IV
Problemas en el paraíso
Al día siguiente, Serena y sus amigas habían decidido ir al parque a recrear la vista por un par de horas. Sin embargo, Amy tenía un concepto muy distinto al de sus amigas de recrear la vista.
No sabía por qué, pero Amy jamás había perdido la cabeza por un chico, al menos no de la forma en que sus amigas lo hacían. Tal vez lo hacía porque ella siempre ocultaba sus sentimientos por razones que ya se han planteado antes, tal vez porque no se sentía realmente atraída por ellos. De hecho, cada vez que se detenía a pensar sobre el tema, se daba cuenta que la belleza física masculina no causaba una revolución dentro de ella como en la mayoría de las jóvenes de su edad. No le gustaba ninguna estrella del pop, ningún actor famoso, ni siquiera un deportista de élite. Amy era bastante anodina en ese sentido.
Sin embargo, le causaba cierta gracia ver a Serena y a las demás señalar con el dedo a chicos atractivos, por mucho que Serena estuviera saliendo con Darien (en opinión de ella, el chico más guapo del universo). A Amy no le extrañaba que tanto Rei como Lita y Mina no consiguieran novio, pues eran chicas muy desvergonzadas e insistentes, mientras que en su caso, no tenía pareja porque sencillamente no era su prioridad. Sus compañeras hallaban eso extraño, porque parecía ser que la prioridad número uno de cualquier adolescente era buscar pareja. Pero, en opinión de Amy, el amor no era algo que se buscaba; era algo que se encontraba. Había mucha diferencia entre ambas cosas.
Poco rato más tarde, Amy, quien estaba distanciada de las demás, vio cómo un sujeto de cabello corto color paja y una autoconfianza perceptible a millas se acercaba a sus amigas. Reconoció de inmediato a la amiga de Michiru, Haruka, pero notó que ella tenía la mirada puesta en Serena. Ya la había visto en otras ocasiones, en circunstancias similares, y sabía qué era lo que iba a hacer.
¿Por qué Haruka está interesada en Serena?
Y no era solamente por Serena. Sus demás amigas también se derretían por ella, a sabiendas que Haruka era una chica. No obstante, en lo concerniente a Amy, Haruka le daba lo mismo.
—Se cree un donjuán esa Haruka —dijo una voz a la izquierda de Amy. Ella giró su cabeza y se encontró con Michiru. Usaba su uniforme de preparatoria y llevaba el estuche de un violín con sus dos manos.
—No suenas muy contenta —observó Amy, frunciendo levemente el ceño.
—Es una mala costumbre que tiene —dijo Michiru, mirando cómo Haruka hacía que Serena se pusiera muy colorada—. Y lo más gracioso es que ella tiene pareja.
—¿Ah sí?
—Sí, pero le gusta coquetear con chicas más jóvenes que ella —repuso Michiru, quien miraba a Haruka con el ceño ligeramente fruncido—. Le he dicho hasta el cansancio que no lo haga, que está estropeando su relación, pero no hace caso.
Amy la miró detenidamente a los ojos.
—Suena como si esto te afectara personalmente.
—¿Qué puedo decir? —dijo Michiru después de una breve pausa—. Soy su amiga. Tengo que velar por su bienestar, y Haruka le está haciendo un flaco favor a su novia haciendo esas tonterías.
Amy volvió a sostener la mirada de Michiru por un largo rato antes de cambiar de tema, pues era obvio que ver a Haruka hacer lo que estaba haciendo la afectaba de manera apreciable.
—¿Por qué llevas ese violín?
—Ah, eso —respondió Michiru, sorprendida con la guardia baja—. Es que había estado practicando para el concierto que viene. Es un especial sobre Vivaldi. Decidí participar porque es mi compositor favorito.
Amy abrió los ojos y la boca.
—¡También es mi favorito!
—¿De verdad? ¿Escuchas música clásica?
—Me ayuda a estudiar y a concentrarme, no como la música pop que escuchan mis amigas.
Michiru se quedó pensando en la última vez que dialogaron, cuando Amy había preguntado si ella era intérprete. De pronto, la pregunta había cobrado un nuevo sentido.
—¿Te gustaría aprender a tocar un instrumento?
La propuesta de Michiru tomó a Amy completamente por sorpresa. Desafortunadamente, también le trajo a la mente el violín que había dejado a su suerte en su habitación, una prueba de que ella no servía para nada más que para estudiar.
—No… no creo que sea necesario hacerlo.
—No dije que fuese necesario —dijo Michiru con una sonrisa—. Pregunté si te gustaría aprender. Saber tocar un instrumento te puede traer muchos beneficios. Ayuda a aliviar el estrés, estimula tu creatividad y es un excelente pasatiempo para sobrellevar las horas muertas.
Pero Amy sabía cuáles eran los beneficios de tocar un instrumento. No era aquel su problema.
—Te lo agradezco, pero no tengo tiempo para eso —dijo Amy, un poco a la defensiva para su gusto—. Hay un examen dentro de unos días y realmente necesito estudiar.
