So why don't we rewrite the stars?
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Tonight

CAPITULO CUARTO: "MIRADAS INTERIORES"

Samerithion, Irassiel y Dimminuial estaban en el gran salón del trono, despidiéndose afectuosamente de los sacerdotes. Habían disfrutado tanto de su compañía, que ahora resultaba difícil decir adiós. Incluso los guardias y sirvientes del palacio se sentían dolidos con su partida. Se habían acostumbrado a su presencia, daba un aire completamente distinto al que ellos conocían.

Entonces, Athariel bajó las escaleras. Vestida con el mismo traje blanco con el que llegó por primera vez a Egipto. Cubierto de pequeños diamantes, y la misma capa gris platinada. Sonrió tiernamente a Shimon. Ese hombre le había agradado.

- Voy a extrañarla sinceramente, Señora Athariel. Usted y su prima llenaron de alegría este lugar con su simple presencia.- Dijo el anciano sonriendo y tomando ambas manos de la joven entre las suyas.

- También voy a extrañarlos. Nos brindaron toda su hospitalidad. Nunca olvidaremos los momentos tan hermosos que pasamos aquí.- Respondió sonriendo dulcemente. Sin embargo, había cierto semblante triste en su voz. Miró a su alrededor, Atem no había bajado a despedirlos...no podía culparlo. Realmente, no podía culparlo...

Revivió en sus recuerdos recientes el abrazo del Faraón la noche anterior. Su pedido a flor de piel. Los ojos violetas centelleando mientras penetraba cada una de sus defensas. Quería decir que si. Deseaba decir que si. Pero su respuesta fue otra. Y pudo sentir como su corazón se rompía al mismo tiempo que el del hombre de pie frente a ella.

Dimminuial se puso la capucha sobre la cabeza, y comenzó a caminar hacia la puerta. Los otros tres lo imitaron. Athariel caminaba completamente cabizbaja. Atem seguía sin aparecer.

Los sacerdotes caminaban tras ellos, entristecidos, incluso Seth. Increíblemente, estaba dolido por la partida de los cuatro visitantes.

Montaron sobre sus maravillosos corceles, que ya estaban esperándolos para comenzar la caravana y el largo camino a casa. Se miraron sonriendo por última vez, y comenzaron a caminar lentamente.

Una vez más, los vieron altos, hermosos, maravillándose con la belleza antigua que emanaban cada uno de ellos. La paz que transmitían con solo verlos. Samerithion, como el mayor de todos ellos, montaba al frente, seguido por su hija Irassiel. Athariel montaba mirando sin ver el frente, y tras ella cabalgaba su hermano mayor, cerrando la caravana. Miraba preocupado a su hermana, y creyó comenzar a entender el motivo de su tristeza.

Sin saber por qué, Athariel levantó la cabeza y dirigió sus ojos azules hacia el balcón del Faraón, y lo encontró de pie allí, mirándola fijo, con los ojos llenos de lágrimas. Se sentía destrozado. Aún después de haberle pedido que se quedara, ella iba a marcharse.

Todo había terminado, y lo sentía en lo profundo de su alma con gran tristeza y dolor. En ese momento, sus lágrimas comenzaron a brotar mientras veía como la caravana se alejaba. Sus miradas se encontraron por última vez, así como bajo la luna azulada que había sido testigo de aquel rezo en el balcón. El mismo semblante triste y gris los cubría ahora, pues pensaban que nunca más iban a encontrarse en vida.

Atem sentía como un puñal se iba clavando cada vez más profundo en su pecho y en su propio corazón, ahora que la veía alejarse para siempre. Nunca le había confesado sus sentimientos por miedo a ser rechazado. Por más que quisiera decírselo, solo pudo pedirle que se quedara a su lado. Y quizás eso no fue suficiente. Creyó en ese momento, que si le hubiera dicho simplemente "te amo", ella no estaría marchándose. El no estaría sufriendo de ese modo tan horrendo. Sentía que moría de a poco cuando pensaba que ya no podría pasear junto a ella, y que ese aroma a hierba buena no volvería a sentirse por los pasillos.

Athariel, que ya había caminado muchas vidas de hombres en la Tierra, nunca había sentido tanta tristeza y desesperación en su pecho, como en ese mismo momento. Siempre había mantenido su perfil de princesa severa, representando a su pueblo, y en todo ese tiempo jamás había conocido alguien como Atem. No sabía que era lo que estaba sintiendo, ni por que tantos pensamientos e imágenes cruzaban por su mente, siempre mostrando los grandes y profundos ojos violáceos del joven Faraón. Su rostro comenzaba a empaparse de pequeñas gotas saladas en forma de lágrimas, las cuales nadie notó. Agachó la cabeza. No resistía seguir viéndolo de pie en el balcón, mirándola fijo. No soportaba esa dura despedida.

