Cuatro años más tarde

Sam se había pasado todo el vuelo desde Nueva york ensayando qué iba a decir y cómo iba a hacerlo. Se recordó una y otra vez que ya no era una chiquilla ingenua de dieciocho años que no sabía nada, ni había visto el lado oscuro de la vida. Ahora era una mujer de veintidós años que sabía perfectamente lo que era sufrir, pero que no había perdido las ganas de amar, de compartir…
Al pensar en los últimos cuatro años le parecía imposible haber sido alguna vez aquella niña que había huido de su propia boda; ya no tenía nada en común con ella. Sam cerró los ojos y se recostó en el asiento de clase turista, aunque podría haberse permitido un billete de primera clase, pero una persona que había pasado esos años ayudando a los huérfanos no habría sido capaz de gastar el dinero en un lujo como ese. Ahora, gracias a la organización benéfica para la que trabajaba, muchos de esos niños habían dejado de luchar a muerte por un miserable trozo de pan y podían disfrutar de un hogar, una educación y, lo más importante de todo, tenían amor.
Sam no sabía exactamente cuándo había empezado a arrepentirse de haber renunciado a su herencia; y no lo hacía por sí misma, sino por lo que ese dinero habría supuesto para aquellos niños, con él habría podido ayudarlos mucho más. Quizás lo que la había hecho darse cuenta del valor de la herencia había sido la cara de felicidad de la hermana María el día que había anunciado que la recaudación de fondos en la que tanto habían trabajado había conseguido reunir una cantidad que no era ni una décima parte de los ingresos que habría recibido Sam de no haber rechazado lo que le correspondía de acuerdo con el testamento de su padre.
También entonces había empezado a preguntarse qué pensarían de ella sus compañeros si se enteraran de todo el dinero al que había renunciado solo por orgullo. Esas y otras cuestiones la habían llevado a tomar una decisión que deseaba haber tomado mucho tiempo antes. Las monjas con las que trabajaba eran tan buenas y tan generosas que jamás habrían criticado o juzgado nada que ella hiciera, pero era ella misma la que criticaba su comportamiento.
Durante los años que había pasado en Nueva York, Sam se había acostumbrado a proteger su intimidad a cal y canto y, con su actitud había conseguido que nunca le hicieran preguntas sobre su pasado, que se había convertido en algo que no compartía con nadie. Por supuesto que tenía amigos, pero con todos ellos mantenía cierta distancia, especialmente con los hombres. Enamorarse era una palabra que ya no entraba en su vocabulario; era una experiencia demasiado dolorosa como para volver a pasar por ella.
No después de Freddie. Todavía seguía soñando con él de vez en cuando y, después de esos sueños, pasaba varios días afectada y extrañamente sensible.
No quería confesar a nadie lo sola y abandonada que se había sentido nada más llegar a Nueva York; cuántas veces había estado tentada de volver a casa, pero su orgullo se lo había impedido… eso y la carta que le había mandado al abogado de su padre a los pocos días de estar allí; en ella lo informaba de que renunciaba a su herencia. De esa manera había pretendido que la dejaran empezar una nueva vida y, para ello había dejado muy claro que no quería tener el menor contacto con su madrastra o con Freddie.
Después de aquello había buscado trabajo como intérprete y profesora y, por medio de ese empleo, había llegado a las monjas y a su organización benéfica para niños.
Todavía recordaba la cara de sorpresa de la hermana María cuando, nada más decidir reclamar el dinero que le correspondía por derecho, le había contado toda la verdad de su pasado y el motivo que la había llevado hasta allí. La pobre no podía dar crédito a que Sam no fuera realmente la joven de clase humilde que ellas habían creído.
Sam pensaba que sería suficiente con escribir al abogado y comunicarle que había cambiado de idea y que deseaba recibir los ingresos de la herencia; sin embargo unos días después de mandar aquella carta, le llegó la respuesta de un tal David Bryant que, según le explicaba, era el sobrino y sucesor de Henry Fairburn, el abogado de su padre, que había muerto.
El nuevo letrado le explicó que la situación era demasiado complicada como para solucionarla por correo y que, por tanto lo más conveniente era que fuera a Seattle a tratarlo personalmente; además le aconsejaba que lo hiciera lo antes posible.
Hasta aquel momento siempre había eludido la idea de volver a Seattle, pero ahora se daba cuenta de que lo único que temía era su propio miedo. Desde luego ya no tenía por qué temer volver a ver a Freddie ya que lo que había sentido por él había muerto hacía mucho tiempo.
Entre ellos dos no había habido ningún contacto y, por lo que a ella respectaba, Margaret y él podían estar viviendo los dos juntos en amor y compañía. Lo cierto era que eran tal para cual; igual de fríos y manipuladores.
