Disclaimer: Todos los personajes y contextos que se presenten en este fanfic le pertenecen a Masashi Kishimoto, sólo me corresponde la licencia de los OC's que encontrarán dentro de la trama, sin fines de lucro. Por lo tanto, se prohíbe la copia y/o adaptación de este fic.


Capítulo II: El día y la noche


Era una noche agradable; el matiz vespertino abrió paso al nocturno turquí infinito que parpadeaba ante el brillo de las estrellas; una suave brisa del norte arrastraba cúmulos de nubes que viajaban buscando tapar, inútilmente, el aura lunar; asimismo, hacía danzar las hojas caídas del otoño.

Había sido un día lucrativo que no se perdió, que no se desperdició. Sentía que caminaba a paso lento y que el terreno estaba lleno de espinas. Aunque hubiesen pasado dos semanas desde que empezó la Academia, sentía que nada de lo que hacía en ella era suficiente. Subía peldaños de dos en dos, no se sentía contento observando cómo sus compañeros hacían su escalada de uno en uno, mucho menos cuando empezó a notar la ventaja que había logrado al avanzar. Tampoco se vanagloriaba o se regodeaba en el narcisismo innecesario, simplemente sentía que debía deshacerse de los grilletes que, pesadamente, llevaba sobre sus pies.

Las clases presenciales empezaron a ser monótonas, era más interesante ver los rostros esculpidos de los Hokages a través del cristal de la ventana que atender a las lecciones. Se hacía preguntas existenciales que acababan con toda inmutabilidad, que lo dejaban a la deriva de seguir hurgando en su historia, en sus sentimientos, en ese odio que había empezado a proliferar sobre su estirpe. Nada podía ser suficiente para él, estaba sediento de respuestas. Quería entender el mundo, su tránsito, la vida, la muerte, la lucha, la semántica que brinda cada mañana al despertar.

La nueva ubicación del clan lo había dejado ansioso, se sentía entusiasmado y con muchas ganas de explorar los alrededores. Ya se había organizado en la semana para ir al Valle del Fin donde, se supone, estaría la estatua de piedra representando a su antecesor y, al muy aclamado, dios de los shinobis. Las charlas con sus tíos siempre lo dejaban con la intriga y, como no podía mantenerse quieto, buscaba satisfacerla de alguna forma. Le gustaba aventurarse por cuenta propia, seguir sus pisadas en el sendero, redescubrirse en la brisa otoñal, en los rayos vespertinos, en la naturaleza shinobi que su estirpe depuraba. Aún así, no dejó de entrenar, lanzar kunais o practicar nuevos jutsus que Shisui le solía enseñar; se dedicó arduamente a mejorar sus habilidades de rastreo, concentrar su chakra, incrementar el alcance de su katon: gōkakyū no jutsu, entre otras cosas.

Graduarse de la Academia lo más pronto posible era su meta. Si su anhelo era resolver todo el caos del mundo shinobi, debía esforzarse aún más. No sólo debía demostrar que podía ser el mejor de la clase, sino el más apto para llegar a la meta de Hokage y lo que representaba dicho título. Porque, aunque Itachi no fuese capaz de materializar ese sueño a corta edad, estaba decidido a construirlo con todo lo que estuviese a su alcance. No lo admitía abiertamente, pero su mayor sueño era convertirse en Hokage.

Mas, la familia tenía que ser su cable a tierra. Siempre era bueno disfrutar de los pequeños momentos antes de iniciar la jornada de estudio, aunque eso no lo hacía muy a menudo.

El conticinio era afable. Luego de ayudarle a su madre a levantar la mesa y lavar la vajilla, jugó un poco con su pequeño hermano, Sasuke. Empero, luego de sentir que el sueño lo estaba doblegando, decidió irse a dormir, despidiéndose de cada uno de los integrantes de su familia. Tomó a Sasuke con él, por pedido de su madre, para llevarlo a su habitación y hacerlo dormir. El bebé siempre estaba tranquilo cuando se encontraba con su hermano mayor, e Itachi no se negó a la tarea, ya que con una canción de cuna sería suficiente para que su hermanito cerrara los ojos y durmiera plácidamente.

