Disclaimer| Yuri on ice [ユーリ! on ICE] y todos sus personajes pertenece a MAPPA, Sayo Yamamoto, Mitsuro Kubo, Kenji Miyamoto, y todos los correspondientes, yo solo decidí escribir algo que ellos se estaban saltando.
Pareja | Viktor x Yuri [Vikturi] [Ligero―Viktor x Yurio] [Yurio x Otabek] [ligero―Yurio x JJ]
Advertencia | Este fic tiene una temática omegaverse.
Notas | ¡Hola a todos! Siento que esta ocasión no tardé tanto en actualizar, ustedes decidirán eso. Escribí este capítulo hace como un mes, así que recuerdo que me gustó mucho cuando lo terminé aunque ahora ya ni recuerdo de qué iba, pero espero que les guste y ya se viene lo bueno. ¡Gracias por leer!
Los amantes de la traición
Viktor x Yuri
―Capítulo 4―
'' Hay que querer hasta el extremo de alcanzar el fin; todo lo demás son insignificancias. ''
Takeshi había visto una escena similar en su mente, tal vez dentro de su imaginario colectivo, un tema de actualidad o algo así, recordaba la escena de un cuento que las trillizas solían leer, ridículamente ilusionista e idealista, además sin prototipos de sociedad alfa/omega. Pero a las niñas les gustaba, igualmente jamás pensó que presenciaría en carne propia una escena que se asemejara tanto a la de aquel cuento. La princesa dejaba el palacio a las doce, huyendo del príncipe antes de que el encanto se rompiera. Y luego estaba Yuri, que precisamente no había dejado una zapatilla en las escaleras, pero por la forma en la que huía, llorando, era como verlo en vivo.
Yuri corría desesperadamente, las inhalaciones de su boca se perdían entre las exhalaciones fuertes que soltaba, atropellándose entre ellas, mientras sus botas dejaban marcas fuertes en la nieve de la entrada de la mansión de Yuuko y Takeshi, que lo seguían muy de cerca. En cuanto los sirvientes abrieron la puerta y dejaron pasar al acalorado omega, quien ya corría escaleras arriba limpiándose las mejillas con el dorso de las manos desenguantadas, este mismo ya se encontraba gritándoles a las sirvientas con una herida y rota voz.
― ¡Guarden inmediatamente todas mis cosas! Quiero mis maletas en la entrada en cinco minutos.
Takeshi y Yuuko que no se dejaban intimidar por sus palabras, a diferencia de las tres sirvientas que tan pronto escucharon las ordenes se pusieron manos a la obra para guardar el equipaje que tenía apenas horas de haber sido acomodado. Yuri entró quitándose la ropa con las manos al cuarto de vestir, era un tifón de destrucción que tiraba el atuendo de baile lujoso en el piso, esperando que cualquier criada beta recogiera los despojos de su ropa.
―Yuri ―llamó Takeshi desolado observándolo desde atrás del biombo en el que se cambiaba la ropa―, intenta tranquilizarte.
―Tengo que irme inmediatamente ―repetía Yuri hiperventilando, como si se tratara de una plegaria―. No puedo quedarme ni un segundo más. Debo irme ya, esto no debió pasar…
El alfa miró a su esposa por largos segundos, peguntándose si es que Yuri había perdido la razón tan descaradamente, ignorando una parte esencial de toda aquella verdad sospechosa que los cubría ahora misma. Del simple hecho de notar lo que crecía entre Viktor y Yuri, pero era mejor no pensar en ello. De cualquier forma era imposible que se quedara de brazos cruzados mientras Yuri se tambaleaba detrás del biombo poniéndose la ropa de viaje que tenía preparada para su regreso a Moscú. Incluso cuando lo vio abotonarse la capa blanca de piel de conejo y ponerse la pamela de redecilla jadeó, de verdad su amigo iba a irse, encima estaba planeando largarse mientras lloraba, con el ceño fruncido, los labios mordidos y la voz trémula gimiendo ''No me puedo quedar más''. Le dirigió a su esposa una mirada suplicante, que le indicará que era lo que debía hacer o decir, pero cuando Yuri salió del biombo y los vio a ambos por tres segundos, antes de que siquiera pudiera pensar en alzar la voz, Yuuko levantó los brazos para sujetar las mejillas mojadas del pelinegro.
Fue entonces cuando notó la consternación en la cara de su esposa. La forma en la que su cuerpo temblaba aun debajo del pomposo vestido.
―Lo siento tanto Yuri ―jadeó Yuuko llorando, moviendo la cabeza en negación mientras acariciaba sus mejillas―. Lamento que te hayas casado con el alfa equivocado.
Yuri le tomó las manos a la mujer en un segundo, las apretó con fuerza y pegó su frente a la suya, con unos llorosos ojos determinados.
―Nunca digas eso, Yuuko. No lo digas.
