El bello príncipe y la intrépida damisela.


Perdonen el retraso, sin embargo, no había tenido bueno más que esto hasta ahora. Les invito a leer: Dulce Venganza. Nos leemos.


Castiel no era "malo", solamente era un escudo contra las superficiales como el trío de Ámber, y fue ella la única que se percató de la verdad.

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Capítulo 4.

Caminaba por los pasillos… corrección: más que caminar, estaba corriendo técnicamente por su vida; en cierta forma era así. Las gotas de sudor escurrían por su frente bajando hasta sus mejillas, podía sentir su humedad, más no tenía tiempo de limpiarse… era ahora o nunca. Respiro profundamente, los latidos de su corazón eran desenfrenados.

Ya no sentía sus piernas, hace poco, estaban adoloridas y pesaban demasiado… ahora no sentía nada.

Los tacones de sus botas habían comenzado a matarla en la mitad del recorrido. No estaba segura cuanto había corrido, pero estaba casi segura que ya llevaba más de medio camino recorrido… Exhalo, al menos eso esperaba.

Continuo corriendo a toda velocidad conforme sus piernas le permitían… hasta que choco con algo, o mejor dicho: con alguien.

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Contemplo su reflejo en el espejo de cuerpo completo de su habitación, su rostro era inexpresivo de momento; se dio una vez más la vuelta… Era hermosa, una diva… podía ser considerada como un ángel pues casi rozaba la perfección, sin embargo, no podía dejar de entrar en decepción al saber que eso no importaba… que esos detalles tan importantes a él no le importaba. A él le daba igual si fuera un ángel, una diva. Aquel Adonis de cabellos pelirrojos nunca la miraría al menos con deseo.

Nunca.

La palabra hizo eco en su mente, y la primera lágrima resbaló por su mejilla.

Nunca.

Estrujó la fotografía que tenía en sus manos, buscando descargar su coraje en aquel recuerdo inmortalizado.

¿Por qué no podía darse cuenta? Ella era mejor que esa cosa, la chiquilla esa no le llegaba ni a los talones, ella estaba muy por encima de la niñata que recién había llegado… ¿y aun así él prefería a esa pelirroja por encima de ella?

Las lágrimas que resbalan por sus mejillas, aumentaron considerablemente, y soltó un quejido… no estaba herida… al menos, no visiblemente. Gruñó, y lanzó la fotografía contra el espejo. Giro sobre sus talones, y corrió hacia el cuarto de baño. No quería que nadie la viera así.

No quería ver más aquella fotografía, en donde su Adonis pelirrojo estaba arriba de esa pelirroja en el césped.

Se las iba a pagar, y muy caro.

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— ¡Fíjate por donde vas!—gritó sin pensarlo dos veces la joven, mientras se sobaba su frente, había golpeado con algo muy, muy duro… pero a pesar de su tenacidad, era humano.

—Mira mocosa, no soy yo quién estaba corriendo como loco por la calle—masculló entre dientes una voz varonil pero a la vez joven… y bastante conocida.

Entrecerró los ojos. Castiel.

—Cierra la boca, pelirrojo.

—Tú estarás rubia, chiquilla.

—Piérdete por ahí—murmuró entre dientes, dando pasos seguros, dispuesta a pasar por el cuerpo de acero del pelirrojo.

—Después de todo, terminarás buscándome—sonrío.

—Ni te ilusiones, que ni en mis peores pesadillas lo haría—aseguró, guiñándole un ojo.

Él sonrío burlonamente.

—Ya quisieras soñar conmigo.

—No gracias, no sería un bonito sueño…

—Más bien te haría perder peso…—Eriana lo miró sin entender, y él empezó a reírse.

Algo le decía que con su bromita, estaba matando dos pájaros de un tiro. Entrecerró los ojos, y lo saludó amistosamente con su dedo.

— ¡Qué intrépida!—vociferó Castiel fingiendo sorpresa.

—Muy príncipe, usted—dijo haciendo un saludo de la época medieval.

Él río. Y ella luchó por no sonreír… pero fue inevitable.

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En el preciso momento en que puso un pie en el Instituto, todas las miradas fueron hacia ella. Estaban sorprendidos, les había dejado con la boca abierta su nuevo cambio de look. Sonrío victoriosa, y comenzó a caminar hacia su casillero; todos le abrían el paso como si fuera una verdadera diva… una gran artista.

O un fenómeno.

Había optado por dejar atrás el rubio de su cabello, cambiándolo por un rojo intenso. Su rostro estaba impecable, sin una sola gota de maquillaje, dejando al descubierto unas pecas debajo de sus ojos azules. A veces, de verdad envidiaba a Nathaniel, su hermano tenía una piel perfecta, sin ningún punto debajo de sus ojos.

Inhalo profundo.

Y abrió su casillero sacando las materias siguientes. Cuando se volvió, notó las miradas de todas las personas puestas en ella y en su regazo… Era quizá la noticia del año: Ámber cargando sus libros.

Suspiro, y con la frente en alto, se dirigió a su salón, sintiendo las miradas de todos sobre ella.

— ¿Y esa quién es?—murmuraba la multitud.

— ¡Es Ámber!—chilló una voz irritante.

Ámber maldijo en su interior… esa chiquilla la sacaba de sus casillas… La admiraba, y mucho, sin embargo, todo llega a un punto donde todo se vuelve molesto. Le dedico una sonrisa forzada y un saludo con la mano; continuando su camino.