Hola, hola! Aquí estoy casi a tiempo :P
No me había dado cuenta pero, gracias a Ara, xD que el capi va justo con el Día del Padre (que se celebra hoy en el país donde vivo) así que esa será mi excusa xD En realidad, IBA a publicar ayer pero el cap se alargó (Ed y B me dieron un buen dolor de cabeza, no querían callarse (? )
En, fin. Disfruten, que se viene azucarada la cosa...


SIN BETEAR


Capítulo 4

You Shouln't Play With Fire

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Rosalie alcanzó a Isabella al tiempo que ella colgaba la llamada con una pequeña sonrisa involuntaria jugando en sus labios.

— ¿Se puede saber por qué esa sonrisa? — inquirió la rubia en tono burlón. Bella se encogió de hombros, ni ella conocía el motivo. — ¿Cómo te has sentido?

—Bien, sacando las molestias al despertar, supongo que es algo normal… — respondió aún incapaz de lograr que la sonrisa abandonara su boca. —Voy a verme con Masen… — comentó como si nada.

De ser posible, la mandíbula de Rose, hubiese caído hasta el piso a causa de la incredulidad. ¿Por eso la sonrisa?, se preguntó.

—Es algo bueno, supongo. Te has estado preocupando demás, seguramente no llamó antes porque realmente necesitaba digerir todo. Seguro la noticia puso su mundo de cabeza, tú más que nadie debes entenderlo.

—Lo sé, — Bella se encogió de hombros. Su lado inseguro, que rara vez aparecía, había hecho acto de presencia y plantó en ella la duda de si realmente debía estar contenta con la llamada.

Tal vez sí se arrepintió, por eso sus nervios, probablemente no sabe cómo decirle a una mujer embarazada que no contará con su apoyo. Le dijo una molesta vocecita en el fondo de su mente. No solo era eso lo que la preocupaba, sino lo poco que lo conocía y el cómo seguirían adelante a partir de ahora si no se echaba para atrás.

Isabella había percibido, por sus actitudes y forma de desenvolverse, Edward Masen nunca había mostrado ser una persona insegura de sí misma que tartamudearía como un adolescente a la hora de hablar.

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El profesor llegaba con diez minutos de retraso e Isabella, en un hábito horrible que la acompañaba desde que tenía uso de razón, mordisqueaba sus uñas nerviosamente al ver que él no llegaba, las ansias de saber qué le diría eran mayores que ella.

—Siento la tardanza. — la voz de Edward la sobresaltó.

— ¡Joder! — siseó por lo bajo, llevándose una mano a su pecho.

— ¿Siento haberte asustado? — preguntó con una sonrisa, ganándose una mirada taladrante de la castaña.

Reprimiendo una carcajada, abrió la puerta de su despacho y le hizo señas para que entrase por delante de él. Para Edward, no pasó desapercibido como la tela del jean y la blusa azul se apegaban a su figura.

Isabella caminó temblando como una hoja de papel al interior de la oficina y se dejó caer en la silla frente al escritorio, sin esperar que él se lo ofreciera, por miedo a que sus piernas flaqueasen.

Edward tomó su lugar detrás del mobiliario apoyando sus codos en este. Un incómodo silencio se cernió sobre ambos, no sabían cómo comenzar. Isabella se permitió darle una mirada y sus ojos chocolate se engancharon por una breve fracción de segundo con los ansiosos orbes azules del catedrático hasta que decidió desviar la mirada incómodo.

—Entonces… ¿cómo has estado? — preguntó el profesor rompiendo el sepulcral silencio, con evidente nerviosismo, notó Bella. Ambos estaban en igualdad de condiciones, expectantes a lo que el otro diría. Ella murmuró un apenas perceptible bien e intentó evitar cualquier tipo de contacto visual. — Traje comida china, espero que te guste. Puedo ir por otra cosa si no es así. — dijo colocando entre ambos dos bolsas de papel de las que la castaña no se había percatado.

—Comida china está bien. — expresó en un susurro nervioso.

Masen, quien veía a Isabella como una mujer fuerte y decidida, se sorprendió por su comportamiento. Se preguntaba por qué estaba tan nerviosa ahora ya que días atrás había hablado con una admirable entereza.

