Hola chicas, he aquí que les traigo una historia romántica, que e adaptado a los personajes de Candy Candy, obra de Mizuki e Igarashi. ante todo aclaro que esta novela no es de mi autoria, pertenece a Sally Mackenzie, una gran escritora de romance, me encanto para Albert y Candy, espero lo disfruten y cualquier comentario o critica dejenme mensajito, la adaptacion es solo para entretener, no tiene ninguna pretensión de plagio ni nada parecido, respeto totalmente la creación de su autora, gracias.
Capítulo 3
Candy intentaba sopesar su situación mientras caminaba de regreso al GreenMancon Albert. Nunca antes un hombre (el hijo del carnicero no contaba) le había prestado atención, y ahora tenía a Albert, indudablemente el hombre más guapo que había conocido, diciéndole que quería casarse con ella.
Pero no, Albert no era un hombre cualquiera. Era un duque, una especie completamente distinta. Un noble británico que no dudaba en quitarse la ropa y meterse en la cama con una extraña que había encontrado allí. Obviamente era un avezado seductor.
—Maldición.
La exclamación entre dientes de Albert arrancó a Candy de su ensueño, eso y sus pasos cada vez más rápidos. Se apresuró para no quedarse atrás.
— ¿Qué sucede?
—Mi primo Niell, causando problemas.
— ¡Bastardo! —Una muchacha de cabello color rojo vivo, que tenía un ojo amoratado e hinchado estaba de pie en el patio de la posada gritándole al demonio de cabello oscuro que venía en la diligencia la noche anterior
—. Hice lo que querías. No tenías por qué golpearme.
-¡Molly! —Otra chica salió corriendo de la posada—. Molly, ¿estás bien?
— ¡Mira lo que me hizo, Nan! Mira lo que le hizo a mi cara.
Nan abrazó a Molly y miró furiosa a Niell.
—Molly es una buena muchacha, señor. No debería usted haberla golpeado.
— ¿Así que es una buena muchacha? Pues como ramera deja mucho que desear. —Niell asió de la muñeca a Nan y la atrajo hacia sí—. Veamos si tú vales lo que pagué.
— ¡Niell! —Albert se interpuso entre ellos—. Suelta a la muchacha.
— ¿Por qué? ¿Es una de tus favoritas? —Los nudillos de Niell se pusieron blancos y Nan jadeó dolorida. La mirada fría se fijó en Candy, deslizándose lentamente desde su cabello, por el canesú, la cintura y las caderas. El contacto de esos ojos le hacía escocer la piel.
Soltó a Nan, quien se desplomó sollozando en brazos de Molly.
— ¿Quién es la mujer que te acompaña, Albert?
Candy pensó que Albert no iba a responderle, por lo prolongado del silencio que se hizo entre ellos.
—Señorita White, mi primo Niell Andrew. —Parecía pronunciar cada palabra a regañadientes—.Niell, la señorita White, de Pony Hill.
— ¿Pony Hill? Un poquito lejos para ir en busca de diversión, ¿no, Albert?
— ¡Niell! La señorita White es la prima del conde de Brown.
— ¿En serio? Compartimos un coche desde Londres, ¿no es así, señorita White? Anthony debe quererla tan poco como Albert a mí para traerla en la diligencia común.
«El odio se arremolina alrededor de este hombre como las moscas sobre una pila de excremento», pensó Candy. Le contestó con voz firme:
—Mi primo no sabía de mi llegada.
—Ah, una sorpresa. Espero que a Brown le gusten las sorpresas. Supongo que se alojará en su casa, ¿verdad? Qué suerte tiene Anthony.
—Candy se quedará en Andrew*s.
Una de las finas cejas oscuras se elevó.
— ¿Aja? Qué hospitalario de tu parte, Albert, abrir tu humilde hogar a extraños. —Hizo una breve reverencia burlona—. Disfrute su estancia en Andrews, señorita White. Quizás nuestros caminos vuelvan a cruzarse.
Candy exhaló un suspiro de alivio cuando Niell desapareció.
—Oh, vuestra alteza —dijo Nan, haciendo una rápido reverencia—. No sé qué habríamos hecho si usted y la señora no hubiesen aparecido. Ese señor Niell es el diablo en persona.
