Nada más tomar la desviación Ángela dejó un poco de espacio con el Lamborgini. No había necesidad de pegarse demasiado, el coche parecía una cerilla encendida en un cuarto oscuro. No quería que él se diese cuenta que le seguía, eso sin contar que estaba cometiendo una imprudencia en toda regla. Estaba siguiendo a un extraño que podía llevarle hasta un asesino. Y por si fuera poco lo hacía en plena noche y sola.

Pensó que lo mejor que podía hacer era solo observar, ser una mera espectadora. Si aquel extraño iba a su casa, averiguaría donde vivía. Si por el caso contrario le llevaba hasta el asesino podría recabar más información sobre ellos. Lo único que tenía claro es que no se interpondría en lo que sea que hiciesen estos hombres, sería demasiado peligroso y aunque Ángela era valiente no era una inconsciente.

Le siguió hasta una zona de pubs en Charlestown, donde se congregaban gran cantidad de la comunidad irlandesa de Boston. Ángela pasó de largo cuando vio al deportivo amarillo desviándose para entrar en un parking al aire libre, siguió hasta la siguiente calle y torció para buscar un aparcamiento cuanto antes.

Esa debía ser su noche de suerte porque en esa misma calle encontró tres plazas libres, lo cual era raro tratándose de una zona de ocio nocturno. Lo consideró una buena señal. Salió del coche y se puso la cazadora. Caminó despacio hasta la esquina a fin de esperar a que él pasase antes que ella por el cruce.

Tal y como había pensado, lo vio salir del parking. Llevaba las manos metidas en los bolsillos del abrigo y caminaba de una forma muy elegante y masculina. Miraba al frente por lo que no tuvo que preocuparse de si la vería. Anduvo detrás de él a bastante distancia, no quería que le pasase algo como lo que le había pasado a Derek.

Él había hecho un buen trabajo, había investigado lo que ella le había pedido. Pero también había sido demasiado descarado en su persecución, por eso le había pillado. Ángela solo quería información, nada de líos.

Después de casi media hora detrás de él empezó a incomodarse, parecía que no iba a ninguna parte, como si simplemente pasease. Recorría calles enteras, giraba en cualquier esquina en direcciones completamente al azar. Ángela empezó a frustrarse pues parecía que otra pista se le iba por el retrete.

Después de que su guapo caminante doblara una esquina hacia la izquierda, se paró en un portal y se sentó. Quizá debiera dejarlo por hoy. Eran cerca de las once de la noche y parecía no estar sacando nada de esto. Dios, esta búsqueda era tan infructuosa. No conseguía avanzar nada.

Ángela levantó la cabeza tras escuchar un fuerte golpe proveniente de la calle donde había entrado el chico guapo. Se levantó enseguida y dobló la esquina. Los ruidos provenían de una pequeña callejuela que salía de la acera de enfrente más o menos a mitad de la calle.

Cruzó la calle casi corriendo, por suerte se había puesto sus botas más cómodas, y se acercó despacio a la esquina. El ruido de golpes y cosas que se rompían se hizo un poco más intenso. Ángela asomó con cuidado la nariz por la esquina y vio las sombras de gente que se movía y peleaba en el edificio del fondo.

Dio un paso adelante a fin de acercarse para ver mejor y se quedó paralizada en el sitio al ver algo grande y oscuro volar por los aires y caer a plomo en el suelo, rodando varios metros. Tras un leve instante su mente reaccionó y podo ver que era una persona. Era su sexy caminante nocturno el que estaba tirado en el suelo.

Estaba bocabajo y perecía inconsciente. Ángela se adentró en la calle siguiendo la pared de ladrillos y ya iba a acercarse al hombre del suelo cuando una mujer rubia y hombre igualmente rubio aparecieron caminando por la esquina. Con cuidado de no hacer ruido retrocedió sobre sus pasos y se escondió en la parte de detrás de un pequeño vehículo que estaba aparcado casi al final de la calle.

- Dale la vuelta, tiene que ser un Cazador Oscuro–ordeno la mujer rubia al hombre.