Aunque en el fondo sabía que era verdad. Por la forma en la que Yuuko negaba con la cabeza, con los parpados apretados, soltando lágrimas desesperadas de genuino dolor por su amigo, Yuri se apartó suavemente. Su cara desolada no reflejaba rastro de duda, estaba tan asustado como su amiga incluso más, sus pupilas miraban todo con una fijeza desorbitante y luego las lágrimas caían por sus mejillas sin detenerse.
―Debo irme ―le dijo a ella―, no volveré Yuuko, lo siento, lamento haberlo arruinado todo.
―No Yuri tu no hiciste nada malo
―Si ves a Yurio, dile que lo siento muchísimo ―besó las manos de su amiga rápidamente apartándose mientras ella se aferraba a él―, que me perdone por favor, y que espero que sea muy feliz con él. Por favor, dile que se case con él.
Takeshi vio a Yuri con escepticismo, ¿De verdad creía que Viktor había respondido al baile de Yurio? No después de como ellos se miraban, él ni siquiera podía olerlos pero los sentía, los veía y se mostraban ante la gente como algo único, singular, un hecho sin precedentes en la vida de ambos. Determinadamente, Viktor no debía estar tras Yurio ahora, y también Yuri muy en el fondo lo sabía, porque esa era la razón la que ahora mismo huía tan desesperadamente, para evitar ser seguido por él. Por eso quería irse. Yuuko no tuvo corazón para negar su petición, aunque sabía que abogar ahora mismo por él con Yurio era una guerra perdida, pero si eso hacía que Yuri pudiera dormir por las noches, le diría que sí.
Las cosas de Yuri estaban esperando en el carruaje ya. La despedida fue rápida, incluso a Takeshi le costó seguirle el paso a su amigo.
―Yuri, por favor ten calma ―suplicó el alfa mientras bajaban las escaleras―, a esta hora, la estación de trenes no saldrá ninguno…
―No importa, no puedo quedarme. Debo irme en el primer tren.
―Es de madrugada, tendremos que esperar demasiado ―Takeshi observó cómo Yuri salía al exterior de la casa sin vacilar―, tal vez cinco o cuatro horas más. Por favor ten consideración, no te precipites.
―No, tu quédate Takeshi. No es necesario que me sigas ―pidió en el escalón del carruaje, cargado con todas sus cosas, con un lacayo congelado y caballos luchando contra la ventisca y la nieve del paisaje desolado―. Soy yo quien he conseguido este desastre, ahora debo irme, debo volver con mi esposo. No puedo seguir aquí, quédate y cuida de Yuuko y las niñas, te mandaré una carta lo más pronto que pueda.
―Yuri por favor, quédate.
―Me seguirá ―murmuró cuando soltó la mano de su amigo―, debo irme, ya.
Se miraron fijamente por algunos segundos. Yuri tenía el rostro empapado y compungido, de alguna manera Takeshi tuvo que alejarse y asentir, supo entonces que tal vez ahora mismo Yuri había tenido alguna especie de lucidez, pues había explicado en palabras muy claras lo que Viktor Nikiforov planeaba hacer, más allá de si aún esperaba de forma suplicante que se quedara con Yurio, más allá de todo, de pensar que lo de ellos dos no era nada. Tal vez en cuanto el carruaje avanzara el omega iba a auto convencerse de que todo fue una fantasía, pero ahora mismo, lo había dicho en voz clara. Sí, tenía que irse, fingir que nada pasaba, alejarse de ese olor, de esa picazón en el pecho.
―Esperaré las horas necesarias antes de que salga el primer tren ―explicó Yuri mientras el carruaje ya se disponía a marcharse―. Por favor, ten consideración de mí.
―Siempre Yuri, siempre.
Y se marchó.
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La mansión que Yakov Feltsman compartía con Lilia Baranovskaya después de casarse era casi tan lujosa como la que los Plisetski tenían en su posesión, sin embargo siempre se encontraba un poco sola. Su hijo, Viktor, nunca estaba en esa casa, su esposa se la vivía viajando o en la mansión Plisetski con su ahijado, esta noche sin duda no era la excepción. El ambiente lúgubre y siniestro que tenía la propiedad estaba bien llevado con el exterior nebuloso, frio, antártico y la torrencial tormenta de nieve. Como se suponía todas las personas debían estar dormidas y ellos en el baile, la mayoría de las luces se encontraban apagadas. Solo había un ligero camino de faroles que guiaban hasta la habitación, donde se desataba un ligero ruido de pies que Yakov debía seguir.
Después de todo esa era la razón por la que había venido.
Sigue el sonido que revela después de una larga escalera de caracol la habitación de Viktor abierta, con las puertas de par en par, las luces encendidas y un pequeño puñado de sirvientas que asemejan a ratones asustados por un gato, las mujeres betas caminan de un lado a otra sujetando cosas con delicadeza entre las manos. Yakov las mira con desdén y busca al objetivo, que no se esfuerza para nada en esconderse de la mirada de nadie, mientras se arranca la ropa de fiesta con una violencia impresionante, como si quisiera machacar las costuras.
