IV

Durante el tiempo que le demandara recuperarse por completo de las heridas recientes y por pedido más que orden directa de Saori y Shion, Camus había decidido aceptar la sugerencia de Saga y Marín para asistirlos en la evaluación de los nuevos aprendices. Entre esos pequeños y jóvenes se encontraban justamente sus dos sobrinos. Mara, quien entrenaría con la Saintia de Aquila y su maestro Algol de Perseo y Alexéi, quien lo haría con el joven Santo Dorado de Libra, Shiryu. Tenía años respectivamente. Como era habitual en él, el francés estaba de pie al borde de la arena, frente a las gradas con los brazos cruzados al momento en que llegaron los niños. Saga estaba casi en la misma posición a su derecha aunque, para sorpresa incluso de sí mismo, el primero en ablandar su postura fue justamente el Santo de Acuario quien, a pesar de mantener aún sus brazos cruzados, levantó la mirada rubí al centro de la arena con una pequeña pero genuina sonrisa y murmuró como si estuviese hablándole al aire que aún le resultaba sorprendente que tantos niños continuaran acercándose a entrenar al Santuario. A pesar de que era consciente de que muchos quizá no habían tenido otra elección. Adivinando que en realidad era a él a quien le hablaba, el heleno de Géminis le miró de soslayo con la misma sonrisa en su rostro y murmuró que ninguno de ellos la había tenido realmente.

-Tienes razón... -admitió el acuariano. Continuaron observando a los pequeños en silencio por unos instantes hasta que finalmente el galo decidió intervenir. Su compañero esperaba que lo hiciera tarde o temprano, por eso no atinó a detenerlo. Había permanecido demasiado tiempo sin poder siquiera entrenar, lo que lo tenía particularmente tenso y eso no era en absoluto habitual en el francés.

Tanto a Marín como a los Santos de Perseo, Auriga y Cerbero les sorprendió ver al Santo de Acuario ingresar en la arena mientras los niños estaban haciendo sus ejercicios de calentamiento dando vueltas alrededor del terreno. Sus rubíes estaban fijos en dos jóvenes -dos niños- en particular que corrían prácticamente a la par. Uno de ellos debía tener unos 7 años y su estatura y complexión física eran similares a las de Kiki a esa edad. Tenía el cabello corto y alborotado de color verde-negruzco, tez tan pálida y prístina como la nieve y ojos color lavanda oscuros. Su compañero por su parte debía tener alrededor de 9 años y era escasos centímetros más alto y más delgado, con el cabello lacio y morado por debajo de los hombros, tez bronceada y ojos grises casi cristalinos. Aunque débiles aún, ambos emitían Cosmos similares a los de Aiolia y él mismo (respectivamente). Sin embargo, Camus tenía la ligera impresión de que aquel niño no estaba destinado exactamente a convertirse en un Santo de Hielo. Y, como si hubiese adivinado sus pensamientos, la voz de Cerbero lo sacó de sus cavilaciones murmurando que, en efecto, ese niño había sido llevado al Santuario por Afrodita, mientras que Aiolos había encontrado al más pequeño a su regreso de una misión en compañía de Shura días atrás. El galo agradeció la información con un ligero movimiento de cabeza y simplemente giró la mirada nuevamente en dirección a los pequeños. Estaban ya en su última vuelta y, cuando Marín ordenó que se detuvieran, Camus le pidió autorización a la mujer oriental para acercarse a ellos, lo que claramente sorprendió a la Saintia. Nunca le había ocurrido algo semejante. Llevaba años en el Santuario y, a decir verdad, los únicos Santos con los que tenía relación alguna eran los hermanos de Leo, Escorpio y Sagitario (hasta el fatídico final de este último). Y a pesar de ello, estos nunca le habían formulado esa clase de petición. Camus volvió a repetir la pregunta, advirtiendo que la mujer parecía no haberlo escuchado. Finalmente, la Saintia asintió indicándole el lugar donde se hallaban los pequeños estirando luego de correr.

El grupo de al menos quince niños detuvo automáticamente sus actividades tan pronto como vieron la figura masculina acercándose a ellos -e incluso algunos percibieron su Cosmos- y giraron en su dirección, inclinándose tan pronto como el hombre estuvo frente a ellos. Los cuatro Santos de Plata estaban de pie a pocos metros de ellos. Saga, por su parte, permaneció en su sitio, simplemente observando la escena ante sus ojos con una apenas perceptible sonrisa en su rostro. Tan ensimismado estaba en sus pensamientos que jamás se percató de la presencia no solo de Saori, sino además de Shion allí en el Coliseo. Solo se dio cuenta de ello cuando escuchó la voz amable y tranquila de la mujer preguntar si todo estaba bien. En ese momento giró sobre sí para saludar a sus autoridades con la habitual reverencia.

-Veo que luce mejor... -dijo la diosa de pronto. El Santo de Géminis sabía que se refería a su par de Acuario, por lo que simplemente asintió, explicándole que incluso él mismo se había ofrecido a ver personalmente a los nuevos aspirantes. Aunque admitió que creía que había otra razón detrás de aquella por demás peculiar decisión. Más allá del hecho de que entre estos se encontraban sus propios sobrinos, aquello no quitaba el hecho de que Camus nunca había sido precisamente del tipo curioso.

-Pero sí meticuloso... Sin mencionar exigente... -intervino Shion -Su padre era exactamente igual...-. Sonrió como si un recuerdo hubiera llegado a su mente en ese momento y luego sacudió la cabeza antes de concluir -No se perdonaría que Camus se comportara de otra manera si estuviera aquí...

De regreso a la arena, Camus permaneció de pie con los brazos cruzados frente al grupo de niños casi como estudiándolos con sus ojos rubíes. Finalmente, le pidió a los dos pequeños a quienes había estado observando durante el ejercicio que se adelantaran, ordenando al resto continuar con lo que les asignasen sus tutores. Estos asintieron inclinándose y despidiéndose en al menos cuatro lenguas diferentes. Aquello no pareció siquiera perturbar mínimamente al francés, quien solo se limitó a asentir en respuesta. Una vez que la mayor parte del grupo -incluidos sus sobrinos- se retiraron al encuentro de los Santos de Plata, Acuario relajó visiblemente su postura, sacudió la cabeza y preguntó a los dos niños, en ruso, cómo se llamaban y de dónde provenían. El menor tomó tímidamente la palabra, preguntándole cómo se había dado cuenta de que ambos entendían o hablaban ruso.

-¿Afrodita de Piscis te trajo aquí, no es así? la respuesta afirmativa del pequeño, el galo agregó -Normalmente es enviado a áreas similares a aquellas en la que nació o recibió su entrenamiento. Suecia y Groenlandia...-. El chico asintió para luego explicarle que su nombre era Boris, que tenía 7 años y que era en realidad oriundo de San Petersburgo, Rusia, mientras que su compañero era eslovaco, aunque llevaba seis de sus nueve años en Grecia. Su nombre era Novak. Camus asintió y dirigió la mirada del niño ruso a su acompañante eslavo, suavizando ligeramente la expresión severa de su rostro y preguntándole si hablaba griego.

-Sí, señor; perfectamente. De hecho... viví con una anciana griega en el pueblo hasta que el señor Aiolos me trajo aquí...

-¿Sus signos? Creo tener una vaga idea respecto del tuyo, hijo... -dijo dirigiendo nuevamente la mirada a Boris -¿Piscis, Cáncer? Es habitual en Afrodita buscar jóvenes de esos signos...-. El ruso negó sin embargo, respondiendo que era en realidad de Leo y que poco tenía que ver su lugar de nacimiento con su Cosmos y signo. Aquello llamó la atención de Acuario. ¿Qué clase de Cosmos poseería si este era similar al de él mismo?

-Se... se supone que el Santo de Cerbero debe entrenarme... -musitó nervioso el pequeño. Su amigo eslavo entonces agregó que lo mismo ocurría con él. Había nacido el 19 de Septiembre y por lo tanto era Virgo. No obstante, su maestro sería, de acuerdo a lo que había sugerido Aiolos, el Santo de Tauro.

