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(Dedicado a Mr. Orange y Number6, por inspirarme involuntariamente para el comienzo de este capítulo. Dedicado, además, a Tronkan Trok, pues de la base de este capítulo surgió gran parte de la idea general del fic)

(EDITADO: Debo agregar a Ipdar a mis agradecimientos. No me había acordado de añadir el detalle del currículum vitae en las desventuras de nuestras heroínas. Muchas gracias, Ipdar)

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Capítulo 4
Comida lenta

El sótano de aquella casa, húmedo y con olor a moho, apenas se iluminaba por la luz de una bombilla que colgaba de un cable, en el techo. Cuatro personas observaban desde sus asientos a una quinta presencia en aquel lugar. La chica en cuestión caminaba de aquí para allá, pensando; eventualmente echando miradas rápidas a sus compañeras.

Helga, Lila, Phoebe, Patty.

Bien.

Rhonda se detuvo frente a ellas.

–Repasemos el plan –dijo.

–¿Otra vez? –cuestionó Helga.

–Sí, otra vez –repuso Rhonda. Se acercó a un atril de pinturas que contenía varias láminas de cartón, tomó una vara larga y delgada apoyada contra el atril y señaló a la primer imagen.

–Éste es el Banco Central de Hillwood, en el número treinta de Ronald Road –dijo Rhonda. Quitó la lámina que mostraba el frente del banco y señaló a la siguiente–. Éste es un plano del banco. Aquí está la entrada, las ventanillas de atención al cliente y aquí... –golpeteó un área en particular con la punta de su señalador– ... aquí está la bóveda principal.

Phoebe levantó la mano.

–¿Sí?

–¿Por qué vamos a robar un banco? –preguntó Phoebe.

–Porque Helga y yo necesitamos el dinero y porque yo lo digo –respondió Rhonda. Phoebe bajó la mano.

–Como decía –continuó la chica elegante–, aquí está la bóveda principal. Contiene alrededor de sesenta millones de dólares para repartir entre cinco chicas emprendedoras. Esas somos nosotras.

Las cuatro chicas emprendedoras restantes asintieron.

–Aquí, aquí y acá hay cámaras de seguridad –señaló Rhonda–. Patty Smith se encargará de ellas desde afuera. Aquí, allá y en aquél rincón habrá guardias de seguridad, los cuales, confío, serán cosa fácil para Pataki.

Lila levantó la mano.

–¿Dime?

–¿Tenemos que lastimar a esos pobres representantes de la Ley? –cuestionó Lila, entonando una dulce y triste pregunta.

Rhonda se cruzó de brazos y dirigió una mirada acusadora a Lila. Cómo metieron a esa chica en el grupo, ella no lo sabía. Observó a un lado, a la caja de cartón conteniendo una interesante colección de pistolas.

–Son armas de juguete –confesó–. Voy a robar un banco, no a matar gente.

–Oh, bueno; siendo así, no me opongo –sonrió Lila, satisfecha.

–Entonces... –Rhonda intentó continuar– ... vamos a comunicarnos por medio de nombres clave. Usar los nuestros sería una idiotez. Así que...

Rhonda comenzó a pasearse de aquí para allá, observando a sus amigas con aire pensativo. Se detuvo frente a Patty, la primera empezando desde la izquierda.

–Tú serás Miss Black –dijo Rhonda. Patty asintió.

–Tú serás Miss White –dijo Rhonda, pasando a Phoebe. Ella asintió.

–Tú serás... uhm... Miss Orange –dijo Rhonda, pasando a Lila.

–Tú serás Miss Pink –dijo a Helga.

–¿Por qué debo ser Miss Pink? –criticó Helga.

–Porque yo lo digo –puntualizó Rhonda–. Y yo seré Miss Red. Entonces¿estamos de acuerdo?

Hubo un asentimiento general, tras lo cual cada una tomó un arma de juguete de la caja.

–Bien... ¡Vamos allá! –dijo Rhonda, chocando sus palmas.

Varios minutos más tarde, un auto se estacionaba a una calle de distancia del Banco Central de Hillwood. Cuatro personas bajaron de él, mientras la denominada Miss Black alejaba el vehículo para disponerse a desconectar las cámaras.

Las cuatro personas procuraron parecer indiferentes mientras caminaban hacia el banco. Una junto a la otra, las cuatro chicas sincronizaban pasos mientras sus ojos escudriñaban el futuro inmediato tras los lentes oscuros. También llevaban trajes negros. Era casi como ver una escena de alguna película. Si uno se concentraba mucho, incluso podía escuchar una música de fondo.

Allí estaba el número treinta de Ronald Road. Allí estaba la entrada al Banco Central de Hillwood. Las chicas se detuvieron a un lado de la puerta y observaron al interior. Menos Miss Pink, quien esperaba la señal de Miss Black para entrar.

Bip–Bip–Bip–Bip...

Miss Pink tomó su localizador "Big Bob" y leyó el mensaje. LIMPIO, decía. Observó a Miss Red y asintió. Miss Red asintió a su vez.

Sacaron sus armas casi al unísono. Miss Pink dio un paso al frente y abrió la puerta de una patada, sorprendiendo a todos. Algunas personas gritaron. Los guardias, pasado el shock momentáneo, sacaron sus propias armas.

–¡Quietos¡Bajen las armas! –gritaron guardias y asaltantes al mismo tiempo.

Cuatro asaltantes contra tres guardias. Uno de ellos comprendió la desventaja y llevó su mano a su transmisor. Cuatro cañones se aprontaron a observarle.

–Nada de pedir ayuda –dijo Miss Red–. Bajen las armas. Ahora.

Procurando la seguridad de los clientes en el banco, los guardias comenzaron a obedecer.

Bip–Bip–Bip–Bip...

Miss Red miró a Miss Pink. Esta última se encogió de hombros y le echó una nueva mirada a su localizador.

–No dice nada –alegó.

–Apágalo –ordenó Red.

Mientras White, Pink y Red se encargaban de desarmar a los guardias, Orange apuntaba su arma distraídamente a los clientes en general.

–Oh, les pedimos mil disculpas, pero nos disponemos a asaltar este banco –explicaba entre sonrisas–. Verán, un par de amigas necesitan un dinero y, bien, creo que no les gusta trabajar demasiado. Señora, disculpe¿se siente usted bien?

Red acababa de atar y amordazar a su guardia. Echaba miradas a Orange y volvía a preguntarse quién la había invitado a la fiesta. En fin...

Bip–Bip–Bip–Bip...

–Te dije que lo apagaras, Pink.

–Lo apagué, Red.

–Apágalo mejor.

Pink tomó su localizador y lo dejó caer al piso, aplastándolo varias veces con un elegante zapato negro.

–¿Contenta?

–Sí –asintió Red–. ¿Todo listo? Bien... Vamos a la bóveda.

