¡Hola todos! ¿cómo están? Espero que bien.

¿Qué creen que ocurre? ¿Habrá guerra? ¿o no? Pues lo sabrán en este capítulo. ADVERTENCIA: En este capítulo habrá temas muy complicados como insinuasiones, tortura, drogadicción y violaciones. Están advertidos.

Hetalia no me pertenece

Disfruten su lectura


Polonia, estaba con los demás naciones del este de Europa planeando, su estrategia. Tenían una ventaja. Pero millones de desventajas.

—Aunque podamos infiltrarnos a su palacio y rescatar a Ucrania no tenemos posibilidad de escapar.

—Rumania, podrá brindarnos información y hacer está misión más fácil.

—Polonia, siento abrirte los ojos, pero va a ser imposible salvarla aún con la ayuda de Rumania—dijo Lituania—. Necesitaremos ayuda.

— ¿quién sugieres que nos ayude? —Exclamó Polonia—. Nadie se atreve a contradecirle a ese bastardo.

— Exactamente.

— Lo lamento Polonia, pero es mejor que Ucrania se quede con Turquía, y nosotros debemos negociar una forma de paz evitando la guerra.

A España le dio pena, ver a Polonia firmar un acuerdo de paz, con Bielorrusia temblando detrás de él, escondiéndose de la vista del Imperio Otomano. Rusia peleaba con Mongolia sin enterarse aún de lo que pasaba con sus hermanas.

España rápidamente vio como las imágenes de los acontecimientos pasaban frente a él como si estuviera cambiando los canales de la televisión. El zapping se detuvo, vio a sus amigos mover cosas y dar muchas órdenes, en cuanto los preparativos de la gran batalla estaban a punto de terminar, vio a Romano y Sacro Imperio Romano discutir.

— ¡Que me hagas caso!—gritaba Sacro Imperio Romano, mientras sus soldados lo miraban atónitos.

— ¡que no te quiero cerca! —gritó Romano devuelta con sus hombres detrás de él.

— Entiende Romano, solo acepta a mis soldados, ellos seguirán tus órdenes, ni siquiera voy a estar ahí.

— ¡Que sean tuyos ya me basta para rechazarlos, si te soporto en esas reuniones es porque mi fratello es tu amigo, pero yo te odio!

— créeme cuando te digo que el sentimiento es mutuo; ahora si mis soldados no te gustan, ¿por qué no aceptas la ayuda de alguien más?

— Para que te lo sepas Hungría me ofreció su ayuda y la voy aceptar.

Romano fue con Hungría y esta la recibió muy amablemente. Le dio un abrazo y varios besos en la mejilla. Romano intentó no sonrojarse, y decidió explicarle a la nación mayor su estrategia.

— ¿Entonces aceptas el plan?

— Es perfecto, pequeño. Pero aún me queda dudas de cómo llegarán mis hombres a tu posición. ¿Podemos compartir transporte?—preguntó ella.

— Claro, ¿por qué no podrías?

— ¡Bien!— dijo Hungría sonriendo—. Diles a tus hombres que subiremos a tus barcos cuando todo esté preparado. Luego ven aquí quiero darte una sorpresa.

— ¿Para mí?— dijo Romano ilusionado.

— Claro, no hay otro Romano ¿o acaso lo hay?

— Creí que querías más a mi hermano.

— Los quiero a los dos, pero tú eres especial primor— terminó la frase con un beso en la mejilla y Romano se sonrojó.

— En ese caso despacharé a los hombres de inmediato.

El Ángel, miró a España. Y descubrió su mirada extrañada.

— ¿En qué piensas?

—Hungría está tramando algo, ella siempre favoreció a Veneziano. Mientras Bélgica adoraba a Romano con todo su corazón.

—Como recordarás Bélgica ahora está ocupada en otras actividades, incluyendo el quedarse en bancarrota.

España ya no respondió y siguió mirando. Romano volvió ante la presencia de Hungría poco antes de que el sol se ocultara. Entró en la habitación de la mujer y encontró una mesa llena de comida.

—Toda para ti.

— ¿De verdad?

—Sí pequeño, disfrútala.

— Gracias Hungría, eres la mejor.

Romano empezó a comer, aunque la comida no era de su total gusto debía admitir que sus papilas gustativas estaban en un paraíso, los sabores y texturas en su boca le hacían sentirse eufórico, somnoliento, sus parpados empezaron a cerrarse, al mismo tiempo que su mente se empezaba a nublar, volver más ligera y confusa. Al final perdió la batalla y se durmió mientras devoraba un pedazo de pan.