—Lo sé, Nan. —Albert lanzó una mirada a la otra muchacha—. ¿Cómo fue tu amiga a liarse con él? Creí que todas Vosotras sabíais que teníais que evitarle.
Nan asintió.
—Sí, lo sabíamos. Molly es nueva en el oficio, sabe.
Molly salió de detrás de Nan.
—-Mi ma está enferma, vuestra alteza, y tenemos niños que alimentar. Necesitábamos más dinero. —Volvió a mirar a la otra muchacha—. Nan me prometió un cliente fácil.
—-Chitón, Molly. —Nan le lanzó una mirada preocupada a Albert.
—Bueno, tú lo prometiste, Nan.
—Y si hubieras esperado como se suponía que lo harías, habrías tenido lo que te había prometido.
— ¿Y cómo iba yo a saberlo? Tú dijiste que esperara a mi lord.
—Niell no es ningún lord, boba.
—Parece un lord.
Nan puso los ojos en blanco.
—Te dije que el lord le quería para un amigo, no para él.
—Señoras, creo que podríais continuar con esta discusión en algún otro lugar. —Albert se volvió hacia la muchacha lastimada—. Molly, que un médico te examine ese ojo. Puedes decirle que me envíe la cuenta. Y te sugiero que consideres otra línea de trabajo. Debe haber alguna otra manera de conseguir el dinero.
—Bueno, supongo que la hay, sólo que pensé que ésta sería la más fácil. Tengo alguna experiencia en el negocio, si entiende lo que quiero decir. Sólo que nunca lo hice profesionalmente.
—Sí, bueno, te sugiero que te pongas algo en ese ojo.
—Sí, vuestra alteza, lo haré. Gracias.
Candy observó a Molly y a Nan desaparecer dentro de la posada.
—Ésa era la muchacha que Anthony estaba esperando anoche.
—Eso parece.
— ¡Mi cabello no es tan rojizo!
Albert rió.
—Su cabello es hermoso, Candy. —Le acomodó detrás de la oreja un mechón suelto. Ella sintió la calidez de sus dedos contra la mejilla—. Es de fuego y oro. Estoy muy contento de que Anthony no se haya encontrado con Molly anoche. Al verla en mi cama yo la hubiese enviado de regreso por donde vino.
—Y ahora no estaría usted en semejante aprieto.
—Un aprieto en el que, como le dije, estoy encantado de estar.
Candy ignoró ese último comentario.
—El posadero me dijo que el GreenManera un lugar respetable, pero al parecer tiene un floreciente negocio en lo mismo que él supuso que yo ofrecía.
—No se ofenda. Estoy seguro de que el viejo Jake sólo quería proteger los intereses de las muchachas de por aquí. Si usted hubiera montado la oficina les habría quitado el negocio a todas ellas.
— ¡Que ridiculez! —Candy sintió encenderse sus mejillas.
—Oh, no, cielo. Al principio pensé que Anthony la había importado de Londres.
— ¿Pensó usted que yo venía de Londres con un vestido como éste?
—Bueno, debo señalar que no lo llevaba puesto cuando la vi por primera vez.
Las mejillas de Candy realmente ardían.
—Pero podría usted ponerse un saco y aun así se vería preciosa. De hecho su vestido se parece mucho a uno, si me disculpa que se lo diga.
Sus dedos le rozaron ligeramente la cara. Candy se sorprendió alzando el rostro hacia él como una flor hacia la luz del sol.
—Su cabello, sus pestañas, sus labios y esos hermosos ojos verdes. Si quisiera podría ser la hermosa amante de un hombre, salvo porque ahora será mi hermosa esposa.
Tomó entre sus manos el rostro de la joven mientras le acariciaba las mejillas con los pulgares. Candy pensó que iba a besarla allí mismo, en el patio de la posada. Tenía en el rostro la mirada absorta que ella estaba empezando a reconocer. Pero un coche avanzó traqueteando sobre los guijarros y él se irguió.
—Vayamos a buscar a tía Elroy y a lady Sara -le dijo—. Estoy seguro de que estarán preguntándose qué habrá sido de nosotros.
Las damas aún estaban en el salón privado cuando Albert y Candy regresaron. Ni rastro del Mayor Cromwell o de Anthony.
