Capítulo Tres
Enamorada (no) está
Had I the heavens' embroidered cloths,
Enwrought with golden and silver light,
The blue and the dim and the dark cloths
Of night and light and the half-light
I would spread the cloths under your feet:
W.B. Yeats. HE WISHES FOR THE CLOTH OF HEAVEN
Si tuviese yo las telas bordadas del cielo,
Recamadas con luz dorada y plateada,
Las telas azules y las tenues y las oscuras
De la noche y la luz y la media luz,
Extendería las telas bajo tus pies:
Le arden las yemas de los dedos cuando está tan cerca. Se atrevería a alargar el índice, el medio y el anular. Se atrevería incluso a extender la palma y apretar la piel. Se atrevería a todo si las palabras la emanciparan de esa imposibilidad aguda que se le atora en la garganta. Le arde el deseo acumulado de años y años de espera inútil, le arde la pasión que es líquida como la sangre, le arde la desesperación que nace de la arrogancia y la distancia que estará allí, siempre.
No quiere mirar. Se muerde los labios, aprieta las manos, sonríe en una mueca, finge que no le importa. Cree que no le importa. Camina rápido, se esconde en las sombras, se ríe con la gente, procura que sus suelas no suenen con el asfalto. No quiere admitir que está huyendo. Está huyendo con el sudor escurriéndole por la frente. Está enferma y no le alcanza la rabia para sobrevivir de los impulsos.
Hay días en los que Helga G. Pataki desearía no ser tan ruda. Ruda sí, pero tan no. Se hace espacio en los pasillos y la notan. Es ella, alta, con dos coletas aburridas y una gorra azul ridícula. Es ella, que lee mucho aunque nadie se dé cuenta. Es ella, Helga rubia, de piel pálida, perfil cruel y ojos azules enmarcados por la uniceja. Grandes, furiosos, inquietos ojos azules que se detienen en la incomodidad. Es ella, que tiene manos con dedos largos que siempre están recogidos en puños patéticos de dominio.
Hoy es distinto, hay un rumor inocente que se escucha sobre los otros cuando la ven pasar. El rumor destruye el silencio incómodo que causa su presencia. El rumor es el primer paso, es el primer impulso que causa el atrevimiento. Alguien habla en voz alta y se oculta en el murmullo. Helga gruñe entre dientes y sus hombros se juntan en el aire. La oración es una afirmación. El resto es predecible, quisiera poder retroceder y encerrarse en el baño. Helga no se encierra en el baño, no que nadie sepa. Nunca para temblar de miedo. Para gritar, para hacerse un cambio de imagen, para reconocer que Lila es más femenina, para odiarlo, para robarle la identidad a alguien, todo eso se puede hacer en un baño y es perfectamente normal. Necesita privacidad, alejarse de las risillas que ya no son murmullos. Son afirmaciones. Es ridículo, el miedo.
Los pasos suenan dobles, como advertencia, el eco se vuelve disonante y la sombra se acerca con rapidez. Helga no se da cuenta, huye y da giros imposibles, evita a la gente y quiere creer que nadie la ha visto. Se hace invisible en el susurro constante geografía, le queda tan poco para llegar geografía, le quedan tres puertas más y estará a salvo.
—Helga, espera.
Es patético. Años de lidiar con el mismo sentimiento y es patético que no se haya preparado para responder a ninguno de los acercamientos con los que siempre se obsesiona. Ha pasado unas cuantas veces y ya debería estar acostumbrada. Ya debería saber que es a pesar de. Es patético que su toque le deshaga la piel.
—¿Qué?
Lo mira por encima del hombro y no sabe lo que está diciendo porque siente la mano en su brazo. Tiene que separarse, de inmediato, antes de que sea demasiado tarde. Ya es muy tarde. Tiene que irse para sobrevivir, tiene que hartarse de esa cantidad pasmosa de unilateralidad. Es patético. Patético. Da risa, da pena, está muriéndose de la vergüenza. Ahí. Justo Ahí. Ahí comienza el enojo.
—Déjame. —Es débil, es el inicio más poderoso del mundo, le está costando la alegría.
—Eh… perdona Helga, caminabas tan rápido que… —La suelta. ¡La suelta! —Tenía que preguntarte.
—¿Qué cosa?
—¿Cuándo hablaremos de Prufrock?
No, Prufrock no. Todos menos Prufrock, todos menos toda la poesía. No es que sea Prufrock. No es Eliot. No es Whitman. Es ella y lo que ella ve en las metáforas. No es esa coma que se puso antes o después, es la sensación de ahogo cuando se imagina lo que será leer con él. No. No Prufrock.
—La próxima semana.
—¿El miércoles?
—No. El miércoles es quince. —A él qué le importa, seguro que no sabe lo que pasa cada quince días, seguro no sabe nada de Harold. A él qué le puede importar que sea quince o veinte. Lo respeta, no pregunta, lo acepta como si decir que es quince fuese razón suficiente para volver a un día, inaceptable. A él qué le importa—. El sábado en la tarde.
—¿A las cuatro?
—En el muelle.
—¿El muelle?
—Sí. El muelle, ¿tienes algún problema, Arnoldo?
