Capítulo 3:

El niño no era nada tonto, pero tampoco necesitaba ser muy inteligente para darse cuenta de que él era su padre. ¿Cuánta gente podía haber en el mundo con ese color plateado natural de cabello y con los ojos dorados? En verdad, no muchos. Él solo recordaba haber conocido a su padre y a su hermano mayor, con el que no se hablaba desde hacía más de diez años, con unas características semejantes.

Fueron a una cafetería. Kagome le había prometido un gran batido de chocolate a Setsu si lograba ganar el partido, y necesitaban hablar. Setsu no le quitaba los ojos de encima. Parecía estar a punto de hacerle una pregunta en todo momento que, al final, nunca formulaba. Se aferraba a la mano de su madre con fuerza, lo que empezaba a hacer que se sintiera un tanto incómodo ante aquel que era su hijo. Apenas hacía veinticuatro horas que sabía que tenía un hijo; aún no terminaba de hacerse a la idea. Mucho menos con su hijo a su lado, estudiándolo como si fuera una rata de laboratorio.

En la cafetería, Kagome puso un enorme batido de chocolate frente a Setsu; no lo tocó. En respuesta, él se bebió de un solo trago el amargo café solo que había pedido. Kagome tomaba sorbitos de té incómoda, sin apartar la mirada de su hijo. Kaede era la única que se comportaba con total normalidad y quien llevaba las riendas del asunto. Era un alivio tener a la anciana ayudándolos, pues no sabía cómo tratar con el niño.

— ¿Qué tal el día, mi cielo? — le preguntó Kagome.

— Bien. — contestó secamente — He ganado a Mance.

— ¡Eso es genial! — intentó animarlo — ¿Por qué no te tomas ese batido que te has ganado?

El niño accedió a tomar un sorbo con la pajita; después, continuó mirándolo fijamente. Se podía cortar la tensión en el ambiente. A lo largo de su vida, se había encontrado en las situaciones más tensas y estresantes intentando negociar propiedades para construir urbanizaciones, campos de fútbol o lo que fuera que le encargaran, pero nunca habían conseguido ponerlo nervioso. Era realmente curioso que fuera un niño quien acabara por completo con sus nervios de acero. No sabía qué hacer o qué decir. Estaba por completo bajo el poder del niño, de su hijo.

No terminaba de acostumbrarse a la idea de tener un hijo. Siempre había estado solo. Su madre, la única persona a la que se había sentido unido, murió cuando él era muy pequeño y no guardaba relación con su padre o con su hermano. Apenas se veía un par de veces al año con su padre y siempre resultaban reuniones rápidas e incómodas. Su apartamento estaba vacío siempre. Podría haberse casado años atrás, pero, desde que conoció a Kagome, toda su vida empezó a derrumbarse. Fue como si ella hubiera roto algo, como un mal de ojo. De repente, Kikio tenía pruebas de que le fue infiel anteriormente y él no funcionaba con ninguna mujer. Siempre estaba Kagome presente.

— ¿No tienes hambre, Setsu? — le preguntó su madre — Podemos pedirte un sándwich o…

— No tengo hambre.

Kagome estaba cada vez más preocupada. Le lanzó una mirada nerviosa y señaló con la cabeza al niño junto a ella, suplicándole con la mirada que hiciera algo. ¿Qué podía hacer él? Ella era quien conocía a Setsu; él no sabía nada del niño. No, en eso se equivocaba. Sí que sabía algo del niño. Le gustaba el fútbol europeo y a él también.

— ¿Cuál es tu equipo de fútbol favorito? — le preguntó para romper el hielo — A mí me gustan mucho los españoles. Creo que tienen muy buenos equipos.

— Sí, es verdad. — contestó el niño — A mí me gusta el Real Madrid.

— Sí, es un buen equipo, pero en España hay muchos. — sonrió — Una vez fui a ver la copa del rey allí y visité muchas ciudades. Hay muchísimos equipos y cada uno es un mundo. El Real Madrid es muy famoso y también el Barça, pero otros equipos como el Osasuna o la Real también eran muy buenos. Me resultaron particularmente interesantes los equipos pequeños del norte por la lealtad de sus aficionados.