—Y bien... ¿ya está todo arreglado? —preguntó lady Elroy—. Por cierto que os habéis tomado un tiempo largo. ¿Ya estas comprometido, Albert?
—No exactamente, tía. La señorita White ha accedido gentilmente a considerar mi petición de mano. Espero que una vez que llegue a conocerme mejor también acceda a casarse conmigo.
Lady Elroy alzó una ceja.
— ¿Cuánto mejor puede llegar a conocerte, Albert?
— ¡Tía!—dijo Albert en tono de censura.
— ¿Entonces no hay necesidad de apresurar los votos matrimoniales? —Los ojos de lady Sara se fijaron en la cintura de Candy como si pudiesen detectar un incipiente embarazo. La joven sintió un impulso irracional de cubrirse el vientre.
Albert negó con la cabeza.
—No. Sin embargo la señorita White ha accedido a un compromiso inmediato en caso de que nuestra aventurilla de anoche alimentara el cotilleo. Como estoy seguro de que ni mis parientes ni mis amigos jamás dirían una sola palabra sobre ese asunto, confío en que podemos darle el tiempo que ella necesita para decidirse. ¿No es así, tía? ¿Lady Sara?
—Sin duda. —Lady Elroy sonrió—. No tenemos interés alguno en apresurar las nupcias, ¿verdad, Sara?
—Claro que no. —Lady Sara aún seguía lanzando miradas recelosas al abdomen de Candy—. Si estáis seguros de que no hay posibilidad de un acontecimiento embarazoso dentro de nueve meses.
—Muy seguros —dijo Albert. Candy estaba demasiado avergonzada para abrir la boca.
—Entonces está arreglado. —Lady Elroy se puso de pie—. Vamos a casa. Supongo que la señorita White se alojará en Andrews, ¿verdad, Albert? No quedaría demasiado bien que se quedara en Brown. Anthony puede ser su primo, pero vive como un hombre soltero.
—Exactamente. Estoy seguro de que puedo confiar en que tú y lady Sara seréis las carabinas perfectas.
Albert escoltó a las damas hasta un impresionante carruaje. Candy observó junto a él un gran caballo negro.
— ¿Usted no va a viajar con nosotras? —le preguntó en voz baja a Albert después de que éste hubo ayudado a subir a las ancianas.
—No. Así tendrá oportunidad de conocer mejor a mi tía y a lady Sara—Alzó la voz dirigiéndose a lady Elroy—Sed buenas con Candy, tía.
—Por supuesto que seremos buenas con la señorita White, Albert. No somos unas bestias.
Candy no estaba tan segura. Al observar la sonrisa de lady Sara cuando Albert la ayudó a subir al carruaje, tuvo una leve idea de cómo debió haberse sentido Daniel, el personaje bíblico, al entrar en la guarida del león.
—Confieso que nunca supe con quién se casó su padre, señorita White —dijo lady Elroy tan pronto como el carruaje salió dando bandazos—. George se convirtió en la oveja negra cuando se fue de Inglaterra. El viejo conde nunca hablaba de él.
—En realidad yo tampoco conocí a mi madre, lady Elroy. —Candy tenía sólo vagos recuerdos de una voz suave y una cabellera color de fuego—. Se llamaba Susan Mac Donald. Su padre era un comerciante de harinas de Filadelfia.
—Un tendero Americano. —Lady Sara cruzó las manos y tomó aire.
Candy no hizo caso del tono de crítica que detectó en las palabras de la mujer.
—Un muy buen tendero. Si mi padre hubiese tenido una pizca del buen ojo para los negocios que tenía mi abuelo, estoy segura de que ahora yo no estaría sin dinero.
Lady Elroy sonrió.
—Estoy segura de que tienes razón, querida. Pero bueno, Amanda, la relación de la señorita White con el comercio no tiene importancia. Sabes que los comerciantes extranjeros siempre son aceptables.
—Es verdad. El dinero en sus bolsillos ayuda a que la «Flor y nata» pase por alto la suciedad de sus manos. Y no debemos olvidar que la señorita White es norteamericana. Por esa razón pueden disculpársele algunas cosas.
Candy se irguió. Las críticas a su país le desagradaban aún más que las críticas a su familia. Cuando abrió la boca para protestar, las ancianas ya intercambiaban opiniones ignorándola por completo.
