Capítulo 3: El sabor de la maldad
Chicago era considerada la ciudad del momento en toda la nación. En constante desarrollo, y con una población que iba en aumento, a diario le daba la bienvenida a cientos de hombres y mujeres provenientes de otros estados, y en ocasiones, de otros países. Grandes estancias y propiedades, pertenecientes a las familias más opulentas, servían como marco a un cuadro casi irreal de prosperidad económica; y entre éstas, destacaba una imponente mansión que predominaba en el paisaje, a pesar de la fuerte nevada…
Desde su nueva habitación en la residencia Andley, Annie Cornwell buscaba en vano, al pie de la ventana, un atisbo de sol que irradiara la mañana de luz. A escasos centímetros de ella, su esposo aún dormía, y al verlo, ella sonrió, al tiempo que ajustaba el nudo de la bata que se había colocado sobre su camisón de dormir. A dos meses de haberse casado con él, aún tenía sus reservas en cuanto a la vida marital. La señora Britter no la había preparado para manejar las muestras de cariño en la alcoba, de manera que cuando ella y Archie compartieron el lecho juntos por primera vez, ella se aterrorizó al sentir sus manos sobre ella, su boca recorriendo su cuerpo, su pasión invadiendo su interior… y desde entonces no había conseguido conciliar el sueño en las noches. Durante sus encuentros, Archie era cariñoso con ella, sumamente gentil en sus caricias, pero los nervios la traicionaban hasta el desagrado. No soportaba la idea de que él la desvistiera, cosa que aún no había hecho; y cuando ella comenzaba a preocuparse porque su falta de interés en el contacto físico afectara el goce de su compañero, emitía falsos sonidos de placer similares a los que escuchaba en él. 'No lo estoy complaciendo como es debido', pensó con desdicha, mientras su amado comenzaba a retorcerse en la cama, alargando el brazo en busca del cuerpo de su esposa; y al encontrar sólo el vacío al otro lado del lecho, él abrió los ojos, y se sentó de golpe, recostándose contra el espaldar de la cama. "Buenos días, querida", sonrió él, cubriéndose el pecho con una sábana. A Annie le causaba gran pena verlo desnudo, razón por la cual siempre hacían el amor con las luces apagadas. No era que la pasara mal mientras estaban juntos, pero el pudor de ella impedía una consumación más gratificante… aunque jamás se lo diría para evitar causarle una pena mayor.
Luego de tantos años de haber amado a Candy en silencio, finalmente Annie había conseguido calar hondo en el corazón de Archie. Sus detalles, sus atenciones, esa devoción hacia él, haciéndolo sentir como un poderoso rey, y muy en especial, su aplomo y comprensión hacia él luego de la partida de Stear, encendieron en él una llama que ya creía extinguida, y antes que se diera cuenta, su corazón ya estaba envuelto en las llamas de su amor por Annie. Sin haberse fijado en ella al principio, se había enamorado de ella sin saberlo, hasta que había llegado un día en que todo había quedado claro para él, y a partir de entonces, Annie se había convertido en su mundo y en su propósito… el problema era que ella aún no se sentía segura de su relación. No era necesario hablar con ella al respecto para saber que su Annie aún tenía celos de Candy, lo cual entendía, pero a estas alturas, y luego de todo el tiempo transcurrido, la idea le parecía absurda. ¿Por qué su esposa no podía dejar atrás las rencillas de amor pertenecientes a su época estudiantil? Sin dar vuelta de hoja, Annie mostraba una dualidad referente a Candy que le impedía ser más honesta consigo misma, con su amiga y con todos los demás, y estaba más que seguro que ella estaba trasladando sus miedos e inseguridades a la recámara, y sólo con paciencia y tolerancia la haría salir de su cascarón.
Ella dejó entrever una débil, pero hermosa sonrisa. "Buenos días, mi amor", susurró, caminando hacia el borde de la cama, permitiendo que él la abrazara. "¿Cómo amaneciste?"