Frente al mar olerá a pescado, frente al mar estará frío, frente al mar el sol se verá triste en la tarde, frente al mar será más difícil escucharse, frente al mar no quedará tiempo para la poesía. No puede avanzar sin Prufrock y con Arnold. Tiene que avanzar con Eliot y sin Arnold. No necesita a Arnold, tiene que y lo hará. No puede ser Arnold de ninguna manera.
—Te vi ayer en la sala de profesores.
—Fui a dejar un ensayo.
—Quería avisarte pero me distraje.
El pasillo era largo y silencioso por la tarde. Lila acaba de tocar la puerta entreabierta y preguntaba por la profesora de Matemática. Su cabello estaba suelto y ondeado, se volvía rojo brillante en las curvas alrededor de las orejas y los mechones se ordenaban a los lados. Sonreía como siempre y sus ojos transmitían ese tipo de calidez muy rara. Era agradable verla desde lejos y de cerca debería ser suficiente para encandilar a cualquiera. A cualquiera que acababa de levantarse y le ofrecía un asiento a su lado. Estaba lleno de nerviosismo y sus movimientos torpes creaban esa risita tintineante que la hacía sentirse sarcástica.
—Tengo clase.
—Yo también. —Acercó su mano—. Puedo llevarte los libros, pareces enferma Helga.
—Es un resfriado. Puedo llevar mis cosas. —Retrocedió—. Ahora si me disculpas, tengo una clase que atender.
—Llevamos geografía juntos. —No le gusta cómo la está mirando. Tan confiado, como si supiera. No sabe nada—. Vamos juntos.
Caminar es un acto tan mecánico. No necesita pensar para poner un pie delante del otro. El equilibrio es genial, tan independiente. La vista también es alucinante. Puede caminar y elucubrar sobre lo que se le da la gana. Ahora, por ejemplo, está pensando en lo que Phoebe le irá a decir cuando escuche los rumores. Se sorprenderá claro, de que alguien pueda creer una idea tan perversa. Le preguntará, por supuesto, porque Phoebe es más lista que el resto. Se reirá cuando ambas decidan que es una tontería. Se quedará callada cuando no obtenga ninguna respuesta.
—¿Cuál es tu color favorito, Helga?
Miente. Miente desde el final y hasta el principio. No tiene que mentir, desde luego. A ella qué podría producirle el rosado, tan llano, tan simplón, tan infinitamente utilizado, el rosado. ¿El rosa?, ¿por qué no, por ejemplo, el lila?, el rosado es una casualidad desafortunada. El rosado está muy sobre utilizado, por él. No debería darle el rosado una pista. Él eligió el rosado. De todos los colores, qué aburrido. Qué aburrido, Helga, que te guste el rosado.
—El amarillo. ¿Y el tuyo, cabeza de balón?
—¿El amarillo, de verdad?
—Vas a tener que aceptar mis respuestas si quieres que esta conversación continúe.
—A mí me gusta el azul.
¿Por qué el azul?, ¿por la gorra?, qué simplón. Te gusta la gorra porque quieres a tus padres de vuelta. Todos quieren a sus padres de vuelta, Arnold. Debe haber muchos chicos como tú, que les gusta tomar lo mejor de la vida, que les gusta vivir creyendo en el resto aunque las probabilidades sean decepcionantes. Qué simple eres Arnold. Qué maravilloso y extraordinariamente simple.
—Te quería preguntar…
—¡Llegamos! —Anuncia Helga, contentísima. Su asiento, su maravilloso, alejado-de-todos asiento que ha extrañado como si no lo hubiese visto en años—. Nos vemos el sábado, Arnold.
Lo esquiva, se aleja, pone distancia necesaria entre su brazo y esa mano firme que se entromete siempre en sus asuntos. Arnold debería tener otras ocupaciones, otras personas que encontrar, otras chicas a las que molestar, otro círculo, otra abusiva que lea poesía. Arnold y yo, piensa Helga, no tendríamos que habernos conocido.
Cuando la gente corre a su alrededor, Patty intenta entenderlos. Avanzan tan rápido que la confunden, avanzan tan ocupados que la ignoran, avanzan sin avanzar y Patty prefiere quedarse parada y esperar a que vuelvan. Ella los soporta, los observa, los estudia, los escucha y resiente toda esa distancia innecesaria. No los necesita, eso lo ha descubierto hace muchísimo tiempo. No los necesita y lo prueba cada día, cada vez que se baja de la cama. El problema es cuando los ve de cerca, cuando ellos deciden ir más despacio y el tiempo logra algo extraordinario. Patty quiere necesitarlos. Los conoce o creer conocerlos, los reconoce en la vorágine violenta que forma volutas de polvo a su alrededor. Patty comienza a caminar para alcanzarlos.
—Buenos días Patty. —Harold le abre la puerta y su sonrisa es siempre un poco torpe—. ¿Has tenido un buen fin de semana?
—Buenos días Harold. —Espera a que entre y el ruido de los pasillos el lunes en la mañana es siempre aturdidor—. Sí, fue un fin de semana divertido. Mi mamá te agradece los filetes.
—Espero que los hayan disfrutado. Perdona que no haya podido llegar.