—Albert podría casarse con una actriz, no es que vaya a hacerlo, por supuesto — decía Lady Elroy—, y la sociedad lo aceptaría.
—Exactamente. Nadie quiere arriesgarse a perder el favor del duque de Andrew. —Lady Sara echó un vistazo a Candy. Ésta levantó la barbilla y la anciana sonrió—. Pues en este momento sí que tiene un leve aire de duquesa. Creo que servirá, Elroy.
—Yo también lo creo.
Las mujeres le sonrieron. Candy les devolvió una sonrisa cautelosa. Tenía la incómoda sensación de que estaba a punto de perder el control de su propia vida.
—Veo que ya has dejado el luto, querida —dijo lady Elroy.
—Sí. Hubiera vestido de negro, pero no había dinero para un nuevo guardarropa, ni tiempo para confeccionarlo. Y mi padre no lo hubiese esperado. Solía decir: ¿Por qué hacer del mundo un lugar más sombrío vistiéndose de negro?
Lady Elroy asintió con la cabeza.
—Entonces espero que no te opondrás a usar ropa colorida y a bailar cuando llevemos a Rossmery a Londres.
—No. —Candy dudó—. No me opongo. Me gustaría ayudaros, pero...
—No tenemos por qué divulgar cuándo murió el padre de la señorita White —dijo lady Sara—. Si alguien tuviera la audacia de preguntar, como podría llegar a hacerlo Niell, simplemente diremos que en las colonias hacen las cosas de otra manera.
—Sí —asintió lady Elroy—. Puede causar cierta sor presa, pero tampoco es que Candy esté recién salida de la escuela o tratando de pescar un marido. Pronto va a usar la esmeralda de Andrew.
Candy se movió en su asiento.
—Lady Elroy, realmente no creo que usted deba dar por hecho que su sobrino y yo vayamos a casarnos.
—Por supuesto que te casarás con él, muchacha. —Lady Sara la miró como si Candy tuviera dos cabezas—. Ese hombre es un duque, es rico, joven y guapo. ¿Qué más podrías desear?
—No sé. —Candy se encogió de hombros, en un gesto de impotencia—. Todo esto es tan confuso.
— ¿Qué es lo que te resulta tan confuso? —Lady Sara miró a la tía de Albert—. A mí me parece claro como el agua, ¿a ti no, Elroy?
—Sí. —Lady Elroy se acercó a Candy y le dio una palmadita en la mano—. Díganos cuál es el problema, señorita White.
El problema, pensaba Candy, era que ella era una norteamericana sin dinero y Albert un duque rico. Pero lo que soltó fue:
—Es que yo no bailo.
Elroy y Sara se sorprendieron tanto como si Candy hubiese dicho que no comía o que no respiraba.
—No eres metodista, ¿verdad? —preguntó lady Elroy.
—No. No es que me oponga a bailar, es sólo que nunca aprendí a hacerlo. Jamás he asistido a un baile ni he tenido un pretendiente. —Seguramente estas damas verían ahora cuan ajena al resplandeciente mundo del duque de Andrew era la sencilla señorita White—. Mis únicas amigas fueron las dos damas solteras que vivían al lado de casa.
— ¡Querida —dijo lady Elroy— qué horror! Parece como si hubieras estado de luto la vida entera.
—Claro que sí. —Lady Sara estaba en el límite de su asombro—. ¡Nada de bailes, ni jóvenes caballeros! ¡Pero qué cosa tan deprimente!
Lady Elroy sonrió.
-—Aun si no fueras a casarte con Albert... y puede que no lo hagas -—dijo cuando Candy comenzó a protestar—, te mereces tener algo de diversión en la vida, querida. Sugiero que tomes esto como una oportunidad para vivir un poco. Diviértete. Ponte elegante. Flirtea. Confío en que Albert podrá hacerse digno de tu aprobación.
Candy miró a las dos damas que la observaban tan expectantes. Por algún motivo no quería desilusionarlas y, si tenía que ser completamente honesta, tampoco quería desilusionarse ella. La idea de la señorita Candy White, humilde maestra de la Academia Hill e hija de un republicano sin un céntimo, asistiendo a tan rutilantes eventos le resultaba deslumbrante.
—De acuerdo.
