Capítulo 4
Lucifer.
¿Cuánto tiempo... Había pasado ya?
La noción del tiempo se había borrado de su cerebro. Asumía que llevaba un año casado con Madara, pero no podía estar del todo seguro.
Lo cierto era que todo el tiempo pasado había sido un infierno eterno; lleno de amenazas, golpes, maltratos y manoseos. Madara no lo dejaba salir, a menos que fuera con él. Su familia realmente no se preocupaba por él, a excepción de su hermana mayor; Temari siempre pasaba a visitarlo junto con su esposo Shikamaru.
Eligió una playera de manga larga color vino; supuso que eso cubriría las heridas que manchaban su piel. También cubrió los moretones de sus piernas con unos jeans oscuros, no tan ajustados, no tan escurridizos. Se miró al espejo y contempló la imagen que salpicaba el metal, palpando suavemente la herida sobre sus labios.
Aún le dolía.
— ¡Inútil!
No tuvo siquiera tiempo para prepararse. Sintió sus huesos tronar secamente mientras su rostro era lanzado hacia atrás, girándole sobre su cuello y haciéndolo escupir un gemido de dolor.
Cayó sobre la cama y no hizo nada. No se atrevió a abrir los ojos, sólo escuchó quedo los rápidos pasos del mayor acercarse hacia él.
— ¡No puedo creer que seas tan inservible que ni siquiera puedas darme un hijo!— graznó Madara tomando al pelirrojo violentamente por las ropas, acercándose a su rostro y gruñéndole con furia.
— ¿De... qué estás hablando?— preguntó. Su voz se escuchaba baja y angustiada; ansiosa, por saber la lo que se refería su marido.
El moreno volvió a gruñir como perro rabioso.
— ¡Los análisis que te realizó Nagato!—le gritó a centímetros de sus labios, provocando que al otro se le entumieran los oídos por la intensidad de las palabras —. Dice que no eres capaz de procrearme un hijo.
—... ¿Qué?— él sintió que el mundo se le paró. Los ojos, los tenía abiertos como platos y las iris parecían entablar una danza alocada dentro de sus pupilas. Ahí, nacieron sus lágrimas.
—Según él has perdido la oportunidad de embarazarte por haber abortado a temprana edad— informó, aún con las palabras agrias y filosas. Al mirar el rostro del menor mojándose, arrugó la nariz—. Deja de llorar como puta, tú mismo tienes la culpa por ser tan débil.
¿Culpa?... ¿Qué culpa?... ¿De haber perdido sus oportunidades de ser padre? Sí. Era su culpa y lo sabía..., algo que para donde quiera que mirara, siempre iba a ser de la misma manera.
Ya no podía dar a luz a un hijo.
Sintió un revoltijo en su estómago y algo en su interior se quebró, haciendo un sonido hueco y seco, como el de un cristal rompiéndose. Se quedó inmóvil y dejó su cuerpo perderse entre las sensaciones incómodas y punzantes que eran los golpes de Madara. Realmente no los sentía, estaba demasiado dolido ya como para tomar en cuenta del daño físico.
Entonces se quedó solo.
Un resentimiento en él creció, acompañado de una profunda depresión. Si tan sólo hubiera tenido un poco de fuerza de voluntad, todo esto no estaría pasando, y había llegado al momento en el que su mundo estaba reducido en esas cuatro paredes tapizadas de vino, en penumbra. Ni siquiera había cambiado su posición desde que Madara salió, dos días antes. Tenía el rostro hundido en la almohada, hinchado por tanto llorar. Sus ojeras eran más intensas y grandes, su piel mucho más pálida (si es que eso se podía) Y no hacía más que maldecirse, lamentarse e insultarse. Era algo que simplemente lo estaba destruyendo por dentro, alterando su estado mental como el rechinido de la puerta que quedó retumbando dolorosamente en sus tímpanos.
—Joven amo, tiene que comer algo— la voz tranquila y prácticamente seria del muchacho pelirrojo lo obligó a mirarlo a los ojos, sin muchas ganas y con una cara de pocos amigos.
–Lárgate, no tengo hambre— contestó, con la voz rasposa y arrastrando obligatoriamente cada una de las palabras. Regresó a su posición anterior en lo profundo de la almohada.
El muchacho exhaló cansadamente, echándole una mirada a su alrededor. Se sintió tentado a ir y abrir las cortinas para dejar que la luz solar iluminara el lugar, pero él, mas que nadie, sabía que eso molestaría de sobre manera a Gaara, pues no por nada era un chico pálido con un extremo odio al sol.
—Pero...
—Te dije que no, Sasori— interrumpió con voz ronca —. Vete por ahí a limpiar, ¿Quieres? Si no tienes nada que hacer ve a molestar a Deidara y déjame en paz.