—Está bien, el señor Green nos explicó todo.
—Fue una gran venta y había tráfico y… —Harold se rió—. No importa.
—Mi mamá insistió en que te invitara a almorzar este sábado. —Patty se detuvo junto al bebedero, se recogió el cabello detrás de la oreja y alzó una ceja—. ¿Estás libre?
—Bueno, si tu mamá insistió…
—Yo también, Harold. —Rodó los ojos—. Me encantaría que fueras, listo, ¿ahora sí, estás libre?
—Claro que iré.
—¿Qué dijiste?
—Pues eso, mi primo los vio saliendo juntos el viernes, pero no creo que sea verdad. —Se rascó el mentón—. No después de lo que vimos en el almuerzo. Parece que Gerald y Helga se lo están pasando muy bien. —Su sonrisa era maliciosa.
—¿Gerald y Helga? —Se rió en voz alta y todos se voltearon a escucharla—. No lo creo. Se odian desde que se vieron.
—Tonterías, cómo no sabemos que no lo están haciendo para ocultarse.
—Conozco a Gerald. Si de verdad le gustara Helga no lo ocultaría. —Los miró de reojo y dejó que la pausa se espesara—. Pero, ¿no sería terriblemente adorable que fuera cierto? —Las miradas se volvieron burlonas, de repente, sonrieron y volvieron a llenar el pasillo de murmullos.
Rhonda sabe como manipularlos, con un comentario inocente, con una sonrisa insinuante, con una mirada burlona y hasta agitando su cabello por encima de los hombros. Sólo tiene que llenarlos de expectativa y esperar con cuidado, los tendrá bailando en la palma de su mano, siempre orbitando a su alrededor. Le gusta esa sensación poderosa.
—¿Tú también crees que Gerald y Helga estén juntos, Rhonda?
Ella sonríe, encantadora, con los brazos cruzados y ligeramente inclinada en su pie derecho. No dice nada, cierra su casillero, recoge sus libros y avanza en pasos largos y elegantes. Sólo tiene que ser un poco ambigua para dejar que los comentarios se esparzan como el polvo. Voltea un poco sobre su hombro y se fija en el espacio junto al bebedero.
Es la primera vez que Curly no está.
Olga está cansada, tiene el maquillaje arruinado, el cabello revuelto y la expresión más triste que le ha visto en toda su vida. Se ha pasado horas y horas llorando, gritando, suplicando y chillando incoherencias. No ha sido suficiente para que la entiendan. Ahora, Olga está cansada, echada sobre su cama y suspirando bajito, murmurando en la semiinconsciencia y sosteniendo la mano que Helga le ha ofrecido en un arranque de simpatía. Está tan quieta y tan pequeña entre las sábanas. Helga quiere ser honesta y sólo puede apretarle la mano en medio del silencio. No tiene ganas de regañarla.
Olga está tan dedicada a tantas cosas. Helga no sabe cuál le gusta más que las otras o si, de hecho, le gusta alguna. Tiene buena voluntad, seguramente, pero hay una indiferencia cruel en sus acciones, un sin sentido que la vuelve dinámica cuando le gusta todo al mismo tiempo. ¿Dónde está el egoísmo?, ¿le pasara también a Olga?, no, probablemente no. Todo debe de gustarle demasiado, le ha dedicado tanto esfuerzo y siempre parece tan motivada, ¿Olga nunca se enoja?, ¿es eso lo que llaman madurez?, negación no es madurez, pero ¿a qué se está negando?
Bob y Miriam la han mirado como nunca, con una mezcla de decepción y enojo. No han tenido que decirlo en voz alta, pero se adivinaba en sus gestos adustos y en la severidad de su porte. La mediocridad había alcanzado a Olga. Qué raro, por qué justo cuando Olga quería hacer algo ordinario, se convertía en una tontería. Era un pedido egoísta. Era convicción absoluta, estaba renunciando a todo. ¡A todo por un deseo tan insignificante!
Los niños, Olga, ¿has pensando en los niños?, siempre piensas en los niños. Siempre piensas en mí. No debería importarte y te ha importado hasta ahora. Me has sorprendido. Te he encontrado llorando en un sillón. Tan dramática como siempre, tan escandalosa, me provocas dolor de cabeza. Me pusiste de mal humor, porque no quería verte, no hoy ni nunca. No te quiero como debería, Olga. Aún hay mucha envidia acumulada, así no te puedo querer, así no puedo ser honesta. No te puedo decir que te envidio porque no sabrías manejarlo, me enojarías más. Comenzaría a odiarte. No quiero odiarte, pero no te quiero tampoco. Hoy has llorado y me has dado un poco de lástima. Has comenzado tan bien, Olga. ¡Deberías haber resistido hasta el final!
—Duérmete.
No se duerme claro. Suspira y solloza bajito, hunde el rostro en las sábanas, le sudan las palmas de las manos y se aferra a Helga. Olga se aferra a la indiferencia, como siempre. Murmura algo entre dientes y Helga asume que le está pidiendo agua. Eso sí puede darle, un vaso con agua y su mano. Debe ser duro, darse cuenta de que está sola. Helga odia ese sentimiento espantoso, ella también se aferra a la indiferencia. A todo lo que no sea esa soledad absoluta.
