Disclaimer: Bleach y sus personajes son propiedad de Tite Kubo

Hola a todos, gracias por entrar en este ichiruki! Creo que con este capi ya estaríamos promediando la historia. Si no he ahondado mucho en la descripción del contexto histórico fue para no atosigarlos, pero creo que es necesario aclarar que los hechos, nombres propios y circunstancias son reales, solo que me he tomado la libertad de recrearlos según conviniera a mi relato y de la forma más simple posible. Por ejemplo, si bien es cierto que el anteúltimo enfrentamiento con los Taira ocurrió en Yashima, en la isla de Shikoku, esto sucedió varios meses después del asalto que narré en el primer capítulo. Yo no he podido apegarme a ese lapso de tiempo, soy más estricta y les di tres días de descanso nada más XDD

Quien dirigió la campaña que referiré en este capi ha sido Minamoto no Yoshitsune, uno de los líderes del clan. Si elegí solo a Benkei como referencia de liderazgo fue para simplificar, hay muchos más nombres que han protagonizado este período fundamental en la historia japonesa. Pueden googlear y verán un retrato de Benkei, un importantísimo monje guerrero al servicio de los Minamoto (supongo que lo de "monje" y "guerrero" fue lo que más me atrajo para utilizarlo como personaje XD)

No los molesto más, espero que el capi les agrade :D


Capítulo IV: Shikoku


Tres días después llegó la orden de partir. Nada les quedaba por hacer en la fortaleza de los Taira, habían cumplido con éxito su misión y los habían obligado a replegarse. Sin embargo, el objetivo más importante todavía no se había alcanzado: asesinar al Emperador y apropiarse de los Tres Tesoros que custodiaba. De este modo, por fin los Minamoto asumirían el mando del país.

Seguramente el enemigo se estaba ocultando en el último reducto que les quedaba, la fortaleza de Yashima, en la isla de Shikoku. Benkei había recibido de sus líderes la orden de viajar hasta allí para destruir el lugar y aniquilar hasta el último de los Taira, así la guerra por fin terminaría. Por esta razón, el general se había dedicado durante esos días a reagrupar a sus hombres y a aparejar las naves que los llevarían. El trayecto no era largo, pero movilizarse con rapidez y con una estrategia planeada era lo fundamental si se pretendía asegurar la victoria.

Con la animada actividad que reinaba en el campamento, Benkei iba de un sector a otro para supervisar los preparativos y para motivar a sus hombres. En uno de sus recorridos vio de lejos a Kumagai, que caminaba presurosamente hacia algún lugar sin percatarse de su presencia.

-¡Kumagai! –lo llamó.

El joven se detuvo en seco, sobresaltado. No se esperaba semejante compañía, había creído que el monje estaba revisando las naves. Tuvo que esforzarse durante esos segundos que todavía los separaban para serenarse y adoptar la solemne postura que es propia de su rango.

-Creí que estarías alistándote –manifestó su superior, extrañado.

-Ya lo hice, general.

-¿Entonces a dónde vas? ¿Y qué es eso que llevas?

Kumagai se turbó. Cierto, entre las manos llevaba un cuenco con comida envuelto con unos retazos, para que nadie más lo viera. Maldita sea su suerte… De nada le valdría mentir, su líder no era ningún tonto y él no cometería jamás el error de subestimarlo.

-Llevo comida para los prisioneros.

El día anterior habían regresado los guerreros enviados a explorar trayendo consigo un pequeño grupo de fugitivos. Todos eran vasallos de los Taira que habían intentado escapar, hombres y mujeres que por sus ropas no deberían ser más que sirvientes. Por orden de Benkei los habían encerrado en la mazmorra con Taguchi.

El general no se inmutó por la respuesta, pero lo observó fijamente durante algunos instantes, como si intentara leer dentro de él. Kumagai le sostuvo la mirada, con la certeza de que el otro descubría todo lo que pensaba y todo lo que sentía. Una mínima gota de sudor resbaló por su frente, tal era la tensión que lo acometía.

