Ikki notó un atisbo de congoja en el semblante del menor pero no intentó preguntarle siquiera, no se sintió con el derecho de invadirlo, si el Pegasus quería manifestar su sentir, él estaría allí para escucharlo, pero si no lo había hecho, por algo era y él no pensaba meter sus narices e incomodarlo de alguna forma.

—Gracias por la campera —dijo parcamente el castaño quitándosela para luego cedérsela.
—¿Merendamos? —propuso.

Seiya solo asintió y guardó silencio lo que quedó de la tarde. Se sentía raro más que triste, no saber porqué era quizás lo que le angustiaba, pero se encontraba pensando en un millar de cosas al mismo tiempo, la cabeza en cualquier momento le iba a explotar. El sonido del teléfono lo hizo volver en sí, cuando fue a la sala para curiosear se encontró con el Phoenix colgando el tubo.

—¿Quién era?
—Shiryu...
—Que hagas la cena, porque llegará tarde ¿verdad? —adivinó.
—Eso y que además te bañe porque llegará pasada la medianoche.

Aquello le sorprendió pues el Dragón siempre lo había bañado rigurosamente todas las noches, al menos desde que había empezado a cuidarlo, y esa labor era una especie de ritual sagrado para el castaño. No porque desconfiase de la capacidad del Phoenix para hacerlo, pero volver a tener que enfrentar su pudor y acostumbrarse a que otra persona lo bañase era algo agotador.

—¿Tienes algún problema con que lo haga yo? —investigó con el fin de darle lugar a que manifestase su sentir respecto a ello.
—No —negó con tono obvio—; pero no hace falta, ayer me bañé, puedo esperar a que mañana Shiryu...
—Tienes que bañarte —sentenció—; no seas sucio pony, además no sabemos si mañana Shiryu volverá a llegar tarde, ya sabes que el trabajo de la fundación le consume el tiempo.

El Phoenix intentó excusar al pelilargo, aunque no era algo que le importase excusar a las personas, pero el cambio en el semblante del menor al escuchar eso lo arrastró a buscar algún pretexto para no agobiarlo más de lo que ya se encontraba.
El Pegasus asintió, lanzó un suspiro, bajó la cabeza y con calma se fue de la sala rumbo a la habitación. Lo dejó marchar, quizás necesitaba estar solo sin que nadie lo moleste. Se encaminó a la cocina y empezó a preparar la cena.

Luego de comer Ikki notó que debía ser él quien diese el primer paso, y con un escueto "a bañarse" fue al baño en busca de todos los elementos necesarios; en pocos segundos, con reticencia, Seiya llegó.

—¿Puedes quitarte la ropa solo?

En respuesta el Pegasus se quitó la camiseta, luego se agachó lo suficiente hasta llegar a los pies y desatar los cordones para, con algo de dificultad, quitarse las zapatillas. Se desabrochó el botón de su jean, bajó el cierre, y con suma habilidad apoyó los codos en los brazos de la silla y, utilizando los mismos como punto de apoyo, con las manos comenzó a deslizarse las últimas prendas. Ikki se quedó impresionado con la destreza y sin intención de manifestarlo se le escapó:

—Tsk... eres Seiya, tú todo lo puedes.

El aludido posó la mirada en el rostro de su amigo y sonrió con nitidez al comprobar que sí, el murmullo había surgido de la boca del Phoenix.

—Ahora podrás sentarte en el inodoro sin ayuda —comentó para intentar quebrar el clima que se había creado entre los dos.

Se acercó para intentar ayudarlo, necesariamente, cuando había que meterse dentro de la tina. Lo tomó, desnudo como se hallaba, entre los brazos, y con suma delicadeza. En ese momento Seiya comprendió a lo que se refería Shun cuando hablaba de la "ternura" de su hermano mayor.

—Te vas a mojar, Ikki —murmuró al ver las mangas de la camisa del mencionado hundiéndose en el agua cristalina de la bañadera.
—Tarde —pronunció sin darle demasiada importancia al pormenor. —Ten, aquí tienes...

Le cedió el jabón líquido, la esponja y le dejó a mano el shampo, el peine y una toalla para secarse la cara.