Dejaron a Orange y a White a cargo de los guardias y los clientes mientras Red y Pink obligaban al gerente a abrir la bóveda. Tras una combinación de muchos números, dos llaves de alta seguridad y un escaneo de retina, la enorme puerta de acero reforzado comenzaba la lenta rotación para dar paso al tesoro.

Pink quedó apuntando al gerente mientras Red entraba a la bóveda. Jadeó. Se dio el lujo de bajar sus lentes hasta la punta de su nariz y observar, azorada, el contenido de la habitación más segura en todo Hillwood.

–Oh... Oh... Oooh...

Oro. Pirámides de barras de oro.

Joyas. Paredes con miles de joyas.

Dinero. Montañas y montañas de sacos de dinero.

Red sonrió. Imaginó todo lo que podría hablar a Londres con eso.

Bip–Bip–Bip–Bip...

Dejo de sonreír y se volvió. Pink también se sintió interesada en su propia cadera, de donde colgaba un localizador "Big Bob" en perfecto estado. Pink y Red intercambiaron una mirada.

Bip–Bip–Bip–Bip...

Lentamente, Pink tomó el localizador.

Bip–Bip–Bip–Bip...

Observó el mensaje.

Bip–Bip–Bip–Bip...

Decía: CORRAN!

Red se aprontó a tomar un saco de dinero con cada mano. Pink le dio un golpe de arma al gerente, desmayándolo, y también tomó dos sacos mientras Red saltaba fuera de la bóveda.

Fuera de la bóveda, la policía estaba en todos lados. Atraparon a White y a Orange. Uno de los protectores de la ley se acercó a Red. Red dejó uno de los sacos y sacó su arma, apuntando directo a la cara de...

... Curly. Vestido de policía. Con las esposas listas en las manos. Y sonriendo.

Bip–Bip–Bip–Bip...

–Eres mía, Miss Red –sonrió Curly.

Rhonda gritó, gritó y, para no perder la costumbre, volvió a gritar. Se sentó velozmente en su cama y decidió que no le haría daño seguir gritando.

Bip–Bip–Bip–Bip...

De un manotazo, Rhonda apagó su caro despertador suizo, el cuál estaba sonando desde hacía rato. Luego Rhonda tuvo la interesante idea de dar un último alarido de terror antes de dejarse caer pesadamente de espaldas sobre el colchón, observando el techo de su elegante cama.

–Tengo que dejar de ver ese tipo de películas antes de irme a dormir –murmuró, afónica de tanto gritar. Volvió la cabeza a su despertador y recordó que tenía una cita en el número treinta de Ronald Road.

Maldijo por lo bajo y salió de la cama.

o–o–o–

En el número treinta de Ronald Road no había ningún banco. El banco estaba frente al número treinta de Ronald Road, y fue lo primero que vio Rhonda al bajarse del taxi que la llevó hasta allí.

Sintió un escalofrío y se volvió hacia el número treinta de Ronald Road.

Sintió otro escalofrío, pero mucho más intenso.

Vamos... Hay que hacer de tripas corazón, se dijo. Cerró los ojos, apretó los dientes y empezó a caminar hacia la entrada.

Helga Pataki esperaba en el interior. En realidad, ya se estaba cansando de esperar. Leía el libro de Olga mientras consumía distraídamente un Combo Desayuno Número 3 (dos waffles, una taza de café con leche y un paquete de jarope de manzana para los waffles). Fue cosa del Destino que sus ojos se desviaran de la lectura y se levantasen hacia la puerta en el momento exacto de ver a Rhonda Wellington Lloyd pasar por la entrada del local McRonald's en que se encontraba. Vio que llevaba los ojos cerrados, así que comenzó a contar, muy por lo bajo:

Tres... Dos... Uno...

–¡Ah!

Helga lanzó una risita y regresó a su lectura. Segundos más tarde, Rhonda tomaba asiento frente a ella en la misma mesa, sacudiéndose algunos papeles de su ropa.

–Nunca entres a un local de comida rápida con los ojos cerrados, princesa. No verás los botes de basura.

–No me hables –atacó Rhonda–. Debo haberme vuelto loca de remate... Venir a buscar trabajo... ... ... aquí.

Lo cierto era que aquella sucursal de McRonald's estaba buscando nuevas empleadas. Rhonda tenía sus muy significativas ideas al respecto, pero ya sabía que no le serviría echarlas al conocimiento público. No era que a ella le disgustase comer en McRonald's; de hecho, le gustaban las croquetas de pollo que allí se servían; pero de allí a TRABAJAR en McRonald's...

–No te quejes. Yo ya conozco este lugar –murmuró Helga en tono sombrío, lo que hizo que un recuerdo específico arribase a la mente de Rhonda.

–Oh, claro –sonrió ella–. Este es ESE local.

–Sí –contestó Helga, un tanto brusca.

La perspectiva de trabajar en aquel lugar junto a Helga de repente parecía más agradable a los ojos de Rhonda. Tal vez ahora ella podría burlarse, y no al revés.

–Bueno, hagamos esto antes de que me arrepienta –dijo.

Helga asintió y le dio la última probada a su Combo Desayuno Número 3, desechó los restos en la basura y puso la bandeja encima de todas las demás, justo sobre el cubo de basura. Habiendo hecho esto, las chicas se dirigieron hasta el mostrador y preguntaron a la cajera sobre el anuncio de nuevas empleadas.

Fueron dirigidas a través de dos puertas, un pasillo y otra puerta más. Rhonda se sintió como en casa; acababan de entrar en una amplia oficina, toda de madera, con un gran escritorio tras el cuál se sentaba un gran hombre. Hablaba por teléfono y se mostraba ocupado.

–Sí... sí... El Lunes a las tres. Ni un minuto más. No, no voy a pagar por esas servilletas. No es mi culpa que usted haya dejado dos cajas adicionales.

Helga también se sintió a gusto. Aquel hombre le recordaba a Big Bob.

El hombre colgó el teléfono y se reclinó en su asiento. Bajó la mirada y se topó con Rhonda y Helga.

–¿Sí? –preguntó.

–Venimos por el anuncio. Las nuevas empleadas, usted sabe –contestó Helga.

–Oh, eso. ¿Trajeron sus currículums?

Las chicas asintieron y extendieron al frente dos delgadas carpetas con toda la información que pudieron reunir en tan poco tiempo.

El hombre abrió primero el currículum de Rhonda. Apenas le echó una mirada y ya hizo el primer gesto de extraña sorpresa. Rhonda había pensado que causaría una mejor impresión si imprimía (valga la redundancia) su currículum en papeles de colores. No funcionó realmente.

–¿Su nombre es Rhonda Floyd? –preguntó el hombre.