Fugaku y Mikoto se quedaron en el ala de la cocina, aprovechando el momento de soledad. Eran un matrimonio en donde ambos tenían una comunicación fluida, pese a que Fugaku estuviese tan atareado con su trabajo, mantenían una armonía palpable en su relación como pareja. El hombre quien se encontraba leyendo los últimos documentos que le quedaron revisar de ese día en la jefatura, estaba compenetrado con el artículo que se estaba sancionando con respecto a las peleas callejeras, mientras tomaba el té. Mikoto, por su parte, quería hablar sobre algo que llevaba dándole vueltas toda la última semana. Un cúmulo de preocupación se había asentado en ella, ya que no tenía oportunidad de sacar el tema con su pequeño hijo, tampoco se animaba a atosigarlo con sus dilemas de madre preocupada, pero acunaba la esperanza de que su esposo tuviese alguna respuesta a su inquietud. Compartirlo con él era algo que quería hacer, tal vez, para saber qué opinaba al respecto, si Itachi le había comentado algo o, simplemente, para tener una charla de sobremesa con su querido esposo.

—¿Qué opinas de estas primeras semanas de nuestro hijo en la Academia? —preguntó la mujer luego de voltearse hacia su marido, secándose las manos con su delantal de cocina.

—¿De qué hablas? —preguntó su esposo esquivando la mirada de los papeles para posarla en las cálidas esferas brunas de su mujer, quien no hizo más que arrodillarse a su lado—. Hemos recibido buenas noticias gracias al desempeño de Itachi en las clases. Los profesores están asombrados de él y eso ayuda a darle mejor reputación al futuro líder del Clan Uchiha.

Señaló demasiado orgulloso de su primogénito.

—Lo sé—respondió algo afligida, posando sus manos sobre las de su esposo—, pero no estoy hablando de su desempeño como alumno.

Itachi, mientras acostaba a su hermano ya dormido, no pudo evitar escuchar la conversación que se estaba dando en la cocina entre su madre y su padre.

—Es decir, sé que es brillante, pero ¿qué hay de su sociabilización? ¿tiene amigos? —interrogó preocupada.

Mikoto sentía que Itachi se volvía más asocial con el paso de los días y eso le asustaba. Ella deseaba que tuviese amigos, verlo con algún niño jugando a la pelota como los demás o, simplemente, verlo con alguien. Siempre había sido muy solitario, pero ella tenía la esperanza de que el muchacho, al iniciar sus estudios en la Academia, pudiese hacerse de amigos y no estar todo el tiempo entrenando en solitario.

Itachi pudo sentir que su madre estaba preocupada por él, por la distancia que imponía con las personas, por su "alergia" a mantener relaciones interpersonales.

—Shisui es su amigo —contestó Fugaku con obviedad, como si no entendiera el punto al cual quería llegar su esposa.

—Shisui no es de su edad, estoy hablando de sus compañeros —se mostró más firme, después de todo, la rigidez también era parte de la genética en las mujeres Uchihas.

—Dale tiempo, tal vez se esté acostumbrando, apenas empezó hace unas semanas—alegó despreocupado—. Además, a juzgar por las atenciones de los profesores, es probable que él avance más rápido que sus compañeros—reflexionó Fugaku—, eso quiere decir que tarde o temprano los dejará atrás.

El hombre hablaba como si eso le hiciera sentir orgulloso, como si Itachi salvaguardase el apellido Uchiha gracias a lo brillante que era. Pero, olvidaba que estaba hablando de un niño, que aunque fuese muy extraño y distante, tenía derecho a disfrutar de su infancia, de su moratoria antes de atender a las obligaciones de un shinobi.

—Pero, eso no es bueno —siguió reticente su esposa—, debería disfrutar el ser un niño como los demás, no todo es obtener buenas notas, el mejor puesto en la clase o esas cosas.

Ante el suspiro de Fugaku, su esposa supuso que ya no podría replicar. El hombre pensó que dejar que el silencio sea imperante o concluir aquella charla con una frase de cierre, sería lo mejor para que pudiese seguir con la lectura de aquel artículo y evitar más divagaciones.

—Te preocupas demasiado.

Aquello fue lo último que Itachi escuchó de sus padres, luego de intentar cerrar sus ojos para sumergirse en sus sueños. Evocó en sus pensamientos a la niña que había conocido el primer día de clases. Tal vez, no era mala idea tener amigos. Tal vez, podría intentarlo. Pero antes de que esa idea pudiese materializarse, sus sueños lo sumergieron al fondo, donde la probabilidad de tener amigos era casi nula o, tal vez, más hacedera que en su efímera realidad.

