Disclaimer: Los personajes de Los Juegos del Hambre son propiedad de Suzanne Collins.
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PROFESIONALES
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Mi noche se llena de sueños inquietantes. La imagen de mi padre convertido en un avox se entremezclaba con imágenes sangrientas de los anteriores Juegos del Hambre, con mi madre llorando, y mis hermanas ahogándose en un interminable océano negro. Me despierto gritándole a mi padre que salte, justo antes de que su barco estalle en un millón de fuegos artificiales.
El alba empieza a entrar por las ventanas, y el Capitolio tiene un aire brumoso y encantado. Me duele la cabeza y siento como si me hubieran apaleado durante toda la noche.
Salgo de la cama poco a poco y me meto en la ducha, donde me baño con agua fría.
Después de secarme e hidratarme con crema, encuentro un traje que me han dejado delante del armario: pantalones negros ajustados, una túnica de manga larga de color azul marino y zapatos de cuero. Me recojo el pelo en un moño alto. Es la primera vez desde que estoy aquí que extraño mi casa; la sal del mar y el calor abrazador sobre mi piel expuesta.
Ron no nos había dado una hora exacta para desayunar y nadie me había llamado, pero tengo tanta hambre que me dirijo al comedor esperando encontrar comida. Lo que encuentro no me decepciona: aunque la mesa principal está vacía, en una larga mesa de un lateral hay al menos veinte platos. Un joven, un avox, espera instrucciones junto al banquete. Cuando me siento me prepara un plato con huevos, salchichas, pasteles cubiertos de glaseado de chocolate y unas fresas. Mientras desayuno, observo la salida del sol sobre el Capitolio. Me sirvo un segundo plato de cereales cubiertos con frutos rojos. Finalmente, lleno uno de los platos con panecillos y me siento en la mesa, donde me dedico a cortarlos en trocitos y mojarlos en el chocolate caliente, como mi padre y yo solíamos hacer en los buenos tiempos.
Empiezo a pensar en mi madre, Linn y Vessy; ya estarán levantadas. Mi madre preparará el desayuno de pan de algas y mantequilla mientras Vessy se arregla para ir a la empacadora y Linn, que es maestra de la escuela primaria, prepara sus libros. Hace tan sólo dos mañanas, yo estaba en casa. ¿Dos? Sólo dos... ¿Qué estarán haciendo sin mí? ¿Verme en la presentación les dio gusto o se asustaron más al ver la realidad de aquellos veinticuatro tributos juntos, sabiendo que sólo uno podría sobrevivir?
Flint entra en el comedor y me da los buenos días, para después pasar a llenarse su plato. Él viste un uniforme parecido al mío; supongo que ambos tributos del mismo distrito tienen que usar los mismos colores.
Comemos en silencio mientras esperamos a Ron.
El entrenamiento me pone nerviosa. Hay tres días para que todos los tributos practiquen juntos. La última tarde tendremos la oportunidad de actuar en privado delante de los Vigilantes de los juegos. La idea de encontrarme cara a cara con los demás tributos me revuelve el estómago; y Ron que no llega… Recuerdo algo que Issel dijo sobre que no le gusta dormir de noche, ¿estará durmiendo ahora, mientras lo esperamos? La respuesta llega sola cuando Ron aparece por la puerta, impecable, como siempre, pero con unas marcadas ojeras bajo sus ojos, que hoy se ven azules; me he dado cuenta de que sus ojos parecen cambiar de color según el día. Ni siquiera saluda, sólo se deja caer sobre una silla y le hace una seña a un avox para que le sirva mientras él recarga los codos sobre la madera, a la vez que se frota las sienes con cansancio. Es deplorable.
Después de comerse varios platos de cereales, Ron suspira, satisfecho, toma un vaso grande de jugo de naranja, le da un buen trago y apoya los codos en la mesa otra vez.
—Bien, vayamos al asunto: el entrenamiento. En primer lugar, establezcamos algunas reglas. Número uno: harán todo lo que les diga, sin excepción; los tributos del año pasado no me obedecieron, y así les fue— dice, y después ríe. En verdad detesto su estúpido humor— Número dos: establezcan una alianza desde el primer día con los tributos más fuertes que encuentren.