Michiru sonrió.
—No te preocupes. En caso que tengas ganas de aprender, no dudes en buscarme.
—Gracias.
—Ahora, si me disculpas, tengo que detener otro pasatiempo —dijo Michiru y siguió su camino, agitando su mano en señal de despedida. Amy se quedó mirando por un rato a la joven antes de fijar su atención en una estatua de un héroe japonés. Había algo sobre esa obra que le causaba sentimientos encontrados, como si el artista que la había tallado tuviera dudas sobre sus propias capacidades, pues había detalles que hablaban de nervios, lo que comunicaba inseguridad. A Amy le sorprendió que pudiera percatarse de ello. No era que no fuese detallista. No sería la alumna que era si no lo fuese. El punto era que era muy selectiva en relación con los temas en los que ameritaba ser detallista. Amy tenía una mente muy cartesiana para las artes, por eso le llamó la atención su anterior observación. Deducir cosas sobre asuntos subjetivos no era precisamente su fuerte, pero, de algún modo, lo había hecho casi sin esfuerzo.
Al final, Amy decidió poner en pausa aquellos pensamientos y se dedicó a esperar a que Michiru pusiera fin a la cruzada seductora de Haruka. Todavía tenían muchos minutos a su disposición para salir de compras, o simplemente ver cosas que les gustaban. Amy, sin embargo, necesitaba un nuevo laptop, pero éste no era precisamente barato, así que decidió esperar a salir con su madre para comprarlo.
Haruka y Michiru entraron en silencio al departamento que ambas compartían. La primera lucía bastante frustrada y ni se molestó en acudir a la cocina a prepararse algo de comer, mientras que la segunda acudió al dormitorio a guardar su violín y se dejó caer sobre la cama, al lado de Haruka. Ninguna de las dos dijo siquiera una palabra por varios minutos, los cuales se fueron dilatando de forma desagradable a causa de la tensión. Al final, ésta fue tal que ninguna de las dos se pudo quedar en silencio.
—¿Por qué me haces esto? —preguntó Michiru, recostándose de lado, mirando a Haruka con una pizca de decepción—. ¿Por qué seduces a otras chicas?
—¿Acaso no puedo jugar un poco con ellas?
—No puedes —dijo Michiru en tono cortante—. No mientras yo esté a tu lado. ¿Acaso no soy suficiente para ti?
—No digas eso —repuso Haruka en tono apaciguador—. Tú siempre serás más que suficiente para mí. Sabes que nunca intentaré algo serio con otras.
—Pero no me das ninguna garantía —protestó Michiru, sentándose sobre la cama, tratando de ser paciente, de controlar su indignación, apenas consiguiendo ambas cosas—. Cada vez que te veo en la calle abordando a esa chica de los moños me hierve la sangre. ¿Cómo quieres que me sienta al respecto? ¿Feliz? ¿Dichosa?
—No deberías hacerte muchos dramas —dijo Haruka con calma, como si no estuviera teniendo una discusión con su novia—. Es un simple coqueteo. O dime que no haces lo mismo con esa chica de cabello azul.
Michiru soltó una risa sardónica.
—¿Te refieres a Amy? —dijo Michiru, alzando un poco la voz—. Para tu información, no he intentado nada con ella, pero viendo cómo te estás comportando ahora, no creo que sea una mala idea.
—Por favor, Michiru, no digas tonterías —le dijo Haruka en un tono condescendiente que no agradó a Michiru, para nada—. Ambas sabemos que estamos hechas la una para la otra. ¿Sabes qué? Para que ya no estés tan enojada conmigo, dejaré de ver a la chica de los moños, siempre y cuando me prometas que no verás a esa tal Amy.
Por desgracia, aquello no contribuyó en nada a que Michiru se sienta mejor.
—No me pongas condiciones, Haruka. Amy es solamente una amiga. No entiendo por qué estás celosa de una chica que, en tú opinión, es insegura.
—Está bien —dijo Haruka al cabo de un rato—. Estaré sólo para ti. Ya no coquetearé más con Serena ni con ninguna otra. Tú serás mi mundo.
Aquellas palabras tomaron por sorpresa a Michiru.
—Oh, Haruka.
—¿Te parece si tenemos una pequeña reconciliación?
—¿De verdad necesitas preguntar?
Michiru corrió las cortinas, se quitó los zapatos y se abalanzó sobre Haruka, besándola y quitándole la ropa con prisa.
Al día siguiente, Amy se había quedado un buen rato mirando el violín que descansaba en su armario, pensando en las palabras de Michiru sobre su oferta de enseñarle a tocar. Había una colisión de intenciones dentro de su cabeza. Por una parte, ella creía que iba a poner a prueba la paciencia de Michiru a tal punto que ya no querría continuar enseñándole. Por otra, tenía ganas de aprender a tocar el violín tal como lo había hecho su compositor favorito (2) y, con ello, deshacerse de una vez de las cadenas que la ataban a su personalidad.