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Nunca le atrajo el hecho de cerrar las persianas de su habitación. Le gustaba mirar el cielo estrellado cuando su madre se quedaba a su lado para contarle alguna historia o cuando su abuelo se dormía en la silla mecedora, ya cansado de hablarle de sus aventuras cuando era joven. Por lo tanto, la luz matinal siempre se filtraba —a primeras horas del día— sobre aquella tela pesada y oscura que le dejaba paso al haz de luminosidad que se proyectaba sobre la pared, adyacente a la trayectoria, cuan hebra de oro apoyada sobre el muro dibujando un pequeño círculo resplandeciente, como si se tratara del final del arcoíris. La luz no le molestaba, solía tener sueño pesado y no era fácil despertarla. Kyuubi podría volver a dejar en ruinas todo Konoha y ella jamás lo notaría.

Tal vez, aquello ulterior yace en la rotunda idea de que la pequeña había desarrollado un agudo sentido del olfato; consensualmente, sabía muy bien en qué momento su madre se despertaba para cocinar el konnyaku para el desayuno. O, tal vez, ninguna es correcta y el único que la despertaba con ladridos de hambre, ante sentir el hedor del desayuno preparándose, era Arkan.

—Déjeme intentarlo de nuevo, sensei… —soñaba en voz alta—, ahora sí le daré al blanco.

Esos episodios de trasladar sus frustraciones a los sueños fueron aún más agudos con el paso de los días. Ya habían pasado dos semanas desde que inició en la Academia y aún no podía darle a ningún blanco con el kunai.

Arkan se estiró arriba de la cama, mientras se desperezaba en una sacudida, haciendo que Seijun se tirara las sábanas encima de la cara para evitar que el can la despertase. Pero, jamás pudo —ni podrá— escapar de los lengüetazos de su amigo husky, ni siquiera cuando este se metiera dentro de las sábanas y le hiciera cosquillas en los pies. La alarma que jamás fallaba.

—Ya, ya… —exclamaba ella intentando escapar de la lengua juguetona de su amigo, que ahora la sentía en sus mejillas—, está bien, ya ganaste—su deje vibrante de risas la terminaban de espabilar, mientras se sentaba a un costado de la cama desperezándose.

Siempre hacía el ejercicio de levantar los brazos hacia arriba, estirando su columna mientras dejaba escapar un largo bostezo para oxigenar su cerebro. Lentamente, se levantó y descorrió las cortinas para dejar que la luz matinal inundara toda la habitación. Las arañas esquineras se ocultaron ante el contacto con los rayos del sol, para esperar a la oscuridad, mientras la brisa despejaba algunos mechones de cabello sobre la frente de Jun. Respiró hondo mientras volvía a estirarse, ahora hacia el suelo como en una de las posturas de yoga que su madre solía practicar con ella en las tardes, cuando concluían sus enseñanzas sobre jutsus médicos. Escaló la montaña, saludó al sol, tomó la posición de una mesa —como si estuviese a punto de hacer lagartijas—, flexionó sus brazos para rozar el suelo y volverse serpiente, terminó como can y volvió a erguirse como montaña, tan orgullosa y fresca como si estuviese dispuesta a afrontar con valentía otro día más, otro día que se tachaba del almanaque.

Terminó de ordenar su habitación, de alistarse, despojándose todo rastro de somnolencia, y bajó a desayunar. No evitó encontrarse con sus hermanitos gateando por los pasillos, intentando ponerse de pie o sosteniéndose de los muros para poder demostrar que la capacidad motriz de sus pies se ejercía de forma casi natural, gracias al esfuerzo que involuntariamente los instaba a levantarse. Debió ser un descuido de su abuelo, quien seguramente había bajado a la cocina por jugo de naranja. Los bebés no debían de estar en los pasillos, mucho menos a pocos pasos de la escalera. Okāsan se convertiría en un Oni si volviera a enterarse que el abuelo había dejado a los gemelos jugar en el pasillo por cuenta propia.

Al verla los gemelos no pudieron evitar ir hasta ella con sonrisas socarronas e inocentes en el rostro. Pero, antes de que pudieran hacer alguna travesura, Arkan les pertrechó el trayecto con lengüetazos y ladridos despavoridos ante las risas castas de esas almas que buscaban atraparlo. El pequeño cachorro se dedicaba a corretear en círculos, evitando que lo atraparan; si lo hacían, pobre pequeño perro, quedaría bajo las manitas firmes de aquellos bebés que buscaban mimarlo con su secreción excesiva de saliva o, en el peor de los casos, tiraban su cola y orejas.