Hungría, sonrió al ver que la cabeza de Romano caía contra la mesa sin siquiera reaccionar por el golpe. Lo levantó en brazos, lo recostó en la cama, sacó de un baúl una soga, ató las manos y pies; limpió la habitación, y esperó hasta que los preparativos de sus tropas y las de Romano terminaran. Cuando ya había anochecido, lo llevó cual bulto en sus hombros hacía el atracadero y subió al barco e hizo que zarparan de inmediato.

Los caballeros teutónicos, y su inmortal y asombroso representante pasaban por ahí, y vieron zarpar no solo un barco sino toda la flota entera con las tropas del Sur de Italia. En el plan que todos conocían ninguna de las dos tropas debían zarpar hasta que llegaran informes de las victorias en el mar de Egeo. ¿Habría algún cambio de último momento y él no se había enterado? Se acercó a averiguarlo, odiaba en toda su alma que lo olvidaran en estos importantes cambios de información, cruciales para ganarle a ese bastardo.

—Hey Hungría, se supone que no debes zarpar hoy ¿qué planeas?

—Si aprecias tu vida te iras y no dirás nada—gritó desde la cubierta aun sosteniendo a Romano en los hombros.

—Acaso tú...—, no terminó la frase alguien le disparó en el pecho.

Sus soldados también empezaron a recibir flechas, algunos empezaron a atacar en defensa de su superior caído, otros fueron a dar la alarma. Así fue como los soldados empezaron a zarpar, para dar caza a la flota descarriada. El viento y la marea habían ayudado a Hungría a escapar, y con ambos ejércitos bajo sus órdenes detener al resto de hombres fue sencillo. Los barcos que fueron en su búsqueda terminaron hundiéndose en el tempestuoso mar.

Las noticias de que el batallón había sido hundido por sus propios colegas habían corrido como polvo en el viento por todas las pequeñas comunidades de las costas del mediterráneo, se hablaba de una gran traición, y una terrible victoria para El Imperio Otomano. La gente empezó a temer por sus vidas, todos temían a los soldados del Imperio, su crueldad era legendaria. No querían terminar como el país de Ucrania sometido a mano de hierro. El vaticano temía por la sanidad espiritual de sus feligreses.

—Señor Austria ¿Qué va a pasar con mi hermano?—pregunto Veneziano en brazos de la nación aristócrata, la cual con mucho esfuerzo lo intentaba consolar.

—Estoy seguro que habrá una explicación razonable para esto, y que Hungría regresará con Romano, ambos sanos y salvos.

— ¿Usted cree?

—Sí, estoy completamente seguro.

España no dijo nada y solo se quedó observando. El Ángel adelantó los acontecimientos, dos días después. Se declaró una tregua temporal, para poder resolver esto sin usar la fuerza, petición por parte del Imperio Otomano. Austria fue quien recibió al mensajero personalmente, lo atendió con toda la cortesía que le daba el caso, así demostraba que no tenía nada de arrogancia ni crueldad ante gente inocente. Lo dejó en la cocina comiendo un plato suculento, y se encaminó hacia el salón donde todo el mundo lo esperaba. Hubiera deseado abrirlo y leerlo antes de comunicarlo con el resto pero decidió leerlo en voz alta, ante todos.

Las reacciones no eran de esperarse.

— ¡NOS TRAICIONÓ! —Gritó Austria golpeando uno de los lados de su piano—. ¡HUNGRÍA NOS HA VENDIDO AL IMEPRIO OTOMANO Y LA GARANTÍA ERA ROMANO!

Suiza tomó el papel y leyó incrédulo, enseguida le fue arrebatado por el Vaticano, quien lo repasó varias veces para asegurarse de que no existía ningún tipo de error.

—El Imperio Otomano al parecer sabe de todo lo que hemos planeado y nos pide el control del mediterráneo a cambio de dejar con vida al pequeño Romano y promete no causar más caos y destrucción tierra a dentro—comentó, la Santa Sede leyendo lo que todos habían pasado por alto.

— ¡Eso es injusto!—gritó Veneziano al borde de las lágrimas.

— ¿Qué hacemos ahora?—preguntó Francia.

— ¿no es obvio? —Dijo el Vaticano ganándose las miradas inquisidoras de todos—. Por la paz de todo el continente vamos a aceptar.

— ¿qué? —respondieron todos a la vez.

—Pero Vaticano— replicó Veneziano —, no podemos dejar a fratello ahí. No sabemos lo que ese sujeto es capaz de hacerle.