—No voy a morderte — comentó intentando bromear y serenar el tenso ambiente, ambos se habían sumido en un muy incómodo silencio, pero solo logró una risita nerviosa de la estudiante que apenas había tocado su comida a causa de los nervios. —Isabella… — comenzó sin saber bien como continuar.

—Prefiero Bella. — comentó interrumpiéndolo.

—Bien. Entonces, Bella, — le ofreció una amistosa sonrisa que, acompañada de la forma en que acarició su nombre, casi hace desfallecer a la castaña. — Siento no haberte llamado antes. Tuve una visita imprevista. — se disculpó. La aludida se encogió de hombros. — No estás muy habladora hoy, ¿verdad?

—Sinceramente estoy muerta de nervios. — fue capaz de vocalizar.

—También yo. — susurró inclinándose hacia ella en complicidad, el corazón de Isabella dio un vuelco en su pecho y el atisbo de una sonrisa apareció en su boca.

No seas cobarde. Se dijo antes de levantar su vista y trabarla en los ojos del profesor. La intrigó el brillo que vio en ellos y que, estaba completamente segura, nunca había visto. Lo que ella no sabía era que se debía a las infinitas, desconocidas nuevas emociones que habitaban en el cuerpo del catedrático. No solo atribuidas al bebé, de las que era más que consciente y, llegó a la conclusión luego de analizarlas de camino al campus, le agradaban demasiado.

Masen había sentido como se le quitaba un peso de encima al reconocer que lo que sentía por la estudiante iban más allá que el deseo por su cuerpo. Él escucharía a su hermana y haría lo que sentía, no solo se conformaría con una simple amistad, el deseaba algo más que eso y trabajaría duramente para hacerlo posible, si ella estaba en una página completamente diferente a la suya en este momento, estaba seguro de que lograría cambiar eso. O al menos era lo que anhelaba y esperaba.

— Como estaba diciéndote, — continuó. — este fin de semana estuve dándole miles de vueltas al tema y llegué a la conclusión de que en realidad no hay mucho que pensar. Seremos padres, — se encogió de hombros. — Una persona dependerá de nosotros…

— ¿Pero? — inquirió interrumpiéndolo adivinando que el siempre presente "pero" haría su aparición. Agradeció la seguridad y claridad con la que su voz sonó.

— No hay ningún pero, Bella. — Ella se sorprendió por la repentina despreocupación del cobrizo sobre el tema. — Mira, voy a ser sincero, estoy muerto de miedo, pero soy un hombre adulto y responsable así que no voy a salir corriendo no solo por eso sino que porque no deseo apartarme, — de ti, añadió para sí mismo.

—Estoy aterrada, también. Y el hecho de que apenas nos conozcamos no ayuda a remitirlo. — expresó. Era la oración más larga que había pronunciado pero Edward no solo estaba sorprendido por eso o por el hecho de que además ella estaba siendo comunicativa, no. Lo que más lo asombró fue que tenían la misma preocupación en común.

—Esa es una de mis preocupaciones, también —, confesó. — Pero es algo que puede solucionarse…

—Lo sé, solo… tengo miedo de que algo no vaya bien, que no logremos llevar una relación cordial y el bebé se vea afectado.

—He pensado en ello también. Pero, ¿crees en verdad que algo así pueda pasar? Pienso que si trabajamos en ser plenamente sinceros el uno con el otro en cuanto a lo que nos pase, podremos con eso también. — concluyó tomando una de las manos de la joven por sobre el escritorio, dándole un apretón de ánimo junto con una sonrisa sincera a la que la castaña respondió autómata.

—Gracias, quiero decir… solo gracias por asumir tu parte de responsabilidad y no dejarme sola en esto. — murmuró conteniendo las lágrimas de sus ojos.

—Debería agradecerte por darme la oportunidad, así que gracias, Bella. — respondió domando las ganas de pararse y abrazarla.

Poco a poco, Masen. Se dijo. De a pasos pequeños lograría forjar un fuerte vínculo entre ellos, eso anhelaba, eso esperaba poder cumplir.