—¿Qué debería hacer?
Haz lo que quieras. ¿No lo has hecho siempre?, qué injusta eres Olga, preguntarme una cosa tan importante. ¡Yo no te quiero así!, no somos tan cercanas como para que pongas una decisión tan importante en mí. No me preguntes tonterías. Haz eso, lo de siempre, ignora todo y a todos, recibe las críticas positivas o negativas, pero haz lo que quieras. No me importa, realmente, no me importa.
—Duérmete.
Phoebe está reemplazando a Helga ese sábado en la tarde. No ha habido muchos clientes y, felizmente, ha podido terminar todos los reportes que tiene que presentar el lunes. De hecho, está disfrutando de la quietud del lugar para terminar de leer Tristán e Isolda, cuando Arnold abre la puerta y perturba el silencio.
—¿Helga? —Parece molesto mientras busca con la mirada. Tiene un libro bajo el brazo y está sudando.
—Helga no está, Arnold. —Deja el libro en la silla y se acerca, curiosa—. ¿Pasa algo?
—¡Ah, Phoebe! —La mira, sorprendido y su expresión se relaja ligeramente—. Hola, ¿has visto a Helga?
—Está en su casa. ¿Por qué?
—¿En su casa? —Parece decepcionado por un segundo—. ¿Está enferma?
—Eh… no. Ha tenido un problema y no va venir.
—¿Qué problema?
—No me ha dicho exactamente qué. —Phoebe miente porque cree que hay límites, incluso para las buenas intenciones—. Pero sé que está muy ocupada por ahora.
—¿Te llamó?
—Eh, sí, claro. En la tarde.
Arnold la mira y, por un instante, Phoebe cree que le dirá algo. Se mueve por puro instinto, Helga no le ha contado nada y por eso sabe que es importante. Decide detener a Arnold antes de que este se dé de la vuelta y haga ruido de nuevo.
—¿Habían quedado en verse o algo así?
—¿Qué? —Está mortificado, con el ceño fruncido y apretando el libro—. Sí, podría decirse. Con Helga nunca sabes.
—Estoy segura de que Helga te lo explicará. —Phoebe se arregló los lentes—. Cualquier problema que haya tenido, te lo explicará.
—¿Tú crees? —Pregunto no sin ironía.
—¿Cuándo has visto que Helga se haya quedado callada?
—Eres lista, Phoebe.
—Por supuesto. Ahora, no queda mucho para que cierre la tienda, ¿por qué no te quedas un rato conmigo?
—Eh… sí, claro, supongo.
—Tengo que ir a la casa de Helga después. —Le señaló una pequeña caja en la esquina—. Puedes acompañarme y averiguar por qué no vino.
—Bueno, está bien. —Se sentó, un poco incómodo, en el sillón rojo de la esquina—. Tampoco es que sea tan importante.
—¿No lo es? —Phoebe sonrió de lado.
—No, claro. Sí, sí, en realidad. —Arnold parecía frustrado—. Se supone que íbamos a discutir poesía.
—¡¿Poesía? —Phoebe se llevó una mano a la boca cuando se dio cuenta de que había chillado—. Perdón, me sorprendí. No que Helga no sepa interpretar poesía, ¿sabes?, es sólo…
—Me parece que ocultas algo Phoebe.
—¿Yo? —Soltó una risita nerviosa—. Por favor Arnold, jamás.
—Sí, está bien. —Alzó una ceja—. ¿Me decías?
—¡Ah, sí!, te lo pasarás tremendo con Helga. Perdona Helga, estuve a punto de. Ella siempre tiene comentarios muy críticos y audaces.
—Genial. Yo sólo quiero que me ayude con una parte del poema que no logro comprender.
—¿Podría saber de qué poema hablas?
—Eh, sí. Es la canción de amor de Alfred Prufrock. —Alza el libro para enseñarle la portada—. ¿Lo has leído?
—¡¿Prufrock? —Se aclara la garganta—. Sí, eh, perdón. No, no lo he leído. Lo he oído.
—¿Qué?
—En un recital. Pero eso no importa, es un gran poema. No puedo creer que Helga aceptara leerlo contigo.
—¿Por qué?
—Bueno. Es un vínculo muy íntimo el que tienes allí. —Que Helga le gritara luego, Phoebe iba a ayudar a que esa no relación de años y años de amor no correspondido se moviera de una vez—. Ya sabes que cada quien mira el poema como quiere, la mirada de Helga es muy personal. Ella no está hablando del amor en abstracto. Ella está pensando en alguien cuando te lo cuenta. Es extraño que haya accedido a discutirlo.
—No sabía que el poema significara tanto. Con razón no quería que nos reuniéramos.
—Parece que confía en ti.
—¿Tú crees?
—Bueno, no hay que exagerar. Pero tenemos dos opciones aquí Arnold. —Phoebe se cruzó de brazos—. La primera es que la persona que le gusta ya no le gusta tanto y, por eso, puede hablarlo con alguien más. Aunque no directamente, claro.
—Puede hablar con un extraño. —Murmuró Arnold y parecía irritado.