—Lamentablemente Veneziano no tenemos opción, que Dios lo guarde, lo mismo pasó en el este, y seguiremos ese ejemplo. Romano deberá quedarse con el Imperio Otomano el tiempo que sea necesario.

— ¡NO!— volvió a gritar Veneziano.

El Vaticano, no iba a permitir que esa pequeña, insolente e insignificante nación le lleve la contraria. Ya tenía suficientes problemas en recibir los fondos, insuficientes, de todas las iglesias de Europa y controlar que esas crecientes sectas amenazaran su poder para soportar los quejidos de alguien que obedecía bajo su conveniencia. Cansado con todo esto, decidió castigar la pequeña rebeldía y en consecuencia Veneziano recibió una cachetada por parte de la nación santa.

— vas hacer lo que te ordeno sin dudarlo.

— ¡Suficiente!— dijo Francia parándose entre la santa sede y su pequeño hermano—, no me importa que seas la representación de Dios aquí en la tierra pero a la próxima que hagas eso Vaticano te las ves conmigo.

Ni bien Francia terminó de decir eso Suiza, y el representante de los caballeros templarios le pusieron un cuchillo en su cuello.

— Y si te atreves, yo te degolló—respondió Suiza.

—Y si él no lo hace, yo te haré desaparecer—completó el templario.

—Como decía, vamos a aceptar, escribiré un documento para que lo firmen, y después de eso tendremos paz finalmente.

—pero...

—Exijo ver a mi hermano, quiero asegurarme que él esté bien, quiero verlo con mis propios ojos—dijo Veneziano implorando.

—Eso yo lo arreglo, y lo haré ahora mismo— dijo Austria, antes de que el Vaticano pudiera decir o hacer algo que no debiera, salió de la habitación y se fue hablar con el mensajero.

— ¿Por qué? —Preguntó España a nadie en particular —. Hungría desprecia a Turquía.

—Una respuesta sencilla sería: porque no había nadie más a quien molestar. Seamos sinceros, sin ti, toda la atención del Imperio Otomano fue para sus naciones conquistadas. Hungría simplemente lo hizo para sobrevivir.

La escena volvió a cambiar, el paisaje, el estilo, y todo era diferente. Romano estaba viendo por la ventana de su habitación, hacia abajo, guardias Otomanos rodeaban toda la pared, y aunque pudiera salir por la ventana y escabullirse para escapar sería muy difícil llegar hasta el puerto, esconderse en una nave y huir; las paredes lisas de la encantada torre donde lo habían encerrado le molestaba todos los planes en los que pensaba. Si se dirigía por la puerta sería peor, literalmente, el bastardo, había colocado un batallón de guardias resguardando todo el pasillo, sin contar con el centenar que rondaba por las escaleras, torres, jardines, pasillos, puertas y demás habitaciones de todo ese palacio.

De pronto la puerta se abrió y Hungría entró con un bulto entre sus brazos, lo tiró sobre la cama y de ahí salió gran cantidad de prendas nuevas para él.

— ¡lárgate!

—Romano, sé que no me vas a perdonar pero lo hice por una buena causa.

— ¿cuál? —Dijo el niño tomando un jarrón y arrojándolo en dirección de la mujer, ella logró esquivarlo—. Me has traído al enemigo, me separaste de mi hermano; ¡yo soy ajeno a tus asuntos!

— ¡Lo lamento Romano pero darte como regalo es mi pago para que deje libre, a mí y mi gente!

— ¡MENTIRAS Y MÁS MENTIRAS!

—Quieras o no, vas a verlo ahora. Y si te atreves a hacer algo indebido con él te encierro en una de las más terribles mazmorras de este lugar, y si esto no es suficiente te ataré a un camello que vague libre por el desierto.

Romano lo pensó detenidamente ninguna de las amenazas le causaba terror, pero las expresiones de la nación en frente le hicieron pensar que tal vez ella no estaba en sus completas facultades mentales. Pero en este preciso instante poco le importaba a Romano lo que ocurriera con Hungría y el resto de los pelmazos que estén en su misma situación. Lo que más le preocupaba en estos momentos era la manera de salir de esa habitación, conocer el lugar, ver rutas de escape, o en cualquier caso convencer al bastardo que lo dejara ir, pagaría cualquier precio de ser necesario, y sabía que Veneziano también estaría dispuesto a pagar por su bien. Tenía qué.

