Capítulo 4
Encadenaron la gira con la temporada de festivales de verano, y después descansaron en Nueva York un par de semanas antes de regresar al viejo continente para la gala de los MTV europeos, que se celebraba en Milán en noviembre. Fue allí donde volvieron a verse después de un año y tres meses.
Grantaire se sentía ridículo por estar nervioso y estaba nervioso porque se sentía ridículo. La mirada llena de intención de Montparnasse tampoco ayudaba, pero le había prometido a Bossuet que no bebería aquella noche. De haber sabido lo que la noche les deparaba, lo hubiera pensado dos veces antes de dar su palabra.
El caso fue que no se saludaron y que apenas llegaron a verse. El protocolo del evento establecía el minuto exacto en que cada artista pisaba la alfombra, y Les Amis lo hicieron veinte minutos antes. Grantaire solo llegó a verlo desde lejos en el patio de butacas, y eso fue antes de que la noche se torciera porque Minette, que estaban nominados en tres categorías incluyendo la de Mejor Grupo Alternativo, se fueron sin nada. A Montparnasse le sentó como una patada, pero la cosa fue a peor cuando Les Amis, que aspiraban a ser Grupo Revelación y a la Mejor Actuación en Vivo, se hicieron con las dos estatuillas.
Su primer discurso de agradecimiento fue breve y conciso, pero no dejó indiferente a nadie. Enjolras no llevaba nada escrito. Pero, cuando hablaba, atraía la atención igual que un agujero negro se traga las estrellas, y eran muchas las que aquella noche le escuchaban. Él señaló a algunas, artistas conocidos internacionalmente o solo en sus países, con carreras musicales cortas o largas, todos críticos y comprometidos con diversas causas.
―Gracias por vuestra voz y por ser una inspiración para tantos. Quizá no hagamos milagros, pero haremos todo lo que podamos.
Grantaire se puso pálido. Nunca se había alegrado tanto de irse con las manos vacías, porque no hubiese sido capaz de decir nada coherente si hubiera tenido que subir al escenario. No sabía si alguien más había cogido la indirecta, pero oyó que Montparnasse soltaba un taco por lo bajo.
La segunda intervención de Les Amis fue más informal y estuvo protagonizada sobre todo por Courfeyrac, que le dijo a Adele que tenía que enseñarle el secreto de su eyeliner y se puso a bromear con todo el mundo hasta que sus amigos se lo llevaron del escenario.
―¡Gracias, gracias, sois fantásticos! ¡Adele, te quiero, eres mi ángel de las despedidas! ―dijo, resistiéndose a soltar el micro.
Grantaire lo recordó llorando en el backstage de aquel festival y supo que el chico estaba en su papel igual que hacía él. Era un personaje adorable, la verdad, con una sonrisa que se llevó el premio del público y el de la crítica.
Las miles de personas que habían acudido a presenciar la llegada de los artistas seguían allí a la salida. La prensa estaba a la caza de los premiados y los flashes estallaban donde quiera que mirasen. Les Amis estaban saludando y haciéndose fotos literalmente con todo el mundo mientras los periodistas los llamaban incansablemente. Una reportera tuvo suerte y logró detener a Enjolras, y sus colegas cerraron filas en torno a ella con los micros en ristre. En un momento dado, la periodista que tenía la palabra señaló en dirección a Grantaire, que estaba con su grupo a unos metros de distancia, y Enjolras se giró para mirarlo. Grantaire se hizo el despistado justo antes de que sus miradas se cruzasen, pero Montparnasse lo vio y perdió la paciencia.
―¿Sabéis que? Voy a hacer unas declaraciones.
―Parnasse… ¡Parnasse! ―lo llamó Grantaire, intentando susurrar y gritar al mismo tiempo. Llegó a agarrarlo de la manga, pero él se soltó y siguió adelante.
Se fue directo hacia ellos, dijo "¡Eh, rubito!", y cuando Enjolras se giró, cerró el puño y se lo estampó en la cara.
Se alzó tal griterío que casi hubo una estampida, y mientras la gente intentaba abrirse paso para ver qué sucedía, los flashes de los móviles se sumaron a los de las cámaras.
―Ya tienes promoción para otro año, parásito ―le dijo Montparnasse a Enjolras, que estaba en el suelo aturdido.
Courfeyrac corrió a ayudarlo mientras Jehan se encaraba con Montparnasse solo para ser apartado de un empujón por Bahorel, que agarró a Montparnasse de la camisa. Solo la sensatez de Feuilly impidió que aquello se convirtiera en un espectáculo aún más lamentable. Montparnasse sonrió en la cara de Bahorel, provocador, y cuando el hombretón lo soltó con un gruñido de desprecio y frustración, se alisó tranquilamente el esmoquin y regresó con su grupo caminando con elegancia.