Pronto, cruzaron las puertas del palacio, y Atem los perdió de vista. Cayó de rodillas al suelo, llorando y presionando con fuerza sus puños con suma impotencia. Ya era tarde, se había marchado.

De pronto, sintió un ligero dolor en su mano. Sus nudillos sangraban. Había golpeado con tal fuerza los barandales de mármol casi había roto su mano. Poniéndose de pié, fue hasta su cama y se arrojó destrozado. No le importaba su mano, ni nada. Estaba muerto por dentro.

- El Faraón me preocupa mucho, Mahado.- Expresó Shimon mientras caminaban juntos por los jardines posteriores del palacio. Había comenzado a anochecer.

- A mí también me preocupa, pero no hay nada que podamos nosotros hacer. Sabes bien cuál es el problema del Faraón. No hay regalo, fiesta, consuelo o nada que se le parezca para curar su mal.- Mahado, alto y hermoso, caminaba también mirando al frente.

Una hermosa luna llena alumbraba el paisaje, tiñéndolo de azul. Movió la cabeza lentamente de lado a lado. Entristecido, miró al anciano que paseaba a su lado. Le devolvió la mirada.

- Hoy más que nunca, va a sufrir su partida. La luna es hermosa...-

- Y también lo son los recuerdos que trae. Pero esta vez...-

- No deben preocuparse tanto por el Faraón.- Dijo una voz femenina tras ellos. Voltearon asombrados. Isis los miraba con una dulce sonrisa en su rostro. Sus ojos estaban tranquilos.- Presiento que su tristeza pronto pasará...-

La noche había caído hermosa sobre los cuatro viajantes. La joven princesa miraba el cielo, mientras por su mente infinidades de recuerdos comenzaban a hacer su aparición. Sin darse cuenta, el nombre del joven Faraón brotó de sus labios como un susurro.

- Atem...- Su hermano levantó la cabeza. Todo cerraba ahora...Bajó de golpe del corcel blanco que montaba. Athariel lo miró anonadada, de igual modo los otros dos forasteros.

Tomó el brazo de Athariel y la hizo bajar también. Los ojos de Dimminuial estaban tranquilos.

- ¿Aún no lo entiendes, hermana?- Pregunto dulcemente. Athariel no comprendía. Su hermano levanto entonces la mano de la joven. Un anillo de plata engarzando una hermosa aguamarina prendía de su dedo mayor.

- Nuestra madre me pidió que te diera esto.- Dijo tomando su mano, y colocando un hermosísimo anillo de plata pura, cuya piedra relucía con el mínimo rayo de luz. Iba perfecto a su dedo. Athariel miró su mano asombrada. Se preguntó por qué su madre le había enviado semejante regalo sin motivo especial.

- Creí que nuestra madre no quería que vinieras por mí, Dimminuial.- Dijo mirándolo nuevamente. Los ojos azul marino de su hermano también se posaron en los suyos. Se encogió de hombros. Acto seguido sonrió con picardía, como si por un momento, hubiera vuelto a ser un niño.

- No quería. Pero sabes que nadie me manda a mí. Así que nuestra madre rió resignada y me entregó este anillo. Dijo que tú sabrías lo que significa llegado el momento. Yo tampoco sé de qué se trata...-

Entonces, sus ojos se abrieron de par en par. Lo entendía...era un recuerdo. Su madre sabía a la perfección a quien conocería en ese viaje, y que se enamoraría perdidamente de esa persona, y que con él decidiría pasar el resto de sus días. Esa persona era Atem. Por esa razón su madre no quería que Dimminuial interviniera, pero de todos modos le envió ese recuerdo, pues sabía de su decisión...

Miró a su hermano. Tenía lágrimas en sus ojos, pero sonreía con cariño. Irassiel y Samerithion descendieron también. Irassiel la miraba sin comprender. Pero no así su tío. Sus ojos eran similares a los de Dimminuial, y sonreía con complicidad. Él ya lo sabía. Pero no se sintió en derecho de decirle nada.

Volteó a ver a su hermano nuevamente. Traía con él el caballo de la joven. Lo abrazó con fuerza. Dimminuial devolvió el abrazo. Miró por última vez a sus seres queridos. Los tres le sonreían tiernamente. Contuvo las lágrimas, y dándose vuelta, hecho a correr, cabalgando a toda velocidad hacia el palacio.

