DISCLAIMER - Este capítulo me llevó un poco más de tiempo, pero ya está disponible para ustedes. Esta es el primer capítulo en el cual Saeki narra la historia tal y como él la percibe.

UPDATE: Me di cuenta de que tenía varios errores ortográficos y gramaticales, pero ya arreglé todo. También agregué algunas cosas que había dejado en el aire. Ahora el capítulo se divide en tres partes. Espero que no les parezca cansado leer tanto, pero así es mi estilo. Gracias por su paciencia y comprensión. Aclaro que el fragmento del poema que aparece más abajo es un escrito llamado "Ode To The Moon", y que, en realidad, es de mi autoría. Hasta la próxima.

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CAPÍTULO 3:

"Un Mundo Distinto"

-1-

Cuando mis ojos se abrieron por primera vez, cada uno de mis pensamientos era sólo una maraña de recuerdos sin pies ni cabeza. Sin saber cómo, ahora me encontraba al pie de una colina. Mi cabeza daba vueltas, así que esperé una fracción de minutos antes de intentar ponerme de pie. El cuerpo me dolía, pero afortunadamente no tenía ninguna lastimadura. Comprobé que mi inseparable espada estaba en su funda, como debía ser. La hierba silenciosa se sentía bajo mis pies como una alfombra persa elaborada para que un rey o un califa caminaran sobre ella. La frescura del aire y el largo tiempo que permanecí dormido habían reactivado mis energías, por lo que me sentía lleno de vida, y con ganas de emprender el camino, sin importar las distancias. No sabía exactamente dónde estaba, pero pronto lo averiguaría. Alrededor mío, sólo las tinieblas me acompañaban.

Apenas di unos pasos al frente cuando me detuve en seco. Por fin logré recordar con exactitud los últimos momentos previos a mi desvanecimiento. En un principio estuve casi seguro de que me encontraba en otro lugar, en otra realidad, y en otra época. Y, sin embargo, mi sentido común se negaba a creerlo, porque era más fácil pensar que todo había sido parte de un sueño, interesante y apasionante, eso sí, pero exclusivamente una simple utopía.

Sonreí para mis adentros. Claro que aquello había sido un sueño, y nada más. ¿En qué estaba pensando? De lo contrario, mi entorno sería absolutamente distinto, podría ver las estrellas adornando un maravilloso cielo despejado y…

—Oh, Dios mío, esto no puede ser…

No soy capaz de explicar con palabras el indescriptible júbilo que se apoderó de mi espíritu cuando dirigí la vista hacia las alturas. Allí, donde solía haber una triste capa gris de nubes ocultando permanentemente las innumerables maravillas del infinito, ahora se extendía, en su lugar, un hermoso mar oscuro, cuyo preciado líquido celestial, imaginé, brotaría de un momento a otro desde los lugares más recónditos del universo para inundar aquel mundo. Ese mar inmaculado no era otra cosa sino el cielo nocturno que antes lograba divisar únicamente por medio de la magia de los sueños, pero que ahora se extendía limpiamente ante mis ojos como una realidad que me intoxicaba por completo.

Y, mis sorpresas apenas se iniciaban.

Arriba parecía haberse desplegado un concierto de astros incandescentes que alcanzaba proporciones incalculables. Mucho antes de hacer este viaje, y gracias a mi profundo interés en estudiar varios de los muchos enigmas que se esconden en el cosmos, conocí acerca de las constelaciones y su ubicación. Fue así como, armándome de paciencia, y trazando líneas imaginarias donde fuera necesario, logré localizar varias de aquellas maravillas interestelares. Al oeste, como si se tratara de un celoso guardián preparándose para ensartar el aguijonazo final a su enemigo, se situaba Antares, brillando con su tradicional color escarlata, que le daba una apariencia intimidante. Al este, Orión, pomposo gladiador inmortal que exhibía su indumentaria de guerra y lucía dispuesto para la batalla, amenazador y orgulloso. La anciana constelación de Canopus, las íntimas Pléyades y Vega también hacían acto de presencia, como si no hubieran podido resistir el deseo de formar parte de aquel frenesí de luceros que brindaba un espectáculo glorioso a cualquier ser humano.

—Lo he logrado. No me cabe la menor duda de que he llegado a mi destino. Esto es maravilloso —dije, transido de emoción, y, como posiblemente se sentiría un cristiano al llegar a su ansiado paraíso, luego de morir —. Me encantaría que mi madre también pudiera disfrutarlo.

¿Cuánto tiempo pasé embobado, disfrutando de la inmensidad que reinaba sobre mi cabeza? ¿Una hora? ¿Dos? No lo sé, no lo recuerdo. Me sentía como un bebé recién nacido que está empezando a adaptarse a su nuevo entorno, y trata de asimilarlo de la mejor manera posible. Un cúmulo de reacciones se desató en mi interior, haciéndome gritar como un loco. Era una efervescencia cargada de euforia, incredulidad, felicidad, excitación, ansiedad, y emociones de esa índole. La atmósfera que impregnaba el ambiente era tan vivificante, y, dado que mis primeras dudas se habían disipado, gocé al máximo cada segundo, pues quería prolongarlos por una eternidad.