-Últimamente actúas muy extraño, Kumagai –terminó por decir Benkei, sin desistir del examen. Algo estaba escondiendo ese obstinado muchacho, algo importante-. Puedes alimentarlos si quieres, pero debes saber que decidí ejecutarlos antes de nuestra partida de mañana.

El chico abrió los ojos con espanto, sin poder disimularlo.

-¿Mañana?

El experimentado samurai continuó escrutándolo en silencio, extrañado por tal reacción. ¿Qué estaría ocurriendo con su subordinado, qué lo tenía tan distraído de sus obligaciones? Lo había estado observando y había llegado a notar que últimamente su conducta se salía de lo normal, aunque aún no había dado con la explicación. ¿Estaría relacionado con alguno de esos prisioneros que tanto visitaba?

Tarde advirtió Kumagai que había reaccionado desproporcionadamente sin motivo, al menos sin uno válido para su superior. Era un idiota, ¡casi se había delatado él mismo! Intentó recomponerse cuanto pudo, trató de aparentar normalidad, mientras pensaba en el modo de evitar semejante desastre y ganar un poco más de tiempo. Por suerte, su mente se iluminó con una idea viable.

-Pensé que los utilizaríamos para intercambiar prisioneros de guerra –arriesgó.

Benkei seguía observándolo con atención, midiendo el significado de aquella inesperada salida. ¿En qué estaba pensando ese chico? Sin embargo, recordó que le habían informado de varios samurais cautivos en la fortaleza de los Taira, así que la idea no era del todo descabellada. Aun así era muy extraño… Uno de sus mejores hombres ya no actuaba con la seguridad de antes, algo había cambiado dentro de él. Sea lo que sea, lo averiguaría.

Kumagai esperó la respuesta sobre ascuas. No sabía si había sido inoportuno, presuntuoso, si parecía un demente o un traidor potencial. En cualquier caso, se estaba jugando el cuello. En esos últimos días había pensado en varias estrategias para ayudar a Taguchi a escapar, pero este repentino giro de los acontecimientos lo obligaba a replanteárselas por completo. De todos modos no iba a rendirse, había decidido que ella viviría y no daría ni un paso atrás.

-Puede que sea una buena alternativa –repuso finalmente el general. Y por más que el otro trató de disimularlo, fue evidente el gran alivio que asomó en su mirada-. Que Sasaki y Yada te ayuden a trasladarlos a los barcos mañana por la mañana, antes de que amanezca –indicó, y luego se giró para marcharse.

-Entendido –respondió Kumagai, sintiendo que le habían sacado un peso de encima.

Pero bien sabía él que no era suficiente para salvarla.

-o-

Al menos podía ponerse de pie y andar. Su espalda todavía dolía, pero ya no tenía que seguir recostada y el ejercicio le haría bien, aunque ya no hubiese mucho espacio para deambular.

Taguchi se levantó de su sitio y comenzó a caminar lentamente en círculos. Desde el día anterior ya no estaba sola en su encierro, varios prisioneros la acompañaban. A algunos los conocía, a otros no, por eso prefirió no entablar conversación con nadie y permanecer entre las sombras, para que no la reconocieran. La verdad era que estaba cansándose de la impostura que Kumagai le había obligado a adoptar, pero no tenía más remedio que seguirle el juego.

Esos últimos días fueron tan extraños como el primero, aunque las cosas se sucedieron con mayor lentitud y pudo reflexionar mejor sobre sus circunstancias y sobre su inusitada relación con aquel muchacho que velaba por ella. La había alimentado, la había curado, la había cuidado… Por su forma de ser y su empedernido deseo de convertirse en samurai, Taguchi había pasado la mayor parte de su vida en soledad y muy pocas personas se habían mostrado interesadas en ella con sinceridad. Que alguien como él la haya protegido de esa manera le perturbaba el alma y sobrecogía su corazón, llenándola de una calidez que nunca antes había experimentado, que la desconcertaba y, a la vez, la gratificaba.