―Yakov ―saluda Viktor brincando de un pie a otro mientras se quita todo de encima―. ¿Qué tal el baile?
―Ya terminó ―gruñe en respuesta, obviándola, aunque sabe que él sólo habla para evitar el ambiente pesado. Buscando una excusa dentro de su perfecta dicción.
― ¿Enserio? ―responde quitándose el pantalón e intercambiándolo por el uniforme.
Yakov ya no responde, se limita a ver lo que Viktor hace, detiene a una de las sirvientas mientras camina y observa como junta todas las pertenencias del conde en una maleta, mientras que las demás hacen lo mismo. Levanta la mirada encarando a su hijastro, intentando detenerlo mientras se viste con el uniforme azul de soldado, colocando cada pequeño detalle en su lugar.
― ¿Qué es todo esto? ¿Qué estás haciendo? ―pregunta sacando la ropa de las maletas, las sirvientas rápidamente acomodan nuevamente. Siguiendo las instrucciones claras de Viktor.
―Me voy, evidentemente ―responde el otro con seriedad colocándose las botas―, ya hablé con el general, tengo un lugar en la brigada A-05 hacía un tiempo que estaban buscando un cambio en los lineamientos, he caído como anillo al dedo, me voy inmediatamente. Me llevo algunas de mis cosas, el resto puede esperar, el equipaje llegará a la mansión que tenemos en…
― ¿A dónde vas? ―pregunta Yakov sacando la ropa de las maletas, el rostro caliente y rojo de furia.
―A Moscú ―responde cerrando las maletas para que Yakov deje de sacar con tanta desesperación la ropa que las sirvientas guardan.
― ¡Basta ya de esas tonterías! ―grita Yakov explotando. Sujetándolo de los hombros―, ¡Vuelve inmediatamente a la mansión de los Plisetski y pídele matrimonio a Yurio! Puede que aun estemos a tiempo, tu madre está allá, intentando calmar los humos, si vas puedes corregir esto y…
― ¡Padre! ―grita Viktor levantando la voz y sujetando las manos de su padrastro enfrente de su rostro―. Por años te he considerado más que un padre para mí, he seguido tu consejo y me he mantenido fiel a tus veredictos. Pero esta decisión ya está tomada.
Yakov quiere soltarse de las manos de su hijastro, decirle que deje de llamar a eso seguir su consejo, que nunca lo ha hecho y siempre ha tomado las decisiones que mejor le vinieron en gana. En parte porque su madre nunca lo crió con la mano dura que él hubiera querido, o tal vez porque siempre fue un alma rebelde y un espíritu libre que buscaba guiar su propio camino como un alfa en esta sociedad, estaba bien, a él podía enfadarle que no quisiera casarse, e incluso que rechazara al mejor omega de toda la ciudad, sin embargo esto era demasiado. Esto, lo que sea que fuese, que cuando dijo que iba a Moscú invariablemente se refería a que iba tras Katsuki, y era demasiado, era ir contra todo y todos.
Por un segundo más, se dijo a sí mismo, que su Viktor aún conservaba cierto valor en su palabra, podría intentarlo, podría dejar el instinto a un lado por un segundo y escucharlo atentamente, esta era probablemente la última vez que intentara aconsejarlo. Si su hijastro seguía el consejo, podía ganar demasiado. Si no…
―Viktor basta ―le pide suplicante sin soltarle las manos enguantadas―, no vayas por este camino, es una ida sin retorno.
Viktor besa la mejilla de su padre, suelta sus manos con delicadeza, aunque su rostro demuestre una expresión completamente distinta, su ceño fruncido la determinación, los ojos destilando la gravedad de los hechos y la postura de un alfa etéreo, prominente y orgulloso, que estaba no más dispuesto a todo con tal de seguir por el camino que había elegido sin necesidad siquiera de meditarlo.
―Que así sea.
Lo suelta, la despedida es en vano, incluso no dice una sola palabra para su madre o cualquier mensaje, toma la maleta que descansa sobre la cama y deja que las betas se arremolinen a su alrededor con otras maletas que han preparado. Viktor les sonríe con gentileza y sale del cuarto, deteniéndose solo una milésima de segundo para carraspear, recuperar su tranquilidad habitual y mirar a su familiar.
―Estaré en la mansión de los Giacometti hasta que el resto de mi equipaje llegue y pueda trasladarme a la nuestra ―se despide con la mano y sonriendo manda un beso tronado a su padrastro―, ¡Si me apresuro puedo alcanzar el tren que sale en dos horas!
Yakov se queda de pie, observa con atención como Viktor se va sin fijarse en nada, sin detenerse, con su perfecto traje militar azulado, su cabello plateado ondeando con cada paso hiriente y las maletas detrás de él. Un raro presentimiento le invade cada nervio, bien sabe él lo que Viktor está buscando, sabe perfectamente lo que quiere, y no pudo hacer nada para evitar que él siguiera esa senda. Su hijastro toma las decisiones que mejor le placen sin detenerse a pensar, como siempre. Viktor no toma en consideración nada, se mueve solo, como el instinto de los alfas.