—Estupendo. —Ambas damas le sonrieron satisfechas. Luego lady Elroy miró por la ventanilla.
— ¡Ah, ya estamos en casa!
Candy se inclinó hacia delante para ver dónde vivía Albert. Se quedó boquiabierta. Tenía ante sus ojos un castillo medieval.
— ¿Esa es vuestra casa?
—Sí. El primer duque de Andrew luchó contra Guillermo el Conquistador7—dijo lady Elroy—. Él fue quien construyó el castillo original. Sucesivos duques lo han ampliado y restaurado, rellenado parte del foso, extendido las tierras y jardines, y construido una terraza en la parte trasera. Ahora es muy cómodo, no tiene corrientes de aire ni humedad en absoluto.
El castillo estaba situado a orillas de un lago y rodeado por arboladas cuestas y praderas que se extendían ondulantes. Candy miraba fijamente el edificio de piedra gris, los torreones almenados y el puente levadizo. « ¿Aquí es donde vive Albert?», pensó. Había tomado al pie de la letra las palabras de Niell cuando éste dijo que Albert iba a abrirle a ella las puertas de su «humilde» hogar.
—Un espectáculo bastante impresionante, ¿verdad? —dijo lady Sara en tono engreído—. El castillo de Andrews tiene más de veinte dormitorios. El terreno abarca quinientos acres.
—Ay, Sara, basta —lady Elroy rió—. Pareces una guía turística barata.
—Estoy segura de que Candy nunca antes ha visto una residencia tan majestuosa, Elroy.
—Y qué amable de tu parte señalarlo. Te ruego disculpes a Sara, Candy. Debe ser por efecto de la gota, que le duele.
— ¡Gota! Sabes que no sufro de gota, Elroy.
El carruaje avanzó traqueteando sobre el puente levadizo, debajo del rastrillo y luego por el camino circular de entra do al castillo. Se detuvo delante de un par de enormes puertas de madera. Un lacayo se acercó y desplegó la escalerilla para que descendieran del carruaje. Albert estaba detrás de él.
—Tuvimos una agradable conversación con Candy, Albert —dijo lady Elroy mientras dejaba que él la ayudara a bajar.
—Sí —confirmó lady Sara, bajando detrás de lady Elroy—. Ahora, si tú simplemente haces tu parte, podremos recibir en Andrews a una novia. Ya va siendo hora de que te ocupes de tener un heredero, sabes.
—Sí, lady Sara—dijo Albert dócilmente. Le dirigió una amplia sonrisa a Candy mientras las otras dos mujeres entraban—. Veo que ha hechizado a las señoras. Creo que les gusta usted.
Candy lo miró arrugando la nariz.
—Yo creo que desean verlo casado y yo soy la candidato más fácil que han visto últimamente.
Albert rió.
—Quizás. —Le sostuvo la mano mientras ella pisaba el camino de grava—. Bienvenida a Andrews, Candy. De verdad espero que se sienta aquí como en casa.
—Es un tanto abrumador. —Decir eso era quedarse corta. Examinó el gran edificio que tenía ante ella. Lady Sara tenía razón. Sin duda jamás había visto algo como esto en Pony Hill.
—Es un poco grande, pero no dejaré que se pierda usted.
— ¡Albert! —Una muchacha cuyo cabello tenía las mismas hebras doradas que el de Albert apareció al otro lado de las gigantescas puertas de madero. Se lanzó hacia él y le rodeó la cintura con un fuerte abrazo. Él también la abrazó.
—Rossi, sólo pasé una noche fuera. —Sacudió la cabeza en un gesto entre divertido y exasperado.
—Pero es que tú nunca haces eso, Albert. No sin decírnoslo. Eres tan responsable que estábamos seguras de que debía haberte sucedido algo. Un salteador de caminos o... o algo.
—Rossi,no hay salteadores de caminos en Kent. —Miró a Candy—. Como puede usted ver, es lamentable lo domesticado que estoy. No puedo irme una sola noche de juerga sin que mis mujeres pongan el grito en el cielo. —Hizo volverse a la joven hacia Candy—. Como seguramente ya habrá adivinado, ésta es mi picara hermana Rossi. Rossi, permíteme presentarte a la señorita Candy White, de Pony Hill.
— ¿Cómo estás, Rossi?