-Shaka tiene un sucesor a su Armadura y dos aprendizas. Aldebarán no había aceptado a nadie a su cargo hasta que lo enviaron a acompañarme a Ankara. Rajid es, en efecto, su único aprendiz...-. Dicho aquello levantó la mirada hacia un niño, quien permanecía apartado del resto del grupo. Este tenía 11 años, estatura similar a la de Novak aunque de físico similar al de su maestro Aldebarán (considerando su edad), con el cabello castaño dorado apenas por encima de los codos, el cual llevaba atado en una cola baja, tez bronceada y ojos verdes olivo como los del Santo de Perseo. Novak y Boris lo siguieron con la mirada y el pequeño eslovaco asintió, admitiendo que Aldebarán ya le había presentado a ese chico, pero que por alguna razón prefería entrenar solo o con su maestro.

-Temor... -respondió fríamente el francés, lejos de intentar intimidar al pequeño a su lado. Este así lo entendió, por lo que simplemente asintió esperando a lo que diría el mayor a continuación -Tú debes saberlo, hijo. Yo mismo lo sé. Y no nací exactamente en Siberia... Y algo más; aunque parezca intimidante a la vista de los más pequeños, eso no significa que lo sea realmente. Créeme; lo que ven en Aldebarán es nada más que apariencia. Si alguien dista enormemente de ser brutal y violento, ese es ese sujeto...-. Antes de que Novak pudiese preguntarle nada más, el francés ya le había dado la espalda y se dirigía hacia donde se encontraba el joven aprendiz de Aldebarán.

Rajid estaba absorto en sus pensamientos. Ni siquiera parecía observar lo que hacían los demás niños a pesar de que sus ojos descansaban sobre la pequeña multitud. No obstante, su concentración -o ensimismamiento- se vio interrumpido por un Cosmos que le resultó por demás agresivo en el momento en que se percató de su presencia. Agresivo simplemente porque era aún más fuerte que el de su tutor y Santo de Plata de Lacerta y el de su propio maestro y Santo Dorado de Tauro y, como si aquello fuera poco, elemental y diametralmente opuesto al de este último, puesto que, al igual que el hombre dirigiéndose hacia él en ese instante, Misty era Aire (Libra). El Santo galo se detuvo finalmente frente al muchacho y preguntó en un tono serio aunque no exactamente frío como era habitual en él si había ya entrenado. Rajid alzó sus ojos verdes olivo y negó lentamente con la cabeza, admitiendo que, ante la ausencia de su maestro, su tutor se había negado a acompañarlo. Aquello enfureció visiblemente al francés mayor. Honestamente no podía entender cómo podían haber asignado a alguien como su por demás narcisista coterráneo como tutor de aquel joven. Sacudió la cabeza y le tendió la mano al chico oriundo de Turquía, quien la aceptó tímidamente al principio, pero que finalmente asintió en agradecimiento al gesto del Santo Dorado.

Saga, su gemelo Kanon y la misma Atenea se sorprendieron al encontrarse con la escena que los recibió al acercarse al campo de entrenamiento del Coliseo. Los custodios de Géminis recordaban que Aldebarán de Tauro había partido en una misión acompañado por Aiolia y Mü. En realidad, habían ido con el lemuriano a Jamir ya que había algunas Armaduras que requerían reparación. Sin embargo, ambos también recordaban que ante la ausencia del gigante de Tauro, Rajid estaba a cargo de Misty de Lacerta. No obstante no había rastro del galo más joven por ningún lado. Aunque el entrenamiento que estaban llevando a cabo era liviano aún, Saga no pudo evitar preocuparse por su par de Acuario. Después de todo, aún estaba recuperándose de las heridas sufridas durante su misión de rescate a Italia. Exactamente como Shaina de Ofiuco, quien estaba siendo diligentemente atendida por su mejor amiga y Saintia de Aquila y por la aprendiza griega de Milo de Escorpio, Clarissa. Luego de observarlo por un largo tiempo, el gemelo más joven decidió intervenir, considerando que probablemente el francés había permanecido demasiado tiempo fuera de su Templo. Y, por lo tanto, privado de su aún necesario descanso. No obstante, su hermano gemelo lo detuvo, explicándole que al parecer alguien ya se había percatado de ello, pidiéndole que observara al pequeño en compañía del galo. El heleno de cabello azul medianoche alzó la mirada a la arena y notó que el joven aprendiz de Tauro se había alejado del Santo de Acuario y ya no intentaba golpearlo con la misma intensidad con que lo habían estado haciendo hasta ese momento. Camus también se dio cuenta de ello en el entrenamiento. Y la actitud del menor le sorprendió cuanto menos.

-¿Debo preguntar por qué te detuviste, hijo? -preguntó al darse cuenta de que Rajid se había quedado a mitad de camino cuando estaba a punto de golpearlo nuevamente -Probablemente Tauro evite exigirte más allá de lo que puedes soportar, ¿pero el bastardo de Lacerta? Ambos somos franceses; créeme, lo conozco demasiado para saber de qué hablo...

-Él nunca ha entrenado conmigo... -respondió el joven fijando sus ojos verdes en los rubíes del mayor -Son el señor Dante o el señor Capela quienes me ayudan cuando mi maestro no está. Aunque... me sorprende que el señor Aldebarán haya aceptado entrenarme. Soy Libra...-. El Santo de Acuario no pudo evitar la sonrisa en su rostro mientras escuchaba al chico. Cuando este terminó de decir aquello, se acercó a él inclinándose para estar a su altura y, tomando el rostro del árabe con una de sus manos, sacudió la cabeza y murmuró:

-Aldebarán no se hubiera permitido dejar otro aprendiz en manos de Dokho o su discípulo; por eso decidió entrenarte él mismo. No es habitual, pero ha ocurrido eso antes. Ahora dime; ¿qué te hizo detenerte?-. Los ojos verdes de Rajid se enfocaron por un breve instante en los rubíes de Camus para luego observar con mayor atención el hombro y brazo derechos del Santo, los cuales estaban parcialmente cubiertos por la capa de su Armadura. Esta, el chico notó con una expresión horrorizada, estaba salpicada con pequeñas gotas de sangre. Mirando nuevamente fijo a los ojos al galo, Rajid le preguntó si estaba bien. En ese preciso instante, Camus pareció caer en la cuenta del porqué de esa pregunta, puesto que parpadeó repetidas veces y se llevó una mano a la frente justo entre los ojos. Antes de que finalmente perdiera el equilibrio, Kanon ya estaba de pie detrás de él, casi como si hubiera previsto que eso ocurriría.

-Dioses... Gracias, Saga...-. Al gemelo poco le importó el desliz de su camarada. Sabía que, a diferencia de lo que ocurriría con cualquier otro Santo, Acuario solo se había confundido producto del aturdimiento. El heleno ayudó a Camus a ponerse de pie ofreciéndole su hombro derecho para que se sostuviera y volvió la mirada al árabe, asegurándole que su camarada estaría bien con un poco de reposo. Y una vez que hubieran limpiado nuevamente sus heridas, que al parecer se habían reabierto debido al esfuerzo. El chico asintió apenado, despidiéndose de ambos Santos con una reverencia y regresando junto al resto de los niños. Sin embargo, el francés lo llamó antes de que desapareciera de su vista y, cuando el chico volteó a mirarlo, este sacudió débilmente la cabeza y dijo, en un tono aún más débil que nada de eso era su culpa. Él mismo se había ofrecido a ayudarle; por lo tanto, era su responsabilidad. Rajid intentó ofrecerle la sonrisa más sincera que pudo antes de marcharse, aunque tanto el francés como su par heleno pudieron percibir la pena en su rostro.

