JUNTO A TI
CAPITULO 4
Cuando despertó, el dolor intenso en su cuerpo le impidió moverse y la hinchazón en su ojo aunado a la cefalea punzante que le martilleaba la cabeza, era insoportable. Quiso levantarse pero un mareo intenso provocó que nuevamente la inconsciencia lo venciera pero esta vez, su caída fué amortiguada por un suave colchón.
Sus sueños fueron inquietos, se veía a sí mismo triste, derrotado y con un dolor intenso en el alma, que le provocaba llorar y gritar desesperado. Llamaba a su madre, a Eliza y a la misma Candy. Se encontraba perdido, triste y confundido. Cuando despertó se sintió cansado pero increíblemente lúcido. Aún le dolía el cuerpo y la luz que entraba a raudales por la ventana le lastimaba los ojos. Poco a poco abrió los párpados y miró hacia el techo y a su alrededor, por un momento se sintió desubicado pero pronto recordó que aquella era su habitación en el castillo.
A sus oídos llegaron voces que poco a poco se fueron clarificando hasta escucharlas a la perfección, distinguió la voz de su madre, de Eliza… y la de ¿Candy?
— Candy — susurró.
— Aquí estoy Neal ¿Cómo te sientes? — ella preguntó.
Localizó su imagen solo por la voz. Y dirigió su mirada hacia ella tratando de enfocar su visión borrosa. Y entonces fué evidente para los demás que Neal tenía problemas para distinguir.
Angustiada Sarah se acercó a su lado y Eliza hizo lo mismo. Neal escuchó los sollozos ahogados de ambas y sonrió quedamente… era la primera vez que las oía así.
— Estoy bien — les dijo — no las distingo del todo porque veo borroso, ¿Qué pasó?
— ¿No recuerdas lo sucedido? — preguntó Candy.
— Solo los juegos, la pelea con el tío abuelo y… no recuerdo nada más.
— Después de eso — Candy suspiró — te mantuviste en pie por unos momentos y luego te desmayaste, con tan mala suerte que al caer te golpeaste la cabeza contra una roca. El golpe fue tan fuerte que has estado inconsciente por varios días y…
— ¿Cuántos?— le interrumpió.
— Casi una semana — le dijo.
— ¿Una semana?— preguntó incrédulo.
— El médico que te examinó mencionó que no tenías muchas esperanzas, que el golpe posiblemente te había provocado una hemorragia pero en tus condiciones era imposible trasladarte a un hospital… nos preocupaste a todos, sufriste fiebre y delirios, que te impedían reaccionar.
— Pero gracias a los cuidados de Lady Candice, te has recuperado — se escuchó la voz profunda de Duncan, en algún rincón de la habitación.
— ¡Duncan! ¿Qué haces aquí?
— Mi padre me sugirió quedarme hasta tener noticias tuyas, obviamente no pensé que fueran varios días — dijo con sarcasmo — Si algo te hubiera pasado, muchas de las chicas del pueblo ya estarían llorando.
— Jajajaja… ¡Auch! — Neal se quejó.
— Nos sacaste un gran susto, primito — se acercó a Neal y lo saludó con su clásico manotazo sobre el hombro pero esta vez no tan rudo.
— Hierba mala nunca muere… — susurró Neal.
— Aunque si la pisotean — terminó la frase Duncan.
En ese momento llegó el médico. Todo mundo, a excepción de Candy, salió hacia el amplio pasillo. Dentro Neal era examinado a conciencia mientras ella cambiaba los vendajes de la cabeza y de las manos siguiendo las indicaciones del doctor. En ese instante Neal tuvo un déja vù, al revivir los recuerdos pasados de cuando la pecosa le curara sus heridas en aquella otra pelea. Y nuevamente aspiró descaradamente ese aroma a rosas de sus cabellos pero ahora estaba mezclado con el exquisito perfume de su cuerpo. Cerró los ojos con fuerza y se obligó a enterrar para siempre eso que sentía por Candy. Ya no sabía si era amor, un capricho o simple gratitud.
— ¿Y bien doctor, como estoy?— Se atrevió a preguntar Neal.