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Lilia siente el ambiente pesado dentro de la habitación de Yurio, ha sido una abominable noche, una madruga siniestra, todo está cargado de un dolor pesado que nace y crece desde el cuello de su útero, embriagando cada centímetro de la habitación. La ha pasado en vela, está tan cansada que sus pies ya no le responden, pero como antigua bailarina está más que acostumbrada a forzarlos hasta el máximo potencial, por consiguiente no ha detenido su andar como trompo por toda la habitación, incluso el tapete ha comenzado a levantarse mientras ella nerviosa camina sobre el sin reparo alguno, con la mano en la cintura y el dedo pulgar en la boca, mordisqueando la piel delgada y blanda que cubre el rededor de sus uñas perfectas. Murmurando en voz alta para sí misma, intentando infructuosamente ignorar aquellos gemidos, berridos, quejidos, que no han parado en horas.
No, es cruel llamar al llanto de una persona tan destruida de esa forma.
Las sirvientas también se mueven por la habitación, cubren al omega rubio con mantas abrigadoras mientras está sentado sobre el diván de terciopelo con patas de elefante, han acercado a él una pequeña tarta de chocolate, pudin, pirozhky como ordenó su abuelo, que ha sido el único que consiguió dormir después de que el baile terminara, sin embargo él no había tocado ni una pizca de nada todavía, estaba envuelto en las cobijas, con el traje de baile aun puesto, descalzo a más no poder, con el rostro deshecho, las ojeras violáceas cubren la parte inferior de sus ojos como medias lunas, sus mejillas llenas de lágrimas que cada dos segundos siguen derramándose, un labio fruncido en puchero, el pecho agitado. E incluso el temblor de todo su cuerpo.
―Tenemos que hacer algo, no todo está perdido… ―se consolaba Lilia a si misma―, debe de haber una manera de recuperar tu honor. No lo has perdido, no completamente, tal vez el Barón Popovich siga interesado en convertirse en tu alfa, no todo está perdido o Jean Jacques… no, es demasiado pronto para preguntarles. ¡Todo está perdido! Tendrás que empezar de cero, no puedes permanecer en esta ciudad…
Yuri tembló con desesperación, el dolor que se extendía desde su vientre y cubría cada una de sus terminaciones nerviosas comenzaba a crisparlo, la forma en la que su voz se rompía cada vez que su madrina soltaba algo así, el dolor en su corazón lo carcomía enormemente, al grado de comenzar a jadear de nuevo, llorar con frustración inmensa y querer gritar.
―Pero… ¡yo no he hecho nada! ―Gritó golpeándose el pecho mientras sus lágrimas bañaban las comisuras de su rosada boca―, él es el que… ¿Por qué soy yo quien tiene que pagar las consecuencias? ¡Toda la vida me preparé al pie de la letra para ser un omega ejemplar para él o para cualquier otro! ¡Yo no he fallado! No tengo la culpa de no haber sido elegido por Viktor… pero, porque yo soy quien va a sufrir ¿Por qué el omega es quien ha estado mal?
― ¡Si no te han elegido es por una razón! ―se convence Lilia, claro lo más ideal y políticamente correcto es decir que el omega ha tenido la culpa, el que sale afectado es el omega, el que debe remediar el error es él―. No has sido lo suficientemente bueno, no culpo tus modales o tu baile, pero tal vez eres demasiado joven ¡al menos tenemos eso a favor! Aún tienes tiempo de remediar esto, ahora mismo voy a enviar a una carta a mi amiga en Alemania, tiene un excelente internado de omegas, te llevaré ahí por el tiempo necesario ¡Debes entrenarte aún más! Para tu regreso, puede que el incidente haya sido olvidado y puedas conseguir incluso un mejor marido…
― ¡No! ―Grita Yurio levantándose―. ¡Estuve en Francia por un año, vendí mi alma y cuerpo para ser perfecto! ¿Por qué de nuevo yo soy quien debe entrenarse? ¿Qué hay de mí? ¿De mis sentimientos? Apenas he vuelto este año a San Petersburgo, no quiero dejar a mi abuelo, no quiero irme… ¡Estás tan ciega por Viktor que no…!
Una bofetada atraviesa su rostro inmediatamente, no deja que el joven omega siga hablando, e incluso la inestabilidad en sus pies es tanta que cae sentado nuevamente sobre el sillón de terciopelo, tocándose la mejilla, sin dejar de llorar en ningún momento. Claro, para el omega es injusto, ahora mismo todo le parece un huracán sin salida de muerte y destrucción, sin embargo para Lilia es imposible concentrarse en quien tuvo la culpa, si él, Viktor o Katsuki, lo único y más asertivo que ella puede hacer inmediatamente es concentrarse en darle un mejor futuro y una solución excelente al que es su sobrino, aunque ahora mismo el no alcance a apreciarla.