—Ya, ya, niños, aún no es hora de molestar al cachorro —intentó reprenderlos la hermana mayor.

Pero no hay nada que pudiese decir, ni autoridad que pueda llegar a demandar, ya que ellos se habían abalanzado sobre ella entre pequeños sonidos, el ininteligible idioma de los bebés, mezclado con sus gritos de júbilo. Uno se sostuvo de su pierna derecha y el otro había logrado escalar a su cabeza, tirando de sus cabellos.

Seijun bajó las escaleras con sus hermanitos colgando y jugueteando con ella, haciéndole perder el equilibrio de cuando en cuando. Para su suerte, era bastante consciente de su estabilidad cuando sentía que iba a irse de narices escaleras abajo, por lo tanto, se plantaba firme en algún escalón intentando tomar a alguno de sus hermanitos que era más propenso a caer. No habían logrado traspasar el umbral de la puerta, la cual llevaba a la cocina, que su abuelo mirando a los niños de la casa disputarse entre las risas —los más pequeños— y las quejas de la mayor, logró desprender una risa hosca amortiguada por una garganta reseca. Ni el jugo de naranja a la mañana podría sanar las asperezas de las cuerdas vocales de un hombre de edad avanzada como él.

Masao ojiisan estaba rozando los sesenta y cuatro años, tenía una complexión rígida para su edad. Muchas veces admitía que, por más edad que tuviese, se sentía tan lleno de vitalidad como un joven. Su frente y los costados de sus ojos estaban marcados por pequeñas arrugas que fueron el producto de haber llevado una vida agotadora, pero feliz; el cabello que alguna vez había sido color castaño claro se encontraba ligeramente encanecido, demarcando algunas partes calvas de su cuero cabelludo. Había sido un gran shinobi que se había dedicado a lo científico, tenía calidad analítica y había sido contagiado de razonamiento inductivo gracias al Nidaime Hokage, con quien trabajó arduamente cuando aún vivía.

—Vamos, niños, dejen de molestar a su hermana —intentó salvarla su abuelo, dirigiéndose hasta ella, quien estaba sentada en el suelo intentando sacarse a los gemelos de encima.

El abuelo tomó al más pequeño, Kay, que estaba tirándole de los cabellos a Seijun, mientras pretendiendo, inútilmente, sacárselo de encima; por otro lado, Niza, la más grande de los gemelos, le babeaba el brazo jalándole el cabello para alcanzar a su hermano quien le hacía burla desde la cabeza de su hermana mayor, como si el culmen de la meta a realizar fuese su cabeza, la punta del iceberg o el final de la montaña.

—¡Ya basta, niños! —ordenó, tomando a ambos niños de los pies, a uno del derecho y al otro del izquierdo haciendo que quedasen de cabeza riendo y aplaudiendo de alegría, víctimas de la sensación que esa postura les provocaba.

No sería hasta que pudiese advertir la indignación de su hija, quien notaría que los gemelos estaban demasiado desalineados; Seijun casi apaleada, con mordeduras y los cabellos despeinados a causa de la Odisea que tuvo que atravesar con sus hermanos, quienes la tomaron como al caballo de madera de Troya.

—¡Papá! —el anciano se dio media vuelta para encontrarse con su hija algo disgustada al notar cómo había tomado a los pequeños niños. Yamanaka Masao, como solía conocerlo la aldea, intentó sonreír con cierto nerviosismo al reparar que su hija estaba disgustada. Pero, ella no podía culparlo, los pequeños se la pasaban estupendo con su ojiisan, en especial Seijun que estaba totalmente convencida de que le ayudaría a mejorar en el combate cuerpo a cuerpo.