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Solo aguanta, Bella, tú puedes. Se repetía internamente una y otra vez desde hacía una hora atrás cuando las náuseas y los breves mareos comenzaron. Estaba en la clase de Edward luego del almuerzo que ambos habían compartido en el cual, después de la breve y algo esclarecedora charla sobre el bebé de ambos, se soltaron, los nervios desaparecieron y se abstuvieron a hablar de cosas banales y compartir de manera cómplice algún que otro comentario en doble sentido cargando la atmósfera del despacho de lujuria.

— ¿Señorita Swan, se encuentra bien? — preguntó con verdadera preocupación al ver el rostro de la joven pálido y el evidente desasosiego en la mirada de la castaña.

—No muy bien, Edw… señor Masen. — respondió con voz temblorosa. Los dos habían acordado mantener las formas tanto en las clases del Edward como en el campus, al menos hasta que el semestre llegase a su final, después verían como solucionaban aquel tema. Uno de los planes consistía en hablar con el rector y comentarle lo que les sucedía con la esperanza de que comprendiera, cambiando el cómo habían llegado a esa situación para evitarse problemas.

— ¡Mierda, Bella! Estás pálida como un cadáver. — expuso llegando a su lado, ella abrió desmesuradamente sus ojos por el temor de que alguien lo hubiese oído pero al escanear el salón, se dio cuenta de que solo quedaban ellos. — Te llevaré a la enfermería.

— Estaré bien en unos minutos, no hará falta. — objetó dejando caer su frente sobre su escritorio.

— ¿Nauseas? — la castaña murmuró una afirmación.

—Y mareos. — añadió entre dientes.

Se sobresaltó al sentir una de las manos del profesor acariciar circularmente su espalda enviando cientos de descargas por todo su cuerpo aún a través de las capas de ropa.

—Desearía poder hacer algo más que esto. Uh, quiero decir, acerca de los malestares. — tuvo la necesidad de aclarar haciendo reír a Isabella. No me molestaría si hicieras algo más. Ese pensamiento sorprendió a la joven pero lo justificó a sus ahora descontroladas hormonas aumentando el deseo que ya sentía por el catedrático. — Poder ayudarte solo moralmente me hace sentir inútil.

—Bueno, si te hace sentir mejor, diré que ese apoyo es de gran ayuda. — bromeó sintiéndose mejor. — No te sientas miserable, Edward. Con que hagas lo que esté a tu alcance basta, no hay otra cosa que puedas hacer.

—Tal vez la obstetra pueda darte algo que ayude a remitirlos.

—Probablemente, recuérdame que lo pregunte.

—Mamá sabría qué hacer. — murmuró Masen sin percatarse de que realmente lo había expresado en voz alta.

— ¿Tu madre…? —insinuó Bella al notar la tristeza en la voz del cobrizo.

Este asintió.

—Hace dos meses. Tuvo un infarto.

—Lo lamento. — susurró girándose hacia él.

—Estoy bien. — respondió de manera poco convincente alzando la mirada.

Ambos se sorprendieron por la cercanía de sus rostros pero más todavía con las ganas de acortar completamente la distancia que los separaba. A ninguno le importaba estar apartando la máscara de desinterés y frivolidad y exponer ante el otro sus verdaderos yo, ese que ambos escondían para protegerse y no se preguntaban el por qué.

Casi sucede, Edward se había inclinado, manteniendo sus encendidos orbes azules sobre los chocolates de la castaña asegurándose de que esta no lo abofetearía o saldría corriendo, y cuando estuvo seguro de que estaban en la misma página en el segundo en que iba a acotar el mísero centímetro que los separaba, el característico sonido de unos tacones resonaron en el lugar sobresaltándolos.

— B, llevo buscándote por horas. — el alivio recorrió el cuerpo de la estudiante al oír que solo se trataba de su amiga y maldijo para sus adentros que haya interrumpido aquel momento. — Hay alguien esperándote afuera.

La rubia los miró alternativamente conteniendo una sonrisa ante el pánico que vio en Edward. Pero se percató de algo más en las miradas de ambos, un brillo especial que la sorprendió, preocupó y alegró en partes iguales.