A mis espaldas, recostado sobre un volcán inactivo, descubrí un cuerpo redondo y blanco como la sal. Parte de él transmitía su luz iridiscente en los alrededores, y en aquel momento dejaba al descubierto la majestuosidad del coloso que estaba a sus pies, y que, al hacer mis cálculos, se elevaba por encima de los seis mil metros. La otra mitad de aquel disco desaparecía bajo la túnica con que la noche había cubierto esa parte del planeta. Se trataba de nuestra luna, que en el mundo al que yo pertenecía era un objeto totalmente fuera de nuestro alcance visual, debido a la contaminación y la destrucción que el hombre había causado al ecosistema a lo largo de los últimos cien años. Pero, no en este otro "tiempo", donde el orden de las cosas permanecía inalterable.

A mi mente llegó entonces el fragmento de un bello poema que tuve oportunidad de leer años atrás. No recordaba el nombre del autor ni el título de la pequeña obra, pero dicho escrito describía a plenitud las emociones que ese ser frío y misterioso le provocaba cada vez que la encontraba por las noches. Según él, "Cada vez que dirijo mis ojos hacia las alturas, nada más llegar la oscuridad, tengo la esperanza de reencontrarme nuevamente con mi amante, la luna, que me ha acompañado de forma incondicional en el tormento, en la gloria, en la salud, y, en la enfermedad. Nunca en la vida he conocido a alguien que me ame con la misma intensidad, y que al contrario de un ser humano, carezca de maldad y del deseo de lastimarme. La amo por sobre todas las cosas, y sé que ella también siente lo mismo por mí", concluía.

Sin duda, aquel escritor había perdido más de un tornillo, pero ¿Acaso no ha sucedido lo mismo con la mayoría de poetas o novelistas auténticos que ha tenido la humanidad en la historia? Sus poesías siempre penetraban en mi alma y me hacían soñar. El fragmento que más me agradaba de aquella oda a la luna decía así:

Luna plateada
De resurección infinita
Cabalga en ti la magia
Del renacer a un nuevo día
Excelsitud singular señoreando el firmamento
Triste y solitaria, casi invisible al ojo humano
Más tu resplandor volverá, suave melodía en crescendo
Te perdí, te busqué y hoy te vuelvo a encontrar...

No sé cuál era mi expresión en esos momentos, pero lo más seguro es que cualquiera, al verme, pensaría que me habían obsequiado un regalo de incalculable valor, porque no podía dejar de sonreír. Fue entonces cuando me pregunté si las demás personas de aquella época disfrutaban tanto como yo de esas mismas maravillas que la Madre Naturaleza creó. Más tarde, me enfadaría al descubrir la verdad. Pero, no me adelantaré a los acontecimientos.

Poco a poco conseguí serenarme. Agradecía infinitamente a Sohma Miki, mi apreciado maestro, por haberme entrenado pacientemente durante los meses anteriores, y, por permitirme disfrutar en esos momentos de un mundo que hasta hacía pocas horas atrás sólo existía dentro de mi cabeza. Fue en ese instante cuando su inconfundible voz resonó en mis oídos, como si el anciano estuviera a mi lado, y volví a escuchar claramente cuando decía: "Ve hacia el país del Sol Naciente, donde más allá de las montañas nevadas se extiende una ciudad histórica y que solía ser una de las más hermosas del mundo. No te desesperes ni pierdas la fe cuando todo parezca perdido. Sé que tienes el temple y la suficiente fuerza de voluntad para lograrlo. Ve a Shikigami-Cho, y no te detengas por nada ni por nadie".

Un nuevo fenómeno se suscitó a continuación. Sentí un calor especial que brotaba desde mi pecho, y, al examinarlo, descubrí un tenue y constante brillo verde-azulado, ocasionado por un objeto que pendía de un collar alojado en mi cuello, y al que hasta ese momento no le había prestado atención. Se trataba del legendario cristal de Raiguken que mi maestro me otorgó para que averiguara sobre su naturaleza. Lo examiné lentamente, aquel objeto tan finamente elaborado que resplandecía y parecía tener vida propia. Después, se apagó tan mágicamente como se había encendido.

Respiré hondo y asentí en silencio, luego de reflexionar sobre el cariz de la tarea que se me había encomendado. En medio de tanta agitación, casi olvidé la razón de mi incursión en una realidad que no era la mía. Recordé entonces a Midory, el mensajero del tiempo, y supuse que estaría vigilando cada uno de mis pasos, tal y como mi mentor había dicho. Sea como fuere, la misión que debía cumplir requería de gran tenacidad y discreción de mi parte. Eché un vistazo a la luna por última vez, y me pregunté cuántos días harían falta para que ésta llegara a su siguiente fase. Tenía que averiguarlo. Mi maestro había sido muy claro en decir que la primera aparición física del enemigo se manifestaría en la primera noche de luna llena. Mientras tanto, tenía que acoplarme a mi nuevo "ahora". Era el momento de acelerar el paso y llegar a mi destino lo antes posible.