–Rhonda Lloyd –corrigió ella. Se lamentó de haber usado una tipografía tan llena de curvas y adornos. Tal vez una Times New Roman o la clásica Arial hubieran venido de perlas.

El caso es que Rhonda no había escrito demasiado en su currículum. Sabía hablar cuatro idiomas (español, inglés, francés e italiano), pero dudaba que aquello fuera de interés en un local de comidas rápidas. Sabía usar computadoras; había motivos de fondo por los cuales ella era una experta en seguridad informática; y de todas formas no estaba seguro de que a alguien en McRonald's le interesase aquello.

Tampoco tuvo demasiada suerte a la hora de designar sus referencias: Nadine y ella ya no eran amigas, y además de Helga y de sus padres, todos sus amigos vivían más allá de las fronteras de Hillwood. No que sus amigos de infancia no siguiesen siendo amigos, pero Rhonda había intentado darle más estatus a su informe.

El hombre cerró el currículum de Rhonda con un gesto que le decía a la chica que no lo había logrado. Lo hizo a un lado y procedió a abrir el de Helga.

Helga cerró los ojos y esperó el golpe. Su currículum estaba escrito en papel blanco común, con tipografía Arial a tamaño agradable, pero apenas comenzara a leer, ese hombre jadearía, levantaría la mirada y...

El hombre jadeó. Levantó la mirada.

–¿Pataki¿Es usted algo de Olga Pataki?

Rhonda ya se estaba sonriendo, olvidando momentáneamente su fracaso como escritora de currículums. Helga maldijo para sí misma.

–Soy su hermana...

–Oh... ¡Oh! –el hombre se puso de pie y rodeó el escritorio. Le estrechó la mano vigorosamente a Helga–. Es un verdadero honor conocer a un familiar directo de Olga Pataki. ¡Un verdadero honor¿Y pretende seguirle los pasos a su hermana? Eso es devoción.

–Eso es desesperación –susurró Rhonda para que sólo Helga lo escuchase.

–¡Claro que tendrán trabajo! Cualquier pariente de Olga Pataki es pariente de la gran familia de locales McRonald's. ¡Vengan, vengan! Les mostraré el lugar...

Sin tener tiempo para replicar, el hombre las condujo al centro mismo del edificio.

o–o–o–

Exactamente veinticuatro horas más tarde, Rhonda y Helga ya se encontraban vistiendo el uniforme oficial de McRonald's, con minifalda, trabajando.

Aquí se ha hecho un injustificable salto en el tiempo. Muchas cosas ocurrieron desde el momento en que aquel hombre (cuyo nombre resultó ser Ronaldo McDonell, vaya uno a saber a causa de qué función del Destino) condujera a las chicas al corazón del local McRonald's hasta el momento en que Helga y Rhonda atendían por primera vez sus respectivos puestos de trabajo; pero narrar todo aquello hubiera significado agregar incontables hojas de texto que, a la larga, hubieran terminado por aburrir y/o saturar al lector.

Lo que se puede ofrecer, eso sí, es una lista con los detalles más destacables:

Helga y Rhonda entraron a las cocinas.

Rhonda saltó, aterrada, hacia afuera.

Helga insistió en que el olor a frituras sólo se quedaría en su rostro y ropas.

A Rhonda no le hizo gracia.

Las chicas debieron pagar sus propios uniformes, por lo que gastaron gran parte del dinero ganado la noche anterior.

A Rhonda tampoco le hizo gracia.

El señor McDonell explicó a las chicas cómo se preparaban los menús de McRonald's.

A Rhonda definitivamente no le hizo gracia.

Todas las personas que Helga encontraba la felicitaban por su hermana.

A Rhonda le hizo mucha gracia eso. A Helga, no.

Al día siguiente, Helga y Rhonda fueron separadas en trabajos diferentes.

Rhonda fue destinada a atender el Pida–Al–Paso de McRonald's.

Eso le hizo muchísima gracia a Rhonda. Nadie le prestaría atención allí.

Helga fue sentenciada a cadena perpetua tras la caja registradora.

Y no la hubiera pasado tan mal, de no ser por la compañía con la que contaba.

La compañía propiamente dicha era un retrato. Un pequeño cuadro de unos veinte centímetros de ancho por treinta de altura, el cuál era habitado por una fotografía. Helga mantenía la vista siempre al frente al atender a los clientes, y siempre miraba a su izquierda para darle los pedidos a sus compañeros de cocina; a veces miraba hacia atrás para enfocar mejor su atención en ellos.

Pero no se atrevía a mirar a la derecha.

No quería ver ese cuadro. Lo odiaba. Allí estaba ella, en la foto, sonriendo como siempre y vistiendo el uniforme de McRonald's. Al pie del cuadro se hallaba una placa conmemorativa con la siguiente leyenda:

EN HONOR A OLGA PATAKI
HEROÍNA DE McRONALD'S DURANTE
LA SEMANA DEL TRES POR UNO
JULIO DE 1990

Aquello no tendría que ser una leyenda urbana. Aquello fue cierto. Una hazaña de tales proporciones que, a pesar de su veracidad, pasó a leyenda y es recordada dondequiera que dos o más personas compartan una hamburguesa con papas fritas.

Olga Pataki escribe acerca de ella en el libro El Camino Seguro a la Independencia Económica, narra y demuestra que la devoción por cumplir un objetivo es más fuerte que la adversidad, y el hecho de haber usado un local de comida rápida para demostrar el punto no es otra cosa que un toque de originalidad que hizo del libro algo nuevo para el lector.

La historia en sí se encuentra en el capítulo 2 de este libro, bajo el título "Creatividad y Fuerza de Trabajo", y se basa en un hecho que sacudió la historia de locales de comida desde sus propios cimientos. La leyenda de cómo un desconocido negocio de comida se volvió el hito de Hillwood.

La Leyenda de la Heroína del Tres–Por–Uno.

Dice, más o menos, así:

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Ocurrió en un lejano mes de Julio, allá por el año 1990. Los locales McRonald's acababan de llegar a Hillwood e intentaban hacerle competencia a sus adversarios directos (Burger Queen, Windy y el mítico Bumper Nick).

La gran guerra de publicidad no era la mejor área de McRonald's, y como eran un lugar nuevo necesitaban empleados a montones. Muchos jóvenes emprendedores acudieron a las puertas de McRonald's para solicitar trabajo.

Entre ellos, una joven damita hizo su aparición. Su nombre: Olga Pataki.

Olga tenía alrededor de dieciséis al momento de obtener el empleo, pero eso no le importaba demasiado al señor McDonell, gerente de ese local McRonald's desde aquellos primeros años. Lo único que buscaba era una promoción que derribe a la competencia. Él sabía que la comida que se servía en su local era tanto o más buena que la de los demás, pero la gente estaba acostumbrada a los otros sitios. Había que buscar la forma de atraer clientes.