El niño conocía mucho de esos equipos para su sorpresa. De España pasaron a toda Europa y la conversación pudo fluir por fin. Era ciertamente agradable tener a alguien con quien hablar de fútbol; más aún si se trataba de su hijo. Cuando iba por su tercera taza de café, el niño hizo al fin la gran pregunta.

— ¿Por qué te fuiste? — preguntó — ¿Por qué nos abandonaste?

— Es complicado…

Kagome apartó la mirada, demostrando que no iba a ayudarlo. No tuvo más remedio que enfrentarse solo al niño.

— Lo entenderé. — le prometió.

— No lo creo…

Jamás entendería que él se perdiera el embarazo de Kagome, su nacimiento, la primera vez que abrió los ojos, su primera palabra o su primer paso. Siempre se preguntaría por qué no fue él quien le enseñó a jugar a fútbol o por qué no fue a verle jugar sus partidos.

— Yo no sabía que ibas a nacer…

Era la única verdad que podía decirle al niño.

— ¡Eso es imposible! — exclamó el niño — ¡La cigüeña te buscó!

— ¿La cigüeña?

No entendía nada. Para su suerte, Kagome, preocupada por el rumbo que tomaba la discusión, decidió intervenir al fin.

— La cigüeña. — repitió ella guiñándole un ojo — Ya sabes, la que trae a los bebés.

Claro, el niño era muy pequeño para saber de dónde venían realmente los bebés.

— La cigüeña busca a los papás y a las mamás para decírselo.

Eso debió contárselo Kagome, seguro. Estaba muy resentida con él.

— Mi cigüeña no llegó… — rápidamente inventó una excusa — Verás, en el tráfico aéreo de cigüeñas hay unas aves muy malas que se dedican a evitar que los papás no nos enteremos de que vamos a tener un hijo.

— ¿En serio? — preguntó el niño asombrado.

— ¿En serio? — preguntó Kagome con claro escepticismo en el tono.

Le lanzó una mirada de reproche por intentar estropearle la excusa y continuó con la historia.

— Sí, son los cuervos. Son muy malos y quieren romper familias, así que atacan a las cigüeñas y evitan que puedan darle el mensaje a los papás.

El niño se creyó la excusa al pie de la letra; la madre le lanzó una mirada asesina; y Kaede se tapó la boca para contener las carcajadas por su explicación. Se había salvado por poco de la inquisición a la que había decidido a someterlo el niño aunque, a juzgar por su mirada, se le avecinaban muchas más preguntas.

— ¿Cómo te llamas? — le preguntó.

Se percató entonces de que no se había presentado ante su propio hijo.

— Me llamo Inuyasha. — se presentó ofreciéndole la mano como a un hombre adulto — Inuyasha Taisho.

El niño se mostró encantado porque lo trataran como a un hombre. Viviendo entre mujeres que lo mimaban y lo atosigaban a besos y abrazos, necesitaba una figura masculina.

— Yo soy Setsu Higurashi. — le dio la mano y compuso un mohín — ¿O Taisho?

Miró a su madre al formular aquella pregunta. Kagome puso cara del más absoluto horror al escuchar a su hijo. Pudo sentir en sus propias carnes el pánico de la madre. No quería que Setsu llevara su apellido y no le extrañaba. ¡Diablos! Se estaba poniendo blanca como una hoja y respiraba con dificultad. Temiendo que estuviera a punto de desmayarse, decidió poner fin él mismo a la preocupación de ambos.

— Digamos que Higurashi por el momento, ¿de acuerdo?

El niño asintió y Kagome se excusó para ir al cuarto de baño en cuanto logró recuperar el aliento. Kaede la siguió muy consternada; ya agarraba su mano antes de que desaparecieran en los servicios.

— ¿En qué trabajas?