Habían podido hablar mucho pese a las escasas oportunidades de las que Kumagai dispuso para estar con ella, se habían conocido más y habían entrado en confianza. Un inesperado lazo se había formado y ya no podría romperse. Y en esas conversaciones llenas de su pasado, de sus miedos, de sus deseos, habían descubierto que eran iguales, que los dos luchaban con determinación por ser mejores, que batallaban incansablemente contra la soledad. A lo largo de sus vidas habían querido demostrar lo que en verdad eran, forjarse íntegros y fieles a sí mismos, asegurarse que sus aflicciones no los hubiesen doblegado.

Taguchi, además, se descubrió inusitadamente ansiosa. Un apremiante nerviosismo recorría su cuerpo cada vez que lo sentía aproximarse y un placentero bienestar la embargaba cada vez que lo tenía a su lado. Y era bien conciente de que esos no eran los sentimientos propios de un samurai.

Tenía que meditarlo con tranquilidad, necesitaba comprender la magnitud de esas inquietudes, aunque era difícil hacerlo estando rodeada de personas que se la pasaban rezando en murmullos o lamentándose de su suerte. Encima no lo había visto desde que los trajeron a la mazmorra.

-Eres del clan Taguchi –le dijo repentinamente alguien, un hombre que la interceptó en su reducida caminata-. Tu nombre es…

-Cállate, no es necesario que la gente de aquí se entere.

-¿Por qué estás vestida como un samurai?

La joven suspiró profundamente, agobiada por el peso de la posible explicación.

-Es una larga historia –respondió finalmente.

Por suerte al otro no pareció interesarle.

-¿Hace cuánto que te atraparon?

-Desde el primer día. Te llamas Saito, ¿verdad?

-Sí, soy Saito Sanemori. Me sorprende que aún no te hayan matado.

-Nos ejecutarán pronto, no te preocupes –ironizó ella con desgano.

-¿Tu familia?

Taguchi no respondió de inmediato, esa era una pregunta que hería su orgullo. Los había visto, ¡claro que los había visto!, huyendo como ratas. Ellos, que se creían superiores al resto, se habían escapado ni bien supieron de la invasión. Malditos cobardes… Sobre todo su tío Shigeyoshi, a quien su padre obedecía tan ciegamente. De alguien de su calaña solo se podía esperar lo peor y de seguro no tardaría mucho en hundir a su clan en la deshonra, lo presentía desde siempre.

-Se marcharon con los demás a Yashima, supongo –terminó por decir.

-Sí, se marcharon –se burló amargamente el otro, cabizbajo.

En ese momento entró Kumagai, que se dirigió directamente hasta ella.

-Te traje comida –le dijo, tendiéndole el envoltorio que llevaba, y luego se percató de que estaba de pie-. ¿Ya te sientes mejor?

-Sí, gracias –repuso Taguchi, notándolo más nervioso que de costumbre-. ¿Ocurre algo?

-¿Eh? Oh, no… es que venía pensando en otra cosa –se excusó. No valía la pena contarle de su plática con Benkei y lo cerca que había estado de ser ejecutada.

Ella no se lo creyó, pero tampoco insistió. Con paso lento buscó un espacio en el suelo donde sentarse para comer.

Algunos de los que la rodeaban se sorprendieron por la amabilidad del guerrero, pero en lugar de preguntarse por sus motivos se limitaron a observar el cuenco con evidente deseo. Tenían demasiada hambre como para especular sobre la relación entre esos dos.

Al notar esas acuosas miradas y vislumbrar la razón, Taguchi les ofreció de inmediato compartir el alimento, lo cual aceptaron con alivio. Una leve sonrisa se dibujó en su rostro mientras comía con ellos, un inusual gesto que no pasó desapercibido para el muchacho que los observaba.

-Por favor, joven, ¿podría decirme qué sucederá con nosotros? –le preguntó tímidamente Saito.