El plantó un beso en la delicada mano de su mujer. "Me siento renovado… gracias a ti."
Ella volvió a sonreír, alejándose nuevamente. ¿Qué tal si quería hacerla suya de nuevo… hasta cuándo tendría que fingir su placer? "Yo", comenzó a decir, con temor a que él se enojara con ella por repetir la misma rutina que había llevado a cabo desde su llegada a la casa, "pensaba ir a visitar a la señorita Pony y la hermana María el día de hoy."
Archie comenzaba a desenfundar la bata de su joven esposa cuando escuchó la inevitable petición. La señorita Pony y la hermana María siempre le habían simpatizado, pero no tanto como para permitir que Annie se ausentara de su nuevo hogar por largos períodos de tiempo para ayudar a atender el hogar de Pony. ¿Tanto le costaba adaptarse a su nueva vida como la señora Cornwell? Sabía que no sería fácil para ella manejar los exabruptos de la tía Elroy, ni soportar los desplantes de Eliza y Neil en sus múltiples visitas a la mansión, pero de ahí a ausentarse por días para realizar el viaje de Chicago a Lakewood… "¿Puedo acompañarte esta vez?", preguntó.
El rostro de ella se llenó de júbilo. "¿En serio irías conmigo?" Y se aferró al cuello de su esposo, sepultando la cabeza en la espesa melena de él. "¡No sabes cómo te lo agradezco!"
"Podemos aprovechar el viaje para visitar a tus padres… debes extrañarlos mucho, y ellos a ti", señaló él, dejando claro que la visita no respondería únicamente a auxiliarla a ella en sus escapatorias, aunque lo cierto era que ya iba siendo hora de compartir con los señores Britter, quienes escribían cada semana a su niña, confiados en que ella encajaría rápidamente en el modelo de excelencia que demandaba la tía Elroy. "¿Qué te parece si luego que veamos a los niños de Pony vamos por el señor y la señora Britter y damos todos un paseo?"
Ella guardó silencio. ¿Cómo decirle a Archie que estaba confundida sobre muchas cosas, entre éstas, su relación con sus padres? Unos padres que la adoraban, mas no la habían engendrado. ¿Quiénes fueron los seres que le dieron la vida, y por qué la habían abandonado? Si Candy no se hubiera hecho a un lado para hacer que fuera su amiga, y no ella, quien fuera a vivir con los Britter, Annie hubiera corrido otro destino, y quizás nunca hubiera conocido a su Archie. Candy… su vieja amiga, y su dolor de cabeza en el pasado, sin otra razón que no fuera producto de sus celos y su inmadurez. La rubia nunca le había dado motivos para hacerle pensar que estaba interesada en su ahora marido, mucho menos a partir de su sufrimiento luego de haber dejado a Terry. 'Pobre Candy… y pobre Patty', pensó, recordando a sus compañeras, 'al menos tuve la dicha de unirme en matrimonio al hombre que amo…' Observó a Archie, quien aguardaba, con ojos de adoración, a que ella respondiera a su propuesta. ¿Cómo traer a colación ante sus padres el tema de su origen sin herirlos? Ella necesitaba respuestas, y ellos sólo representaban más dudas… "Es muy pronto para molestarlos ahora que pueden volver a disfrutar solos como pareja, ¿no crees?" Y antes que él le cuestionara al respecto, o le hiciera un avance amoroso, caminó hasta el ropero, y seleccionó un cálido vestido anaranjado. "Debemos darnos prisa antes que se avecine una tormenta de nieve y no podamos llegar al hogar de Pony." Y sin darse la vuelta por miedo a enfrentarse a la reacción de él, se apresuró a vestirse, sintiendo la mirada de él sobre su camisón. 'Me da tanta vergüenza…'
Archie no dejaba de contemplar la bella silueta que ella insistía en ocultar de su escrutinio. ¡Cómo quisiera verla tal cual era, y que se mostrara en toda su hermosura sin ninguna timidez! Cambiando la conversación para no hacerla sentir incómoda, preguntó: "¿Estará Tom allí como de costumbre?" Aún recordaba el momento en que todos, tanto Legans como Andleys, habían conocido al valiente y simpático ranchero, y ahora que había tenido la oportunidad de verlo en plenas labores para mantener los predios de Pony en orden, lo admiraba aún más.
