Capítulo 4

Uchiha Sasuke, tan blanco como la cera, empujó la puerta tambaleándose. Tenía cara de estar sumamente cansado. Me miró de reojo, como si no me viera bien, y se acercó a la barra para depositar algunos billetes frente a Sai. Sin esperar una respuesta se dio la vuelta y marchó por donde había venido. Un silencio espeso se formó en el ambiente, y cinco segundos después la voz de Sai resonó casi con eco.

–Creo que así no va a llegar a su casa.

Aquellas palabras fueron como un detonante; me levanté de la silla y seguí a Uchiha, sin decir palabra.

En un primer momento no localicé a nadie en la calle, a excepción de un par de borrachos discutiendo cerca de un bar. Pero entonces, apoyando el cuerpo sobre una farola, vi a aquel hombre, a punto de caerse al suelo. Fui corriendo hacia él, llegando en el momento justo en el que perdía toda la fuerza y caía. Lo cogí por los pelos, cayéndome también en el proceso, pero amortiguándole el golpe con mi cuerpo.

–¡Oye! –chillé confuso y asustado. Balbució algo que no entendí muy bien.

–Dile al camarero que se quede con los cambios –murmuró con voz débil. Tenía los ojos abiertos, pero parecía buscar algo con la mirada, sin ver nada realmente, y su palidez era extrema, hasta que cerró los ojos y su respiración se volvió muy débil. –Los cambios, díselo –volvió a añadir.

Deliraba, así que, como pude, lo levanté y lo llevé de vuelta al bar de Sai. Mi amigo me ayudó en cuanto nos vio aparecer, y logramos tumbar a Uchiha sobre la barra. Sai trajo unos paños mojados y se los aplicamos sobre la frente, hasta que comenzó a recobrar el color y de nuevo abrió los ojos.

Miró confundido las luces encima de la barra, mi cara, el local. Poco a poco su expresión volvió a serenarse. Le cambié el paño que tenía sobre la frente y le tomé el pulso; lo tenía normal.

–¿Estás mejor? –pregunté.

–Sí –dijo en voz muy baja. Hizo el ademán de levantarse, pero se lo impedí. Los enfermos psicópatas tampoco se merecen morir a una edad tan temprana, al fin y al cabo.

–Quédate tumbado. Si te levantas podría pasar otra vez.

No, a Uchiha Sasuke no le ordenes nada, es como hablarle a las paredes, en ese momento lo comprobé. Estaba loco. Y más lo estaba yo por ayudarlo.

Se levantó despacio, llevándose una mano al hombro izquierdo con cara de dolor, y el paño se cayó sobre sus piernas. Se quedó un momento sentado frunciendo el ceño y bajó al suelo, olvidándose del trapo mojado. Se dio la vuelta y me miró un instante antes de marcharse caminando con lentitud, tambaleándose ligeramente.

Al salir por la puerta algo brillante se escapó de su bolsillo y chocó contra el suelo, provocando un ruido metálico. Me acerqué y lo recogí. Era un anillo de plata con un carácter dibujado: escarlata.

–Sai, mañana nos vemos –susurré. No lo pensé ni medio segundo, salí de nuevo detrás de Uchiha, que caminaba unos metros delante de mí.

Pero no fui corriendo hacia él; traté de hacer el menor ruido posible, y lo seguí sin apartar la vista de su espalda, silencioso como un gato. Caminamos varias cuadras, atravesando calles bastante transitadas, hasta que, cerca de alguna estación de tren, torció por una arteria estrecha y oscura.

No conocía aquella parte de la ciudad, y tampoco estaba del todo seguro de saber volver al hotel, pero en aquel momento fue lo que menos me importó. Uchiha volvió a torcer hacia la derecha, y se metió por otra calle, aún más siniestra que la anterior. Aminoró el paso y se paró, y no tuve más remedio que esconderme tras unos contenedores.

Contuve la respiración hasta que de nuevo escuché sus pisadas sobre el suelo adoquinado, y entonces salí de mi escondite. Vi a Sasuke adentrarse entre unas sombras, allí donde las farolas no funcionaban, al final de la calle, y fue cuando me di cuenta de que estábamos en un callejón sin salida, y yo era totalmente visible.

Cuando comprendí mi error y quise esconderme fue demasiado tarde, Uchiha ya me había visto, y estaba a sólo unos pasos de mí, apuntándome con un arma.

–¿Por qué me sigues? –preguntó con cara de enfado.

–Yo… No… –tartamudeé. Se acercó más a mí, sin dejar de apuntarme en ningún momento.