Colina abajo, observé una serpenteante vereda que, estaba convencido, me llevaría por el camino correcto. En cada lado se extendía un valle salpicado de pinos, pero no fue eso lo que llamó mi atención. Al final de la colina, mis ojos se posaron en algo que me dejó estupefacto. Ante mí, aparecía una ciudad poblada por cientos, quizás miles de personas. Era esta una especie de colmena modernizada de gran tamaño con faroles y luces de neón de todos los colores por doquier, que aún a la distancia, me hacían parpadear debido a su centelleo ininterrumpido. A esa distancia, los vehículos se distinguían como pequeñas hormigas en constante movimiento, y las personas eran puntos insignificantes que se perdían con el resto de elementos que conformaban dicha ciudad, como las casas de madera de uno o dos niveles con techos adornados por terminaciones onduladas, en su mayoría. Decenas de imponentes edificios y torres afiladas remataban aquella urbe, que parecía ser tranquila y sin rastros de maldad. Jamás imaginé que días más tarde, todo eso cambiaría drásticamente.

Inspiré profundamente aquel aire limpio, oloroso a pino y monte, y murmuré alegremente:

—Así que este es Shikigami-Cho, el corazón de mi destino. Es un placer. Desde hoy se ha sumado una persona más a tu lista de habitantes.

Y, es que tenía la certeza en mi interior de que estaba a las puertas de la ciudad fundada por Enno Ozuno. Desde mi ubicación, el lugar no formaba esa característica estrella de cinco picos que vi cuando Sohma, mi maestro, me reveló la verdad, pero eso no me hizo dudar. Sin pensarlo dos veces, descendí por la pendiente a gran velocidad, con un enorme grado de ansiedad a flor de piel. Al llegar al final del sendero, leí una valla que estaba colocada estratégicamente y que decía: "Bienvenidos a Shikigami-Cho, la ciudad mágica de las leyendas y lo sobrenatural". Una descripción que no le quedaba nada mal, pensé.

Suspiré con alivio y luego de dar los primeros pasos dentro del perímetro de la ciudad, comenzó la siguiente fase de mi aventura.

-2-

En un principio, el movimiento de personas era casi nulo. Uno que otro automóvil se aparecía a baja velocidad de vez en vez, por lo que caminé por las calles sin peligro. A lo lejos se escuchaban los ladridos de los perros y el aire soplaba deliciosamente, de una forma que nunca antes había experimentado. Era un aire renovado, sutil, etéreo, y que me daba la bienvenida a mi segunda vida.

Al llegar a una plazoleta llena de árboles de cerezo, y donde, en esos momentos, circulaban muy pocas personas, pregunté la hora a un joven alto, con gafas, quien, luego de mirarme de arriba abajo como si fuera un animal raro, me respondió secamente que faltaban dos minutos para las diez de la noche. Luego de esto, siguió su camino. Su actitud me descolocó un momento, pero al examinar mis vestiduras, comprendí su extrañeza. Mi indumentaria era un tanto lamentable y descuidada, al igual que mi aspecto. Poco faltó para que soltara una carcajada. Tenía que solucionar eso cuanto antes, o de lo contrario, pasaría más de una vergüenza. Lo que no dejaba de preocuparme era la espada que llevaba al cinto, pero ya encontraría algún modo de ocultarla. Cuanto más desapercibido pasara, mejor sería para mí, así que traté de elegir las calles más desiertas y menos iluminadas. Al mismo tiempo, exploraría el lugar a mi antojo.

Shikigami-Cho era, como tal, una ciudad muy moderna y elegante. Abundaban los barrios con lujosos chalets y no observé rastros de pobreza por ninguna parte. Los habitantes más modestos tenían casas de un solo piso que, no obstante, lucían acogedoras, y estaban bien iluminadas. A medida que me adentraba en la ciudad, encontré más vehículos a mi paso. Un conductor, acompañado por otras tres personas, hizo sonar su claxon, mientras me gritaba "Hey, bobalicón, ¿Dónde está la fiesta de disfraces?" para luego perderse en la lejanía, en medio de risas burlonas que se confundieron con los demás ruidos de la ciudad. Meneé la cabeza levemente, y seguí mi camino.

Los minutos pasaron, y, a pesar de que avanzaba a gran velocidad, me detuve por ratos para contemplar cualquier detalle que llamara mi atención. Me sentía como un zagal de campo, en una ciudad donde necesitaba, como mínimo, de cinco pares de ojos para asimilar el deslumbrante mosaico de anuncios multicolores, los múltiples templos sintoístas que invitaban al caminante a ingresar para tener un momento de relajación, o los gigantescos centros recreativos, que a esas horas bullían de adolescentes y jóvenes aficionados dispuestos a demostrar sus mejores habilidades en las máquinas tragamonedas que ofrecían los más modernos videojuegos de la época. Aquellos aparatos ya no existían en mi mundo porque la electricidad se utilizaba sólo para las necesidades más elementales, por lo que esa industria había desaparecido.