Ella terminó de abrochar su vestido. "No estoy segura de eso, mi amor… su padre está cada vez
más delicado de salud, y ya ha tenido varios episodios cardíacos, y creo que se le hará más difícil visitar a la señorita Pony."
"¿Tan mal se encuentra el señor Steve?"
Ella suspiró. "Oí decir que ya no puede viajar tan siquiera; incluso le pidió a Tom que fuera a Australia a comprar unos caballos, pero Tom no quiere dejarlo solo, y menos estando el señor Steve tan enfermo…" Y sintiendo lástima por su amigo vaquero, terminó de arreglarse, seguida por Archie, y ambos salieron al encuentro de sus amigos en Pony. Ahora, más que nunca, y con la posibilidad de que Tom partiera muy lejos, ambos debían brindar alegría a cada niño sin padres… todos los niños del mundo merecían ser felices.
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"¡Mamáaaaaaaa!"
Sarah Legan abandonó la comodidad del sofá, habituada a escuchar el grito de su retoño; y al verlo al final de las escaleras de su propiedad en Sunville, preguntó: "¿Qué sucede, hijo?"
Neil transpiraba indignación por los poros. "Tú también estás envuelta en todo esto, ¿verdad?"
Sarah lo miró sin comprender. "¿De qué estás hablando?"
Eliza emergió del fondo de su habitación. "¿Qué sucede, hermanito?"
Neil se sostuvo con firmeza del pasamanos para evitar lanzar un golpe contra la pared. "¿Que qué sucede?", comenzó a reír con sarcasmo. "Lo que pasa es que mi padre tiene un súbito sentimiento de culpa por haber viajado demasiado, y ahora pretende, según él, poner un poco de orden en la familia-"
"Para eso está mamá", protestó Eliza, "¿no es así, mamita?"
Pero Sarah no estaba atenta a las palabras de su hija. ¿A qué se debía que su esposo tuviera el repentino deseo de pasar más tiempo con ellos? "Yo tengo tanta autoridad como él en esta casa", recordó, "pero eso no significa que ustedes no obedezcan a lo que les pide."
Eliza miró a su hermano con curiosidad. "¿Qué fue lo que dijo nuestro padre exactamente?"
"Me parece bien que te interese la pasada plática entre Neil y yo, Eliza", interrumpió el señor Legan, quien había salido al encuentro de ellos en las escaleras. "También tengo que hablar algo importante contigo."
"No entiendo, querido", dijo Sarah fingiendo dulzura e ingenuidad. ¿Qué pensaba hacer su marido con toda su familia?
El señor Legan intentó poner la mano en el hombro de Neil, pero éste se retiró con rudeza. "¿Sabías, mamá, que mi padre me quiere enviar a Australia?"
"¿Australia?", repitieron Eliza y su madre con horror. "¿Y qué se supone que debes hacer allí?", inquirió su hermana con desesperación. Esto debía ser una broma de su padre, y no era para nada graciosa. Si Neil se iba de Sunville, ¿qué haría ella en sus ratos de ocio? Bueno… siempre tenía ratos de ocio, así que, ¿qué sería de ella? Todo sería tan aburrido…
Sin permitir expresarse al señor Legan, Neil exclamó, iracundo: "¡El quiere que vaya a hacer una negociación por unas tierras australianas!" , se secó el sudor de su frente, "¡Y todo porque una
vieja testaruda no quiere ceder su porción del terreno!"