Candy sonrió. Rossi le recordaba a muchas de sus alumnas mayores de la Academia Hill para Señoritas. A los diecisiete años, estaba al borde de la edad adulta. Ni niña ni mujer, era una mezcla volátil de compostura y entusiasmo juvenil.
—Bienvenida, señorita White. Creo que es usted la primera persona de las colonias que conozco.
—Rossi, creo que Candy preferiría que te refirieses a su patria como los Estados Unidos. Las colonias ganaron su independencia hace algunos años, ¿lo sabes? —se mofó Albert. Al menos espero que lo sepas. No me gustaría creer que he malgastado tanto dinero en tu institutriz.
Ross frunció el ceño y se ruborizó ligeramente.
—No fue mi intención ofenderla, señorita White.
—Por supuesto. Y debes llamarme Candy. Confieso que ésta es la primera vez que salgo de Pony Hill, así que quizás puedas ayudarme a adaptarme a Inglaterra. Ya le he dicho a tu hermano que los títulos ingleses me resultan muy confusos.
—E irritantes —añadió Albert. Candy sonrió.
—Intentaré adaptarme, sin importar cuánto difiera de mi modo de pensar, mi alteza.
Ross soltó una risita.
—Es vuestra alteza.
— ¿Qué es vuestra alteza? —preguntó Candy.
Ross rió con más ganas.
—Quién es «vuestra alteza». Albert. Él es «vuestra alteza».
Candy se sentía cada vez más desconcertada.
— ¿No fue eso lo que dije?
Albert rió.
—Lo que mi hermana está tratando de decir, Candy, es que la frase apropiada para dirigirse a un duque es «vuestra alteza», no «alteza».
— ¿Por qué? ¿No me dijo usted que podía llamarle «al teza»? —
Candy repasó mentalmente ese diálogo y se sonrojó. Tal vez no era precisamente eso lo que Albert había querido decir—. No entiendo —dijo la joven—. Se supone que debo decir «milord» ¿no es así?
Albert asintió con la cabeza.
—Entonces, ¿por qué no «mi alteza»?
—No te dirigirías al rey como «mi majestad», Candy -dijo Ross—, sino como «su majestad».
—Yo me dirijo a Dios como «mi Dios». ¿El rey o un duque tienen acaso un rango superior al del Todopoderoso?
—A algunos les gustaría creer que es así —-dijo Albert riendo entre dientes. Alzó una mano cuando Candy tomó aire para continuar discutiendo—. Pero debo apresurarme a añadir que yo no me cuento entre ellos, de modo que puede usted aplacar su furia republicana. Bien, ¿entramos para que usted se instale? —Tomándola del brazo se encaminó hacia la puerta.
— ¿Candy va a quedarse con nosotros, Albert? No veo su equipaje.
—No lo ves porque desgraciadamente está en el fondo del mar en el puerto de Liverpool. Pero sí,va aquedarse aquí y va acompañarnos a Londres para la temporada social.
Ross parecía sorprendida, pero obviamente era demasiado educada como para hacer más preguntas. Candy no quería entrar en detalles pero le pareció que una explicación no estaría de más.
—Tu hermano está ayudándome a resolver un problema, Ross. En diciembre, antes de morir, mi padre insistió en que yo viniera a Inglaterra. No sabíamos que su hermano también había muerto y que Anthony era el nuevo lord Brown. Como no puedo vivir con Anthony, tu hermano gentilmente me ha ofrecido hospedarme en vuestra casa.
— ¿Sí? —Ross sonrió abiertamente, gesto que la hacía aún más parecida a su hermano—. Pues me alegra. Será divertido tenerla aquí. —Volvió a mirar a Albert—. No nos has dicho qué hacías en el GreenMan,Albert. ¿Estabas de juerga?
— ¡No, no estaba de juerga! Y si así hubiese sido, no te lo diría a ti. —Le dirigió una inclinación de cabeza al muy correcto y muy anciano mayordomo que estaba de pie dentro de la casa, junto a la puerta—. Tú no estabas preocupado por mí, ¿verdad Layton?
—Por supuesto que no, vuestra alteza. —Layton hizo una pequeña reverencia. Tenía una abundante melena blanca y una nariz sumamente imponente. Candy pensó que tenía mucho más aspecto de duque que Albert—. Intenté calmar a las señoras, pero lady Elroy se negaba a tranquilizarse.