Setsu ni siquiera se había percatado de lo que había provocado a su alrededor.

— Compro terrenos por encargo para construir otras cosas en ellos.

— Parece aburrido.

— Sí que lo es.

El niño agarró su batido y se bebió la mitad de un solo trago. Lo miró impresionado, y lamentó que Kagome no estuviera allí para verle tomárselo.

— ¿No te apetece comer algo? — le preguntó, recordando que los niños gastaban mucha energía — Yo te invito.

Le compró un bocadillo de jamón y unas patatas fritas. El niño comía como una lima. Teniendo en cuenta su tamaño, necesitaba todo ese alimento. Se sintió orgullo mientras contemplaba a su hijo devorar el bocadillo y las patatas. Era increíble que él y Kagome crearan algo tan perfecto.

Setsu ya se había comido medio bocadillo cuando Kagome y Kaede volvieron a la mesa. Kagome había estado llorando. Por más que intentaba ocultarlo, no podía esconder la rojez provocada por la irritación de la humedad. Se sentó una vez más junto a su hijo, cogió una servilleta y se la prendió a la camiseta a modo de babero para que no se manchara. Después, mesó su cabello y le dio un beso en la coronilla. Le recordó a su propia madre mimándolo a la hora de la merienda cuando tan solo era un niño. Su madre murió pronto, pero guardaba muchos recuerdos de ella; todos muy agradables.

— ¿Vas a vivir con nosotros?

— Sí, por un tiempo…

— ¿Por un tiempo? — preguntó extrañado — ¿No vas a quedarte para siempre?

Lo dejó sin respiración. ¿Qué podía contestarle al niño para que no se llevara un disgusto y la madre no rompiera a llorar? Kagome parecía estar muy cerca de salir huyendo al cuarto de baño de nuevo y a él no se le ocurría ninguna respuesta para tenerlos contentos a los dos.

— Yo…

— Setsu, ya le has hecho muchas preguntas a tu padre. — intervino Kaede — ¿Por qué no le dejas descansar un rato? — sugirió — Podéis jugar juntos a fútbol en el jardín de casa. Seguro que tiene mucho que enseñarte, ¿verdad?

¡Bendita Kaede! Le compraría una manta eléctrica para sus dolores de cadera.

— Eso sería estupendo. — asintió.

— ¡Bien!

Por suerte, su hijo se vio lo suficientemente atraído por la idea de jugar a fútbol con él como para olvidarse de sus incómodas preguntas. Fue un alivio para los tres adultos y esperaron a que terminara de merendar para regresar a la casa. Una vez en la casa, Setsu buscó un ajado balón de fútbol y salieron juntos al jardín.

— Tengo en mi apartamento varios balones firmados por diferentes equipos de primera división.

— ¡Guao! — exclamó el niño — ¿Podré verlos?

— Algún día.

Se le ocurrió una gran idea. Llamaría a la mujer que le limpiaba el apartamento y le pediría que le enviara un balón muy especial que tenía firmado. Se lo regalaría a su hijo. ¿A quién mejor para regalarle aquel tesoro? Para él, ya solo eran objetos, pero, para un niño, eso significaba mucho. También se decidió a comprarle un balón nuevo. Aquel estaba viejo, un poco deshinchado y tenía algunos parches rotos.

Le enseñó todo lo que pudo. Sus fintas especiales, su tiro con efecto aunque ese todavía le costaba cogerlo y su falso movimiento. Aprendía rápido y bien. Estaba seguro de que, cuando fuera más mayor y más fuerte, sería un gran jugador de fútbol. Aunque él mismo fue un gran jugador de fútbol en la universidad y tuvo la oportunidad de dedicarse a ello profesionalmente, rechazó aquel modo de vida. Para él, el deporte era una afición, no un medio de vida. Algo que hacer en su tiempo libre. Para su hijo, tenía toda la pinta de ser mucho más y tenía talento.

