CAPÍTULO 04.

Suspicacias Frívolas.

El enamoramiento es un estado de miseria mental en que la vida de nuestra conciencia se estrecha, empobrece y paraliza.

José Ortega y Gasset (1883-1955) Filósofo y ensayista español.


1.

¿Qué era exactamente lo que había esperado aquella madrugada?

Esa irritante pregunta no hacía más que dar vueltas una y otra vez en su cabeza. Su cabeza que en aquel momento se encontraba apoyada en los mosaicos de la regadera, mientras un constante chorro de agua helada le caía en el cuerpo desde hacía varios minutos.

Era difícil saber a ciencia cierta el momento en el que se había quedado dormido, pero era plenamente consciente del momento en que se despertó:

En sus delirios nocturnos se había imaginado con aquel fuerte y joven muchacho entre sus brazos, con su piel morena, firme y perlada por el sudor justo debajo de él recibiéndolo tan profunda e íntimamente como lo deseaba.

Si, esos sueños que lo acompañaban cada noche. Desde hacía más tiempo del que le gustaría aceptar, eran más vividos y plausibles que nunca, porque, aunque soñaba, era consciente de que aquel añorado muchacho se encontraba en su lecho.

En algún momento de sus ensoñaciones una dura erección se había apoderado de su cuerpo, y en sus entelequias había acabado aprisionando al muchacho entre sus brazos, restregándole su virilidad en el cuerpo, respirando con candencia en su nuca, recorriendo su abdomen con las manos, pero justo cuando sus figuraciones estaban por culminar, un fuerte codazo lo había regresado de golpe a la realidad, a la cruda realidad que las palabras que lo habían acompañado lo tumbaron de golpe: "¡Joder Luffy!, déjame dormir una puta noche." El más joven las había dicho dormido, pero no había que ser un genio para saber lo que aquello implicaba.

Rebotó la frente contra la pared un par de veces, maldiciéndose mentalmente por ser tan imbécil cómo para figurarse siquiera que invitar al peliverde a su cama, "inocentemente", había sido al menos una milésima de buena idea. — Soy un idiota.

2.

Los rayos de sol que le pegaron justo en el rostro, al girarse, lo despertaron. Un sonoro bostezo resonó en la habitación cual inspiro de león. Se sentó y bostezó nuevamente mientras tronaba los huesos de su cuello para comenzar a estirarse —. ¿Qué hora es? — se preguntó en voz alta mientras comenzaba a analizar aquella habitación con la mirada.

En primera instancia no fue capaz de reconocer el lugar en el que se encontraba, pero conforme lo observaba, e iba recordando cómo había llegado ahí la noche anterior, sus ojos se desorbitaban poco a poco y sus mejillas tomaban un fuerte tonó carmesí. « ¿Dormí con él? » Tragó saliva, consciente que no habían "dormido juntos" en el sentido que le daba el albur a aquella frase, pero aun así, la sola idea de haberlo tenido tan cerca hacia que se le pusiera la piel de gallina y que un escalofrió le recorriera la nuca haciéndolo estremecer.

Una extraña sensación, como un hormigueo incontrolable, invadía todo su cuerpo, era una sensación casi desconocida, confusa y placentera, como si una parte de sus más incongruentes fantasías hubiera estado a punto de volverse realidad... Suspiró, hondo y tendido, y aunque su corazón latía con una fuerza casi delirante, en el fondo le dolía cómo si supiera que algo estaba mal.

Anduvo sin mucha prisa por la mansión, buscando su cuarto, sin saber si disfrutar de las agradables sensaciones que invadían su cuerpo o si debía dejarse llevar por el profundo vacío que inundaba su corazón.

¿Cómo carajos se puede sentir tanta felicidad y tanta desdicha al mismo tiempo?

Ojala pudiera alguien o algo responder aquella pregunta interna que no dejaba de atormentarlo mientras se colocaba la ropa —. ¡Maldita sea! — refunfuñó, presa de la confusión que lo invadía; no tenía en aquel lugar mucho tiempo, no tenía con aquellos sentimientos un gran lapso, y aun así no lo soportaba más.