Fue una noche que, según la leyenda, tuvo un sueño profético en el que una hamburguesa gigante anunciaba la venida del Salvador: una promoción única como nunca se había visto. Ya se sabía de las clásicas ofertas Dos–Por–Uno pero¿por qué contentarse con eso? Él podría ofrecer mucho más.

Así, a la mañana siguiente, el señor McDonell hizo imprimir carteles con una nueva promoción. Por toda una semana, la gente podría consumir tres de cualquier producto y abonar apenas uno de ellos.

La Semana del Tres–Por–Uno.

Lo que ocurrió en resultado de hacerle caso a una hamburguesa de sueños casi se transforma en un desastre. Exactamente veinticuatro horas después de lanzada la promoción, las puertas de McRonald's se abrieron para recibir a una avalancha de gente hambrienta y deseosa de ahorrar. Lo que en un primer momento pareció ser la mejor campaña publicitaria de todos los tiempos, pronto tuvo un lado demasiado oscuro para ser nombrado: había más gente de la que debería, y los pedidos eran demasiados para los pocos empleados de McRonald's en aquel entonces.

Poco después del mediodía, el señor McDonell, desesperado, entró a las cocinas y se puso él mismo a preparar hamburguesas. Los empleados, todos ellos jóvenes emprendedores, preguntaron ante aquella actitud tan inusual. El señor McDonell explicó la gravedad del asunto y dijo que no se alcanzaría a satisfacer a todos los clientes. La comida estaba allí, pero eran muy pocos los que podían prepararla.

Algunos afirman que el señor McDonell, entre plato y plato, rogaba ayuda a una hamburguesa divina. Muchos pensaban que estaba enloqueciendo, lo cual era verdad, pero sólo uno escuchó un ruego muy particular.

El señor McDonell había dicho, así porque sí: "McRonald's cerrará si no podemos satisfacer a los clientes, y lo más probable es que esta promoción sólo traiga pérdidas. No sé en qué estaba pensando cuando puse el Tres–Por–Uno... Necesitamos un verdadero milagro para salir de ésta."

Y fue Olga Pataki quien oyó el ruego.

Habían pasado cuarenta y ocho horas desde el inicio del Tres–Por–Uno. Las pérdidas ya se podían preciar. Los sueldos se irían de la perspectiva futura. Igual que McRonald's.

Olga no iba a permitirlo. Así era ella.

Aquella noche, Olga permaneció despierta, estudiando libros de cocina. Luego practicaba recetas mientras investigaba en libros de mercadotecnia y pensaba nombres para los nuevos platillos. Big Bob y Miriam despertaban sobresaltados y echaban miradas en la cocina sólo para ver a Olga fritando, cociendo, hirviendo y horneando. Al principio, Bob se molestó mucho por no dejarlo dormir, pero se alegró muchísimo cuando Olga le explicó que intentaba salvar un negocio y hacerlo más rentable. Eso ya era hablar el idioma del Rey de los Localizadores.

El tercer día del Tres–Por–Uno empezó con una sorpresa para el señor McDonell. Había un olor muy diferente en la cocina de su local, y eso se debía a que Olga había explicado a los demás empleados a preparar los nuevos menús y platillos. Al mismo tiempo, por todo el comedor había carteles confeccionados por Olga en los que se anunciaban cosas como "Si le gustaron nuestras hamburguesas¿por qué no prueba nuestras croquetas de pollo?" y "Añada $0,50 a su Tres–Por–Uno y llévese un refresco mediano".

La gente era muy fácil de inducir a comprar, siempre que se hablase el idioma adecuado. Eso había leído Olga en uno de los libros de Mercadotecnia, y le estaba funcionando muy bien. Los carteles anunciaban recetas especiales que no requerían muchos ingredientes y que resultaban satisfacientes hasta para los estómagos más exigentes, lo que hacía que la gente pidiese menos comida y terminase pagando más. Las promociones de "Agregue $0,50" fueron también un éxito, y obligaban indirectamente a la gente a pedirlos.

Tras un día de promociones, el señor McDonell estaba en las nubes.

–¡Esto es fabuloso! –había dicho a sus empleados–. Hoy no hemos tenido pérdidas, y todo gracias a estas ideas. ¡Mañana lo haremos mejor!

Pero "Mañana" fue algo inesperado. Por algún movimiento del Destino, cinco de los empleados debieron ausentarse del trabajo a causa de enfermedad, accidentes mínimos y, en uno de los casos, una novia muy celosa que alegaba que su novio prefería las hamburguesas a ella. El local funcionaría más despacio y habría pérdidas.

La frase correcta es Hubieran Habido Pérdidas, ya que Olga sacó energías quién sabe de dónde y dio su mejor esfuerzo para ocupar los trabajos de los cinco ausentes. Llegó a un punto en que ella sola atendía las cajas, entregaba pedidos que ella misma cocinaba al paso y hasta limpiaba los pisos al tiempo que retiraba las bandejas sobre los cubos de basura y le hacía gestos graciosos a un bebé que una señora trajo al local.

Para cuando la mítica semana del Tres–Por–Uno terminó, los resultados fueron impresionantes. En un principio, la idea resultaba trágica; pensar en todo lo que se perdería. Pero no fue así. De alguna forma inexplicable, la cuál sólo puede ser atribuida a una burocracia Celestial, McRonald's había alcanzado la cima, dejando debajo a sus competidores.

Olga debió permanecer en cama por dos días completos para reponerse de semejante semana, y cuando regresó a trabajar se le brindó una fiesta sorpresa y se colgó un cuadro con placa en conmemoración a su impresionante labor. Ser Empleada del Mes era muy poca cosa para alguien como Olga Pataki.

Así nació la leyenda. La Leyenda de Olga Pataki: la Heroína del Tres–Por–Uno.

o–o–o–

Helga no quería mirar ese cuadro. No lo haría. El sólo hecho de que una imagen inerte de Olga le observase le daba escalofríos.

–Bienvenido a McRonald's, mi nombre es Helga¿en qué puedo ayudarle? –recitó, aburrida, a un niño que no parecía entender el concepto de leer el enorme menú luminoso sobre las cajas.

–Quiero una malteada de leche.

–¿De qué sabor?

–De leche –repitió el niño.

–Tenemos malteadas de leche, pero con un sabor agregado –explicó Helga.

–¿Eh? –se sorprendió el niño.

No me merezco esto, pensaba Helga. Bueno, tal vez un poquito.

–Quiero decir –intentó adoptar una actitud serena– que tenemos muchos sabores de malteadas de leche. Tenemos Chocolate, Fresa, Banana, Tutti Fruti, Caramelo, Manzana, Kiwi y el nuevo sabor Sandía. Ahora¿cuál quieres?

El niño pensó por un momento.