— Pues a excepción de los cortes y hematomas en involución. Solo me preocupa el golpe en su cabeza. No puedo dar un diagnóstico exacto hasta que vaya a Edimburgo, revisarlo con detenimiento y posiblemente practicarle algunos exámenes… hasta entonces me daré una idea exacta de su estado de salud y si el traumatismo no tuvo mas consecuencias que las ya evidentes.
— ¿El problema de la vista, empeorará? Quiero la verdad.
— Es un milagro que no quedara ciego, la herida en su cabeza requirió varios puntos y por la zona de impacto poco faltó para que se desnucara y perdiera la vida.
Al escuchar esto, un estremecimiento recorrió todo su cuerpo… muerto, pensó.
— Por ahora solo queda esperar para ver si recupera poco a poco la claridad en su visión y practicarle los estudios pertinentes. Entonces tendré un diagnóstico y prognosis adecuados.
— ¿Cuándo puede hacerme los estudios?
— Considero prudente que guarde uno o dos días más de reposo, se alimente adecuadamente y viajar lo antes posible.
Neal asintió.
— Un favor mas doctor… dígales a todos que estoy bien, que el problema de la vista mejorará… ¿Sabe? no quiero preocupar a mi familia.
El médico asintió en silencio, con su gesto le hizo saber que les diría exactamente lo que Neal pedia. Candy le miró retadora pero no pronunció palabra alguna, debía acompañar al médico para que también revisara a la tía abuela y a Albert. Cuando los demás entraron nuevamente a su habitación, él solo preguntó.
— ¿Y Candy?
— Ella acompañó al doctor a la biblioteca, William está con una muñeca luxada y un par de dedos fracturados — le dijo su madre.
— ¿Y la boda?
— Se pospuso para dentro de 10 días… a petición de ella — dijo Eliza — El tío William no podía presentarse a su boda con la mano inflamada y un ojo morado.
— ¿Entonces, ganamos? — preguntó a Duncan y este sonrió.
— En lo que te preocupas — le reprochó Sarah — lo importante es que ya has despertado. Ordenaré que se te prepare un buen baño y te suban algo para comer. Vamos Eliza, tenemos que darle las buenas nuevas a la tía abuela.
Neal escuchó como el susurro de los pliegues de las faldas de su madre y hermana poco a poco se perdían detrás de la puerta. Entonces Duncan con su forma franca de preguntar, le espetó.
— ¡WOW, primo! Ya me di cuenta por qué estás loco por Lady Candice. ¡Es una mujer preciosa! Con razón el laird la defendió… no cualquiera tiene a alguien como ella.
— ¡Quieres callarte! Nadie debe saberlo…
— Demasiado tarde — Duncan le interrumpió — al segundo golpe ya se estaban levantando los cuchicheos y no somos tontos… todo mundo se dió cuenta que la pelea era por ella. Afortunadamente ganaste pero con tan mala suerte que caíste sobre esa roca.
— Ayúdame a llegar al cuarto de baño, necesito quitarme este olor para ir cuanto antes a Edimburgo y puedan examinarme.
— Pero ni siquiera has probado bocado, primero come y te llevo a donde quieras.
En ese preciso momento, el ama de llaves y dos doncellas entraron a la habitación.
— Joven Neal, le traigo su almuerzo ¿Quiere que se le prepare el baño en este momento o prefiere mas tarde?
— Que preparen el baño ahora. Necesito mi traje de tweed, la camisa blanca y la corbata a juego. Que tengan listo un auto, saldremos de viaje.
— Pero su madre dijo que…
— ¿No escuchó? — le dijo al ver el titubeo del ama — ¡Dése prisa! ¡Vamos, muévanse!
Duncan miraba como las tres mujeres corrían nerviosas y angustiadas obedeciendo las órdenes de Neal. No daba crédito a que su primo fuera tan intransigente con esas pobres pero lo fuera aún más con él mismo. Habia despertado hacia no más de dos horas y ya estaba de pie, decidido a ir a la ciudad.
