¡KERPYMON HA VUELTO! Y esta vez con una nueva víctima, QUIERO DECIIIIIIIIIIIR un nuevo paciente ^^
Pasen, pasen y vean los problemas de quedarse...
EN SEGUNDO PLANO
Witchmon intentaba desesperadamente detener al siguiente paciente de Kerpymon. El Caballero Real llevaba esperando una hora entera después de que Alphamon decidiese chillarle que a él no le pagaban cada vez que uno de ellos se quejaba y que, como no lograba hacerse una fortuna escuchando las penas de los siempre llenos de problemas caballeros, no quería saber absolutamente nada de ellos.
-Por favor, Omnimon, el señor Kerpymon no se encuentra disponible en estos momentos. Espere unos minutos más y…
-¡Tengo faena! ¡No puedo seguir esperando más tiempo!
-Lo sé, lo sé, voy a ir a buscarle inmediatamente. Espere tan sólo cinco minutos, por favor, es lo único que le pido –insistió la bruja.
Antes de que el digimon pudiese decir algo más, la bruja salió corriendo hacia el despacho de Kerpymon, abriendo la puerta sin llamar ni esperar una respuesta. Cerró la puerta tras su espalda, suspirando aliviada al cerrar el pestillo.
-Señor Kerpymon, tiene a Omnimon esperándole… ¿Señor Kerpymon?
-Cinco minutitos más…
-Señor Kerpymon, por favor, despiértese. No podré retener a Omnimon más tiempo, señor, está bastante enojado –dijo acercándose al sofá donde dormía el conejo con un curioso gorrito verde −. Venga, despierte de una buena vez… No me obligue a tirarle un cubo de agua helada encima…
-¿Qué pasa? ¿Ya es hora de comer?
-No, de atender a Omnimon –repitió Witchmon estirando del cojín bajo la cabeza deKerpymon −. ¡Arriba, pedazo de gandul! ¡Tienes faena!
-¡No hace falta que seas tan bruta! –protestó el blanco sobándose la cabeza.
-¡Pues muévete y atiende a Omnimon, conejo vago!
-Vale, vale… hazle pasar –dijo quitándose el gorrito y dándose unas palmaditas en la cara para espabilarse. No se hubo levantado del sofá cuando Omnimon entró en la sala −. Siento haberte hecho esperar, he tenido papeleo y he acabado durmiéndome…
-Entiendo que esté ocupado, señor Kerpymon, sólo le robaré unos minutos.
-Tranquilo, tengo todo el tiempo del mundo ahora –dijo el ángel animal indicando con una mano el sofá −. Cuéntame, ¿qué te preocupa?
-Lo que me depara el futuro…
Soy un Caballero Real, un título que estoy orgulloso de cargar sobre mis hombros. Para mí, es todo un honor pelear bajo el liderazgo de Alphamon junto a compañeros como Gallantmon, Examon, incluso el pequeñajo Magnamon. Ah, ese chiquitín se hace querer bastante rápidamente… Sé que, aunque parece un gran título, lleno de privilegios, pero realmente te has de ganar a pulso cada día.
Últimamente me preocupan ciertos rumores que he oído. Se trata de dos digimons jóvenes capaces de fusionarse, capaces de llegar a mi nivel… Capaces de ser yo. Me he estado preguntando ¿y si esos dos digimons, más jóvenes, acaban reemplazándome en la lista de los Caballeros Reales? Quizás no tengan la misma experiencia que yo, pero tienen algo que yo ya no tengo: juventud. Esa virtud que les proporciona mayor agilidad que a mí me preocupa sobremanera. ¿Qué pasará conmigo si ellos demuestran ser hábiles aun con su corta experiencia?
-Omnimon, más tarde o más temprano, las nuevas generaciones nos acabarán sustituyendo. Fíjate en cuantos Lopmons existen en el Digimundo. Cualquiera de ellos podría ser un firme candidato a sustituirme en el triunvirato.
-¿Qué has estado viendo ya? ¿Películas humanas de romanos?
-Más bien, he cogido prestadas las enciclopedias de la biblioteca de Ophanimon y he buscado nuevas palabras con las que enriquecer mi vocabulario.