El rubio caminó hacia delante y se agachó para hacer lo que le habían pedido. De pronto Ángela se encontró con que el rubio había caído de espaldas al suelo mientras que el moreno se había incorporado sobre sus rodillas agarrándole por los pies.

- Maldito –chilló la mujer.

- ¿Yo? ¿En serio? –dijo el moreno con burla.

La mujer saltó encima de él y Ángela creyó que iba a derribarle, pero él soltó los pies del hombre, levantó los brazos y cuando la rubia calló encima de él, giró con fuerza su cuerpo mandándola casi cinco metros en la dirección contraria. Entonces el rubio pateó su estómago haciéndole tambalearse un poco.

En menos de medio segundo había recuperado el equilibrio y ya le lanzaba un golpe desde abajo que dio directamente en el centro del pecho del hombre rubio. Ángela contempló con los ojos abiertos como platos cómo el hombre rubio explotaba y se desintegraba al más puro estilo Buffy Cazavampiros.

Ni siquiera tuvo tiempo de pestañear cuando el hombre moreno ya se levantaba para encarar a la rubia haciendo ondear su abrigo hacia un lado. Estaba serio, concentrado, preparado para atacarla. Ella lo hizo primero, lanzando un grito de rabia que hizo que a Ángela le entrase piel de gallina.

Él la esquivó con agilidad y desenvoltura. Le sujetó el brazo con que le atacaba y le dio un golpe en el medio del pecho, idéntico al que había empleado con el hombre rubio. Y al igual que el otro la mujer también se evaporó.

No podía creer lo que acaba de presenciar, no dejaba de pestañear y el corazón le latía a mil por hora. Él sacudió el abrigo y se lo puso derecho sobre los hombros, estiró el brazo derecho haciendo una mueca de dolor y caminó hacia la esquina por la que hacía solo un momento había aparecido volando.

Ángela aprovechó la oportunidad para salir pitando. Caminó todo lo rápido que pudo hasta que se dio cuenta que lo hacía sin rumbo sin saber a donde iba. Se paró tres segundos para respirar hondo y aclararse la mente. Oyó pasos a su espalda y rápidamente entró en el establecimiento que estaba a su derecha.

Eso estaba mejor. Ruido y gente. No estaba muy concurrido pero necesitaba estar rodeada de personas. Caminó hasta una mesa vacía y se sentó todavía demasiado impresionada por lo que había visto. Una camarera morena de mediana edad se le acercó.

- ¿Qué vas a tomar querida? –dijo con voz ronca.

- Ehhh no se. Yo… no…

- ¿Te encuentras bien? –Dijo acercándose más –Estas pálida.

- Si. No… Yo… -Ángela estaba balbuceando, tenía que reaccionar rápido -¿Sirven…? ¿Sirven comida?

- Si, claro. Esto es un restaurante, servimos hasta las doce –contestó la mujer con cara de preocupación.

- Bien pues tráigame la especialidad del día –dijo sin mirarla.

- Claro, tardare un rato ¿seguro que te encuentras bien?

- Si –mintió intentando parecer convincente –es que no he cenado aún.

- Bien, vuelvo en un momento.

La camarera se marchó dejando a Ángela sola. Miró a su alrededor y trató de calmarse. Intentó pensar racionalmente en lo que acababa de ver. Pero eso la hacía ponerse más nerviosa aún. Había visto desintegrarse a dos personas, ante sus narices. Ese hombre les había… ¿qué les había hecho? ¿Apuñalarlas? Recordó haber visto un destello plateado ambas veces. No, las había matado. Dios, la cabeza le iba a explotar.

Ángela intentó distraerse observando el local. Había entrado en un restaurante 'Fish & Chips', apenas lo ocupaban cinco comensales. La mayoría de las mesas estaban vacías. Amplios ventanales estaban situados a ambos lados de la puerta, era un lugar cálido y acogedor con sillas y mesas de madera, y altas paredes de ladrillos rojos.

Había una mujer rubia sentada dos mesas más allá con un chico moreno y fornido. La mujer al ver que los miraba le dedicó una sonrisa. Ángela miró hacia otro lado sin saber muy bien qué hacer. Tras un rato mirando el vacío y con la mente en blanco, la camarera la sorprendió. Le había dicho algo pero no se había enterado.