Kagome los observó desde dentro de la casa, escondida tras la cortina. Debería estar ayudando a Kaede a preparar la cena, pero no quería dejar a su hijo sin vigilancia junto a Inuyasha. Sabía que él no le haría daño, no cometería la estupidez de pensar algo semejante. Quería pensar que no le haría daño al niño, no tanto como le hizo a ella.

Volver a ver a Inuyasha la había alterado por completo; más aún en ese momento tan delicado de su vida en el que estaba a punto de dejar atrás el pasado y comenzar una nueva vida con su hijo y con Houjo. Inuyasha estaba guapísimo, tanto como ella lo recordaba e incluso más. La edad lo había hecho mucho más atractivo si era posible y era algo en lo que no podía evitar fijarse por más que intentara no hacerlo. Además, parecía diferente al Inuyasha tan arrogante y presumido que conoció en el pasado. Seguía siendo arrogante y tenía medios para serlo, pero era diferente. En el pasado, era más un chulo de playa, un crío a pesar de la edad. De repente, se había convertido en un hombre hecho y derecho. Lo bastante hombre como para que en su mente arraigaran ciertos pensamientos que no le gustaban.

Setsu parecía encantado con el padre. Siempre quiso conocerlo, siempre quiso saber de él y ahora lo tenía frente a él para hacerle todas las preguntas del mundo. Ahora bien, sus preguntas la asustaban. Cuando preguntó por su apellido, la deshizo por dentro. Sabía que el niño no tenía mala intención y que no se daba cuenta de la importancia de lo que estaba diciendo, pero ella sí y le hizo trizas el corazón. No podía dejar que su hijo se marchara con Inuyasha. Habló de llevárselo algún fin de semana a su casa… ¡Se negaba a permitirlo!

Sentía rabia de ver lo bien que habían congeniado. Aunque ella se llevaba muy bien con su hijo, congeniaran y tuvieran sus propias bromas, con Inuyasha notaba que era diferente. Los dos eran hombres y hablaban de cosas que ella no entendía. Ya estaban creando sus propias señas secretas. ¡Apenas se conocían de hacía tres horas y ya jugaban juntos! Odiaba verlos jugar a fútbol juntos. Podía lanzarle la pelota cuando era un niño de dos años y decirle que chutara. Hacía más de un año que no era buena compañera de juego para el fútbol e Inuyasha lo estaba dejando anonadado con sus elegantes movimientos de futbolista profesional. El niño tenía la boca tan abierta que se le iba a desencajar la mandíbula.

Volvió a dejar la cortina en su lugar y apretó los puños enfadada consigo misma. Debería estar feliz de que Setsu conociera a su padre, de que se lo estuviera pasando tan bien con él, pero, en su lugar, estaba enfadada. Estaba celosa de lo bien que se estaban llevando y estaba asustada. ¿Y si Inuyasha reclamaba su paternidad? No podría pagar unos abogados y ni siquiera Houjo podría conseguirle unos lo bastante bueno como para ganar a Inuyasha. Él tendría a los mejores del país y se lo quitaría para siempre. Por más que lo odiara, no le convenía para nada llevarse mal con Inuyasha en ese momento.

— ¿Qué te sucede, niña?

Se volvió para ver a Kaede parada en el umbral de la puerta con un paño de cocina en la mano.

— Solo pensaba…

— Tienes buenos motivos para necesitar tiempo para pensar… — le dio la razón — Pero Setsu no va despacio, vas a tener que coger su ritmo.

— No quiero que lo acepte tan de prisa… — se atrevió a decir en voz alta al fin — Es mi hijo…

— También es hijo de Inuyasha.

— Él me abandonó sin importarle nada…

— Bueno, pero ha venido a compensaros. Hay que saber perdonar niña. Nadie te pide que te cases con Inuyasha, para eso ya tienes a Houjo. Solo comparte a Setsu con él.