Masao era un hombre que había transitado por muchas épocas, pero el final de sus días de gloria fue cuando su esposa falleció, hacía cinco años, por una enfermedad extraña. Aún así, empezó a vivir con aquella pequeña familia desde la muerte del esposo de su hija, Satoru Tsukino, a quien se lo llevó el incidente de Kyuubi. Akira, en ese tiempo, sufrió una gran pérdida a expensas de esperar por el segundo embarazo, el cual se le había complicado. Era más un problema psicológico que físico, aún así tuvo problemas de anemia que le dieron un pase directo al cuidado intensivo en el embarazo. Masao decidió vivir con su hija para ayudarla en el tránsito de aquella gestación tan dura para ella. Al fin y al cabo, la mujer dio a luz a dos gemelos, después de tantas complicaciones pre y posparto. Tuvo que quedarse en el hospital por una semana, ante lo difícil que había sido el nacimiento del segundo gemelo, Kay, quien no estaba en buena posición para nacer. El trabajo de parto se hizo más complicado para los médicos cuando notaron que venía un segundo ser. Se llegó al punto de ir a la interrogación de salvar a la mujer o al bebé, a lo que Masao se decantó por lo primero en oposición a lo que había pedido su hija.

—Si algo sucede, primero están mis hijos —declaró ella.

—Para mí también están mis hijos primero —instó en una réplica su padre.

Para suerte de ambos, ninguno tuvo que decidir por Kay, él fue el que se abrió paso hacia la luz. Y, aunque logró ser parte de este mundo, gracias al gran esfuerzo de Akira —quien tuvo algunas secuelas y un promedio alto de no salir de ahí con vida—, todo fue el ápice de un desarrollo y una vuelta a la rutina muy difícil. Mas, sus habilidades como médico ninja y el manejo del chakra fueron excepcionales a la hora de pensar en sus hijos y en no dejarse vencer ante aquella adversidad. Se recuperó rápido, pero tardó un poco en volver a sus actividades diarias, a lo que Seijun y Masao le ayudaron.

Luego de que Seijun se alistara, por segunda vez, ante la riña en la que quedó en medio de sus hermanos, se dirigió a desayunar. El torbellino que se fusionaba para causar el caos había sido dividido al fin; los gemelos estaban en sus respectivas sillas, que el uso era, más bien, para separarlos y mantener sus almas huracanadas lejos entre sí, ya que aún intentaban alcanzarse para golpearse o tirarse de los cabellos el uno al otro, en esa forma particular de jugar.

—Abuelo, ¿cuándo me enseñarás el jutsu del clan? —preguntó con cierta curiosidad y entusiasmo la pequeña Seijun, mientras dejaba reposar el cuenco con la sopa de miso en la mesa. El anciano, con ambos ojos cerrados, disfrutando de su desayuno y en aquella ataraxia tan distintiva en él, ignoró el pedido de su nieta mientras masticaba con tranquilidad su arroz. Akira notó que Seijun agachó la cabeza desanimada ante ver que su abuelo no le respondía y sintió pena por ella. Esa charla se había llevado a cabo muchas veces. Masao no creía que su nieta pudiese acunar el apellido Yamanaka, ya que no parecía tener características del clan. Pero, Akira notaba que lo único que hacía su padre era subestimarla o, tal vez, cuidarla. Nunca se sabía qué estaba pensando y era difícil descifrarlo, incluso para su esposa en vida era un misterio.

—Si quieres puedo enseñarte a cómo acelerar los glóbulos blancos para evitar el esparcimiento de enfermedades —se ofreció su madre, pero aquello no logró deshacer la mueca de desaliento que su hija tenía en el rostro.

La realidad era que esas dos últimas semanas habían sido duras para ella y, cada vez, iba quedando al final en la clase. Aunque se esmerara en sus tareas, su condición física dejaba mucho que desear. Y, como un parásito que se alimenta de su huésped, le seguía la racha de no haber conseguido hacer ningún amigo.

Akira recordó su rostro inundado de tristeza al haber llegado al cuarto día con una cortada en el brazo derecho, la cual había intentado curar con uno de los jutsus que había aprendido de ella, pero aún le faltaba práctica y aquel descuido —ante la ignorancia en el manejo del chakra— había provocado que la herida se abriera aún más. Según ella, había sido por andar corriendo en un entrenamiento y tropezar, pero sus ojos no estaban hinchados lo que daba indicios de que no había llorado, porque si había algo que Jun tenía era el sufrimiento de una xeroftalmía o, al menos, eso llegó a creer Akira. Era casi como si no pudiese llorar o, incluso, llegar al caso de especular sobre una alexitimia.