Sarah se dirigió a su marido con sarcasmo. "Pues ya que has estado fuera tantas veces, querido", señaló, ¿por qué no haces el viaje tú mismo?"
"Porque quiero que él haga algo con su vida", fue la rápida respuesta de su esposo, "pero no te preocupes, ya que Eliza también tendrá una importante encomienda que cumplir."
Eliza abrió la boca estupefacta. ¿Qué insecto había picado a su progenitor que lo había dejado desvariando? Tal vez había envejecido demasiado pronto, a consecuencia del exceso de trabajo, y ya no podía razonar con claridad. Miró a su madre, en busca de alguna señal de que todo era una broma, que ella había escuchado mal y que Neil no habría de marchar a Australia a discutir con una vieja terca que no quería vender un pedazo de terreno, aunque no comprendía qué pretendía hacer su padre en Australia en primer lugar. ¿Tanto dinero había generado éste en sus negocios que había ampliado sus horizontes hacia otro continente? "¡No abandonaré a mi madre!", gritó con furia.
"¿Desde cuándo eres tan abnegada, hermanita?", preguntó Neil alzando una ceja.
"¡Entonces no abandonaré a mi hermano!"
"¿De veras me creen tan tonto, o tan iluso?", preguntó el señor Legan, lanzando una significativa mirada a su esposa. "¿En serio piensan que voy a dejar que Neil vaya solo a un lugar tan remoto sólo para que cometa una estupidez?"
Los ojos de Eliza brillaron con anticipación. "¿Entonces seré yo quien vaya con mi hermano?"
"¿No decías que no querías abandonar a tu madre?"
"¿Yooooo?" Miró a todos los extremos de la casa, en aparente ignorancia y desconocimiento. "¡Jamás he dicho tal cosa!"
"Entonces no aprecias a mamá lo suficiente", indicó Neil.
"¡Tú cállate!" ¿Por qué Neil se mostraba tan apático con ella luego de todas las maldades que habían realizado juntos… acaso su fijación por Candy había hecho mella en su relación de hermanos? 'Estúpida mucama', pensó, 'ni siquiera estando lejos nos dejas en paz…' "¿Cuándo partiremos a Australia, papito?"
El señor Legan sonrió a su hija. "Será la tía Elroy quien acompañe a Neil en el viaje, Eliza… no queremos que el muchacho se nos descarrile, ¿o sí?"
"¿La tía abuela?", repitió Sarah con indredulidad. "Sabes que su presión arterial anda por las nubes-"
"El médico le tiene prohibido hacer viajes largos, pero ella insiste en ir… ya saben cómo es."
"No puedo creerlo…", Sarah movió la cabeza de un lado a otro, "¿Quieres decir que hablaste con ella al respecto antes de habernos informado a nosotros?"
Legan permaneció imperturbable ante el severo reclamo de su señora. "Mañana temprano ambos partirán a sus respectivos destinos-"
Eliza se frotó las sienes, que ya comenzaban a latir bajo la amenaza de un fuerte dolor de cabeza. "¿Y adónde se supone que voy a ir?"
"A Nueva York."
El enfado de ella se disipó en un instante. "¿Nueva York, dijiste?" De pronto, una luz encendió los ojos de la pelirroja. Nueva York era la ciudad donde ubicaba Broadway, con sus teatros y otros lugares de interés… y donde de seguro se encontraba Terry, haciéndole la vida fácil a esa supuesta novia de la que tanto se comentaba en los periódicos. Si ella iba a Broadway, no sólo haría el encargo que le pidiera su padre a la mayor brevedad, sino que además buscaría la manera de encontrarlo, aunque para eso tuviera que asistir a cuanta obra de teatro se presentara esa temporada. Nada más excitante que una fantástica ciudad atestada de gente proveniente de todas partes del mundo, cuyos edificios eran tan altos que tocaban el cielo, y con una estatua que saludaba a todos cuantos llegaban a la bahía… y lo mejor de todo era que, mientras disfrutaba de las más lujosas instalaciones de la urbe, como lo era el Waldorf Astoria, entre otras, Terry estaría figurando como protagonista en algún estreno, luego de haber estado un tiempo alejado de las tablas. No era que le importara mucho el actor luego de tantos años, pero ansiaba ver la cara de él sirviendo de compañía a otra mujer que no fuera Candy.