- ¿Que? –le dijo Ángela.

- Digo que aquí tienes la cena, te he preguntado si quieres algo más.

Ángela miro el plato y el aroma del pescado y las patatas le inundaron la nariz haciéndola volver un poco a la realidad.

- No, gracias. Es más que suficiente –contestó con una sonrisa forzada.

- Muy bien, si necesitas algo solo dilo –añadió la camarera antes de marcharse.

Ángela cogió el tenedor y comprobó que le temblaba la mano. Tenía que tranquilizarse. Se levantó y fue hacia el servicio de señoras. ¿Qué demonios le pasaba? ¿Por qué no podía tranquilizarse y pensar por un momento? Se lavó la cara varias veces y trató de calmarse.

No pasa nada Angy, se dijo mentalmente. Has visto algo extraño, no es tan raro. A veces la gente ve fantasmas, duendes o al Bigfoot.

Empezó a reírse en voz alta.

- Seeeh, muy bueno Angy –dijo riendo en voz alta a si misma – Bigfoot. Ya incluso empiezas a hablar sola.

Su mente le decía que era imposible, que lo paranormal no existía pero… no podía negar lo que había visto. No se lo había imaginado de eso estaba muy segura. Una pizca de realidad afloró en su mente de repente y cayó sobre ella como un yunque. Su investigación. Todo el trabajo duro de estos meses, el cansancio, todo se había ido al traste.

Una sensación de apretada presión surgió en su pecho y lucho por contener las lágrimas de rabia que empezaban a asomarle en los ojos.

- ¡Maldita sea! –dijo con rabia golpeando la cerámica del lavabo.

Esto mandaba al traste todo su sacrificio y su esfuerzo. ¿Qué iba a hacer? ¿Escribir sobre seres de la noche que andan peleándose y matándose unos a otros en los callejones de madrugada? Eso no era serio, no era lo que ella quería. Era tan injusto. Tanto esfuerzo para nada.

Se enjuagó las lágrimas con agua del grifo y se dispuso a salir del baño. Empujó la puerta y enseguida notó el cálido ambiente del restaurante. Mientras caminaba de vuelta a su mesa se fijó entonces en el nuevo comensal que le daba la espalda y que ocupaba una mesa al lado de la puerta.

Estaba sentado con los brazos apoyados en la mesa y miraba hacia la mesa donde se sentaba la pareja, dos mesas mas allá de donde se había sentado Ángela. Vestía una camisa azul marino, tenía el pelo corto, castaño y ondulado y de su silla colgaba un abrigo negro de tweed.

No, no, no, no, no. No puede ser posible.

Ángela aceleró el paso. Por un momento pensó en salir directamente por la puerta, pero vio que su bolso estaba encima de la mesa y las llaves del coche estaban dentro de él. Pasó de largo fingiendo no haberle visto y se sentó en la mesa. Sin levantar la vista agarró el tenedor y el cuchillo y se dispuso a comer. Tenía que pensar rápidamente.

Echó un rápido vistazo y comprobó que no la miraba a ella, sino a la mujer rubia. Eso si que era extraño. Ángela relajo un momento la tensión. Estaba claro que no estaba aquí por ella, no tenía por qué temer nada, él no tenía que haberse dado cuenta de que le había seguido. Y tampoco le había visto hace un rato en el callejón. Se había puesto paranoica por nada.

Levantó la cara hacia él. Seguía mirando a la rubia, la miraba casi como la había mirado a ella. Como un gato que está a punto de zamparse un rico ratón. Curiosamente eso la molestó y giró la cabeza hacia ella y se sorprendió de lo que vio. Estaba claramente tensa, pasaba la mirada de la puerta de salida al hombre.

La curiosidad periodística de Ángela chispeó.

Aquí pasaba algo. Y no tenía nada que ver con ella.

Finn observó a su presa y sonrió un poco. Sabía que estaba acorralada. Sabía que él había venido buscándola a ella. Personalmente no le gustaba la idea de tener que sacarla del local, prefería habérsela encontrado fuera y no tener que buscar la manera de sacarla para luego matarla. Era demasiado, perdería mucho tiempo.