― ¡Viktor es mi hijo! Por supuesto que ahora mismo quisiera preocuparme por él, por el camino tras el que quiere ir… ―el solo mencionar este hecho hacía que el estómago se le revolviera―, pero no puedo concentrarme en eso, necesito buscar lo mejor para ti. Y lo mejor para ti ahora mismo es que te vayas de esta ciudad, verás que en el futuro las oportunidades son muchas más y mejores, ahora mismo tú has perdido tu lugar en esta sociedad… ¡Debes rehacerte desde las cenizas!
La puerta se abre nuevamente, el abuelo del jovencito entra con una sonrisa tranquila en el rostro, como un niño pequeño el rubio se tira en sus brazos llorando mientras su única fuente de amor le consuela con pequeñas palmadas en el cabello y unas lentas y reconfortantes caricias en la espalda, guiándolo de nuevo hasta ese sillón en su habitación para evitar que se derrumbe sobre el suelo frio. Detrás del anciano entra Yakov, con una cara determinada a hablar, Lilia lo mira esperando que diga algo, el hombre espera hasta que el abuelo tenga en sus brazos a su nieto y sentados los dos, comienza a hablar. Carraspea.
―Viktor se ha ido… ―murmura Yakov, intentando decirlo lo más claro posible―, ha tomado el primer tren a Moscú esta mañana. Creo que ya sabemos a qué va…
Lilia está impresionada, por supuesto en el fondo lo sabía que su hijo iba a correr detrás de Katsuki, que probablemente ahora mismo los dos estuviesen en el mismo tren, quizá juntos o tal vez separados por un montón de vagones, pero que los dos se dirigirán hacía el mismo lugar. Supo entonces que las esperanzas eran vanas, que lo de Viktor y Yurio estaba destinado a no ser jamás, encima no era el único que se había percatado, de hecho Yakov lo decía con delicadeza para que su ahijado no entrara en crisis, e incluso su abuelo mostró un agarre mucho más fuerte al omega. Pero sirvió de poco, o eso pensó la mujer al verlo apretar los puños y rechinar los dientes, el rostro desencajado en furia y las pupilas dilatas del dolor, con las ya conocidas y recurrentes lágrimas de dolor, desconsuelo y esta vez profunda y desgarradora ira.
― ¡Maldito Yuri Katsuki! ―Gritó golpeando la mesa de frente, dejando caer toda la comida en el piso―, ¡Maldito sea él! ¡Lo maldigo para toda la vida! Lo único que deseo es su completa infelicidad, no quiero saber de él sino es que para tener malas noticias ¡Lo odio! ¡Me arrebató todo! ¡Lo odio! ¡Lo odio! ¡Ojalá sea infeliz y miserable por el resto de su vida!
Estaba en una crisis de ira descolocada, un derroche de sentimientos que un omega no debía tener ni siquiera en privado. No podía permitir que su sobrino fuera consumido por estos sentimientos que lo convertían en un desgraciado completamente, así que Lilia se limitó a bajar la mirada, escuchar como música de fondo el dolor del contracturado ser de Yurio y tomar la decisión. Sacarlo lo más pronto posible de aquella inmunda sociedad, lejos a un lugar donde pudiera reconstruir su alma y así mismo su propia imagen se reintegrara. Para conseguirle al final de cuentas un final aceptable. Tenía 15 años, era joven, oportunidades por delante. El orfanato en Alemania era la mejor opción, aunque le costara admitirlo.
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Yuri tenía un gabinete solo está vez. Era un tren distinto al que había llegado, uno un poco más lujoso pues había sido tanta su urgencia por irse que no se fijó ni siquiera en el costo del boleto, solo eligió una cabina, se encerró en ella cerrando la puertezuela de cristal y las cortinas de terciopelo rojo. Encogió sus piernas en el asiento y se dedicó a llorar y a temblar las primeras horas de viaje. Estaba su equipaje ya guardado en los compartimentos y repiqueteaba con el sonido de la cabina, cercana a donde Yuri estaba sentado. El frio colosal que aguardaba su cuerpo y el tren hacía que sus manos enguantadas se entumieran, incluso tenía la sensación de dolor por los dedos donde había sido tocado. El ruido ensordecedor disfrazaba sus gemidos, los cuales ignoraba la razón.
¿Por qué estás llorando así tan desesperadamente? Se preguntaba cada que guiaba sus pequeñas y delicadas manos hasta los ojos para recoger las saladas lágrimas, ¿de dónde provenía ese terrible dolor? Su mente estaba llena de vacilaciones y filosofía sobre los recientes acontecimientos, el viaje más fugaz de su vida y al mismo tiempo el que más le había comprometido en cuanto a sus acciones se trataba. No había una verdadera razón para llorar, desconocía del lazo irrompible que unía su vida a la del conde, solo tenía la terrible sensación de desprenderse de algo que era imposible de realizar. Eso y la culpa de haber arruinado la noche de Yurio.
No sé qué me duele más, la estúpida decisión de irme porque no podía quedarme o la estúpida decisión de querer quedarme.