Para su desgracia, continuaba teniendo noticias de ella a través del abuelito William. ¿Quién hubiera pensado que el vagabundo amante de los animales resultaría ser el tan famoso dueño de todas las posesiones de los Andley? Y lo peor de todo: el rubio no había dejado de frecuentar a su hija adoptiva, aún luego de que ésta hubiera regresado al asqueroso orfanato de donde nunca debía haber salido. ¿Cómo deshacerse de esa pegajosa mientras el abuelo William continuara colmándola de… cariño, aprecio? Aún seguía sin entender los motivos de él en atender a su hija adoptiva. ¡Ella no llevaba la sangre Andley en sus venas! Pero ahora que tenía la oportunidad de ir a Nueva York, aún bajo el mandato de su padre, lo que al principio había representado una molestia ahora serviría como instrumento para cumplir su mayor deseo: arruinar la vida del actor y la enfermera para siempre. No hallaba un por qué a su discordia hacia Candy, pero si algún provecho sacaría de esta nueva e inesperada imposición del señor Legan, sería la de terminar con su aburrimiento nada más y nada menos que haciendo ciertas… travesuras, dentro de las cuales se encontraba hacer la vida imposible, aunque sólo fuera un poco, a la mediocre actriz que se había valido de la manipulación para mantener a Terry a su lado. 'Debería aprender de ella… con esa carita de 'yo no fui', resultó más astuta que yo, y eso es mucho decir, la muy mosquita muerta', y comenzó a imaginar, con deleite, la cara de sorpresa de Candy al leer en los diarios que su peor enemiga Eliza Legan andaba de paseo con su antiguo novio, y la angustia de la Marlowe al perder a su prometido, aunque siempre estaba la posibilidad de idear otro ardid para complicar la existencia a esas dos. 'Ya buscaré la forma de hacerme notar ante ellas', resolvió, 'sólo así sobrellevaré la mención constante de Candy en la mansión Andley.' Alzando la mirada con seguridad, exclamó: "¡Me parece excelente idea, papito! Me muero de ganas por llevar a cabo la tarea."
Neil se recostó, petrificado, contra una pared. ¿Desde cuándo Eliza se alegraba por realizar un trabajo más allá de las cuatro paredes de su casa? "Supongo que estás feliz de no tener que viajar a Australia como yo", dijo entre dientes. Algo se tramaba su hermana, o de lo contrario no estaría mostrando esa sonrisa de satisfacción que a veces lo desquiciaba. Pensó en Terry Granchester, y en la ascendiente carrera de él en Broadway, pero Eliza no sería tan estúpida de recorrer todos los teatros a la espera de complacer su capricho de enredarse con él, ¿para qué? ¿Qué sacaría con eso… fastidiar a Candy? Estaba claro que la rubia no había buscado tener más comunicación con los Legan, pues de ser así, ya el abuelo William hubiera concertado una reunión familiar entre todos ellos. ¿Qué ganaría Eliza, entonces, causando nuevos problemas en Broadway? Lo único que lograría sería enemistarse con William, arriesgándose a perder su parte de la fortuna de los Andley.
Sarah tomó la palabra, dirigiéndose a su marido. "¿Te das cuenta de lo que has provocado? No
sólo te ausentas por varios meses, sino que además regresas con ínfulas de grandeza, pretendiendo gobernar la vida de todos nosotros."
"No me contradigas frente a ellos", ordenó el señor Legan. "Si he cometido un grave error, ha sido el de permitir que sólo tú lleves las riendas de la familia, y ha llegado la hora de establecer unos controles."