—La segunda es que esa persona le sigue gustando tanto como siempre y es, de hecho, correspondida. Por eso, aunque vergonzoso para ella, no le molesta discutirlo con un chico tan comprensivo como tú.
—¿Y no le importa que lo yo lo sepa?
—En ambos casos, Arnold, parece que Helga te considera un buen amigo. —Phoebe sonrió y, aunque amable, Arnold sintió que se estaba burlando de él.
—Después de todos estos años, ¿soy un buen amigo?, pero no nos hemos hablado nada.
—Yo tampoco estoy segura. Será mejor que se lo preguntes.
—Supongo que sí. —Suspiró—. Ahora parece que estoy exagerando.
—¿A qué te refieres?
—Me molesté porque esperé dos horas en el muelle y ella no apareció.
—Eso es horrible, Arnold. —Phoebe guardaba un libro en su mochila y cogía las llaves del mostrador—. Es desconsiderado, una persona debe cumplir siempre sus promesas.
—Eso mismo pienso yo, pero si Helga realmente…
—Esa no es excusa. —Lo cortó Phoebe—. Incluso en una emergencia podría haber conseguido alguna forma de avisarte. Yo te hubiese advertido con mucho gusto.
—Sí, pero…
—¡Sin peros, Arnold!, yo en tu lugar estaría muy disgustada.
—Phoebe, ¿no se supone que deberías estar del lado de Helga?
—Como su amiga tengo la responsabilidad de apoyar cualquier medida que ayude a mejorar su actitud. Por su bien.
—¿Qué quieres decir?
—Quiero decir que, si yo fuera tú, pensaría en alguna manera en la que querría que Helga me compensara. —Phoebe se acomodó la chaqueta—. Ya es hora Arnold, vámonos.
Un confundido Arnold y una astuta Phoebe caminaban hacia el hogar de los Pataki.
Helga ni siquiera estaba pensando en Arnold. Era una mentira, por supuesto. Era imposible no pensar en Arnold. Primero porque le gustaba, digamos, muchísimo. Segundo porque estaba intentando que no le gustara, digamos, mucho muchísimo. Era difícil claro, pero Helga podía soportarlo si se mantenía sin verlo. La imagen se desvanecía en la evidencia de la rutina. Sólo tenía que relajarse un poco y hasta podía distraerse.
El timbre sonó y Helga esperaba que Phoebe estuviera allí, con una sonrisa y una pequeña caja en las manos. Se sentía culpable, todavía, porque había utilizado a Olga como excusa para no ir al muelle. No lo había olvidado y tampoco había sido tan deshonesto. Se había dejado llevar por el momento y luego había estado muy desanimada para salir de casa. Hasta había faltado al trabajo. Hubiera sido más conveniente olvidarse, realmente, de la cita que tenía con Arnold. ¡Una cita, por Dios!
El timbre volvió a sonar y Helga dio un respingo. Se había distraído nuevamente. No podía seguir así, tanto tiempo desperdiciado en fantasías que nunca llegarían a concretarse. Avanzó rápidamente hacia la puerta y el corazón se le atoró en la garganta cuando escuchó el saludo coordinado que se presentó en su puerta.
Se iba a morir. Esa era la única explicación. Se iba a morir y los mayas (que predecían el fin del mundo) le estaban ofreciendo un regalo de despedida del mundo terrenal. Del imposible mundo terrenal, sí. Todo esto era producto de sus rezos inventados a imágenes y estatuas obsesivamente construidas. O peor, era un castigo. Eso sonaba más razonable. Has sido terrible Helga y mereces sufrir un poco. No podía ser verdad, tendría que estar soñando. O teniendo una pesadilla. ¿Qué es?, no estás hablando Helga y ha pasado tanto tiempo que han comenzado a mirarte raro. Bueno, Phoebe con más preocupación que Arnold porque sabe que me estoy muriendo. ¡Espera!, ¿Arnold preocupado?, ah, eso tiene que ser perfecto. Estoy tan viva, tan viva, que me voy a morir. Arnold me está mirando a mí. A MÍ. Y está aquí y es perfecto y quiero acercarme y pasar mis manos por sus cabellos y besarlo. Eso, besarlo y decirle que estoy bien, que deje de mirarme así. Mejor que me mire como si me quisiera, ¡como si me quisieras Arnold!, estoy tan estúpidamente enamorada. Te amo, ¿está bien?, te amo porque estás aquí en mi puerta luego de que te dejé plantado sin darte más explicaciones que NINGUNA. ¿Esto debería estar pasando?, ¡qué importa!, ¡HABLA DE UNA MALDITA VEZ, HELGA!
—¿Arnold? —Mierda, la voz le ha salido quebrada—. ¿Qué haces aquí, cabeza de balón?
—Eso debería preguntarte yo, Helga. —Está molesto, pero sigue sosteniendo la caja con cuidado—. Se supone que hoy tendrías que estar conmigo.
—¿Qué? —Siente que la sonrisa idiota se le resbala en los labios, pero la controla—. No, espera Arnoldo, ¿qué te hace creer que puedes…? —Pero Phoebe, ¡oh grandiosa e inteligentísima Phoebe!, la interrumpe y la ayuda a no ser tan insoportable como siempre.