—Hazlo —instó el mayor al ver la pasividad del otro.

El pequeño reaccionó súbitamente y asintiendo con efusividad comenzó a bañarse solo, estaba muy mal acostumbrado a que le lavasen el cuerpo, al menos de la cintura para arriba.

—¿Podrías... podrías acomodarme un poco hacia atrás?

Ikki entendió la petición y posando las manos bajo las axilas del Pegasus lo llevó hasta que su espalda dio contra la pared de la tina.

—Gracias.
—¿Quieres que me vaya y te deje solo? —El Phoenix señaló la puerta del baño demostrando una pizca de nerviosismo que el castaño jamás había visto en el aguerrido santo.
—No —suplicó con la voz y la mirada.
—¿Temes ahogarte? —bromeó pero no recibió respuesta.

Encontró una revista informativa sobre el cesto de la ropa sucia y la empezó a leer, sólo por hacer algo para matar el tiempo.
El silencio sobrevino. El Phoenix no era un tipo que solía ponerse nervioso con facilidad, o por lo menos no había nada en el lugar que justificase su estado. El silencio no era algo que le incomodase, de hecho, todo lo contrario, pero se vio en la necesidad de quebrar el mutismo, comentando estupideces sobre lo que leía, logrando que el castaño le prestase atención y acotase alguna que otra cosa al paso. Pero con los segundos, las palabras del menor eran más escasa y la voz más apagada. Cuando Ikki posó la vista en su amigo, escudriñándole el rostro ya no soportó más ver esa tristeza y —contra todo principio— finalmente pronunció:

—¿Qué te sucede, Seiya?

Éste elevó el hombro derecho con falsa indiferencia, no respondió enseguida, mas sus ojos color avellana hablaron por si solos, realizó una fuerza sobre humana para que su rostro no evidenciara su tristeza, pero poco a poco las lágrimas se hicieron presente mezclándose con el agua de la tina, al mismo tiempo su nariz y el pecho buscaban con afán el oxígeno escaso en el cuerpo.
Ikki se quedó quieto en el lugar, incapaz de pronunciar palabra alguna, supo que algo le pasaba al menor, pero no imaginó que tan sencilla y típica pregunta desencadenasen esos sentimientos en Seiya, contagiándolo inevitablemente a él.

—Shiryu casi no viene. —El Pegasus bajó la mirada hasta que la posó sobre el agua de la tina. —Todos... Todos se apartan de mi —levantó la cabeza y observó con firmeza, con los ojos bien abiertos, a su amigo, quien algo incómodo se mantuvo expectante a sus palabras—, menos tú.
—Seiya... —no supo que decir, pensó que lo mejor era justificar a los demás, decirle al menor lo que ya sabía: que Saori estaba ocupada con la fundación al igual que Shiryu, quien además estudiaba. Pero notó que era en vano, además, tardó tanto en acomodar las ideas que, en resumen, ninguna palabra surgió de su boca.
—No es para menos —continuó Seiya—, los he tratado muy mal... a todos —su pecho se movía notablemente con cada bocanada de aire. —A pesar de lo mucho que me ayudaron, yo... —la angustia conseguía que la voz le surgiese temblorosa y apagada—No sé qué hacer Ikki...

Su voz un desgarro, sus lágrimas fueron más copiosas y ante esa escena el Phoenix no pudo más que fruncir la frente acongojado tanto como el Pegasus.

—Mi presencia... representa una dificultad para todos —analizó más calmo. —Tengo que hacer algo... ¡Tengo que hacer algo al respecto! —finalizó con tono firme y convincente.
—No hagas ninguna estupidez... —por fin lograba armar una oración—que pueda lastimarlos aun más —no obstante se corrigió—: Lastimarnos.

Seiya se quedó en silencio, aún llorando pero más tranquilo. Observaba a Ikki con una mirada muy extraña, una tan atípica que el mencionado Santo no supo qué connotación darle, pues nunca antes el Pegasus se le había quedado viéndolo de aquella particular forma.