Cuando Candy y Albert lo vieron bajar un poco tambaleante las escaleras, este inmediatamente dio la media vuelta pero fué visible para Neal el color amarillento sobre el ojo derecho y unos apósitos sobre la mejilla del lado contrario. Sonriendo caminó lo mas erguido posible. Le dolia todo el maldito cuerpo pero ellos no lo verían quejarse.
— ¿Neal, se puede saber a dónde vas? — le preguntó Candy.
— A Edimburgo, voy a hacerme ese chequeo que solicitó el médico.
— Pero aún no estás del todo bien, además el doctor Paul no mencionó que fuera urgente practicarlos.
— Lo sé pero quiero hacerlos, no puedo estar con la vista borrosa.
— ¿Quieres que alguien te acompañe?, le diré al chofer que te lleve.
— No, irá Duncan conmigo. Solo quiero a disposición un auto… y ¿Candy?
— ¿Si?
— ¡Discúlpame por favor! Me descontrolé y no pude evitar el actuar así. Sé que le debo una disculpa al tío William pero parece que sigue molesto conmigo. — Candy no pudo evitar sonreír.
— Solo un poco. Pero eso no es importante, aquí entre nos, creo que más que los golpes le duele su orgullo herido. El también te debe una disculpa, por mi parte todo está olvidado. Después de todo el pasado es pasado — Ella se acercó a él y le dio un suave beso en la mejilla — Me hubiera gustado que fuéramos amigos desde que nos conocimos — y después dio la media vuelta, no sin antes sonreírle y decirle — No sé si quieras asistir a la boda pero, me gustaría mucho contar con tu presencia, quiero compartir ese momento con todas las personas que aprecio — Y le hizo su característico mohín.
Él se quedó estático, casi petrificado. Parecía que ella bien sabía que ese coqueto gesto lo enloquecía, tal vez Candy lo hizo pensando que él no la vería pero como el doctor le había dicho, la visión le regresaría poco a poco y justo en el momento que Candy lo hacía, pudo ver un poco menos borroso y se dio cuenta de su coquetería hacia él.
Hacía casi una semana que el médico le practicó una serie de exámenes y revisado concienzudamente para no encontrarle nada. Un tanto frustrado, guardó las indicaciones al pie de la letra. En estos momentos su vista no era perfecta pero podía distinguir mucho mejor que al inicio con la ayuda de las gafas adaptadas a su problema.
Esa semana había sido la más tormentosa en su vida, mirando a través de las ventanas y escuchando como todo mundo ultimaba detalles de la boda. Duncan presentía que el humor de Neal estaría de los mil demonios por eso procuraba visitarlo a diario y pasar el mayor tiempo con él, ya sea cabalgando, visitando Edimburgo o cualquier otro lugar que no fuera el castillo Andrew. Pero esto no lo hacía de alguna forma altruista, desde que conoció a Eliza parecía que la llevaba tatuada en sus pensamientos.
La bella hermana de Neal y prima lejana de él, le tenía encantado. Nunca había visto una mujer tan hermosa, a excepción de Lady Candice. Tan perfecta hembra de cabellos rojos como la sangre y ojos castaños que hacía un contraste perfecto con su piel lechosa, casi traslúcida que la hacía parecer una diosa.
Sabía que él no tenía ninguna oportunidad con ella, su padre se lo advirtió, pero se conformaba con observarla de lejos y deleitarse con su belleza. Así que mientras obligaba a salir a Neal para que le diera el aire fresco y se le quitara ese aroma a rancio, también aprovechaba para platicar unos momentos con ella. Duncan no lo sabía pero tenía a la pelirroja fascinada con su franqueza y simpatía, aparte su masculino atractivo que la hacía suspirar.
Así pasaron esos 10 días hasta que el día de la boda llegó.
Temprano empezó el movimiento de la servidumbre y Neal se la pasó bebiendo. No estaba borracho pero si algo mareado. Se dió un largo baño tratando de evitar lo inevitable. El día anterior, William había acudido a su habitación, no hablaron mucho pero él le dejó en claro que esperaba contar con su asistencia. Obviamente más que una petición parecía una orden. Con habilidad ocultó la risa que pugnaba con estallar entre sus labios, sabía muy bien que Candy lo había obligado.
