Estaba cansado. Estaba harto. Estaba enfermo.
De la guerra, de sus amigos, de sus maestros, del viejo director, del maniático Riddle. Los odiaba a todos. Si fuera por él, estaría feliz de patear sus traseros.
¿Por qué tenía qué pasarle esto a él?
¿Por qué tuvo qué ser él El-Niño-Que-Vivió?
¿Por qué sus padres debieron morir?
¿Por qué debía ser él justamente quién peleara esta tonta guerra que realmente no le importaba?
Y más importante, ¿por qué demonios Voldemort no tenía nariz?
Harry respiró hondamente, tomándose su tiempo. Después de todo, sus respiros estaban contados. Porque todo acabaría, al fin.
Harry rió. Dio un paso al frente, cayendo al vacío.
Cerró los ojos, dejando que una sonrisa le iluminara el rostro, ahora solo debí–
Harry dejó de caer. Se golpeó contra una barrera invisible que había aparecido de la nada no muy suavemente pero lo suficiente como para no causarle ningún daño.
– ¿Qué demonios?
– Recuerdo muy bien habértelo dicho. No puedo ni quiero evitar que caigas. No puedo, porque todo esto me destruye a mí también. No quiero, porque el ver que te despedazas, justo como yo, me da una morbosa satisfacción. Sin embargo, estoy aquí para absorber el impacto. Siempre.
Un rápido movimiento, y el puño de Draco conectó con el mentón de Harry.
– Ahora, si vuelves a saltar de la Torre de Astronomía, o cualquier otra torre, no seré tan piadoso. Cuídate, Potter.
¿Saben qué me haría muy, muy feliz, aparte de escuchar la canción que escucho ahorita?
¡Leer un review! Uno que me dejen en esta historia, claro.
¡Adelante, les daré galletas, té negro y a Luna Lovegood!
Insane Worm
xoxo