Kumagai se había quedado embobado viendo a Taguchi, por eso se sobresaltó cuando el hombre lo abordó con ese cuestionamiento. Se sacudió de la mente algunos pensamientos y del corazón ciertos sentimientos, hasta que por fin pudo contestarle.

-Antes del amanecer los llevaremos a las naves, después partiremos a Shikoku e intentaremos intercambiarlos por prisioneros de nuestro clan.

Al oír eso, algunos de los allí presentes ahogaron exclamaciones de asombro, otros de miedo y otros de resignación. Taguchi lo miró a los ojos con expresión adusta, sin creérselo del todo.

-¿Estás seguro de que eso es lo que harán con nosotros?

El guerrero entendía a qué se refería. Al responderle, puso toda su convicción, su confianza y su sinceridad. En las últimas horas ya no habían podido hablar a solas, pero el vínculo se había afianzado de tal modo que bastaba con un simple cruce de miradas para comprender lo que pensaban y lo que sentían, y para saber si mentían o no. La voz le salió áspera, pero firme.

-Estoy seguro, se vienen con nosotros a Shikoku.

-o-

El viaje fue tranquilo, las mareas eran favorables. Cruzaron el breve mar que los separaba de su objetivo con una estrategia prevista y con la seguridad de efectuarla a la perfección.

La fortaleza de Yashima, el último reducto de los Taira, se hallaba en una pequeña isla junto a la costa de Shikoku. La región era tan pequeña que lo único que había en ella era un monte de cima plana donde se alzaba la construcción que el ejército de los Minamoto asaltaría. En la medida en que se acercaban el asentamiento se visualizaba mejor, por lo cual, para evitar ser avistados antes de tiempo, dirigieron los barcos a la isla mayor, donde establecerían el campamento.

Una vez que hicieron pie sobre la estrecha playa, procedieron a agruparse según el plan. Eran cien hombres en total, menos que los Taira, pero eso no los detendría. Los Minamoto contaban con ingeniosos líderes conocedores del arte de sorprender al enemigo, por lo tanto el número era lo de menos. En cambio, el arrojo y el honor puestos en tal empresa lo eran todo.

La tarde empezaba a declinar. Benkei determinó que esas últimas horas de luz serían utilizadas para terminar de ajustar los detalles del futuro combate y que al anochecer descansarían. Antes de la salida del sol, comenzarían a movilizarse hacia Yashima.

-Así que mañana es el gran día –bromeó Taguchi, mientras Kumagai la escoltaba hacia la pequeña caverna donde ubicarían a los cautivos.

-No molestes –le advirtió él, observando con atención la disposición del terreno. Caminaba detrás de ella, que a su vez marchaba en el último lugar de la hilera que habían formado con los prisioneros para poder trasladarlos a todos juntos, atándolos con una única cuerda que los unía.

-Idiota –musitó ella.

-¡¿Y eso por qué? –se exaltó el joven, distrayéndose de su inspección.

Taguchi sonrió sin que él lo notara. Todo lo que ella necesitaba era hablar un poco.

Kumagai chistó, ofuscado, y volvió a su examen del terreno. Por suerte la caverna estaba alejada del campamento, de ese modo se le facilitarían las cosas.

-¿En qué piensas? –le preguntó de pronto ella.

El interpelado se sorprendió. ¿Cómo diablos sabía que estaba pensando en algo si estaba de espaldas a él? Las mujeres eran muy extrañas, y a veces hasta daban miedo.

-Solo contemplo el paisaje.

-No digas tonterías.

Kumagai se crispó.

-¡Yo no digo tonterías! ¿Y en verdad crees que este es un buen momento para platicar?

La otra guardó silencio. Habían llegado a la caverna y los guerreros procedieron a acomodarlos sentados sobre el suelo rocoso, sujetándolos a unos grilletes que habían incrustado en las paredes. Finalizada la tarea, Kumagai se ofreció para ser el primero en hacer la guardia. Sus compañeros aceptaron sin sospechar ni protestar, pues preferían ocuparse de los asuntos concernientes a la inminente batalla y no de la vigilancia de un penoso grupo de cautivos.