Albert sacudió la cabeza.
—Cuando era más joven debería haberles dado más motivos para preocuparse.
—Creo que las señoras dirían que usted les dio muchos motivos para preocuparse cuando se fue a luchar contra Napoleón, vuestra alteza.
Entraron a un vestíbulo cavernoso donde los esperaba una mujer baja y regordeta. El cabello castaño que asomaba debajo de su cofia tenía abundantes mechones grises.
—Ah, señora Stallings, tenemos una invitada. ¿Podría acompañar a la señorita White a la habitación azul?
—Por supuesto, vuestra alteza. Por favor, venga conmigo, señorita White.
—Y yo la ayudaré a instalarse, ¿quiere? —dijo Ross, cogiendo del brazo a Candy.
Albert frunció el ceño.
—Quizás Candy prefiera estar un rato a solas, Ross.
—No la molestaré. No le molesta, ¿verdad, Candy? Me gustaría que nos conociéramos un poco más.
Candy miró a la jovencita. Ross le sonreía esperando que aceptara. Que alguien quisiera su compañía era una sensación rara pero agradable. Ninguna de sus alumnas, ni siquiera aquéllas con las que no tenía tanta diferencia de edad, había tratado jamás de acortar la distancia que las separaba. No estaba segura de cuál habría sido su reacción en caso de que lo hubieran intentado. Temía demasiado perder autoridad.
—No, por mí está bien.
—No des la lata, Ross —gritó Albert mientras ambas seguían a la figura maciza de la señora Stallings escaleras arriba.
Ross puso los ojos en blanco.
—De veras —le susurró a Candy—, a veces Albert parece creer que sigo siendo una niñita de diez años.
Candy rió.
—Me he dado cuenta. Te envidio. Yo no tengo hermanos ni hermanas.
—Llegamos, señorita White.
La señora Stallings abrió una puerta y fue la primera en entrar a una habitación muy bonita.
—Es hermosa. —Había en la voz de Candy una nota de asombro.
El cuarto era cuatro veces más grande que el suyo de Pony Hill. Las paredes estaban tapizadas de un género azul pálido y unas cortinas y asientos con almohadones de un tono más oscuro de azul enmarcaban los amplios ventanales que inundaban de luz la habitación. A la izquierda de Candy había un delicado escritorio y una silla lacados también en azul, y junto al fuego un par de sillas tapizadas. Una gruesa alfombra con estampado geométrico en dorado y distintas gamas de azul cubría la mayor parte del piso.
Candy se sentía una impostora. Esta habitación era, por mucho, demasiado lujosa para ella, pero también los cuartos de la servidumbre de Albert eran probablemente más espaciosos que el pequeño dormitorio de su casa paterna.
—Mandaré que Thomas le suba su equipaje, señorita —dijo la señora Stallings.
—Gracias, señora Stallings, pero me temo que no tengo equipaje. —Candy sonrió ligeramente—. Mi baúl se cayó por la borda en Liverpool. Todo lo que tengo es este lamenta ble vestido que llevo puesto. Pero si no fuera demasiada molestia me encantaría tomar un baño.
— ¡Pobrecilla! Le haré traer agua inmediatamente. —La señora Stallings examinó el vestido de Candy—. ¿Quiere que vea si puedo hacer algo con su vestido mientras toma su baño?
Candy hizo una mueca.
—Me temo que haría falta un milagro para poder arreglar este vestido.
—Mmm. —Ross observó detenidamente a Candy mientras la señora Stallings salía de la habitación— .Tiene usted más o menos mi tamaño. Debe haber en mi armario algo que pueda usar.
—Ross, yo no podría usar uno de tus vestidos.
— ¿Por qué no? ¿Acaso le gusta el vestido que lleva puesto?
Candy rió.
—No, es horroroso. Nunca estuvo a la moda, pero después de haberlo tenido puesto cuatro días seguidos, realmente lo detesto.
—Eso me parecía. Mi vestido de seda verde debería quedarle bien. Mi doncella, Betty, puede hacerle los arreglos que sean necesarios. Es muy buena costurera.