—Me parece, Helga, que deberías disculparte. Después de todo, Arnold te esperó durante tres horas antes de venir a buscarte (cuando, ciertamente, no tenía que hacerlo) a la librería y verificar si estabas bien.
—Eso es. —Arnold alzó una ceja y su expresión se volvió altanera. Helga gritó de alegría (interiormente, claro) y suavizó su gesto.
—¿Haciendo tu trabajo de niño explorador? —Sonrió en una mueca ante las miradas de severidad que recibió—. Está bien, está bien. —Su voz se volvió seria y trató que su mirada revelara su honestidad—. Lo siento, Arnold. Me hubiese gustado avisarte, pero me demoré más de lo que yo creía en hablar… er, resolver un problema familiar que tenía. Cuando le avisé a Phoebe ya eran más de las cinco y pensé que te habías marchado. Realmente lo siento, entiendo si estás enojado y no quieres hablar más de Prufrock conmigo. —Era arriesgarse, pero qué era la vida sin tomar riesgos. Sólo tenía que cruzar los dedos y esperar a que Arnold dijera que era una buena idea, entonces podría seguir fingiendo que estaba superando su amor enfermizo.
—Disculpa que me entrometa. —Phoebe se excusaba por cortesía, claro que le encantaba intervenir. ¡Qué me haces Phoebe! —Me parece, Arnold, que esa no es una buena forma de ayudar.
—¿Qué?—Helga parecía apurada.
—Tienes razón. —Arnold asintió brevemente y dejó la caja en los brazos de una sorprendida Helga—. Vas a tener que discutir poesía conmigo y, respecto a la compensación, te lo haré saber luego.
—No tienes idea de lo que quieres pedirme, ¿verdad? —Helga alzó una ceja sarcástica y dejó la caja en el piso. No había salido exactamente como hubiese deseado, pero no se iba a quejar.
—No estás en una posición en la que te convenga ser sarcástica. —Arnold le recordó con irritación.
—El secreto de la sabiduría, el poder y el conocimiento es la humildad, Helga.
—No me cites a Hemingway, Phoebe.
Un elefante rosa estaba balanceándose en una rama muy débil. Se movía de un lado a otro y sacaba un paraguas de un bolsillo invisible. Se ponía un lazo azul en el cuello y la lluvia ya no tenía dónde salpicar. El cielo se había iluminado con el sol y el color amarillo, en nubes perezosas, se deslizaba por el asfalto. Todo se mecía de un lado al otro, en ángulos extraños y larguísimos, todo mareaba al elefante que no sabía cuando caerse. ¡Se iba a caer!
Se despertó y casi se vuelve a dormir. La estaban mirando muy atentamente, y muy de cerca, cinco pares de ojos preocupados. Era demasiada atención de la que normalmente recibía y eso se estaba volviendo raro. Todavía se sentía cansada, sin embargo, decidió dejarse hacer mientras trataba de identificar lo que las voces preocupadas le susurraban. No se sentía muy bien, quería vomitar y volver a donde sea que estuviese el elefante rosa ridículo. Parecía que se estaba acercando a una revelación importantísima. Nada que no supiera, desde luego, pero le gustaba el simbolismo vanguardista (simplón, también) de su sueño.
—Helga, cariño, no te duermas. —Era Miriam, que le daba golpecitos amables en la muñeca y le sonreía con su habitual adormecimiento.
Le gruñiría, alzaría el puño y todos sabrían que Helga G. Pataki se encontraba perfectamente saludable. Pero estaba cansadísima y, además, le acababa de empezar un dolor de cabeza agudo como las agujas. Así que, por una vez, que se fueran todos al diablo porque no tenía ganas de fingir nada. Eso, que se marcharan todos de su habitación y la dejaran fantasear con elefantes rosas simbólicos y rayos de sol amarillos como las flores del maíz.
—¡Helga!, ¡no te puedes dormir!, ¡el doctor te tiene que examinar!
Lo habían dicho todos al mismo tiempo, pero la sensación no se iba. Era más fuerte que la voluntad de sus párpados. Además estaban todos ellos que no se apartaban y la seguían mirando como si alguien estuviese mal en su rostro. ¡Qué desfachatez!, es cierto, qué frescura cuando eran ellos los raros, los que se quedaban y miraban fijamente como si jamás la hubiesen visto.
Abre el ojo, abre los ojos, la boca, voltea la cara, alza los brazos y agáchate. Bien, así. Las manos las tiene tibias y ahora voltea un poco, Helga. Escucha órdenes infinitas, pero la mirada no se le enfoca. Al final le piden que cierre los ojos y ¡PUM!, su corazón comienza a latir más rápido de lo que jamás ha sentido. Le han echado un paño húmedo en la frente y hay un olor fortísimo despertando su nariz y el resto de su cuerpo. Las voces se vuelven más cercanas y está cansadísima, con dolor de cabeza y puntitos rosas y amarillos cuando abre los ojos, irritada.
—¿Quieres agua? —Le pregunta por cortesía porque el vaso está en sus manos de todas maneras. Carraspea un poco y tiene que parpadear para acostumbrarse al mundo sin tinieblas. Phoebe le sonríe en una mueca preocupada y parece que está a punto de abrazarla.