El viaje era frio, ni siquiera el calor del abrigo de piel podría cubrir su tembloroso cuerpo como el de un adolescente, las piernas le dolían aun en los huesos, en el tuétano, los pantalones negros así como las botas solo le provocaban incomodidad. Una imagen fugaz le alegró, pensar en volver a la hermosa y alegre mansión de Celestino, un lugar cómodo y cálido, rodeado de los sirvientes que le apreciaban y adoraban. Meterse en esa cómoda y deliciosa cama que por suerte no compartía con su esposo, no todas las noches y pasar el resto de la tarde ahí. Era un pensamiento reconfortante pero de algún modo ajeno a él, se sentía como si volver al lado de su alfa fuera un concepto desconcertante.
¿Mi alfa?
¿Qué alfa?
¿Cuál alfa?
¿Tengo un alfa?
Si, lo tenía. Yuri era muy consciente de eso, el peso del anillo en su dedo y de la marca debajo de su hombro quemaban como el mismísimo sol que derretía la nieve. Era como si en estos momentos el ideal de matrimonio recayera mucho más en sus hombros de lo que pensaba, la decisión irrevocable de permanecer al lado de un hombre, que nunca amó aunque era bueno con él, darle hijos. No era Viktor, no tenía por qué ser Viktor. Y eso de alguna forma lograba desubicarlo, sentirse incómodo.
¿Qué hubiera pasado si en realidad fuera Viktor? Como se notaba, evidentemente algo de Yuri le pertenecía a ese peliplata, algo que iba más allá de la clase social o el estigma de alfa/omega. Algo como destino, como si se tratara de algo romántico. Como las ancestrales parejas destinadas. Nadie creía en esos cuentos de hadas ya, solo los niños pequeños. Sin embargo se sentía como algo así. El solo pensarlo le arrebataba el aliento y le hacía soltar lágrimas de infelicidad.
¿Qué voy a hacer?
Nada. Solo le quedaba volver, sabía que escapar era inútil, pero tenía que intentar. Hacer como si nada hubiera pasado, tal vez podría conseguir recuperar su vida familiar, con suerte lo conseguiría antes de que el alfa retomara su camino a por él.
Se limpió nuevamente las lágrimas con un pañuelo blanco de seda y limó su nariz cuando el fuerte ruido de manos contra la puerta lo alertó. Su corazón se sobresaltó lo suficiente como para provocarle hipo. ¿Cuánto tiempo había pasado desde que salieron de San Petersburgo? Los insistentes golpetazos en el vidrio volvieron.
¿Podría ser?
No, lloró en silencio, cubriéndose la boca. Imaginando que el más mínimo soplido revelaría su identidad, su olor, sus feromonas de miedo esparciéndose por el vagón, haciendo que toda la gente lo oliera como si fuera un pastel de nervios. Respiró en hiperventilaciones y acercó la mano hasta el pomo del gabinete. Abriéndola lentamente con el contacto al frio metal.
― ¿Yuri Katsuki? ― habló una fuerte voz, melodiosa.
― ¿Si? ―no confiaba en su voz, exactamente porque sabía que le traicionaría.
―Disculpe que lo moleste ―era apenas un joven, vestido como servicio del tren, sonriente y caballeroso. Yuri pudo volver a respirar―, al verlo abordar me percaté de que se encontraba un poco agitado ¿Se encuentra usted bien? ¿Necesita algún tipo de ayuda?
Así que me olieron. Evidentemente su imagen no era la más óptima, pero ahora mismo debía estar regando por todo el vagón un aroma de inseguridades igual a un coctel. El chico se veía genuinamente preocupado, sosteniendo el pomo de la puerta con cuidado. Yuri intentó parecer confiado, le regaló al chico una sonrisa jovial, una de omega. Y se llevó la mano a los anteojos empañados.
―Sí, estoy perfectamente. Lamento el alboroto ―anunció
―El tren está casi vacío Monsieur ―le explicó el joven de cabellos castaños―, este vagón lo está más, perdóneme por preocuparme por usted.
―No, te lo agradezco ―admitió Yuri apenado―, intentaré no ser una molestia.
―De eso nada ―aseguró el buen mozo, puso las manos en sus bolsillos y dio un paso atrás―, hay algo que pueda ofrecerle ¿Una bebida? ¿Comida? Estamos por llegar a Sergiyev, el viaje ha sido mucho más rápido de lo esperado, el clima nos favorece.
Yuri miró por la ventana despreocupadamente. El interior tormentoso de su alma no se comparaba con el cálido exterior, la nieve blanca y el sol alumbrando en tonos amarillos contrataban con la oscuridad de sus sentimientos. Sonrió suavemente, a sabiendas que el joven no se iría de ese lugar aun cuando el tardara en otorgarle la respuesta. Regresó sus pupilas al sirviente, probablemente un beta, y le habló con toda la simpatía que el bien clima había logrado reunir en su tono de voz.
―Me gustaría un cigarrillo.