Aceptó a regañadientes permitió que Hungría lo condujera por todo el lugar, hasta llegar a una habitación que olía dulce en su interior, por lo poco que pudo divisar por la pequeña rendija de la puerta es que había varios inciensos que perfumaban el lugar. Ucrania estaba parada frente a la puerta y recibió a Romano quien aceptó la mano, a simple vista, sin malicia de la voluptuosa mujer, aunque ella no mostrara emoción visible en su rostro.

—Mi señor, tiene un banquete como premio a tu labor Hungría, lo están llevando a tus aposentos, que lo disfrutes.

—Dile que le estoy agradecida—dijo eso y se fue por donde vino.

En cuanto las puertas se cerraron, Ucrania se agachó al nivel de Romano y le sonrió, y besó en la frente. El beso surtió efecto como tranquilizador para la pequeña nación, que tenía los sentidos alertas para soportar cualquier cosa en esa extraña situación. Entraron.

—Tranquilo, mi señor solo te dará dulces y te leerá un cuento—dijo Ucrania cuando cerraba la puerta tras sí.

— ¿Y si no quiero nada?

—Eso lo molestaría mucho, se obediente y acepta todo lo que te dé—dijo Ucrania, mientras acomodaba a Romano en una de los asientos disponibles. Y luego acercándose a su oído le susurró—. Créeme no quieres que se enoje.

Romano tragó saliva y asintió.

Romano miró a su alrededor nervioso, así notó que estaba en una pequeña estancia alfombrada, con cojines bien mullidos, el aroma de incienso y comida eran más intensos en el centro de la estancia. No había decoraciones importantes en la pared o alrededores de la habitación. Al inicio creyó que el Imperio Otomano aparecería por detrás, revisó varias veces a su espalda por si acaso, al igual que lo hizo con los rincones oscuros a los costados. No había nadie. Romano se paró de su asiento, deambulo por la recamara revisando todo. Regresó donde Ucrania lo observaba sin mirar. Tomó un dulce de una de las bandejas, lo lamió por precaución, no le encontró ningún sabor extraño. Seguía siendo un dulce, nada más.

—Creí que el bastardo iba a estar aquí—dijo Romano finalmente, sin saber que había modificado el ambiente del lugar.

—El tardará, tienes este espacio para ti solo, come y descansa.

— ¿Podrías quedarte conmigo?—preguntó aunque más parecía una súplica, aunque Ucrania no pudiera defenderlo de nada, la compañía le servía por el momento.

—Solo por un rato.

Así Ucrania se sentó a su lado, y se llevó un caramelo a la boca, pasaron los minutos y El Imperio Otomano no aparecía. Eso dio tranquilidad a romano, rezaba a Dios y a todos los santos que conocía que ese personaje jamás llegara a la estancia. En cuanto se acercaban pasos en su dirección, empezaba a sudar o temblar, aguantaba la respiración sin que se diera cuenta, pero cuando notaba que los pasos se alejaban a cualquier dirección del pasillo menos la puerta de esa habitación, soltaba el aire contenido en sus pulmones, y se metía un dulce más a la boca. Intentó entablar una conversación decente con la nación a su lado, pero esta no lo escuchaba. Con el tiempo pasado, Romano logró relajarse, y de alguna forma contentarse por la situación en la que estaba, solo él y Ucrania; si tan solo fuera un poco mayor. La cantidad de azúcar en su sangre lo hizo pasear de nuevo por la habitación, moviendo y levantando cosas.

En ese estado hiperactivo las puertas de la habitación se abrieron de golpe, Romano regresó rápido a lado de Ucrania con la boca llena de bocadillos, parecía una ardilla con nueces en la boca. El Imperio Otomano, con un nuevo atuendo se encontraba en la entrada.

—Veo que empezaron sin mí—dijo en tono sospechosamente divertido.

—Lo lamento mi señor... —dijo ucrania reprimiendo una risa. La primera expresión facial que se le veía en todo el tiempo ahí dentro.

A pesar de la discreción de Ucrania, Romano, quien no captó la indirecta de la sutil risa, empezó a reír fuertemente. Lo que causó que El Imperio Otomano se intrigue.

— ¿Qué es tan gracioso?—dijo con un tono de molestia en su voz.

— ¡Te ves ridículo con ese turbante!—gritó Romano.