–¿Quién coño eres? ¿Para quién trabajas, mamón? –preguntó. Su cabreo iba en aumento. Di unos pasos hacia atrás, al ver que no paraba de acercarse, hasta que choqué con una pared de ladrillo.

–No lo malinterpretes, Sasuke…

–¡No me llames así! –chilló. Tenía la pistola pegada a la frente. Notaba sus dedos temblorosos en el pestillo. Un momento de vacilación y moriría. –¿Por qué me seguías?

–Tengo… Tengo tu…

–Te voy a matar –murmuró interrumpiéndome.

–¡No, no, no! –grité con miedo–. ¡Tengo tu anillo! –le dije.

Me miró un momento confuso, y bajó ligeramente la pistola. Un momento después la bajó del todo, y me miró como si no me conociese, vacilante. Escuché el ruido del arma al caer al suelo. Uchiha apoyó ambos brazos alrededor de mi cabeza, en el muro, y unos segundos después tuve que sujetarlo para que no cayera al suelo. Temblaba de pies a cabeza.

Lo senté sobre el asfalto y comencé a abanicarle la cara con mis manos, aunque debería haber salido corriendo. Pero debido a mi gilipollez extrema no sería capaz de dejar que nadie la palmara así. Por lo que me quedé y traté de ayudarlo. Aún así estaba, evidentemente, mal. Recogí su pistola y me la metí al bolsillo trasero del pantalón, que a su vez tapé con la sudadera. Pasé uno de sus brazos por un hombro y lo levanté agarrado de la cintura.

–Aguanta un poco, te llevaré a un hospital –le dije comenzando a caminar hacia la salida del callejón con gran dificultad.

–No –susurró aturdido.

–No seas cabezón, no quiero asistir a la muerte de nadie –le dije apurado.

Traté de localizar alguna cabina telefónica, pero Dios no quiso que hubiera ninguna cerca, así que intenté recordar dónde estaba la parada del tren. Así al menos podría enterarme de cómo llegar a un hospital.

–Sigue por esta calle, y coge tercera a la derecha –oí decir a Uchiha con voz débil. Lo miré, estaba pálido.

Avanzamos por la calle, un paso, dos, tres… Cada vez era más difícil sujetarlo, y parecía que se iba a desmayar definitivamente en cualquier momento, así que probé a hablarle para que no perdiera la conciencia, mientras caminábamos lentamente.

Poco a poco mejoró, y si seguí sujetándole la cintura fue por inercia. Seguí sus indicaciones hasta llegar a una de las calles principales del barrio, cerca del hotel.

–El hospital está a pocas paradas, vamos –le dije empujándolo un poco para que siguiera la dirección que yo quería.

–Estoy bien –contestó apartándose de mí. Entonces volvió a arrugar la cara y de nuevo se llevó una mano al hombro izquierdo. Estaba pálido.

–No estás bien. Y no voy a dejar que huyas otra vez –le dije con seguridad. Además de que tenía sus cosas y estaba seguro de que no se marcharía sin ellas, tenía curiosidad.

–¿Y qué vas a hacer? –preguntó con molestia, apretando más su hombro.

Lo pensé un instante. Podría dejar que se largara, pero no quería. Podría quedarme con él hasta asegurarme de que estaba del todo bien. O podría arrastrarlo hasta el hotel. Aunque si antes sabía cosas de mí, aquello sería como enseñarle al gato la ratonera. Pero no importó; no en aquel momento.

Lo agarré por un codo y tiré de él en dirección al hotel, pero volvió a soltarse y se paró en medio de la calle, mirándome con una ceja alzada.

–No estás bien –repetí–. Hoy te quedas conmigo.

Tenía una expresión irónica, como si no terminase de creerse lo absurdo de la situación. Y entonces su hombro volvió a molestarle. Aproveché la situación para tirar de nuevo de él.

Finalmente llegamos a mi habitación. Los gritos de la calle dieron paso al silencio del dormitorio y Uchiha había comenzado a sudar, blanco como la cera. Se sentó sobre la cama, sin dejar de agarrarse el hombro. Lo miré fijamente un instante.

–¿Qué te pasa en el hombro? –pregunté.

–Nada.

–Ya… –susurré–. Quítate la camisa y la chaqueta –le dije con voz autoritaria. Me miró con las cejas fruncidas.

–¿Qué es esto? Me obligas a venir, ahora me desnudas…

–¡No saques las cosas de contexto! ¡Idiota! –chillé. Su sonrisa cínica me crispó aún más los nervios. Aún así, con movimientos desesperantemente lentos, se quitó las prendas y me dio la espalda.

