Harry Potter no me pertenece, es de J K Rowling, y yo no gano nada con esta historia.
En este capítulo, espero demostrarles que el viaje en el tiempo de Harry tiene muchas más consecuencias de las que él había previsto y como ellas jugarán una parte importantísima de lo que vendrá.
"Crónicas Perdidas"
"Cómo viajar en el tiempo sin morir en el intento"
Capítulo 4
Cornelius Fudge necesitaba una excusa en exactamente tres minutos y medio, o esta vez, podría estar arriesgando seriamente su carrera, y Fudge no era de aquellos a los que le gustaran los riesgos o las apuestas no seguras. A una edad temprana había aprendido lo mucho que se podía tener si sólo uno se encontraba en la posición adecuada, y dado que ser Ministro de la Magia era lo más alto que se podía llegar…
La conferencia de prensa agendada para esa mañana estaba cobrando notoriedad y una seriedad que el ministro no necesitaba. La situación era crítica y llegaría un momento en el que ya no tendrían ninguna excusa para no dar cuenta de las sospechas de todos, si Harry Potter no estaba muerto, bien podían considerarlo como tal. Un niño de diez años no se desaparecía así como así y si existía la divina providencia, entonces, que una vieja squib hubiera sido la testigo sólo podía considerarse como algo afortunado. ¿Qué hubiera pasado si un muggle cualquiera fuera el que presenciara la desaparición del niño?
¿Qué hubiera pasado, realmente? Ahora que lo pensaba mejor, pues nada. Un muggle presenciando una desaparición hubiera hecho que el Escuadrón de Modificación de la Memoria se presentara en el caso, y nadie se hubiera tenido que enterar de nada, ya que, el chico no era famoso con los muggles, no tenía cómo serlo. ¡Pero una squib! Eso tenía que ser mala suerte, no sólo culparla de cualquier cargo se hacía poco probable y hasta irrisorio, sino que, ella sí conocía al chico y sabía el impacto que declarar tan extraña desaparición tendría. Por Neptuno, ¿por qué todo siempre debía ser tan difícil?
Fudge necesitaba resultados, algo que anunciar, si no tenía progresos con los que calmar a la prensa, entonces sería su cabeza la que rodaría por el Ministerio de la Magia.
―¡Jhon, quiero esos informes ahora! ―gritó Fudge a través de su oficina, demasiado agobiado como para abrir la puerta o usar métodos menos bárbaros.
¿Era posible que un hombre de su importancia y rango tuviera que reducirse a gritar por su oficina para que se hicieran bien las cosas? ¿No bastaba con lo que día a día, le entregaba a la sociedad mágica inglesa?
Se le había acabado el tiempo, pero eso no era ninguna novedad, el tiempo solía hacer eso, pasar más rápido cuando más lo necesitabas. Fudge se puso de pie, alisó las arrugas de su túnica color granate y arregló su puntiagudo sombrero para ocasiones formales. Algo se le ocurriría, después de todo, no llevaba siendo tanto tiempo ministro porque sí. Él era un buen político.
Con treinta segundos por delante, sin los informes necesarios, y más nervioso de lo que se había sentido en mucho tiempo, Cornelius Fudge, actual ministro de la magia, salió de su oficina con dirección a la sala de conferencias. Una cantidad de periodistas lo estarían esperando en este momento, y por mucho que le hubiera gustado que el vocero de gobierno se encargara de dar las malas noticias, la situación lo requería a él. ¡Qué engorrosa resultaba su situación a veces!
―Señor ministro ―lo detuvo una voz.
Cornelius se giró, esperando que no fueran malas noticias lo que venía.
―¿Si, June?
―Señor ministro, temo que ciertos problemas puedan presentarse hoy.
―¿Ciertos problemas, June? ¿Es que no sabes que voy a poner mi persona y credibilidad ante un grupo de pirañas que harán hasta lo imposible por hacer que pierda mi posición, y tú me quieres dar más problemas?
―Lo siento mucho, ministro, pero realmente creo que usted necesita escuchar lo que tengo que decirle.
―Entonces habla, mujer, que ya estoy retrasado ―contestó irritado.
―La Correveidile está aquí, señor. Se presentó a la conferencia de prensa, viene con permiso especial, en representación del Grito Mañanero.
De todo lo que pudieron haberle dicho, aquellas tenían que ser de las peores noticias dadas las circunstancias. Si había algo que molestaba profundamente a Cornelius Fudge, era el Grito Mañanero, un panfleto amarillista que no se preocupaba de otra cosa que crear polémicas y que últimamente se había estado burlando con ingeniosos frases de la labor de Ministerio. Por si ello no fuera poco, aquél panfleto, dado que no podía llamarse realmente un periódico, tenía páginas de sociedad y chismes que no hacían más que hablar sobre los otros, usando un sistema de sobrenombres con el que supuestamente, la identidad de los protagonistas de los chismes quedaban debidamente en el anonimato, pero todo no se necesitaba mucha imaginación para deducir las claves y por tanto, enterarse de todo. Y como eso por sí solo no era lo suficientemente malo, también estaba la Correveidile, una mocosa recién salida de la escuela que estaba creando todo un record de ventar debido a sus ingeniosos puntos de vista y su habilidad para conseguir fuentes.