Espero que no termine lastimada. Imploró.

—Ella lo sabe. — le informó la castaña logrando que él se relajara visiblemente. —Ella es Rosalie, mi mejor amiga. Rose, él es Edward… — El profesor se dedicó a asentir cordialmente en dirección a la rubia que le devolvió el gesto.

— Entretendré a tu visita fuera por unos minutos. — anunció antes de salir dejándolos solos nuevamente.

—Nos vemos esta tarde, supongo. — murmuró de forma tímida.

—Ahí estaré. — prometió con una sonrisa.

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Salió del aula con una pequeña e inconsciente sonrisa jugando en sus labios, iba distraída a tal punto que no fue capaz de percatarse que él estaba allí hasta que sintió sus enormes brazos envolviéndola.

— ¡Pequeña, B! — exclamó la tan conocida voz para ella en su oído.

— Emmett, — respondió con voz incrédula.

No se había dado cuenta de cuanto había extrañado a su hermano, sus ojos se llenaron de lágrimas. Siempre habían sido muy unidos, obviamente – en su niñez – tuvieron peleas insignificantes pero fuera de eso, eran grandes confidentes y protectores el uno con el otro. Eso había sido un problema en la adolescencia de Bella ya que Emmett, tres años mayor, se encargaba de ser el típico hermano sobreprotector y acobardar a cualquier chico que se acercase a Isabella. Ella por su parte, nunca se entrometía entre su hermano y sus conquistas amorosas… excepto una vez, cuando Jessica Stanley lo ridiculizó delante de medio instituto. La perra mal teñida, como Bella la había apodado, lloró durante una hora seguida luego de quele cayeran tres tarros de pintura roja a su nuevo y flamante carro blanco. Nunca hallaron al culpable y cuando Jessica acusó a la pequeña Swan, nadie le creyó.

— Hey, ¿qué sucede? —indagó separándose de ella al oírla sollozar. Asió sus mejillas secándolas lágrimas que caían sin control de los ojos de la castaña.

—Solo te eché demasiado de menos. — Y mis hormonas están completamente descontroladas porque voy a tener un bebé, añadió para sí misma al tiempo que volvía a abrazarlo.

—Si fueras a visitarme más seguido no me extrañarías, — señaló divertido.

—Lo dices como si Londres quedara a la vuelta de la esquina, ¿quién demonios te mandó a estudiar tan lejos?

— Te has vuelto algo melodramática desde la última vez que hablamos.

Isabella le sacó la lengua infantilmente.

Edward observó con el ceño fruncido la escena ante sus ojos preguntándose quién demonios era el tipo, incapaz de notar el parecido en los rasgos de ambos, obnubilado por los celos que el tan efusivo y cariñoso abrazo había provocado. Nunca los había sentido con tanta intensidad por su ex-esposa y luego de separarse se había prometido a sí mismo procurar no sentir nada remotamente parecido, pero al parecer Isabella apareció en su vida para ponerla de cabeza y eso lo hacía sentir vulnerable y, contrario a lo que pensó alguna vez, no le desagradaba estar así por una mujer.

¿Estaba enamorado? Realmente no lo sabía, pero estaba seguro de que probablemente lo que estaba sintiendo se asemejaba demasiado a eso.

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— ¿Crees que podrás, huh, entretener Emm mientras voy a la cita con el médico? —preguntó esperanzada.

— Claro, — dijo despreocupadamente. — Encontraré algo para hacer, — dijo elevando sus cejas sugestivamente.

—Estás hablando de mi hermano, eso es repugnante. — espetó con una mueca de asco.

— Tranquila, B. Solo estoy bromeando… o tal vez no. — continuó entre risas.

— Voy a excusarme con una clase especial, — comentó ignorando a su amiga. Mientras no llegasen detalles escabrosos a sus oídos, le daba igual lo que hicieran los dos.

— Bien, no creo que haga muchas preguntas, desde que llego toda su atención está centrada en mi escote.