—Eso será fácil— dice Flint— Los del 1 y el 2.
—Bien dicho.
— ¿Y si ellos no quieren aliarse con nosotros?— pregunto. La idea no me agrada mucho. Los tributos de los distrito suelen ser los más sanguinarios.
Ron tuerce los labios.
—Es probable, pero les aseguro que ellos los quieren como aliados.
— ¿Por qué?
— ¿Por qué crees, tonta?— responde con sorna— Vienen del Distrito 4. Están bien alimentados, saben cómo buscar comida y manejar armas como tridentes, cuchillos o lanzas, cosas que comúnmente se usan en la pesca.
—Pero ellos están mejor alimentados que nosotros; todos saben que los chicos en edad de ser cosechados del Distrito 2 asisten a una academia especial desde hace años, en donde los entrenan y alimentan. Y les da resultado, porque son los que más juegos han ganado— insisto.
—Sí, pero ustedes tienen algo que ellos no.
— ¿Qué?— pregunta Flint.
Ron toma una copa de agua y saca una moneda de oro de su chaqueta, metiéndola en el vaso, y los tres miramos como se hunde hasta el fondo.
—Ustedes saben nadar— dice— Ventajas de ser del distrito pesquero.
— ¿Pero eso no nos convierte en una amenaza?— sigue Flint.
—Sólo en parte. Durante la primera etapa los otros querrán explotar sus habilidades (como la de conseguir comida) para su beneficio, así que les serán útiles.
— ¿Y luego sí intentaran matarnos?— pregunto, irónica. Ron ríe y me señala con un dedo.
—Correcto. Si llegan a esa parte, y sin son astutos, no necesitarán ser más fuertes para ganar. Es lo que me pasó a mí. Busquen su oportunidad y tómenla en el momento indicado— hace una pausa y le da otro sorbo a su jugo. Habla con tanta liviandad de sus juegos que empiezo a creer que no siente culpa alguna por las personas a las que tuvo que matar. ¿Lo mismo me pasará a mí si sobrevivo? Es poco probable que eso pase, así que no me preocupo— Pero bien, hasta entonces, denme alguna idea de lo que saben hacer— añade Ron.
—Pues, tú sabes que soy un experto manejado la lanza— dice Flint. Ron asiente.
—Es cierto. Te he visto sacando peces de la marea baja con estacas improvisadas, que, en definitiva, son lo mismo. Además, tienes precisión con los cuchillos. Y sabes luchar, por lo que no estás tan mal, amigo— Declara. Flint hincha el pecho con orgullo.
—Incluso te gané a ti— suelta; sin embargo, Ron sólo mira a través de su vaso de jugo, como si lo que estuviera diciendo fuera poco interesante.
—Sí… eso te convierte en toda una amenaza— dice Ron, juntando los labios como si estuviera aburrido. Después, se gira hacia mí— ¿Y tú, niña? ¿Alguna habilidad además de ser mortalmente aburrida?
Ese comentario, inevitablemente, me hace enrojecer, pero de rabia.
—No tengo ninguna— admito, bajando la mirada. En comparación con Flint, mis habilidades parecen un juego de niños.
Ron bufa y endereza su postura.
—Mentira, niña tramposa— dice— Te he visto tejiendo redes en el muelle. Eres de las mejores— hace una pequeña pausa para servirse un poco de leche— Sé que cada mañana te encargas de recolectar cangrejos y langostas que luego vendes en el Muelle. Estoy seguro de que sabes despedazar a un pez con los ojos cerrados, así que debes ser hábil con los cuchillos; y he visto tus anzuelos, son de los mejores que encontrarás en el Distrito 4, sin contar que puedes hacerlos de la nada. Tienes manos muy habilidosas, cariño, no cabe duda de eso.
Esta evaluación de mis habilidades me deja completamente helada. En primer lugar, el hecho de que se haya dado cuenta, y, en segundo, que me esté halagando así.