Era una verdadera pena que su padre hubiera creído oportuno nombrar a Freddie fiduciario de su testamento y que Henry, el otro fiduciario, hubiera muerto. Aquello hacía que las cosas fueran mucho más difíciles para Sam, que no estaba segura de cuál era ahora su posición en relación a la herencia; pero confiaba en que ese David Bryant pudiera asesorarla al respecto.
Había otra cuestión que también la tenía algo preocupada y era el hecho de que freddie y ella todavía estaban legalmente casados.
Para su sorpresa, lo único que la hermana María había comentado al oír la historia de su pasado, había sido que los votos matrimoniales eran para siempre. Eso la había hecho darse cuenta de lo tonta que había sido todos aquellos años por no molestarse en pedir la nulidad matrimonial. Seguramente al principio había tenido miedo de que Freddie intentara hacerla volver.
Ese miedo ya no existía, tampoco tenía ninguna necesidad imperiosa de volver a ser legalmente soltera, salvo para establecer una buena base para un futuro de independencia. En realidad lo que más deseaba era poder escribir pronto a la hermana María para decirle que todo iba bien y que enseguida estaría de vuelta en Seattle.
Cuando el avión tomó tierra en suelo de Seattle se le hizo un nudo en la garganta, pero se esforzó por convencerse a sí misma de que era un sentimiento perfectamente comprensible.
La mujer que había tomado el avión en aquel mismo aeropuerto cuatro años antes era una chiquilla guapa pero quizás ligeramente carente de personalidad; sin embargo nadie habría calificado de insípida a la mujer que ahora llegaba a Seattle. El trabajo duro y la dedicación a los demás habían hecho que los rasgos de Sam se perfilaran en su perfección y su figura se estilizara sin perder las curvas. En sus ojos azules había una luminosidad que parecía casi espiritual y que hacía que mucha gente se volviera a mirarla.
Iba vestida con unos pantalones anchos color crema y una insulsa camisa blanca de algodón, pero toda mujer que hubiera vivido en Nueva york absorbía algo de la sensualidad propia de la ciudad que tanto veneraba el cuerpo femenino. A pesar de la sencillez de su ropa, se podía adivinar la delicadeza de su cintura, la curva que dibujaban sus pechos…
Sam salió del aeropuerto, se retiró el pelo de la cara con un pañuelo de seda blanca, respiró hondo y paró un taxi para que la llevara a la dirección que le había dado el abogado cuando le pidió que le recomendara un sitio barato en el que alojarse.
Para su sorpresa, David Bryant no solo le había mandado el nombre de un lugar cercano a su oficina, sino también un cheque para correr con los gastos de alojamiento, así como un billete de primera clase que había decidido no utilizar.
A medida que el taxi se iba acercando a su destino Sam estaba más convencida de que había habido un malentendido, ya que el barrio de Seattle por el que iban era una zona moderna, llena de coches caros, y gente vestida con ropa de diseño. Su sensación aumentó cuando vio que el taxista paraba a la entrada de un lujoso bloque de apartamentos. No obstante, pagó y salió del coche con decisión. De camino a la puerta del edificio vio de reojo que un enorme coche negro estaba aparcando en el hueco que había dejado su taxi, pero estaba demasiado ocupada en asegurarse de que aquella era realmente la dirección a la que tenía que dirigirse, por eso ni siquiera se volvió a mirar.
Sí, eran las mismas señas. Entró al vestíbulo pero, nada más hacerlo, se quedó paralizada como si algo la hubiera detenido. Sin saber por qué sintió la necesidad de volverse a mirar qué, o quién, había a su espalda. Al reconocer al hombre que la observaba detenidamente se le cortó la respiración.

—¡Sam!

CAPITULO 5

—¡Sam! He ido al aeropuerto a buscarte, pero te me has escapado.
—¡Freddie!
Su voz sonó floja y temblorosa, como la de una niña… Se aclaró la garganta al tiempo que se recordaba que era una persona adulta, pero ni su cuerpo ni su cerebro respondían a sus órdenes porque ambos estaban demasiado centrados en Freddie.
Aquellos cuatro años no lo habían cambiado tanto como a ella; pero claro, él ya era un adulto cuando ella se marchó. Para su pesar, Freddie seguía teniendo ese magnetismo sexual que tanto había recordado; sin embargo, viéndolo ahora desde la perspectiva de una mujer hecha y derecha, ese atractivo le parecía aún más poderoso. Era como si lo que había visto hacía tantos años hubiera sido solo una imagen borrosa que ahora veía con total definición.
Quizás había olvidado lo increíblemente sexy que era, o a lo mejor había sido demasiado joven e ingenua para apreciarlo en su totalidad. Fuera lo que fuera, ahora podía percibirlo con total claridad.
Llevaba el pelo más corto que antes, lo que le daba un toque de dureza; y también sus ojos parecían más duros y fríos.
—No has venido en primera clase.
—¿Sabías que venía? —por mucho que lo intentara no podía evitar que se notara su sorpresa.