Esa mañana (él nunca supo cómo había llegado a dormir por tanto tiempo), el Santo de Acuario despertó al contacto de algo tan frío sobre su rostro que no solo le provocó un escalofrío absolutamente involuntario sino que además lo obligó a apretar los dientes y cerrar nuevamente los ojos para contenerse de gritar. La dueña de aquella mano delgada y enguantada se sorprendió visiblemente ante la reacción de su compañero. Más que sorprenderse en realidad, Shaina de Ofiuco no pudo evitar alarmarse ¿Realmente podría estar tan débil aún como para no percatarse siquiera de su Cosmos? Y lo que era mucho peor; se suponía que el del joven galo era precisamente frío. Aún más que lo que estaba su mano en ese momento. Le llamó dos veces, sin quitar su mano del rostro ligeramente húmedo del acuariano más este no respondió sino hasta la tercera vez. Y más que hacerlo de la manera esperada por la Saintia italiana, lo hizo rogándole que quitara su mano de su rostro, aún sin abrir los ojos. Cuando finalmente los abrió, estos eran de un cuanto menos opaco borgoña. Y, si habitualmente no mostraban expresión alguna, en ese instante aquello era aún más evidente. Si algo así era remotamente posible. Al cabo de unos segundos, sin embargo, Camus parpadeó repetidas veces para aclararse la vista y, mirando fijamente a su acompañante, la tomó quizá con demasiada fuerza de la muñeca y murmuró entre dientes e incorporándose lentamente 'Devais-tu... Devrais-tu être déjà levé? Tu n'aurais pas dû... Pas encore...' Shaina comprendió que efectivamente aún se encontraba muy cansado al menos, puesto que en lugar de levantar la voz había optado por hablarle a su Cosmos. Por lo tanto y para no forzarlo a hablar en voz alta, decidió responderle de la misma manera 'Je vais plutôt bien, Verseau, merci. C'était toi qui n'aurais pas dû être aussi téméraire...' Su semblante se volvió más serio, casi enojado. Aunque el francés no pudo verlo porque llevaba la máscara puesta. Sin embargo, su lenguaje corporal le era suficiente para comprender las emociones que atravesaban la mente de su camarada. Incapaz aún de encontrar su voz, simplemente permaneció en silencio, esperando a que Shaina terminara de hablar. Y así lo hizo eventualmente, más sus palabras, quizá por primera vez, le llegaron a Camus como si lo estuviese atravesando un puñal directo al corazón 'T'as été inconscient pour trois jours maintenant. As-tu la moindre idée du nombre de fois où ta nièce a essayé de te réveiller? El Santo de Acuario solo pudo abrir enormemente los ojos ante aquella revelación. ¿Mara había realmente permanecido tres días intentando que reaccionara? Si antes el cansancio le había dificultado el habla, en ese momento el nudo que se formó no solo en su garganta sino también en su estómago se lo hacía absolutamente imposible. La única manera que encontró (o más bien que le quedó) de expresar lo que pasaba por su cabeza en ese preciso momento fue llorar. Entonces fue el turno de Shaina de sorprenderse. Nunca en los años que llevaba junto a ese Santo le había visto siquiera derramar una lágrima. Mucho menos quebrarse de esa manera. Girando el rostro hacia un costado para evitar la mirada de su camarada, la mujer comenzó a caminar hacia la salida de la habitación. Antes de cerrar la puerta, sin embargo, murmuró una disculpa.

Esa noche correspondía la guardia a los Santos de Escorpio y Libra -Dokho-. Sin embargo, antes de que estos se dispusieran a relevar a los hermanos Aiolia y Aiolos, el joven-bicentenario Santo chino escuchó a través de su Cosmos que alguien le llamaba desde uno de los Templos superiores, solicitándole su presencia allí. La persona en cuestión era Camus; el Templo, obviamente Acuario. Sorprendido, el oriental de ojos verdes le informó de ello a su compañero de guardia y el heleno simplemente asintió, murmurando prácticamente para sí -aunque el Santo de Escorpio igualmente le oyó- que tenía una vaga idea del motivo de ese llamado, pero que no era nada por lo que él debiera preocuparse. Milo optó por no cuestionarle y simplemente asintió, dejándolo continuar su camino. Cuando el chino llegó al Onceavo Templo, encontró a su custodio apoyado contra la columna a la entrada del mismo, de brazos cruzados y con la cabeza gacha. Casi como si se hubiese dormido de pie. Un repentino sentimiento de pena invadió al mayor al ver a su compañero, aunque honestamente no entendía qué era exactamente lo que lo provocaba. Si la expresión visiblemente cansada en el rostro del galo o el pensamiento que rondaba en su mente respecto de lo que imaginaba que este querría discutir con él.

-¿Acuario? -preguntó en voz baja. Se sorprendió a sí mismo de haberse escuchado llamarle de esa manera a su camarada. Quizá el francés era mayor que él físicamente. No obstante no era el caso en cuanto a edad, ya que, mientras Camus solo tenía 28 años, él había alcanzado la mitad del tercer siglo. Lo observó por algunos minutos más hasta que finalmente volvió a preguntar para llamar su atención -¿Qué ocurre?-. En ese momento, el muchacho francés alzó la mirada. Lucía ligeramente cristalina, señal de que en efecto el Santo Dorado estaba cansado; o cuanto menos falto de sueño. Camus sacudió ligeramente la cabeza y bajó la mirada al hombre escasos centímetros más bajo y suspiró, disculpándose eventualmente con el castaño e indicándole con un gesto que lo acompañase a la sala. Sin embargo, Dokho lo detuvo y decidió ir directamente al grano, admitiendo que lo notaba inusualmente tenso y que, al parecer, eso estaba afectando su descanso de alguna manera.

-Necesito... Debo pedirle un favor, maestro Dokho...

-Habla; ¿se trata de Escorpio, no es así?-. El francés solo asintió y permaneció en silencio por un momento hasta que finalmente le pidió sin mayores preámbulos que le permitiese tomar su lugar en la guardia nocturna, ya que necesitaba hablar con Milo. Con la misma prudencia con la que acostumbraba comportarse, el Santo chino simplemente asintió, sin atinar a preguntarle a su camarada qué debía discutir con su mejor amigo. Podía percibir tan solo por la expresión en el rostro de Camus que se trataba de algo de suma importancia al menos para él. Sin embargo, e incapaz de ocultar su preocupación (la misma que tanto él como Shion acostumbraban mostrar por los más jóvenes), Dokho le preguntó si realmente se sentía en condiciones de hacerlo, recordándole que debería permanecer despierto casi hasta el alba. El acuariano no pudo evitar sonreír levemente al escuchar eso, recordándole que había hecho eso desde que tenía apenas 10 años y admitiendo que, cuando se marchó con Hyōga a Siberia a los 16, acostumbraba quedarse despierto prácticamente todo el día. El oriental suspiró resignado, admitiendo que probablemente tuviera que darle la razón. Después de todo, él mismo solía hacer exactamente lo mismo cuando entrenaba a su discípulo. Finalmente apoyó su mano en el hombro de su camarada y dijo:

-Ve entonces, hijo; pero por favor, avísame si necesitas un relevo...

-Lo haré, Dokho. Buenas noches...

Unas tres horas más tarde, los dos Santos Dorados habían terminado de asignar sus puestos a los Santos de Plata y Bronce y se dirigían lentamente al pie de la colina que conducía a las Doce Casas. Durante todo ese tiempo, el heleno del Octavo Templo había estado intentando (en vano) hacer a su mejor amigo hablar de sus razones para tomar el lugar de su camarada bicentenario. Sin embargo y fiel a su estilo, el galo solo había respondido lo justo y necesario y de manera por demás escueta. Finalmente cuando arribaron a Aries, tomaron asiento para descansar en los primeros escalones del mismo. Y allí Milo volvió a la carga con su cuestionario. El cual esta vez Camus ni siquiera intentó evitar, para sorpresa del heleno. Ligeramente ofuscado, el Santo de Escorpio le preguntó por qué se había negado a responderle antes, a lo que su mejor amigo respondió que simplemente no tenía deseos de hacerlo en ese momento. No quería interrumpir sus deberes. Un silencio en extremo incómodo para el griego se produjo después de las palabras de Acuario aunque, antes de que pudiera decir nada para romperlo, fue el mismo galo quien se adelantó, preguntando en un tono de inusual ira en su voz si él le había pedido a Mara que permaneciera con él mientras estuvo convaleciente y cuánto tiempo se había quedado realmente la niña. El Santo de Escorpio estaba en realidad tan sorprendido (aunque no exactamente enojado) como el acuariano. No tenía idea siquiera de que su hija había hecho algo semejante. Quizá lo mejor fuese hablar de eso con ella más tarde, pensó en parte para sí y en parte en voz alta. Ya vería cuando regresara a su Templo. El hombre de cabello carmesí no podía estar más de acuerdo con su par de ojos cerúleos. Un nuevo silencio reinó entre ellos hasta que fue interrumpido por el Patriarca Shion. Ambos Santos se pusieron inmediatamente de pie y le saludaron respetuosamente, luego de lo cual el hombre de cabello verde pálido pasó su mirada borgoña entre ambos europeos hasta que se detuvo en los rubíes del francés y casi que su expresión se deformó al fruncir el ceño.