Escuchó que alguien tocaba a la puerta y dejó de luchar con el corbatín de su kilt de gala. Era su padre que llegó el día anterior procedente de Amberes.
— ¿Puedes ayudarme con esto? — preguntó su padre pero inmediatamente se arrepintió al ver como su hijo luchaba por hacer un moño perfecto.
— Cuando termine de luchar con este maldito moño, te ayudaré.
— Generalmente lo hace tu madre pero anda como loca arreglándose. Como si fuera ella la novia.
— Lo sé — reafirmó Neal con una sonrisita de satisfacción entre los labios al terminar de hacer un perfecto moño — Déjame ayudarte — le dijo a su padre y en un santiamén le hizo a él también el moño.
— Gracias hijo — agradeció Robert Leagan y sirviéndose un trago, se dirigió hacia el enorme ventanal, miró a la lejanía como perdido en profundos pensamientos — ¿Estás bien? — preguntó de pronto, sorprendiendo a Neal — Sé muy bien que todo esto te afecta porque la amas y si no quieres ir te disculparé ante la familia.
— Iré, pero porque le prometí asistir, y aunque sienta que el estómago se me deshace de la bilis, aguantaré los murmullos y las miradas de compasión… total, ya pasé por lo mismo delante de casi toda la familia, así que más da que sea yo la atracción principal y no los novios.
— De todos modos, si sientes que no puedes más, solo sal con dignidad, que nadie te vea derrotado. Sonríe satisfecho, orgulloso.
— Lo haré padre, ten por seguro que lo haré. Ya no soy más el niño mimado de mamá. Crecer y convertirse en hombre duele pero hasta ahora creo que me he defendido bien.
Sin esperarlo ambos hombres se miraron fijamente para después fundirse en un abrazo fuerte y profundo. Neal sabía que su padre era un buen hombre que quiso enseñarle la humildad y rectitud pero su madre lo malcrió llenándolo de mimos y haciendo de él un chiquillo y un adolescente caprichosos. Hasta que conoció a Candy supo que no podía obtener todo en la vida con solo chasquear los dedos o pedirlo. Entendió de la forma más humillante que debía luchar por aquello que quería para poder llamarlo con orgullo mío.
En los días posteriores a la pelea con William, se dió cuenta que quería a Candy pero no la amaba. Creía hacerlo, pero en lo más profundo entendió que solo era un capricho, su orgullo estaba lastimado, pisoteado. Cada golpe dado y recibido fueron el punto final a una obsesión por aquella chiquilla pecosa. Pero eso no significaba necesariamente que su corazón estuviera cicatrizado o fuera de piedra.
Por eso cuando la miró caminar hacia el altar a encontrarse con el amor de su vida, no le dolió en demasía y tampoco se inmutó cuando sintió sobre sí, las miradas de compasión que la mayoría de los asistentes, que con disimulo, le dirigían. Al contrario devolvió la sonrisa cuando ella se giró a verle, sabía que debajo del albo velo Candy le sonreía feliz.
¿Y porque no estarlo él? Se daba cuenta que le debía mucho porque gracias a ella, él se esforzó por ser alguien mejor. Al principio le costó dejar sus viejos hábitos pero al final entendió que no lo hacía por ella, todos sus logros eran por su propio esfuerzo y ese sentimiento de madurez le llegó precisamente en el día que la veía más feliz que nunca.
Miró hacia los enormes vitrales donde los rayos del sol, entraban sigilosos. No era asiduo a las plegarias ni practicante de su ƒé pero como si fuera inspiración divina, deseó con todas sus fuerzas encontrar a una mujer que lo amara por ser él. Que deseara estar a su lado para toda la vida, le diera hijos o hijas, le daba igual. Y cuando llegara su fin, lo hiciera junto a aquella que seguramente sería el amor de su vida.
Sonrió para sus adentros. Esperaba que sus plegarias fueran escuchadas. Sabía que era un hombre afortunado y que tal vez había peticiones más apremiantes para otros que la suya propia. Pero pidió, suplicó con todas las fuerzas y sinceridad de su corazón. Quería una mujer que lo mirara como Candy miraba a William, que no le importara demostrar su amor abiertamente, que fuera sincera, que lo amara por ser él.