De esta manera, continué mi exploración con paso fugaz, sorteando la mirada de los curiosos que seguían mis pasos hasta que lograba perderme de su rango de visión. No tenía tiempo para detenerme a socializar. Mi único objetivo, previo a reconocer el terreno, era localizar el templo de los Enno, pero como recordaba, este se encontraba en las afueras de Shikigami-Cho, al norte, por lo que tenía mucho trecho por delante. No sabía cuánto había recorrido hasta el momento, pero el cansancio empezó a remitir y, para colmo de males, sentí un gran vacío en mi estómago. ¿Cuánto tiempo había transcurrido desde la última vez que probé algún alimento? No me alarmé en lo absoluto, porque eso era algo fácil de solucionar. Tras pasar por un puesto ambulante de comida típica japonesa, robé un plato que contenía un par de rebozados fritos, y que como luego comprobé, llevaban dentro pescado y verduras. Desconocía el nombre de dicha vianda. Tampoco olvidé incluir en mi pequeño botín un envase de agua embotellada que un infortunado comensal tenía en la mano, pues debía aplacar mi sed. Todavía escuché cuando el vendedor, un joven de baja estatura, me gritaba una serie de improperios, pero me alejé a toda velocidad, sin darle oportunidad alguna para que intentara cazarme. Corrí hasta sentirme libre de cualquier persecución, y luego de esconderme detrás de unos arbustos, procedí a devorar vorazmente aquel alimento que nunca antes había probado. Los rebozados me supieron a gloria, y calmaron mi apetito temporalmente. Minutos después, ya más tranquilo, retomé la marcha.

Al llegar a la entrada de un modesto edificio de apartamentos de color blanco, me detuve para analizar la situación. Era imprescindible encontrar un sitio para descansar, fuera este al aire libre o no. Por un lado, acostumbrado como estaba a viajar con mercaderes, había aprendido a disfrutar de la inigualable experiencia de dormir a la intemperie, escuchando los sonidos nocturnos fluir a mi alrededor. Por otro lado, el pernoctar bajo un techo con comida caliente era algo tentador y que siempre era bienvenido, pero no tenía dinero para pagar un hotel. ¿Qué hacer?

En dichas cavilaciones me encontraba, cuando sentí un fuerte zumbido en la cabeza que me hizo cerrar los ojos. Retrocedí, sorprendido, porque era la primera vez que me ocurría algo semejante. Por fortuna, la sensación se esfumó poco después y no se repitió en el resto de la jornada. La atribuí a las emociones vividas en las últimas horas, y a que posiblemente estaba extenuado. Seguí mi camino, tratando de que se me ocurriera alguna solución para el problema de mi alojamiento.

Atravesé una alameda donde las hojas muertas de los árboles cubrían una serie de esculturas hechas en mármol, como si quisieran protegerlas del ligero frío que reinaba en el ambiente. Al acercarme, comprobé que representaban a varios guerreros mitológicos de Japón. Cada obra tenía una inscripción con su nombre y una breve biografía. Fascinado, debido a la belleza de aquellas esculturas, y la información que podrían brindarme, me detuve a estudiarlas. Recuerdo algunos nombres como Pekhaia, Shizouken o Dohmuyi, pero la que robó mi atención, desde luego, era la más grande de todas, y la que representaba a un guerrero con garras y músculos enormes, colmillos amenazadores, una armadura que parecía indestructible, y proyectaba un destello de odio en la mirada. Tenía, además, una especie de cuerno que emergía de su puño derecho, y lo hacía lucir aún más poderoso. Leí la inscripción de inmediato. Decía:

"Zenki, el príncipe demonio creado por Enno Ozuno, que también fuera el fundador de Shikigami-Cho, es el mítico héroe valeroso de nuestra ciudad, y es conocido por haber librado mil batallas hace cientos de años contra las fuerzas del mal. La leyenda dice que cuando la humanidad vuelva a ser amenazada, el poderoso guerrero guardián Zenki se levantará de nuevo."

Eso era todo. Una descripción bastante vaga, a decir verdad, pero la suficiente para satisfacer a cualquier curioso. Esto me hizo temer un poco acerca de la opinión que los habitantes de aquellas tierras pudieran tener sobre Zenki, y si creían que, en efecto, existía, o por el contrario, para ellos era sólo un personaje mitológico que formaba parte del folklore de Shikigami-Cho. Esta duda me inquietó un poco.

Pensativo, di la vuelta, y al momento, reparé en una sombra que se recortaba entre los abetos que adornaban la alameda. Una voz aterciopelada y cansada se filtró desde la oscuridad:

—Pareces estar muy interesado en la escultura de Zenki, ¿Verdad? —Esto fue seguido por una risita que, en un principio, pensé que era malintencionada —Creo que eres uno de los pocos jóvenes que todavía saben apreciar el legado de los antepasados.

De las sombras surgió un anciano que lucía mucho más joven que mi bien recordado maestro. Tenía aproximadamente sesenta años, y una calvicie incipiente. Sus ojos chispeaban de malicia, pero al mismo tiempo tenían un aire de picardía, como si fuera incapaz de tomar algo totalmente en serio. Sus cejas, al igual que su barba tupida y perfectamente cuidada, eran blancas y, a pesar de la poca visibilidad, me di cuenta que el color de su piel era aún muy vivo. Parecía curtido por el sol de los valles de aquella parte de Japón que, como supe días más tarde, solía ser bastante fuerte en ciertas épocas del año. Era alto, y a juzgar por su vestimenta, imaginé que se trataba de un monje más, de los muchos que había en la ciudad.