Los puños del ojimiel se apretaron, pero logró controlarse y sólo rodó los ojos resignado para salir de la habitación, tentado también a azotar la puerta tras de sí.
Solo de nuevo, Gaara echó el rostro a la almohada y soltó un extraño sonido de sus labios; un quejido muy extraño y ronco. Entonces sintió un peso en sus hombros que le impedía respirar correctamente. Parecía como si las costillas le fueran a reventar y la cabeza a explotar. No lo soportó. A sus ojos no había nadie más miserable, desdichado y lamentable que él. Y esos ojos empezaron a expresar lástima por su portador, en forma de lágrimas heladas que penetraban la tela de la almohada y se perdían en el relleno. Temblaba, sudaba, escupía gemidos ahogados que se perdían en las paredes de aquella habitación, y sólo se llegó a hacer una pregunta, tal vez, ya repasada un millón de veces y sin esperanzas de ser contestada...
— ¿Por... por qué a mí?— le dolió la voz agria en su garganta.
Casi le da un infarto cuando sintió una mano tomar su hombro con delicadeza. Por poco se cae de la cama al tratar de voltearse y encarar a esa persona. Ella le dedicó una mirada comprensiva y una apenas perceptible curvatura de labios.
—Tranquilo— calmó ella con voz suave. El pelirrojo le miró de forma extrañada, con algo de desconfianza. Se hizo para atrás, incorporándose en la cama y quedando bien sentado sobre esta. Pasó saliva.
— ¿Qué hace aquí?— preguntó.
La peliazul se llevó una mano a la boca, dejando escapar una pequeña risita.
— ¿Que ya no puedo visitar la casa de mi cuñado?— expresó sarcástica, tratando realmente de sacarle una sonrisa al otro. Aunque claro, fue un acto fallido.
El taheño arqueó el lugar sin ceja y se quedó callado, mirando a la mujer. Ella le regalaba, de nuevo, una sonrisa radiante y hermosa, con evidente aire maternal. Pensó que ella era una persona capaz de transmitir y recibir felicidad de los demás, tomando como fuente la suya. Una persona así debía ser extremadamente feliz; eso lo veía en su rostro. Y entonces se sintió más miserable.
Mikoto tenía todo lo que cualquier mujer querría: Estaba casada con uno de los hermanos Uchiha, tenía dos hijos que rozaban lo perfecto y, por si fuera poco, vivía en una mansión con lujos envidiables. Se podía decir que Gaara tenía lo mismo... A excepción de un hijo y... Felicidad.
Se preguntó, redundantemente, si había hecho algo mal para vivir un paraíso que más bien parecía un infierno.
Bajó la mirada, pero el mentón le fue alzado por ella, obligando a sus ojos aguamarina a encontrarse con los de Mikoto.
—Oye, ¿Qué es lo que te ocurre?— preguntó con ligero deje de preocupación.
El muchacho entrecerró los ojos e inconscientemente llevó las manos a su vientre, como abrazando algo que sabía que nunca volvería a estar ahí— No es nada...
La peliazul chasqueó la lengua.
—Si no fuera nada, las lágrimas no tendrían ningún motivo para correr por tus mejillas.
No lo había notado, y se sorprendió cuando sintió, en efecto, el rostro húmedo. Abrió de golpe los ojos y ahogó un gemido, para luego resignarse y estrujar con más fuerza su estómago.
—Soy un estúpido— mustió sollozante.
Dio un pequeño saltito al notar la mano de la mujer, también sobre su vientre, y cuando la volteó a ver, ella estaba sonriéndole.
—No es culpa tuya— dijo, sorprendiendo se sobremanera al menor. Luego, su expresión se volvió seria —. Fue contra tu voluntad y además eras muy joven para pasar por un procedimiento como ese. Si alguien aquí debe ser culpado es...
Hubo silencio. Mikoto prefirió ahorrarse sus palabras para ella misma, pues no quería afectar más al pelirrojo. Por su parte, él la miraba con ojos bien abiertos y los labios separados.
Ella recupero la compostura y sonrió nuevamente.
—Bueno, sólo debes saber que no fue tu culpa— y se llevó parte de sus hebras azuladas por detrás de su oreja, dejando al descubierto, inconscientemente, el moretón de tonos morados que se extendía por debajo de su oreja, en la mejilla.
— ¿Qué te pasó?— cuestionó entonces el menor, a lo que la mujer, dándose cuenta de su error, volvió a acomodarse el cabello de tal manera que le cubriera el golpe.
—"No es nada"— respondió, notando la ironía del asunto al recordar que Gaara había dicho lo mismo momentos antes.
No podría simplemente decirle que tenía ese golpe porque el mismo Fugaku la había golpeado después de que Madara le hubiera comentado a este sobre el reclamo que ella le hizo al enterarse del aborto de Gaara. Porque según Fugaku, ella no tenía ningún derecho de levantarle la voz a su hermano.