Durante la recepción bailó con algunas damas y señoritas. Disfrutó de la comida y el vino para luego dejar a su hermana con Duncan. Era ya evidente que se gustaban y se hizo de la vista gorda. Total, su hermana ya estaba bastante grandecita para tomar sus decisiones y aceptar las consecuencias de las mismas. Además Duncan era un buen partido, era rico y trabajador, un poco simple pero un hombre de buenos sentimientos y que no era manipulable. Era alguien muy apropiado para Eliza.
Un poco harto, caminó a las caballerizas y ensilló uno de los caballos. Apenas caía la tarde y el clima era propicio para una cabalgata. Trotó por la campiña sintiendo el aire cruzar sobre su rostro. Lo sentía húmedo, lleno de sonidos y aromas. Y supo que ya no podría desprenderse nunca jamás de Escocia, esa sensación de libertad y paz era indescriptible.
Desmontó en lo alto de una colina y amarró su caballo a un árbol. Para luego dejarse caer sobre la hierba, disfrutando de la que sería su última noche en las highlands. Desde ahí se podía ver el castillo Andrew, espléndidamente iluminado y el lago que reflejaba a la incipiente luna. Si ponía atención, hasta él llegaban los ecos de la orquesta y los murmullos apagados de los invitados.
Tal vez dormiría a la intemperie como sus antiguos antepasados, pero no le importaba, no quería regresar. Los Andrew estaban de fiesta y él solo era un invitado. Se puso de pie, cerrando por un momento sus ojos, disfrutando de los últimos rayos del sol y del aire tibio que mecía los pliegues de su kilt y que le susurraba que se quedara. Estaba ensimismado, cuando el sobresalto inundó su cuerpo al escuchar una voz grave que conocía muy bien pero que estaba un poco tiplosa a causa del alcohol.
— ¿Tú también viniste a desahogar la pena?— le preguntaron.
— ¿Yo? — Neal sonrió con desfachatez, tal vez era su turno de vengarse — para nada. Ya tuve oportunidad de hacerlo al desquitarme un poco con aquel que ahora es su esposo — le dijo mientras escuchaba como alguien se dejaba caer del árbol más cercano.
— Já, si como no…
— ¿Lo dudas? Candy ya no me interesa como mujer, ahora somos amigos. Su esposo es mi tío, así que queda en familia… creo que en mejores manos no puede estar. Se aman y ante ello para que luchar.
— ¿Lo ama?¿Estás seguro? Ella no pudo olvidarme… no… no pudo.
— ¿Porqué, acaso pasó algo mas entre ustedes?— le dijo con cierta ironía — Créeme que a pesar de tu fama, ella te olvidó. Y por lo que recuerdo fuiste tú quien la dejó y al casarte con la Marlow, tú mismo perdiste toda oportunidad de una reconciliación.
— Eres un hijo de…
— Cuidado Grandchester, estás borracho — le dijo, esquivando el intento de puñetazo.
— ¿Porque?... porque?
— Como si no la conocieras. Candy es de las personas que cuando toman una decisión, no da marcha atrás. Ella me perdonó y a ti… simplemente te olvidó. Vamos, te llevaré a tu villa.
— ¡No!
— Vamos hombre… no hagas dramas y no te regodees en tu frustración. La perdiste desde el instante en que la dejaste por la coja.
— Susana me salvó.
— Mejor te hubieran aplastado las luces en el teatro, mira que ella si es digna de lástima. Atada a un hombre que no la quiere y que está enamorado de otra que ya lo olvidó. ¡La compadezco! Debe pasar cada instante pensando en ti, en el momento en que la mires con amor y no con gratitud. Seguramente debe atesorar cada instante de intimidad como un regalo pero también debe sentirse humillada sintiendo que cuando te desfogas lo haces pensando en otra… Si, Susana Marlow es digna de lastima y como es una gran actriz, tú ni cuenta te has dado. Mírate aquí, borracho y ahogando tu dolor — Le dijo Neal sin imaginar siquiera que en un futuro no muy lejano, esas palabras cobrarían un sentido muy especial para él.