La castaña se había percatado que mientras la hablaba a ella, la vista del grandote estaba trabada en su amiga y estaba a punto de ahogarse con su propia saliva.

— ¡Rosalie!

— ¿Qué? — pegunto con inocencia. Isabella suspiró y rodó los ojos exasperada y divertida. —Ahora, quiero que me cuentes qué sucedió con Masen

—No hay mucho que…

—Si completas esa frase voy a pegarte porque ese casi beso no fue producto de mi imaginación, ¡Tenías que ver sus caras cuando me vieron!

— Rose, no voy a hablar de eso ahora, no con mi hermano dando vueltas por el departamento.

—Okay, supongo que aún no tengo que patearle las pelotas por no responsabilizarse de sus actos así que esa parte de la conversación está cubierta, de momento ya que quiero detalles, pero sobre ese no beso…

—Sí, voy a contarte pero ahora tengo que irme o voy a llegar tarde. — prometió saliendo de su habitación.

— ¡Suerte! — le chilló.

— ¡Gracias! — gritó de vuelta la castaña.

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Edward la esperaba fuera del consultorio mirando en diferentes direcciones buscándola. En realidad, aunque nunca lo admitiría, lo que quería ver era si ella iría sola o con el tipo desconocido. Estaba ansioso y los nervios lo tenían al borde, sabía que estaría más sosegado en cuanto supiera que todo iba bien con su hijo. Y que ella fuera sola, le decía su subconsciente.

Minutos después, la veía aparecer caminando a paso apresurado en su dirección con una radiante sonrisa que no pudo evitar devolverle, en parte aliviado porque iba sin compañía.

—Hola, — murmuró al llegar al él.

—Hola, — susurró de vuelta. — ¿Entramos? — inquirió ofreciéndole una de sus manos. La aludida asintió aceptando el gesto. Como la primera vez y cada una de las posteriores, una extraña electricidad pasó entre ambos.

Isabella jamás había tenido suerte en lo que al amor se refiere, se había dado por vencida de las relaciones luego de ser engañada por segunda vez. Se había propuesto solo centrarse en sus estudios y abstenerse solo a relaciones esporádicas, se prometió que jamás volvería a perder la cabeza por un hombre. Jamás. Por eso, cuando siento de diferentes emociones invadieron su cuerpo al tocar la mano de Edward, se aterró. No quería salir lastimada nuevamente, tal vez no suceda, le susurró una vocecita. No quería pensar siquiera que él estaba despertando ese tipo de sentimientos en ella, quiso convencerse a sí misma de que solo se debía a alguna extraña conexión a causa del bebé, pero en el fondo de su mente, sabía que no era así.

Mientras Isabella esperaba recostada en la camilla que Tanya – la obstetra – terminara de preparar el ecógrafo, sentía unas imperiosas ganas de volver al viejo hábito de morderse las uñas. Lo hubiese hecho de no ser porque una de sus manos asía con excesiva fuerza la de Edward y porque este se encontraba allí. Los nervios se debían en parte a la incertidumbre de no saber si todo estaba bien con su hijo y por otro lado, al ser consciente de que en cuestión de segundos el hecho de que sería madre y una persona crecía dentro de ella se sentiría real.

Fue lo que pasó. En el instante que Tanya dijo que efectivamente, tal como Bella había dicho, se trataba de un embarazo de 10 semanas y luego señaló la mancha en la pantalla y otra más pequeña dentro de la primera que titilaba rápidamente, explicando que era su corazón, tanto el suyo propio como el del catedrático se hincharon de emoción, de amor por el nuevo ser.

—Nuestro bebé, — escuchó susurrar a Edward con voz temblorosa. La castaña se permitió darle una mirada y sus lágrimas se duplicaron al ver que él se encontraba en el mismo estado.

—Nuestro bebé, — repitió llorosa.

El cobrizo secó las lágrimas de la joven con su mano libre y luego se acercó a su oído.

—Gracias, — musitó antes de dejar un beso en la mejilla de la joven.

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Había oscurecido en cuanto salieron de la consulta. Edward se negó rotundamente a que Isabella volviera a su departamento caminando sola por las inseguras calles de la ciudad. Ella intentó persuadirlo pero no hubo formo de hacerlo declinar.