―¡Lo que me faltaba! ―explotó finalmente Cornelius, asustando a June y haciendo que un par de cabezas se voltearan para mirarlo―. June, quiero a esa mocosa fuera de esa sala de conferencias cuando entre en ella, si llego a verlo deambulando siquiera cerca, te haré la única responsable ¿quedó claro?
―Pero señor, ¡yo no puedo hacer nada! Ella viene como parte del grupo del Grito Mañanera, seguramente no esperará que yo—
―No me importa lo que hagas, June, ése es tu problema. Pero si encuentras que esta pequeña tarea es mucho para tus capacidades, ya puedes ir pensando en dejar este departamento, no necesito inútiles trabajando para mí ―dicho esto, Cornelius arregló su sombrero, suspiró alto y se fue con la cabeza erguida hacia la sala de conferencias.
June, por otro lado, estaba perpleja. Su trabajo dependía de sacar a todo un grupo de periodistas de una sala de conferencias sin crear un alboroto ni levantar sospechas por ello. Aquello era imposible, no había manera que una acción así no repercutiera en la imagen del ministerio.
―¡Jhon! ―salió gritando la mujer―, necesito de tu ayuda urgente.
Petunia Dursley miraba los noticiarios de la noche y se sentía profundamente humillada. ¿Cuántas veces había visto trágicas historias sobre niños desaparecidos y las acusaciones que se hacían a sus negligentes familias y no se había alarmado por ello? No era algo que le podría ocurrir a su familia, se decía y vergüenza deberían sentir aquellos malos padres que perdían de vista a sus hijos o dejaban que estuvieran no supervisados en las calles. ¿Cómo iban a evitar que se metieran en problemas cuando la droga y la violencia eran imágenes de todos los días en los noticiarios? Claro estaba, ese tipo de actividades delictuales no ocurrían en su barrio, Petunia no expondría a su hijo a la vida de los barrios bajos londinenses, y además Dudley jamás haría algo así, a Petunia le constaba. Su hijo estaba criado con amor y disciplina, él no era del tipo que se escapaba de la casa para preocupar a su familia ni manipularlos si quería algo. Era un buen niño. Sin embargo, desde que Dudley había dejado de ser el único niño en el número cuatro de Privet Drive, ella debió haber intuido que algo así pasaría. ¿Cómo había podido estar tan ciega al respecto? Después de todo, había ciertos temas y tipos contra los que ella nada podía hacer.
›› El pequeño responde al nombre de Harry Potter, de pelo negro, ojos verdes y anteojos, tiene una distintiva cicatriz en la frente que…
Harry era, después de todo, hijo de Lily, y aunque sus padres hayan estado ciegos ante las faltas de su querida hija, Petunia no lo había estado. Lily había cambiado, vaya que había cambiado y simplemente no para bien. Todo era culpa de la magia. Por ejemplo, estaba ese desagradable amigo de su infancia, aquél niño mal nutrido y de aspecto atemorizante que solía pasar con Lily cada segundo de sus vacaciones, pero ¿qué fue de esa amistad? Potter se había metido en medio. Su hermana no había estado muy comunicativa al respecto, simplemente le había dicho que su ex amigo le había llamado por un nombre sucio y discriminativo cuando ella quiso ayudarlo después de que Potter algo le hiciera. Y lo irónico era que Lily lo culpaba. Ese verano había reclamado y gruñido y vuelto a reclamar contra los chicos y lo estúpidos que eran, pero en todo ese tiempo, no había sido capaz de ver el error de sus propias acciones. ¿Acaso no estaba claro que el chico podía sentirse humillado? ¿No era su amistad más fuerte que unas cuantas palabras crueles? Pero Lily nunca había estado acostumbrada a que alguien no la quisiera, no le prestara atención y sobre todo, no había estado acostumbrada a que alguien la insultara. Oh si, ese verano, Petunia había sido muy feliz, porque su hermana era miserable y todo era su culpa. Culpa de su estúpido orgullo. Ella había visto al raro ése mirando sin pestañear a su hermana cuando se cruzaban en la calle, pero ella nunca le prestó atención. Curioso que reaccionara de esa manera cuando con cualquier otro, seguramente hubiera olvidado el incidente en una semana.
¿Y Potter? Claro que no le había extrañado su decisión de casarse con ese vago apenas terminada su educación, después de años quejándose también de él, ¡cómo no iba a tener una relación con él! Lily nunca había llevado bien la idea de que alguien no pudiera apreciarla. Y ése rasgo, era compartido por su hijo. Le había tomado al chico varios años, pero al final, había caído en lo mismo que su madre. Se había ido, los había dejado y no le había importado nadie más que él. Lily y ese vago que una vez llamó marido debían estar orgullosos de su engendro, finalmente, habían logrado su venganza contra ella y Vernon, los habían humillado públicamente, cuestionado su capacidad de hacerse cargo de un niño y por si eso fuera poco, acusado de brutales formas de maltrato. Ellos, su gente, decían que no había otra razón para que un niño dejara su casa, pero Petunia sabía mejor.