— ¿Desde cuándo cambiaste?— preguntó incrédulo Terry — Te recuerdo como el llorón cobarde, hijito de mami — Le dijo mientras le ofrecía un trago de la botella, porque de pronto Neal Leagan le simpatizó.
— A diferencia tuya, fuí humillado, desterrado de la familia por querer casarme con Candy. Soporté lo mejor que pude mi rabia y la canalicé tratando de ser alguien mejor para ella. El proceso resultó duro, porque nuestra fortuna se redujo al quitarnos los privilegios de pertenecer a los Andrew. Pero esa aparente pobreza me permitió luchar por lo que quería… de cierta manera, ella me impulso a hacerlo, al final me dí cuenta que lo que había logrado fué por mi propio esfuerzo. Solo me faltaba cerrar esa herida que seguía abierta. Vine hasta aquí, y a sabiendas que tenía todo para perder, hice mi último intento por caer con dignidad. Luché por ella y salí victorioso. No de la forma en que esperaba pero a pesar de mi mismo, obtuve más de lo que creí. Regreso a Estados Unidos tranquilo y en paz — Terminó después de darle el último trago a la botella mientras su vista estaba fija en el imponente castillo — ¿No tienes mas vino? Porque este ya se acabó.
— Tienes razón, fuí un cobarde. Nunca debí dejarla marchar, tuve que haberla detenido, defender nuestro amor. Y por eso es mi dolor, mi frustración, mi rabia. Sé que a mi lado hay una mujer hermosa que se marchita por el abandono en que la tengo. Me ama y yo no soy capaz de hacerlo, no he hecho el intento… Hoy será el último día que llore por Candy, hoy será el día en que la deje ir pero para hacerlo necesito emborracharme.
— ¿En serio? — preguntó con ironía — Es decir, ¿Que para olvidarla necesitas emborracharte? Déjame decirte que estas equivocado. Yo hice lo mismo junto con los otros que también la amaron y no dio resultado… al menos me dí cuenta que lo que sentía por ella solo era un amor enfermizo. Me regodeaba en mi sufrimiento, como ahora lo haces tú… al final solo me convertí en su amigo.
— ¡Maldita sea, Leagan! Déjame sufrir a mi manera. Quieres acompañarme a embrutecerme o lárgate.
Neal sopesó la invitación. Qué mas daba acompañar al actor y compartir algunos tragos. Lo dejaría dormido y él regresaría al castillo a descansar cuando los últimos invitados se hubieran marchado. Después de todo Terry estaba lo que se le sigue de borracho.
Caminó entre el sendero de tierra suelta hasta llegar a la casa de los Grandchester. Le dió el caballo a un mozo y ya instalados en la biblioteca y abastecidos con vino y bocadillos, se dedicaron a brindar sin ton ni son. Si a las personas que conocían su rivalidad, les hubieran contado de esa súbita camaradería, no lo hubieran creído.
¿Pero qué pasa en el corazón de los hombres heridos que piensan que con alcohol el dolor es menos? Dicen que las penas con pan son buenas y, por lo visto en ellos, con vino son mucho más llevaderas.
Faltaba poco antes del amanecer cuando ambos subieron a descansar un poco. Terry se dirigió a su habitación y Neal tomó la de enfrente. Estaba bastante mareado y el dolor punzante en su cabeza no vaticinaba un buen despertar. Abrió la puerta a tientas, y así mismo caminó a oscuras hasta encontrar la cama, no sin antes tropezar dos veces y maldecir de igual manera.
Como pudo se aflojó las agujetas de los ghillies. Quiso quitarse el chaleco, pero solo llevaba la camisa puesta y sabrá Dios donde había dejado también la chaquetilla. Se aflojó la camisa y sin más se dejó caer sobre la cama. Notó que estaba tibia pero ni se preocupó en investigar, porque ni bien tocó su cabeza la suave almohada, sus ojos se cerraron como pesadas lozas… sin darse cuenta del tibio cuerpo que dormía profundamente a su lado.
© Tzitziki Janik.