Candy se sintió tentada de aceptar. Se sentía tan apagada como un hierbajo en un rosedal. Salvo que esta vez quería ser una mariposa, o lo más parecido a una mariposa que podía ser una solterona alta y rubia. Quería arreglarse sólo para combinar con el entorno. No tenía nada que ver con cierto duque joven y guapo.
—Pues si estás segura de que puedes prescindir de ese vestido, lo aceptaría encantada.
—Bien. Y debe usted saber que no puede arreglárselas con tan sólo un vestido, sin contar esa cosa que lleva puesta ahora. Necesitaremos que la señora Croata, la costurera del pueblo, nos haga una visita.
— ¡Ross! Admito que necesitaré algunos vestidos nuevos, pero te aseguro que no puedo costearme todo un guardarropa nuevo. —«Ni siquiera un vestido nuevo», pensó Candy con tristeza.
Ross se encogió de hombros.
—Albert lo pagará.
— ¡No! Sería terriblemente inapropiado.
—No veo por qué. Tiene montañas de dinero.
—Simplemente es algo que no se acostumbra hacer, ni en los Estados Unidos ni en Inglaterra.
—-Pero usted necesita ropa nueva —dijo Ross con sensatez—. Alguien tendrá que pagarla.
— ¡Bueno, pues no será su hermano! No tiene relación alguna conmigo.
— ¡Pero Anthony sí! Él puede pagar la cuenta.
Llegaron los criados con la tina y el agua.
—Regresaré cuando haya terminado de bañarse —dijo Ross, saliendo detrás de los lacayos.
Candy miró la puerta cerrada. Luego lanzó un suspiro y tras quitarse el vestido que a nadie gustaba se metió en la tina. Sumergiéndose en el agua tibia cerró los ojos.
¿Qué iba a hacer con respecto a su guardarropa? Ross tenía razón: necesitaría algunos vestidos nuevos. No le parecía correcto cargar a Anthony con los gastos. En realidad él no le había pedido que apareciera en la puerta de su casa. Y decididamente no podía permitir que Albert le comprara lo que le hacía falta. La idea era escandalosa, aunque a la vez extraña mente tentadora. Un hombre compraba ropa para su esposa, pero ella nunca podría serlo. Si había considerado esa posibilidad aunque fuera por un momento, ahora se veía obligada a descartarla. No tenía la menor idea de cómo manejar un lugar del tamaño de Andrews. Hacer de ella la señora de una casa como ésta sería absurdo tan ridículo como poner al hijo del carnicero en el lugar del Presidente Madison. Simplemente no era posible.
Reclinó la cabeza contra el borde de la tina. ¿Su padre habría vivido rodeado de semejante riqueza? Después de todo, el había sido hijo de un conde. Sin embargo jamás había dado muestras de haber crecido en medio de tales privilegios.
Por supuesto que a él nunca le había interesado demasiado lo material. Las ideas, teorías, discusiones... eso era lo que él codiciaba. Incluso la gente le interesaba poco a su padre. El primer recuerdo que tenía de él mostrando una genuina preocupación por ella era el de la vez que tanto había insistido para que viniese a Inglaterra. Sin duda nunca había sentido de parte de él la calidez que era evidente entre Albert y su hermana o entre Albert y su tía.
Suspiró. Le encantaría ser parte de una familia como la de Albert. Él le había ofrecido eso si se casaban. ¿Acaso sabía él lo tentadora que era esa idea?
Cogió el jabón y se frotó los brazos. Era una tentadora ilusión. Albert no la amaba. Él era un duque británico. No necesitaba una esposa, sino una yegua de cría. Al casarse con él formarían una familia sólo de nombre.
Conseguiría un empleo. Iba a estar bien. Ella no necesitaba mucho. No necesitaba unos hombros anchos y fuertes en su vida. Sacudió la cabeza para ahuyentar de su mente la imagen de esos hombros. El duque de Andrew debía ser un libertino de lo peor. Un irreflexivo rompe corazones. Después de todo ella lo había hallado desnudo en su cama, ¿no? Sí, con toda seguridad estaría mejor sola.
No le hizo falta lavarse la cara. Por alguna estúpida razón ya la tenía mojada.
continuara...
ya saben... dejen mensajitos no se llevan mucho tiempo asi que no se olviden de decirme que opinan, nos leemos el viernes.
