Me quedé en esa posición bastante rato y sin saber por qué razón su imagen me vino a la memoria. El pelo castaño oscuro, corto y un poco revuelto. Sus ojos marrones, que según la luz que hubiera, eran marrones como el chocolate o de color miel, sus labios, su nariz respingona pero perfecta… Ya está, ya estaba otra vez obsesionada con alguien. Me pasó hacía unos tres meses, con un chico que iba conmigo a teatro, pero se me fue el enamoramiento en cuanto le vi con la persona más odiosa que he conocido. Una chica, con la cual que me llevaba mal desde hacía bastante tiempo. Pero eso es otro tema. Me acomodé, sentándome, en la cama, encima del mullido edredón. Miré fijamente a la ventana que quedaba justo enfrente de mí. ¿Qué estaba esperando? ¿Qué apareciera otra vez por ahí? Pues no estaría mal. Pensé en su hermano. ¿Se había apostado con él entrar en la casa y pedir una prueba de que estaba conmigo? En serio, vaya par de tontos. La verdad es que no sabía nada de su hermano. ¿Sería mayor o menor? ¿Igual de guapo que él? Quizá si lo fuera, eran hermanos. Los genes y la sangre son los mismos… Bueno, y qué. A mí me importaba bien poco el hermano, a mi me gustaba él, el castaño de las pecas. ¿Y si tanto me interesaba, porque no hacia algo al respecto? Me levanté y me dirigí al ventanal por quinta vez en lo que iba de mañana. Sí, eso que pensáis que iba a hacer, lo hice. Salí al balcón y me arrimé a la pared para no ser vista desde la otra habitación. Asomé un poco la cabeza, lo mínimo para poder ver lo que había tras la otra ventana. No vi casi nada. Más bien sólo alcancé a ver una cama, cubierta con un edredón de color azul oscuro y un escritorio con un laptop y una pila de libros. De repente vi como algo se movía y uno de los vidrios del ventanal se abrió, pero no salió nadie. Entonces sí que había personas dentro del cuarto. Me cansé de espiar y decidí entrar, al igual que él lo había hecho. Esa escusa de la apuesta no me la creía. Cuando entré me encontré con otra cama igual a la que había visto desde afuera al otro lado. Entonces sí que era verdad que tenía un hermano. Y dormían juntos. La idea de colarme por las noches en su cuarto se esfumó rápidamente de mi cabeza. La habitación estaba distribuida un poco extrañamente. Detrás de las camas había un sofá y una televisión de plasma. Y el armario estaba empotrado en la pared. No me gustaba como estaba todo colocado. En fin, hombres.

— ¿Hola? — dije con la voz algo fuerte para que me escuchara alguien.

Nadie contestó. Mejor, no quería tener que inventarme ninguna razón por la que estar en esa habitación. Mientras esperaba a que alguien apareciera por ahí me entretuve mirando las cosas que tenían los dos hermanos en el dormitorio. Empecé por mirar la estantería que había colocada encima de una de las camas, había unos cuantos libros de títulos raros. Bueno, raros para mí, porque había palabras en inglés que no las entendía. Y también dos cajas de DVD. Disney, vaya dos infantiles… Ni siquiera miré el título. En las paredes de una de las camas había pósters de un grupo de rock, Metallica. Vamos a ver, por lo que deduje, en esa habitación dormían dos hermanos. A uno le gustaba Disney y a otro Metallica. Estaba claro que el que a mí me gustaba era el rockero. Seguí inspeccionando mi entorno. El laptop. Era de la marca Appel. Se notaba que en esa casa había dinero. ¿Quién tiene un ordenador portátil de esa marca i además un iPhone negro? Sí, había uno encima de una de las camas. La del pequeño de la casa. Le di al botón de desbloqueo y apareció mi foto. Entonces el móvil era de él. Pero estaba en la otra cama. ¿Era el castaño de labios carnosos el infantil que le gustaba Disney? No, imposible. Se lo habría dejado allí encima, pero su cama era la otra. Visto que no venía nadie a mi encuentro, aún con el teléfono en la mano apunté mi número en su agenda con el nombre de "hot candy". Quizá si leyera eso se interesaría en llamarme. Luego me hice una llamada a mi móvil para guardarme el número "chocolate eyes" y borré la llamada que me había hecho con su iPhone. No había ningún rastro que me delatara. Entonces, antes de que fuera vista, salí de nuevo del cuarto y entré en el mío. Cerré las ventanas y bajé las escaleras para ir a la cocina. Estaba hambrienta. Abrí todos los armarios y cajones que había allí. Nada, estaba vacío. Así que el chico se había llevado todo con él. Qué mala persona. Con razón se había ido por más de dos horas. ¡Si es que tendría que comprar de todo! Era como comprarse una casa nueva, lo único que los muebles ya estaban incluidos. Cerré de una patada la puerta del frigorífico a causa de mi enfado. Todos los que me conocen saben que cuando estoy con hambre es preferible no molestarme mucho, me pongo de los nervios. Me senté sobre el mármol de la cocina y saqué el teléfono móvil del bolsillo derecho del pantalón. ¿No os lo habéis preguntado nunca? La mayoría de la gente diestra se guarda el móvil en el bolsillo derecho y los zurdos en el de la izquierda. Sí, cuando me aburro pienso en estupideces.