Para ganar tiempo, decidió desayunar e ir al colegio, pues tenía que rendir un examen sorpresa que había anunciado el profesor de física. Amy sonrió al pensar en el hecho que los exámenes sorpresivos no eran exactamente una sorpresa para ella. Repasar lo aprendido iba a ser una excelente distracción para luego pensar en su dilema con más calma. Sin embargo, decidió que, para empezar, iba a pedirle consejo a su mejor amiga.
—¡Diablos! ¡No me gustan los exámenes sorpresivos! —exclamó Lita mientras sacaba el almuerzo de su morral. Amy hacía lo mismo.
—Al parecer mi profesor no fue el único al que se le ocurrió la idea —dijo, suprimiendo una risita—. Bueno, eso te pasa porque no le dedicas el tiempo suficiente al estudio.
—Sí, dime otra cosa que no sepa —dijo Lita, sacando un bollo de arroz con carne—. ¿Estás aquí por algo?
—Es que… una amiga me propuso aprender a tocar instrumentos musicales con ella —dijo Amy con cierta incertidumbre—, pero no sé si estoy a la altura del desafío.
Lita frunció el ceño.
—¿A qué te refieres?
—Bueno… es que el otro día mi madre me compró un violín y estuve leyendo varios libros sobre cómo tocarlo, pero cuando traté de hacerlo, no me salía ninguna nota. Lo intenté varias veces pero… pero es como si yo no tuviera habilidad para hacerlo.
—Ay, Amy —dijo Lita, mirando a su amiga con lástima—, nunca vas a cambiar. Eres una chica muy insegura, eso es lo que pasa. Vas con tiento a todo, pensando en que lo vas a hacer mal, sin siquiera reflexionar en qué pasaría si lo haces bien. ¿Quién sabe? Puede que tengas lo necesario y te estés saboteando a ti misma. Pero, ¿cómo rayos vas a saberlo si no lo intentas? A mí me pasaba muy a menudo, cuando trataba de valerme por mi cuenta. Dependía de mis padres para muchas cosas y no sabía si yo podría hacerlas sola. Pero resultó que podía. Después me di cuenta que yo misma me estaba poniendo las trabas porque, al final, en mi caso fue necesario. Pero, como te dije la otra vez, no esperes a que la vida te obligue a cambiar. Hazlo ahora. Además, estoy segura que tu amiga va a ser una ayuda tremenda.
—¿Por qué lo dices?
—Porque te he visto con esa amiga —dijo Lita, sorprendiendo a Amy.
—Yo pensé que prestabas más atención a Haruka que a mí.
Lita se puso colorada.
—No puedo negar que es muy guapa —dijo, mirando a cualquier parte, menos a Amy—, pero además de eso, tiene estilo. En fin, parece que te llevas muy bien con tu nueva amiga. Estoy segura que no será ningún problema.
—¿En serio?
Lita asintió por toda respuesta.
—Gracias, Lita —dijo Amy, consultando su reloj—. Se supone que Michiru está a punto de salir de la preparatoria. Voy a aceptar su propuesta.
—¡Esa es mi chica… digo… amiga!
Amy le dedicó una amplia sonrisa antes de salir del colegio.
Llegó con dos minutos de adelanto a la entrada al instituto al que asistía Michiru, pero ella ya estaba saliendo, acompañada de varias amigas. No se podía ver a Haruka por ninguna parte.
—Me disculpan —dijo Michiru a sus amigas antes de desviar sus pasos hacia Amy—. No esperaba verte aquí. ¿Qué se te ofrece?
Amy notó que Michiru tenía la misma expresión de ayer, como si algo tratara de disimular frustración o molestia. No obstante, siguió adelante con lo que se había propuesto.
—Es que, bueno, se trata sobre lo que me propusiste ayer, acerca de enseñarme a tocar.
—¿Lo consideraste?
—Sí, y me gustaría aprender.
Michiru mostró una amplia sonrisa.
—Que bueno que hayas aceptado. Ya verás que, con la maestra correcta, el proceso será más entretenido. Por eso, quiero invitarte a ver una película romántica.
Amy miró a Michiru como si se hubiera vuelto loca.
—¿Una película romántica? Em… no creí que fueras del tipo que ve esa clase de cosas.
—Y sé que tú tampoco eres de esas personas, pero confía en mí. Ven conmigo. No es una cita, si es eso lo que estás pensando.
Pero Amy jamás pensó que se trataba de una cita, aunque sí hallaba extraña la petición de Michiru de todos modos. Iba a negarse, pero recordó la plática que había tenido con Lita y se armó de valor.
—Está bien. Iré contigo. —Michiru comenzó a caminar hacia el centro de la ciudad y Amy, preguntándose cuáles eran sus intenciones, la siguió. No tenía idea si Michiru estaba mintiendo al decir que no era una cita o si trataba de probar algún punto, pero ya estaba harta de negar peticiones.
Aquella fue la primera vez que Amy le asestó un golpe a su incertidumbre.
(2) Vivaldi, además de compositor, fue un buen violinista.