Atem, por su cuenta, estaba tirado boca arriba en su cama, mirando sin mirar el techo de su alcoba. No tenía fuerzas para levantarse, no tenía fuerzas para moverse.

Los rayos de la luna iluminaban su perfil. Esa maldita luna...había comenzado a odiarla. No quería mirarla, bella o no, era demasiado doloroso asociarla con la mujer que amaba, y que ya no estaba a su lado.

Todo estaba en silencio. Podía escuchar el latido de su propio corazón. Volteó la cabeza hacia el balcón, tal vez para torturarse a sí mismo con esa hermosa luna azul. Entonces, sus ojos se abrieron de par en par. Así como la primera vez que la vio, la alta y hermosa figura de Athariel estaba en el mismo lugar que aquella ocasión. Esta vez, identificó su mirada, así también su dulce sonrisa. No iba a dejarla ir, no importaba hasta donde debiera ir, no iba a dejar que su amor por ella desapareciera.

Saltó de la cama y corrió hacia la salida. Pasó sin ver a sus sacerdotes. Shimon, Mahado e Isis rieron. Sabían lo que iba a suceder, pero no esperaba que fuera tan pronto...

Seth veía asombrado desde su alcoba como el Faraón corría a toda velocidad hacia los establos. No podía imaginarse lo que buscaba.

-¡¿Dónde está mi caballo?!- Preguntó casi gritando al hombre que cuidaba de ellos. Lo miró casi con miedo. Nunca había visto al Faraón en ese estado, ni siquiera pensó que el propio Faraón fuera a pedirle un corcel. Negó con la cabeza.

- No esta ensillado, Faraón. Le suplico que espere y lo haré enseguida.- Dijo inclinándose.

- ¡No hay tiempo!- Comenzó a correr nuevamente. Los guardias no sabían siquiera si detenerlo, pues nunca lo habían visto correr de ese modo.

Ordenó que abrieran las puertas, y siguió a todo lo que daban sus piernas. No había nadie por las calles a esas horas de la noche, y nadie de su pueblo lo vio allí.

Llegó hasta las afueras, y comenzó el desierto. Kilómetros de arena, y un viento frío por las bajas temperaturas de la noche lo envolvieron, pero no le importó. Solo una cosa le importaba, y lo tenía bien en claro. En ese momento, paró en seco. No daba crédito a sus ojos.

A varios metros de él, un hermoso corcel blanco sin montadura estaba de pié, y su jinete era Athariel. Su capucha había caído debido al viento durante la cabalgata a toda velocidad, y su capa caía pesada sobre sus hombros.

Miraba anonadada al joven Faraón de pie a unos metros de ella, mirándola de igual modo. Los ojos de Atem comenzaron a llorar. Una amplia sonrisa se dibujó en su rostro moreno. Entonces, comenzó a correr hacia ella. Athariel bajó del blanco corcel en el preciso momento que Atem llegaba junto a ella, encerrándola en un fuerte y cálido abrazo.

Sus bazos bronceados la rodearon con fuerza y dulzura, aprisionándola, temiendo que nuevamente desapareciera. Pero no iba a hacerlo. Ya nunca más se iría de su lado, y eso podía sentirlo. La joven respondió al abrazo con fuerza. Comenzó a llorar por primera vez frente a él, presionando su rostro contra su pecho, sintiendo los acelerados latidos de su corazón. Parecía sincronizarse con el suyo.

El Faraón solo pudo oler su cabello. Olía maravilloso, como todo en ella, a un fresco aroma a hierba buena, ese era su aroma. Estaban reunidos nuevamente, bajo la misma luna que hasta hacia horas los había hecho llorar. Pero ya no había motivos para eso.

Se miraron a los ojos nuevamente. Ambos lloraban. Sonrieron mutuamente. Atem levantó su mano derecha, secando las lágrimas del rostro de Athariel. Su piel era suave y tersa. La sintió estremecerse. Sus ojos eran profundos, brillaban con intensidad. También los suyos. Solo ellos estaban en el reflejo del otro.

Las palabras fluyeron de los labios de Atem sin pensarlo, pero sintiéndolo con todo su ser.

- Te amo...Athariel...- Acercó su rostro al de la joven princesa, sellando sus sabios con los suyos. Supieron en ese momento, que se pertenecían al otro. Que siempre había sido así, aun antes de conocerse, estaban destinados a estar juntos, pasara lo que pasara. De ese modo, la luna fue la única testigo de ese encuentro.