—Un poco, quizá —respondí, fingiendo desinterés —. Lo que no me explico es cómo hay gente que puede creer en esta clase de leyendas, sobre todo en un guerrero inmortal e invencible, si nunca lo han visto con sus propios ojos.

—Calla la boca, insensato —dijo el anciano, irritado —. Tú, que, ni siquiera naciste en Shikigami-Cho, eres el menos indicado para hablar del tema.

Aquella tajante afirmación volcada por el viejo, me alarmó. Temí que supiera algo sobre mi verdadera identidad, pero este avanzó un poco hasta situarse frente a la escultura de Zenki, y dijo:

—Claro, debes ser uno de esos extranjeros que se burlan del folklore de otras culturas, porque no son capaces de entenderlas. Al menos sabes hablar el japonés. ¿De dónde vienes tú, mozalbete?

—Ehhh… de… de muy lejos, señor… —acerté a decir, cogido por sorpresa, y sin poder urdir una mentira rápida.

—Pero, ¿Es posible que ni siquiera recuerdes el nombre de tu país? ¡Un escándalo! Ahora entiendo el por qué de tu soberbia e incredulidad, joven de poca fe. ¡Porque países como los tuyos no poseen identidad alguna ni raíces! ¡Gente como tú es demasiado superficial y nada en la ignorancia absoluta, porque piensan que el mundo siempre ha sido como lo conocen hoy en día, lleno de aparatos modernos que les facilitan la vida y que los embrutecen a tal punto de que los hacen perder la cordura y el contacto con la realidad!

El anciano se detuvo, como si hiciera acopio de fuerzas, después del pequeño sermón que me dio. Sonreí para mis adentros, un tanto divertido, y más tranquilo. A pesar de sus bravatas, aquel anciano me inspiraba cierta ternura, tal vez porque en el fondo me recordó un poco a Sohma Miki. Medité sobre sus palabras, y se me hizo un nudo en la garganta al recordar las ciudades que había conocido en mi anterior vida. La razón de salir a recorrer el mundo había sido para probar suerte junto a varios mercaderes de víveres y artículos de primera necesidad. Ellos me acogieron gentilmente, ya que mi sueño más grande era llegar a conocer los secretos del negocio, y regresar en el futuro con una gran fortuna a mi hogar. Tanto mi ciudad de origen, como la mayoría de ciudades que visité, eran sitios sombríos y apagados desde hacía por lo menos, cincuenta años, según supe. Esto no era exclusivo de mi país, porque debido al enorme grado de contaminación que existía, naciones enteras habían optado por regresar a lo básico, para evitar que el deterioro del medio ambiente continuara. Aún así, muchos otros, sobre todo los poderosos, hicieron caso omiso de ello, y siguieron explotando los pocos recursos naturales que quedaban. El resto, que no eran pocos, pensaron que alguna solución aparecería tarde o temprano, gracias a algún avance científico. Sin embargo, la decisión de enderezar el camino torcido había llegado demasiado tarde, porque el planeta ya se encontraba en una fase agónica, y la destrucción de los recursos naturales junto con la excesiva contaminación causó un daño incorregible y permanente. Por mi parte, todavía no lograba entender como era que aún seguíamos respirando. ¿Por qué la Tierra no había perdido su idoneidad para albergar la vida?

La serenidad con que tomé sus palabras pareció irritar aún más a aquel monje bravucón, que no tenía la más remota idea de dónde venía su interlocutor. El no sabía que yo ya había probado una pizca del infierno en carne propia. Él no podía imaginar que en mi mundo, pestes horripilantes y la enorme escasez del agua, entre otros factores, habían segado la vida de millones de personas en pocos años, y que, durante el viaje en el cual busqué alcanzar la fortuna, vi morir a mucha gente. Él no podía saberlo, porque nada de eso había existido alguna vez en Shikigami-Cho.

Al observar fijamente a aquel hombre que me interpelaba, maquiné un sencillo plan que, llevado de la forma correcta, podía garantizarme un sitio dónde pasar la noche. Por ello, cambié mi expresión a una de arrepentimiento, y respondí con tono de pena:

—Venerable anciano, le pido una disculpa por mi ignorancia y atrevimiento. Sin duda, tengo mucho que aprender de una cultura tan floreciente como la suya, y, ¿Quién mejor que usted para instruir a un pobre ignorante y desorientado como yo?

Mis palabras, lanzadas con toda la humildad de la que fui capaz, parecieron surtir efecto en el temperamento del monje. Este relajó los músculos de su rostro y adoptó un aire jovial para decirme alegremente:

—Muy bien, muchachito. Muy bien. Veo que respetas a tus mayores, y que tienes el deseo de aprender. ¡Si ya lo decía yo, que desde que te vi a lo lejos pude sentir en tu aura un enorme deseo de ser un alumno de mi templo! Quieres ser monje budista, ¿No es así?

—¿Eh? —pregunté, aparentemente confundido y abriendo los ojos más de la cuenta —¿Monje yo? ¿Cuándo dije eso?

