Capítulo 4: Falsa confesión
De nuevo me llevaron a la sala del juicio apenas sin pensar en nada; como si me hubieran arrebatado mi capacidad de sentir o de actuar tras el hecho de que sólo tenía un amigo en este mundo que en esos momentos me consideraba culpable como el que más.
Poco a poco, los asistentes volvieron a ocupar sus asientos ansiosos por oír el veredicto del Wizengamot mientras yo permanecía inmóvil, atado otra vez en mi silla, sabiendo antes de tiempo cual debía ser mi destino.
El tablero estaba dispuesto, las piezas comenzaban a moverse... estaba en jaque y ya no había marcha atrás.
En los últimos minutos una idea se fue fraguando en mi cabeza, al principio la rechacé rotundamente, pero ahora empezaba a entender que esa idea era mi única salida... La única manera de salvar mi alma por el daño ajeno que había causado.
-Siéntense- inquirió Crouch tras haber hablado largo rato con Dumbledore-. El Wizengamot acaba de tomar una decisión respecto al acusado Sirius Black que ahora mismo me dispongo a...
-Disculpe que interrumpa, pero me gustaría decirles algo- dije armándome de valor.
-¿Y no ha tenido tiempo de decírnoslo antes?
-Antes no he sido lo suficientemente sincero con ustedes.
La tensión se palpaba en el ambiente... El silencio llegaba a ser asfixiante. O al menos eso me parecía a mí.
-Habla- anunció el juez con gravedad.
-... Yo soy el culpable de la muerte de los Potter- dije de carrerilla y mirando al suelo-. Yo les maté.
El silencio se vino abajo tras pronunciar aquellas palabras. Desde mi posición pude oír con claridad todos y cada uno de los insultos que me lanzaban los presentes en aquella sala. No les culpaba por ello, es más, lo veía un acto sumamente razonable.
-¡SILENCIO!- exclamó Crouch con otro golpe de martillo. Después se volvió a dirigir hacia mí-. De modo que antes nos mintió. ¿No es así?
Asentí ligeramente con la cabeza sin atreverme a levantar mi vista del suelo... Sin atreverme a mirar a los ojos a Dumbledore.
-Entonces eso lo cambia todo.
Tras unos segundos de silencio, que a mí me parecieron horas, prosiguió:
-Sirius Black, te condeno a pasar el resto de tus días en la prisión de Azkaban de donde jamás has de volver a salir...¡Llévenselo!
En ese preciso instante sentí como mi corazón detenía sus rítmicos y acelerados latidos y dejaba de bombear la sangre que debía llegar al resto de mi organismo, incluido el cerebro que ahora era un hervidero de pensamientos inconclusos. Miré a mi alrededor con la esperanza de que todo lo ocurrido fuera una terrible pesadilla y me despertara sobresaltado, de un momento a otro, en mi confortable cama... pero aquello, por desgracia, no era un sueño.
Los aurores comenzaron a desatarme de mis ligaduras para llevarme a la que a partir de ahora iba a ser mi hogar durante el resto de mi vida: La prisión de Azkaban.
El simple hecho de pensar en ella me producía una serie de escalofríos que me hacían estremecerme de terror cada vez que recordaba sus negros muros y a las alimañas que en ellos se albergaban.
Después de haberme desatado, me obligaron a ponerme de pie. Yo permanecí inmóvil ante mi desagradable destino, inmerso en mis oscuros pensamientos. Ante mí, en la tribuna principal , Dumbledore me miraba compasivo desde las alturas. ¿Cómo podía ser posible?
Uno de mis custodios me propinó un fuerte empujón que me hizo caer al suelo... Estaba muy débil... Ya no tenía fuerzas ni para resistirme. Con obediencia deje que me tomaran de los brazos y me arrastraran hasta la salida por ese corredor lleno de rostros que se arremolinaban a ambos lados del pasillo para verme despojado de mi total dignidad.
Desde abajo pude ver el rostro de Remus Lupin. No parecía estar tan complacido por mi confesión como en un principio me dijo que lo estaría. En el fondo yo sabía que él quería creer lo que le dije en aquella habitación, pero hasta que no viera con sus propios ojos que Peter Pettigrew estaba vivo seguiría creyendo que yo era el culpable... ahora mi única esperanza era que encontraran a Peter.
Me fui alejando de Remus, hasta que al final lo perdí de vista... ya nunca volvería a verle y eso me dolía en el alma. Sin embargo, lo que más me dolía era que todo el mundo pensara que yo maté a mis mejores amigos... a mi familia.
Con aquel pensamiento todavía en mi cabeza fui arrastrado hasta una sala en donde no había absolutamente nada. Yo ya la conocía, pues en esa habitación era donde me habían traído desde Azkaban. Los aurores me pusieron en el centro y junto a ellos desaparecí en un torbellino azul y gris.