No quería compartirlo. Se había acostumbrado a que fuera solamente suyo y Kaede era la siguiente persona que más contacto tenía con el niño. Ella sola con Setsu en su vientre se recorrió medio continente cuando tenía catorce años. Ella sola soportó un complicadísimo embarazo que podría haber terminado en aborto después de todo lo que sufrieron. Ella sola dio a luz a su hijo. ¡Ella sola lo crio!

— Llevas demasiado tiempo guardando rencor a ese hombre. — suspiró — Mira lo bien que se lo está pasando Setsu. ¿No puedes aceptarlo por la felicidad de tu hijo?

Podía intentarlo, pero no aseguraba nada.

— Además, le vendrá bien una figura masculina.

— Ya tiene a Houjo…

— No te contestaré para ahorrarte sufrimiento, niña.

¿Qué quería decir con eso? Houjo era tan apto como cualquier otro para ser la figura masculina paterna que Setsu necesitaba. ¿Qué tenían todos en su contra? Houjo era un buen hombre. Era joven, guapo, listo, solidario y muy amable y educado con todo el mundo, sobre todo con las mujeres y los niños. Nunca trató mal a su hijo y siempre había mostrado interés por él. Igualmente, no le preguntaría. Si Kaede le había dado esa respuesta, significaba que, lo que tuviera que decirle, iba a dolerle de verdad.

— Inuyasha pasará mucho tiempo aquí, así que ya podéis haceros amigos o, al menos, enterrar el hacha de guerra.

— ¿Por qué lo invitaste a quedarse? — se quejó mientras la seguía a la cocina — Podría haberse quedado en algún hotel, tiene dinero de sobra para pagarlo.

— No tengo que darte explicaciones de por qué invito a nadie a mi casa.

No, pero le gustaría que le dijera de una maldita vez qué era lo que estaba planeando. Conocía lo bastante bien a Kaede como para saber que había puesto en marcha algún plan que la incluía a ella.

— Me hace sentir incómoda…

— ¿Y eso es malo?

La anciana tuvo la osadía de sonreírle mientras le pasaba el cuenco con las patatas para pelar.

— Claro que lo es. — suspiró — Siento como si me estuvieras castigando por alguna razón que desconozco…

— No digas esas cosas, niña. ¿Cómo iba yo a castigarte a ti? — cogió su mano con ternura — Eres lo más parecido a una hija que he tenido nunca y nada más lejos de mi intención que hacerte daño. Algún día me agradecerás todo lo que estoy haciendo ahora…

Ella no lo veía tan claro. Mientras pelaba las patatas, no dejaba de pensar en la presencia de Inuyasha en esa casa durante todo el mes. Se mudaría con su hijo al terminar el mes para ir a casa de Houjo a vivir. Allí sí que no podría entrar a molestarla. El problema era que sacaría a su hijo y la dejaría sola, observando desde la ventana lo bien que se lo pasaban juntos.

Desvió en más de una ocasión la mirada hacia la puerta abierta, la cual le mostraba otra puerta que daba con el dormitorio que Kaede le asignó a Inuyasha. Estaba justo debajo del dormitorio que ella compartía con Setsu. Podría hacer mucho ruido para molestarle, pero eso era muy infantil y ella ya no era una niña. No sabía por qué, pero sentía la imperiosa necesidad de demostrarle que ya no era la niña de catorce años que él conoció. Ya era una mujer y no tenía por qué temerlo, ni volvería a ser engañado por una sonrisa prometedora y un cuerpo tremendamente atractivo.

Metió las manos en agua para quitarse el almidón de la patata y limpió todas las patatas que había pelado bajo el chorro de agua. En verdad necesitaba sentir algo frío contra su piel. Inuyasha le había provocado toda clase de sensaciones desde que llegó. Furia, dolor, tristeza, desolación, desesperación y, la más horrible de todas, excitación. Seguía deseándolo después de seis años y de todo el dolor que le había causado. Lo destruyó todo y la tenía en el bote como a una tonta. Se le habían hinchado los pechos por su cercanía y se le calentó el vientre. Aunque no se hubiera acostado con otro hombre que no fuera él, conocía muy bien esa sensación y sus efectos.