— ¿Cómo sabes todo eso?— le pregunto, suspicaz.
—No creas que te estoy halagando, pero te he observado— dice mientras me guiñe el ojo, y los colores se me suben de nuevo.
—Como sea, Flint es bueno en el combate cuerpo a cuerpo; en cambio yo, si uno de esos enormes chicos me atrapa, estaré perdida.
—Entonces procura que no te atrapen— dice con calma— Los aliados son para eso. Pero son un arma de doble filo: mientras les sirvas, te cuidarán la espalda; pero cuando el número de participantes disminuya y todos se vuelvan contra todos, serán los enemigos más mortíferos. No sólo porque para entonces conocerán todas tus habilidades y desventajas, sino porque, para algunos, puede resultar difícil dar el golpe de gracia. Si llegan a ese punto, les aconsejo dejar toda culpa de lado y optar por seguir con vida. Deben dar por hecho que esos chicos no dudarán en quitarlos del medio si lo creen necesario.
—Pero en ningún lado dice que debemos traicionarnos— digo— Es decir, llegará el momento en que debamos separarnos, pero eso no quiere decir que todos nos convertiremos en animales y nos matemos el uno al otro…
Flint ríe y se cruza de brazos.
—Que ingenua eres, Mags. Si te niegas a matar, te convertirás en un blanco demasiado fácil—. Sonríe— Los demás tributos te cazarán y será demasiado sencillo para ellos. Incluso para mí.
Miro a Flint, y la expresión de su rostro no me deja lugar a dudas de que habla en serio. Ya fui advertida: si tiene que matarme, lo hará sin remordimiento alguno.
—Bueno, de acuerdo. Ya basta de parloteo— dice Ron— Acordemos que los dos son talentosos, ¿de acuerdo? En fin, lanzas y cuchillos son las armas más comunes en la Arena, así que no tendrán problemas. Ahora, durante el entrenamiento quiero que imiten a los del 1 y el 2 en todo. Si ellos usan espadas, ustedes también; si se les antoja lanzar cuchillos, ustedes se los alcanzan. Muéstrenles sus habilidades; intimiden a los más débiles. Así es como trabajan ellos. ¿Saben hacer trampas?
—Sé unas cuantas básicas— masculla Flint.
—También yo, pero puedo aprender.
—Hazlo; eso puede ser importante para la comida— dice Ron—. Y, tienes razón, cariño: a menudo la fuerza física le da la ventaja definitiva a un jugador, pero podrás superarla con astucia. El plan será igual para los dos: vayan a los entrenamientos en grupo; sigan a los del 1 y el 2, pero también pasen algún tiempo aprendiendo algo que no sepan; aprendan lo necesario para sobrevivir a la intemperie, solo por si acaso. Muéstrenle que están a su altura, pero guarden lo que mejor sepan hacer para las sesiones privadas. ¿Quedó claro?— Flint y yo asentimos— Estupendo. Ahora largo. Reunánse con Issel en el ascensor a las diez para el entrenamiento.
Termino mi desayuno sola, ya que Flint regresa a su cuarto, y Ron se ha ido a dormir.
Doy un paseo por el apartamento mientras espero. Salgo al balcón, miro algunas revistas y luego enciendo el televisor para ver un tonto programa de espectáculos del Capitolio, en donde estilistas y personalidades famosas hablan sobre lo ansiosos que están por el inicio de los juegos.
Los Juegos del Hambre se han vuelto realmente populares.
Son casi las diez. Voy a mi habitación y me cepillo los dientes. Los nervios por encontrarme con los demás tributos regresan de pronto, aunque ahora noto que aumenta mi ansiedad. Cuando me reúno con Issel y Flint en el ascensor, noto que me estoy mordiendo tanto el labio inferior que acabo lastimándome.