Cuando se marcharon, Kumagai fue a sentarse con Taguchi, sujeta a unos grilletes que la obligaban a tener las manos a la altura de la cabeza. El resto de los prisioneros, agotados por el viaje y por el trato, se habían sumido en sus propios pensamientos y no les prestaron atención.

-¿Estás bien? –susurró él.

La joven compuso una semisonrisa algo altanera.

-No seas tonto, claro que estoy bien.

Al ser la última en entrar, Taguchi quedó ubicada muy cerca de la salida. Desde donde estaba podía contemplar el mar, sentir su característico aroma salado y oír el arrullo de las olas en el atardecer. Esa proximidad la reconfortaba, tanto como la compañía del joven samurai.

-¿Los has visto de nuevo?

El chico se sorprendió por esa repentina pregunta. Cierto, no habían vuelto a hablar de aquello.

-No, ya no –murmuró.

-¿Qué estás tramando, Kumagai?

Ahora se sobresaltó. La muchacha era más astuta de lo que había creído.

-No sé a qué te refieres.

-Deja que las cosas que tengan que suceder, sucedan –pidió Taguchi, ignorando la evasiva. Luego, apartó su mirada del mar para posarla sobre él-. Si intentas hacer cualquier cosa, lo que sea, serás tenido por traidor. Si eso pasa, a mí me ejecutarán y a ti te obligarán a abrirte las entrañas. Será tu deshonra, Kumagai, ¿acaso no lo entiendes?

-No me importa.

-¡Deja de comportarte como un idiota! ¡No tenemos por qué morir los dos!

-Muy bien, pues entonces viviremos, maldita sea.

Ambos guardaron silencio, con la obstinación pintada en el rostro. Se sostenían la ceñuda mirada, medían la resolución del otro y luchaban por imponer su voluntad. Hasta en eso eran iguales. Sus corazones latían con la misma cadencia, pero aún no lo sabían.

-Eres un imbécil –terminó por espetarle ella.

-Terca –contraatacó él.

-Estúpido.

-Porfiada.

-¡Idiota!

-¡Enana!

-¡¿Qué dijiste? –Taguchi se transfiguró al escuchar semejante ofensa. Nunca antes se habían atrevido a llamarla de esa manera, pues las personas a las que había conocido solían apreciar sus vidas. Este niñato no sabía con quién se estaba metiendo.

El otro, en cambio, se amedrentó. Era la primera vez que la veía tan enojada, como si hubiese mancillado su mismísimo orgullo… ¿o sí lo había hecho? Parecía que Taguchi iba a saltarle a la yugular en cualquier momento. Fingió no darle importancia a su reacción, pero tomó nota mental de no volver a llamarla de esa manera, al menos no sin necesidad.

Cuando recordó en qué situación se hallaban, su rostro retornó a la seriedad. Ella, al notarlo, terminó por apaciguarse. El chico era un cabeza dura, tenía que encontrar el modo de convencerlo para que no haga nada que pudiese perjudicarlo.

-Yo iba a morir de todas formas, Kumagai, si logro sobrevivir será porque el destino así lo manda, no quiero que intervengas en esto –pidió.

El interpelado la miró ahora con enojo contenido.

-Deja de actuar tan resignada, ¿quieres? ¡No te rindas, Taguchi!

-No es que me rinda –dijo ella, enfocándose en el mar otra vez. ¿Acaso esto que sentía era ser una mujer? ¿Estas sensaciones que la abrumaban antes de verlo o mientras estaba con él eran propias de una mujer? ¿Podía ser que nacieran tan rápido, que crecieran y que maduraran en apenas unos días? ¿Era auténtico algo tan repentino, inesperado, perturbador y subyugante? Por momentos la confundía, o la aterraba, y siempre la conmovía. Taguchi no pensaba en ella, pensaba en él, en la vida de él. Necesitaba saberlo vivo, a salvo, era la idea de su muerte la que no resistía e ignoraba cómo hacérselo saber-. Tal vez que yo muera joven forma parte de mi destino, por empezar nunca hubo lugar para mí en este mundo. Transité por este camino negando mi identidad, despreciándola, esforzándome por ser algo que creía superior. Quizás… quizás eso no era del todo correcto. Ahora que lo pienso quizás no debía… no debía haber obrado así.