—Jajajajaja! ¡Vamos! —dijo el anciano, al momento que me sacudía la espalda, colocando tal fuerza en su mano, que me hizo perder el equilibrio y caer al suelo —.Si hasta llevas puesto un atuendo adecuado para el entrenamiento, aunque está algo viejo y sucio. Por cierto, ¡Esa espada es perfecta! Tú sí que viniste completamente preparado. ¡Ya hubiera querido yo tener a tu edad, cuando era joven y bello, el mismo interés que tú muestras hoy de ingresar a una orden prestigiada como la que dirijo! ¿Cuántos años tienes? ¿Quince? ¿Dieciséis?

—Dieciocho, señor —admití con una sonrisa, luego de reincorporarme y sacudirme el polvo.

—¿Dieciocho? Bien, ¡Estás en la edad perfecta, entonces! ¿Cuál es tu nombre?

—Saeki… Saeki Yagami.

—¡Saeki! Es un placer. Un nombre no con tanta masculinidad como el mío, pero bueno… ¡No está mal!

—Eh… Y, ¿Cuál es su nombre, señor? Usted todavía no…

—No te pases de listo, chiquillo, que yo no nací ayer, y conozco al pie de la letra el protocolo de una conversación —rezongó el viejo, en tono severo —. ¿Entendido?

—Sí, señor —respondí, falsamente apesadumbrado.

—Una duda tengo… Tú no eres de este país. ¿Por qué tienes un nombre japonés?

—Mi madre es norteamericana, pero mi padre sí es japonés —respondí, sosteniendo la mirada del anciano —. Tengo los ojos azules de mi madre, pero son un tanto rasgados, como los de mi padre. Al final decidieron ponerme Saeki, junto con el apellido de mi padre, que es Yagami, naturalmente.

—Entiendo. ¡Qué bonita familia la tuya, oye! ¡Muy internacional y exótica! —dijo Jukai, dándose por satisfecho —Y, pues, en mi caso —continuó, con voz extravagante —Me llaman de muchas maneras… Algunos me tienen por un simple monje, otros me tienen por un gurú de la hechicería, pero soy más que eso… Mucho más…

Lo que sucedió a continuación fue bastante inesperado, y tuve que morderme los labios para evitar desternillarme de risa. El lugar se iluminó de repente, cegándome por varios segundos, y cuando mis ojos se acostumbraron a las luces, pude observar el umbral de un soberbio monasterio, y un grupo de diez individuos, entre hombres y mujeres parados en fila, vestidos con un traje similar al del viejo. El detalle cómico es que cuando ellos alzaron sus brazos, vi que llevaban pompones en las manos, y empezaron moverse y a cantar, al más puro estilo de los porristas colegiales algo que más o menos decía así:

Si quieres ser el mejor
Y triunfar contra un batallón
Párate bien y escucha
Entrénate y lucha
Junto a ¡Jukai!
¡Jukai! ¡Jukai! ¡Sí!
Como él no hay nadie igual
¡En acción! ¡En acción!
¡Con Jukai serás campeón! ¡Sí!

Sin saber de dónde, una gran cantidad de luces y fuegos artificiales se disparó hacia el cielo, y, al estallar, formaron el nombre "Jukai" con vivos colores. Los porristas terminaron su actuación luego de formar una pirámide humana, misma en la que también participó el viejo, quien fue cargado hasta la punta. Segundos después, saltó y dio varias volteretas en el aire, para aterrizar frente a mí, tan ligero como una pluma, y decirme, con voz de ultratumba:

—Mi nombre es Jukai, el único y el más grande monje de Shikigami-Cho. Este es el templo Kirin, mi humilde morada, donde imparto mis enseñanzas de budismo desde hace más de diez años.

Luego de tener los ojos abiertos como platos durante aquella divertida presentación, por fin recobré la compostura, y dije:

—Encantado de conocerlo, señor Jukai.

—Lo mismo digo, Saeki. Pero, ¡No te quedes ahí parado, hombre! Ven para acá, que hace frío. ¡Hey, Misato! —El monje llamó a una de sus alumnas, que rápidamente acudió a nuestro encuentro —Acompáñalo para que conozca el templo y luego sírvele algo de sukiyaki, porque se ve que el muchacho ha tenido un largo viaje, y tiene cara de haber pasado una ingrata dieta de pan y agua durante varias semanas en una oscura mazmorra. ¡Vamos!

Misato, la encargada de obedecer las órdenes de Jukai, era una linda jovencita de cabellos rubios de aproximadamente dieciséis años, y tenía una tez pálida como la porcelana. Me tomó del brazo y me guió a través del lugar, en medio de risas. Agradecí al viejo lo mejor que pude por su hospitalidad, pero este sólo me dijo:

—No es nada, jovencito, no es nada. ¡Eso sí! Mañana te espera una dura jornada, así que prepárate, porque sabrás lo que es ser entrenado por uno de los descendientes del legendario Enno Ozuno. No temas, que nadie se ha muerto de un infarto en el camino, jajajajaja!

Me quedé paralizado por unos instantes. El viejo acababa de mencionar a Ozuno. Si Jukai era descendiente de Ozuno, eso significaba que conocía a Chiaki Enno, y más aún, que ellos eran familiares. Misato me miró, confundida, pero le sonreí con cortesía y retomé el paso.