Me quedé mirando boquiabierto un punto fijo entre el hombro y el cuello. Tenía una herida con una pinta horrible, de color marrón. Parecía una quemadura totalmente infectada.

–Quédate aquí –le dije en voz baja. Ladeó la cabeza y me miró serio.

Bajé a recepción corriendo y pedí un botiquín, o algo parecido. El dueño me dio un recipiente con alcohol y unas gasas limpias. Con eso no bastaría, Uchiha tendría que ver a un médico, pero por el momento impediría que se infectase más.

Subí las escaleras hasta la habitación todo lo deprisa que me dieron las piernas. Sasuke me esperaba sentado sobre la cama, de cara a la ventana, con el codo apoyado en una rodilla y la frente sobre su puño cerrado.

Me acerqué y me senté detrás de él. Levantó la cabeza para mirarme y me quité la chaqueta, para tener mayor libertad de movimiento.

–Vas a tener que apretar los dientes –le dije–, porque esto te va a doler.

Esparcí las gasas sobre la cama y volví a levantarme: me faltaba el algodón. Recordé que guardaba un poco al fondo de la maleta y busqué unos minutos hasta dar con él. Volví a la cama y me senté tras Sasuke con las piernas dobladas bajo mi cuerpo, dispuesto a examinar un momento la herida. Estaba inflamada y llena de pus, y la piel había sido quemada con algún tipo de objeto incandescente durante algún tiempo, pues tenía una forma extraña, y poco le faltaba para tenerla en carne viva.

Lo que más me llamó la atención fue que realmente se componía de tres heridas que se habían fusionado, pero los puntos más graves tenían forma de aspas orientadas hacia la derecha.

Había que sacar el pus, por lo que tenía que abrir las heridas, le doliese o no. Volví a levantarme y busqué alguna aguja, pero lo único que pude encontrar fue un imperdible. Lo desinfecté y volví a sentarme tras Uchiha.

Le estiré un poco la piel con una mano, y noté como sus músculos se tensaban ante el contacto. Sin pensarlo más, pinché rápidamente las heridas, una por una, cogí algodón empapado de alcohol y comencé a limpiarlas con cuidado. Los músculos de Sasuke se templaron más y apretó los puños y la mandíbula. Mire su cara sin dejar de pasar el algodón por sus heridas. Observaba serio la ventana. Tragó saliva y sus ojos se volvieron hacia mí mientras ladeaba la cara levemente. Yo también tragué saliva y volví a centrarme en su hombro.

Cuando terminé di las gracias a Dios por haberlo hecho. La tensión de Sasuke cada vez que lo tocaba me estaba enervando y poniendo nervioso. Cuando me aparté se relajó visiblemente y vi como se frotaba las palmas de las manos con los pantalones. En aquel momento me di cuenta de que la cercanía lo alteraba, y posiblemente tampoco le agradara demasiado.

Lo que me gustaba de Sasuke o, más bien, atraía era aquel lado humano. Pequeños detalles que decían que, a pesar de haber matado –hecho que aún me eriza el vello– era como yo, una persona normal algo fuera de lo común. Muy fuera de lo común, mejor dicho. No, no era normal, simplemente tenía ciertas actitudes normales.

Miré el reloj. Ya eran casi las dos de la madrugada, pero era sábado y al día siguiente podría dormir tranquilamente. Aún así estaba cansado, así que dejé las cosas en la única silla que había en la habitación y me quité los zapatos y los pantalones. Un segundo después pensé que no debería habérmelos quitado, pues no estaba solo.

Aún así me acerqué al lavabo, me lavé las manos y me metí a la cama. Uchiha seguía sentado, mirando hacia la ventana. Yo lo miraba a él, esperando que hiciera o dijera algo, pero no era hombre de muchas palabras. Pasaron los minutos en silencio, hasta que decidió tumbarse también. Al tener el hombro herido tuvo que ponerse de lado, de cara a mí.

Me levanté, apagué la luz y volví a tumbarme, dándole la espalda bajo un deseo de buenas noches dicho en voz muy baja.

Media hora después realicé que el sueño no estaba por la labor de venir a visitarme. No paraba de cambiar de posición, cada vez más harto, mientras que Sasuke no se movía nada.

Cuando finalmente encontré una postura cómoda, de cara a él, lo sorprendí mirándome. No apartó la vista cuando fijé mis pupilas en las suyas. Aquel simple acto amenazó con acabar con mis nervios, así que cerré los ojos, intentado no pensar. No pude evitar suponer que aquella noche sería muy larga y deseé que Uchiha no hubiese pisado nunca el hotel.