Las salas de entrenamiento están bajo el nivel del suelo de nuestro edificio. El trayecto en ascensor es de unos cuantos segundos, y después las puertas se abren para dejarnos ver un gimnasio lleno de armas y pistas de obstáculos. Todavía no son las diez, y somos de los primeros en llegar. Los otros tributos que ya llegaron están desperdigados por todo el gimnasio, muy tensos, con un trozo de tela prendido a la camisa en el que se puede leer el número de su distrito. Mientras alguien me pone el número cuatro en la espalda, hago una evaluación rápida: sólo hemos llegado nosotros, los del Distrito 1, los del 2 y los del 6. Así que Flint y yo nos acercamos a los del Distrito 1 y esperamos a los otros.
Los del Distrito 12 son los últimos en llegar. En cuanto estamos todos, nos reunimos en un círculo, y el entrenador jefe, un hombre alto y musculoso llamado Turk, da un paso adelante y nos empieza a explicar el horario de entrenamiento. En cada puesto habrá un experto en la habilidad en cuestión, y nosotros podremos ir de una zona a otra como queramos, según las instrucciones de nuestros mentores. Algunos puestos enseñan tácticas de supervivencia y, otros, técnicas de lucha. Está prohibido realizar ejercicios de combate con otro tributo por un incidente ocurrido hace tres años, así que tenemos ayudantes a mano si queremos practicar con un compañero.
Cuando Turk empieza a leer la lista de habilidades, no puedo evitar fijarme en los demás chicos. Es la primera vez que estamos reunidos en tierra firme y con ropa normal. Casi todos los chicos, y al menos la mitad de las chicas, son más grandes que yo, aunque parece que muchos han pasado hambre. Se les nota en los huesos, en la piel, en la mirada vacía. Puede que yo sea de contextura pequeña de nacimiento, pero, aunque esté delgada, soy fuerte; la buena alimentación que tengo en casa, junto con el ejercicio necesario para adentrarme todos los días en el mar, me han proporcionado un cuerpo mucho más sano y nutrido que los que veo a mí alrededor.
Flint, al igual que los chicos de los distritos más ricos (a los que alimentan y entrenan especialmente para éste momento), son las excepciones. Los tributos de los distritos 1, 2 y 4 solemos tener ese aspecto, excepto yo, claro, pero eso es porque la genética no fue tan amable conmigo. En teoría, va contra las reglas entrenar a los tributos antes de llegar al Capitolio, pero incluso en casa se aseguran de que no nos falte comida ni entrenamiento antes de cada cosecha.
Miro a los más grandes de reojo. Los del 1 y el 2. Cualquiera de ellos pesa de diez a veinte kilos más que yo, y proyectan arrogancia y brutalidad, al igual que Flint. Cuando Turk nos deja marchar, van directos a las armas de aspecto más mortífero del gimnasio y las manejan con soltura. Flint y yo los seguimos. Los cuatro presumen de su habilidad en un claro intento de intimidar a los demás. Después echo un vistazo a los otros, los desnutridos y los incompetentes, que reciben sus primeras clases de cuchillo o hacha sin dejar de temblar.
El chico del Distrito 1 comienza a tirar lanzas. Flint se acerca e intercambian unas palabras para luego lanzar él también. Por mi parte, me acerco a su compañera, que está lanzando unos cuchillos hacia unas dianas. Luce mortal, pero no logra dar en el centro de ninguna.
—Debes girar la muñeca— le digo, parándome detrás. Ella se detiene, me mira de reojo y lanza una vez más, acertando al blanco— ¿Ves?
—Como sea— gruñe, pasándome un cuchillo— Tu turno.
Me sorprende un poco, pero no me queda otra alternativa más que aceptar. Los dedos me tiemblan un poco al principio, pero consigo dar en el centro. La chica del 1 peina su cabello rubio detrás de la oreja y frunce los labios.
—Nada mal— dice— Eres del 4, ¿no?— pregunta mientras inspecciona el filo de otra daga.
—Sí. Soy Mags.
—Silker— contesta, indiferente. Arroja su cuchillo de nuevo hacia la diana y golpea el mío, sacándolo del centro. Creo que sólo estaba fingiendo no saber tirarlos.
