ARTHMAEL
Al ser el primer día de clase nos dejan salir antes, lo que no sé si es algo bueno o no. Por un lado, doy gracias por salir antes de clase pero no quiero volver a mí casa y ver al bastardo paseándose por ahí como si fuera su casa. No lo soporto, y soporto menos que mi padre le deje, como si realmente tuviera derecho. Pero no puedo hacer nada… de momento. Pienso poner pronto el plan en marcha, este fin de semana como muy tarde. Ya verán que yo soy el líder que quieren en la empresa. Suspiro y me centro en los edificios que pasan corriendo al otro lado de la ventanilla. Fausto llama mi atención desde el volante y sin despegar los ojos de la carretera. Debo reconocer que conduce de una forma más cuidadosa aunque menos divertida que yo.
—Al final no nos dijiste cuando serían las pruebas.
Es cierto. Me perdí tres veces de camino al despacho del entrenador y cuando volví a donde estaban mis amigos, ya era el momento de ir a clase. Lanzo una última mirada por la ventanilla, nos estamos acercando a mi casa.
—Son la semana que viene, el lunes. Me ha dicho el entrenador que se presentarán personas nuevas.
Fausto hace un sonido de sorpresa y para el coche al lado de la acera.
—Bueno, habrá que dar lo mejor de nosotros para poder entrar.
Suelto una carcajada.
—Nadie podría superarme en esgrima, por algo soy el capitán.
En cuanto cierro la puerta y me giro, la sonrisa se borra de mi cara. Jacques lleva dos días viviendo en mi casa y mi padre está encantado con él. Van juntos a la empresa todos los días y luego pasan juntos horas hablando de negocios y el futuro de la empresa. Que hablen todo lo que quieran pero no servirá de nada, no voy a dejar Silfos en manos de un hombre que acaba de llegar con ansias de poder, de quitarme mi puesto.
Margaret me recibe en la puerta y coge mi chaqueta y mi mochila para llevarlas a mi habitación. Inspiro profundamente y camino de forma decidida hasta el comedor, donde, como todos los días, me esperan mi padre y su hijo. Aunque hoy no es como los otros días. Una chica está sentada al lado de Jacques. Parece más joven que él, incluso que yo aunque no creo que eso sea cierto. El perfecto Jacques no saldría con una menor de edad. Su apariencia dulce y de muñeca me confunde, ¿no será de porcelana? Su gesto es serio, parece tímida, cohibida. De repente un pensamiento pasa por mi mente. He supuesto que es su pareja pero… espero que no sea otra hija secreta de mi padre. Si es así, definitivamente me voy de esta casa de locos.
Mi padre me saluda con una pequeña sonrisa, al igual que Jacques. Ella simplemente me mira y vuelve a bajar los ojos al plato.
—Arthmael, te estamos esperando. Van a sacar la comida ya.
Me siento al lado de mi padre, que ocupa la cabeza, como siempre. Clavo mis ojos en Jacques, serio. Que note mi molestia, mi enfado. Eso, Arthmael, intimídale. Que sepa con quién juega.
—Espero que te haya ido bien el primer día de clase.
¿Lo está preguntando en serio? Dudo que alguien que ha venido a robarme el futuro se preocupe de mis estudios. No contesto, en cambio fijo mis ojos en la chica de su lado.
—¿Quién es ella?
Mi padre parece sorprendido por mi pregunta, seguramente le incomode que no hable correctamente delante de ella. Digamos que ninguno de los dos somos tan nobles como queremos hacer ver.
—Arelies es la pareja de Jacques.
Intento no soltar un suspiro de alivio. Parece que mis suposiciones eran correctas. En ese momento, nos sirven el primer plato y comemos en silencio. De vez en cuando mi padre y el bastardo hablan sobre Silfos y yo me dedico a intentar no romperme los dientes de tanto apretarlos. ¿Lo conseguiré? No creo.