-¿No se suponía que Dokho debía tomar este turno? Peor aún, ¿se puede saber qué diantres haces fuera de Acuario? Hazte un favor y regresa en este preciso momento o me obligarás a llevarte yo mismo...-. Levantó apenas el rostro galo con la yema de sus dedos y agregó -Alguien de quien supongo no querrás oír te diría que te ves como si te acabaran de dar una paliza. Y, si mi memoria no falla, algo así nunca ha sido ni remotamente posible de ocurrirle a un Santo de Acuario. Al menos no a los tres que he tenido el honor de conocer. Y uno de ellos era una Saintia...-. Mientras que Milo lo observó como si de pronto le hubiera crecido una nueva cabeza, Camus sacudió la cabeza para luego asentir a la advertencia del Patriarca y disculparse con su mejor amigo, regresando hacia las Doce Casas para informarle al Santo de Libra que debería efectivamente relevarlo.

Cuando el hombre oriental notó apenas la silueta del Santo francés en la entrada de Libra, inmediatamente supo que debía tomar su puesto junto a Milo de Escorpio. Además, podía percibir el Cosmos de su viejo amigo Shion a la entrada de Aries, lo que le hizo pensar -con una leve sonrisa en su rostro- que había sido este quien le había ordenado a Camus retirarse. Antes de dirigirse hacia donde se encontraba su par heleno, Dokho le pidió al joven francés que descansara en su Templo por un momento y luego continuara su camino. Sin embargo, Camus sacudió la cabeza y admitió que prefería regresar a Acuario, puesto que no había nadie allí en ese momento. El séptimo guardián optó por no insistir y en cambio permitió a su camarada seguir su camino al Onceavo Templo, deseándole buenas noches antes de que el pelirrojo desapareciera de su vista. Un gesto que el europeo devolvió cortésmente. Tan pronto como llegó a Acuario se encontró con la (inesperada) visita de Saori quien estaba allí esperándolo de pie en medio del salón principal del Templo. Aunque lo que más le sorprendió realmente fue que esta llevaba puestos sus ornamentos de la diosa Atenea e incluso sostenía a Niké en su mano derecha. Tan pronto como la vio y a pesar de que ella había insistido en que aquello no era necesario, el galo se inclinó apoyado en su rodilla izquierda y con la mirada en el piso de mármol blanco. No escuchó la orden de la diosa de que se pusiera de pie sino hasta que se la reiteró por tercera vez, lo que acentuó aún más la preocupación de la mujer griega. Por lo tanto, Kido le pidió que se acercara y, tomándolo apenas de la barbilla lo obligó a mirarla a los ojos, murmurando que definitivamente había hecho bien en ir a verlo. Confundido, el galo le preguntó a qué se refería con ello, a lo que la diosa respondió que Dokho le había advertido que algo no estaba bien con él.

-No... No es nada, créame... -musitó apenas audiblemente apartando la mirada de los ojos verde-azulados de Saori -Por favor, regrese a su Templo...-. Sin embargo y en una acción que lo tomó completamente por sorpresa, la mujer de cabello lila lo tomó por ambos brazos mirándole directo a los ojos nuevamente y le pidió que se explicara o de lo contrario ella no abandonaría el Templo. Finalmente, el Santo de Acuario cedió y le pidió que lo acompañase al interior de la sala. Ella asintió y dejó el báculo de Niké a un costado, caminando lentamente detrás del joven francés. Este no pudo evitar la tenue -casi imperceptible- sonrisa en su rostro cuando escuchó a su acompañante sisear en voz baja e inmediatamente giró por sobre su hombro, murmurando que quizá hubiese sido mejor si lo hubiera convocado a su Templo en lugar de bajar por sí misma a Acuario. Esta vez fue Kido quien se vio sorprendida por lo que, sin poder evitar la curiosidad que la invadió repentinamente y olvidando por un instante el motivo de su visita, le preguntó si nunca le había molestado el frío en absoluto.

-Mentiría si le dijera que no, Señora. Sin embargo, me tomó apenas un par de años acostumbrarme. Y solo tenía 5 cuando mi maestro me llevó a Siberia. A pesar de que, a diferencia de Shaka o Mü, quienes son originarios del Himalaya, yo no nací exactamente en un área fría de Francia... No obstante, ella sí era oriunda de Rusia...-. Antes de poder siquiera razonar sobre lo que acababa de decir, el acuariano se dio cuenta de que probablemente había cometido un error al expresarlo de esa manera. Para su sorpresa -y alivio-, sin embargo, Saori no preguntó nada al respecto. Minutos después, el cansancio comenzó a apoderarse de él, ya que sentía los párpados ligeramente pesados y apenas podía sostenerse en pie. Aunque no fue el único en notar ese último detalle. Saori también lo hizo, por lo que se acercó a él y, apoyando su mano en su hombro, se disculpó con él y murmuró que probablemente fuera mejor que se retirara a su Templo. En respuesta, Camus simplemente asintió disculpándose con ella y admitiendo que no estaba seguro de a qué pudiera deberse realmente esa fatiga, pero que tenía la impresión de que no resistiría mucho tiempo más de pie.

-Ve a dormir entonces; regresaré a mi Templo ahora. No te preocupes por mí, estaré bien. Bonne nuit, mon cher Saint. Repose-tu bien...-. Él se inclinó y besó su mano para luego mirarla a los ojos por escasos segundos y responder:

-Pareil pour vous, ma belle dame...-. Ella solo sonrió antes de dar la vuelta en dirección al Templo de Piscis. Una vez que Saori desapareció de su vista, el joven galo suspiró profundamente y se dirigió a la cocina a beber un vaso de agua antes de acostarse. Cuando finalmente lo hizo, el sueño se apoderó de él casi de inmediato. Sin embargo, este no resultaría precisamente tranquilo. Además, sin que él lo supiera, Camus no sería el único que tendría un descanso agitado esa noche. Y lo que era peor, la razón del sueño incómodo (por así llamarle) del otro Santo Dorado era nada menos que él. Él y alguien más que los unía a ambos desde hacía ya doce años.

No había amanecido aun cuando un grito desde la distancia, en las inmensas montañas nevadas de Siberia lo despertó prácticamente de un salto. En ese momento agradeció a Atenea o a cuanta deidad le escuchase que aquel sonido -así como tampoco el viento que arreciaba en las afueras ya más que soplar- no hubiera despertado a ninguno de los pequeños a su cuidado. Solo para asegurarse sin embargo, el joven galo de apenas 16 años se levantó y, luego de cambiarse y lavarse la cara caminó junto a la puerta de la habitación justo frente a la de él, donde se encontraban los dos niños. Efectivamente, ambos estaban más que plácidamente dormidos, lo que le provocó una casi imperceptible sonrisa. Sin embargo, sacudió la cabeza rápidamente y siguió camino, tomando un abrigo que colgaba junto a la entrada de la cabaña antes de salir. Bajo situaciones normales y frente a un fenómeno tal como el que estaba azotando literalmente las tierras siberianas en ese momento, cualquier persona optaría por quedarse encerrado en sus casas. No obstante aquel adolescente no era precisamente lo que se llamara una persona común y corriente. Y, por otro lado, lejos estaba de sus intenciones ignorar a quien fuera que pedía auxilio tan desesperadamente. Lo habían entrenado desde sus infantiles 5 años y en aquellas mismas tierras heladas para dos cosas: servir y proteger. Servir a una diosa cuyo arribo aún esperaban y proteger su tierra -la Tierra- y a cuanto ser inocente requiriese de su ayuda. Por lo tanto, no le negaría esto último a quienquiera que fuera aquella mujer.