En la cena, hablaron todos menos ella. No quería parecer una amargada, pero se veía incapaz de entrar en la conversación. Kaede, sin embargo, hablaba con total naturalidad e intervenía en la conversación entre padre e hijo. Setsu ya estaba loco por su padre y no paraba de pedirle que le llevara de un sitio a otro e incluso le ofrecía llevarlo a ese club secreto que no admitía chicas que había formado con los amigos. A ella jamás la invitaría, y eso la carcomía por dentro.

Después de cenar, llegó la hora de acostar a Setsu. Recogió los platos de la mesa y se preparó para sus quejas.

— Hora de ir a la cama, Setsu.

— ¡Todavía es pronto! — se quejó.

— Mañana tienes que madrugar para ir a clase. — le contestó — Si no te acuestas, no serás capaz de levantarte.

Setsu compuso un mohín, pero, finalmente, se levantó. Se detuvo al lado de su padre y tiró de su manga.

— ¿Me leerás un cuento?

Se le cayó el plato que tenía en la mano al suelo al escucharlo. Todos se quedaron en silencio y desviaron la mirada hacia ella. Kagome intentó ocultar los ojos llorosos con el flequillo junto con el daño que le había causado escucharle decir eso a su hijo. Ella le leía siempre un cuento por la noche, era su momento, su ritual. No podía pedirle a otro que hiciera lo que a ella le correspondía. ¿Qué haría ella entonces?

Pasó por encima del plato hecho añicos, cogió de la mano a su hijo y tiró de él.

— Tu padre está cansado, otro día.

No le dejó ni darle las buenas noches. Sabía que se estaba comportando como una cría y que su propio hijo podría reprocharle que no quería que pasara tiempo con su padre, pero no pensaba consentirlo. Nadie más que ella podía leerle un cuento antes de dormir. Sabía que ese era un placer que no disfrutaría toda su vida y que pronto dejaría de querer que le leyera cuentos, por lo que quería aprovechar cada día que le quedara al máximo. No era justo que Inuyasha apareciera de la nada después de seis años y le robara todo lo que le hacía feliz. ¡Setsu era su hijo!

Acostó a su hijo siguiendo el ritual de todas las noches y, en cuanto hubo salido del dormitorio, se dirigió al cuarto de baño y se encerró durante cerca de media hora. Se sentó sobre la tapa del retrete, mordió una toalla y lloró desconsoladamente, reprimiendo los gritos con la aspereza del tejido. Al terminar, tenía la boca seca y con mal sabor. Se lavó los dientes, se enjuagó bien la boca y bebió un vaso de agua antes de atreverse a salir de nuevo. Kaede la esperaba fuera. Nada podría haberle ocultado a la anciana sus ojos hinchados por el llanto.

— Vas a tener que encontrar una forma de compartir a Setsu con Inuyasha, niña.

— Pero…

— No puedes seguir así. Hoy Setsu no se ha dado cuenta de nada, pero, tal vez, mañana o pasado lo haga, y terminará echándote en cara que no quieres que pase tiempo con su padre.

— No era mi intención…

En verdad no lo era. Le hacía feliz que Setsu pudiera conocer a su padre al fin, mas nunca calculó la repercusión que eso podría tener en ella. La verdad era que no estaba sabiendo llevarlo demasiado bien.

— Claro que no. — asintió la anciana — Si colaboras, te darás cuenta de que es mejor para los tres. ¿Por qué no lleváis los tres juntos a Setsu al colegio?

La idea le desagradó por completo, pero el tono de Kaede no dejaba lugar a negaciones.

— De acuerdo. — accedió a regañadientes.

— Pues ve a hablar con su padre ahora mismo. — sentenció — No es tonto y, aunque no diga nada, sabe perfectamente lo que te está pasando por la cabeza.