Me quedo un rato lanzando cuchillos con Silker, mientras que Flint lucha con un entrenador. Después me acerco a la chica del Distrito 2, que me mira con desconfianza al principio, pero acaba enseñándome sus mejores movimientos con la espada.
—Tienes un buen embite— dice, secando el sudor de su frente— Soy Ellora.
—Mags.
—Bien, Mags. ¿Sabes usar una lanza?
—Por supuesto.
Me paso el resto de la mañana con ella, atravesando muñecos de entrenamiento con lanzas y escuchándola corregir mi postura.
—Debes lanzarla con fuerza— me dice su compañero, Casius— Cuanto más fuerte impacte en la persona, mayor será la herida.
A mediodía comemos los veinticuatro en el comedor del gimnasio. Colocan la comida en carros alrededor de la sala y cada uno se sirve lo que quiere. Flint y yo nos reunimos allí, nos servimos unos platos y no hace falta buscar una mesa, porque los tributos del Distrito 1 y los del 2 nos llaman a sentarnos con ellos, y así lo hacemos. Los cuatro están reunidos en torno a una mesa, haciendo mucho ruido, como si desearan demostrar su superioridad, que no tienen miedo de nadie y que a los demás los consideran insignificantes. Casi todos los demás tributos se sientan solos, como ovejas perdidas.
Flint y yo los seguimos y nos sentamos en los extremos de la mesa, en silencio, mientras ellos hablan a gritos.
—Ustedes, Distrito 1, ¿cómo se llaman?— pregunta Casius, el tributo masculino del Distrito 2. El chico del uno, de finas facciones, cabello castaño claro y brillantes ojos verdes, traga todo lo que tiene en la boca para responder.
—Soy Golden— dice, alzando el mentón. A primera vista parece ser bastante reservado, aunque su mirada tiene un ligero pero inconfundible brillo de ansiedad— Y ella es Silker.
Silker guiñe un ojo y clava el tenedor sobre la chuleta de su plato.
— ¿Y ustedes?— pregunta ahora, mirándonos.
Voy a responder, pero Flint se me adelanta.
—Yo soy Flint, y ella Mags— dice mi compañero de distrito.
—Bien. Yo soy Casius, y ella Ellora. Los llamamos porque, como ha pasado en los anteriores juegos, creemos que será provechoso para todos nosotros, como los tributos más fuertes, formar una alianza—. Dice, sin rodeos. Creo que me agrada Casius.
—Claro— responde la chica del uno.
Flint me mira durante un segundo y termina asintiendo.
—Está bien para nosotros también— dice.
Casius sonríe, enseñándonos su perfecta dentadura.
—Excelente. Todos los tributos profesionales estamos juntos en esto…
— ¿Tributos profesionales?— pregunto, intrigada.
—Así es como nos llaman los demás a los que venimos del 1, el 2 o el 4— responde Ellora mientras contempla una pierna de pavo.
—Supongo que se corrió la voz de que muchos ya tenemos experiencia— discurre Casius—; además, hasta ahora, son los únicos distritos que han ganado los juegos.
—Con que profesionales, ¿eh?— dice Flint, pensativo— Eso quiere decir que ya nos temen, o que somos los primeros a los que querrán eliminar.
— ¿Quiénes? ¿Aquellos flacuchos desnutridos?— Golden suelta una risa burlona— Aunque se aliaran entre ellos no saben luchar, ni empuñar armas. Son presas fáciles.
—Él tiene razón— añade Silker— El ganador saldrá de éste grupo.
Los demás asienten y guardan silencio durante un buen rato. Nadie lo dice, pero supongo que todos pensamos en lo mismo: hoy comemos y charlamos juntos; en la arena, nos quitaremos la vida el uno al otro sin piedad. Es inútil intentar entablar una amistad sabiendo eso, pero a nadie parece interesarle hacerlo.
Me aterra ver sus caras. Tan soberbios, tan confiados… Y me aterra formar parte de ellos, de los "profesionales".
Tributos Profesionales.
¿Qué quedará de nosotros en el Estadio cuando suene la alarma?
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Continuará...
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Gracias por leer.
H.S.