Los gritos -cada vez más intensos y desesperados- lo llevaron hasta la misma orilla del enorme mar que permanecía completamente congelado año tras año. La voz que pedía ayuda pertenecía nada menos que a una anciana que probablemente había ya superado su séptima década. Aunque no era por ella por quien rogaba ayuda sino por una joven a quien sostenía en brazos. Una joven que probablemente tuviera dos años más que el mismo Camus, de estatura mediana y físico prácticamente lánguido más que delgado, cabello desaliñado, largo hasta la cintura y negro como el ébano, tez pálida y ojos azules cristalinos, los cuales apenas y podía mantener abiertos. El francés se acercó aún más a las dos mujeres y se arrodilló junto a la mayor de ellas, apoyando los dedos de su mano derecha en el cuello de la más joven. A pesar de que era evidente que en realidad estaba viva.

-Permítame ayudarle... -murmuró en ruso, haciendo que la anciana volviera sus ojos cerúleos a sus rubíes por breves segundos, para finalmente bajar la mirada a la adolescente nuevamente. Camus entonces tomó a la más joven delicadamente en brazos, sosteniéndola solo con su brazo derecho mientras ofrecía su mano a la mujer mayor para ayudarla a levantarse. Fue en ese momento en que se dio cuenta que los ojos de esta lucían demasiado cristalinos incluso para alguien ciego y que, además, su tez era mortalmente pálida. Y halló el por qué al bajar la mirada al suelo donde estaba arrodillada la mujer. Este estaba completamente teñido de sangre. Minutos después, el cuerpo cayó inerte sobre la nieve. En ese momento, el galo alzó sus rubíes y miró a su alrededor; se dio cuenta así que aquellos gritos en realidad provenían de algunas de las mujeres que rodeaban a las otras dos. Solo había dos o tres en ese instante; el resto debía de haberse marchado cuando vieron llegar al adolescente. Levantándose lenta y trabajosamente, Camus comenzó a caminar de regreso a su cabaña. Un violento espasmo le sacudió el pecho mientras caminaba, lo que provocó que su 'carga' reaccionara ante el gemido de dolor que escapó de sus labios, además de la presión involuntaria de su brazo alrededor del cuerpo de la joven. Esta parpadeó para aclarar sus cristalinos zafiros y poder observar al sujeto que la cargaba, percatándose de que este no parecía siquiera ruso en primer lugar. Y, en segundo lugar, de que vestía un atuendo poco común, literalmente.

-Permítame... Permítame explicarme una vez que esté a salvo... -murmuró él, entre dientes e intentando combatir el ardor que sentía en el pecho. Era casi como si le estuvieran presionando un trozo de hielo contra el corazón. La mujer apoyó su mano en el pecho de su acompañante y declaró más que preguntar que no parecía alguien acostumbrado al frío siberiano. Aun así, se preguntaba quién en su sano juicio podía haber enviado a un francés a entrenar a un lugar semejante. Acuario volvió a mirarla fijamente al escucharla decir eso. Y se dio cuenta de un último detalle que ni siquiera había notado en la mujer mayor. Esta tenía las mismas marcas borgoña sobre los párpados de los Santos de Aries y Kiki. Y Camus sinceramente no recordaba que existiese otro habitante de raza lemuriana sobre la Tierra. El pequeño de 5 años era el último según Mü. Sacudió la cabeza y tomó un profundo respiro antes de preguntar:

-¿Cómo...? ¿Cómo sabe de dónde vengo y a qué vine a Siberia? Espere un momento... ¿Es usted...?

-Lemuriana, sí. Pero ni Shion ni mucho menos mi hermano saben que sobreviví. Usted debe ser el Santo de Acuario... Aunque debo admitir, no recuerdo alguien que haya usado esa Armadura después de mi madre... La mujer con quien estaba allí en el Mar de Siberia... Su nombre era Salma. Yo soy Yuriko...

-Camus... -fue su única respuesta en ese momento. Sin embargo, minutos más tarde agregó -En cuanto a su pregunta, imagino que no es necesario que le responda ahora. A propósito...-. Levantó apenas la vista y, aun a pesar de la tempestad que le dificultaba enormemente no solo el andar sino también la visión, logró divisar su cabaña. Eso provocó un profundo suspiro de alivio.

-Llegamos... -dijo finalmente, casi dejándose caer a la puerta de la cabaña. No escuchó sonido alguno desde el interior, por lo que imaginó que Hyōga e Isaak estarían dormidos aún. Nuevamente, el alivio se apoderó de él. Tanto por el hecho de haber regresado a su casa como porque los pequeños no se hubieran enterado de absolutamente nada...

-¿Qué...? ¿Qué demonios fue eso? -preguntó confundido el custodio de Aries al despertar esa mañana -Debería hablar con el Patriarca... Y con Camus. ¿Puede ser que su esposa aún esté en Siberia?-. Y pensando en ello se levantó rápidamente, ignorando casi categóricamente el saludo de Kiki y Aldebarán, quien había bajado a su Templo en ese momento. Ambos jóvenes simplemente se encogieron de hombros y el adolescente se dirigió rápidamente a la cocina a preparar el desayuno para él y su amigo.

El tibetano de cabello lila decidió detenerse en Acuario antes de subir a ver a Shion en el Templo Principal. Camus estaba, como era de esperarse, despierto ya a esa hora (pasadas las 8), en compañía de sus dos sobrinos, más no de Milo ni de su hermana menor. Por ello, luego de saludar a cada uno amablemente, le preguntó a su par galo por Sabrina. El pelirrojo simplemente comentó con una sonrisa muy poco disimulable que la mujer rusa simplemente se había aburrido y había subido a Piscis a ayudar a Afrodita con sus tareas de jardinería. Aquel breve instante de paz y camaradería se desvaneció casi completamente cuando el Santo de Acuario, quien estaba observando a su par tibetano apenas de soslayo ya que tenía la vista sobre el desayuno que estaba preparando finalmente giró a mirarlo directamente a los ojos. E inmediatamente se percató de que el naturalmente serio Santo de Aries lucía más bien preocupado y en cierto grado contrariado también. Por lo tanto, el acuariano le pidió a su mejor amigo que se encargara del desayuno al menos por un momento e inmediatamente invitó a Mü a la mesa, sentándose justo frente a él y preguntándole qué era lo que lo tenía tan preocupado. Lejos de intentar agotar la habitualmente casi inagotable paciencia de su par francés (como lo haría Escorpio), el joven de ojos turquesas decidió ir directo al grano, explicándole de forma breve y concisa el sueño que había tenido. Antes de que le hiciera la pregunta que imaginaba le haría al finalizar su relato, el galo de cabello carmesí dijo:

-Tu hermana, mi esposa aún vive, Mü. Sin embargo, no sé si aún continúa en Siberia... Recuerdo que, al morir su madre, había decidido marcharse de allí, aunque no estoy seguro que lo haya hecho...-. Suspiró y, poniéndose lentamente de pie, invitando a su camarada a imitarlo murmuró -Será mejor que vayamos con el Patriarca; hay algo que ambos deberían saber. A propósito, me alegra que hayas mencionado eso. No sé si hubiera podido admitirlo yo mismo...-. Giró hacia donde estaban sus sobrinos y su mejor amigo y agregó -Milo; por favor cuida de los niños. Mü y yo necesitamos hablar con el maestro Shion un momento...-. La seriedad con la que el francés le comunicó aquello (más de la habitual, es decir) provocó cierto temor en el heleno. No obstante y a diferencia de otras ocasiones, en ese instante optó simplemente por asentir como única respuesta, permitiendo que sus camaradas se fueran sin cuestionamientos.