—¿Cómo te sientes? —No le sorprende que sea Bob quien lo pregunte. Le sorprende que lo pregunte. Hay una diferencia. Ha hecho la pregunta más obvia y la más rara que le ha escuchado en toda su vida. Sí, está pensando con resentimiento, pero eso es lo más honesto que se le ocurre. No le contesta, pero su expresión debe ser suficiente porque no le vuelve a decir nada.
—¡Hermanita bebé, te traeré más mantas, estás temblando! —Eso es raro, no se ha dado cuenta de que está temblando hasta que Olga se ha ido y vuelto como un huracán hasta su cuarto. Debe ser un resfrío o algo por el estilo, no se reconoce en su cuerpo. Las mantas ayudan.
—Todo va a estar bien, Helga. —Su voz siempre se oye extraña cuando está cargada de esa amabilidad exclusiva con la que la desarma. Tiene el vaso a punto de deslizarse entre los dedos y su mano, más grande, apretándole la palma. Ha sido de improviso y todavía no se explica cómo ha logrado que Arnold crea que puede tocarla con tanta familiaridad. ¿No ha sido lo suficientemente malvada?, ah, pero claro, ahora no debe verse malvada. Tiene que fruncir el ceño y la mano se irá. Se irá y los sentimientos también, eso tiene que ocurrir.
—¿Qué me ha pasado? —Su voz se escucha ronca y tiene que apartarse el cabello del rostro.
Todos hablan a la vez y la confunden. Se callan y la frustran. Al final hacen lo que deben hacer y empiezan a explicarle por partes, para que se acuerde. Se acuerda. Ha estado llevando la cajita por las escaleras y por distraída no se ha fijado en la chaqueta que estaba en el borde de la escalera, ha soltado la caja y ha estado a punto de agarrarse de la barandilla, cuando los dedos la han traicionado. Se ha dado un golpe en el filo del escalón y luego, como puede imaginar, se ha desmayado. Qué estúpido.
—Entonces, ¿eso es todo?
—Bueno, hubo un momento en el que comenzaste a balbucear cosas extrañas. —Olga la miró con preocupación—. No sé si las imaginabas o si son ciertas.
—¡¿Qué cosas?
—Eso… er, lo querrás recordar luego… —Phoebe estaba incomodísima y mejor no se volteaba a ver a Arnold porque estaba segura de que se iba a morir.
Se estaba hartando, el problema era que venía hartándose desde hacía muchos años. Parece que siempre queda mucho espacio que rebalsar y el tiempo, el bendito tiempo, en vez de acortar las proporciones, las aumenta. No tiene sentido. Eso que está ocurriendo en las manos semientrelazadas. No tiene sentido cuando es tan poco, tan insignificante y tan maravilloso. Le quema la piel donde los dedos aprietan y no puede ser el resfriado. Le quema porque es él. Le arde en una sensación maravillosa que la aturde. Eso está mal, terrible, definitivamente lunático cuando se supone que el amor es recíproco. Y sólo está en sus fantasmas, en esas creaciones irregulares de las que se alimenta su espíritu. Sé honesta, Helga. Todo ese impulso nervioso es producto de tu ideal desenfrenado, de tus suposiciones irreales y perversas. No es él, no es su mano, es la mano que te acercó el paraguas cuando no había nadie. No hay nadie, ahora, tampoco, porque no es él quien vino a tomarte la mano, es lo que estabas esperando.
Él dice que lo hace porque quiere. Él dice muchas cosas. Él hace las cosas a pesar de que las quiere. Él es amable, Helga. Repítelo hasta que lo entiendas. Repítelo muchísimas veces, mientras eres malvada, mientras te escondes, mientras sueñas y sigues pensando. Tienes que repetirlo para que aún en la inconsciencia seas capaz de recordar que tus fantasías no entran en los límites de la realidad. Así no, Helga, porque la vida es muy distinta de tus sueños. Así no, porque el rechazo será espectacular. Así no, porque esa punzada detrás de la cabeza se sentirá en cada poro y entonces no serás capaz de vivir contigo misma. Tienes que vivir a pesar del amor, Helga.
—¿Estás bien, Helga? —Le repite con preocupación. Ya conoce esa pregunta, ese tono, esa mirada y ese gesto que pretende tranquilizar. Lo conoce en una vívida repetición de años y años de rutina. Entonces se da cuenta. Se da cuenta de que está esperando, con todas sus fuerzas, que algo cambie cuando está enamorada de ese permanente estado de preocupación. Es ilógico, Helga, que quieras destruirlo todo cuando construyes altares en su honor. Qué hay ahí para ti sino un horrible arrepentimiento. Eso no va a cambiar, nunca. Eso no tiene que cambiar, nunca, porque te vas a quedar sin el paraguas el día que está lloviendo a cántaros.
Helga deja el vaso en las manos de Phoebe y su mano derecha sobre la de Arnold (la que tiene prisionera a su mano izquierda). La recorre un escalofrío y es una sensación placentera estar tan cerca de alguien a quien quieres tanto. Está más aturdida que de costumbre y eso la vuelve torpe. Seguramente no debería hacer este tipo de cosas, pero las volvería hacer si le dieran la oportunidad de volver en el tiempo. Se regocija en la mirada sorprendida que recibe e inclina la cabeza a un lado, descansando mejor en las almohadas. Está preparando lo que quiere decir, pero sabe que no podrá. No cuando hay tantas personas y precisamente porque hay audiencia.