Algo más había sucedido, ya que ella no era una niña de llanto fácil. Pero, el hecho mismo de llorar luego de que pasaron muchos días, tal vez meses, desde la muerte de su padre, fue algo que Akira nunca logró entender. Era como si la pequeña no pudiese asimilar los acontecimientos en el momento o, simplemente, ignoraba que la niña solía sentarse sola frente al cenotafio en aquel parque verde lleno de otros ninjas caídos, velados, que dejaron a sus familias abandonadas. Desde que había iniciado la escuela siempre llegaba tarde a casa y, por alguna razón, era porque pasaba mucho tiempo en el cementerio.

—Oh, Jun, ¿qué te sucedió? —preguntó su madre cuando la vio llegar de la escuela con la remera rasgada sobre el brazo derecho y una herida prominente.

—Tropecé —respondió intentando sonar calmada, pero su voz temblaba levemente.

Otro día en el que no venía con una sonrisa, otro día en el que no afirmaba lo bien que le había ido en la Academia. Tal vez, no era para ella, tal vez, no estaría jamás a la altura de las expectativas.

Masao nunca había dicho nada al respecto, no decía palabra, estaba sentado con sus ojos cerrados en algún lugar lejano, tal vez, con su querida difunta esposa en el jardín de su antigua casa, cuidando de su huerta, de su pequeño parque, de la seguridad de un hogar pleno, de una vejez dadivosa. Se quedó en silencio y así avanzó la mañana, sin la respuesta de su abuelo, junto a una madre preocupada y dos pequeños niños que se tiraban con la comida desde sus respectivas sillas.

—¡Me voy a la Academia! —anunció la pequeña Jun, terminando de ajustar sus tabi de excursión, desde la puerta de entrada.

—¡Muchos éxitos! —clamó su madre con un canasto de ropa bastante amplio entre sus manos, pero con una sonrisa de amor y contención que la saludaban con candidez.

La niña con premura salió de su casa y corrió hasta la Academia, dejando atrás a su familia y su hogar. Un anciano arrugado la observaba desde el techo de la residencia, siguiendo con su poca visión el camino que recorría su nieta con tanto miedo como determinación. La brisa acompañó el alcance de sus ojos que la perdieron de vista al doblar la esquina. Dejó escapar un hondo suspiro, como si algo lo atormentase, como si dentro de él hubiese una lucha que intentase calmar con el clamor de la brisa otoñal de Konoha.

La voluntad de un hombre frustrado que abandonó su alto rango dentro del clan a expensas de la muerte de su esposa, una muerte que pudo ser evitada. Le encargó el deber a su sobrino, Yamanaka Inoichi, para no dejar que Akira tuviese que lidiar con el liderazgo cuando tenía una familia de la cual preocuparse. No quería verse involucrado en el camino de su familia.

Pero, tarde o temprano, sea el camino que sea, el lugar del shinobi es en el roce con la muerte y su nieta lo descubriría gracias a su sabiduría o por propia experiencia.

—¡Papá! ¿quieres bajar un momento? —sintió el llamado de su hija que lo observaba desde el suelo, sacándolo de sus pensamientos.

Siempre que volvía la mirada hacia ella le daba gusto ver cuánto había crecido y lo bien que protegía a su familia, lo responsable y amorosa que era. ¿Cómo exigirle darle el mando de un clan? No, para él las mujeres habían venido al mundo para brindarle belleza al panorama, armonizar, criar y cuidar, por más machista que sonara eso. Sin embargo, estaba orgulloso aunque no fuese capaz de expresarlo continuamente.

Sus pies tocaron el suelo cuando dio un salto. Sus sesenta y cuatro años no le pesaban en ningún cabello encanecido, poseía habilidades de shinobi aún. No se consideraba un anciano, aunque el mundo se empecinaba a decirle lo contrario. La única persona que le recordaba lo longevo que se percibía era su hija, con ese notable ceño en la frente y protesta en su mirada cetrina, un amor de madre que conoció de su esposa. Sabía muy bien cuáles serían sus palabras, estaba consciente de lo que expresaba con esa desazón, pero la dejó hablar.

—Papá, ¿no te importaría ser un poco más flexible con Jun? —cuestionó a modo de demanda, esperando que su padre entendiera, mas el hombre sólo se quedó observándola—. Desde que inició la Academia ha estado muy desalentada, tal vez, si tú le ayudas ella…

—Aún no —respondió secante.

—¡Papá! —rezongó con energía y una mueca de indignación.

—No está lista, además, si le parece tan difícil, tal vez debería renunciar y convertirse en enfermera de hospital —habló con total indiferencia dándole la espalda.