Asintió con la cabeza y bajó las escaleras para ir al piso de abajo. Llamó a la puerta de su dormitorio con los nervios en la boca del estómago. Cuando nadie contestó, abrió y vio que estaba vacía. Entonces, entró en la cocina. Estaba todo recogido, incluido los restos del plato que ella había roto. Al ver que Inuyasha no estaba tampoco ahí, se iba a dirigir hacia el salón cuando lo vio por la ventana. Estaba en el jardín, de espaldas a ella. Abrió la puerta y se quedó en el umbral.

— Siento lo de antes. — se disculpó — No pretendía prohibirte que te acercarás a Setsu…

Se giró al escucharla, sonriendo con arrogancia.

— Era justamente lo que pretendías, no me mientas. — por suerte, se lo tomó con humor — Supongo que es lo mínimo que merezco después de seis años.

Bueno, al menos reconocía que no era nada que él no se hubiera buscado.

— Para ti es especial, ¿verdad? — la preguntó — La hora de contarle un cuento… — especificó — Te prometo que nunca te quitaré ese momento.

La verdad era que estaba impresionada por esa respuesta. No esperaba tanta comprensión y colaboración por su parte. Era ella la única que se estaba comportando como una estúpida. Decidió que era su momento de ceder.

— Yo no sé jugar a fútbol… — admitió — Te prometo que no te quitaré el puesto.

Sorprendentemente, los dos se rieron juntos.

— Mañana podríamos llevarlo al colegio los dos juntos, ¿qué te parece?

— Es una gran idea si de verdad estás dispuesta a hacerlo. — se metió las manos en los bolsillos — Quiero formar parte de su vida, Kagome. Solo eso.

Asintió con la cabeza aceptando sus palabras y se volvió para entrar dentro, pero su voz la detuvo.

— Sé que no querrás escuchar nada al respecto, pero jamás pretendí que sucediera todo esto. No fue nada justo para ti.

Para ella, nada había sido justo desde que Inuyasha entró en su vida. Aunque sus padres siempre le advirtieron que no debía entrar en el coche de un desconocido, quedó tan fascinada con su cara bonita y su coche de lujo que entró como una estúpida pensando en vivir una romántica historia de amor al puro estilo de Richard Guere. El final, sin embargo, fue muy diferente.

— Lo peor de todo fue que mi padre me echara de casa…

— Si te consuela, me disparó.

Se volvió para examinarlo. Seguía estando como un tren y no veía ninguna herida a la vista.

— Debo suponer que su puntería no ha mejorado en absoluto.

— No, pero, si hubiera tenido mejor puntería, me habría dejado como un colador.

— Es una lástima.

Sonrió ante su respuesta y la vio entrar. Había sido un día duro, pero había resultado bien. Era normal que Kagome intentara tener al niño solo para ella. Durante todo ese tiempo, Setsu fue solo suyo y no estaba acostumbrada a compartirlo, mucho menos con el padre que los dejó tirados a los dos. Por suerte, la anciana Kaede estaba allí para guiarlos a los dos. Sin su intervención, nada habría podido marchar medianamente bien.

Se volvió de nuevo y alzó la vista para contemplar las estrellas. Allí podían verse a diferencia de en la ciudad. Había olvidado lo hermosas que eran las estrellas… Casi tan hermosas como Kagome. Casi tan brillantes como la sonrisa de su hijo. Tenía una nueva oportunidad en la vida y no iba a desaprovecharla. Al llegar allí, entendió lo que el psicólogo le dijo. Estaba justo donde tenía que estar, en el momento en el que debía estar. Ya no se sentía deprimido; su hijo le había levantado el ánimo por completo. Era como verse a sí mismo en una versión más pequeña. Y Kagome… Si ella pudiera ser feliz a su lado, la perseguiría hasta el fin del mundo. Sin embargo, lo más honorable era no interponerse en su matrimonio con el niño banquero.

— Mañana será mejor todavía. — se prometió.

Cuando se volvió, le pareció que alguien lo observaba desde el salón. La cortina se movió para recolocarse al ser soltada. ¿Era Kaede? ¿O era Kagome?

Continuará…