–Quiero una malteada de leche.

Helga dejó caer su cabeza sobre la caja registradora, gimiendo su derrota.

o–o–o–

Rhonda también tenía algunos problemas. Atender el Pida–Al–Paso de McRonald's era técnicamente agradable: permanecía sentada y hablaba con los clientes mediante un micrófono, lo que le recordaba mucho a hablar por teléfono y hacía que se sintiese más a gusto. El problema era que los clientes no lograban convencerla de que anotase sus pedidos.

El Pida–Al–Paso suponía una forma rápida de obtener comida que, de por sí, ya era bastante rápida. Los autos marchaban junto a un menú dotado de una bocina y un micrófono y hacían sus pedidos para ser recibidos más adelante. La dificultad en esto residía en que lo que los clientes pedían no era lo que Rhonda les aconsejaba.

–Quiero una hamburguesa triple con queso, papas grandes y un vaso de soda de naranja jumbo –se escuchaba la voz en el parlante de Rhonda.

Aquí ella debía preguntar si deseaba agrandar el menú por cincuenta centavos, o bien desearle al cliente un buen día pese a cualquiera que sea el clima real del exterior; pero Rhonda era muy original al respecto:

–¿Va a comer todo eso? –decía, espantada–. ¿Sabe cuántas calorías tiene una hamburguesa triple¡Y papas grandes!

–Eh...

–Se lo digo en serio. He estado en las cocinas y sé de lo que hablo. ¿Tiene idea del porcentaje de grasa saturada en una hamburguesa con papas?

–Nnnnnno...

–Mire, usted tiene la voz de una mujer que no sabe lo que quiere –continuó Rhonda–. Supongo que usted se preocupa por su figura.

–Sí... eso creo.

–¿Y va a hacerlo comiendo en McRonald's?

–Eh... No sé. No tengo idea.

–Por eso estoy yo aquí –Rhonda adoptó una voz calmada y complaciente–. Le diré lo que haremos: yo le recomiendo a usted un menú saludable y usted lo acepta. ¿Bien?

–Eh...

–¿Bien? –insistió.

–B–Bien...

–Así me gusta. Ahora, escuche...

o–o–o–

–Muy bien... –Helga inhaló y exhaló un par de veces–... Veamos que hemos aprendido hoy. ¿Qué es lo que quieres?

El niño frente a la caja registradora observó a lo alto desde su baja posición. Parpadeó.

–Quiero una malteada de leche.

–¿Y qué es lo que te he dicho hasta ahora? –Helga murmuró, casi entre dientes.

El niño volvió a parpadear.

–Que tengo que elegir un sabor.

Helga asintió. –Muy bien. Ahora dime los sabores que existen en McRonald's.

El niño desvió la mirada, confundido, y luego volvió a observar a Helga.

–Tienen... Chocolate, Fresa, Banana, Tutti Fruti, Caramelo, Manzana, Kiwi y el nuevo sabor Sandía.

–Exacto, así me gusta... Y ahora –Helga puso mucho énfasis en lo que dijo a continuación–¿De qué sabor quieres tu malteada?

El niño mantuvo una mirada inexpresiva en Helga durante los segundos que pasaron, y la chica ya podía ver la inminente respuesta formándose en ese pequeño cerebro quemado por tantas series de Animé.

–Quiero una malteada de leche. Por favor –añadió el niño.

Helga procuró no emitir opinión, a menos que desease que aquel niño aprendiese algunas palabras nuevas e interesantes.

o–o–o–

Rhonda comenzaba a pescarle el truco al asunto. Ya podía atender a sus clientes mientras su mirada y atención se enfocaban en pasarle lima a sus inmaculadas uñas. Hasta el momento había conseguido que dieciséis personas cambien sus deseos de grasientas hamburguesas con papas fritas por algo más equilibrado como, por ejemplo, ensaladas y croquetas de pollo.

Rhonda era consciente de que las croquetas de pollo eran frituras, pero McRonald's había incorporado desde hacía tiempo la nueva línea de croquetas horneadas. Era parte de la promoción Coma Sano en McRonald's, que incluía combos de ensaladas y jugos exprimidos al natural.

A pesar de que otros veintitrés clientes habían optado por dejar de conversar y conducir hasta un puesto de comida rápida con una interlocutora menos exigente, Rhonda consideró que haber ayudado a dieciséis de ellos a elegir correctamente entraba en la lista de las buenas acciones de la semana. Ella se sentía muy orgullosa al respecto.

–Bienvenido a McRonald's¿puedo recomendarle un Combo Ensalada Número 5? –dijo distraídamente mientras le daba una mirada crítica a la uña del dedo gordo de la mano izquierda.

o–o–o–

–Sólo quiero una malteada de leche –rogó el niño.

Helga estaba que trinaba. Si aquel mequetrefe hubiese tenido unos años más, ella ya le habría propinado cuatro motivos para elegir sabor; uno por cada nudillo de su puño cerrado.

–¿No lo entiendes? No. Tenemos. Malteadas. De. Leche –insistía Helga.

–Pero si tienen malteadas de leche de Sandía... ¿por qué no le quitan la Sandía, y así tendría malteada de leche sola?

La paciencia de Helga estaba llegando a un pico de alta tensión.

–Escucha –dijo, ya harta de todo el asunto–, las reglas de McRonald's dicen que solamente puedes elegir una malteada de leche de algún sabor agregado, y no una malteada de leche sola. No hay malteadas de leche sola. No las hay, no las hubo, no las habrá; así que será mejor que elijas uno de los sabores.

El niño escuchó toda la explicación y asintió con lentitud. Miró a un lado y pronto pensó en un sabor.

–Quiero una malteada de limón –sonrió a Helga.

Helga mantuvo una mirada que lanzaba puñales en dirección al niño. Dio media vuelta y se acercó a la ventanilla de pedidos.

–Mike, sale una malteada de leche sola –murmuró.

–No hacemos malteadas de le...

Helga metió ambos brazos por la ventanilla y puso cara a cara a Mike, cocinero a cargo.

–Ahora las hacemos –gruñó Helga–. Hazlo, o yo misma entraré a esa cocina, prepararé la maldita maleada y luego te la haré sorber por la nariz.

Hubo una pausa, muy corta, tras la cual Mike recapacitó.

–Sale una malteada de leche sola...

o–o–o–

–... Es lo que yo digo, señora; la comida no es mala pero, seamos honestos¿debe tener tantas calorías¿Hola¿Sigue ahí?

Rhonda escuchó el abrumador silencio que provenía de su bocina. Otra clienta que no aceptaba las más que justificadas opiniones de Rhonda Wellington Lloyd.

La chica suspiró y se reclinó en su asiento, observando el techo de su pequeña habitación mientras esperaba a un nuevo cliente. Hasta ahora el trabajo había resultado muy fácil, aunque comenzaba a aburrirse.