―De nada ―le dijo a Grantaire mientras pasaba de largo en dirección a su coche, que acababa de llegar quemando ruedas porque las malas noticias literalmente vuelan.
Grantaire no pudo seguirlo. Estaba clavado al suelo sin moverse, con la vista fija en Enjolras y en la sangre que le corría por la cara.
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―Intentáis hundirme, ¿verdad? ―exclamó Bossuet mientras recorría su suite de un lado a otro frotándose la cabeza de forma compulsiva―. Queréis matarme de un infarto. ¡Queréis que me quede calvo y que Joly me deje! ¿Pero es que sois imbéciles?
Babet y Sous estaban molestos por tener que soportar una bronca que no iba con ellos. Grantaire se había servido una copa (él ya había cumplido de cara a la audiencia) y después se sirvió otra. Montparnasse, por su parte, se reclinaba en una silla con los pies sobre la mesa, fastidiado porque el golpe le había roto el cierre de su reloj favorito.
―Anda, no exageres, Boss. Mira que te gusta el drama… ―dijo con indolencia.
―¿El drama? ¿Me gusta el drama? Tú das el espectáculo delante de la prensa de todo el maldito continente ¿y a mí me gusta el drama? ―Bossuet respiró hondo como le había enseñado el psiquiatra con el que ahora tenía un perro―. Mirad, chicos, lo entiendo: sois estrellas del rock decadentes y decaéis que da gusto veros. ¡Pero no vale todo, joder! ¡Hay una línea y la habéis cruzado por la puerta grande!
―¿Y a mí por qué me miras? ―se defendió Grantaire.
―Vaya, pues no lo sé. ¿Quizá porque tú empezaste este circo de mierda cuando la tomaste con él?
Montparnasse chasqueó la lengua. Estaba intentando encajar el cierre, pero no había manera. Bossuet le arrancó el reloj de las manos y lo tiró sobre la mesa, donde cayó pesadamente dejando un picotazo en la madera. Montparnasse le echó una miradita a su manager. Era un reloj hecho por encargo ridículamente caro.
―Sí, sí, ya ―dijo Bossuet―: "Cuidado con mis juguetes, Boss". Pues no te encariñes mucho con él, porque puede que tengas que venderlo para pagar el puro que nos va a caer.
―¿Y eso por qué? ―bufó Montparnasse―. En todo caso, nos tendrían que pagar ellos. Tú lo dijiste: esto les viene bien.
―¿Tú crees? ¿TU CREES? ¡Le has partido la boca a un tío que vive de ella, genio! Tienen seis conciertos este mes con todas las entradas vendidas. Como tengan que cancelar, ¿a quién crees que le van a reclamar las pérdidas, eh? Venga, adivina.
En ese momento, como si hubiera invocado la respuesta, las puertas de la suite se abrieron y el infierno entró por ellas. Los cinco se giraron para ver cómo una joven con traje pantalón y los labios pintados de rojo agresivo cruzaba la habitación castigando el suelo con sus tacones de aguja.
―¡La habéis cagado pero bien, panda de memos! ―anunció.
Y se hizo el silencio.
―Tú… debes ser Musichetta ―logró decir Bossuet cuando salió de su estupor.
―Señorita Musette para ti, perdedor. Cuando mis abogados acaben contigo, vas a tener que darme hasta tu ropa interior. ¡Borra esa sonrisa de tu cara, Sonrisas! ―le dijo a Montparnasse―. Y tú prepárate también, payaso ―añadió fulminando a Grantaire, que dejó su vaso y cogió directamente la botella―. Daos por notificados. Os veré en el juicio.
Giró sobre los talones y se cruzó en la puerta con los vigilantes del hotel, que se disculparon con Bossuet a toda prisa y volvieron a salir en su persecución.
―¡Pero oiga, señorita…!
Bossuet se dejó caer en un sillón. Se sorprendería bastante en el futuro cuando, de hecho, sí que le diera su ropa interior.
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Grantaire no supo cuándo lo decidió. No fue una decisión premeditada, pero al menos sabía que no podía achacársela al alcohol. No había bebido tanto como le gustaría, y estaba lo bastante despejado como para admirar la ciudad mientras la cruzaba y la Piazza del Duomo a la luz de las farolas.
La entrada del hotel estaba desierta desde que fans y curiosos habían dejado de acampar en la puerta. El portero con levita se había alejado discretamente a fumar un cigarrillo rápido, pero no encontraba su encendedor. Grantaire le ofreció fuego.