Estaba tan fijamente concentrado que no vio a la rubia que se acercaba a él. Era ella, la chica que había visto antes. Llevaba su bolso en la mano y por un momento pensó que su intención era salir por la puerta. Pero no era así. Se acercó hasta su mesa. Finn sabía que venía hacia él así que se le adelantó.

- ¿Te gustaría sentarte conmigo? –le dijo levantándose de la silla y ofreciéndole educadamente asiento.

- Vaya. Que galante –dijo sonriendo –menos por lo de perseguirme por la ciudad.

- Te aseguro que ha sido pura casualidad –contestó -¿Qué dices entonces?

- Muy bien –aceptó ella.

Finn se acercó y le retiró la silla. Aprovechó de paso para mirar de nuevo a la mujer daimon. Seguía nerviosa así que le hizo un gesto de mordida con los dientes lo que hizo que casi saliera despavorida.

- Gracias –contestó al sentarse.

Finn la rodeó y se sentó de nuevo en su sitio. Corrió deliberadamente la silla para acercarse más a ella de modo que cuando la mirase también pudiese ver a su presa. Esta noche estaba yendo de perlas. Había cazado a dos en un callejón, hacía apenas diez minutos a otro una calle más abajo, ahora casualmente se había encontrado con otra en uno de sus locales favoritos del barrio irlandés y la guinda del pastel era que había encontrado una mujer interesante y preciosa con la que quizá pudiera pasar la noche.

- ¿Cómo te llamas? –le preguntó Finn.

- Ángela –contestó con desenvoltura.

- Encantado de conocerte. Yo me llamo Finn.

Ella sonrió y asintió con la cabeza. Parecía que le divertía algo. Antes no se había dado cuenta pero tenía lo que su madre llamaba 'ojos de sonrisa'. Cuando era pequeño le había contado un cuento sobre una bruja buena y un niño. Siempre que su madre le había contado esa historia a su hermano y a él incluía todo tipo de detalles. Recordaba especialmente la descripción del niño.

Ewan tenía el pelo rubio y de punta, era bajo, callado y tenía ojos de sonrisa

- ¿Qué son ojos de sonrisa? –había preguntado su hermano Cormac.

- Los ojos de sonrisa los tienen la buenas personas, cielo. Cuando sonríen sus ojos se arrugan tomando la forma de una media luna…

- ¿Vienes mucho a comer aquí? –le preguntó Ángela sacándole de sus recuerdos

- A cenar sobre todo –contestó, debería haber mentido pero fue incapaz mirando sus ojos color miel. Le habían recordado a su casa, a su hogar.

Mientras Finn estaba distraído, la mujer daimon había aprovechado para levantarse y si no llega a ser porque la puerta tenía una campanita no se hubiese dado cuenta de que había salido por la puerta. Tenía que ir tras ella.

- Me disculpas un momento, Ángela –dijo muy educadamente poniéndose en pie. No quería dejarla plantada.

- Si claro –contestó bastante comprensiva –haz lo que tengas que hacer.

- Gracias, ahora mismo vuelvo.

Y salió por la puerta a toda velocidad. Fue calle abajo siguiéndola. Corrió a la máxima velocidad que sus piernas le permitían. Ella doblo varias esquinas para perderle, pero no lo consiguió. Desesperada por escapar, se había metido en un callejón si salida. Ya no tenía escapatoria.

Satisfecho consigo mismo, se dispuso a volver al restaurante con Ángela. Esta noche se le estaba dando genial. De camino al restaurante mandó un mensaje a Davies. '4'. No podía estar más contento. Nada más entrar lo primero que hizo fue pedir disculpas a Ángela.

- Lo siento de veras –dijo sonriendo un poco. Aún estaba acalorado por la rápida caminata.

- No tiene importancia –dijo ella sonriendo. Una sonrisa preciosa. Le hacía querer sonreír como un tonto.

- Oye, y ¿a que te dedicas Ángela? –dijo alegremente, se moría por saber más cosas sobre ella

- Soy periodista –dijo ella echándose hacia delante – y sé lo que has hecho con la rubia.

Finn sintió un escalofrío recorrerle la columna. No podía haberse quedado más pasmado.