Saori y Shion estaban en el salón principal del Templo de Atenea en compañía de Aiolos de Sagitario cuando un guardia se presentó ante ellos, anunciando en un tono de evidente urgencia que los Santos de Aries y Acuario solicitaban una audiencia inmediata con el Patriarca. Aunque le resultó extraño que no requirieran la presencia de su diosa también, tanto el lemuriano como el heleno del Noveno Templo comprendieron el mensaje rápidamente, por lo que este último se ofreció a escoltar a Atenea a sus aposentos y permanecer con ella hasta que la audiencia finalizara. Saori asintió y, despidiéndose del Patriarca, le pidió que le informase de inmediato acerca de lo tratado en la misma. A menos que los Santos involucrados decidieran lo contrario, concluyó en un tono serio y con un gesto preocupado en su rostro. El mismo que tenían tanto Aiolos como el hombre bicentenario, quien asintió en agradecimiento al joven y les permitió marcharse. Una vez que los tres estuvieron solos, nuevamente y como ocurriese apenas días atrás, los ojos borgoñas de Shion se posaron inquisitivos en los rubíes del francés, quien alzó la mirada y preguntó si había notado algo extraño en su última visita a Starhill. Aunque la pregunta le resultó cuanto menos curiosa al mayor, debía admitir que verdaderamente el acuariano había acertado en su suposición. Había visto algo fuera de lo normal justamente en las constelaciones que custodiaban los dos jóvenes frente a él. Más precisamente, en β Aquarii* y Hammal**. Cuando les comunicó aquello a los dos Santos, el joven francés no pudo evitar abrir enormemente los ojos, aunque la sorpresa evitó que pudiese formular pregunta (ni siquiera articular palabra) alguna. Por ende, fue el lemuriano más joven quien decidió resolver las dudas de ambos (o intentarlo al menos), preguntándole a su antiguo maestro qué había visto exactamente. Como si hubiese sufrido un mareo repentino, el Patriarca debió tomar asiento en el trono de la diosa e inmediatamente agachó la cabeza. Mientras que Mü solo pudo quedarse inmóvil ante la escena, Acuario se acercó a él, apoyando sus manos en los hombros del mayor. En ese momento y sin saber cómo ni por qué, una serie de imágenes que parecían haberse originado de un sueño o visión comenzaron a aparecer ante sus ojos. Cuando finalmente se alejó del mayor y este nuevamente fijó su mirada borgoña en los rubíes del menor, Mü se acercó a ellos visiblemente preocupado por ambos, preguntándoles qué les había ocurrido. El Patriarca estaba dudando si debería o no decirle la verdad a su antiguo discípulo. Camus, por su parte, estaba absolutamente consternado por lo que acababa de ver. ¿Había sido eso alguna clase de premonición? Creía recordar a esa mujer; en efecto, las recordaba a ambas. Sin embargo, solo tenía una vaga idea de quién era la menor de ellas. Nada menos que la hermana mayor del Santo de Aries; y su propia esposa. Volteó apenas su mirada rubí ligeramente borrosa a su par tibetano cuando este reiteró por segunda vez su pregunta y el galo finalmente murmuró:

-Mü... Es... Es Alyssa; o Yuriko, como la conocí mientras entrenaba en Siberia... No... No entiendo qué significa esto... Ella... Ella debería haber muerto junto a... Dieux... Excusez-moi, mais... j'ai besoin de retourner au Verseau... Cela ne peut pas être vrai; d'abord ma sœur aînée, maintenant ma femme?-. Antes de que pudiese siquiera girar para salir del Templo, el hombre de cabello lila lo tomó levemente del brazo, casi rogándole que se explicara mejor. Una sola mirada cargada de lo que el primer custodio solo pudo describir como la más absoluta agonía le bastó para responder a su pregunta. No solo estaba ante la posibilidad de haber perdido a su única hermana y esposa de su par francés, sino además a su única sobrina e hija de Acuario.

-Mi hermana… -murmuró el Santo tibetano -¿Qué...? ¿De qué se trata todo esto, Acuario? Te lo ruego; dime qué sucedió... Pareces haber visto un fantasma... Luces pálido y tenso...

-Realmente... Sinceramente necesito regresar a Acuario, Mü... Acompáñame si lo deseas... Ni siquiera yo puedo creer que lo que vi sea cierto...-. El lemuriano asintió, despidiéndose de su antiguo maestro y escoltando a su camarada (quien estaba visiblemente consternado aún) de regreso al Onceavo Templo. Tan pronto como estos hubieron desaparecido, la joven Saintia de Camaleón en compañía de Clarissa, aprendiza de Escorpio y de uno de los guardias del Santuario ingresaron desesperadamente en el salón. Ninguno pareció haberse percatado de los dos Santos que acababan de marcharse. El lemuriano detuvo a la mujer apoyando sus manos en sus hombros y esta pareció calmarse -al menos ligeramente- casi al instante. Luego de un momento, llevó la mano a su mentón y retiró su máscara sutilmente, casi como si temiera lastimarla. O rozar alguna herida existente. Se dio cuenta finalmente de que, en efecto, el rostro de la mujer estaba estropeado. Por decirlo de una manera sutil. Y aquella fue sinceramente la palabra más suave que se le ocurrió pensar en ese momento. Una herida profunda y aparentemente cortante le atravesaba prácticamente desde la ceja hasta apenas por debajo del pómulo izquierdo, lo que le hacía imposible abrir ese ojo, mientras que tenía las comisuras de los labios impregnadas en sangre seca y dos cortes transversales sobre la mejilla derecha. Al observar aquello, Shion no pudo evitar preguntar de dónde venía y qué le había ocurrido exactamente. La mujer etíope sacudió la cabeza y murmuró que probablemente no lo creería si se lo dijera.

-Habla, hija; por favor... -suplicó en su habitual tono paternal el hombre bicentenario -Dime... ¿Qué te ocurrió?

-Permítame, Patriarca... -intervino cortésmente Clarissa. La joven aprendiza se acercó a él cuando este se lo permitió y esta le extendió un sobre escrito en una lengua que, si bien ella no reconocía completamente, podía describir como eslava o germana. Shion tomó la carta y, luego de leer el remitente en el sobre, le explicó a la joven que probablemente debiera entregársela a Camus, ya que estaba escrita en ruso y, además, reconocía perfectamente a quién pertenecía la caligrafía de la misma. Es decir, al antiguo maestro del Santo galo y, además, un viejo amigo de él y Dokho de Libra. La joven asintió, haciéndole una ligera reverencia antes de retirarse hacia el Onceavo Templo junto a June.

En Acuario, mientras tanto, Camus y Mü acababan de terminar su breve conversación cuando ambos se percataron de la presencia de los Cosmos de las dos mujeres. Sin embargo, Aries fue el primero en darse cuenta de que el de la única Saintia entre ellas se sentía débil. Quizá, razonó para sí, le era más fácil detectarlo simplemente porque ambos compartían signo. El hombre de cabello carmesí lo observó ligeramente contrariado por una fracción de segundo antes de ponerse de pie y salir a recibirlas. Tan pronto como las tuvo frente a frente se dio cuenta del porqué de la reacción cuanto menos extraña del tibetano. Sin siquiera pensarlo, ordenó a Clarissa regresar al Recinto de las Amazonas en busca de Marín, para luego alzar sus rubíes a la máscara plateada y borgoña que ocultaba el rostro de la etíope y quitársela con cuanta sutileza le permitió la tensión de la que se vio preso en ese momento. Especialmente al notar la no demasiado saludable marca borgoña con bordes púrpuras a un costado de su cuello y que en apariencia quien había estado anteriormente con ella había ignorado olímpicamente. Nuevamente sin pensarlo dos veces, llevó a la mujer a la silla más cercana y se arrodilló delante de ella, apoyando su mano izquierda sobre la herida y encendiendo levemente su Cosmos. El frío del tacto y la energía de su camarada sobre el calor de la sangre aun corriendo debajo de esa herida provocaron que la Saintia apretara involuntariamente los dientes bajo la máscara para luego dejar escapar un grito ahogado. Camus apartó su mano luego de escasos minutos y sacudió la cabeza. Solo en ese momento reparó en que también se encontraba allí Clarissa. La joven griega de cabello castaño rojizo se inclinó respetuosamente cuando el galo giró hacia ella y este le pidió en un tono amable -en realidad, para su sorpresa, se lo pidió por favor- que se quitase la máscara.

-¿Señor? -preguntó sorprendida la adolescente -Mi... Mi maestro no permite que esté en su Templo sin máscara...