—Gracias Arnold. —Le da un ligero apretón y lo suelta. Le cuesta muchísimo, casi una punzada más fuerte en la cabeza, le cuesta todo el nerviosismo del mundo, pero logra quedarse quieta y con las manos entrelazadas en el regazo. Nunca va a ser suficiente para ese vaso platónico que se llena de ilusiones, nunca va a ser suficiente para ese fantasma que se acurruca en su corazón y no tiene que ser suficiente. Helga ama a Arnold. No es ninguna novedad, seguramente, y nunca va a ser una novedad—. Ahora me gustaría que me dejaran sola.
(Una semana después)
—¿Estás segura de que estás bien, Helga?
—Sí, estoy bien, ¿me ves sangrando, vendada o bizca? —Pone los ojos en blanco—. Fue un golpe. No un pequeño golpe, no un gran golpe. Un golpe y punto. ¿Quieres ver los resultados de las pruebas y escuchar al doctor?
—Me alegra que estés bien, Helga. Cuando me enteré me sentí terriblemente mal. Lamento no haberte llevado la tarea.
—Está bien, Phoebe me la llevó. Tampoco fue tanta. Falté un día, Lila.
—¡Pero una herida en la cabeza!, suena peligroso, deberías llevarlo con calma.
—Tu preocupación me está dando dolor de cabeza.
—Lo siento mucho, Helga.
—Ok, suficiente. Me tengo que ir, Lila. Aprecio tu preocupación y todo eso, pero me estás poniendo de mal humor. Nos vemos más tarde y, por favor, deja de disculparte.
—Nos vemos Helga, recupérate pronto.
—¡Que no estoy herida, por el amor de…!, olvídalo.
La buena fortuna había logrado que Lila se cruzara en su camino por un pasillo deshabitado. Claro, apenas había vuelto todos habían llenado de hipérboles cualquier hipótesis que explicara su ausencia. Por un día, valía la pena aclarar. ¿Desde cuándo se había vuelto tan popular?, todo debía ser obra de Rhonda y de su vocación de chismógrafo que enardecía las pasiones más disminuidas. Eso y el hecho de que Phoebe y Arnold se habían puesto a dramatizar, con sus comentarios moralistas, todo lo que habían visto. ¡Una caída, nada más!
—¡Helga!
—No me hables, Arnoldo.
—Tan de buen humor como siempre.
—Así es. Ahora deja de hablarme.
—¿Puedo preguntar por qué estás molesta conmigo?, ¿hay una razón en particular o es sólo ese ánimo beligerante de siempre?
—Ya le contaste a Lila que me tropecé, ¿no?
—Pues sí. No fue que la buscara particularmente, ella estaba ahí cuando Phoebe y yo…
—¡Ya, ya, ya sé!, ya me contaron esa historia un montón de veces. Eso es trasgresión de la privacidad, ¿saben?
—Pensé que no ibas a hablarme.
—Qué listo eres, no sé para qué sigues estudiando, deberías graduarte de una vez.
—¿Tú también lo crees?
—Sí, gradúate y usa un poema en la introducción de tu discurso. Claro, si sabes interpretarlo.
—Eso fue malvado, Helga.
—Lo sé, lo sé. —Le dio una palmadita en la espalda—. Cumpliré mi deuda contigo y ya no tendrás razón para hablarme. Hoy, a las cuatro en la heladería. No te olvides de traer dinero, algo con qué apuntar y todas tus neuronas. ¡Nos vemos!
—Helga, tenemos clase en salones contiguos…
—¿Y tu punto es?
—Olvídalo. Nos vemos a las cuatro.
Es evidente. Helga enamorada (ya) no está.
CONTINUARÁ.
Volví, después de meses, pero ¡hey!, son 11 páginas en letras 11 calibri. Es algo. ¿No?, perdonen la tardanza. Tenía mucho que estudiar antes de poder adelantar esto. Lo bueno es que he dejado el capítulo cuatro por la mitad, lo que significa que no tardaré tanto en actualizar esta vez. A partir de Helga y Arnold hablando de Prufrock todo va a ir un poco más rápido de lo que he propuesto, pero no se engañen, no es un más rápido sustancial, es un más rápido en las acciones que modificaran ligeramente lo sustancial. He ido dejando un montón de pistas en todos los capítulos y las voy a ir uniendo todas, así que estén muy atentas(os) a los detalles. Me parece bien que la relación Arnold-Helga sea tan ambigua, es parte de su crueldad divertida y no digan que no, porque Helga siendo tan solitaria y enamorándose de un chico tan denso. Es cruel. En todo caso, espero que el capítulo les haya gustado.
Perdonen que no conteste los review anónimos, modificaré el capítulo el sábado con la correspondiente respuesta :D, los he leído todos y me han hecho muy feliz.
:) Nos vemos más pronto de lo que esperan. Mientras tanto...
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