El beta levantó ambas cejas, sonriendo. La verdad es que no era raro que los omegas fumaran, en realidad se consideraba bastante normal, pero dependía muchísimo de la edad de estos, si eran jóvenes y dispuestos a tener bebés muchas veces no era permitido o al menos bien visto. Pero Yuri estaba solo en ese vagón con un joven amable, con el alma haciéndose pedazos, nadie iba a recriminarle usar el tabaco como un medio para calmar sus nervios de omega.
―De inmediato.
El joven sacó de su bolsillo de color negro una cajetilla se lo extendió al joven omega que lo tomó con cuidado, después de todo era un fumador completamente inexperto. El beta lo noto y sonrió después de ver al omega inspeccionar el artefacto con cuidado y colocarlo entre sus labios, sus manos temblaban.
Tanteó sus bolsillos con anhelo.
―Discúlpeme, parece que no tengo un mechero en este momento. Volveré inmediatamente.
―Aquí esperaré ―sonrió Yuri,
La puerta del gabinete volvió a cerrarse, se escucharon los apresurados pies del castaño perderse entre el largo tren y Yuri pudo volver a tomar el cigarro en sus manos, apestándose de tabaco sucio, intentando concentrar cada una de sus neuronas en algo completamente distinto, que no se tratara de ningún alfa, ni de sí mismo, solo quería relajarse. Apretó los ojos con fuerza, sintiendo la irritación en la piel y en los lagrimales. Sus labios partidos por el frio que golpeo con fuerza tan pronto como la campana de una de las paradas se escuchó. El mozo lo dijo, Sergiyev, estaban a solo treinta minutos de Moscú, era una pérdida de tiempo parar aquí. Pero cuando Yuri abrió la ventana el sol había desaparecido nuevamente, la nieve caía con una intensidad desbordante.
―Qué raro ―murmuró extrañado.
La neblina apenas y le dejaba ver el exterior.
Sentado de nuevo con recato sobre el frio sillón sintió picazón en los pies, extrañado de la tardanza del joven que a su parecer había olvidado traerle el encendedor se levantó. Era un momento, a pesar del frio, para respirar aire nuevo, desentumir las piernas y tal vez conseguiría un encendedor por su propia cuenta. Cualquiera de las opciones le parecía valida menos la de quedarse sentado en el asiento esperando que el tren reanudara la marcha, se levantó ciñendo muy bien a su cuerpo tanto el abrigo como el sombrero y los manguitos para el frio, cuidando el cigarrillo en la boca con la derecha. Salió de su gabinete esperando ver a más gente alejándose para respirar. Sin embargo así como el joven mencionó estaba completamente desolado.
Su vagón, nadie salía. Ni siquiera el beta.
Llegó hasta la puerta del tren, abierta de par en par, esperando su bajada. Yuri miraba por todas partes intentando encontrar al joven sirviente, o a cualquier persona. Cuando terminó de descender por los escalones y se miró a sí mismo en la parada del tren, notó que la neblina y el viento era cada vez más intensos, cada vez más imposibles de contener. Apretó su cuerpo como pudo, girando en 360 grados para admirarse de algo familiar. Como si la estación fuera fantasmal, el mozo también e incluso sí mismo.
Levantó nuevamente la mano enguantada, con el cigarrillo colgando de los dedos, lo guiaba directamente a su boca. Respira la nieve, el frio y mira la silueta acercándose, difusa y negra que trae las manos en los bolsillos del abrigo largo y azulado, la gorra de visera azul cada vez más cerca de él. Gira el cuerpo y el cigarrillo resbala de sus dedos mientras su pulso pierde el ritmo nuevamente.
Las botas negras crujen contra la nieve reciente.
― ¿Te puedo ayudar en algo? ―la melodía de los tonales de su fonética cala en su cabeza, su rostro impasible no muestra rastro de duda a medida que se acerca, hasta que están a un metro de distancia.
El labio de Yuri tiembla, sus ojos se ponen rojos por la ausencia de agua que ansía ser derramada.
― ¿Por qué…? ―Gime apretando las manos―, ¿Por qué te vas de San Petersburgo?
¿Por qué estás en este tren? ¿Por qué estás aquí?
¿Por qué?
― ¿Qué otra cosa podía hacer? ―Sonríe ligeramente, desesperado internamente―. Necesitamos estar cerca…
― ¡Basta! ―suplica Yuri bajando el rostro, mordiéndose el labio. Sintiendo el dolor en cada palabra―. No puedes decir, no puedes seguir… debes detenerte. Vuelve a San Petersburgo, marca a Yurio, dale una marca en el cuello. Esto está mal.
Viktor levanta las manos lentamente. Sonriendo con su versatilidad latente, enreda ambas en el cuerpo delgado de Yuri y lo jala hasta el suyo, apretándolo contra sí mismo en un abrazo fuerte de necesidad, con las exhalaciones más llenas de vida que jamás pudo haber necesitado. Yuri intenta desprenderse de su agarre pero inconscientemente se acerca, más, pide a gritos que le tome en brazos, mientras llora suplicando lo contrario. La expresividad verbal se distingue de la corporal.