-Mais je ne suis pas Milo, chèrie. Et, d'ailleurs, nous ne sommes pas non plus en Scorpion… detuvo al instante al notar lo que llevaba la joven en su mano y, aunque aquello no era habitual en él, no pudo evitar preguntarle de qué se trataba -Discúlpame, Clarissa pero, ¿qué traes ahí?-. La adolescente bajó la mirada al sobre aún en su mano y rápidamente se lo extendió al mayor, explicándole que, de acuerdo al Patriarca Shion, era una carta en ruso dirigida a él. Mü, que aún se encontraba allí en Acuario entonces le pidió a su compañero que la leyera si lo deseaba, mientras que él se ocuparía de June.

-Realmente te lo agradezco, Aries... -respondió el francés asintiendo -Pero no es nada de extrema urgencia que requiera mi atención inmediata. ¿Supongo que te he mencionado alguna vez acerca de los dos gemelos eslavos, Anatoly y Katerina?

-Recuerdo que Anatoly de Piscis Austrinus llevó a Perseo con su maestro. En cuanto a Katerina... Mi maestro mencionó alguna vez que dejó a dos de sus tres hijos a la suerte... Espera, ¿Katja de Acuario era...?

-Mi madre; la única mujer en portar la Armadura de Acuario. Y la única Saintia de Hielo antes de que mi hermana heredara Piscis Austrinus...-. Y mientras decía aquello le extendía el sobre a su amigo. Mü lo tomó y solo pudo entender entre aquella escritura eslava justamente el nombre de aquella antigua Saintia. A diferencia de su gemelo y como le había mencionado Camus, esta portaba la Armadura Dorada de Acuario. Sin embargo, el Santo de Aries no recordaba que Camus hubiera sido entrenado por una mujer. Aunque, a su arribo al Santuario, había llegado en compañía de Aiolos y desde Francia, su tierra natal. Su camarada lo cortó antes de que pudiese agregar o acotar nada, repitiéndole que no atendería a ese asunto en ese momento, ya que tenía cosas mucho más importantes que tratar. Por lo pronto, a su camarada herida. A Mü no le sorprendió en absoluto aquella reacción por parte del pelirrojo, por lo que simplemente asintió, preguntándole si necesitaba que lo ayudara de alguna manera. Luego de pedirle a la joven de Milos que dejase la carta sobre su escritorio, levantó a June en brazos, apoyando su cabeza contra su hombro. Esto provocó que un siseo casi inaudible escapase de su boca, aunque no pasó desapercibido para el tibetano, quien le preguntó si aún le molestaban las heridas en su brazo.

-No debí haber tomado la guardia de Dokho... Aunque solo fueron cinco horas... Apenas pude pegar un ojo desde esa noche...-. Sintió de pronto la mano apenas más cálida que la de él de la joven etíope tomándole el rostro y, al bajar la mirada, June murmuró en un tono casi suplicante que entonces se retirara a descansar. Camus estuvo a punto de ceder al pedido de su amiga, recordando que también Aiolia podría encargarse (incluso mejor de lo que él lo haría) de las heridas de la Saintia. Sin embargo, rápidamente recordó que el heleno de cabello castaño se había marchado junto a Shura de Capricornio y Milo de Escorpio en una misión de la que extrañamente ni siquiera su mejor amigo había querido darle detalle alguno. Por lo tanto, bajó la mirada a la mujer en sus brazos y respondió que no podía hacerlo en ese preciso momento. Minutos después, Marín arribó al lugar luego de que Clarissa le informase de lo que había ocurrido y de que el francés había solicitado su presencia. Para sorpresa del europeo de cabello carmesí, la japonesa estaba acompañada del Santo de Leo. Camus automáticamente arqueó una ceja, preguntándole a su camarada qué había ocurrido con su misión.

-Camus... ¿Te mencionó el Patriarca, o Milo dónde nos enviaron?

-No... -respondió simplemente y con un tono de evidente urgencia el francés, a lo que luego agregó que podía informarle de ello más tarde, puesto que justo en ese momento su prioridad era asegurarse de que su compañera estuviese a salvo de lo que fuera que la había atacado. Cuando Aiolia reparó en el rostro desfigurado de June, levantó la mirada a su compañera y preguntó si ella tenía idea alguna de qué había ocurrido, admitiendo que sus heridas le resultaban familiares, preguntándole incluso a Camus si no creía lo mismo. Considerando que él había visto las heridas de la persona en quien estaba pensando. Si tal reacción era posible de ver en aquel sujeto, Acuario se quedó literalmente paralizado. La Saintia de Camaleón tenía en su rostro las mismas heridas que Shaina tenía en casi la totalidad de su cuerpo. Heridas que solo podía causar su hermana mayor.

-¿Dices que...? ¿Crees que Isabelle pudo haberla herido? Creí que June había regresado a Andrómeda...-. Antes de que pudiera llegar a alterarse siquiera, Mü apoyó su mano en el hombro de Camus y murmuró que intentarían resolver esa situación lo más pronto posible. Sin embargo y como él mismo lo había dicho, lo más importante en ese preciso momento era que su compañera estuviese segura y, por sobre todo, tranquila. El galo asintió con una pequeña sonrisa en su rostro y finalmente se dirigió a la habitación de aprendices en compañía de Aiolia.

Tan pronto como el Santo de Acuario recostó a June sobre la cama que alguna vez utilizara su discípulo, esta ya se había dormido profundamente. El castaño entonces le quitó la máscara, para luego informar a Camus que le pediría a Marín que se encargara de quitarle su Armadura. El galo arqueó una ceja, preguntándole por qué habría de hacerlo. Sin embargo, antes de que Aiolia respondiera, el joven de cabello carmesí se dio cuenta de que la herida que había visto antes en su cuello llegaba casi hasta debajo de su pecho. Por otro lado, tenía dos heridas tan profundas en el abdomen debajo de las costillas como la que él mismo había sufrido durante su combate con su hermana. Aquello no hizo más que confirmar sus sospechas de que en efecto había sido Isabelle quien la había atacado. Sus flechas eran capaces de provocar quemaduras que infligían una agonía más que simplemente dolor tan intensa en su víctima como las mismas Rosas Demoníacas Reales de Afrodita. Y, a decir verdad, él nunca había siquiera entrenado con el Santo de Piscis como para saber cómo era realmente el veneno de sus rosas. Sin embargo, era quizá el único además de Mü de Aries que conocía casi a la perfección cada uno de los secretos de las Armaduras Doradas. Aiolia le pidió de nueva cuenta que se recostara, advirtiendo que al parecer estaba cansado simplemente de pensar en las posibilidades de que su hermana estuviese involucrada en el ataque a June. Camus sacudió lentamente la cabeza y se puso de pie, aunque se sintió repentinamente mareado y debió sentarse de nuevo, lo que hizo que el Santo de Leo le mirase con una expresión preocupada en su rostro. Finalmente él mismo ayudó a su compañero a levantarse y lo llevó a la habitación principal, preguntándole si necesitaría algo. El Santo de Acuario respiró profundamente un par de veces para intentar calmarse y finalmente le pidió un vaso de agua.

-De acuerdo; enseguida regreso. Tú solo intenta descansar...-. Camus asintió. El custodio del quinto templo se retiró y, al pasar junto a la habitación donde se encontraba Marín, se asomó apenas a la puerta y le preguntó por el estado de la joven etíope. La japonesa de cabello castaño se había quitado su máscara, por lo que le fue sencillo percibir la tristeza en sus ojos mientras le explicaba que June se había dormido tan pronto como terminó de tratar sus heridas. Y que tenía la sensación de que la herida en su cuello hubiera sido peor si Camus no la hubiese ayudado con su Cosmos. Aiolia comprendió que se refería a que había utilizado su Cosmos para disminuir la inflamación -y el dolor- de esa herida. Finalmente, fue el turno de Marín de preguntar a su novio por el estado de su camarada Dorado. El Santo de Leo sacudió la cabeza, admitiendo que también Acuario se había dormido tan pronto como se acostó. De hecho, estaba a punto de ir a la cocina por un vaso de agua, aunque creía que no la necesitaría en ese momento.

-Entiendo, Aiolia. Regresa a Leo si quieres. Yo me quedaré aquí en caso de que necesiten algo...