El Imperio Otomano regresó a ver a un espejo que estaba cerca, y notó que el turbante le quedaba horrible, definitivamente alguien sería castigado. Sorprendentemente empezaron a reírse los tres, a grandes carcajadas como si fueran los mejores amigos desde siempre. Y en cuestión de segundos Romano estaba sentado sobre las piernas del Imperio Otomano comiendo más dulces, como si nunca lo hubiera odiado en primer lugar. El Imperio, hablaba de su tedioso día, aunque ninguno de sus dos acompañantes le prestara la mayor atención. Romano, quien estaba más hiperactivo, empezó a corretear por la estancia, sin causar daños, aparentemente. El Imperio se dedicó a toquetear a Ucrania, mientras Romano gastaba su energía, huyendo de la palabrería de su captor, el cual no había parado de hablar.

Finalmente el día terminó, uno de los sirvientes tuvo que hacerse notar dentro de la estancia, ya que los toques en la puerta no eran lo suficientemente fuertes para ser escuchado. Ahí fue cuando las tres naciones, se dieron cuenta que ya había oscurecido y que la cena había sido servida hacía horas. Como habían comido prácticamente todo el día, agradecieron no comer la cena; el Imperio mandó al pequeño y a la mujer a recostarse.

Ucrania condujo a un saltante y aún atolondrado Romano por los pasillos del palacio, tomó el camino más largo para que la energía del pequeño se acabara por completo. Lo recostó en la cama, y lo acompañó hasta que finalmente se quedó dormido media hora después.

La mujer salió de la habitación del pequeño, colocando a los guardias en su posición. Caminó por los oscuros pasillos del palacio, y visitó las mazmorras del castillo. Vio que Rumania y Grecia, seguían en sus celdas.

—Ucrania, ¿Cuándo vas a reaccionar y traicionarlo? —preguntó Rumania acercándose a la mujer.

—Cállate—murmuro Grecia, quien aún pequeño, se acurrucó a la esquina más lejana de la celda, tapándose los oídos.

Ucrania, hizo que el carcelero le abriera la celda de Rumania, este pensó que tal vez le daría información o algún tipo de asentimiento de su rebelión. Lo que recibió fue el golpe de una varilla de hierro, en la cara. La sangre de Rumania cayó en gran cantidad al suelo.

—Asqueroso vampiro, ahí tienes tu cena—dijo Ucrania saliendo de la celda de Rumania—, ah y la próxima vez que insultes a mi señor, te sacaré los testículos, los freiré y te los daré a comer en el desayuno.

Rumania, lo único que pudo hacer en esa situación es taparse el rostro con sus manos, y esperar que el dolor disminuyera y que la sangre dejara de brotar. El carcelero con lástima le arrojó un trapo empapado en vinagre. Rumania, tomó la tela, lo presionó contra su rostro, retuvo entre sus labios un grito de dolor. Rompió un poco de su escasa camisa, y la ajusto de alrededor de su cara, esperando que el origen del sangrado se contuviera con ese precario vendaje.

—Maldita traicionera.

—No la culpes—dijo el pequeño Grecia a su lado—. Esta sodomizada, ¿esperabas que actuara de otra forma?

— ¿Qué?

—El bastardo lo intentó conmigo, pero no le dejé hacerlo. Es por eso que estoy aquí en la prisión. Sino estaría peor que ella.

—Romano está arriba.

—Le doy una semana.

— ¿para que baje a prisión?

Grecia no respondió. Y Rumania, desde esa noche empezó a rezar. Como Vlad Tepes le había enseñado, le rogaba a Dios alguien fuera capaz de poner al bastardo en su lugar y liberarlos a ambos.

Ucrania después de salir de las mazmorras del palacio, se dirigió hacia las habitaciones. La de Hungría estaba al lado de la suya. Acostumbraba a vigilarla, de vez en cuando. Por el bien de su señor. La vio tirada boca abajo en la cama, con la ropa en jirones, el olor fuerte a vino dentro de la habitación le indicó exactamente lo que había estado haciendo. Hizo una mueca de asco, y se dirigió a su habitación. Cerró la puerta suavemente tras de sí. El Imperio la esperaba, ella solo se puso en posición.

Todos los días, durante una semana. Romano fue llevado hacia esa sala llena de dulces, lo ponían contento e hiperactivo. La cena le era servida ahí misma. El Imperio Otomano, lo veía después de que Romano estuviera con un alto nivel de azúcar, hablaba de tonterías de filósofos, científicos y demás gente importante de su territorio. Pero Romano solo se concentró en la comida. En cuanto oscurecía, Ucrania lo conducía a su recamara, lo recostaba y salía a su ronda nocturna.