El frio desaparece de su cuerpo en cuanto Viktor lo abraza.
―Da lo mismo ―murmura contra su mejilla acariciando sus negros cabellos
―No tienes el derecho ―de pararte frente a mí, arruinar mi vida aun cuando apenas estaba consiguiendo construirla.
―No me importa. ―Porque claro que lo tenía. Lo tuvo desde el principio.
―Olvídate de mí, no soy tu omega ―suplicó Yuri aferrando las manos a su bella casaca, las uñas enterradas y la mejilla puesta contra el hombro, abrazándole como si la vida se le fuera―, si eres un alfa honrado te iras y olvidarás esto, harás como que nunca sucedió. Este encuentro entre los dos, no estaba destinado a ser.
― ¿Y tú? ―Murmuró Viktor sin dejar de consentirle como a un pequeño―, ¿Podrás olvidarme?
La intensidad en sus miradas se volvió negruzca nuevamente, cuando Yuri levantó el rostro de su pecho para admirar cada una de sus pestañas hermosas, sus ojos de zafiro determinados, la boca recta, el agarre firme en sus manos, con sus guantes blancos, su traje de soldado. Cumpliendo con el papel de protegerle pero al mismo tiempo desestabilizándolo, tal como su profesión le indicaba.
―Si ―admitió separándose―, correré a los brazos de mi esposo y te olvidaré. Así que hagámonos un favor y regresa a San Petersburgo donde perteneces.
―Donde perteneces tú ―dijo alejándose, sujetando su bella mano temblorosa, un poco con el ceño fruncido por el desubicado comentario del omega en un arrebato desesperado― es donde pertenezco yo.
Dejó que besara su mano.
Como si fuera la última y la primera vez, pues lo era, tan pronto como sus labios se separaron Yuri quiso abrazarlo de nuevo, llenarle la cara de besos, sin embargo se dio la vuelta y volvió a subir casi corriendo hasta su vagón. Alejándose de él, como debía ser, como era su deber. Mientras Viktor lo observaba huir de su lado nuevamente, como una princesa, una damisela en apuros, siempre alejándose de los problemas. Huyendo de lo que hacía latir su corazón, de su destino verdadero.
Yuri sentado en el gabinete, escuchando al tren ponerse en marcha nuevamente, sonrió internamente. Sus labios apenas se curvearon. Sonrió, no pudo evitarlo, pero se reprimió al menos tres veces, tan pronto como las lágrimas se formaron de nuevo.
Vino detrás de él.
Lo hizo, y eso le hacía sonreír.
N/A: soy muy buena haciendo malas madres, como enemigas principales del fanfic, sin embargo no quiero adelantar nada pero Lilia no es ese tipo de antagonista para la historia, tal vez piensen que es injusto que aun cuando Yurio no fue el culpable de lo que pasó pague las consecuencias. Solo piensen esto, recuerdan cuando suspenden una materia en el cole y sus padres los culpan irremediablemente, vale no es culpa del profe ni de la escuela, es culpa de cada quien. Pues algo así pasa con Yurio, él es el culpable porque él debía atraer al alfa, y no lo hizo.
Sabemos que no fue su culpa.
Pero las acciones de Viktor caen sobre sus hombros, tal como fallar una materia.
Guests:
Lindachan: de verdad eres linda por haberme esperado, ahora sí que me tardé pero espero que no te hayas olvidado de este fic. ¡Un abrazo!
Gin59: ¡Imagínate su cara desesperada! Ver que literalmente no le hacían caso, debió ser una sensación horrible, muchas gracias por leer y espero que te guste este nuevo capítulo.
Haru: jajaa pues claro el fic está inspirado en eso, debo admitir que a partir del siguiente trio de caps las cosas comenzarán a discrepar cada vez más pero mientras seguimos al pie, casi casi, gracias por leer mis fics de verdad, tus reviews siempre son bien recibidos. Un abrazo!
NatsumiHaruno: Miles de gracias por leer, y por tu review, espero que te siga gustando. Nos leemos pronto ¡un abrazo!
Pau: supongo que debo recomendar que lo leas, pero mejor no, así tendrás más curiosidad por el fic y por saber lo que viene jaja ay perdona, de verdad, es que con la universidad y otros fics no me doy abasto. Espero que me perdones y te guste el capítulo. Un abrazo
Waleska Ramirez: No lo quiere, lo adora, y con el tiempo solo lo querrá cada vez más y más, porque son como pareja destinada definitivamente. Nació el uno para el otro. Es que he visto esos hermosos fanarts donde crece y se pone muy hermoso, pero no tenía otro personaje como alfa que no fuera lo suficientemente importante, gracias por leer y espero que te siga gustando.
Van: verás que todo se soluciona para el otario y el Vikturi, solo hay que ser pacientes. ¡Un abrazo!