-Está bien. Buenas noches, Marín. Te veré en la mañana...

Por la mañana, el Santo de Andrómeda se dirigía al Recinto de las Amazonas en busca de June cuando una voz masculina detrás de él lo detuvo, explicándole que no la encontraría allí. Sorprendido, el oriental de cabello verde giró rápidamente, encontrándose con Saga de pie detrás de él. El Santo de Bronce permaneció en silencio mientras el mayor se dirigía a él. El heleno agradeció el gesto asintiendo lentamente y agregó que la Saintia de Camaleón se encontraba en la enfermería del Santuario si deseaba verla. Ante el gesto de evidente preocupación y temor de Andrómeda, Géminis le explicó que había sido atacada por sorpresa días atrás, mientras él se encontraba ausente del Santuario y que Acuario, Leo y Aquila habían cuidado de ella hasta esa mañana, cuando Camus decidió que sería mejor llevarla a la enfermería. Shun asintió, agradeciéndole al mayor por la información, inclinándose a manera de despedida y dirigiéndose a la enfermería. Mientras el menor se alejaba, otro Santo se acercó a él y, apoyando su mano en el hombro del heleno, preguntó si creía que su camarada estaría bien. Imaginaba que la Saintia lo estaría, ya que no solo contaba con sus amigas para sostenerla, sino además con su prometido y las jóvenes aprendizas del Santuario. No obstante, concluyó el lemuriano de Aries, no estaba seguro de qué ocurriría con Camus una vez que haya reaccionado a lo que estaba sucediendo realmente. Saga arqueó una ceja, preguntándole a su compañero a qué se refería, a lo que el hombre de cabello lila simplemente respondió que solo Atenea y Shion sabían con certeza qué había sucedido con June. Es decir, quién la había atacado. Sin embargo, sí podía anticiparle que, en apariencia, estaba directamente relacionado con el Santo de Acuario.

El Santo de Andrómeda llegó a la enfermería y allí se encontró con Camus a la entrada de la misma, recargado levemente contra la pared de brazos cruzados y con los ojos cerrados. Shun no quiso estorbarlo, creyendo que estaría descansando (por extraño que aquello pareciera) por lo que simplemente continuó hacia el interior del pasillo. La habitación donde estaba June se encontraba apenas a pocos pasos de allí. Antes de que llegara a la misma, escuchó la voz del francés preguntándole si permanecería allí toda la noche. El más joven notó sin necesidad de mirar al mayor a la cara que su pregunta no acarreaba el menor atisbo de sarcasmo o ironía. Muy por el contrario, aquello no era para nada habitual en Camus. El Santo de Andrómeda permaneció en silencio por algunos instantes hasta que finalmente volteó para ver a su acompañante a los ojos y asintió, solicitándole en su habitual tono amable y calmo y con un dejo de preocupación en el mismo que se retirase a Acuario si lo deseaba, admitiendo que se lo notaba un poco cansado. El galo pelirrojo no pudo evitar sorprenderse de que el menor se haya percatado de eso, incluso cuando había intentado ocultarlo de todas formas posibles. Finalmente, asintió con una pequeña sonrisa, apoyando su mano en el hombro de su camarada y murmurando un 'gracias' tan inaudible que evidenció aún más la veracidad en las palabras del oriental. Estaba exhausto.

-Je t'en supplie, Camus; prendre sa retraite. Tu peux le ressenti plus tard si tu ne te repose pas maintenant…

-Gracias… -murmuró el francés mientras se alejaba de la pared, aunque tenía su mano izquierda apoyada en la pared, como si temiera caerse. En ese instante se percató de que realmente estaba más exhausto de lo que había imaginado. Se sintió ligeramente mareado aunque, antes de que cayera hacia adelante cuando la pared tras él pareció no servirle de sostén, el Santo de ojos verde-azulados lo tomó por los hombros. Se alarmó al percatarse de que tanto la respiración como el pulso de su compañero estaban sumamente acelerados y, como si aquello no fuese suficiente, Camus estaba temblando. Recordaba haberse encontrado una vez en una situación tristemente similar a esa, aunque en aquella ocasión el joven a su lado yacía prácticamente inerte. Cuando abrió los ojos (los cuales ni siquiera recordaba haber cerrado), Shun dejó escapar un grito tan desesperado como ahogado al percatarse de que sus pensamientos se habían vuelto realidad. El Santo mayor no solo había dejado de temblar (y de moverse por completo) sino que además su Armadura Dorada estaba cubierta en una delgada capa de escarcha. Ya no era un Santo de Bronce, aunque aún llevara su Armadura, por lo que, olvidando por un instante a la joven Saintia etíope, el joven oriental buscó un lugar donde llevar a su compañero. Ingresó en una de las habitaciones y recostó al mayor sobre la cama tendida, sentándose a su lado y apoyando una de sus manos en el pecho de Acuario. Encendió apenas ligeramente su Cosmos y fue aumentando gradualmente la intensidad, permaneciendo allí con la esperanza de que su poder ayudase al onceavo guardián de la misma manera que lo hiciera con su discípulo cinco años atrás.

Mientras tanto, dos de las doncellas del Santuario ingresaron a la enfermería para cambiar las sábanas de las habitaciones. Una de ellas repentinamente emitió un grito de sorpresa y a la vez de horror, alertando automáticamente a su amiga y a Shaina, quien ingresaba detrás de ellas para visitar a June. La Saintia de cabello verde inmediatamente siguió a la más joven con la mirada y halló en la habitación frente al pasillo a los dos Santos completamente inconscientes. No obstante, un leve aunque perceptible rastro del Cosmos de Shun hizo a la italiana darse cuenta de dos cosas. Por un lado, de qué había hecho en realidad, recordando lo que alguna vez le mencionara Seiya lo que el joven oriental había hecho por Hyōga. Por el otro, de que si sus sospechas eran ciertas, no despertaría pronto.

-Cielos, Andrómeda... -murmuró entre dientes (el gesto quedó oculto bajo su máscara) -¿Qué diantres has hecho?

Aclaraciones:

*ß Aquarii: conocido en la astronomía como Sadalsuud, es la estrella más brillante de la constelación Acuario. Su nombre, derivado del árabe, significa 'suerte de suertes'.

**Hamal: es la estrella más brillante de Aries, Alpha Arietis. Su nombre deriva del árabe y significa 'cabeza del carnero'.

Traducciones:ídem con los otros capítulos.

'Devais-tu... Devrais-tu être déjà levé? Tu n'aurais pas dû... Pas encore...': ¿Deberías…? ¿Deberías haberte levantado ya? No debiste… No aún…

'Je vais plutôt bien, Verseau, merci. C'était toi qui n'aurais pas dû être aussi téméraire...': Estoy bastante bien, Acuario, gracias. Eres tú quien no debiste haber sido tan temerario.

'T'as été inconscient pour trois jours maintenant. As-tu la moindre idée du nombre de fois où ta nièce a essayé de te réveiller? : Has estado inconsciente desde hace tres días. ¿Tienes la menor idea de cuántas veces ha intentado despertarte tu sobrina?

Bonne nuit, mon cher Saint. Repose-tu bien: Buenas noches, mi querido Santo. Descansa bien.

Pareil pour vous, ma belle dame...: Lo mismo para usted mi bella Dama.

Dieux... Excusez-moi, mais... j'ai besoin de retourner au Verseau... Cela ne peut pas être vrai; d'abord ma sœur aînée, maintenant ma femme? : Dioses… Discúlpenme, pero… necesito regresar a Acuario… Esto no puede ser cierto; ¿primero mi hermana mayor y ahora mi esposa?

Mais je ne suis pas Milo, chèrie. Et, d'ailleurs, nous ne sommes pas non plus en Scorpion: Pero yo no soy Milo, cariño. Y, además, ya no estamos en Escorpio.

Je t'en supplie, Camus; prendre sa retraite. Tu peux le ressenti plus tard si tu ne te repose pas maintenant: Te lo ruego, Camus; retírate. Te resentirás más tarde si no descansas ahora.

¡Y he llegado al capítulo 4 amigos! Espero sea de su agrado y nos leemos pronto.

¡Saludos!

Mythlover09