Antes de que pudiera siquiera preguntar qué estaba pasando, el castaño, haciendo acopios de su fuerza para enderezar un poco la columna, se estiró lo más que físicamente dentro de sus limitaciones pudo hasta alcanzar el rostro de su amigo; y una vez allí depositó un fugaz, violento y precipitado beso en los labios entre abiertos.
Al separarse ambos se quedaron sin aire, era algo que ninguno de los dos esperaba. Uno, por su lado, recibir; el otro, reaccionar de aquella manera. Automáticamente Seiya se arrepintió de tamaña estupidez, lo último que le faltaba: que Ikki se ofendiese, y terminase más solo que antes. Pero contrario a lo temido, cuando el Pegasus tuvo el coraje para estudiar el rostro de su compañero se encontró con una franca sonrisa, algo pícara, como si en un gesto encerrase frases y palabras, oraciones enteras.

—¿Salimos del agua? —fue lo único que pudo decir el hombre de cabello azulado en ese momento.

Avergonzado, el menor no pudo decir nada ni responder con un asentimiento. Ikki buscó una toalla que dejó a mano y se acercó a su amigo para tomarlo. Notó el sonrojo en las mejillas y el evidente nerviosismo traducido en un temblequeo que claramente no era por frío. Para ser sincero, el Phoenix tuvo que reconocer que también le dio algo de pudor —luego de ese beso— tomar el menudo, cálido, húmedo y desnudo cuerpo del castaño entre los brazos para llevarlo a su cama.
Seiya se vistió en silencio, a pesar de no sentir temor por una negativa reacción del mayor —ya que le había demostrado su pasividad— todavía no estaba preparado para enfrentarlo. Ikki lo dejó vestirse solo en la medida que pudo, ayudándolo lo menos posible. Le dio las buenas noches y salió del cuarto apagando la luz de paso. Así: sin decir nada, sin acotar, ni mencionar algo sobre lo ocurrido escasos minutos antes.

Al otro día, Ikki se despertó a la misma hora de siempre y se levantó dispuesto a hacerle el desayuno a su compañero como rigurosamente venía haciendo en esos últimos meses de convivencia, pero cuando llegó a la cocina, siendo atraído por un aroma delicioso y el notable ruido de alguien despierto, se encontró con Seiya quien sorpresivamente se había levantado mucho más temprano de lo necesario.
Motivado por una mala noche, harto de no poder conciliar el sueño, salió de la cama antes de que el despertador del Phoenix sonase y se dirigió a la cocina con el fin de prepararle el desayuno, quizás una manera de pedir "perdón" por lo que había hecho la noche anterior, aunque no estaba seguro de que si debía pedir perdón, o dar las gracias, o qué diablos.
El hombre de pelo azul creyó que se encontraría con Saori en dicho lugar, quien habiendo llegado temprano se encontraba en la casa pero no, la sorpresa fue mayor al verlo al otro en el lugar, con todo perfectamente hecho, gracias a que las cosas necesarias y útiles estaban al alcance.
Sólo atinó a pronunciar:

—¿Te caíste de la cama?
—Buenos días, Ikki —saludó el mencionado con los dedos entrelazados y la cabeza algo gacha, le costaba aún mantener un contacto visual.
—Esto huele delicioso. Te has levantado solo... —comenzó a enumerar, sentándose a la mesa para desayunar—, te has preparado solo —remarcó con énfasis—y has hecho el desayuno para los dos sin incendiar la casa.
—Je —fue lo único que pudo acotar sin animarse a mencionar que prepararse sin ayuda no había sido nada fácil.
—Te felicito —dijo mirándolo directamente, pero todavía le huía visualmente—¿Puedo saber a qué se debe?
—Simplemente... quise hacerlo —levantó la cabeza y le sonrió al mayor.
—No será... —pronunció entrecerrando los ojos, divertido—¿qué hiciste algo, de lo cual me voy a enterar después, y quieres amansarme?

Seiya pudo haber dicho que "", que había sido por su tosco e inexperto beso, pero el Phoenix no se mostraba molesto, por lo tanto no tenía sentido pedir perdón si no había nada que perdonar. El Pegasus elevó los hombros en señal de que no existía ningún código secreto escondido detrás del acto, y con calma desayunaron, como cualquier mañana tranquila, como si ese beso nunca hubiese existido, como si nada se hubiese quebrado entre los dos.
Era, tal vez, la manera del hombre de cabello azulino de tomarse su tiempo para acomodar sus sentimientos y respetar al castaño. No quería equivocarse, menos herirlo.