Olisqueó su brazo derecho. Apestaba ligeramente a frituras. Rhonda decidió que la primer cosa que haría al llegar a casa sería darse una merecida ducha. Tal vez un baño de espuma con sales importadas de China y Japón. Phoebe le había regalado algunas para su último cumpleaños, y aún le quedaban tres paquetes.

Qué aburrimiento...

Volvió la mirada al cielo raso. Se preguntó cuántas rajaduras había allí arriba.

Ochenta y dos, como la última vez que miraste, se respondió a sí misma.

Golpeteó el micrófono. ¿Estaría funcionando?

Se oyó el suave rugido de un auto acercándose al Pida–Al–Paso. Al fin, pensó Rhonda. Se aclaró la garganta, lista para todo.

Para todo, menos para lo que pasó.

o–o–o–

Helga mantenía la vista a su izquierda, decidida a no volverse a la derecha por nada del mundo. Sentía que la figura de Olga se reía de su situación con aquel mocoso y su malteada de leche.

–Helga...

La mencionada volvió la vista al frente y entonó su canción pre–grabada.

–Bienvenido a McRonald's, mi nombre es Helga¿en qué puedo...?

Reparó en la mirada de absoluta incredulidad que Phoebe, frente a ella, le estaba regresando.

–¿Trabajas aquí? –preguntó ella.

No, sólo me vestí con minifalda y salté al otro lado del mostrador con el único motivo de ver cómo se siente ser la persona más desgraciada del Universo.

Phoebe asintió. Aquello ya sonaba más como la Helga Pataki que ella conocía.

–Sí, Phoebe... Trabajo aquí –admitió Helga–. No está tan mal... ¡Pero si vienes a pedirme una malteada de leche, yo te...!

–¡No vengo a pedir eso! –Phoebe se echó atrás. Helga se calmó.

–Perdón, perdón... Tuve un mal día, y apenas estaba empezando.

–Sí, está bien.

–Bueno, entonces... –Helga volvió a su rutina–¿Qué puedo hacer por ti?

–Uhmm... –Phoebe escudriñó el menú sobre las cajas–... Quiero seis hamburguesas Coloso, cuatro órdenes de papas medianas y seis vasos de soda de limón, cuatro medianos y dos Jumbo.

Helga lanzó una risita de indignación.

–Phoebe, no tienes que pedir todo eso para disculparte por lo de la otra noche.

–No es eso...

–Tampoco para hacerme sentir mejor.

–No, Helga... No vine sola.

Helga y Phoebe mantuvieron la mirada fija la una en la otra. Luego Helga decidió olvidar sus sentimientos negativos y miró a la derecha. Allí, más allá del horrendo cuadro de Olga, cinco de sus amigos le observaban en sorpresa.

Gerald, Sid, Nadine, Harold y Stinky.

–Oh –dijo Helga–. Bien. Salen seis hamburguesas Colosso, cuatro órdenes de papas medianas y seis vasos de soda de limón, cuatro medianos y dos Jumbo. Y diles que puedo agrandarles el menú por cincuenta centavos y que puedo agrandarles los ojos de un buen golpe si llegan a mofarse de mí.

–Diciendo...

Helga pasó el pedido a Mike, y cuando regresó su atención a Phoebe ella se veía preocupada.

–¿Dónde está Rhonda? Supongo que... trabajan juntas.

–Sí, ella atiende el Pida–Al–Paso.

Helga vio cómo Phoebe se mordía el labio inferior. Por una fracción de segundo tuvo una clara visión de lo que eso podía llegar a significar. Deseó enormemente estar allí para presenciar el espectáculo.

o–o–o–

El automóvil se detuvo frente al menú del Pida–Al–Paso. Rhonda sonrió y dio lo mejor de sí.

–Bienvenido a McRonald's¿puedo recomendarle un Combo Ensalada Número 2?

El vehículo permaneció detenido, pero nadie respondió. Rhonda intentó de nuevo.

–Bienvenido a McRonald's¿puedo recomendarle un...?

–¿Rhonda?

–¿... Combo Ensa... lada...?

No, pensó (mejor dicho, rogó) Rhonda. No, no puede ser él.

La voz al otro lado del auricular parecía sonreír.

–Hamburguesa con queso, por favor. Si es queso Cheddar, mejor.

Rhonda comenzó a sudar. De todos los Pida–Al–Paso de todos los locales de comida rápida de todas las ciudades de todo este enfermo mundo, él tuvo que venir directamente al mío, pensó, aterrada.

Existe otra leyenda en McRonald's. Mucho más reciente que la de Olga y que no aparece en su libro. Una leyenda algo tétrica.

Narra acerca de un cliente que no estaba conforme con nada y que su sola presencia causaba miradas preocupantes en su dirección de parte de todos los presenten en el comedor.

Un cliente que protagonizó un absoluto escándalo que involucraba una protesta informal sobre las diferencias de tamaño entre la gran hamburguesa de las fotos y la pequeña hamburguesita que se servía en realidad. Un cliente que amenazó a punta de botella de ketchup al propio señor McDonell, demandando igualdad de tamaños entre hamburguesas publicitarias y reales. Un cliente que fue vetado de entrar a cualquier local McRonald's del mercado, y que por esa razón debió usar el Pida–Al–Paso desde aquel entonces y para siempre.

El mismo cliente que Rhonda estaba atendiendo en aquellos mismos instantes.

Thaddeus "Curly" Gammelthorpe.

De hecho, en el extremo opuesto del comedor, exactamente en la pared contraria al retrato de Olga, sobre la barra del mostrador, había una fotografía de Curly en toda su maligna magnitud de sonrisa, bajo la cual se podía leer la siguiente leyenda:

THADDEUS "CURLY" GAMMELTHORPE
VETADO DE POR VIDA
¡NO ATIENDA A ESTA PERSONA

El hecho de no tener auto no molestaba a Curly. Él simplemente caminaba junto al Pida–Al–Paso y hacía su pedido. Pero ahora, con diecisiete años encima, Curly había obtenido su licencia de conducir para principiantes, aunque él no fuese de la clase de personas que realmente espera ser acompañado a la hora de conducir. Dondequiera que sus pies se posasen sobre un pedal de acelerador, las ardillas se aprontaban a escapar del bramido del motor rugiendo por la libertad de las carreteras.

Y ahora estaba allí, separado de Rhonda por una pared y comunicados apenas por micrófonos.

Como si Curly fuese un presidiario, pensó Rhonda. La única diferencia es que jamás en toda mi existencia hubiera ido a visitarlo.

Valor, Rhonda... Él está afuera. Tú estás adentro.

–Mira, Curly... –comenzó ella.

–Dime, mi bomboncito.

Rhonda hizo un gesto de asco.

