Cuando la oscuridad de la caverna nos engulló por completo, mis pasos se entorpecieron y me hubiese caído de bruces al suelo, de no ser por el ''amable'' empujón del rubio, avisándome de que retrasos, los justos.
Puesto que parecían conocerse bien el camino, me dejé guiar por el amarre de Deidara, quien parecía haberle cogido especial cariño a mi muñeca casi rota.
Mis pies desnudos avanzaban a duras penas a través del suelo rocoso. Una arista de piedra me rozó el talón, abriéndome una profunda brecha. Por si no fuese difícil la cosa, el corte en el pie hacía que aún me costara más cada paso. Deidara, impaciente, me pegaba tirones cada vez que perdía el aliento.
Unos interminables metros más lejos, se abrió ante nosotros una especie de salida, surcada de luz.
Cuando la atravesamos, me vi en una sala de paredes de piedra en la que no había más que una amplia claraboya natural que dejaba pasar la luz del sol … y dos puertas. Sin detenerse, ambos hombres nos condujeron a trompicones a través de la sala y, sin decir una palabra, cada uno tomó una de las puertas, arrastrándonos a mi amiga y a mí por caminos diferentes.
Sari, ¡no!... Volved… por favor…
Haciendo caso omiso de mis susurros desesperados, perdí de vista a mi amiga a medida que un cada vez más impaciente e irritado Deidara me arrastraba por la fuerza hacia Dios sabe dónde.
Tras otro interminable laberinto de pasillos y muchos calambres en mi maltrecho brazo, me vi lanzada sin miramientos hacia lo que parecía una pequeña celda situada bajo un arco de piedra en la pared. Antes de caer en la diminuta fosa, observé un pequeño detalle de dicho arco, que mejor que no hubiese llegado a mi vista, la verdad. En él había un grabado de una tortura, un hombre al que le eran amputados sus miembros con una especie de técnica macabra.
Me aovillé en el suelo al tiempo que la puerta de rejas se cerraba bruscamente a mis espaldas.
Que no se te oiga. Pasaré a por ti en breve.
No sabía qué iba a ser de mí. Si aquello era un sueño, tenía que hacer lo posible por despertarme. No era precisamente el tipo de situación en el que quería verme envuelta con cierto rubio.
Tras unos cuantos pellizcos y escalofríos provocados por la cruda realidad, decidí que si nada iba a salvarme o a sacarme de allí, iba a tener que ser yo la que peleara, como fuera.
Decidí que tenía que ir a por Sari, donde quiera que se la hubiese llevado Tobi, aunque el saber su verdadera identidad hacía que me entraran ansias de volver a mi rincón en el suelo. Antes de toda esta pesadilla, en mi free-time solía verme todos y cada uno de los capítulos de la serie. Conocía bien la auténtica cara, el lado oculto que explicaba tantas cosas. Sabía que Madara estaba tras esa faceta que había querido camuflar bajo el nombre de Tobi. Yo no llegaría muy lejos si ese loco sádico averiguaba lo que yo sabía de él. Cautela, y calma, Martita.
Me puse en pie. Me acerqué a la reja que me separaba de aquél pasillo de mala muerte y atisbé todas las muescas, rugosidades, espacios, que podrían delimitar un posible punto débil.
Todo fue en vano. Aquélla maldita reja parecía ser infranqueable. Pero y si…
No obstante, y a pesar de la gran dificultad de salvar la reja, el suelo no era más que tierra. Si escarbaba un poco y dejaba atrás unas cuantas uñas podría abandonar mi claustrofóbico calabozo.
Fue más costoso de lo que creía. A cada arañazo que daba al suelo aguzaba el oído para detectar cualquier paso, o fru-frú, quién sabe.
Tras muchos esfuerzos, concluí en que mi cuerpo podría caber por aquel ridículo agujero. La cabeza pasó bien, pero luego, hubo que meter barriga o aquello era imposible.
Al fin, alcancé mi pseudo-libertad. Incapaz de asimilar mi éxito, miré nerviosa a ambos lados del pasillo para cerciorarme de nadie me había oído o visto. Silencio.
Me deslicé hacia el lado por dónde había desaparecido la melena rubia.
No quería ni pensar en lo que pasaría si me pillaban. No sabía cuántos miembros de la organización asesina había allí, ni dónde estaban, ni si estaban a un metro de mí silenciosos y burlones, viendo cómo me dirigía hacia mi perdición, como un conejo que cree haber visto en la trampa una salida.
Intenté no pensar en ello y me obligué a centrarme en cada paso. Debía ser silenciosa, por mi vida.
A los 10 metros de mi celda, se abría una habitación, muy iluminada. Entré en ella, pues parecía desierta. Allí no había nadie.
Para mi sorpresa, no tenía el mismo aspecto sombrío y frío que los sitios por los que había pasado antes, sino que este cuarto más bien era como un comedor de una vivienda normal. Incluso había una pequeña cocina al final de la estancia.
Me atreví a avanzar hacia el centro de la sala. Rocé con las yemas de los dedos un sofá para 3 que ocupaba el sitio predilecto frente a lo que parecía una televisión. Tras un vistazo general a la mesilla, la cocina desastrada y una gran mesa de comedor, di por hecho que allí no había salidas a otras habitaciones, debía continuar avanzando por el pasillo.
Me disponía a sacar ya un pie por la puerta cuando oí un fuerte chasquido detrás de mí.
Era un sonido hecho con la lengua, estaba segura, pero muy fuerte, como una caña al partirse limpiamente en dos.
Al fondo del comedor, en un rincón oscuro al lado de una estantería, estaba Hidan. Su presencia me había pasado totalmente desapercibida, probablemente había estado allí todo el tiempo, observándome.
Su pelo blanco brilló a la luz de un candel de la pared y sus ojos brillaron con el desequilibrio enfermizo de un loco.
Estás muerta, o peor, guapa.
Fueron las palabras que pronunció entre chasquidos antes de abalanzarse sobre mí.