En cuanto acabo el postre, me levanto y me voy, sin poder aguantar más. Oigo a mi padre llamarme pero no me giro. Solo alzo y la voz y le digo que esta noche saldré, que no me espere levantado. Como si lo hiciera alguna vez. Me encierro en mi habitación y mando un mensaje a Fausto.
Al final voy a salir, estás a tiempo de apuntarte.
Dejo el móvil sobre la cama y me tiro sobre el sillón. Clarence iba a visitar a sus tíos por una urgencia o no sé qué y Fausto vive fuera de la ciudad. No sé qué hacer. Podría llamar a Martha para… No, esta noche ya habrá tiempo. Sin pensarlo mucho me levanto de un salto y salgo de la habitación, con intención de ir al gimnasio, después de todo el verano un poco de esgrima no me puede ir mal.
...
Después de darme una buena ducha y avisar a Roger de que volvería tarde, bajo al garaje y decido llevarme el Aston Martin porque sé que a mi padre le molestará que me lleve un coche tan caro a Polaris, aunque nunca le haya pasado nada a ninguno de los coches, al menos no por su culpa. Antes de arrancar, miro el móvil por última vez, Fausto sigue sin contestar. Él se lo pierde, sin duda esta noche será inolvidable.
Paso por la empresa para decirle que me voy. Él intenta convencerme de que me quede en casa, que mañana hay clase y que debo ser más responsable pero no cuela. Él sabe que no le haré caso. Con un 'adiós', entro de nuevo en el coche y, esta vez sí, pongo rumbo a Polaris.
Llamaron así al local porque se encuentra a las afueras de la ciudad y espaldas al norte, así que cuando estás frente al local y miras al cielo, puedes ver la Estrella Polar perfectamente. Me armo con una sonrisa encantadora y entro en el local como si fuera mío. Saludo a los camareros, que ya me conocen, y voy a buscar a unos cuantos conocidos con los que juntarme esta noche. Prefiero mil veces salir con mis amigos pero uno tiene que hacer sacrificios de vez en cuando. Tengo que dejar que el resto de personas disfruten de mí.
La noche pasa más rápido de lo que me gustaría. Tomamos algo de cenar y poco después salimos a la pista de baile. No es que me guste mucho bailar pero no podría decirle que no a una chica que me lo pidiera. Soy todo un caballero.
Después de unas cuantas copas, la gente se empieza a ir. La mayoría de la clientela son adolescentes y universitarios y ambos grupos tienen clase mañana. Una pena, las mejores fiestas siempre duran hasta que la luna se pone y sale el sol. Y mejor si son en mi cama. Cuando todo el grupo con el que he pasado la noche se va, sé que es hora de irme.
—Arthmael, no creo que estés capacitado para conducir —me dice el dueño de Polaris con una sonrisa que sé que esconde preocupación.
—Tranquilo —le contesto dándole una palmada en la espalda—, no he bebido tanto —solo cuatro jarras de cerveza— y he llevado el coche estando mucho peor —aunque no saliera muy bien parado—.
Él suspira y me deja ir.
Las calles de Duan están más vacías de lo que estoy acostumbrado. Todavía no quiero volver a casa así que doy vueltas con el coche, recorriendo todas las calles, de arriba abajo. Los restaurantes y bares están cerrados, algún club está abierto pero apenas veo cinco personas en las puertas de estos, fumando la mayoría. Las luces de las casas están apagadas.
Es una ciudad demasiado aburrida.
Podría entrar en uno de esos clubs pero el alcohol no está asegurado, lamentablemente. Sigo paseando con el coche, recorriendo calles que no conozco o que transito poco, y grandes avenidas. En una de las calles cercanas a la mayor avenida de la ciudad, veo a una chica caminando sola, sin ropa de fiesta, con una bolsa sobre un hombro y encogida sobre sí misma del frío. Es la una, tampoco es muy tarde, pero en esta ciudad a esta hora, si al día siguiente se trabaja, no hay nadie en las calles. Podría… no, no es la mejor opción. Pero ella está sola…
Paro el coche a su lado y bajo la ventanilla.
—Eh, ¿necesitas que te lleve a alguna parte?