›› Cualquier información que pudiera tener sobre el chico, puede comunicarse a la línea directa de la jefatura de policía o a la siguiente línea de…
La búsqueda de Harry se extendía ahora por ambos mundo, el normal y el de ellos. La conmoción era enorme, al parecer. Petunia no había sido bien informada de la importancia y el peligro que Harry corría en su mundo dada la muerte de sus padres. Petunia tampoco había sido informada del potencial riesgo en que tener a Harry con ellos pudo haberle ocasionado a su familia, y aquello, aquello la molestaba mucho más que la humillación que día tras día, debía pasar al ver como reporteros seguían hablando del caso de Harry Potter, desaparecido a los diez años.
›› Nuevamente aquí les mostramos una foto del pequeño Harry, tomada en su colegio, a los tiernos diez años…
Petunia apagó el televisor.
Dudley, que estaba viendo la televisión junto a su mamá, y no se sentía feliz con la selección de programa, comenzó a quejarse cuando se dio cuenta de que cualquier oportunidad de cambiar el canal había pasado.
―¡Por qué la apagaste! ―demandó el chico, estirándose para tomar el control remoto.
―Porque estoy cansada de ver lo mismo día tras día, corazoncito ―respondió Petunia, ignorando los malos modos de su retoño.
Desde que su primo se fuera o se perdiera, Dudley ya no estaba seguro de qué había pasado realmente, la casa se había llenado de sujetos extraños en batas de baño mirando a su alrededor como si nunca hubieran visto una casa. Su papá decía que posiblemente eso era lo que ocurría con ese grupo de vagos, y Dudley tenía que estar de acuerdo, porque nadie que fuera decente se pasearía por las calles en batas de baño, algunas de colores tan ridículos como verde y amarillo canario.
―Quiero ver el especial de la lucha libre.
Petunia no escuchó a Dudley.
―¡Mamá! ―subió la voz éste, esperando de esta manera obtener su atención.
―¡Silencio, Dudley! ―dijo Petunia, perdiendo la paciencia por un segundo, y llevándose inmediatamente las manos a la boca cuando se dio cuenta de que a su hijo se le llenaban los ojos de lágrimas. Hasta la fecha, ella nunca le había levantado la voz.
La mujer se puso de pie y le dejó la televisión a su hijo, para evitar que siguiera quejándose y la dejara pensar en paz. Los últimos días, salir a la calle se había convertido en un verdadera suplicio. Sujetos extraños la seguían a donde fuera, la señora Figg junto a sus gatos le preguntaba todos los días si tenía noticias del pobre chico desaparecido y por si aquello no bastara, Vernon había tenido un encuentro con una mujer vestida de túnica y capa que lo había amenazado con convertirlo en una tetera si volvía a hacerle daño al pequeño Harry. Desde ese momento, Dudley tenía prohibido el salir de la casa, era mejor así. Un pequeño descanso del colegio y ella vigilándolo en la casa todo el día, nunca se sabía cuando algún loco podía intentar hacerle daño en alguna ridícula represalia.
Mientras tanto, Petunia pensaría, porque había algo en la situación que no hacía sentido. Uno, los niños de diez años no podían mantenerse tanto tiempo ocultos y segundo ¿por qué todos ellos parecían tan consternados por la desaparición de su sobrino? Petunia creía que lo que estaba pasando tenía algún tipo de relación con la repentina y violenta muerte de su hermana, el problema era, que no sabía cuál.
Había sido un día duro, muy duro, pero Cornelius Fudge se encontraba satisfecho. La conferencia no había sido el desastre que él había vaticinado y si bien las noticias que podía dar respecto al caso de Harry Potter eran pocas y no llevaban a ninguna parte, aún así, pudo dejar en limpio la imagen del ministerio y le aseguró a la población mágica que no desesperara, contaban con un gobierno estable para protegerlos.
Ahora necesitaba hallar al pequeño, era imperativo. Si bien nunca había sido una figura excesivamente pública ¿qué más se podía esperar de un niño? Ser así de famoso al año de vida no significaba mucho, sobre todo cuando aún no se sabía hablar. Quizás hubiera sido mejor que el pequeño no viviera tan recluido, una mayor participación en la sociedad hubiera sido apreciada, pues muchos se lamentaban el no tener nunca la oportunidad de estrechar la mano o ver en persona a aquél que terminó esa nefasta guerra.
Unos golpes en la puerta interrumpieron los pensamientos del ministro.
―Señor, la reunión de gabinete ha sido cancelada tal y como usted lo ha pedido, y también logramos postergar por algunas semanas la gira que se tenía planeada por el Reino Unido. Las autoridades galesas estarán aquí a primera hora de la mañana y en cuanto a lo otro que me pidió, está todo arreglado.
Cornelius estaba complacido.
―Hazla pasar, entonces.
―Claro, señor, con su permiso ―se excusó Jhon, saliendo de la oficina para escoltar a la famosa Correveidile a la presencia del ministro de la magia.
Continuará.
Es un capítulo corto, pero el próximo no tardará más que un par de días, por lo tanto, podrán saber qué es lo que está pasando con Harry.