Él no era la clase de persona que se dejara arrastrar por una depresión que realmente no entendía, él era la clase de hombre que tomaba al "toro por los cuernos" y enfrentaba lo que había que enfrentar.

Exhaló un par de veces tratando de recomponer la compostura que le hacía falta para armarse de valor e ir a decir... lo que sea que necesitara decir para sacarse aquello de la cabeza.

3.

A pesar de que estaba esforzándose por comer su desayuno en calma, la penetrante mirada que lo observaba en todos los angulas que se lo ocurrían, no hacía otra cosa que incomodarlo. Suspiró con desesperación antes de colocar los cubiertos junto al plato —. Se puede saber qué quieres ahora.

— ¡Aww! — chilló —. Conmigo no te esfuerzas en ser tan amable como con Zoro — soltó con fingido pesar.

El mayor no pudo evitar parpadear sorprendido —. ¿Eso a qué viene? — inquirió él, obviando el comentario de la chica.

— Sólo me lo pareció — meditó sin mucha convicción mientras revoloteaba alrededor del mayor, para finalmente quedar flotando frente a él, sonriéndole pícaramente —. ¿Sabes dónde estuvo él anoche? — Cuestionó sin dejar de sonreír —, no llegó a la cama.

Una vena de furor saltó en la frente del pelinegro —. ¿No me digas que lo extrañaste? — un incontenible tonó de irritante sarcasmo acompañó aquella frase.

— ¿Extrañarlo? — repitió ella divertida —. No realmente — aceptó ladeando la cabeza y cerrando los ojos, ampliando su sonrisa —, sólo tuve frio.

El mayor apretó los puños y los dientes, tuvo que tragar duro para evitar que sus emociones lo sobrepasaran —. Su sentido de la orientación es un desastre — acertó a decir —, de alguna manera llegó a mis aposentos, y fue menester dejarlo dormir ahí o tendríamos que lidiar con un resfriado, además de su terquedad habitual.

La pelirosa giró sobre sí misma y rió —. Es cierto, ninguno de los dos querría lidiar con eso.

Esta vez el mayor no pudo evitar sonreír —. Eres una niña irritante — dijo, recargándose en su asiento para darle un sorbo a su vino.

— ¡Que grosero! — se sentó en el aire y se cruzó de brazos, inflando los mofletes.

— Lo digo como un cumplido — espetó, volviendo a su desayuno con más calma y tranquilidad de la que lo había despertado. De alguna manera, aquella chiquilla lo había hecho olvidar, por un momento, la razón por la que su mañana había sido tan poco agradable.

— Pues tienes una manera horrenda de dar cumplidos.

— Me recuerdas a alguien — continuó hablando, sin evitar sonreír —. Es un idiota, pero siempre se las arregla para todos a su alrededor se sientan bien.

Perona sintió una chispa de pesar y nostalgia provenir de la voz de aquel hombre. Ahora que lo meditaba, se encontraba completamente solo en una enorme nación en ruinas... no tenía nada, ni a nadie... —. No deberías estar siempre solo.

Aunque una sombra de nostalgia brillo en sus ojos, y un dejo de soberbia lo invadió, el sonido estruendoso de las puertas del comedor al ser abiertas interrumpió cualquier cosa que pudiese haber salido de su boca, o siquiera de sus pensamientos, aquel momento.

El peliverde apareció cual huracán, inesperadamente, estruendosamente y devastadoramente. El hiriente recuerdo volvió a la cabeza del pelinegro, quien se limitó a ponerse de pie sin cruzar con Perona una sola palabra más —. Te esperaré en las ruinas del templo, para seguir entrenando — dijo al pasar junto al menor, sin detenerse, sin mirarlo, sin aguardar a que respondiera. Necesitaba salir de ahí y despejarse un poco antes de volverlo a mirar.

— ¿Qué fue eso? — cuestionó el espadachín, en cuanto el mayor hubo abandonado el edificio.

— Creo que esta nostálgico — respondió la chica mientras servía un par de platos y dos zumos de naranja.