"Pues es un poco tarde para eso, ¿no crees?"
"¡Oh, vamos, mamá!", exclamó Eliza, "¡Nunca es tarde si al final vale la pena!"
Sarah lanzó una centelleante mirada a su hija. ¿Qué nueva maquinación pasaba por la mente de la chica? "¿Y tú por qué de repente estás tan contenta de ir a Nueva York?"
Ella esbozó una sonrisa. "¿No crees que es evidente? ¡Prefiero mil veces viajar a Nueva York en tren, que ver canguros al otro lado del mundo!"
"¡Eres una víbora!" Exasperado, Neil arremetió contra su hermana, sosteniendo el cuello de ella firmemente con sus manos. "¿Hasta cuándo vas a alegrarte del mal ajeno, dime, hasta cuándo?"
Eliza trataba de respirar, pero las manos de Neil cerraban su garganta casi por completo.
"¡Me… estás… lastimando!", y con sus manos, trató de separar a Neil de ella, mas no fue necesario, pues en cuestión de segundos sus padres estaban junto a ambos hermanos, haciendo todo el uso de su fuerza para deshacer el contacto. "¡Neil, contrólate, por favor!", gritó Sarah.
Al escuchar a su madre, Neil finalmente soltó a Eliza diciendo: "Que conste que no lo hago por ti, sino por mí mismo, para no terminar en la cárcel, o peor aún, en un manicomio, aunque esta casa ya parece uno…", y bajó las escaleras a toda prisa, saliendo por la puerta principal de la propiedad. Si viajar a Australia junto a la tía abuela debía ser el precio a pagar para no estar un minuto más en Sunville, tal vez valdría la pena después de todo. Si tan sólo se tratara de un país no tan lejano, tal vez Inglaterra…
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Desde la última vez que sostuvieran una tensa conversación en los predios, Terry hacía su entrada, años más tarde, a la exclusiva propiedad de Richard Granchester. Había jurado no volver a poner un pie en aquel lugar, pero tal y como había ocurrido la pasada ocasión, tenía que hacer a un lado su propio orgullo y ayudar a los demás. "Nada ha cambiado", dijo en un silbido, "Apuesto a que la cara de cerdo debe estar comiéndose una gran tajada de pastel como de costumbre-"
"¿Así que te atreviste a volver?"
Terry se volteó, reconociendo la voz de inmediato. "¡Vaya, miren quién está aquí!", exclamó con histrionismo, "¡Es nada menos que la ballena que se casó con mi padre!"
Rebeca de Granchester avanzó hacia el intruso. "¡Eres un insolente, no has cambiado nada!" Alzó la mano para propinarle una cachetada, pero él fue más rápido deteniéndola, con el brazo, en el acto. "¡Mucho cuidado, señora!", soltó la mano de ella con brusquedad, "Esta vez se la regreso-"
"¿Qué está pasando aquí?"
El actor respiró hondo, ignorando las técnicas de relajación que le había enseñado Robert en su
compañía. El duque de Granchester, a quien había resuelto no volver a ver nunca, aparecía en el bien cuidado jardín. Al ver a su hijo, se aclaró la garganta, con la emoción de quien no veía a su vástago en años. ¿Pero qué hacía en Londres… no debería estar en América? ¡Tenía que decirle tantas cosas! ¿Cómo había permitido transcurrir tanto tiempo sin tener noticias de su primogénito que no fueran aquéllas que leyera en el periódico? Terrence había tomado el mismo camino que Eleanor, el de la actuación, y se había comprometido, además, con una aspirante a actriz. ¿Dónde había quedado, pues, la rubia estudiante del San Pablo en quien su hijo parecía haberse interesado sobremanera? Iba a pedirle perdón, y a decirle que lo amaba, pero una sola mirada de Rebeca bastó para levantar la muralla de soberbia que había edificado en su exterior.