Aunque Seiya intentó adivinar lo que en ese momento pensaba Ikki, no pudo, éste no habló del tema pero era evidente que le deba un lugar de importancia al beso pues se mostraba algo extraño a comparación de otros días. Tanto que le "sugirió" —más bien decretó—salir un rato a pasear por el enorme campo que rodeaba la casa.
Llegaron bajo un frondoso tilo que comenzaba a mostrar sus hojas más perennes, la primavera era ya un hecho ineludible, los días eran más cálidos y ya la nieve se había ido del todo.
El Phoenix se quedó de pie recostando la espalda contra el tronco del árbol, el Pegasus a su lado. Luego de analizar de mil formas distinta la situación sin llegar a ninguna conclusión acertada, terminó por soltar lo que pensaba:

—No entiendo.

Escuchó el murmullo y depositó la mirada en su compañero, curioso pero sin intenciones de preguntar a qué se debían sus palabras, aun así el castaño continuó hablando, con más claridad:

—No entiendo porqué...
—¿Qué cosa?
—No entiendo, entonces, por qué haces todo esto por mí.

Esas palabras le dieron la pauta al mayor que Seiya había estado dándole vueltas al asunto en su cabeza durante mucho tiempo. El Pegasus no podía comprender las intenciones verdaderas del otro.

—¿Tiene que haber un motivo?
—No lo sé, siento que sí. Nadie hace nada porque sí —observó con firmeza a Ikki instándolo con esa particular mirada a que se explicase.
—Durante mucho tiempo... —el Phoenix tosió en un claro gesto de nerviosismo, le costaba sincerarse—anduve de un lado al otro. —Asintió rememorando esa época—Ahora que tengo algo que hacer... ahora que alguien me necesita en verdad—recalcó—, no tengo motivos para partir.

Pudo haber dicho mucho más pero prefirió dejar las cosas ahí, además el castaño había entendido, en gran parte, los motivos. Éste se perdió otra vez en sus pensamientos y volvió en sí cuando percibió la cercanía del mayor. Ikki se encorvó levemente, lo suficiente para llegar con sus labios a los del menor y depositar allí un cálido beso. Muy diferente al que Seiya le había dado la noche anterior.
Luego, sin mediar palabras y con una imperceptible sonrisa el Phoenix lo tomó entre sus brazos para sacarlo de la silla y, con perfecta sutileza, lo acostó sobre la hierba para de inmediato arrimarse a su lado.
Para el Pegasus, aquel acto, duró una milésima de segundo, no le había dado tiempo a reaccionar, todo estaba pasando muy rápido, y ahora, sólo se daba cuenta de que tenía el rostro de su compañero muy cerca del suyo, tanto que podía sentir el cálido aliento.

—Entonces sí me quieres —susurró con alegría, un brillo en los ojos le iluminó el rostro.
—Por supuesto que sí.
—Pero yo... me refiero a esta forma —puntualizó el menor—, me quieres así.
—Es imposible no quererte —admitió Ikki soltando una pequeña risa, muy interna, por su franqueza—, cuando uno te conoce bien descubre que eres una personita hermosa, tierna, en apariencias frágil. Dan ganas de abrazarte —luego de semejantes palabras, algo abochornado por mostrarse tan abierto, acotó a manera de cortar el clima—: Eso o dan ganas de matarte.

Seiya lo abrazó por el cuello, riendo al escuchar tantas cursilerías de la persona menos esperada.

—"El amor nos hace actuar como tontos", dice una canción —pronunció el Pegasus.
—Y decir tonterías —acotó depositando un nuevo beso en los labios del castaño.

Se quedaron sobre la hierba, abrazados y besándose cuando sus labios se los exigían, atraídos por una fuerza magnética que algunos llaman amor. ¿Era muy pronto para hablar de amor? Pues no, desde que Ikki tenía uso de conciencia amaba al castaño, solamente que antes a "eso" le llamaba "admiración".