-3-

Una hora y media más tarde, después de conocer el lugar, cenar con los discípulos de Jukai, darme un exquisito baño de agua caliente, y recibir nuevas ropas, me encontraba reposando en un pequeño, pero cómodo camastro, en una habitación sencilla de madera donde colgaban varias pinturas de renombrados artistas japoneses. Había otros cuatro camastros repartidos por el lugar simétricamente, y el resto de mis compañeros de cuarto dormían a pierna suelta. Las chicas, por su parte dormían en otra habitación, situada en el otro extremo de la pequeña casa que formaba parte del monasterio Kirin.

Agradecí con el pensamiento las atenciones de aquella gente para conmigo y lancé un suspiro de satisfacción. Pensé que el monasterio Kirin era, en verdad, un lugar muy próspero. El sitio irradiaba belleza por doquier, y se notaba que Jukai y sus discípulos se esforzaban por mantenerlo lo más pulcro y presentable posible. Por todas partes encontré piezas y reliquias antiguas de gran valor, por lo que deduje que el viejo era un gran aficionado a coleccionar este tipo de objetos.

A una descripción más pormenorizada del monasterio tendré ocasión de referirme en otra ocasión. Aquella noche, recostado boca arriba con los brazos bajo mi cabeza, y mi apreciada espada a un costado, continué analizando lo que había sucedido hasta el momento. No pensé que Jukai tuviera malas intenciones conmigo, pues a leguas se miraba que era un viejo de buen corazón con gran sentido del humor. No habría sido de extrañar que él fuera de aquellas personas que acostumbran a meterse en líos de faldas, pero lo importante es que me había "adoptado" sin miramientos, quizás por la simpatía que le inspiré, a pesar del brusco inicio que tuvimos. Me había ofrecido comida y alojamiento gratis, y lo único que podía hacer era agradecerle y simular que estaba interesado en sus clases. O, ¿Quién sabe? Quizá lo había hecho con el único fin de aumentar su número de alumnos y tener algo de que jactarse.

Sabía que al día siguiente me esperaba una jornada intensa. Debía acercarme a los Enno de una u otra manera, antes de que llegara la primera noche de luna llena. Durante la cena con los demás alumnos de Jukai, tuve ocasión de preguntar acerca de cuándo tendría lugar dicho fenómeno. Fui informado de que sólo faltaban tres noches más, así que el tiempo apremiaba. Lo confirmé en un calendario que colgaba de la pared en el comedor y éste marcaba el año en curso; el dos mil. Sentí que se me erizaba la piel, porque había viajado a través del tiempo ¡Nada menos que casi cien años! No podía creerlo.

La cena fue espléndida. Era la primera vez que probaba el sukiyaki, que consiste en alimentos –carne, pescado, tofu o fideos- previamente introducidos en una olla caliente que contiene un caldo especialmente preparado para la ocasión. Luego de que la comida se ha cocido, hay que tomarla directamente de la olla y disfrutar de su delicioso sabor. Había también otros platos japoneses en grandes cantidades, como nigirisushi, okonomiyaki, y mochi, que hicieron mis delicias. Pocas veces había comido tanto como aquella noche.

Cuando ya había entrado en confianza con los demás, me arriesgué a preguntar sobre el templo Enno, algo que pareció sorprenderlos. Ganryu, un chico de catorce años, grueso, sonrosado y de mirada alegre, me relató cosas que ya sabía, como su ubicación, sus habitantes y me confirmó sobre el parentesco que existía entre Jukai y Saki. Eran hermanos. Por tanto, Jukai era el tío-abuelo de Chiaki. Saki profesaba la religión sintoísta, a diferencia de Jukai, que como ya he mencionado, era budista. En eso, Kuribayashi, un jovencito de mediana estatura y con la cabeza totalmente rapada, me preguntó con ojos inquisidores:

—Saeki, ¿De dónde escuchaste hablar sobre el templo Enno? ¿Por qué te interesa tanto?

—Pues, tuve oportunidad de oír sobre dicho lugar por casualidad, en un pueblo cercano —respondí, con mirada franca —. Creí que sería interesante conocerlo, porque me hablaron de ciertos prodigios que sus dueñas han realizado en los últimos tiempos.

—Es cierto —respondió Sayuri, una joven de diecinueve años, que llevaba el cabello corto y tenía unos ojos asustadizos —Saki tiene una nieta llamada Chiaki, que es dos años menor que yo, y…

—Es hermosa—le interrumpió Kotaro, un chico alto que usaba lentes, tenía el cabello largo y hablaba con tono pervertido —La Madre Naturaleza se tardó días enteros en hacerla. ¡Qué curvas! ¡Qué rostro! ¡Qué pechos! ¡Qué…!

—¡Ya cállate, atrevido! —le dijo Misato, luego de darle un bofetón que lo derrumbó en el suelo —Se supone que eres budista y no deberías decir esas cosas. Guárdate tus calenturas para cuando estés a solas en el baño.