Él la escuchó en silencio, atento. La comprendía, aunque sospechó que había una parte de sus emociones que no podía alcanzar a entender. Supuso que era por ser un hombre.

-Tú elegiste ser fuerte, sobrevivir, nadie podría señalarte por eso. Y aun si tus elecciones fueron erradas, eso no justifica que te entregues de esta manera, Taguchi.

-Lo sé, pero aun así… Creo que todo estuvo mal, desde el principio.

-Basta, ¡no digas esas cosas! Yo también a veces dudo… No sé por qué peleo, por qué me metí en esta asquerosa guerra, a quién protejo en realidad… Hasta que te conocí…

Kumagai se cortó. Se había dejado llevar por la angustia de ella, por su propia angustia, sin medir sus palabras. Vio que Taguchi había vuelto sus ojos hacia él, lo miraba con interrogación y cierta vacilación. Tal vez lo mejor era callar.

-Lo siento –murmuró, sin saber cómo salir de aquel atolladero. Todavía era tan ingenuo…

-¿Cuál es tu nombre? –le preguntó ella de pronto, salvándolo de su zozobra.

-¿Cuál es el tuyo? –replicó él. Ese salto en la conversación no lo pilló desprevenido.

Para su asombro, Taguchi le respondió utilizando sus mismas palabras, cuando se negaron esa seña por primera vez.

-Algún día tendrás que decírmelo.

-o-

Era noche cerrada. Más allá de los esporádicos centinelas, Kumagai no tuvo inconvenientes para deslizarse subrepticiamente fuera del campamento, ya que el resto de sus compañeros dormía. Había eludido la vigilancia con éxito, por lo cual solo tuvo que acelerar el paso haciendo el menor ruido posible para llegar hasta la caverna.

La apacible brisa nocturna, las estrellas, los monótonos acordes de los grillos se escapaban de sus sentidos, pues en su mente y en su alma solo había espacio para una resolución. Dolía, le costaba asimilar el hecho de que aquel pequeño y cálido universo que compartía con Taguchi estaba a punto de esfumarse, como si se tratase de un sueño.

¿Y es que acaso no lo fue? Algún día, quizá, creería que se trató de una simple alucinación, la manifestación de un deseo íntimo, secreto, que no sabía que guardaba. Taguchi no sería más que una voz en su corazón para confortarlo, para hacerle entender que si veía más allá de esta burda realidad era porque todavía era sensible, porque su espíritu era fuerte. Esa chica de piel de luna, de belleza singular, de sonrisa franca y triste, sería para siempre su mejor ilusión, la imagen más cercana al amor que haya tenido jamás.

Sí, así sería… O no, quizá Taguchi se convertiría en el recuerdo amargo de un imposible, de la realidad que pudo haber sido. Sea como sea, al menos en esta vida era claro que ya no podrían estar juntos. Aun así vivirían, él mismo iba a encargarse de eso.

Para su fortuna, el samurai de guardia cabeceaba y no lo oyó llegar. Se acercó hasta él con sigilo, por detrás, y le asestó un certero golpe seco en la sien. El otro jamás sabría lo que le sucedió.

Después Kumagai se adentró en la caverna. Taguchi dormía, al igual que el resto de los cautivos. Le tapó la boca con la mano y la obligó a despertar. Cuando ella abrió los ojos con asombro y lo reconoció, él retiró su mano y procedió a liberarla de su amarre.

-¿Qué haces?