—Claro. Te recuerdo que soy tu fiduciario y, dado que el motivo de tu visita es hablar de la herencia…
¡Su fiduciario! Claro que lo sabía, pero había dado por hecho que sería David Bryant con el que tendría que tratar el tema, y que él actuaría como intermediario entre Freddie y ella. Lo que menos necesitaba en esos momentos era tener que hacer frente a esa situación, porque ya estaba suficientemente nerviosa.
—Me sorprende que Margaret no esté contigo —dijo intentando recuperar el control de la situación.
—¿Margaret? —por la expresión de su rostro era obvio que aquel comentario no le había hecho ninguna gracia—. Esto no tiene nada que ver con Margaret —añadió fríamente.
Por supuesto, allí estaba él para proteger a su amante. Con dolor se dio cuenta de que deseaba con todas sus fuerzas echarle en cara acusaciones que había creído olvidadas, pero el modo en el que la había mirado al recordarle que era su fiduciario parecía decirle que tuviera cuidado. Después de todo quizás no le resultara tan sencillo reclamar aquel dinero. Claro que, si hubiera algún impedimento, el sector Bryant la habría avisado en sus cartas, en lugar de animarla a que fuera a Seattle.
Lo cierto era que, en lo que se refería al dinero de la herencia, se sentía bastante segura de sus argumentos; al fin y al cabo, dado que Freddie se había casado con ella para disponer del control de la empresa, lo lógico era que no pusiera ningún impedimento a garantizarle ciertos ingresos a cambio de mantener las acciones del negocio. Él debía tener en cuenta que Sam también podría vender esas acciones en el mercado, donde quizás obtuviera una cantidad mayor. El saber de su poder en ese aspecto le dio algo más de seguridad.
Freddie se puso a su lado y ella se dio cuenta de que había algo más que no había cambiado: todavía tenía que alzar bastante la cabeza para mirarlo a los ojos. Ya era demasiado tarde para arrepentirse de las cómodas zapatillas sin tacón que había decidido ponerse.
—Vamos —le dijo poniéndole la mano en la espalda, momento en el que Sam comprobó que el mero roce seguía provocando en ella un deseo irrefrenable.
¿Qué demonios le ocurría? Sabía perfectamente que no podía dejarse llevar por ese deseo sexual que Freddie despertaba en ella como no lo había hecho ningún otro hombre. El problema era que, hasta solo unos minutos antes, Freddie había estado convencida de que su vulnerabilidad hacia aquel hombre era asunto concluido y ahora estaba claro que no era así, ni mucho menos.
Estaba confundida, era incapaz de pensar con lógica o de mirar a algo que no fuera él.
—Es por aquí.
Lo siguió de manera automática hasta el ascensor de cristal donde el ascensorista lo saludó amablemente.
—Buenas tardes, Bates —contestó Freddie cordialmente—. ¿La familia bien?
—Sí, muy bien, señor Benson... Mi hijo Robert está encantado con ese trabajo que usted le buscó.
Se limitó a responder con una sonrisa que a Sam le recordó el modo en el que solía sonreírle a ella y sintió un dolor tan intenso que la hizo tambalearse ligeramente.
— ¿Te sigue dando miedo la altura? No mires hacia abajo —le recomendó con frialdad—. Por alguna razón, todos los arquitectos de la ciudad se han puesto de acuerdo en que están de moda los ascensores de cristal.
Su voz era extremadamente neutra; claro que tampoco había ningún motivo por el que tuviera que mostrar simpatía alguna hacia ella. ¿O sí? Al fin y al cabo le había ahorrado la molestia de fingir ser un marido feliz, o que ella le importaba lo más mínimo y, al mismo tiempo, le había dado exactamente lo que quería. En la misma carta en la que había renunciado a su herencia, Sam le había otorgado poder absoluto sobre las acciones de la empresa.
Pero no lo había hecho por él, lo había hecho por su padre, porque sabía que Freddie llevaría el negocio hasta lo más alto. Al menos en eso estaba segura de poder confiar en él.
Había cerrado los ojos nada más ponerse en marcha el ascensor, pero los recuerdos y las imágenes que le venían a la cabeza eran mucho peores que unos cuantos metros de altura. Nunca perdonaría a Freddie por lo que había intentado hacer con ella, por haber intentado manipularla de aquel modo y por abusar de la confianza que su padre había depositado en él.
El ascensor se detuvo.
—Ya puedes abrir los ojos.
Nada más poner un pie en el pasillo Sam vio que estaban en el ático, la parte más lujosa de cualquier edificio de apartamentos. Aquello debía de ser muy caro.
—Le pedí a David Bryant que me buscara un sitio barato y cerca de su oficina —murmuró mientras Freddie abría la puerta.
—Pues ha cumplido ambos requisitos: su despacho está bastante cerca, y aquí eres mi invitada.
—¿Tu invitada? —se quedó helada en el umbral de la puerta, mirándolo con los ojos abiertos de par en par—. ¿Este es tu apartamento?
—Sí —confirmó él—.