—Soy muy tonta, ¿sabes? Me caí de las escaleras de mi casa por la prisa de hacerles de desayunar a Itachi y Sasuke.
El taheño había doblado el rostro a un costado de forma curiosa, pero ahora su expresión volvía a denotar afligida. Así que de un movimiento rápido, ella se acercó y lo abrazó, acomodando la cabeza del chico sobre su regazo.
—Sólo recuerda que tú eres especial, y no tienes que andar considerándote menos por los errores de los demás— comenzó, despacio, a acariciarle los cabellos rojizos—. Quizá algún día podrás volver a tener la oportunidad de ser padre...
Tranquila, sintió las silenciosas lágrimas del pelirrojo mojar su brazo.
Respiró profundo y salió de la habitación. Al caminar por el pasillo logró distinguir dos voces: una animada y la otra inconfundiblemente aburrida; su hermana y Shikamaru habían llegado.
Bajó a conversar con ellos un buen rato. Durante un momento sintió que el corazón se le salía de la garganta cuando Temari mencionó lo delgado que se veía, pero logró excusarse diciendo que era su imaginación; que él era pálido y delgado por naturaleza. Y aunque la chica siguiera dudando, no dijo nada más.
Después de despedirlos subió a su habitación y se sumergió en la bañera. Suspiró relajadamente al sentir el agua tibia y cayó en un estado soñoliento. Con los párpados entrecerrados, su mente comenzó a dispersarse, a olvidarse de la hora, del día, de los minutos..., de sus problemas.
Aquél problema...
En menos de medio segundo, los ojos se le abrieron imposiblemente, y sintió el mero nudo de la preocupación trepar por su garganta. Tenía más de tres días que Madara no llegaba a dormir, ni siquiera se presentaba en la mansión; ni una llamada, nada.
Y Gaara quería saber qué demonios estaba pasando, aunque no se atrevía a ser él quien llamara al pelinegro... Aun no tomaba tanta confianza. Entonces, ¿Estaría bien ir a verlo a su oficina? Quizá... Bueno, eso era lo que comúnmente hacían las parejas, ¿no? Una visita de vez en cuando no le hacía daño a nadie.
Con la decisión arriba de la duda, Gaara salió de la bañera. Tomó la toalla mientras le gritaba a Sasori que le avisara a Suigetsu que iba a salir. Se secó, se vistió, bajó y se metió en la limusina.
El camino lo pasó con las piernas temblándole como gelatina, y su corazón no dejaba de palpitar a un ritmo alarmante. Los ojos turquesa se le perdieron en la ventana, ausentes la mirada analítica del peliblanco que conducía el vehículo. Entonces, cuando miró a lo lejos el edificio de las empresas Uchiha, pensó que el corazón le explotaría dentro del pecho.
—Buenos días, Gaara-sama— saludaron cortésmente los empleados del lugar a ver al mencionado entrar. El muchacho les devolvió el gesto amablemente y caminó directo al ascensor.
Presionó el noveno piso; el piso de Madara, y primeramente se encontró con la chica pelinegra que era la secretaria del Uchiha, Shizune.
Ella saludó en un tono de voz entre amable y mecánico. Cuando el pelirrojo preguntó por Madara, la muchacha sonrió con calidez —Está en su oficina, hablando con una socia; si quieres puedes pasar.
Gaara tragó hondo y agradeció. A pasos lentos, sintiendo las piernas pesadas y temblorosas, logró llegar a la puerta que daba paso a la oficina del azabache. La mano le tembló al momento de posarla sobre la perilla, y sintió como dos de sus sentidos se nublaron. Oído y tacto habían muerto..., y la vista cubierta con una capa espesa que sólo le permitía ver aquella puerta. Era lo único que lo separaba de su marido...
Justo cuando la abrió, el iris de sus ojos desapareció y su rostro deformó. El peso del mundo cayó sobre sus hombros, quebrándole los huesos y aplastándole su inestable corazón. Y tembló. En su lugar, con torpeza, pareció perder el equilibrio más de una vez. Sus ojos se escondieron tras un manto acuoso.
Shizune no tenía ni la más mínima idea, ¿cómo iba a saber que su jefe se estaba follando a Mei Terumi allá adentro? De haber estado enterada, hubiera inventado cualquier excusa para evitar la entrada del pelirrojo.
La pelirroja estaba sobre el escritorio, desnuda, con las piernas abiertas y moviendo su cuerpo al compás de las embestidas que le daba Madara. De nuevo ese maldito Deja vu; el saber que cada noche el azabache follaba a esa mujer hasta el cansancio.
Durante el éxtasis, Mei abrió los ojos y al ver a Gaara, rápidamente aventó al azabache a un lado. Él también volteó, enfocando la mirada en aquellos ojos acuosos que derramaban un mar ácido de lágrimas.