Kotaro se disculpó, dolorido, y todos nos echamos a reír. Sayuri continuó con su explicación:

—Como decía, Chiaki es una sacerdotisa muy conocida por estas latitudes y sabe bastante sobre toda clase de hechizos y conjuros. Son tantas las historias que se cuentan sobre las hazañas de ella y de su abuela, que tardaría días en contártelas. Por otro lado, son gente muy hospitalaria, así que trata de ir allí en cuanto puedas, porque estoy segura que te recibirán muy bien. Si el maestro Jukai no sabe responderte alguna duda que tengas, entonces la sabia abuela Saki tendrá la respuesta. Te lo garantizo. Por otro lado, si llevas estrés y tienes deseos de relajarte, ellas tienen varios onsen a precios módicos, y que son muy benéficos para la salud.

—Pues Saki debe estar bien desesperada por conseguir clientes y gente que los visite —bromeó Ganryu, mientras engullía un plato de arroz —¡Mira que hasta propaganda le estás haciendo a ella y sus onsen! ¿Cuánto te pagaron por ello, eh?

Sayuri enrojeció, y se defendió, un tanto enojada, de las palabras de Ganryu. Por mi parte, pensé en lo bien que me vendría probar uno de esos onsen, o baños de aguas termales, que, según supe, eran algo muy popular en Japón. Estos se caracterizaban por tener la temperatura muy elevada, ya que el agua venía directamente de la tierra o de las montañas, y eran accesibles para cualquier persona, no sólo para un pequeño sector como ocurría en otros países. Tras este pensamiento, me mordí los labios, porque no creí que tendría tiempo para darme esa clase de placeres. Mi viaje se trataba de algo mucho más relevante, y no debía defraudar a mi maestro.

Me pareció curioso que nadie mencionara una palabra sobre la relación que Chiaki tenía con Zenki, y las batallas que ambos habían librado contra las fuerzas del mal, pero imaginé que ellos posiblemente habían recibido instrucciones precisas por parte de Jukai de que no se me revelara nada al respecto. Si ese era el caso, los alumnos tuvieron el suficiente cuidado de no hablar más de la cuenta. No forcé el tema, pero la incógnita que quedaba en el aire era, "¿Por qué tanto misterio alrededor de Zenki y la familia Enno?"

Más tarde, y antes de dirigirme a la habitación de los demás chicos, había tratado de localizar a Jukai para agradecerle de forma más personal por su buena voluntad, pero no lo encontré por ningún lado. Decidí que ya habría tiempo para hacerlo el día siguiente. Luego, las luces se habían apagado y ninguno de mis compañeros de habitación había vuelto a decir una sola palabra. Aunque ansiaba permanecer despierto para ver el amanecer en Shikigami-Cho, decidí relajarme y dormir un poco para recuperar las fuerzas. Quizás lograra despertarme a la hora precisa en que el sol se levantara sobre aquella ciudad. Mi mente corría a mil por hora, tratando de recordar cada momento vivido desde que Midory me transportó hacia esa época. Intenté trazar un plan para el día siguiente, pero el cansancio empezó a hacer estragos en mí y no se me ocurrió nada. En su lugar, pensé:

"¿Quién lo diría? Siempre fui un muchacho en busca de sueños y metas por alcanzar, pero vivía en un mundo gris y sin esperanzas. Muchas veces se me agotaban los deseos de seguir luchando. Aquí, en este otro mundo tan lleno de color y de vida, las cosas son diferentes. Aquí hay un motivo muy poderoso para existir. Nadie imagina de dónde vengo y por qué estoy en Shikigami-Cho. Si los demás lo supieran, se armaría un gran revuelo, sin duda. Tengo una tarea muy importante por cumplir. Sé muy bien por qué lo hago, y es que sencillamente no tengo nada qué perder, pero sí mucho qué ganar."

En realidad, si había algo muy importante que podía perder en caso de que la misión fracasara. Mi propia vida.

De pronto, un nombre retumbó en mi cabeza. Era el nombre de una persona que me intrigaba desde la cena. Me refiero a Chiaki Enno, la joven sacerdotisa de la que todo el mundo hablaba, pero que aún no había podido conocer. Antes de que mi primera vida culminara, Sohma me había mostrado varias imágenes de ella, pero después de viajar a través del tiempo, no lograba recordarla más que vagamente. ¿Cómo sería ella en realidad? ¿Despampanante y enigmática como me la había descrito Kotaro, o sólo era una exageración de su parte? ¿Sería agradable y cordial como Sayuri me había indicado, o todo lo contrario? De lo que no cabía duda es que Chiaki era mi objetivo principal en aquel viaje, y no podía esperar más para conocerla.

Bostecé en silencio, y eché un último vistazo por la pequeña ventana de la habitación. Quise engañarme a mí mismo nuevamente, pensando que aquello era sólo un bello sueño y que en algún momento despertaría, pero era imposible. La luna seguía vigilándolo todo desde lo alto, y su luz llenó mi alma de una enorme paz interior, despejándome de cualquier duda. Volví a acostarme, y, antes de cerrar los ojos, comprendí que no estaba soñando. Aquel maravilloso cielo estrellado que me había robado el aliento desde el primer instante, aquella ciudad tan espléndida, y aquellas personas que me brindaron la calidez de su hogar eran la prueba definitiva de que había llegado a un mundo distinto.

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