— ¿Nostálgico? — repitió el muchacho mientras comenzaba a comer.

— Si — comentó la joven con indiferencia —. Me estaba hablando de alguien a quien estima mucho y que siempre lo hace sonreír.

4.

El choque de los metales era firme y constante, a ratos saltaban chispas, a ratos sangre. Mihawk lo observaba a lo lejos, sentado en la cima del templo, mientras se encontraba nuevamente peleando con los babuinos, quienes parecían más fuertes, más audaces, más entrenados.

Realmente en medio de aquella ardua pelea, para poder llegar nuevamente a su verdadero adversario, estaba empezando a creer que el mayor simplemente lo había vuelto a hacer pelear contra los monos para no tener que entrenarlo. Esa idea le molestaba, esa idea y el hecho de saber que estaba "nostálgico".

"— ¿Algún amigo?

— Más bien creo que es algo más."

Por alguna razón que no quería detenerse a analizar, aquello no le había gustado, y sabía que por esa misma razón, que se negaba a meditar a fondo, tampoco le gustaba la idea de que el mayor lo estuviera evitando. ¡Porqué lo estaba evitando! Cada vez que giraba la vista hacía él, lo observaba desviar la mirada. « ¡Menuda tontería! » Renegó tras un último golpe que hizo volar las espadas de su adversario.

— ¡Esto es suficiente, Mihawk! — bramó sin ocultar su enojo y frustración —. ¡Baja a entrenarme como es debido!

El mayor enarcó una ceja y levanto el mentón, sin intensión de hacer lo que el joven le estaba pidiendo —. ¡Creo que no estas entendiendo bien cuál es tu situación aquí!

— Lo único que entiendo es que he estado más de medio día peleando con estos animales que no me llegan más ni a los talones.

— Eres demasiado arrogante, Roronoa — le dijo tras haber bajado de un elegante salto y haber terminado justo frente a él.

— Lo dice el maestro que no se digna ni a mirar a su alumno — soltó de manera venenosa, sin saber porque motivo se dejaba llevar... « Tengo que ser más fuerte. » Se dijo. « Todo lo hago por mis nakama. »

— Si tuvieras un poco más de disciplina, sabrías que contradecir a tu maestro no es una buena idea.

— ¿Maestro? — se burló —. He tenido un maestro de verdad — anunció —. Un maestro lo suficientemente firme y decidido como para hacer de lado sus emociones y entrenarme pese a todo — en algún momento habían acabado cara a cara, mirándose a los ojos, y aunque aquellos ojos eran penetrantes e intimidantes, se contuvo de desviar la mirada —. Tú no le llegas ni a los talones.

— ¿Realmente piensas así? — inquirió el de los ojos de halcón luego de algunos momentos en pausa... "lo suficientemente firme para hacer a un lado sus emociones..." ¿Qué significaba eso? ¿Sabía Roronoa de sus fantasías? ¿Había sido consciente de lo sucedido aquella mañana en su habitación...?

Zoro tragó saliva... una desagradable sensación de culpa y arrepentimiento se anido en su pecho, sin entender siquiera por qué —. Quiero que me entrenes de verdad — respondió, incapaz de articular una disculpa, aunque por algún motivo que no entendía sintiera que debía disculparse. ¡Al carajo! No había dicho ninguna mentira. Koshiro había estado herido apesadumbrado tras la muerte de su hija, y aun así había tenido el temple para entrenarlo, aún a pesar de decirle que le dolía estar cerca de él. Mihawk simplemente extrañaba a un viejo amor, ese era un motivo estúpido (según él) para comportarse de aquella manera.

— No tienes el nivel para eso — respondió el shichibukai con simpleza, hiriente y enfadado —, y con esa actitud, posiblemente nunca lo tendrás — entonces se dio la vuelta. Estaba cansado, dolido y abrumado. No podía más seguir con aquello —. Vete a casa — empezó a caminar, pero un tirón a su camisa lo hizo parar.

— Necesito que me entrenes — rogó, una vez más, pisoteando su orgullo, humillándose —, haré lo que sea.


CONTINUARA...