Cuando Mei hubo salido (demasiado avergonzada, refunfuñando entre dientes y acomodándose la falda) Gaara quiso hacer lo mismo y dio media vuelta, pero Madara lo agarró toscamente del brazo y le obligó a mirarle.
—Tú no te vas a ningún lado— curveó los labios de manera retorcida—. Saliste sin mi permiso, ahora atente a las consecuencias.
Sabía lo que venía después de eso. Los abusos ya se le estaban haciendo costumbre, pero igualmente se sentía la persona más miserable del mundo.
Leyó en el calendario:
9 de Diciembre…
Suspiró con pesadez.
Las voces provenientes de la sala le llegaban como murmullos lejanos y confusos. Allá afuera estaba Madara, platicando con Yahiko. Se llevó una mano a la cabeza y la adentró entre sus cabellos rojos. Comenzaba a dolerle la cabeza, así que abrió el botiquín y buscó una aspirina. Y al momento de cerrarlo, se topó con el rostro de Konan sonriéndole alegremente.
— ¿Está todo listo para la fiesta?— habló ella con palabras, pero aquella peculiaridad suya no evitó que el pelirrojo abriera los ojos como platos. Después bajó la mirada.
Konan era la esposa de Yahiko; una mujer con clase, hermosa y en ciertas ocasiones, bastante seria. Pero se llevaba muy bien con el pelirrojo, y hasta lo había convencido de hacerle una fiesta sorpresa a Madara por su cumpleaños. Gaara al principio opuso resistencia, pero la peliazul de alguna manera logró que accediera.
Quizá si hago esto... haya alguna posibilidad de que él...
Sus pensamientos se le hicieron ridículos, y se maldijo mentalmente por creer que sólo una fiesta podría cambiar a Madara. Pero ya no podía hacer nada al respecto. Konan ya les había avisado a todos.
—Supongo que sí— contestó, echándose la pastilla a la boca, tragando un poco de agua del vaso que tenía entre sus manos.
El ambiente del lugar era bastante alegre, lleno de un aire agradable y bastante elegante. Su familia había llegado; también los Uchiha, los Uzumaki y los Hyuuga. Gaara recibía a los invitados con una sonrisa suave y feliz, agradeciendo los halagos que le hacían los demás: "¡Qué bien te ves!", "¡Tienes tanta suerte de estar con Madara!", "¡Seguramente vives un cuento de hadas!"
Pero ojos ciegos sólo ven el exterior. Nunca se imaginarían que dentro de aquella casa ese muchacho era maltratado, golpeado, humillado, y hasta a veces —si no es que siempre— violado. Se dio cuenta entonces que había bajado la mirada, notándose un poco melancólico. Cuánto le gustaría vivir la vida que los demás creían que tenía...
—Este..., ¿quiere un bocadillo, Gaara-sama?— saltando de sus pensamientos, el mencionado se giró hacia su pelirrojo sirviente, que le extendía una bandeja de chocolates.
Gaara asintió y tomó uno.
—Gracias— mustió. Sasori no dijo nada más. Simplemente continuó repartiendo bocadillos a cualquiera que se cruzara por su camino. Y no era de más decir que el ojimiel estaba algo torpe esa noche. Por alguna razón, sentía una pesada mirada sobre su cuerpo.
— ¡Hey, Sasori!— escuchó su nombre y se giró hacia Madara, que apenas había llegado a la mansión (claro, después de recibir el regalo de cumpleaños de parte de Mei) El pelirrojo se acercó al Uchiha abandonando un suspiro relajado. Al parecer la mirada sobre él había desaparecido —. ¿Qué es esto?
—Una fiesta por su cumpleaños— resaltó lo evidente con voz tranquila.
El moreno echó una mirada a su alrededor y luego suspiró, adentrando la mano derecha en su larga cabellera negra.
—Deja eso y ve a prepararme un trago— ordenó y el chico de inmediato obedeció. Él a lo lejos observó a sus amigos en la barra de la cantina.
Iría con ellos a beber un poco, después de todo ya había satisfecho sus deseos carnales.
—Oye, Gaara— esa voz femenina sacó al Sabaku de sus pensamientos depresivos y le obligó a encarar a la chica—. ¿Cómo va todo?
—Bien— dijo con palabras tranquilas, desviando la mirada de Konan y enfocándola en la figura de Madara, a lo lejos.
La chica de los ojos dorados torció la boca divertida y jaló al pelirrojo del brazo, arrastrándolo por toda la mansión.
—Tienes que quitar esa cara larga, Gaara— ordenó firmemente, no sin un deje de gracia—. Incorpórate a la sociedad y ve a conversar con chicos de tu edad.
En muchacho se dejó hacer, viendo hasta el fondo un grupo de jóvenes a quienes se acercaba con torpeza.