–Escúchame bien, engendro; no sé qué clase de broma Universal es esta, pero ya no me divierte. Yo trabajo aquí y tú eres un cliente más, así que dame tu pedido y aléjate de ese micrófono. Ahora¿qué vas a pedir?

–¿Qué te parece salir el Sábado?

–Qué vas a pedir de comer, imbécil.

–Tus bellos labios.

Rhonda puso una mano en el micrófono mientras maldecía a diestra y siniestra. Quitó la mano y volvió a probar.

–Curly, o haces tu pedido y te largas o llamo a Seguridad, y mejor apuestas a que te echan de una buena patada. No eres desconocido, aquí.

–Bien, por ser tú pediré el Combo Enamorados.

–Sale un Combo Enamorados –gruñó Rhonda al micrófono de pedidos.

–Podemos compartirlo más tarde –sugirió la voz de Curly.

–No. Te lo vas a tragar tú solito.

–¿Por qué no podemos compartirlo? Ya debes saber que el Combo Enamorados consta de dos hamburguesas con forma de corazón, con papas con colorante rosado y dos vasos de malteada de fresa. Todo para compartir.

Rhonda maldijo, pero esta vez no cubrió el micrófono.

–No vamos a compartir nada. Yo estoy adentro y tú estás afuera, y sabes bien que no puedes entrar.

–Claro que no puedo entrar –dijo Curly, y aquella voz indicaba que estaba sonriendo como un maniático–, pero tú deberás salir, tarde o temprano.

Los ojos de Rhonda se hincharon del susto.

–¡No te atrevas a...!

–¡Ah! Allí está mi pedido. ¡Nos vemos, Cielito!

–¡Curly¡Curly, no me esperes afuera¡¡Curly!

Nadie respondió. Rhonda observó a su alrededor, a su pequeña habitación, y nunca se sintió más atrapada.

o–o–o–

–Qué raro, los pedidos de Combos Ensalada han aumentado mucho desde que la chica nueva está en el Pida–Al–Paso –comentó Mike.

A Helga no le sorprendió, pero ignoró a su compañero para conversar con Phoebe.

–Curly¿eh? –dijo.

–Eso no le va a gustar a Rhonda –murmuró Phoebe.

–Oh, déjala... Ya se acostumbrará. Ah, aquí llega el pedido.

Phoebe tomó una de las dos bandejas colmadas de comida. Gerald se acercó para llevar la segunda. Helga los observó marcharse y, una vez sentados, su mirada se enfocó en el cuadro de Olga.

Helga frunció el ceño y se volvió. A la distancia podía verse el cartel de Curly.

Sonrió. Se preguntaba qué estaría haciendo Rhonda en aquellos momentos.

o–o–o–

En aquellos momentos, Rhonda estaba desesperándose. ¿Por qué debía pasarle todo eso¿A qué deidad se le ocurrió la brillante idea de poner a dos entidades como Rhonda y Curly en la misma ciudad? Mejor dicho, en el mismo continente.

Curly no podría quedarse toda la noche esperando, pensaba Rhonda. Y si lo hace, en algún momento tendrá que ir al baño, dándomela oportunidad de salirme.

¿Y si no lo hace?

No, por supuesto que lo hará. Todo el mundo va al baño.

Rhonda atendió a otros tres clientes, a los cuales no les recomendó Combos Ensalada ya que se encontraba enfrascada en sus propios asuntos de seguridad interna. Miró el reloj de pared que le hacía compañía y observó que aún le quedaban dos horas de trabajo.

Dos horas... Tengo tiempo para pensar en un plan, se dijo.

o–o–o–

Dos horas y veinte minutos más tarde, Rhonda seguía pensando.

–Cuidado con ese trapeador, princesa –criticó Helga mientras observaba desde detrás del mostrador.

Rhonda ya había terminado su turno, pero no podía salir. Mejor dicho, no quería hacerlo. Podía divisar a Curly desde el interior del local, esperando sentado en su auto en la puerta del establecimiento. Rhonda pidió al señor McDonell hacer horas extra limpiando pisos (así de desesperada estaba), por lo que Helga había pedido horas extra en la caja registradora sólo para divertirse viendo a Rhonda.

Por fortuna, sus amigos ya se habían marchado. Ver a Rhonda fregando el piso con trapeador era algo más impresionante que presenciar el aterrizaje de un platillo volador con seres extraterrestres que lanzaban diamantes a modo de introducción. El hecho de que el uniforme de Rhonda incluía minifalda lo hacía todavía más impresionante.

En forma directa, el caso podría resumirse así: "¡No me lo vas a creer, Johnny¡Fui a los Himalayas y me topé con el Yeti!", "¿Sí? Yo fui a McRonald's y me topé con Rhonda Lloyd limpiando el piso en minifalda".

–Ahí te quedó una mancha... –Helga señaló distraídamente a un rincón.

–No te burles, Pataki. Estoy siendo acosada por ese desgraciado todo–terreno de Curly. ¿Cómo hace para estar en el lugar incorrecto en el tiempo incorrecto?

Le dolía la espalda. Una sola vez en toda su vida Rhonda había tomado un trapeador para limpiar el piso. Era un trapeador de juguete y ocurrió en el kindergarten (jardín infantil), y tampoco le había gustado aquella vez. De tanto en tanto echaba una mirada al exterior y se enfadaba al ver a Curly esperando en el auto.

–Podría ser peor, princesa. Imagínate si no estuviese vetado.

Rhonda lo imaginó. Se estremeció visiblemente y continuó fregando. Tratando de fregar, es decir.

Si hubiese una forma de distraer a Curly...

El trapeador de Rhonda se detuvo. Una distracción. Sí, eso era. Pero¿qué clase de distracción¿Qué en este mundo haría que Curly enfocase su atención en otra cosa que no sea Rhonda?

Rhonda pensó en profundidad, pero descubrió que no conocía demasiado acerca de Curly. Nunca se esforzó en saber demasiado.

–¿Preocupada, princesa? –preguntó Helga luego de atender a otro consumidor de grasa en forma de hamburguesa.

–¿Eh? Sí, claro que estoy preocupada. ¿En qué rayos lo notaste?

Helga se encogió de hombros.

–Tal vez en el hecho de que tienes un pie en la cubeta.

Rhonda miró hacia abajo. Así que por es sentía un escalofrío. Se alegró de no haber llevado sus botas Caprini a su nuevo trabajo. No habría manera de que ella se permitiese el lujo de tener botas con olor a frituras.

Quitó el pie del agua y observó a su alrededor. Varios clientes miraban en su dirección, la mayoría sonriendo o riendo por lo bajo. Rhonda se ruborizó, ya estaba bien de humillaciones. Dejó a un lado el código de honor y se acercó a Helga.