―Hola, Francesco ―saludó―. Cuánto tiempo…
Minutos después, llamó con los nudillos a la puerta de una habitación del tercer piso. Fue Musichetta quien abrió de un tirón, preguntando cuánto se tardaba en hervir una bolsita de té en agua. Cuando vio a Grantaire, se quedó mirándolo de una forma que haría encogerse de miedo a los All Blacks de Nueva Zelanda.
―¿Quién te ha dejado entrar? ―exigió saber.
―Si te lo digo, lo demandarás ―se temió Grantaire. Después se encogió de hombros―. El servicio de habitaciones deja que desear, ¿verdad? Pero son todos muy amables, y Daniela prepara el mejor Manhattan del hemisferio norte. Tienes que probarlo, en serio. ¿Por qué no vas ahora mismo al bar?
―Me muero de ganas, créeme… ―suspiró Musichetta.
Intentó cerrar la puerta, pero Grantaire la sujetó.
―Quiero hablar con él ―dijo―. Por favor.
―No tiene nada que decirte.
―Pregúntaselo.
―¿Quieres que llame a seguridad? ―le advirtió la joven. Después lo comprendió―: Ah, ya, que también son amigos tuyos.
Grantaire frunció los labios en un mudo "me has pillado". Y esperó.
―Eres un problemático terminal, ¿verdad que sí? ―suspiró Musichetta―. A ti habría que atarte más corto. ¿Sabe Bob que estás aquí?
―Es Boss. De Bossue…
―Sí, sí.
Cerró de un portazo que de milagro no le aplastó la mano. Hubiera sido la bancarrota del seguro. ¡Pero qué carácter! Era como si el estrés mal gestionado fuera un requisito indispensable para el trabajo de manager. Debería hablar con alguien; Bossuet estaba un poco menos estresado desde que iba a terapia, aunque también podía ser porque se tiraba a su psiquiatra.
En fin, era una putada pero ya no sabía qué más hacer. Se estaba girando para irse cuando la puerta se abrió tras él.
―¿Qué quieres?
Grantaire se dio la vuelta y...
¡Madre mía!
Tendría que haberse preparado para aquello, porque casi retrocedió al verlo. Los ojos de Enjolras se entornaron peligrosamente ante lo que sin duda consideró una burla por su parte. Tenía una bolsa de gel frío en la mano. Si había hecho algún efecto, Grantaire no quería saber cómo tenía la cara antes.
―Venía a ver cómo estás ―empezó. Mal. El ceño de Enjolras se frunció un poco más, pero Grantaire siguió adelante a lo kamikaze―. Escucha, yo… siento lo que ha pasado hoy.
Y lo sentía de verdad. Estaba furioso y se lo había dicho a Montparnasse, pero él no le dio importancia alguna.
―Deberías darme las gracias ―había respondido―. Tú le escribes canciones y él te escupe delante de toda la gente que pinta algo en el negocio. A veces pareces masoquista, R, pero los demás no lo somos.
Pero Bossuet tenía razón; solía tenerla. A fin de cuentas, aquello solo era la gota (la gota grande) que colmaba el vaso que él mismo había llenado hasta el borde.
―Sé que esto lo empecé yo, y no me gusta nada el rumbo que ha tomado ―admitió―. Me gustaría que se acabara. Es lo que he venido a decirte.
Enjolras se quedó mirándolo. Incluso con aquella cara se las arreglaba para resultar intimidante. Grantaire dejó que le tomara la medida y esperó que no notara que en realidad mentía. Le había escrito canciones, como Montparnasse había dicho. Y él no había respondido a la última. Y probablemente ya no lo haría.
―Ah, y enhorabuena ―añadió cuando comprendió que no pensaba contestarle.
―¿Por qué? ―dijo Enjolras.
―Por los premios, claro.
―Ah, sí… ―murmuró él como si acabara de acordarse―. Sí, vale. ¿Quieres algo más?
Quería que no lo echara como a un perro de su puerta. Quería algo; lo que fuera. Pero él siguió instalado en la fría indiferencia y Grantaire tuvo que negar con la cabeza.
―Pues gracias por venir ―dijo Enjolras. Y cerró la puerta.
Y Grantaire sintió que el nudo en su garganta se apretaba hasta doler. Sabía que se lo merecía y que no tenía derecho a enfadarse. Pero ojalá pudiera, así tendría una excusa para aporrear aquella puerta y ponerse a dar gritos como un loco.
¿Por qué tengo que creer solo porque tú lo digas? A lo mejor sé algo que tú no sabes. A lo mejor cuando lo descubras dejas de perder el tiempo con todos esos cuentos que no se cree nadie.
¡Joder!
Pero ojalá no lo descubras, pensó más tarde mientras fumaba sentado en un banco de la plaza desierta. La catedral estaba dando la hora con cinco campanadas lentas.
Ojalá no seas nunca como yo. No lo soportaría.