—Muy bien— dijo la peliazul al momento de haber llegado, captando la atención de lo menores—. Él es Naruto Namikaze, hijo de Minato Namikaze— el mencionado rubio le regaló a Gaara una enorme sonrisa de oreja a oreja —. Ella es Karin Uzumaki, hija de Nagato Uzumaki y prima de Naruto— la chica pelirroja saludó acomodándose los lentes de forma peculiar mientras sostenía una lata de cerveza entre las manos —. Él es Hatake Sai, hijo de Hatake Kakashi— Konan señaló al pelinegro que sonreía curiosamente. Luego, los ojos dorados de la muchacha pasaron a los hermanos que se encontraban a un lado de Karin —. Bueno, supongo que a ellos dos ya los conoces.
—Ahh, sí— los ojos aguamarina se posaron en la figura de la que colgaba el brazo de Karin —. Hola, Sasuke.
Dos palabras. Aquello fue suficiente para acelerar el número de latidos en el corazón del Uchiha más pequeño, cuyos ojos se abrieron expandiendo su brillo. Pareció temblar en su lugar y tambaleó los labios con torpeza, intentando responder al saludo.
—Hola, Gaara-sama.
Se quedaron un momento en silencio, no mucho; máximo cinco segundos. Gaara volvió entonces su mirada hacia Itachi, topándose con los ojos escarlata de este. El moreno saludó con un sencillo "Hola" y rápidamente dobló el rostro hacia otro lado. Se vio alterado un momento, como si tratara de buscar con la mirada a alguien entre la multitud y simplemente no le encontraba.
—Bueno, yo me voy— anunció Konan comenzando a alejarse del grupo de chicos. A unos pasos giró sobre sus talones y con una pequeña sonrisa miró al taheño —. ¡Buena suerte, Gaara!
El mencionado tragó aire, sintiéndose como un niño pequeño por la sobre-atención que le brindaba la peliazul. No necesitaba desearle suerte, no es como si fuera a saltar de un helicóptero desde mil metros sobre el cielo.
No tardó mucho en hundirse en la conversación que mantenían los demás, hablando de cosas triviales y soltando risas de ven en cuando. Comprendió mucho en poco tiempo; por ejemplo: Karin tenía una relación amorosa con Sasuke, a su parecer era un chicle pegado al zapato. Y notaba un poco de fastidio en el rostro impasible de Sasuke, como si buscara el momento apropiado de quitarse a la pelirroja de encima. Algo curioso, también, fue que Naruto no lograba apartar los ojos azules del mismo azabache, cuando este le dirigía la palabra, veía que pequeño doncel pintaba las mejillas rojas. Gaara rió. ¿Era posible acaso que Naruto estuviera enamorado del novio de su prima? Bien, viendo por otro lado, Sai simplemente estaba sonriendo, escuchando la conversación de los demás y participando de vez en cuando. Pero el último, Itachi, llamó un poco más su atención. El moreno se mantenía ausente a los demás, como si estuviera sumido en su propio mundo, mirando a su alrededor como niño perdido.
—Nee, Itachi, ¿a quién tanto miras?— preguntó Sai, trayendo al mayor nuevamente a la realidad.
—Está obsesionado con un doncel— anunció Sasuke de manera burlona cuando hubo desprendido la mirada ónix de Gaara. Realmente le encantaba molestar a su hermano.
Acto logrado, Itachi frunció el ceño y le dedicó una mirada gruñona.
—Ahh, ¿Y por qué no simplemente vas y lo follas?— volvió a preguntar el mismo pálido chico de la sonrisa singular—. Tienes a todos los que quieres a tus pies.
Itachi movió los labios y se tensó. Parecía que iba a decir algo, pero lo único que salió de su boca al final fue un "Hmp"
—Este chico es diferente, mi hermano lo ha cortejado, le ha coqueteado, hasta ha tratado de portarse amable con él— el Uchiha menor hizo una pausa y ladeó una sonrisa antes de continuar—. Pero a cada intento termina mandándolo a la mierda.
...
Primero se escuchó la risa de Karin, y luego se sumó la de Naruto; posteriormente todos (hasta Gaara) estallaron en carcajadas. Las mejillas de Itachi se tiñeron de color rojo sangre y rápidamente giró la cabeza tratando de conservar su orgullo.
—Jaja, me encantaría conocer la única persona el el mundo capaz de poner al gran Itachi Uchiha a comer de la palma de su mano.
—Oh, de hecho está aquí, es...— Sasuke no pudo terminar de responder la pregunta de Sai; su hermano mayor le había cubierto la boca con la mano, tan avergonzado como cualquier colegiala enamorada.
~•~
—Ese sirviente tuyo tiene un buen trasero— comentó Kakuzu a Madara, sonriendo torcidamente y con los ojos clavados en la retaguardia de Sasori—. Me encantaría partirlo en dos.