Al final de la semana, el Imperio Otomano ya estaba esperando a Romano en la habitación, el niño saltó de inmediato a los dulces, en esta ocasión el Imperio no habló, mientras Romano se embutía los dulces, no se percató de que Ucrania le desvestía. Cuando el nivel de azúcar estaba alto. Ucrania salió de la habitación, pero no se alejó se quedó ahí plantada en la puerta, con una especie de morbo extraño.

Cuando lo inevitable llegó, el Ángel le tapó los ojos a España pero lamentablemente no pudo bloquear el ruido. En cuanto el Ángel le permitió ver, estaban en el salón del mapa.

— ¿Cuantas veces más?

—Todos los días, durante unos tres meses, aproximadamente.

—Es un monstruo...

—Con romano fue más sensible por ser algo deseable. Como notaste con Ucrania, Hungría, y Grecia, fue algo inhumano.

—No me importan ellos, quien me importa es Romano. Si yo hubiera estado ahí...

—Y esa es la cuestión, España. TU NO ESTUVISTE. Si hubieras estado, Romano estaría holgazaneando por tu palacio, siendo consentido hasta más no poder. — España se mordió la lengua ya no podía pensar en más—. Pero tranquilo, alguien se está desviviendo por ayudarlo, a él y a la gente que no te importa.

— ¿Quién?— Se atrevió decir España sin ser capaz de mirar al Ángel a los ojos.

De pronto la habitación se cambió de nuevo, volvió aparecer en un salón del palacio de Constantinopla. Junto a él, Veneziano esperaba impaciente, con dulces frente a él sin ser tocados. Veneziano no se podría atrever a probarlos, por más deliciosos que se vieran, a pesar de que estaba hambriento. En cuanto se oyó el chirriar de una puerta, ambos giraron su cabeza de inmediato, vieron a Ucrania salir con Romano, el cual extrañamente se encontraba sonriente, una horrorosa sorpresa para los dos. Ucrania dejó al pequeño y se retiró en seguida. Veneziano corrió hacia su hermano y dudo antes de darle un abrazo.

— ¡Fratello!

— ¡Hola veneziano!

— ¿Estás bien? ¿Qué te ha hecho?

—Nada, el señor Imperio Otomano es muy bueno conmigo—dijo mientras sonreía.

— ¿Desde cuándo lo llamas señor? Tú lo odiabas. —pesó—. No, no sabes lo que dices, ni mucho menos lo que hace, en tu territorio todo es un infierno.

—No lo creo, el señor, solo trae paz que Alá desea.

— ¿Alá? ¿Acaso te piensas convertir al Islam?—dijo Veneziano preocupado.

—Tal vez lo haga, ¿te molestaría?

—La verdad no, si eso te hace feliz. Pero Fratello, yo... yo quiero ayudarte a salir de aquí. No está bien que estés aquí contra tu voluntad.

—El señor Imperio Otomano dice que no debo irme. Esta ahora es mi casa.

— ¿Qué pasará conmigo y nuestro hogar en Roma?

—Podrías venir a vivir conmigo.

— ¿Y por qué no vienes tu conmigo?—dijo Veneziano sujetando las manos de su hermano mayor, y resistiéndose a llorar—. A mí no me gusta este lugar, ni que tú estés aquí. Fratello tú no eres libre aquí, no decides tú, decide él—terminó diciendo con el veneno escupiéndole en cada letra.

—Pero yo no me quiero ir.

— ¿Es eso lo que de verdad quieres o lo que él te ha dicho que quieres?

—No, Romano lo ha decidido. Yo no he tenido nada que ver— dijo El Imperio Otomano entrando en el recibidor.

Veneziano al verlo se le puso la cara roja, las lágrimas empezaron a desbordarse sin control, soltó las manos de su hermano bruscamente, y se encaminó hacia el sujeto en cuestión. El tamaño del Imperio no le intimidaba, secó sus lágrimas rápidamente. Respiró profundamente, le miró como un león dispuesto a saltar al cuello de su presa.

—No sé qué le has hecho a mi hermano, pero te juro que no descansaré hasta verlo libre de ti.

— ¿Acaso estas declarando una guerra, pequeño Veneziano?

—Sí.

—Pues en ese caso, nos veremos en el campo de batalla. Veamos cuánto te dura tu pequeño capricho.

España estaba mudo con su labio inferior colgando, el Ángel cual caricatura le volvió a cerrar la boca. Era la tercera vez que lo hacía en toda una mañana.


¿Les gusto? Espero que sí.

Esperare sus comentarios, críticas y demás en los reviews.

¡Nos vemos en dos semanas!