—No te estoy pidiendo que le enseñes alguna técnica —declaró con astucia su hija, haciendo que su padre se detuviera—, te estoy pidiendo que la apoyes.

El hombre permaneció pensativo por unos momentos, su hija había logrado moverlo en su fibra sensible. Aunque no quería admitirlo, estaba siendo duro con su nieta, quien desconocía todo rencor del pasado que lo atormentaba. Era bueno en taijutsu, tal vez, iniciar con una práctica de combate cuerpo a cuerpo no le sería perjudicial a la pequeña. Los ninjutsus podrían esperar hasta que estuviese más capacitada.

No había notado un avance certero en Jun desde que inició y eso le cerró las puertas a seguir apoyándola. Al principio, estaba orgulloso, pero la niña demostró no estar a la altura, ni a querer seguir intentándolo. Su falta de ánimo al hacer las tareas, su constante distracción, su ausencia por las tarde dejaban variantes a analizar. Muchas veces se empeñó en acelerar su resignación a dejar de intentarlo si no ponía empeño, pero eso no surtía efecto. Fue duro y escabroso con ella, pero no había forma de hacerla reaccionar. Tal vez, ella no necesitaba que fuesen severos; tal vez, necesitaba un poco de empatía. Masao había acunado la idea de que podría ser por su padre y estaba decidido a hablar con ella sobre eso, antes de intentar nada.

—Está bien —acepto, luego volteó a ver a su hija—, pero deberás cocinar mi comida favorita para la cena.

La sonrisa de la mujer surcó su rostro de forma inmediata y, ante un leve asentimiento, siguió haciendo las labores que le correspondían como ama de casa.

Después de aquella respuesta positiva por parte de Masao, Jun tendría la oportunidad de aprender más del mundo shinobi, darse una oportunidad para esforzarse y buscar un lugar al cual pertenecer. Masao no podía frenar el destino que se iba trazando en el camino de su nieta, pero antes de sentarse a mirar, y autodestruirse con su propia mala perspectiva de lo que la experiencia le ha brindado, no se permitió dejar que los sueños de la pequeña se cayeran en pedazos. Akira también participó, ya que el mayor anhelo de Seijun no era aprender a cómo asesinar a un enemigo, sino a defenderse y salvar vidas.


Glosario:

Turquí: color azul profundo, a veces purpúreo.

Conticinio: hora en la noche cuando todo está en silencio.

Xeroftalmía: es una enfermedad ocular caracterizada por sequedad persistente de la conjuntiva y opacidad de la córnea.

Alexitimia: incapacidad de expresar y/o identificar los sentimientos/emociones de forma verbal o escrita.

Konnyaku: gelatina de almidón.

Oni: "demonio" en japonés.

Ojiisan: "abuelo" en japonés, utilizado de manera coloquial.


N. de autor:

¡Hola, querido/a lector/a!

Bueno, supongo que se aburrieron, ya que este capítulo es de introducción y transición. No hay mucho para ver, sino más bien son cuestiones que rodean a los personajes, su historia, su forma de vida, el panorama a su realidad. La verdad es que parece relleno, pero me gusta dejar las cosas claras antes de profundizar. Hay muchos temas que se tocan y los personajes que presento (la familia de Jun por sobre todas las cosas) son importantes para el avance de la trama, mucho más su abuelo y su madre que cumplen un rol importante en el futuro del fic.

¿Alguno lo ha notado? Jun no tiene el apellido "Yamanaka", ¿por qué creen que podría ser? Esto es un tema que se toca más adelante con Jun y sus charlas extrañas con Itachi.

Quiero aclarar que ellos no se hacen amigos al instante. Mucho no se conocen el uno al otro. Digamos que al ser niños distraen su atención a otras cosas que a hablar de sí mismos. He terminado el capítulo cinco y ninguno ha hablado del otro, más que temas que los atraviesan por cuestiones en común y curiosidad sobre aspectos que no tienen que ver con la propia persona.

Ya saben, si ven alguna cosa fuera de lugar, algún error ortográfico o lo que sea, me gustaría que me lo hicieran saber. Valoro las críticas constructivas por sobre todas las cosas.

¡Muchas gracias por leer! Muchas gracias a Petta que me ha dejado tan lindos reviews, me motivan muchísimo a seguir.

Saludos,

Nessa