Todos, sumidos en la semi borrachera, comenzaron a reír fuertemente, poniéndose rojos por la presencia del alcohol. Cuando sus pulmones se quedaron sin aire, sólo pudieron escuchar como Madara avisaba que iría a ver a su hermano; que en un momento regresaría.
Notando esto, un algo mareado Hidan se abalanzó sobre el hombro de Kakuzu.
—Oye, Kakuzu, ¿sabes quién está más bueno que Sasori? ¡Hip!
— ¿Quién?— preguntó el mayor mirando curioso a su amigo. El albino se acercó al oído del otro como si lo que le diría fuera algo confidencial, pero cuando lo soltó, lo dijo tan fuerte que fue perfectamente audible para Yahiko, Nagato y Kisame —. Ese chico tan delicioso que tiene como esposo, está tan bueno como para follártelo toda la noche, ¡hip!
Ante el comentario, Kisame y Kakuzu sonrieron con deseo, Nagato se quedó callado y Yahiko mostró una expresión de puro disgusto.
—Pero... Gaara-kun es prohibido— el de cabellos naranja hizo unas comillas con sus dedos en la última palabra —. Además nunca accedería a follar contigo, se ve que respeta a Madara.
El albino se irguió y frunció el ceño mientras elevaba la comisura de sus labios.
—Eso no me importa, me voy a acostar con él, de eso me encargo yo— dictó firmemente, haciendo que Yahiko rodara los ojos y se fuera de ahí. Nagato lo siguió.
Kisame y Kakuzu no le tomaron importancia a la declaración de Hidan y volvieron a poner toda su atención en las copas de vodka que seguía trayendo Sasori. El de los ojos violeta sonrió de pronto, y después de dar un trago a su bebida se volvió hacia los otros dos, adoptando una pose como de quien lo sabe todo. Los otros le miraron curiosos.
— Madara tiene precio para todas sus propiedades, y Gaara simplemente es una más de ellas— de inmediato, fijó la vista en el mencionado pelirrojo, que se encontraba con los más jóvenes, hablando con el menor de los hermanos Uchiha.
~•~
—Muy bien, dime de qué querías hablar, Hidan— preguntó Madara cruzado de brazos. Notó que Hidan se veía muy ansioso, pues el albino no acostumbraba a apartarlo de los demás cuando le hablaba sobre algún negocio. Pero seguramente tenía sus razones, y si se trataba de algo que beneficiara a Madara, seguramente accedería.
—Es un "negocio"— el albino hizo comillas con los dedos en la última palabra —. Te daré una suma muy alta si accedes.
El moreno abrió los ojos de par en par. Había llamado su atención. Entonces, al notar el silencio de su amigo él mismo se sintió igual de ansioso y presionó a Hidan para que continuara.
—Habla rápido, Hidan, no tengo todo el tiempo.
...
Su ceño fruncido miró al peliblanco pensar detenidamente; una sonrisa socarrona había surcado sus labios. Y dejó pasar más de diez segundos antes de escupir lo que tenía que decir.
—Me quiero acostar con tu esposo.
Aquel ambiente totalmente serio terminó por quebrarse cuando Madara soltó una potente carcajada que terminó haciendo que el otro desviara la mirada un poco avergonzado.
— ¿Escuché bien?— preguntó entre risas—. ¿Quieres acostarte con Gaara?— un poco más y parecería un tomate maduro—. Estás loco, Gaara es de mi propiedad; es mío desde mucho antes que naciera.
Hidan regresó los ojos violetas hacia el más alto y sonrió. Aún no se daría por vencido.
— Por eso te digo que te daré lo que quieras, ese manjar lo vale; tengo muchas ganas de cogerlo.
— ¿Lo que quiera, por acostarte con él?
—Lo que quieras.
Finalmente, sus labios perfectos extendieron una sonrisa siniestra.
—Tenemos un trato.
Los ojos escarlata penetraron en la mirada violeta que se llenaba de lujuria, deseo, desesperación por poseer un cuerpo tan perfecto como el del pequeño pelirrojo. Pero claro, Madara también tenía que salir satisfecho de todo eso; después de todo, Gaara era suyo.
—Pero con una condición— advirtió al peliblanco, quien ya iba de regreso a la fiesta. Éste giró sobre sus talones, volviendo hacia Madara —. Yo estaré presente cuando lo hagas.
Las sonrisas se sincronizaron.
— Claro voyerista, por mí no hay problema.
—Hoy lo harás, cuando todos se hayan ido.
—Está bien.
No. No le agradaba la idea de compartir a Gaara, y hasta a él mismo se le hizo estúpido haber aceptado algo como eso. Pero no lo pudo evitar. Gaara estaba pasando demasiado tiempo con Sasuke, ¡y sin su permiso! Claro que negaría el dolor que dominaba su pecho cuando veía al menor sonreírle a su sobrino, pero no por negarlo desaparecería. Así que optó por lo más fácil: Castigar a Gaara.