El joven la instó a guardar silencio. Taguchi miró hacia todos lados, algo turbada, por si alguien se percataba de lo que estaba sucediendo. Aparentemente los demás dormían. Pronto tuvo las manos liberadas y acarició sus muñecas para aplacar el ardor del amarre. Miró a Kumagai con gran desconcierto, mientras él la tomaba de un brazo para ayudarla a ponerse de pie.

Así la sacó de la caverna, no sin antes verificar que nadie los hubiese visto. Ella lo seguía con ceñuda mirada, sin lograr salir del estupor.

-Vamos –le dijo él por fin, tomándola de la mano para iniciar una marcha ligera y sigilosa.

La joven no lograba asimilar todo aquello. Caminaba tratando de adaptarse a sus pasos largos, pero en realidad era prácticamente acarreada. Podía ver y sentir cómo una de sus grandes manos sujetaba con firmeza la suya, que de tan pequeña casi se perdía entre sus dedos. Le costaba procesar que la había rescatado, que la llevaba con premura a través de un bosque desconocido, que la estaba tocando…

-Kumagai…

-Después.

-No, ahora.

-¡Dije que después! –masculló él, sin siquiera mirarla.

Taguchi permaneció muda de asombro durante el resto del camino. Avanzaron un buen rato, ignorando ella en qué dirección. Sí percibía que se adentraban cada vez más en Shikoku. Trató de ordenar sus ideas y logró deducir que, efectivamente, el chico había estado tramándolo todo.

De pronto, al llegar a un claro, el guerrero se detuvo y se giró para encararla.

-Hemos llegado.

Ella lo miró sin comprender. Luego echó un vistazo alrededor, sin llegar a distinguir otra cosa que no fuese bosque. Kumagai explicó.

-Mañana al amanecer asaltaremos Yashima, así que te recomiendo que no vayas por allí. Tengo un amigo que creció aquí y me ha contado que viven familias humildes, pero pacíficas. Quiero que avances hacia el sur, que busques un refugio y que desaparezcas.

Taguchi abrió los ojos con sorpresa.

-Pero…

-Silencio –la cortó él. A continuación extrajo de su obi las katanas de la chica y su kaiken, que había llevado encima todo el rato sin que ella lo hubiese notado-. Toma –le dijo, entregándoselos-, los recuperé para ti. Vete y vive, Taguchi.

Ella sujetó sus armas con torpeza, aún desconcertada por lo que estaba ocurriendo. Lo miró a los ojos y vislumbró una inexorable resolución que no pudo confrontar. Tampoco pudo dominar los desarticulados latidos de su corazón al comprender por fin lo que toda esa escena significaba.

-¿Y tú?

-El centinela creerá que se quedó dormido y que aprovechaste la oportunidad para escapar, no te preocupes. Vete.

-Pero…

-¡Vete de una maldita vez! –vociferó él, dándole la espalda.

Ella permaneció inmóvil durante un lapsus de tiempo que ninguno de los dos pudo medir. En el oscuro cielo de una madrugada definitiva, la luna iluminaba el desconcierto y la desazón de sus pesarosos espíritus conectados para siempre.

-Ven conmigo –musitó ella.

Kumagai sintió que todo el valor y la decisión que había logrado reunir con tanto esfuerzo a lo largo de ese día interminable comenzaban a resquebrajarse como el hielo al llegar la primavera. A pesar de ello, no olvidó jamás quién era y con quiénes estaba su lealtad, aunque le costara el alma.

-La próxima vez que te encuentre no te dejaré ir –afirmó, echando a correr por donde había venido, sin darse la vuelta ni una sola vez.

La muchacha lo vio alejarse, aferrándose a sus armas como si de ese modo pudiese retenerlo. Luego, sintiendo en su pecho el vacío más grande que haya experimentado jamás, echó a andar hacia el bosque.


T.T

No se asusten, esto no termina acá!

Gracias a todos por leer n.n Saludos a Basi, me alegro que te haya gustado el capi anterior, siento lo de los latigazos para Rukia y síp, la cosa se viene dramática, pero también romántica XD Gracias por tu entusiasmo y apoyo :D

Nos vemos la próxima!