Conozco la ciudad como a la palma de mi mano, Edward. Y no es la primera vez que camino hacia mi departamento. Lo hago todo el tiempo. — se excusó.

Ya no eres solo tú, Bella, fue su justificación dando fin a la breve discusión.

—No comprendo por qué te enfada tanto que quiera llevarte. — comentó luego de oírla bufar por milésima vez. — La castaña no sabía que decir a eso, la verdad era que ni siquiera ella tenía la más mínima idea de por qué estaba temperamental. Se dedicó a encogerse de hombros. — Bella, tenemos que trabajar en ser sinceros entre nosotros.

—Lo sé. — masculló.

—Así que…

—No sé por qué demonios estoy así, ¿bien? — gruñó.

—Bien, entonces dediquémonos a hablar de algo que no te encolerice.

—"Algo" sería…

— No lo sé, — la joven volvió a bufar. — ¿qué tal tu día? ¿Qué tal tu visita? — preguntó como si nada, esperando terminar con la incertidumbre de aquel hombre. Isabella no era idiota y pudo percibir lo que había detrás de esa pregunta. El motivo la hizo sonreír para sus adentros.

— Bueno, la visita de mi hermano, — enfatizó intentando que sus labios no se curvase al escuchar un apenas perceptible suspiro por parte del cobrizo. — es más que buena ya que lo echaba enormemente de menos pero solo cuando Rose no está en su campo de visión por supuesto y luego está el hecho de que he tenido que mentirle para venir.

— ¿Y eso? — el alivio en su voz era notable.

— ¿Lo de Rosalie?

—Ambas cosas.

— Desde que Emm y ella se conocen están, huh, atraídos pero nunca se animan a dar el primer paso y ambos babean el uno por el otro, a veces es hasta molesto, me ignora completamente.

— ¿Celosa? — preguntó divertido.

— Digamos "protectora", no es que crea que Rose le hará daño, solo es un instinto natural. — concluyó con un encogimiento de hombros.

— ¿Y lo de mentirle? — indagó. Quería seguir escuchándola hablar, sacando la charla que habían tenido esa tarde, esta era la más larga sin tensión.

—No le he dicho sobre el embarazo aun. No lo sé, quería estar segura de que todo estaba bien, ya sabes.

—Se lo he dicho a mi hermana. — informó aparcando frente al edificio donde vivía Isabella. — Pensé en eso también pero en verdad necesitaba hablar con alguien y ella llegó de visita en el momento adecuado. Me ayudó a aclararme muchas cosas el charlar con ella.

— Eso está bien. Es bueno tener otra perspectiva de las cosas a veces. Rose fue un gran apoyo también. Aunque no siempre escuchemos lo que dicen o no logremos hacer que atraviese nuestro cráneo. — Sollozó de la nada desconcertando y alarmando al cobrizo. —Cómo que todo estará bien y que no estoy sola en esto. No sé absolutamente nada sobre niños, nunca había planeado tenerlos pero quiero a este bebé, demasiado y me preocupa ser una madre de mierda. — concluyó con sus preocupaciones, esas que se había estado guardando, en voz temblorosa mirando como retorcía nerviosamente las manos en su regazo.

—Bella, mírame. — demandó Edward tomando la barbilla de la castaña con una de sus manos, levantando su rostro. — No estarás sola, ya te lo dije. Amo a ese bebé y no pensaría jamás en alejarme, es mi hijo, nuestro. Es inexplicable cómo se ama a alguien que no conoces pero ahora sé que sucede. — explicó no hablando solo de su afecto hacia su hijo. — No serás una mala madre, porque no dejaré que lo seas así como estoy seguro de que no permitirás que lo sea yo.

Nadie podía estar seguro de qué pasaría en un futuro, el porvenir era incontrolable pero si de algo tenían la certeza era que aprenderían la difícil tarea de ser padres y saldrían adelante, juntos. Ninguno de los dos lo había dicho en voz alta, pero la promesa estaba ahí, flotando tácitamente en el aire.

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Nos leemos la semana que viene!

Sharin :*