Rio para sus adentros. Sí que disfrutaría aquella noche...
~•~
No hacía ningún movimiento.
Su rostro se me mantenía sereno, inexpresivo. Apenas se podía notar su pecho inflarse levemente al llevar aire a los pulmones. Y sus ojos acuosos sólo miraban el techo en penumbra, muy ausentes realmente. No pretendía hacer nada más, pues en el momento en el que Madara lo llevó a la habitación sabía lo que vendría. Y la fiesta había acabado. Nadie podría escuchar aquellos sonidos que le desgarrarían la garganta.
Tenía las manos inmovilizadas, amarradas fuertemente a la cabecera de la cama, con unas frías esposas. Estaba desnudo, sentía la fresca brisa entrar por la ventana y chocar contra su cuerpo. A pesar de ser un clima agradable, le helaba los huesos.
Tragó saliva. Sabía que pronto Madara volvería a entrar por esa puerta, listo para divertirse con él.
Mientras esperaba, intentó recordar buenos momentos para no caer en aflicción. No tenía muchos, así que eligió los de esa misma noche, horas antes, cuando conversaba con los más jóvenes. Recordó entonces la sonrisa que le regalaban todos: la exagerada de Naruto, la divertida de Karin, la de Sai —aunque muy falsa, contaba—y... La de Sasuke.
Esa, en especial, se le hacía perfecta, porque aquel muchacho lo trató como si fuera su igual; no lo miró con ojos despectivos ni de lujuria, sino de una manera tan singular..., que él no podría describir. Sintió el calor de un amigo. Y ese podría ser ser un buen recuerdo...
Apenas se percató de que la puerta se abrió, volvió de inmediato a la realidad. Trató de no hacer ninguna expresión o mueca que pudiera enfadar al mayor. Sólo alzó un poco la cabeza y bajó la mirada para poder verlo. Y en efecto, sus ojos figuraron al azabache entrando a la habitación, pero pronto cruzó esa puerta, se dio cuenta de que otra sombra le seguía.
Terminó de abrir los ojos e hizo un sonido extraño. Un hombre de cabellos blancos había entrado y ahora sus ojos violetas lo miraban intensamente, haciéndolo sentir incómodo.
— ¿Quién es él?— mustió el pelirrojo, volviéndose a Madara.
Sonriendo torcidamente, mientras se sentaba en un sillón, el moreno le regaló al menor una mirada filosa.
—A quien le darás servicio como la puta que eres.
Gaara no tuvo tiempo de procesar las palabras, pues apenas y se dio cuenta, se volteó rápidamente hacia enfrente. El albino estaba encima de él a gatas, desnudo. Le miraba con las iris llenas de lujuria, ansiosas por saborear cada rincón de su piel.
El pelirrojo balanceó las manos, tratando de soltarse. No iba a dejar que aquel hombre lo tocara, no tenía derecho. Que abusara Madara de él era una cosa, después de todo había sido criado para satisfacción del Uchiha. Pero no para sus amigos. Negó audiblemente y echó la cabeza para atrás cuando los labios del albino comenzaron a besarle el cuello toscamente.
Soltó un gemido ahogado.
—Recuérdalo puta, no puedes gemir sin mi permiso.
Entonces mordió su lengua para evitar emitir aquellos sonidos. Y apretó con fuerza las sábanas mientras sentía las manos del otro recorrerle todo el cuerpo, manoseándolo suciamente, tratándolo en efecto, como una puta.
Y por su parte, Hidan se sentía en la gloria. Porque el pasar la lengua por aquella piel suave y tibia era simplemente excitante; los gemidos que se quedaban atorados en la garganta del menor, las rápidas palpitaciones de su corazón sólo incrementaban lo duro de su erección.
En un momento le apretó los muslos y esto hizo que el menor abriera la boca. Aprovechando el momento introdujo la lengua en la cavidad de Gaara y le besó salvajemente, sin dejarlo respirar; un beso que duró —para Gaara— una eternidad.
Hidan se irguió y se acomodó encima de él. Sonrió placenteramente al aplastar el miembro semi erecto del menor, verlo tragarse sus gemidos era simplemente enloquecedor.
Le miró por un momento, se veía sumamente tentador al resistirse. Tenía los párpados apretados, a punto de quebrarse; igualmente, ejercía presión en el rostro y apretaba los labios. Estaba caliente, sudado, y para terminar también temblaba. ¿Cómo no querer poseer a semejante delicia?
Se abalanzó nuevamente sobre él, pero esta vez se adueñó de sus pezones. Y la lengua hambrienta empezó a succionarlos, a lamerlos, a morderlos. Justo ahí fue cuando el pelirrojo intentó resistirse. Se movía de un lado a otro, desesperado, con una fina lágrima escurriéndole del rostro y su piel más ardiente que nunca. Pero seguía sin abrir la boca. Y Hidan frunció el ceño mientras remarcaba sus dientes en el botón del pelirrojo. ¿Realmente no gemiría sólo porque Madara se lo dijo?