Terry evocó, con tristeza, los escasos instantes en que había jugado y platicado con su progenitor, en su mayoría junto a Eleanor, durante su infancia temprana, y reparó en el estrago que habían dejado los años sobre la faz del duque. "Hola, papá", dijo con voz entrecortada. "¿Cómo están mis hermanos?"
"¡Ni se te ocurra verlos!", gritó Rebeca espantada.
"Eso lo decido yo, madrecita", dijo él en tono burlón. "Y bien, papá, ¿vas a prestarme tu avión o no?
El duque palideció. Su hijo, si bien no se mostraba feliz de verlo, tampoco se dirigía a él en tono hostil, a diferencia de su trato hacia Rebeca, quien dicho sea de paso, se merecía que la pusieran en su lugar de vez en cuando. ¿Pero qué manera era esa de presentarse ante él luego de tantos años, así, sin miramientos? "Tú no sabes volar", replicó en tono seco. ¡Dios, lo había hecho de nuevo! ¿Por qué tenía que hablarle con tanta brusquedad?
Terry alzó una ceja, divertido. "Tuve un amigo en el colegio que aprendió a reparar y pilotear aviones."
"¿Y qué ha sido de él… por qué no puede facilitarte uno?"
El tomó aire. "Falleció durante la guerra." Entre tantas novedades acerca de los Andley, Terry había tenido conocimiento sobre el trágico final de Alistear Cornwell.
"¿Piensan dejarme pintada en la pared?", inquirió Rebeca con enfado. "No pensarán entrar juntos a la casa, ¿o sí?"
"No te preocupes, cuerpo de elefante", respondió Terry, "no estaré aquí mucho tiempo."
"Más te vale…"
"¿Puedo saber para qué necesitas usar el avión?", interrumpió el duque de Granchester, acentuando más la ira de su esposa.
Terry miró a su padre con una mezcla de mofa y sorpresa. "Pensaba pelar patatas dentro de él."
Richard contuvo los deseos de reír. A pesar que había leído artículos sobre su consumo de alcohol, que ya no existía, el Terrence que se dirigía a ellos con tanta burla era casi el mismo que había llegado a Londres hacía muchos años. "Dime de qué se trata para que hayas decidido regresar", ordenó.
Los ojos zafiro de él resplandecieron, mas no quería que su padre alcanzara a ver dicho cambio en su mirada. "¿Recuerdas cuando contrataste a una señora y a su hijo para que estuvieran al pendiente de mí mientras tomaba mis veranos en Escocia... aquélla que desde entonces ayuda en la limpieza y mantenimiento de la casa en Escocia?" Aguardando por algún comentario de
reproche de Richard, el cual nunca llegó, continuó: "Mark se reunió conmigo en un hotel de Stratford, y me dijo que su madre se encuentra enferma de gravedad, así que me pidió que le hiciera el favor de ir a Escocia lo antes posible y ver qué se les puede ofrecer a ambos, de manera que necesito usar el avión a la mayor brev-"
"Está en el hangar, como de costumbre", dijo Richard de repente.
Terry lanzaba fuego a través del océano de sus ojos. "¿Cómo… ni siquiera vas a dejar que termine de hablar?" Luego de tanto tiempo sin verse el uno al otro, Richard no se había tomado la molestia de hacer las paces con él. "¿Tanto así quieres que me vaya, que no me permites completar una frase?" Y sin darle el espacio para que inventara mil excusas por su forma tan poco personal de tratar con él , caminó en dirección al hangar cuyo avión conocía muy bien. 'No, padre, no fue Stear quien me enseñó', pensó con tristeza, 'fuiste tú.' Y mientras su cabeza daba vueltas a su alrededor tratando de descifrar qué era eso que le había parecido extraño en su charla con Mark en el hotel, Richard, luego de sostener una fuerte discusión con Rebeca, entraba de lleno a la mansión, aunque ahora sus paredes parecían cerrarse muy cerca, casi encima de él.