–¡Hola, bienvenida a McRonald's! –Helga sonrió y se mofó de ella–. ¿En qué puedo servirte?

Rhonda le dirigió una mirada que podría congelar un incendio. Helga mostró la mejor sonrisa estúpida que se alojaba en su ser.

–Basta –dijo Rhonda–. Necesito que me ayudes. ¿Sabes qué podría distraer a Curly?

o–o–o–

Curly esperaba afuera, en su auto. Era bueno para esperar. Tenía todo el tiempo del mundo. Nada lo sacaría de allí. Incluso discutiría con la policía si intentaran moverlo de su puesto.

Pero no hacía falta la policía. Una melodía llegó a sus oídos; el tema de presentación de "La Dimensión Desconocida". Curly tomó su celular y atendió el llamado.

–¿Sí, qué pasa?

Al otro lado del teléfono, una voz levemente asmática le transmitió un mensaje. El puño de Curly aferrando el volante apretó con fuerza.

–¿Qué, de... de verdad? –su voz sonaba emocionada–. ¿Estás seguro¿El Pentágono?

La voz jadeante afirmó.

–Bien, bien... yo... eh... Veré qué hago –dijo Curly. Terminó la llamada y observó a las puertas de McRonald's.

Allí estaba Rhonda en minifalda. Por la mente retorcida de Curly se equilibraban dos prioridades supremas: Rhonda y aquello que acababa de escuchar.

Oh, bien... Siempre podría buscar a Rhonda más tarde.

Desde el interior de McRonald's, Rhonda respiró aliviada al ver alejarse a Curly.

–Ese fue un truco sucio –comentó a Helga.

–¿Qué, no te gustó? –respondió ella, colgando el teléfono y aclarándose la garganta. Siempre le ardía luego de imitar a Brainy.

–Me encantó –sonrió Rhonda.

Para comprender mejor lo que acaba de ocurrir es necesario hacer una revisión a los grupos estudiantiles de las secundarias de Hillwood. Está el grupo de Ciencias (con Phoebe a la cabeza), el grupo Deportista (Gerald y Stinky comparten el podio), el grupo de Nerds (Eugene era parte importante de él, hasta que aceptó ser novio de Sheena) y, por supuesto, el grupo de Matones, Abusadores y Chicos Malos (Harold se mezcla entre ellos de vez en cuando. No hace falta tener mucho cerebro para entrar).

Pero sólo los miembros de cada grupo comprenden que existen subgrupos definidos en cada área. Los Deportistas se subdividen de acuerdo a la agresividad del deporte que practican, los de Ciencia están ordenados por tipos de estudio, y los Nerds tienen sus propias subdivisiones.

Enfoquemos la atención en una de estas ramas de los Nerds. Todo el mundo conoce a un Nerd: personas pálidas, con lentes, leen mucho, no entienden nada de deportes, llevan una calculadora (científica) en el bolsillo y saben usar las computadoras con un instinto comparable únicamente con las tortugas recién nacidas que avanzan inequívocamente hacia el mar.

Pero de entre todas sus subdivisiones, existe una con apenas dos miembros.

Brainy era algo así como el cerebro de la operación, pero Curly era quien ponía el empeño y las ideas. No se odiaban mutuamente, pero tampoco se admiraban. Eran una pareja que tardó en ser descubierta, y sus mentes juntas se acoplaban como un perfecto juego de rompecabezas.

Brainy y Curly... los dos únicos Hackers del grupo de Nerds.

Ambos tenían ese estilo. Brainy se movía envuelto en un silencioso misterio. Helga podía dar mucha evidencia a la causa. Curly tenía ese aire sicótico que siempre le impulsaba a ir por más. Uno y otro descubrieron que podían valerse de ayuda mutua para hacer de las suyas. Brainy no era malvado ni mucho más, pero cuando se le ponía en frente una computadora conectada a Internet... bueno, simplemente no sabía dónde parar.

Curly era un caso aparte. Si él podía encontrar nuevas formas de fastidiar, no dudaría en usarlas.

A lo largo de tres años de ayuda mutua, el equipo de hackers de la secundaria había conseguido entradas gratis para varios recitales de ultralimitado cupo; habían conseguido "deslizar" mensajes jocosos en los portales más importantes de la Red; incluso habían logrado que un comando SWAT irrumpiese en la casa del director de la secundaria tras haberles puesto una amonestación por una serie de textos indebidos en lugares públicos del edificio educativo.

Increíblemente, ni Brainy ni Curly usaron jamás sus dotes de hackers para entrar en la computadora del secundario y cambiar las calificaciones. Los motivos son desconocidos y nadie nunca se atrevió a preguntar. Quizá fuera lo mejor.

Pero ahora... ahora estaban dispuestos a lanzarse de lleno al gran desafío. Ocurrió un día normal en el que Curly se preguntó, así porque sí, qué podría encontrar en los servidores del Pentágono.

Helga lo sabía. En realidad, todo el secundario lo sabía, pero estaban convencidos de que no llegarían tan lejos. Llegar o no, eso no importaba; lo único que sí importaba era que Curly esperaba esa llamada: la llamada de Brainy diciendo que había penetrado las defensas informáticas.

Era la única cosa en el mundo que habría distraído a Curly.

o–o–o–

Helga y Rhonda caminaban, juntas, de regreso a sus hogares. Rhonda permanecía con la costumbre de olisquear sus manos, brazos, hombros y toda la ropa que pudiese llegar a su nariz.

–Ya, no es para tanto –criticó Helga.

–Para ti, tal vez. Nunca me quitaré este olor a frituras...

Helga se encogió de hombros.

–¿Qué opinas del empleo? –preguntó.

Rhonda dejó de olisquear y pensó en aquello.

–No me parece tan malo –confesó–. Sólo debo hacerle algunos ajustes... Para empezar, voy a traer un desodorante de ambientes. Luego voy a preparar un conjunto de ropas viejas para que huelan a frituras. No voy a arriesgar mis mejores trajes.

–¿Y qué harás con Curly? Hoy lo engañaste, pero seguro que mañana volverá.

Era extraño escuchar a Helga sugiriendo un problema. Seguramente era un comportamiento propio de las personas que quedan abandonadas en una isla: tarde o temprano deberán cooperar.

Eso era lo que Rhonda estaba viviendo. Ella y Helga eran las únicas habitantes de una isla con miles de teléfonos y sin dinero para poder usarlos. Su única herramienta era un libro y sus propias capacidades.

Suspiró.

–Ya pensaré en eso. He pasado gran parte de mi vida evadiendo a ese reptil. Algo se me ocurrirá...

Helga asintió. Las chicas se alejaron por la calle habiendo terminado la primer jornada de trabajo. Tal vez mañana las cosas mejorarían.

Al menos, esa noche, ellas podrían usar sus teléfonos.

o–

(Continuará...)