-Se nota… Usas palabras bastante… ¿rebuscadas? A demás, ¿esa palabra no se refiere a tres hombres?
-Bueno, son tres personas. Y aunque Ophanimon sea una mujer, tiene más carácter que la mayoría de los que se creen muy machos.
-Eso también es cierto –asintió el caballero −. Si quisiera, machacaría a cualquiera que se le opusiera con tan solo una mirada.
-Cierto, cierto… pero no nos despistemos hablando de ella. Sigamos por donde íbamos, sobre esos dos jovencitos.
-Ah, sí…
Bueno, siempre he sido conocido, allá a donde iba me señalaban y decían "¡es Omnimon!". Y se me hinchaba el pecho por ello. Incluso cuando iba acompañado con los demás. Me importaba bien poco si me nombraban el primero o el segundo. También me resultaba gracioso cuando iba con Alphamon. Me llamaban la contraparte del líder, el segundo al mando, su sombra… Aunque el negro es él…
Me da algo de miedo perder esa unión con todos, que me pasee por ahí y dejen de señalarme, de identificarme como un Caballero Real, que todas esas formas de nombrarme desaparezcan. Levantarme un día y ser Omnimon a secas…
-Esta juventud… Bueno, tú no te preocupes. Yo estoy completa y totalmente seguro que Alphamon no te echaría del grupo. Él sabe cuánto vales, no te sustituiría.
-¿Tú crees?
-A ver, Omnimon, ¿tú hasta dónde seguirías a Alphamon?
-Pues hasta el final…
-Si él dice que lo deja, ¿tú lo dejas?
-Sí. No sería lo mismo pelear si no es bajo su mandato.
-¿Lo ves? Eres demasiado fiel a la causa y a tu líder como para abandonar aun habiendo alguien mucho más joven y ágil que tú. Y en tiempos de guerra, se valora mucho la fidelidad, el que se pueda confiar en alguien. Puedes ser muy poderoso, pero si nadie puede confiar en ti, no sirve de nada.
-Sí, eso le suele decir Alphamon a Craniamon cada vez que el loco dice de solucionar los problemas cortándoles la cabeza… Oye, ¿realmente al cogido una enciclopedia o le has pedido frases a Alphamon?
-Alguna vez uso frases suyas –rió Kerpymon −. Pero no se lo digas o vendrá a quejarse de que le imito.
-Vale, no diré nada… Aunque creía que lo de la confidencialidad era cosa del psicólogo y no del paciente.
-Por un secretito que me guardes, no pasará nada –sonrió el conejo poniéndose en pie −. Bueno, creo que ya está todo digo.
-Sí, y me siento mejor. Gracias por escucharme.
-No, no tienes que agradecerme nada. Es lo mínimo por haberte hecho esperar una eternidad con lo atareado que debes estar siendo la sombra de Alphamon.
-Sí, una sombra que se extiende varias regiones a distancia –rió el Caballero Real levantándose.
-Cierto… No te aburras en tu faena. Y ya sabes que puedes contar conmigo si necesitas un oído que te escuche.
-Lo tendré en cuenta, Kerpymon. Hasta otra.
Acompañado por Kerpymon, Omnimon abandonó la sala, despidiéndose de Witchmon. La bruja, como siempre chateando, se levantó de su puesto y caminó hacia el despacho del conejo, asomándose con cuidado para encontrarlo escribiendo ágilmente en el bloc antes de separar las hojas, graparlas y guardarlas en un sobre.
-Llévaselo a la señorita Kaotik –pidió entregándole el sobre.
-Sí, señor…
-Y cuanto antes, mejor. No sé por qué me huelo que vendrá alguien más y te necesito aquí para vigilar la sala de espera.
-Está bien, enseguida voy.
Witchmon corrió hacia la ventana de aquel lugar, abrió la ventana y saltó por ella, elevándose al instante con su escoba. Kerpymon suspiró y regresó a su escritorio, sacó la libreta de pacientes y anotó el nombre de Omnimon junto a su trauma.
-Y otro más que acaba visitándome por problemas… Otra vez, la vida me da la razón trayéndome más almas agitadas.