Al principio no me hace caso pero cuando se da cuenta de que le hablo a ella me mira extrañada. Recorre el coche con la mirada y me dedica una sonrisa. Se acerca a mí y mira el coche por dentro.
—Tranquila, no te voy a hacer nada. Aunque eso suena como lo que diría alguien que… Bueno, soy Arthmael Silfos.
Ella parece sorprendida. Sin duda habrá oído hablar de mí.
—¿El hijo del dueño de Silfos, puedo deducir? ¿La mayor empresa de la ciudad?
Le dedico una sonrisa que confirma sus dudas. Ella me devuelve una más grande.
—Pues… Ahora que sé que no me harás nada… ¿Me podrías llevar a casa? Me he perdido y no sé muy bien cómo volver.
Asiento, todavía sonriendo, y ella sube al asiento del copiloto. Le miro esperando que me diga a dónde dirigirme pero antes de poder articular una palabra, noto el filo de un cuchillo sobre mi cuello. ¿Me está amenazando con un cuchillo? ¿Para una buena obra que hago y me sale una loca?
—Muy bien, niño de papá, dame tu cartera y la chaqueta. Rápido.
¿Mi chaqueta? Me gusta mi chaqueta. Es cálida. No quiero tener frío. El filo del cuchillo se clava más sobre mi piel así que, a regañadientes, me quito la chaqueta pero no le doy la cartera. Ella me mira con una ceja alzada pero de repente esa sonrisa sádica vuelve a su cara.
—Muy bien, llévame a la calle 223. Como vea que tomas un giro equivocado, ya sabes lo que te espera.
¿La calle 223? Ahí es donde está la casa de acogidas…
No digo nada por si acaso se molesta y acabo desangrándome en este coche. Con lo que cuesta quitar las manchas. Conduzco en silencio. Ella quita el cuchillo de mi cuello pero lo mantiene en la mano y me mira fijamente. En una de las calles grandes, veo un coche de policía acercándose por detrás, así que paro el coche y la miro son superioridad.
—Es muy probable que los agentes paren a ver qué hacemos, seguramente reconozcan mi matrícula, y aunque eso de normal sea un inconveniente, hoy me podría ayudar.
Ella parece incómoda pero intenta disimularlo.
—¿Cómo? Puedo esconder el cuchillo, es tu palabra contra la mía.
Suelto una carcajada.
—No si les digo que nos registren y te recuerdo que me has dejado marcas en el cuello con ese infernal cuchillo.
Ella mira hacia atrás, viendo al coche acercándose y para mi sorpresa, se sienta a horcajadas sobre mí y comienza a besarme. Y no besa nada mal. Creo que oigo al coche pararse a nuestro lado pero estoy más preocupado de recorrer su espalda, y más importante su trasero, con mi manos. Podría olvidarme de que me ha amenazado con un cuchillo por este beso.
Sin aviso, se aparta y se vuelve a sentar en su asiento, apuntándome con el cuchillo. Cuando miro, el coche de policía ya está muy lejos. Suelto un bufido, no me puede dejar así.
—Conduce.
De mala gana, la llevo a la calle que me ha dicho y la dejo antes de llegar a la casa de acogidas. Se guarda el cuchillo y coge su bolsa para bajar. Antes de que lo haga, la cojo de la muñeca y la miro, con las cejas arqueadas.
—¿No me irás a dejar así, no?
Ella me lanza una mirada incrédula.
—Creo que te puedes apañar tu solito, principito.
Dice esa última palabra con burla. Yo entrecierro los ojos.
—Pues al menos devuélveme la chaqueta.
Ella se lo piensa pero al final me la lanza y se va corriendo. Y yo espero no cruzármela nunca más, la mujer más loca que he conocido en mis casi dieciocho años. Mirándome el cuello en el espejo, sacudo la cabeza y me pongo la chaqueta.
La más loca.
No dije nada pero Adrian (del anterior capítulo) es un personaje original. También quería avisar que ahora la historia se desviará un poco de la original (Sueños de Piedra). Mantendrá cosas pero no será igual igual.