Le mordió el pezón con fuerza, como si tratara de romper una paleta de caramelo. Y sintió al menor dar un salto, mas no gritar. Entonces presionó mucho más, y su miembro vibró al escuchar a Gaara, gritando de dolor porque sentía como si le arrancaran una parte de su cuerpo.
Cuando lo soltó prosiguió a levantarse. Le dedicó una mirada a Madara y este asintió con la cabeza. Una sonrisa se extendió por los labios y regresó la vista al muchacho amarrado a la cama; sus ojos aguamarina permanecían forzados, cubiertos por lo oscuro de sus párpados.
Hidan abrió el primer cajón de la mesita de noche y sacó dos pequeñas pinzas. Y aquellas hicieron expandir tanto su sonrisa como su erección.
Ahora se escurrió por el extremo de la cama. Se coló entre las piernas de Gaara y las comenzó a acariciar, subiendo hasta llegar a su pecho. Acarició con un dedo el pezón derecho para después besarlo, y mientras su lengua paseaba alrededor, aprovechó para atrapar el botón izquierdo entre las puntas de la pinza de metal.
Y Gaara no pudo evitar gritar. Arrugó la cara y abrió la boca, desahogando todo lo que tenía guardado en la garganta. El asco que sentía en la punta de la lengua, el dolor; ¡quería gritárselo! A ese sujeto, a Madara... ¡Que él no tenía por qué estar complaciendo a aquél cerdo! ¡No era su "puta"! No tenía por qué tocarlo con deseo y desesperación. Mas no dijo nada, porque sabía que Madara estaba de acuerdo con ello.
Hidan cerró la otra pinza en el pezón derecho y Gaara escupió otro grito que raspó su garganta. Sus piernas fueron acomodadas sobre los hombros del peliblanco y él terminó colgando entre Hidan y la cabecera de la cama.
El albino lo agarró de las caderas, emitiendo un sonido ansioso, como un gruñido ahogado. Entonces apuntó su miembro grueso a la entrada del pelirrojo, como si estuviera apuntando un proyectil.
Y lo lanzó.
De una estocada, llegó a la próstata del menor y Gaara soltó un grito de dolor. El pene era demasiado grande, demasiado grueso, demasiado duro; y sus paredes a pesar de ya haber sido penetradas varias veces seguían siendo extremadamente estrechas. Parecieron quebrarse cuando Hidan lo penetró.
Gaara apretó los labios y jadeó.
El ojivioleta se removió en el interior del taheño, explorando todo su interior y abriendo más el ano del menor. Miraba gustoso la expresión en el rostro de Gaara. Era obvio que trataba de reprimir cualquier quejido para no molestar a su marido, pero... ¡Diablos! Él quería escucharlo gemir, ¡necesitaba escuchar el placer salir de esos sabrosos labios!
Sacó el pene, entonces. Y al igual de rápido lo volvió a introducir, haciendo que de esta manera sus testículos chocharan contra el trasero del pelirrojo. No veía resultado en el otro, pero de todos modos sonrió. Comenzó un vaivén demasiado brusco, moviéndose con velocidad y penetrándolo con fuerza, sin importarle si aquello lograba de alguna manera lastimar la espalda del pelirrojo también. Y él mismo comenzó a gemir.
Echó la cabeza para atrás. Su boca abierta, gritando de gloria, escurría un fino hilo cristalino; sus mejillas estaban ardiendo y sus ojos parecían perdidos en el placer. Pero entonces los abrió como platos, al percibir una voz tan apetecible mezclarse con la suya. Bajó la mirada y contempló la imagen más erótica que se pudiera imaginar.
El pelirrojo estaba moviéndose de arriba abajo debido a las estocadas de Hidan; aquello hacía que las pinzas que sujetaban sus pezones y el mismo miembro del menor—ya con el pre semen escurriéndole de la punta— también siguiera ese ritmo. Y su rostro, quemándose en las llamas de la euforia, mostraba dolor y placer al mismo tiempo. Gaara gemía, tanto o quizá más fuerte que él.
El orgasmo derramó la semilla de Hidan y al sentirse terminar curveó la espalda, arqueándose casi por completo. Justo después salió del interior del menor y este cayó sobre la cama, agotado, con la respiración acelerada.
Gaara abrió los ojos lentamente, y con la mirada nublada por las lágrimas que nunca soltó, buscó a su marido por la habitación. Pero se permitió soltar una más cuando lo encontró, ahí sentado en el mismo sillón, mirándolo con aquellos ojos rojos tan llenos de desprecio, y con su propio miembro entre sus manos con toda la semilla derramada...
—Gimes con cualquiera que te toque; eres una simple puta.
