enfadaré si no lo aceptas- dijo y sin esperar mi respuesta me lo puso detrás de la oreja.

Le sonreí agradecida.

-Eres la mejor, Calipso.